Alberto Rojas

Ébola en Guinea

Conacry, una ciudad tomada por el pánico

Alberto Rojas

Reportero
14 de Enero de 2016

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El embarque del vuelo de la Royal Air Maroc ya anticipaba que el de Conacry no era un viaje turístico. Seis chinos en primera clase y un periodista español con el resto de butacas para él solo. Siete personas en total. “Bienvenido al Air Ébola”, bromeó una de las azafatas del avión. Los chinos no lo entendieron. Mejor para ellos.  

Desde las alturas, la ciudad de Conacry tiene silueta de tiburón. En la aleta se encuentra el hospital Donka, un edificio vetusto donde estaba montada la ciudad del ébola: decenas de tiendas blancas, un perímetro naranja, una hoguera para quemar el material contaminado y un fuerte olor a piscina olímpica. Para llegar allí desde la zona de los hoteles había que atravesar varios semáforos: en ellos una legión de oportunistas vendían guantes de fregar (se suponía que para protegerse) y desinfectante para las manos. 

Era el mes de septiembre y el ébola se había extendido por todos los barrios de la ciudad a la misma velocidad que el miedo y los bulos. Entre las leyendas que corrían por las calles triunfaban dos: la primera decía que el virus no existía. La segunda, que lo habían traído desde miembros de la oposición hasta trabajadores humanitarios blancos.  

En el centro de tratamiento de ébola te recibían Jean y Eli, hermano y hermana con una camiseta de Médicos Sin Fronteras y un cubo de cloro. Eran supervivientes de la enfermedad llegados de Guequedou, la triple frontera con Liberia y Sierra Leona y primer foco del virus. Si trabajaban en Donka era porque el hospital representaba el único lugar donde eran bienvenidos. El estigma los perseguía: “No podemos volver a casa. Nos ha echado nuestra propia familia. Este es el único lugar en el que somos útiles”. Eran útiles porque no podían volver a contagiarse en la zona roja, donde se concentraban los enfermos de ébola, y porque podían motivar a otros pacientes con su ejemplo. 

Jean mostraba mejor humor, pero Eli estaba destrozada: “No sabes la sangre que me han metido. Yo me quería morir porque no lo soportaba y dejé de comer. Cuando mi cuerpo fue reaccionando contra la enfermedad seguía creyendo que estaba muerta”. Los dos me pidieron que les cambiara el nombre, como todas las personas que me iba encontrando en el interior, donde se trabajaba con turnos estajanovistas y disciplina militar. No había otra manera de hacerlo porque un fallo podía ser la muerte. Si la enfermedad no se expandió más fue porque en aquella trinchera y en otras parecidas hubo gente que se la jugó. Y ahora los tenía delante de mí, la mayoría personal local, asfixiados cuando se quitaban el traje de protección, formando a los nuevos, desinfectando el material…

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Lo más curioso era la “sala de visitas”, una zona en la que los familiares podían, separados por una línea naranja y dos o tres metros de distancia, hablar con los pacientes que estaban en la zona roja. En aquel momento había dos personas y estaban solas. Abu, un adolescente que estaba esperando el segundo negativo en su sangre para recibir el alta, y Louis, que acababa de entrar y aún no sabía si iba a salir de allí en una bolsa de plástico o por su propio pie. El porcentaje de supervivientes entonces era del 40%, aunque meses después fue subiendo hasta el 60%. Y a pesar de todo, el ambiente no era tan deprimente.  

Desde que vi salir al primer higienista con la ropa pegada al cuerpo y aturdido desde la zona roja supe que tenía que entrar allí para ver qué se sentía dentro de ese disfraz de astronauta y poder contarlo. El jefe de misión de MSF, Stefan, fue tajante: “Nuestro protocolo lo impide, pero hablaré con los de la Cruz Roja que entran a por los muertos y que seguro que no son tan estrictos. Ahora tenemos tres en la morgue y hay que ir a enterrarlos. Entrarás con ellos”.  

