Enric Català

Camboya: en busca del género perdido

Viaje por la discriminación y los sueños de la comunidad LGTB: desde los jemeres rojos hasta hoy

Eduardo S. Molano

Periodista

Enric Catalá

Fotoperiodista
06 de Abril de 2017

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“Durante el régimen de los jemeres rojos escondí mi identidad porque era consciente de que sería discriminada”, recuerda entre las nubes que emanan de su cigarro Sou Sotheavy, de 77 años.

Sotheavy tiene genitales masculinos, pero siempre se sintió mujer.

Nacida en la provincia de Takeo, en el suroeste de Camboya, Sotheavy tenía 34 años cuando los jemeres rojos se alzaron con el poder en el país asiático. En los tres años y ocho meses que el terror de inspiración maoísta se mantendría al mando (del 17 de abril de 1975 al 7 de enero de 1979) se estima que entre 1,2 y 2,8 millones de personas perdieron la vida. La virulencia de las matanzas, la destrucción de numerosos documentos y la hambruna que azotó el país impiden un mayor consenso sobre las muertes provocadas de forma directa por los jemeres rojos.

Al recordar esos años, Sotheavy fija sus ojos en el horizonte. A pesar de encontrarnos en una bulliciosa cafetería de la capital de Camboya, Phnom Pehn, el diapasón discursivo de Sotheavy no se altera. Su mente viaja a otro universo, a más de cuatro décadas del humo que recorre las trincheras de su rostro.

Aquel 17 de abril en que los jemeres rojos tomaron Phnom Penh, la por entonces treintañera Sotheavy residía en una casa compartida con otros transexuales. Cuatro de sus amigas —Dy, Phalla, Roatha y Saray— fueron asesinadas. Comenzaba una temporada de torturas y agresiones sexuales. Con el objetivo de convertir el país en una utopía agraria, los jemeres rojos vaciaron las ciudades y forzaron a sus residentes a trabajar en el campo; eliminaron la propiedad privada, el dinero y la religión; e instauraron un régimen brutal en el que cientos de miles de personas fueron ejecutadas y otras muchas murieron por hambre o enfermedades.

Sou Sotheavy fuma un cigarrillo en su pequeña casa en la provincia de Takeo, rodeada de fotografías y memorias.Enric Català

La anciana recuerda cómo, durante la evacuación de la capital, fue obligada a caminar durante días sin apenas probar bocado. Huérfana de descanso y medicinas, su único alimento eran hojas de los árboles que encontraba en el camino.

Con cada nuevo sollozo mientras recuerda aquellos años, su pierna derecha se agita de forma automática. Su mandíbula baila. Son recordatorios de la violencia que los jemeres rojos ejercieron sobre su cuerpo: de las torturas y de los grilletes.

¿Por qué no haces el amor conmigo?

En un Estado paranoico (“es mejor matar a un inocente por error que excusar a un enemigo por equivocación”, decía una de sus proclamas), la doctrina de los jemeres rojos estaba repleta de paradojas morales. Bajo el liderazgo de Pol Pot, el objetivo era la edificación de una nueva sociedad sobre las cenizas del pasado.

“En 1978 fui obligada a casarme con una mujer —recuerda Sotheavy entre colillas—. Angkar (el término con el que se autodenominaba la organización e ideología de los jemeres rojos) quería aumentar la población camboyana en veinte millones en una década. Antes de la boda, ni siquiera nos conocíamos”.

El relato de la anciana despierta el interés de algunos curiosos en la cafetería. Ajena a la atención, Sotheavy pide otro vaso de agua, aunque no ha probado ni gota del anterior.

Su caso no es único. Como recuerda Kasumi Nakagawa, profesora japonesa de estudios sobre género en la Universidad de Pannasastra en Phnom Penh, durante el régimen de los jemeres rojos, las personas lesbianas, gais, transexuales y bisexuales (LGTB) “sufrieron formas específicas de violencia de género y violencia sexual que no fueron experimentadas por la mayoría de la población. Para las minorías sexuales en Camboya, revelar la violencia de género perpetrada contra ellas en conflictos pasados es también un proceso difícil”.

A cada calada que da Sotheavy, nuevos recuerdos asoman entre sus labios.

“¿Por qué no haces el amor conmigo?, me preguntaba mi mujer. Yo le decía que solo me gustaban los hombres. Ella lo entendió y acordó que viviéramos juntas, como hermanas”.

