Frontera norte. La vieja nueva ruta hacia las costas españolas. Revista 5W.
Anna Surinyach

Frontera norte

La vieja nueva ruta hacia las costas españolas

Anna Surinyach

La fotografía

Agus Morales

A la fuga
21 de Agosto de 2018

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—Esto es un problema —dice a las 10.46 de la noche un agente de la Guardia Civil española—. Yo no voy a bajar a los negros aquí.

Todo empezó cuatro horas antes.

Cometas multicolores atadas a tablas de surf vuelan en el cielo de la ciudad andaluza de Tarifa. En el puerto se mueven algunos transatlánticos y ahora también un barco de Salvamento Marítimo, el Arcturus, que se dispone a atracar con —tan solo— seis subsaharianos a bordo.

Acaban de ser rescatados en el estrecho de Gibraltar.

Para el desembarco normalmente se organiza un dispositivo de muchas fuerzas de seguridad y entidades y acrónimos. La Policía y/o la Guardia Civil, la Cruz Roja, agentes de la agencia europea de protección de fronteras (Frontex), en ocasiones trabajadores de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) y de oenegés con sus petos de colores. Pero hoy no hay nadie. El barco atraca y el capitán sale enfadado.

—Mucha presión para ir a Barbate.

La Guardia Civil no quiere que el desembarco tenga lugar en Tarifa, sino en Barbate, a unos 50 kilómetros. El patrón del Arcturus está dispuesto a plantar batalla.

—Si alguien me firma un documento o me envía un e-mail diciéndome que se hace responsable en caso de que alguien caiga por la borda, entonces voy a Barbate —dice en una conversación telefónica—. Hay que seguir un protocolo.

El capitán da vueltas por el espigón del muelle con el móvil enganchado a la oreja. Quiere que el barco se quede aquí. El rescate de la balsa hinchable de juguete en la que iban a remo seis subsaharianos tuvo lugar, según su relato, en una coordenada marítima equidistante entre Tarifa y Barbate. El viento hacía mucho más aconsejable desembarcar en Tarifa, pero la Guardia Civil prefería que lo hiciera en Barbate.

—No somos un taxi. ¿Quién se hace responsable si pasa algo? Tarifa era el puerto, por este orden, español, seguro y más cercano.

Los seis rescatados por la Salvamar Arcturus, en el puerto de Tarifa.Anna Surinyach

Aparecen tres agentes de Frontex. El capitán les da las coordenadas en las que se produjo el rescate. Hablan con los seis rescatados: su primer contacto con Tarifa no es para que alguien se interese por su salud, sino para que les pidan datos sobre su salida de Marruecos. Uno de los agentes saca la balsa de juguete amarilla y azul en la que iban los subsaharianos y toma fotos con el móvil de cerca, como si fuera a extraer detalles ocultos de su tecnología.

Aparca en el muelle una furgoneta de Cruz Roja. Los voluntarios ofrecen mantas rojas y una bolsa con zumo, galletas y agua a los recién llegados. Aún dentro del barco —solo la Guardia Civil los puede desembarcar—, los registran y les preguntan su nacionalidad. El proceso dura apenas veinte minutos.

Cruz Roja se va.

Sigue el tira y afloja: la Guardia Civil insiste a Salvamento Marítimo en que debe ir a Barbate.

—Si por ellos fuera… A ellos les da igual si hay una emergencia. Esto es un pulso, una maniobra de la Guardia Civil...

El capitán decide mover el barco a la parte del puerto donde lo atracan normalmente: así la tripulación puede, al menos, salir y descansar. Su mensaje es: yo me quedo aquí, ya vendréis cuando queráis. Parece que los subsaharianos tendrán que pasar la noche en la cubierta: aunque sea agosto, en Tarifa el viento es implacable, y en el puerto es aconsejable ir abrigado.

Aparecen por fin dos agentes de la Guardia Civil. Ven a los pocos periodistas que seguimos el culebrón. Uno de ellos avanza hacia el capitán con lentitud, como quien sabe que tiene un papelón.

