Anna Surinyach

Ellas también juegan a críquet… en Barcelona

El deporte más popular del Sur de Asia conecta a la comunidad pakistaní con la capital catalana

Anna Surinyach

La fotografía

Agus Morales

A la fuga
27 de Junio de 2019

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Es un partido con aroma a derbi y a revancha. A derbi porque juegan dos barrios vecinos de Barcelona: Raval y Poble Sec. A revancha porque el año pasado, en la única liga femenina de críquet que se celebra en España, Poble Sec ganó la final a Raval, y ahora Raval quiere desquitarse. Una victoria o una derrota no son definitivas, porque estamos en el inicio de la temporada, pero la hegemonía está en juego. 

Esta es la pista cubierta de las Tres Chimeneas, antiguo complejo industrial reconvertido en parque público e instalaciones deportivas. Se ubica en la avenida del Paralelo, justo en la línea que marca la separación entre el Raval y Poble Sec. 

—¡Un, dos, tres, Raval! 

El equipo de Raval antes de que empiece su partido contra Poble Sec.

Las capitanas y las jugadoras se saludan: suerte, suerte, suerte. En los primeros compases del partido hay nervios, gritos, alguna protesta. Nadie quiere perder. 

A los pies de las gradas de la pista cubierta, Xoan Vázquez sigue el juego algo inquieto. Es el coordinador del proyecto intercultural Críquet Jove a Barcelona.

—Buf, hay mucha competitividad. El año pasado fue peor, porque era la primera vez que se celebraba esta liga y había muchos nervios. Trabajamos con los educadores de diferentes barrios y con las entidades para que este año reinara un poco más el espíritu deportivo. Ahora se nota que es el segundo año, que ya no les coge de primeras, pero siempre hay nervios y competitividad. 

Las jugadoras, dentro y fuera de la pista, sufren y se lo pasan en grande. Son todas menores de edad: pertenecen a varios institutos de Barcelona. En este campeonato los equipos en liza son Raval, Poble Sec, Trinitat Vella y Besòs. 

—Este deporte las vincula obviamente con sus orígenes: Pakistán, la India, Bangladesh… —dice Xoan—. A nivel educativo, hemos visto una evolución en las chicas: están más empoderadas y han descubierto que son buenas haciendo deporte.

A su lado, un joven pakistaní en chándal hace aspavientos. Quiere dar indicaciones, pero solo da algunas muy generales. Es Shahbaz Shaukat, jugador de críquet profesional en Cataluña y hoy entrenador de ambos equipos. 

—No puedo hacer nada para favorecer a ninguno de los dos —sonríe—. Hay una capitana que indica a sus compañeras qué hacen bien o mal, organiza su posición… Le hemos enseñado todo eso. 

La mayoría de las deportistas son de origen pakistaní, aunque también las hay de origen indio e incluso otras que desconocían el deporte pero que se han animado a participar. 

—Casi todas se conocen del instituto, son amigas. Había una que no sabía nada de críquet pero su compañera le preguntó si quería aprender un deporte diferente. Eso es lo más importante: dile a tus amigas que vengan a aprender otro deporte. 

Se acaba el partido y empieza el recuento del puntaje. 

—Ha habido muchos nervios en este partido —dice Xoan—. Os agradezco la participación. Ahora vamos a escuchar lo que dice el árbitro y la normativa. Lo importante es el respeto y la deportividad. 

Con 44 puntos, el Raval consigue su revancha.

Gritos de euforia.

—El próximo partido lo haremos más en serio, vamos a jugar mejor —dice, insaciable, una de las jugadoras del equipo ganador. 

Inshallah —dice otra. 

Entrenamiento en la pista del IES Consell de Cent de Barcelona.

Una de las jugadoras del equipo de Consell de Cent practica lanzamientos. Fuera de la fotografía, Shahbaz, el monitor, le da indicaciones.

Momento de un partido entre Consell de Cent y Trinitat Nova en el instituto Doctor Puigvert.

Entrenamiento del equipo de Trinitat Vella.

Las jugadoras se reúnen al acabar el partido de liga entre Consell de Cent y Trinitat Vella.

 

 

***

 

Los jueves son el peor día para Shabhaz. Se levanta temprano, abre la frutería familiar que tiene en Poble Sec, desayuna, se va a Mercabarna con una furgoneta para abastecer su tienda, come lo que puede de vuelta a casa, por la tarde se va a dar clases de críquet a jóvenes en la Pista Negra del Raval y a última hora debe cerrar la frutería. 

