Mónica G. Prieto

Capitalismo a la norcoreana

La fiebre consumista, alentada por un régimen que quiere retener apoyo social

Mónica G. Prieto

En Asia
31 de Octubre de 2018

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Soh recorre los largos pasillos del supermercado con un mohín de desagrado, observando con reproche la febril actividad de los consumidores que, a última hora de la tarde, comparan con minuciosidad pesos, precios y calidades.

En el pasillo dedicado al grano, decenas de variedades de aperitivos al gusto local —barbacoa coreana, gambas, salsa agridulce— compiten con sémolas, fideos, arroces y leguminosas. Frutas y vegetales se apilan en grandes mostradores para ser embalados por los compradores al peso. En las vitrinas frigoríficas se suceden diferentes marcas de salchichas y tofu. Hay que buscar para hallar importaciones vietnamitas o chinas: la vasta mayoría es producto norcoreano.

En el corredor dedicado a licores, los vinos de importación —Italia, Chile, Francia— no pueden competir con las botellas de cerveza local y nontaegi, licor a base de almidón despachado en envases plásticos transparentes y agrupados en palés. En la sección de aseo, diferentes calidades de papel higiénico compiten con pañales para distintas edades. Más allá, el dentífrico y el champú local se presentan a un precio considerablemente más asequible que las marcas internacionales, también presentes.

Esto no es un supermercado del tercer mundo, ni mucho menos de la élite. El Kwangbok fue inaugurado en el barrio de Mangyongdae de Pyongyang a finales de 2011, cuando sus vitrinas acogían mayoritariamente importaciones. Hoy en día, productos norcoreanos atiborran sus pasillos entre carteles de ofertas y cajones de sastre con últimas existencias, pero a la joven Soh, de veintipocos años y guía oficial del régimen, no parece sorprenderle.

—Imagino que todos son así, pero yo no compro aquí —responde con altivez cuando le pregunto si todos los supermercados están tan bien surtidos como el Kwangbok.

Sus zapatos de piel y su delicado bolso de diseño indican que el estrato social de la chica no es comparable a la clase obrera que atiborra la entrada del Kwangbok, donde varios empleados introducen los bolsos de mano en envoltorios sellados para evitar hurtos que se antojan imposibles en el milagro socialista que vende el régimen, donde todos son iguales. En realidad nunca lo fueron, como demuestran personas como Soh, cuya melena desprende una vaharada de perfume cada vez se gira.

—Huele muy bien. ¿Qué perfume usas?

—Es Omnia, de Bvlgari, la edición violeta. ¿Lo conoces? —responde con un súbito brillo en los ojos antes de que mi negativa le devuelva, con un suspiro, a su desinterés soporífero.

Soh, hija de funcionarios bien situados del régimen, es más proclive a comprar entre los pasillos del lujoso Mirae (“Futuro”), donde el pasado año la verdadera élite se paseaba entre monitores de plasma, cremas de 100 euros y joyería importada desde el Golfo observada desde las paredes por fotografías de lanzamientos de misiles, orgullo del régimen. En un año, las imágenes han cambiado tanto como el discurso oficial. La retórica nuclear ha sido superada. La prioridad es potenciar el consumo de producción local, en una nueva vuelta de tuerca de la versión local del socialismo que se aplica en Corea del Norte, donde la autosuficiencia es la ley.

“Kim Jong-un ha hecho de los mercados un pilar de la economía y busca que prosperen, en lugar de reprimirlos de la forma en que lo hizo su padre. Eso no quiere decir que sea un libertario de libre mercado de ninguna forma, pero ve los mercados como una base fundamental para el sistema, en lugar de una amenaza”, dice Benjamin Katzeff Silberstein, experto del Instituto de Investigación de Política Exterior y codirector de la web especializada North Korean Economy Watch.