Al día siguiente llegó la llamada de Sheik: “Te estamos esperando en el hospital para enterrar a tres personas. Te integrarás con nuestro equipo”. Demasiado tarde para arrepentirse. Eran cinco guineanos voluntarios que no superaban los veinte años. Sheik quería ser director de cine y estudiaba en la universidad. Entre clase y clase, se dedicaba a esto. “Vístete igual que nosotros, pieza a pieza. No te pongas nervioso. No entres en pánico y todo irá bien”. Poco a poco, prenda a prenda, nos pusimos las catorce piezas de “la combinación”, como lo llamaban allí. Sheik se aseguró de que no dejaba un resquicio de piel al aire y me puso las gafas. Con la humedad de la época de lluvias y el calor tropical se empañaron exactamente en cinco segundos. Y a partir de ese momento, se mueve uno en una especie de niebla lechosa. Cuando te quieres dar cuenta, alguien ha abierto una puerta cerrada y ya estás dentro. Mentiría si dijera que no se pasa miedo. 

Más que ver, uno intuía que Abu, que me había reconocido a pesar del traje, era el que saludaba dentro. A ambos lados de la puerta se abrían habitaciones individuales. Dentro había una cama, una radio, un teléfono móvil y un barreño para los vómitos. Ninguno de esos objetos saldría de allí. Toda la zona estaba contaminada de fluidos, sobre todo la morgue. Dentro encontramos dos cuerpos en bolsas blancas. Con un aspersor de agua con cloro se desinfectaba todo lo que era susceptible de pisarse o tocarse. Yo disparaba la cámara a ciegas, porque con las gafas empañadas era imposible enfocar. Clic, clic, clic. Los voluntarios de Cruz Roja subieron los cuerpos a una pick-up y nosotros comenzamos a quitarnos el traje de nuevo pieza a pieza, con lavado de manos a cada paso y el asesoramiento del resto del equipo. “Bueno, si dentro de 21 días te sigues encontrando bien es que esto lo has hecho correctamente”. Ese tipo de frases irónicas se decían a cada momento. Y gracias al humor se sobrellevaba mejor el drama que lo envolvía todo.  

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Con los dos muertos en el maletero, como en las películas de gángsters, llegamos al cementerio. No hubo cura ni ceremonias. Los cuerpos pertenecían a un policía y a un conductor de autobús. Nadie se despidió de ellos. Un tablón de madera encima, unas paladas de tierra y a otra cosa. 

—Eran tres muertos. ¿Dónde está el tercero?

—Es un imán muy conocido de aquí, de Conacry. Hay que ir a su casa y enterrarlo en el cementerio musulmán.

Y de nuevo a cruzar Conacry. La casa del imán estaba llena de vecinos. Una mujer de la familia me dijo que no podía hacer fotos dentro de la vivienda pero sí en el cementerio, que es un lugar público. Así que guardé la cámara en la mochila. Ya con el muerto cargado de nuevo en el coche, se me ocurrió fotografiarlo desde atrás en la puerta del camposanto. En pocos segundos cayeron sobre mí los puños de varios hermanos del fallecido y me arrancaron la cámara de las manos. Si en ese momento no me lincharon, fue porque los chicos de la Cruz Roja se liaron también a mamporros para defenderme. La escena, con el muerto de ébola en el suelo y 30 personas a golpes, fue surrealista. Hubo que esperar hasta el final del entierro para explicarles que sí teníamos permiso y poder recuperar la cámara. Así era el Conacry donde se expandía el ébola, una ciudad que temía a la enfermedad y a la estigmatización por igual.    

Al día siguiente, la doctora Fatumata, de Save the Children, me acompañó a visitar a unos cuantos pacientes recuperados. Todos ellos habían sido reclutados por MSF para formar parte del ejército del ébola. Había mucho trabajo que hacer y nada que perder.

Si el ébola fue el termómetro de lo que nos importan los problemas de África en Europa, aquellos días la temperatura no subió de cero. Dos semanas después se contagió Teresa Romero y entonces sí, entonces ya fue prime time en nuestro mundo. El virus no sabe de razas ni de fronteras.

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