Hoy no tiene tanto trabajo y podemos hablar: solo nos interrumpen, de vez en cuando, algunos clientes. Está alegre y despreocupado. 

 

Xoan visita la frutería en la que trabaja Shahbaz.

—Tengo 28 años y nací en Jhelum [Pakistán, provincia de Punyab]. ¿Conoces Cachemira Azad [la Cachemira bajo control pakistaní]?

—Nunca recibí el permiso para ir.

—¿Sabes que hay una presa? Está cerca de mi pueblo. Tengo tres hermanos y una hermana. Mi hermano mayor, que vive ahora en Londres, juega en un equipo de críquet. Mi hermano pequeño, que está en Pakistán, también juega. Yo iba a ir incluso a la sub-19 de Pakistán, pero tuve un accidente de moto…

—¿Cuándo llegaste a Barcelona? 

—En 2011. Tenía casi 21 años. Aquí vivo con mi tío, que tiene la frutería, y con su familia. No sabía que aquí la gente hablaba otros idiomas, pensaba que el inglés era mundial. Al principio me costó muchísimo aprender castellano. Estaba aquí con mi tío, que hablaba con los clientes, y yo no sabía ni lo que decían. 

—Unas patatas —le dice una clienta. 

—¿Cuáaales?

—Las de abajo del todo. 

—Gracias.

—De nada. 

—Hasta luego. 

¿Por dónde íbamos?

—Al principio no trabajaba, solo miraba. Luego empecé a trabajar. Yo siempre veo críquet cuando hay Copa del Mundo, siempre estoy hablando de críquet, y un día Xoan, que era uno de los clientes en la frutería, me preguntó qué hacía, le dije que estaba aquí pero que también jugaba a críquet, él me dijo que participaba en un proyecto para enseñar a jugar a críquet en todo el distrito de Barcelona…

—Perdona, ¿me puedes dar cambio? 

—No hay cambio, no hay cambio. 

Xoan fichó a Shahbaz para el proyecto. Una idea surgida en 2011 a partir de las demandas de la comunidad pakistaní, que fueron recogidas por el Centro de Estudios Africanos e Interculturales (CEAi). La entidad creyó interesante dar una vuelta a la idea de integración: que fuera la comunidad pakistaní quien enseñara y que la llamada sociedad de acogida fuera la que aprendiera. La iniciativa recibió financiación del Ayuntamiento y a la coordinación se sumó la Fundación para el Deporte y la Educación de Barcelona (FEEB). 

Esta es la aventura en la que se embarcó Shahbaz, a quien le gusta explicar el tipo de conexión que se puede establecer con este deporte, tan típico del Sur de Asia, herencia colonial del Reino Unido. 

Shahbaz da la última charla del entrenamiento al equipo, que en los próximos días tiene un partido.

—Cuando aquí no teníamos campo ni nada, jugábamos a veces en aparcamientos, o allí cerca del teatro [Teatre Lliure]... Venían los señores y las señoras y nos preguntaban qué era eso, a mí me gusta cuando la gente viene y te pregunta a qué estás jugando, y luego me gusta explicar a la gente qué es… En fútbol no se corre demasiado, en críquet son más horas, necesitas más energía. 

El escepticismo se dibuja en mi rostro, quizá el mismo de los transeúntes que se acercan a interesarse por ese deporte que se juega con bates y wickets: una puerta inesperada al diálogo intercultural. 

—Xoan me dijo que para el proyecto de críquet no tenían materiales adecuados y que los querían comprar. Yo le ayudé, porque tenía contactos. Uno de mis amigos tiene una fábrica en Pakistán. 

Tan cerca y tan lejos: Atta Rehman, su amigo, tiene otra frutería en el barrio de Poble Sec. Atta Rehman, su amigo, viaja a menudo a Pakistán, a la industriosa ciudad de Sialkot, donde su hermano saca adelante una fábrica de bates de críquet y otros materiales deportivos. 

 

***

 

Atta Rehman —42 años, mandíbulas anchas, cara soñolienta, gesto adusto y trato amable— nos viene a recoger a nuestro hotel de Sialkot a las nueve y media de la mañana. Conducimos hasta las afueras, donde se suceden almacenes polvorientos que, desde fuera, parecen simples locales, si no fuera porque los ruidos industriales y artesanales de fondo —sierras eléctricas, golpes de madera— revelan que estamos en un lugar donde se manufacturan artículos deportivos para todo el mundo, como las pelotas de réplica del Mundial de fútbol. 