La novedad es que ahora los mercados están copados por la producción nacional. “El 90 % de los productos que vendemos aquí son norcoreanos”, explica orgullosa Ri Ok, encargada del departamento de Tecnología del Mirae, donde varios ordenadores portátiles con aspecto de MacBook se comercializan como “Estrella Azul” por unos 72.000 wones (el equivalente a unos 700 euros). “Tenemos tres marcas propias de ordenadores y cinco de otros productos electrónicos, pero Estrella Azul es el favorito porque es más rápido que los ordenadores de Apple”, sostiene la joven, ataviada con uniforme azul y rojo. “Está en el mercado desde 2016 y vendemos cinco o seis al mes”, añade antes de atender a un cliente con uniforme gris y el obligatorio pin con el rostro de Kim Il-sung y Kim Jong-il en la solapa. “Significa que ambos líderes viven en los corazones de los norcoreanos”, anuncia pomposa Gong Ji Jang, otra de las guías oficiales asignadas a la periodista, repitiendo un mantra aprendido por todos los norcoreanos, palabra por palabra.

Nueva iconografía

“¡Para el pueblo! Con el sagrado amor del presidente”

El consumo es la moda y la política de Pyongyang, como demuestra la iconografía que sustituye los antiguos pósteres de misiles nucleares volando rumbo a la Casa Blanca o a los imperialistas estadounidenses y japoneses bajo la bota norcoreana. En las calles de la capital, gigantescos murales al óleo presentan a mujeres satisfechas exhibiendo sus bolsas de la compra con la leyenda “¡Para el pueblo!  Con el sagrado amor del presidente” y a niños regordetes rodeados de productos de consumo frente a las puertas del supermercado. “El verdadero cambio en la gente de la República”, dice uno de ellos. “¡Productos de buena calidad, suministros escolares, comida infantil para nuestra gente, nuestros alumnos y nuestros niños!”, dice otro cartel que representa a una saludable madre con sus dos hijos, entusiasmados a la hora de abrir paquetes.

“Los carteles llamando al consumismo no son nuevos, aunque ahora hay más”, admite Gong percatándose de lo llamativos que resultan, en contraste con aquellos que reflejaban la anterior línea política, que priorizaba el desarrollo simultáneo económico y militar. Desde que dio por concluida su carrera atómica, una vez logrado el arsenal nuclear, Kim Jong-un anunció que su prioridad sería exclusivamente el desarrollo económico, siguiendo el plan quinquenal anunciado en 2016 “para llevar la revolución coreana a un estado mayor”, consistente en mejorar el nivel de vida del ciudadano medio. Pero no al estilo chino, sino dependiendo de sus “propias fuerzas” y en adhesión a su propio “estilo de socialismo”. O, lo que es lo mismo, una liberalización con características norcoreanas.

“A diferencia de 2017, el rango y la producción de productos norcoreanos se ha disparado en respuesta a las dificultades del bloqueo. Es la forma que tiene Kim Jong-un de decir a su población: podemos seguir construyendo nuestra economía pese a las sanciones. No necesitamos productos del exterior porque tenemos los nuestros”, dice Jean H. Lee, directora de la Fundación Hyundai de Historia y Política Pública de Corea en el Woodrow Wilson.

Responsable de la oficina de Associated Press (AP) en Seúl, Lee trabajó entre 2008 y 2013 en Corea del Norte: fue quien abrió la primera oficina de la agencia de noticias estadounidense en Pyongyang, en 2012. Su último viaje fue en 2017. “El giro efectuado desde que se priorizaba el campo militar a la mejora de la vida del pueblo, como línea política y como propaganda, data del periodo de sucesión, cuando Kim Jong-un fue educado por su padre para tomar el poder después de que este sufriera un infarto —al que sobrevivió, aunque con secuelas físicas— en agosto de 2008. No solo preparó al sucesor, también preparó al pueblo. En su estrategia para que su hijo fuera aceptado, se incluía una mejora de las condiciones de vida. Creo que es una táctica que lleva diez años en marcha y cuyos resultados se ven ahora en los estantes de los supermercados”, dice la analista.

