Anna Surinyach

Ébola: dos años de pesadilla

¿Está preparado el mundo para una pandemia? La peor epidemia de ébola de la historia se extingue tras dejar 28.637 contagios y 11.315 muertos

José Naranjo

Por África
14 de Enero de 2016

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Nancy Djoko era una mujer robusta, de esas sin grietas ni fisuras, pero aquel día parecía agotada. Eran las diez de la mañana y llevaba toda la noche trabajando. Tras pasarse el antebrazo por la frente para secarse el sudor, en el patio a cielo abierto del hospital de Kenema, en Sierra Leona, comenzó a hablar. “Claro que estamos asustados, he tenido que enterrar con mis propias manos a tres compañeras, ¿cómo no estarlo? Pero aquí nos quedaremos para lo que Dios quiera”. Aquello fue en agosto de 2014, cuando la epidemia de ébola estaba golpeando con una dureza increíble. La mayor parte del personal médico de este centro había desaparecido a causa del miedo, que hacía estragos. Pero Nancy había decidido quedarse, doblando turnos, trabajando sin la adecuada protección en una zona de aislamiento mal delimitada. El propio hospital era un foco de contagio. Tiempo después supe que había muerto.

Hubo momentos en que parecía imposible, pero ha llegado. Ya se puede anunciar oficialmente el fin de la peor epidemia de ébola que ha conocido el mundo. Han sido dos años de pesadilla y dos niños que marcan el principio y el final. El 6 de diciembre de 2013, Émile Ouamouno, de dos años, moría supuestamente de ébola en un pueblo de Guinea llamado Meliandou tras estar en contacto con un murciélago infectado. Ahí empezó todo, según una teoría desarrollada por un grupo de científicos. Y el 23 de noviembre de 2015, el adolescente de 15 años Nathan Gbotoe fallecía en Monrovia, capital de Liberia, y se convertía en la última víctima de una larga lista. Las cifras marean, 28.637 personas contagiadas y 11.315 muertos (la mayoría de ellos, en Liberia, Sierra Leona y Guinea), pero, como siempre, escondidas detrás de los números están las personas.

 

Cementerio en Kailahun (Sierra Leona), cerca del centro de MSF.Anna Surinyach / MSF

Los medios de comunicación y periodistas nos hemos empeñado en crear dos categorías: la de los héroes que se enfrentaron a la enfermedad y la de las víctimas que la sufrieron, cuando, en realidad, la raya que separa a ambas es difusa. Nancy es buen ejemplo de ello. La conocía días después de llegar a Sierra Leona, donde mi primer compañero de viaje fue el silencio. El Gobierno había declarado una “jornada de reflexión nacional” y había ordenado a sus ciudadanos que permanecieran en sus casas. Las calles de Freetown estaban desiertas, solo vehículos de las fuerzas de seguridad o servicios médicos se atrevían a circular. Pero en Kenema, en el interior del país, era mucho peor. Allí el impacto de la epidemia era real y palpable, pues se estaba cobrando víctimas a diario. El contacto físico estaba totalmente prohibido y la ciudad entera había sido puesta en cuarentena de un día para otro. “Nos han convertido en prisioneros —aseguraba Alpha Lamine, un comerciante local—. ¿Cómo nos abasteceremos?”.

A unas decenas de kilómetros de Kenema, en Kailahun, en la conocida como zona cero de la epidemia y situada entre Guinea, Sierra Leona y Liberia, Médicos Sin Fronteras gestionaba un centro de tratamiento levantado en medio de la selva. Allí, la joven Hawa Idressa, de 19 años, se recuperaba de la enfermedad. “Solo quiero salir para abrazar a mi hija”, contaba a una distancia de un metro y medio para evitar todo posible contagio. Durante la entrevista, el joven de 22 años Nlalo Moiba, también con el virus, aprovechó para dejar un mensaje: “Digan en Europa que esto es real, que nos tienen que ayudar, está muriendo mucha gente”. Su llamada estaba más que justificada. Cinco meses después de la declaración oficial de la epidemia, la ayuda internacional apenas estaba empezando a llegar. Lenta, tardía y con cuentagotas.