En la puerta nos da la bienvenida un letrero: GA Sports, dos manos unidas, la bandera pakistaní y la española. Dentro: decenas de troncos al sol, virutas y virutas y virutas de madera, un olor químico que marea, una especie de plazas de garaje donde se pulen y se pintan los bates, trabajadores con mascarillas verdes, un obrero que se peina mientras descansa un poco. 

Pasamos al despacho de Atta y su hermano.

—Xoan [a través de Shahbaz] me pidió dar una oportunidad para que los niños jugaran a críquet en Barcelona. Vale, te damos un precio justo. Nos interesaba a los dos. No gané casi nada, cada bate les costaba entre 12 y 15 euros y el pedido era de sesenta bates y veinte wickets.

Mientras degustamos un té, observo una vitrina de madera donde tiene colocados varios bates, de diferentes colores y formas, tuneados. 

—Hay algunos que sirven para entrenar cada día y otros para competición. Este es muy buen bate —dice mientras señala el primero—. Usamos barniz para que la madera no se dañe. Este es una copia de los bates que se usan en Sri Lanka —sigue el recorrido—, es plano por los dos lados, se llama Lankan. Este tercer tipo está gustando mucho los últimos años, la cara de dentro es curvilínea, lo llamamos Long Sixer. Este tipo —más pequeño— es para niños de catorce años. Este otro lo hicimos hace dos semanas, se llama Black Cobra.

Me fascinan las diferencias para mí sutiles entre unos y otros. Intento descifrar, sin éxito, qué efecto pueden tener en el juego. 

—Este es un negocio familiar, lo ha sido durante las últimas tres generaciones. Lo empezó mi bisabuelo haciendo dagas, antes de la partición [del subcontinente, en 1947]. Las hacía a mano. Luego empezamos con las máquinas y a hacer productos relacionados con el deporte. Tenemos primos y cuñados que trabajan en lo mismo. 

Salimos del despacho. Atta me hace un tour para explicarme cómo se fabrican los bates. Los árboles se talan cerca de la frontera con Afganistán y se traen a la fábrica. Me muestra los troncos que tienen reservados para los próximos bates. 

—Si nos piden bates fuertes, escogemos los troncos más limpios. Que no haya ni una raya —dice señalando sus vientres—. Se hace un primer corte y se dejan cuarenta días al sol si es verano o tres meses si es invierno. Luego los almacenamos abajo. 

En el centro de la fábrica hay una máquina con dos sierras eléctricas circulares, en las que el trabajador empieza a dar forma al bate cuando la madera almacenada ya está lista para ser cortada. La maquinaria expide virutas que flotan en la atmósfera. Hay trabajadores con un taladro especial para hacer agujeros y diseños. Otros que se encargan de untar un barniz a la madera para que no se desgaste. Entonces se pinta el bate, y ahí algunos obreros especializados en este arte dejan volar su imaginación. Para los mangos, usan una madera especial importada de Malasia, muy ligera, y la recubren con una goma para permitir el agarre del bateador. Se coloca una cinta para sujetar la goma y ya tenemos bate. 

Se nos une el hermano de Atta —barba frondosa y gafas grandes que necesitan ser renovadas—, al cargo de la fábrica. Conversamos mientras los obreros pulen la madera, mientras los ventiladores de techo y de mano siguen girando; cables prolijos dominan el lugar, hay contadores de luces, moscas por doquier. 

Montañas de madera en la fábrica de GA Sports.

Esta máquina sirve para grabar inscripciones en el bate. La maneja Arshad Hussein, un veterano en el oficio.

Babar lleva tres años trabajando aquí. Se encarga de pulir los bates.

Ya están listos los bates.

Atta volverá pronto a Barcelona, está solo de visita, y a su hermano le angustia la idea. “Lo que realmente necesito es convencerlo de que vuelva a Pakistán para ayudar con la fábrica, porque hace unos años nuestro hermano pequeño murió en un accidente, y ahora estoy solo”. 

Es la otra cara de la migración, la nostalgia que nunca se cura: la de los que se quedan.

 

***

 

Estudiantes de tercero de ESO de cuatro institutos de Barcelona han acudido al centro deportivo La Mar Bella, al lado de la playa. Vienen en horario lectivo y juegan a críquet. O mejor: Shahbaz y otros monitores les enseñan las reglas del críquet. En las pistas cubiertas se juegan partidos rápidos, y fuera, en un gran campo de césped artificial con pistas de atletismo alrededor, batean y lanzan, hacen ejercicios para familiarizarse con este deporte. Hay algún chaval que se resiste y patea la bola de críquet como si fuera de fútbol, pero en general están todos muy concentrados. 