Nada más acceder al poder, en 2012, Kim cambió las consignas impuestas por su padre, Kim Jong-il, durante la “ardua marcha”, expresión acuñada por el lenguaje del régimen para evitar hablar de la gran hambruna en la década de 1990. Si en la época de su padre se instaba a “una comida al día”, él prometió que no haría falta apretarse el cinturón. Del “hasta la victoria final” se pasó al “nunca nos rendiremos”. En lugar de “ardua marcha”, se acuñó el “gran salto adelante”.

“Los primeros años del reino de Kim Jong-un han arrojado nuevos indicios de liberalismo económico, pese a haber consolidado el poder mediante el terror. Si el Gobierno de su padre simplemente toleró la mercantilización,  Jong-un ha recurrido a experimentos económicos más audaces, produciendo regulaciones que relajaron las restricciones en ciertas actividades privadas y crearon espacio para algunas iniciativas”, explica el experto del Instituto de Economía de la Academia rusa de Ciencias, Georgy D. Toloraya, en un artículo de 2016.

“Es más una evolución que una revolución”, sostiene en conversación telefónica Rüdiger Frank, profesor de Economía del Este Asiático en la Universidad de Viena y uno de los expertos más reputados en Corea del Norte, que lleva veinte años visitando el país asiático. “Lo que nosotros llamamos consumismo en Corea del Norte se llama industria ligera y se lleva potenciando una década. Kim comenzó su mandato prometiendo mejorar la vida de la población, y está cumpliendo su promesa”.

Visitas de campo

Kim sabe cultivar su imagen de padre de la nación. Lo hace en cada visita a una fábrica, una granja o una presa, cuando revisa concienzudo la producción y las cifras y también cuando —emulando a su abuelo— estalla en cólera ante la incompetencia de los empleados de la gran empresa que es, para él, Corea del Norte, de la cual es amo y patrón. Ocurrió el pasado agosto, cuando visitó una presa hidroeléctrica que lleva 17 años en construcción: allí fue informado de que no había suficientes recursos ni operarios para terminarla, pero semejante circunstancia nunca fue registrada por los supervisores porque nunca pisaron las instalaciones.

“Lo que más me enoja es que estos funcionarios no dejarían pasar la oportunidad de mostrar sus desvergonzados rostros y asumir todo el crédito si se inaugurase esta planta”, dijo Kim, citado por la agencia oficial KCNA. “Me quedo sin palabras”.

Desde junio, la agenda de Kim Jong-un se centra en la supervisión de fábricas e infraestructuras y en la mejora de la calidad de las manufacturas y, en un país donde el líder tiene connotaciones de divinidad, sus consignas son mandamientos. En los últimos años, el empaquetado ha mejorado, copiando los envoltorios surcoreanos que venden a gritos los productos.

“Las industrias alimenticias KeumCup, Sonheung, Pyongyang comida infantil y Pygonyang comida básica están realizando grandes esfuerzos, con determinación y confianza en sí mismas, siguiendo las consignas de la idea de Juche de modernidad, informática y ciencia, para dar la bienvenida a la nueva era de abundancia de productos”, informaba el pasado marzo Kumsugangsan, una publicación mensual con sede en Pyongyang.

En un reportaje elaborado por Choson Sinbo, un diario japonés pronorcoreano con gran acceso a la hermética república, el responsable de la empresa alimenticia KeumCup, Ri Jong-ho, admitía cómo los consejos de Kim Jong-un en su última visita a la empresa, donde se elaboran más de 400 alimentos procesados, les hizo adoptar tácticas de venta destinadas a conquistar al consumidor. “Hacemos viajes a otros países desarrollados. Estudiamos la calidad de los productos y los colores que usan, los combinamos con las ideas del Centro de Arte Industrial y de la Compañía Creativa Mansudae y creamos nuestros propios diseños, idóneos para nuestra gente”, explicaba Ri en el reportaje. “Cada vez que viajo al exterior, compro cada producto para probarlo y encontrar novedades que puedan gustar a los norcoreanos”.