—Esto es un problema. Yo no voy a bajar a los negros aquí —y se queda mirando al capitán por unos segundos para ver si hay respuesta.

El agente intenta ganar tiempo. Le comenta al capitán que la zona correcta para efectuar el desembarco es el muelle en el que estaba anteriormente. El capitán le explica que estaban esperando allí, pero que no vino nadie. El agente le recuerda que él solo cumple órdenes. El capitán le dice que lo entiende. Ambos hablan con sus jefes: de la Guardia Civil y de Salvamento Marítimo. La posibilidad de que el barco tenga que ir a Barbate sigue ahí.

—Es un capricho, es un capricho —dice el capitán mientras el agente habla con sus superiores.

El furgón de la Guardia Civil se va. El Arcturus debe trasladarse de nuevo al lugar del mismo puerto al que había llegado al principio: allí se hace el desembarco, que no dura ni cinco minutos. Son las 11.50 de la noche. Han pasado casi cuatro horas desde la llegada de la nave y por fin los seis subsaharianos han desembarcado.

No son necesarias decenas de miles de personas para que la desorganización reine en la gestión migratoria española. Con seis personas ya basta.

 

***

 

El estrecho de Gibraltar, desde Tarifa. Algo más de 14 kilómetros separan España de Marruecos en la parte más cercana.Anna Surinyach

España la llama Frontera Sur. Una amalgama ideológica de “inmigración ilegal”, pateras que se hunden, rescates, “policías desbordados”, drogas que llegan de Marruecos, guardias civiles desembarcando a migrantes, voluntarios de Cruz Roja repartiendo mantas, “saltos masivos” a las vallas, agentes de Frontex paseando con su chaleco azul, balsas de juguete tiradas en los puertos. Un territorio resignificado. Andalucía, las islas Canarias y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla redefinidas y agrupadas por su condición de umbral, por su importancia para la seguridad del Estado: guardianes de España, guardianes de Europa. El lugar simbólico donde se producen las “avalanchas”; el concepto que justifica los fondos que la Unión Europea destina a Marruecos para detener la llegada de personas a Europa. La perspectiva dominante para contar este movimiento de población: de arriba abajo, de norte a sur.

Decir Frontera Sur es preguntar: ¿qué le pasa a Europa cuando llegan aquí?

Decir Frontera Norte es preguntar: ¿qué les pasa a ellos cuando llegan aquí?

Esto es Frontera Norte para los senegaleses que han cruzado el mar en patera, para las marfileñas que han arriesgado su vida en una toy en el estrecho de Gibraltar, para los menores marroquíes que desconocen su destino. Todavía es frontera porque no es destino: solo es un paso, uno de los más peligrosos, pero que los acerca hacia donde quieren llegar: hacia el norte.

Este año han llegado a España 26.897 personas a través del mar, más que en todo el año anterior (22.103). También hay más muertos en la ruta: 153, frente a los 148 del año pasado, según datos ofrecidos por Salvamento Marítimo.

Llegadas a Europa a través del mar. Los datos de 2018 abarcan hasta el 12 de agosto. Fuente: OIM

Decir que han llegado a España es decir una verdad a medias: han alcanzado costas españolas, pero en muchos casos su proyecto migratorio les conduce más al norte, especialmente entre los francófonos. Aunque el aumento es sin duda significativo, la “presión migratoria” —otra de las expresiones ligadas a Frontera Sur— no se puede comparar con lo que sucedió, por ejemplo, en 2015. Más de un millón de personas —la mayoría sirias, afganas e iraquíes— llegaron a Europa ese año, sobre todo a Grecia y en menor medida a Italia. Fue el año de la foto de Aylan Kurdi, de la ruta que se abrió desde Turquía pasando por Grecia y los Balcanes hasta el norte de Europa, del #welcomerefugees. Aunque las llegadas empezaron a bajar pronto por esta vía, el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, con 6.000 millones de euros de por medio, fue el que escribió, de momento, el epílogo de aquella ruta.