Un equipo de MSF traslada a un paciente al centro de Kailahun (Sierra Leona).Anna Surinyach / MSF

El brote había comenzado nueve meses antes, en diciembre de 2013, pero no se descubrió que era ébola hasta marzo del año siguiente. Para entonces, el virus ya había hecho su aparición en Conakry, la capital del país, donde unas semanas después conocí a Mamadou, un funcionario enjuto que acababa de superar la enfermedad. No aceptó ni fotos ni dar su verdadera identidad. Tenía razones para hacerlo. Una de las consecuencias más terribles para los supervivientes del ébola era el estigma, la manera en que fueron rechazados por una sociedad que tuvo que aprender a enfrentarse a una enfermedad mortal y desconocida. “Los vecinos cierran las ventanas cuando nos ven pasar y ya no van a coger agua al grifo común, nos señalan con el dedo, se apartan de nosotros”, contaba. Un estigma que ha acompañado a los supervivientes durante estos dos años. Incluso a cooperantes, enfermeros, periodistas. El miedo, siempre el miedo.

La persona que introdujo el virus en Conakry fue un hermano de Mamadou y comerciante de Dinguiraye, quien al sentirse enfermo decidió ir a la capital. Por primera vez, el virus llegaba a una ciudad de dos millones de habitantes con aeropuerto internacional, lo que elevaba a niveles antes nunca vistos el riesgo de contagio en otros países. Este era el nuevo escenario del combate contra una epidemia que presentaba tasas de letalidad del 50%. El pánico empezó a extenderse. En el centro de tratamiento del hospital de Donka, el personal de Médicos Sin Fronteras se esforzaba por atender la creciente oleada de enfermos mientras miles de voluntarios adscritos al sistema público de salud se encargaban de una de las tareas más titánicas ligadas a esta epidemia: el seguimiento de contactos.

Pero si hubo una ciudad golpeada por el ébola esa fue, sin duda, Monrovia. El edificio Tantadi es una enorme estructura de cemento situada a las afueras de la capital liberiana y ocupada por personas sin techo, excluidos sin trabajo, mendigos, familias sin recursos. Allí, en la segunda planta, en una precaria habitación hecha de viejos cartones, yacía a principios de noviembre de 2014 el cadáver de Harris Sagwivo, de 64 años. Durante tres días nadie se atrevió siquiera a acercarse. Hasta que llegaron Garmai Sumo y su equipo de la Cruz Roja. Tras desinfectar con cuidado el lugar y equipados con el traje de protección, lo sacaron en una camilla. “Mis amigos ya no quieren salir conmigo a tomar algo, tienen miedo. Pero alguien debe hacer este trabajo y tomando las medidas de precaución es bastante seguro”, decía la joven.

En los abigarrados barrios de Monrovia, como West Point o Clara Town, inmensas aglomeraciones de callejones estrechos y sombríos habitados por decenas de miles de personas, el virus se propagó como la pólvora. Helena Nagbé, de 42 años, vio morir a sus dos padres y a tres de sus hermanos. Ella misma estuvo ingresada en uno de los centros de tratamiento y logró sobrevivir. “Ahora sabemos lo que tenemos que hacer. Cuando alguien muere llamamos al Gobierno y ellos se encargan. Evitamos el contacto y nos lavamos las manos con agua clorada todo el tiempo” explicaba entonces Natanio Williams, un taxista que vio morir a su cuñado. Todos habían perdido a alguien. Todos sabían entonces que “Ebola is real”, la frase machacona que fue calando y contribuyó a cambiar la conciencia y el comportamiento de la gente.

En 2014, el virus se coló en Nigeria, Malí, Senegal, incluso España y Estados Unidos. La epidemia se hizo global. Pero fue en Guinea, Liberia y Sierra Leona donde dejó una huella profunda, donde los débiles sistemas de salud colapsaron, donde la actividad económica se hundió. Hasta que la ayuda internacional no se concretó y comenzaron a surgir centros de tratamiento que permitieron aislar a los enfermos y hasta que las sociedades africanas no adquirieron conciencia de la gravedad del problema, la enfermedad se propagó sin control. Ya en 2015 los contagios empezaron a bajar.

Ahora toca seguir vigilantes. Los científicos han aprendido algunas cosas de esta enfermedad, como su capacidad de resistir en el organismo de pacientes ya sanados, y se ha desarrollado una vacuna que ha tenido buenos resultados en Guinea. Pero persisten muchas dudas. El ébola ya no será nunca más un virus de los bosques profundos del Congo sino una amenaza presente con la que habrá que convivir en África. ¿Habrá una reacción conjunta la próxima vez? A la espera de saber la respuesta vale la pena tener muy presente que 11.315 no es una simple cifra vomitada en un telediario: mucha gente y muchas vidas truncadas se agazapan detrás de esos números. Conviene no olvidarlo.

Anna Surinyach / MSF

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