Es lo mismo que Kim ha promovido en toda la industria: desarrollar la calidad para que no haya nada que envidiar a los productos importados. En las instalaciones de la fábrica de cosmética de Pyongyang, una estantería completa exhibe productos de Chanel, Shiseido, Estée Lauder o Gucci que fueron enviadas por Kim Jong-un en 2015 para que fueran emulados o incluso superados en diseño y calidad.

También está promoviendo el esfuerzo individual de los trabajadores que destacan. En cada fábrica y edificio institucional puede verse una vitrina con fotografías de individuos con el uniforme del Partido. “Son los trabajadores del día”, explica Gong con naturalidad. Según algunos expertos como Peter Ward, columnista de la web NKNews y del diario surcoreano Seoul Shinmun, los bonos de productividad son algo habitual en las empresas, lo que confirmaba el responsable de una fábrica local de fertilizantes de Hamhung, la segunda ciudad más importante del país. “Aquí nos pagan según nuestra cualificación y rendimiento. Entre 70 y 120 dólares mensuales”, explicaba Ri Una Sol, de 71 años, en una visita a la fábrica en la primavera de 2017. “Yo, como solo hablo y hablo, soy de los que menos cobra”, añadió antes de soltar una carcajada.

“Centro comercial. ¡El cambio clave para el pueblo de la república!”

Versión local del socialismo

Esos detalles tan capitalistas —manejar efectivo, sueldos proporcionales a la productividad, publicidad y mercados— delatan el incremento de la importancia de los mercados, nunca aireada por el país oficialmente socialista, aunque según los expertos se podría definir más como “un régimen que ha combinado elementos del marxismo con elementos de la tradición grecorromana y confucionistas para generar una ideología propia, una versión norcoreana del socialismo”, incide Jean H. Lee. “El espíritu del socialismo es cuidar a todos por igual y no sé si eso es una prioridad del régimen, porque si fuera así se pondría más énfasis en las infraestructuras del interior del país”.

“Yo diría que los límites no son geográficos, sino que dependen del sector económico”, rebate el economista alemán Rüdiger Frank. “Las reformas económicas se extienden por todo el territorio nacional: se han modernizado los mercados, hay empresas privadas asociadas al Estado…  Ahora parece que las empresas están teniendo cierta libertad a la hora de descentralizar, no se trata de privatizar pero sí de buscar rendimientos, y se hace con mucho cuidado para que el Gobierno no pierda el control ni el poder económico, porque ha entendido que delegar conlleva riesgos. Por otro lado, saben que si todo depende de la burocracia estatal las cosas no funcionan, de ahí que se estén buscando nuevas vías”.

La aceptación de los mercados data de la década de 1990, cuando la caída de la URSS y la desaparición de las ayudas soviéticas forzaron al entonces mandatario, Kim Il-sung, a tolerar un mercado negro que garantizase la subsistencia de los norcoreanos: según el ex primer secretario de la embajada norcoreana en Londres que desertó en 2016, Thae Yong-ho, siete de cada diez norcoreanos depende de esta actividad económica privada para sobrevivir. Estos mercados —conocidos como jangmadang, cuyo número podría ascender a 450 en todo el país— fueron finalmente legalizados.

La aparición de la empresa privada surgió bajo la forma de compañías tuteladas por el Estado, que se sirven del respaldo del régimen para emprender negocios. Hay noticias incluso de una reforma del sistema de producción agrícola que dejaría en manos de los agricultores hasta el 70 % de las cosechas, favoreciendo lentamente la aparición de una clase media que puede consumir y elegir los productos a comprar. Esa demanda ya existe: la procesadora de comida O-il (“Primero de Mayo”) ha lanzado hasta 55 sabores de polos al mercado, además de helado, gelatinas, yogures, bebidas energéticas y toda clase de zumos, todos ellos presentes en la media docena de supermercados visitados de Pyongyang.