Las llegadas a España no se pueden comparar con los grandes movimientos de población de los últimos años. El más importante es el causado por la guerra siria que arrancó en 2011: la gran mayoría de los refugiados huyó a los países vecinos. Líbano, con una población de 6 millones de habitantes, acoge a hasta 1,5 millones en su territorio, según el Gobierno (aunque Acnur los sitúa en un millón): una de cada cuatro personas es refugiada. Desde agosto de 2017, Bangladesh, uno de los países más pobres de Asia, ha recibido a 724.920 refugiados rohinyás que huyeron de la persecución de las fuerzas de seguridad birmanas: la mayoría malviven en campos cerca de la frontera. A España han llegado menos de 30.000 personas este año, y muchas de ellas quieren ir más al norte. 

 

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Ley de extranjería. Artículo 2 bis.

2. Todas las Administraciones Públicas basarán el ejercicio de sus competencias vinculadas con la inmigración en el respeto a los siguientes principios:

a) la coordinación con las políticas definidas por la Unión Europea;

b) la ordenación de los flujos migratorios laborales, de acuerdo con las necesidades de la situación nacional del empleo;

c) la integración social de los inmigrantes mediante políticas transversales dirigidas a toda la ciudadanía;

d) la igualdad efectiva entre mujeres y hombres;

e) la efectividad del principio de no discriminación y, consecuentemente, el reconocimiento de iguales derechos y obligaciones para todos aquellos que vivan o trabajen legalmente en España, en los términos previstos en la Ley.

Unas cincuenta personas, la mayoría marroquíes (saben que seguramente serán deportados), se escaparon mientras estaban siendo trasladadas desde el puerto de Barbate. Este es uno de los que volvieron a ser detenidos.Anna Surinyach

 

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Playas de arena que dan paso a las de piedra. El viento, los chiringuitos, la brisa, el pescaíto. Otro mar adentro, el mar de plástico: los invernaderos que funcionan con mano de obra barata. Costa del Sol, Costa de la Luz, Costa Tropical, Costa de Almería: la hermosa toponimia del litoral andaluz, al que llegan pateras cada día.

Restos de los botes inflables que se usan para cruzar el mar en el puerto de Algeciras.Anna Surinyach

En el puerto español de Almería sobresale un edificio en forma de ele. Tiene una gran fachada azul, como el mar. Arriba hay una gran sala, como si fuera una nave espacial o el puente de un barco. Es el centro de Salvamento Marítimo en Almería, que coordina todas las operaciones de rescate en el mar de Alborán. Su responsable, Miguel Zea —polo rojo metido dentro de los pantalones, sonrisa amplia, chicle, trato exquisito—, me recibe en la octava planta del edificio, donde hay algunas condecoraciones y tres libros de Julio Verne.

—La primera patera es del año 1996. Cruzaban marroquíes. Tuvimos una nada más ese año. En 1997 hubo algunas más, también de marroquíes. A partir de 2000-2002 empezaron a haber ya algunas pateras de subsaharianos. Decreció el número de pateras de magrebíes, hasta que prácticamente desapareció —Zea habla también de la llegada de los cayucos a Canarias en 2006, de las pateras con subsaharianos rumbo a las costas andaluzas...

—¿Y ahora es cuando más trabajo tienen?

—¡Hombre! Por supuesto. Aunque ahora tenemos más recursos que antes.

Salvamento Marítimo es un órgano que depende del Ministerio de Fomento español y que se encarga con eficacia de las operaciones de rescate en el mar. En agosto se anunció que un general de la Guardia Civil coordinaría el mando único operativo contra la “inmigración irregular” en el estrecho. Bajo este paraguas está también Salvamento Marítimo.

Este centro de Almería cubre la parte más oriental: desde Murcia hasta Málaga. Zea lo tiene claro: cuando salen pateras, están en riesgo inminente de hundirse, y por lo tanto es prioritario el rescate. La vida tiene un valor supremo. Eso incluye, en algunos casos y alertando de ello, ir a aguas de Marruecos.