—En las clases siempre hay algún chico o alguna chica pakistaní que tiene más destreza y que destaca. Y acaba siendo él o ella quien enseña a sus compañeros —dice Carla Burriel, coordinadora de proyectos de la FEEB.

Se ofrecen módulos a los institutos de Barcelona para que, si los alumnos quieren, vengan a La Mar Bella a aprender a jugar a críquet. Una vez allí, los monitores les invitan a que se apunten a críquet como actividad extraescolar, como hacen las jugadoras de la liga de Barcelona, que cuenta con entidades implicadas en los barrios.

En el complejo deportivo municipal La Mar Bella también se juega a críquet.

—A los colegios con alumnos de la comunidad pakistaní esto les va muy bien porque cambia bastante el protagonismo de estos niños. Quizá estaban en un segundo plano en otras actividades y en críquet pasan a ser ellos los protagonistas, los que se saben las normas.

Los alumnos que no son de origen surasiático tienen al principio reticencias a jugar a críquet, pero el objetivo es, también o sobre todo, llegar a ellos. 

—Queremos que el críquet acabe siendo un deporte más de la ciudad y que lo practique también gente de Barcelona y de otros países, no solamente de la comunidad pakistaní o inglesa.

Dice Burriel que los bates que manejan los chavales fueron fabricados en Sialkot. En la madera está inscrito el nombre de la marca: GA Sports. 

 

***

 

Es de Jhelum, cerca de la Cachemira pakistaní, como Shahbaz. Iqra Arif, de veinte años, llegó por primera vez a Barcelona en 2007, se quedó un año, volvió a Pakistán y, tres años más tarde, se mudó definitivamente a la capital catalana. Estudió el equivalente a la ESO en Pakistán y Bachillerato en Barcelona. Después hizo un grado superior de Integración Social. 

Vive en el barrio del Besòs, y allí es donde la conozco. Estamos en una sede de SURT, una organización que trabaja para mejorar la vida de las mujeres y que también participa en la liga femenina.

—Hace tres años en SURT había unas quince o veinte chicas jugando a fútbol y a críquet —dice Iqra—. A mí al principio no me gustaba salir de casa. Empecé a venir al espacio de encuentro [un espacio para que las jóvenes interactúen] de SURT y me empezó a gustar. Acabé jugando a críquet. 

Dice Iqra que al principio las chicas que iban a SURT estaban más segregadas (“musulmanas y españolas”), pero que ahora están mezcladas. 

—Aquí nos dicen a veces que las pakistaníes siempre se quedan en casa. La madre de una compañera de instituto nos dijo algo así, y le dije: mira, hacemos cosas, como jugar a críquet, y se quedó callada. 

Ahora Iqra ya no juega, pero sigue acudiendo a los espacios de encuentro de SURT con otras jóvenes del barrio y recuerda que los entrenamientos y los partidos de críquet le ayudaron a cambiar su vida. 

—En Pakistán también jugaba a críquet. No salía a jugar fuera, lo hacía en un patio. Mis hermanos me decían que el críquet era solo para niños… Pero en Pakistán también hay equipos femeninos de críquet.

 

***

 

Repaso mis notas y encuentro una frase prácticamente calcada a la de Iqra:

—Cuando era pequeña, no me dejaban salir. Cuando jugaba a críquet con mis primos, la gente decía: “¿Por qué juega la niña?”. Era un ambiente muy conservador. 

Quien habla es una de las lanzadoras más rápidas de Pakistán y jugadora de la selección nacional de Pakistán. Se llama Diana Baig y tiene 23 años. Hoy no puede jugar porque está lesionada, así que se debe conformar con ver desde los límites del verde a su club universitario: el de la Lahore College for Women University (LCWU), conocido como Lahore Queens. 

Ella también migró, pero dentro de Pakistán. Es de la región de Gilgit-Baltistán, en el montañoso norte del país, donde son famosos los partidos de polo en las alturas. Pero ella enseguida supo que se quería dedicar al críquet y consiguió una beca para estudiar y jugar a este deporte en la LCWU. El modelo estadounidense. 