Según un estudio elaborado en 2015 por el Instituto Coreano para la Unificación Nacional, lo más sorprendente es que se haya desarrollado “una economía de mercado en el marco de un estado centralizado, pese a la ausencia de un marco legal y administrativo que lo sustente”. El informe da incluso fe de “un importante cambio en el sistema de propiedad, de facto un tipo de privatización, que se ha extendido al campo de la agricultura, la pesca, la construcción, la minería y las industrias manufactureras”, y distingue tres tipos: “El negocio privado, en el que se incluyen la mayoría de norcoreanos que participan en la economía informal, el préstamo de inversión, en el que el capital privado otorga préstamos de inversión a empresas estatales a cambio de beneficios, y el arrendamiento de bienes públicos o préstamo nominal, en el cual el capital privado realiza todas las actividades de gestión bajo un nombre prestado de la empresa estatal”. Restaurantes, comercios, centros comerciales y compañías de transporte entrarían en esta última categoría. Al régimen no le molestan los brotes capitalistas: saca rédito económico de ellos.

Irrumpe la publicidad

“¡Productos de buena calidad, suministros escolares, comida infantil para nuestra gente, nuestros alumnos y nuestros niños!”

Las agresivas técnicas del capitalismo ya se han instalado en la sociedad norcoreana. Pyongyang ha lanzado una web, Comercio Exterior de la DPRK, dedicada a atraer inversión y comercio extranjero: incluye una lista de empresas locales, información sobre las leyes norcoreanas aplicables al comercio y catorce potenciales áreas de inversión en las que se incluyen hoteles, restaurantes, ferrocarriles y centrales energéticas y zonas de desarrollo económico.  

Antes del informativo de las 21.00, la televisión vende las múltiples excelencias del vinagre de manzana local. En el supermercado, la publicidad ya no es extraña. “Reemplaza todos los platos por uno. Delicioso, en cualquier momento y cualquier lugar”, reza un cartel de fideos instantáneos. De la habitación del Hotel Koryo donde me alojan cuelga un calendario que promociona bebidas energéticas locales y, en las calles, pueden verse paneles publicitarios de Pyonghwa Motors, una fiebre que se traduce en el incremento de taxis y coches en Pyongyang, donde a finales de septiembre se registraban incluso algunos atascos.

Los coches, sobre todo chinos, han irrumpido con fuerza en un mercado que ni siquiera puede sacarse el carné de conducir, con la excepción de las personas formadas por el Partido de los Trabajadores como conductores, que estudian durante dos años en una de las dos academias existentes antes de obtener la licencia, según explicaba la desertora Mina Yoon en el libro Pregunta a un norcoreano. Fuera de las grandes ciudades es difícil ver coches. Corea del Norte es el reino de las bicicletas, pero también el progreso se deja ver en ese sector: se imponen las bicicletas eléctricas también de producción local. “Cuestan unos 30 dólares, están al alcance de la mayoría”, explica Gong.

El interés por este tipo de vehículos queda de manifiesto en la decimocuarta edición de la Feria Internacional del Comercio de Otoño, que se celebra en el Palacio de Exposiciones de las Tres Revoluciones, uno de los complejos culturales más llamativos de Pyongyang. En el exterior, cientos de personas guardan cola para comprar entrada (a 60 wones, 0,5 euros al cambio que se aplica a los extranjeros) mientras otros muchos cientos se agolpan en los puestos del interior, donde 300 empresas, en su mayoría norcoreanas y chinas, presentan sus novedades: desde bolsos de piel a dentífricos, productos de belleza, suplementos vitamínicos o tecnología como routers, teléfonos móviles, discos duros o gigantescas pantallas de plasma a un precio más que económico, en comparación con las marcas más baratas de Occidente. En el interior del recinto, los norcoreanos manejan wones, remimbi (divisa china) o dólares por igual bajo la atenta mirada del gigantesco mural con la imagen de Kim Jong-il revisando los puestos. En el exterior, bicicletas eléctricas y motocicletas causan sensación.