Centro de Salvamento Marítimo en Almería.Anna Surinyach

—Si tienes un barco ahí, no te puedes quedar parado avisando a Marruecos, que luego no va a ir… Mi experiencia es que no hacen nada. Tienen otro concepto de la búsqueda y el salvamento. La colaboración es malísima.

Zea me sube al centro de operaciones. Hay un coordinador y dos controladores. Los teléfonos no paran de sonar.

—104 subsaharianos rescatados de cuatro pateras. Hay 25 mujeres y tres menores —dice el coordinador, Manolo Barroso.

No es un momento extraordinario. Durante las últimas semanas, pasa casi cada día. Zea lleva trabajando aquí desde 1995 y no recuerda un momento como este, aunque los rescates aquí no tienen tanta cobertura mediática como los barcos de rescate de organizaciones humanitarias que han llegado últimamente a España.  

—Mientras estaban desembarcando a 630 personas del barco Aquarius en Valencia, con un dispositivo de 3.000 personas, aquí estábamos desembarcando a 1.200-1.300 personas. Como casi cada fin de semana.

 

***

 

Las rutas en el Mediterráneo (occidental, central y oriental) no son exactamente vasos comunicantes, pero su cierre o apertura influye en las demás. A Grecia llegaban sobre todo sirios, afganos e iraquíes. En la ruta Libia-Italia confluyen los movimientos de población desde el cuerno de África (Somalia, Etiopía, Eritrea, Sudán) y desde África Occidental (Mali, Senegal, Gambia, Guinea, Níger...). En la de Marruecos-España hay más llegadas desde África Occidental. El cierre de la ruta libia, la más peligrosa, es esencial para explicar el aumento de personas que intentan cruzar desde Marruecos a España.

La llegada al poder del nuevo Gobierno italiano ha supuesto un punto de inflexión, pero el proceso ya estaba en marcha. La progresiva criminalización y persecución de las oenegés que trabajan en el Mediterráneo ha sido una operación política para sacarlas del agua. El código de conducta que Italia obligó a las oenegés a firmar es de 2017, mucho antes de que el líder de la Liga Norte, Matteo Salvini, asumiera la cartera de Interior. De las 181.436 personas que llegaron a Italia por mar en 2016 se pasó a 119.369 un año más tarde. Este año son muchas menos: 19.193. Salvini es a la ruta Libia-Italia lo que el acuerdo entre la UE y Turquía fue para la ruta de Grecia y los Balcanes: la culminación de un proceso de cierre de fronteras.  

Con la denegación de puerto italiano para los barcos de rescate de oenegés y la carta blanca que tienen los guardacostas libios —entrenados y financiados por la UE— para vulnerar el derecho internacional y devolver barcazas llenas de gente desesperada a la costa libia, las rutas hacia Europa se están reconfigurando. Cada rescate en el Mediterráneo central —en particular los que llevan a cabo los buques Aquarius, de SOS Mediterranée y Médicos Sin Fronteras, y Open Arms, de Proactiva— se ha convertido en una negociación política con vidas humanas de por medio. Mientras, durante las últimas semanas han aumentado las llegadas a través del mar de Alborán y el estrecho de Gibraltar. El reino marroquí, en un momento de contestación política interna, sobre todo en el Rif, y siempre pendiente de la tajada económica que pueda sacar de la gestión migratoria, ha sido más laxo y ha permitido la salida de más embarcaciones.

Durante los últimos tres años, las llegadas a Europa han bajado. Durante los últimos tres años, la xenofobia ha crecido. La solidaridad ni siquiera funciona entre Estados europeos. Los países de la UE (incluidos España e Italia) miraron a otro lado cuando Grecia recibió a centenares de miles de personas en 2015. Los países de la UE (incluidos Grecia y España) miraron a otro lado cuando Italia recibió a decenas de miles de personas en 2016 y 2017. Ambos gobiernos se quejaron: en Italia ese fue un factor para que el populismo xenófobo llegara al poder.