—Muchas mujeres sueñan con esto —dice Diana Baig, pelo corto, bluyín, enjuta, nerviosa por no poder saltar al campo—. Algunas tenemos suerte porque las familias nos apoyan, otras no tienen esa suerte… Mira a este padre, por ejemplo. Ha venido a ver a su hija. No es habitual. Normalmente no nos vienen a ver. 

No saben lo que se pierden, porque el nivel de las Lahore Queens es extraordinario. Están seguras de sí mismas y se nota. Juegan de locales, en el campo de la misma universidad, en Lahore, y sus adversarias llegan varias horas tarde. Ellas ni se inmutan: calientan, pelotean, corren, ninguna de ellas se indigna. 

Un grupo de jugadoras del Lahore Queens —puntero en la liga— se acerca a hablar. Entre ellas: Hadiya Fayaz, estudiante de Comunicación, diecinueve años, pelo anudado, el desparpajo en persona. Entre ellas, también: Tuba Hassan, dieciocho años, estudiante de Educación Física, una de las más jóvenes del equipo. 

Ambas han jugado en categorías inferiores del combinado nacional.

—Me gusta la fotografía artística —dice Hadiya—. Juego a críquet para estar en forma. Primero quiero ser jugadora, después de retirarme me haré periodista o presentadora. Ser periodista es el plan B.

Sonrío con ternura y disimulada indignación.

—Yo quiero ser una figura del críquet, un modelo a seguir —dice Tuba. 

—Jugáis contra la Universidad de Lahore —les digo—. ¿Es un partido difícil?

—No será difícil —dice Hadiya. 

Sus compañeras la secundan. No esconden su sentimiento de superioridad, su frescura, su atrevimiento, su descaro. Son élite, se sienten élite. 

—Jugar a críquet está muy bien —dice Tuba, más seria—. Las mujeres debemos tener las mismas oportunidades para jugar que los hombres, y se debe promover el deporte femenino.

—En Pakistán lo están haciendo en grandes ciudades —dice Hadiya—, pero también deberían promoverlo en pueblos pequeños, porque muchas niñas que quieren jugar no pueden. 

Por fin llega el otro equipo —está en la misma ciudad, así que el desplazamiento no sirve como excusa por su demora—, el partido comenzará en unos minutos. Hay pequeñas tormentas de arena que se mezclan con la humedad premonzónica. El árbitro lleva manga larga roja y un escudo del Barça en cada brazo. 

—¡Chalo! [¡Vamos!] —gritan las jugadoras antes de empezar. 

Rezo de las Lahore Queens antes del partido.

Las jugadoras del Lahore Queens se pasaron horas calentando y esperando a su rival.

Las Lahore Queens van primeras en la liga y se muestran confiadas: dicen que hoy ganarán.

Aunque la duración de un partido de críquet depende de la modalidad, en general tardan en resolverse. Este no. Tal y como habían pronosticado, las Lahore Queens vapulean a sus adversarias: 50-1. Casi sin despeinarse. 

Detrás de esta liga universitaria está Shamsa Hashmi, legendaria jugadora pakistaní que ahora, a sus 49 años, está echando una mano al Gobierno provincial de Punyab —cuya capital es Lahore— para promover el críquet. 

—Hasta ahora 48 universidades de Punyab han participado, y los equipos se han dividido en cinco ligas diferentes —dice Hashmi, sentada en los límites del enorme campo de críquet universitario.

Una de esas cinco ligas es la femenina, la que lidera el Queens Lahore. Se juegan más de 200 partidos en solo dos meses, y estos son los últimos, porque el calor empieza a apretar y pronto estaremos fuera de temporada. 

—A las pakistaníes se les da muy poca proyección internacional —dice Hashmi, y vira del deporte a la sociedad—. La gente piensa que las mujeres pakistaníes están oprimidas y no tienen oportunidades, pero en Pakistán seguro que has visto a mujeres liberales, que participan en todos los ámbitos de la vida. 

Le pido a Hashmi que envíe un mensaje a las jóvenes que están empezando a jugar a críquet en Barcelona, obviamente a un nivel muy inferior al de esta liga de Punyab.

—Suena muy bien saber que las mujeres pakistaníes y las mujeres en general han empezado a jugar a críquet en un país que ama el fútbol. Es una buena noticia. Les deseo buena suerte y me presento voluntaria para entrenarlas, sin ninguna remuneración. 

Y luego, como si fuera algo que no puede evitar soltar:

—Hay muchos campos de fútbol allí, ¿no? No hace ningún daño construir un estadio de críquet.