Tres marcas de teléfono locales copan el mercado —donde se puede pagar a débito con dos tarjetas diferentes, Narae y Chongson— y se estima que ya circulan cuatro millones de terminales telefónicos en todo el país, donde una versión censurada de internet está al alcance de los usuarios con un paquete mensual que incluye 100 megabytes y 200 minutos de llamadas por 4 euros: una cifra al alcance de los urbanitas gracias a la economía sumergida, que el informe del Instituto Coreano estima que puede alcanzar a entre el 60 y el 80 % de los norcoreanos.

En el resto del país, la presencia de móviles es menos frecuente, como lo es la variedad de productos: aunque el desarrollo económico se estimaba en 2016 —no desde Pyongyang, que nunca ofrece datos, sino desde el Banco de Corea de Seúl— en un 3,9 %, el impulso económico se refleja sobre todo en las grandes ciudades, mientras el campo sigue sufriendo la pobreza, con carencias en los suministros básicos y sujeto a enfermedades casi desaparecidas en otros países.

¿Hasta cuándo será compatible el desarrollo económico sin que la población acuse esas diferencias entre campo y ciudad? En un restaurante de calidad media próximo al puente Okryu, cerca del río Taeddong, varias familias de clase media picotean pescado frito y beben cerveza local entre ruidosos brindis. En la puerta, varios hombres han hecho corrillo ante tres vehículos: un Mercedes, un BMW y un Hyundai todoterreno con cristales tintados. Observan en silencio, con las manos enlazadas en la espalda, y soltando algún chasquido de reproche. ¿Hasta cuando será sostenible una población cada vez más acomodada sin que exija derechos o libertades, incompatibles con la estructura dictatorial, en especial con el espejo del desarrollo económico de Corea del Sur al otro lado de la frontera?

“El error es mirarlo con una visión occidental. Corea del Norte nunca fue una sociedad igualitaria ni comunista. Usaron el socialismo ideológicamente en las décadas de 1950-60 para sumarse al bloque comunista, pero siempre ha sido una sociedad muy jerárquica”, dice el profesor Frank. “Entiendo que existan temores a que, si una parte de la sociedad se enriquece, la otra parte pueda sentirse infeliz, pero no creo que ese sea el caso. Es la gran diferencia si comparamos a Corea con Alemania antes de la caída del Muro: en Alemania del Este les vendieron una igualdad total y luego descubrieron que no era el caso. En Corea del Norte hay mayor aceptación de la desigualdad, porque es algo heredado. No les parece bien, pero les parece normal”.

Aun así, las cosas están cambiando. “Corea del Norte está fomentando que todos tengan una oportunidad. Es lo que llamo la norcoreanización del sueño americano: no importa lo pobre que seas porque, mientras consideres que puedes mejorar tus condiciones de vida, todo irá a mejor”, prosigue el profesor.

“Tenemos que tener en cuenta los ejemplos asiáticos de evolución económica, como China y Singapur”, añade Benjamin Silberstein. “El régimen norcoreano tiene la ventaja de haber comprobado lo que ocurre cuando un Estado concede derechos y libertades a sus ciudadanos, como pasó en el bloque soviético, y eso les hace estar mejor preparados: mira, por ejemplo, los teléfonos móviles, en teoría un dispositivo que podría aumentar la libertad de comunicación pero que, en el caso norcoreano, es usado por el régimen para vigilar a su propio pueblo”. Para Ward, la clave fue Singapur, convertida en un milagro económico gracias a un régimen híbrido que coquetea con la autocracia. “Cuando Kim viajó a Singapur el pasado junio, expresó un enorme interés en cómo funciona su economía y pareció satisfecho con lo que vio. Singapur es un modelo económico exitoso y no es una democracia precisamente”.  

Como dice Lee, “pese al consumo, el régimen mantiene un control estricto sobre la población mediante los servicios de inteligencia. No nos podemos engañar: no se trata de modernización, sino de conceder cierto movimiento dentro de los márgenes que permite el Estado”.

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