Unas 120 personas en una embarcación a la deriva cerca de las costas de Libia. Fueron rescatadas por Médicos Sin Fronteras. Julio de 2016.Anna Surinyach

Ahora le toca el turno a España, aunque comparativamente está recibiendo muchas menos llegadas y Marruecos no es Libia: ese país sumido en el caos y la fragmentación desde la guerra de 2011, en la que la OTAN desempeñó un papel clave para derrocar al dictador Muamar el Gadafi.

Las últimas semanas pueden haber contribuido a difundir la idea obvia —y tan extraña para todos— de que todo está conectado. El presidente español, Pedro Sánchez, decidió acoger el barco Aquarius, rechazado por Italia, y que acabó desembarcando en Valencia tras una larga travesía desde cerca de las costas libias. Después le tocó el turno al barco de Proactiva Open Arms, al que le fueron asignados los puertos de Barcelona y Palma de Mallorca. El círculo se cerró cuando el Gobierno español envió esta vez el Open Arms a Algeciras, un puerto al que tradicionalmente llegan buques de Salvamento Marítimo con rescatados en el estrecho de Gibraltar. Eso supuso muchas más horas de navegación para unas personas extenuadas: pasó una semana entre el rescate y el desembarco. También fue el fin de la excepcionalidad: los 87 rescatados no tendrán un permiso de residencia temporal como el que recibieron los del Aquarius. Fue el día en que decenas de personas —la mayoría de Sudán y Sudán del Sur, tres de Egipto, Siria y Gambia— desembarcaron, tras salir de Libia, en una frontera norte diferente a la que esperaban: España.

 

***

 

—Uno de mis amigos murió intentando salir de Libia. Desapareció en el mar. La gente que se quedó en tierra informó a la familia de que había naufragado —dice Fantamuja.

—Uno de mis amigos también —dice Basma.

—El mío sobrevivió —dice Lidacresi.

Los tres llegaron a España el 29 de julio, después de intentar cruzar el estrecho con balsas de juguete o con botes inflables y ser rescatados por Salvamento Marítimo. Están recostados, charlando bajo una carpa instalada en el puerto de Algeciras. Tumbado boca abajo, el guineano Lidacresi, el lenguaraz líder del grupo, da detalles sobre su travesía. Fantamuja, también guineano pero de origen gambiano, es el más gracioso: sus ocurrencias hacen reír a todos. Basma, más seco, se limita a intervenir cuando la conversación se pone seria. A su lado, Myriam, de Burkina Faso, que alterna la mirada ausente con proclamas reivindicativas, interviene con energía cuando no está de acuerdo con algo que dicen los demás.

(Los nombres de estas personas son ficticios para preservar su identidad).

—Salí de Guinea y fui a Costa de Marfil. Estuve seis meses allí. Luego fui a Mali, a Argelia… Cuando los argelinos ven a negros, se tapan la nariz —dice Basma mientras se sube el cuello de la camiseta.

El grupo relata largas caminatas desde Argelia a Marruecos: por la noche marchaban, durante el día descansaban. Argelia se está convirtiendo en una pequeña Libia en la que los subsaharianos son acosados, abandonados en el desierto y expulsados del país. Lo cuentan los que van llegando a Europa, aunque la violación de derechos humanos que describen no alcanza obviamente el nivel del país vecino. En todo caso, es otro de los factores que no se ha tenido en cuenta para explicar el aumento de llegadas a España. Los que decidieron viajar desde Libia hasta Marruecos ante la imposibilidad de salir en barcaza tienen que cruzar Argelia para ir hasta Marruecos, pero en Argelia también hay población subsahariana trabajando que ahora está abandonando el país.

—Marruecos es mejor que Argelia —dice Myriam.

—En Marruecos hay racismo —contesta Basma—. Tardé tres meses en llegar aquí.