 

***

 

LA FINAAAAAAAAAAL. La emoción no es mía —quizá también—, sino del speaker que hoy anima la final de la liga de críquet de Barcelona: vestidas de negro, Raval-Casal dels Infants (la entidad que le da apoyo); de naranja, Trinitat Vella-Sala Jove. El escenario es, de nuevo, la pista cubierta de Tres Chimeneas. Todo parece más oficial que nunca: el speaker, los carteles laterales del Ayuntamiento y del Consejo de Deportes y Educación de Barcelona y, por supuesto, los ansiados trofeos y medallas, que se colocan sobre una mesa de plástico gris. 

—Fuera de la línea, por favor —advierte Shahbaz a unas chicas que ponen música pakistaní a todo trapo gracias a un altavoz con reflejos de colores. 

El día de la final no puede fallar nada. 

—Hola, chicas, ¿cómo estáis? —dice unos minutos antes de empezar Xoan Vázquez, el coordinador.

Los dos equipos forman un corro. 

—Bieeeen. 

—Hoy acaba la liga. Hoy es un partido como cualquier otro, ¿vale? La vida no se acaba aquí. Vamos a pasar un buen rato, a jugar y a competir. 

—Tranquilas, es una final, unas vais a perder y otras a ganar —dice Shahbaz al equipo del Raval—. Pero intentad ganar. 

Está claro que las jugadoras se decantan más bien por esta segunda opción. 

—Me caen bien, me caen de puta madre, pero hay que machacarlas —dice una de las jugadoras del Raval. 

—¡Un, dos, tres, Raval!

En las gradas hay amigas, compañeras, algunos curiosos. Está el cónsul de Pakistán en Barcelona, Muhammad Imran Ali Chaudhary. Representantes del Ayuntamiento. Pero, en general, los padres de las jugadoras no están. 

Durante todo el partido se suceden los gritos en urdu, castellano y catalán. Cuesta mucho saber quién va ganando; no es cosa del periodista, tampoco los monitores lo tienen claro. Al término del encuentro, hay una sensación que ellas experimentan a menudo pero que es extraña para los asistentes: se deben contar los puntos de cada equipo. 

—17, 18, 19, 23, 24, 25, 26, 27… 33… 36. Gana Raval —dice Shahbaz en un corrillo con el resto de monitores y las árbitras; tienen que contarlo varias veces, porque el punteo está muy ajustado. Ahora ya solo queda anunciarlo. 

—Raval ha sufrido cuatro eliminaciones, y el conjunto de Trinitat Vella ha sufrido nueve. Raval ha sumado 36 puntos y Trinitat Vella, 34. Por lo tanto —dice con una lógica aplastante el speaker—, ¡el ganador ha sido el conjunto del Raval!

Gritan las jugadoras de Raval; se llevan la mano a la boca las jugadoras de Trinitat Vella, que no se pueden creer que hayan perdido, pero que aceptan la derrota con deportividad. Empieza la ceremonia de entrega de medallas y trofeos. Una de las más eufóricas es Nosheen, del equipo ganador, que no ha parado de jalear a sus compañeras durante el encuentro. 

Hay periodistas para cubrir esta final. Las jugadoras son entrevistadas al acabar el partido.

Raval levanta la copa al cielo.

—Es mi copa, me la he ganado con mi sudor y lágrimas —dice Nosheen—. Ha costado, pero nos lo merecíamos, porque nos lo hemos currado. Ha habido momentos de tensión y de rabia… El año pasado quedamos segundas y también nos lo curramos mucho, pero este año era quedar primeras sí o sí. 

—¿Os conocíais antes de jugar juntas?

—Somos chicas de dos institutos. Del Miquel Tarradell y del Milà i Fontanals. Nos conocíamos del año pasado, éramos nuevas y empezamos como discutiendo porque no nos conocíamos, pero ahora no hay mejor equipo que este. 

Le pregunto cuáles son sus planes de futuro. 

—Me gustaría sacarme el curso de entrenadora de críquet, pero mi primer oficio sería policía. Mossa d’esquadra.

 

 

 

 

 



 

Barcelona-Pakistán-Barcelona es un proyecto de Revista 5W y CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs) que recibió la beca DevReporter convocada por Lafede.cat. 

Esta crónica se hizo con contribución financiera de la Unión Europea, pero su contenido es responsabilidad exclusiva de Revista 5W y no refleja la posición de la Unión Europea.

 

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