Por aquel entonces, Sotheavy ya mantenía una relación paralela con un hombre. A pesar de las directivas oficiales de los jemeres rojos y su jerarquía, el poder efectivo se encontraba en manos de los caudillos locales. Las parejas solo se reunían para controles gubernamentales cada diez o quince días, que tenían el objetivo de asegurarse de que las mujeres se estaban quedando embarazadas.

En 2013, casi cuatro décadas después de sufrir estas torturas, Sotheavy testificó ante el conocido como tribunal para el genocidio de Camboya. La corte fue creada en 2006 para llevar ante la justicia a los responsables de los crímenes durante aquellos años. Solo en el caso 002/02, que juzga al hermano número dos de los Jemeres, Nuon Chea, y al antiguo jefe de Estado, Khieu Samphan, se admitió el testimonio de 779 personas sobre los matrimonios forzados. De ellas, 474 fueron “víctimas directas”.

A finales de 1978, Sotheavy intentó huir hacia Vietnam con su novio. Antes de que pudieran abandonar el país, cuando intentaban cruzar la frontera, su amante fue tiroteado por soldados de los jemeres rojos.

“Hoy sería más feliz si estuviera vivo”, dice una y otra vez.

Me imaginaba que tenía novia

El relato de Noy Sitha, transexual de más de sesenta años, y su compañera Hong Saroeun comparte el nudo dramático del de Sotheavy, pero tiene otro desenlace. La pareja se conoció en la década de 1970, cuando fueron desplazados a causa de la violencia. Cuarenta años después, aún siguen juntos.

“Cada familia recibía solo cuatro cucharadas de arroz al día”, recuerda Sitha, mujer de nacimiento y hoy convencido de su masculinidad, mientras palpa un voluminoso anillo en la mano izquierda.

Pheng Sanh, de 65 años, cuida de su esposa, Un Phay, en su casa. Ambos son activistas y fabrican kramas, una bufanda tradicional. Llevan juntos más de 40 años.Enric Català

Su modesta casa en Phnom Penh es un pequeño altar con momentos felices amarrados a la pared en forma de fotografías. Su pasaporte dice que es un hombre, aunque nunca se sometió a una cirugía. En su caso, el reconocimiento social es más importante que el biológico para afirmar su identidad.

Junto a Sitha, en esta habitación repleta de recuerdos, su amigo Pheng Sahn juega con una bufanda de cuadros. La tela es un krama, una estola tradicional. El color granate que utilizaban los jemeres rojos ha sido sustituido por la paleta cromática del arcoíris. El sexagenario Sahn, que fabrica estas bufandas, es transexual. Nació mujer, pero se siente hombre. Como Sitha, el anciano lleva décadas junto a su compañera, Un Phay, que ahora está gravemente enferma.

Sahn recuerda que, cuando era un adolescente, su revolución sexual fue usar pantalones en un momento en que era obligatorio para las mujeres vestir faldas.

“Me imaginaba que tenía novia. Solía llevar la ropa de mi padre”, rememora.

Indiferentes a la conversación, algunas mujeres en la habitación contigua lavan los platos y cocinan mientras los hombres charlan.  

Las nuevas generaciones

Durante el viaje para buscar su género, Sotheavy, Sitha y Sahn sufrieron heridas en cuerpo y mente. Sotheavy era solo una adolescente cuando fue expulsada de casa por sus padres, que habían ejercido violencia física y psicológica sobre ella.

¿Y qué pasa con las nuevas generaciones? Sos Arifin, de 31 años, nació después del genocidio. Cuando tenía 17 años, su padre, un líder de la comunidad musulmana, la echó de casa. No volvió al hogar hasta que él murió. “Mi mente es femenina, pero mi cuerpo es masculino. Por eso he sufrido discriminación”, recuerda. Sus ojos, que se ven azules gracias a las lentillas coloreadas que lleva, brillan mientras habla.

Arifin pertenece al grupo étnico cham. Esta comunidad, el núcleo de la población musulmana de Camboya, fue especialmente esquilmada por los jemeres rojos. Se estima que casi la mitad, 200.000 personas en aquel momento, fueron asesinadas.

Sos Sarafin trabaja en un salón de belleza. Pertenece a la comunidad étnica cham, una minoría musulmana en Camboya.Enric Català

Un reciente estudio en siete provincias de Camboya del Centro Nacional de VIH/Sida, Dermatología y Enfermedades de Transmisión Sexual establece el número actual de transexuales en 3.030. El censo se refiere a individuos que se definen como “mujeres transexuales”, es decir, personas que nacieron hombres y cuya identidad de género es femenina. Pero, en realidad, el 29% de la comunidad LGTB nunca revela su condición.