—Yo también. Tres meses —dice Lidacresi.

—Yo tardé dos años —dice Fantamuja—. Pasé por Bamako [Mali], Tamanrasset, Ghardaïa, Oran [Argelia]... Allí trabajé seis meses en la construcción. Y después pasé a Marruecos. Mira lo que tengo en las manos y en los pies. Lo intenté cinco veces.

Intentó cinco veces saltar la valla de Ceuta. Tiene las heridas tatuadas en las manos y en los pies, indelebles: cicatrices inconfundibles de frontera, casi cinematográficas, perfectamente definidas.

Ahora todos discuten sobre si es más difícil saltar la valla o intentarlo a través del mar.

—Es igual —dice Myriam.

—La valla es más difícil —dice un resentido Fantamuja.

—¡También hay mujeres que saltan! —dice una chica a lo lejos.

Bajo esta carpa, entre las mantas de Cruz Roja y botellas de plástico, hay una especie de colchones singulares: son las balsas de juguete con las que salieron de Marruecos muchas de estas personas. Fueron medio de transporte y ahora son medio de descanso. Camas. Todo se reutiliza.

—Estuvimos diez horas remando —dice Lidacresi.

—Seis horas en el mar —dicen otros.

—Cuatro —porque han venido en diferentes embarcaciones.

Más de 300 personas se quedaron durante tres días durmiendo en los barcos de Salvamento Marítimo y en el puerto de Algeciras. Anna Surinyach

Llevan varios días en el puerto de Algeciras porque no hay sitio para ellos. Al principio se quedaban en el barco de Salvamento Marítimo con el hermoso nombre de la filósofa veleña María Zambrano, pero pronto dividieron su vida cotidiana entre el barco y el puerto. Unas 330 personas en el limbo, a la espera: la ley dice que no pueden estar más de 72 horas detenidas tras su llegada a puerto, pero algunas llevan aquí más tiempo. Aunque, claro, técnicamente no están detenidas. ¿O sí? ¿Cuál es su situación legal? Los agentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil a pie de puerto no saben muy bien qué contestar a esta pregunta.

—Si ahora se van veinte corriendo, yo sigo hablando contigo —me dice uno de los agentes.

Hay ocho carpas instaladas en el puerto; hay ocho baños portátiles que Salvamento Marítimo ha comprado; hay una manguera para la ducha ante la cual todo el mundo hace cola con la manta de Cruz Roja anudada a la cintura, a modo de pareo-toalla.

—Nos han dado muy poca comida —dice Lidacresi.

—No hay ni lavabos para las mujeres. Si tienes la menstruación… te aguantas. Cruz Roja no nos ha dado nada.

A su alrededor, sus compañeros señalan camisetas, zapatillas, mantas, como diciendo: esto y nada más. Son uno de los grupos más tranquilos: esperan con resignación el desenlace, que alguien venga a recogerlos. A pie de puerto, y sin importar la hora del día ni las temperaturas extremas, unos cuantos rescatados hablan con todos los medios de comunicación que pueden, critican a la Policía, a Cruz Roja… Uno de ellos admite que se hizo pasar por enfermo para que viniera una ambulancia a buscarlo. Lo devolvieron enseguida al puerto.

—Mi enfermedad es la de querer irme —dice en francés mientras muestra el parte médico, donde se puede leer: “Anamnesis dificultosa por barrera idiomática”.  

Exaltado, uno de sus compañeros no se puede creer lo que está viviendo.

En el puerto del Saladillo más de cien personas estuvieron abandonadas durante dos días. Se duchaban y hacían sus necesidades en el muelle del puerto deportivo.Anna Surinyach

—Estamos cansados, llevamos aquí cuatro días. ¿Cuándo nos iremos? Para mí Europa no era esto, Europa era un lugar noble. África es más agradable que esto —señala el suelo, las botellas de plástico, la gente tirada en las tiendas—. Allí al menos comemos. En Marruecos no hacen eso. ¿Dónde está la Unión Europea? ¿Esto es África? No nos dan ni cepillo de dientes. Cinco días aquí, sin cagar, porque no he comido nada. ¿Cómo voy a cagar si no como nada?