Como destaca Malen Long, un activista transgénero de discurso tranquilo y mirada fija, la lucha del colectivo se libra en tres dimensiones: familia, trabajo y salud.

Durante la búsqueda y el descubrimiento de su propia sexualidad, muchos adolescentes continúan siendo expulsados de sus hogares por los padres: “La familia es como una piel, debe protegernos”, dice Long. Por eso, cuando el propio núcleo familiar desuella la epidermis, el abismo de la exclusión se abre entre los jóvenes.

Una encuesta de la Comisión de Derechos Humanos de Camboya revela que casi todas las transexuales aseguran haber experimentado en los últimos doce meses algún tipo de acoso en espacios públicos. En la mayoría de los casos, en múltiples ocasiones. Entre las vejaciones narradas, destacan los abusos verbales (92% de las encuestadas), violencia física (43%), agresiones sexuales (31%) y violaciones (25%).

Van Chady

La voz de Van Chady, de 23 años, se ahoga de forma intermitente. El ruido de una tienda cercana de motocicletas tampoco ayuda a que se escuche su tenue discurso. El estruendo no es una casualidad: Phnom Penh dispone de casi 1,6 millones de vehículos de dos ruedas para una población cercana a los dos millones.

Entre ruido, motores y aceite, Chady, nacida mujer y hoy hombre, lamenta la falta de oportunidades laborales. Este joven de discurso tímido trabaja vendiendo soja y botellas de carburante en las calles. Cuando pide un trabajo no se lo dan, porque los empleadores casi nunca contratan a transexuales.

Van Chady estudia peluquería en un escuela de formación profesional de una organización cristiana. Cuando no está en clase, vende soja y botellas de gas por las calles. Enric Català

En 2004, el difunto monarca Norodom Sihanouk hizo un llamamiento para que se respetara al colectivo LGTB. Como una democracia liberal, Camboya debería permitir “el matrimonio entre un hombre y otro hombre... o entre una mujer y otra mujer”, aseguró entonces en un comunicado.

En diciembre de 2012, el primer ministro Hun Sen, que lleva más de treinta años en el poder, instó a la ciudadanía a poner fin a la discriminación contra la comunidad LGBT.

Aunque la legislación no criminaliza la orientación sexual ni la identidad de género, tampoco la protege explícitamente. “Los discursos no se aplican”, lamenta el activista Long. En la actualidad, las parejas del mismo sexo de Camboya no gozan de los mismos derechos que las parejas heterosexuales.

Solony

Apenas lleva unos minutos sentada en la acera y una turba curiosa rodea ya a Chhom Vy “Solony”, de treinta años. Envalentonada por la expectación generada, la joven actriz empieza a gritar bromas sexuales.

“Solony”, que gana algún dinero extra pesando con su balanza mecánica a los viandantes, confiesa que las transexuales como ella, con apariencia física visible del sexo opuesto, son más discriminadas. Se les suele colgar la etiqueta de “khteuy”, un concepto tradicional sobre el tercer sexo que se utiliza ahora de forma despectiva. La masa ríe al escuchar de sus labios esta palabra.

Chhom Vy “Solony” es una actriz que también trabaja para una ONG para concienciar a la población sobre el VIH y los derechos LGBT. Enric Català

Ya seria, la joven actriz denuncia los niveles de hostigamiento y abuso contra las transexuales, que son llamadas prostitutas y delincuentes. Según la Comisión de Derechos Humanos de Camboya, el 38,7% de las transexuales dicen haber sido arrestadas alguna vez, y de estas, el 91,67% cree que fueron detenidas debido a su género.

“Solony” se define como mujer completa, a pesar de no disponer de los fondos necesarios para operarse.

Su rotundidad contrasta con las diferentes palabras que Southevy, Sitha y Sahn usan para denominarse a sí mismos. A una edad avanzada, las categorías sexuales de hombre, mujer, transexual, gay o lesbiana se encuentran más diluidas.

Sotheavy fuma otro pitillo. Mientras da la última calada, vuelve a mirar al pasado. “En los viejos tiempos, la gente me discriminaba mucho. Ni siquiera me hablaba”, recuerda.

Durante la época de los jemeres rojos, la anciana fue violada por una decena de soldados, perdió a sus padres y a otros catorce parientes.

Chady, “Solony” o Arifin siquiera habían nacido por aquel entonces, pero ahora, casi cuatro décadas después de las masacres, Sotheavy coordina una pequeña oenegé que ofrece asesoramiento y apoyo a jóvenes en búsqueda de su sueño: igualdad y reconocimiento sexual. 

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