La gente a su alrededor ríe. Al principio, se tuvo que cocinar arroz en el barco María Zambrano para alimentar a los rescatados. Después Salvamento compró comida a una empresa de cáterin.

—¡Alguien tiene que venir a repartir la comida! —grita el capitán del barco cuando llega la hora de comer y los kits están preparados. Dirige sus quejas a los voluntarios de Cruz Roja. Acaba haciéndolo la tripulación del barco, mientras un responsable de Cruz Roja da órdenes a los que hacen cola. Hay kits para todos, pero como no controlan su reparto, algunos se quedan sin comer y otros tienen ración doble.

Agentes y voluntarios cuchichean.

—Se han llevado la comida y la esconden.

—Esos han repetido ya…

—¡No puede ser! —grita el capitán de Salvamento Marítimo.

Es el puerto de las insidias. Todo el mundo va a hablar con los periodistas para quejarse de los demás. La Guardia Civil y la Policía critican a Salvamento Marítimo porque “van hasta Marruecos” para salvar vidas y eso causa “un efecto llamada”. Salvamento Marítimo se sorprende de tener que estar repartiendo comida. Cruz Roja aparece y desaparece. Todos tienen razón, nadie tiene razón.  

Cae el sol y los ánimos se aplacan. La conversación en la tienda de campaña continúa.

—¿Por qué Messi se ha quedado siempre en el Barça? —me pregunta Basma.

Le digo aquello de que en el Barça todos juegan para él, de que dónde va a estar mejor si siempre le dan la pelota.

—¿Y por qué no se ha nacionalizado español si lleva tanto tiempo jugando en el Barça?

Le digo que es argentino, que siempre ha sido argentino, que sigue siendo argentino.

—Yo pensé que, como Francia ganó el Mundial, ahora nos iban a dar papeles —dice Fantamuja—. Estábamos muy contentos cuando ganaron. Muchos eran negros como nosotros.

—Es verdad, pensamos que nos darían papeles —dice Lidacresi con algo de pudor, con mirada inocente, como admitiendo que era un planteamiento absurdo.

—Jugaron muy bien, se batieron por Francia. Como mis amigos —dice Fantamuja mientras señala a sus compañeros que quieren ir a Francia—. Ellos se batirán por Francia, trabajarán para Francia. Con coraje.

Por fin llegan los autobuses —uno de la Guardia Civil y dos de la compañía Afanas— que se llevarán a los rescatados a centros de atención temporal. El grupo bajo la carpa lleva aquí varios días, pero está permanentemente preparado para marcharse: interrumpe la conversación y salta enseguida hacia las colas que se forman para salir del puerto. Los agentes de la Guardia Civil, con camisetas de manga corta y guantes de látex azules, dan órdenes a los rescatados.

—¡Patrás! —grita un agente.

Tras varios días en un limbo legal, los rescatados son trasladados desde el puerto de Algeciras a dependencias policiales.Anna Surinyach

—¡Levantarse! —aunque los rescatados no hablan español.

Que se levanten. Que se sienten. Las órdenes se suceden. Uno de ellos finalmente se resiste a sentarse, y un guardia civil lo empuja. Se cae al suelo de culo… y se ríe.

A las 9.40 de la noche la mayoría se ha marchado. Circulan por el puerto cruceros: Balearia, Trasmediterránea. Cargueros: Hamburg Sud. Los que faltan por salir organizan de forma espontánea patrullas de limpieza y recogen la basura. Como testigo de estos días que no olvidarán —sus primeros días en la Frontera Norte—, quedan las botellas de plástico y las mantas de Cruz Roja reaprovechadas como toldos en rincones del puerto. Al final solo queda medio centenar de personas: tendrán que pasar otra noche en el puerto. Serán los que reciban la visita, al día siguiente, del recién elegido líder del Partido Popular, Pablo Casado, quien estrechó la mano de todos ellos.

—A mí también me desgarra hablar con estos inmigrantes, saber lo que les ha pasado, saber lo que están sufriendo —dijo a la prensa en el puerto—. Yo también soy persona. Pero de nada sirven populismos, ni buenismos, ni demagogias. No se va a resolver la situación diciendo que puede haber papeles para todos.

 

***

 

MINISTERIO DEL INTERIOR

“(...) En el presente caso el Sr/a pretendía entrar ilegalmente en España eludiendo los controles fronterizos, indocumentado, y, por tanto sin acreditar su identidad y filiación, carece de domicilio en España y de trabajo, no contando con familiares de los que dependa o que dependan de él, y por lo tanto de arraigo en nuestro país.

Vistos los indicados preceptos y demás de general y pertinente aplicación, de conformidad con la competencia que me ha sido delegada por el Ilmo. Sr. Subdelegado del Gobierno (...)

RESUELVO ACORDAR: La devolución del citado ciudadano extranjero a su país de origen o procedencia.

Agentes de la Guardia Civil comprueban los números de cada una de las personas que trasladan del puerto a las dependencias policiales. Al fondo, las carpas en las que se han alojado estos días y el barco María Zambrano, de Salvamento Marítimo.Anna Surinyach

 

***

 

El primer papel que recibe cualquier persona rescatada en el mar y trasladada a un puerto andaluz es una orden de devolución, que en el caso de los marroquíes acostumbra a ejecutarse (España tiene un convenio engrasado con el país vecino), pero no en el de los subsaharianos. Lo reciben antes incluso de que se sepa si son solicitantes de asilo. Por defecto. Durante las primeras horas son asistidos, en teoría, por un abogado del turno de oficio. En la práctica, algunos de los recién llegados no saben lo que están firmando.

—No entiendo lo que dice el papel —escribe a través de un mensaje de móvil desde Barcelona Atif, de Bangladesh.

Atif —el nombre es ficticio— llegó a Algeciras a finales de julio. Pasó un día en el puerto, dos en el cercano polideportivo de San Roque y luego estuvo en un centro de acogida de Cruz Roja, del que salió pronto. Se fue en autobús a Barcelona. Allí descubrió que el documento que tenía no era un permiso de trabajo, sino una orden de devolución.

—Me voy a Francia… No puedo estar aquí sin permiso.

Los recién llegados pueden estar un máximo de 72 horas detenidos. No se les atribuye la comisión de un delito, sino una infracción administrativa, y por eso nadie puede ir a la cárcel. Transcurridos los tres días, se acostumbra a enviar a estas personas a los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIEs), algo que no está sucediendo en los últimos meses.

Una vez llegan a puerto se traslada a los rescatados a dependencias policiales, donde se les da la orden de devolución.Anna Surinyach

—Como los CIEs están llenos, hay algunas de estas personas que se están poniendo directamente en la calle. Sin más. Se les paga un billete de autobús a otro sitio o se les deja a la buena fe de entidades sociales e incluso de la ciudadanía que espontáneamente se quiera organizar —denuncia Carlos Arce, coordinador para migraciones de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA).

Pese a que la evolución de las rutas en el Mediterráneo y los propios datos ya alertaban de que más personas llegarían a las costas andaluzas este año, la improvisación de las autoridades españolas ha encontrado su metáfora en los polideportivos usados de forma intermitente durante las últimas semanas: son las dependencias a las que se envían a algunos de los recién llegados.

—Visto lo tétricos que son algunos de los calabozos de cuarteles de la Guardia Civil y de comisarías de la Policía Nacional, es mejor estar en un pabellón deportivo, pero la realidad es que legalmente no se te puede privar de libertad en un sitio que no está pensado para privar de libertad —dice Arce.

En los CIEs, los extranjeros pueden estar un máximo de 60 días. Son una medida preventiva: están pensados para que los extranjeros sean después devueltos a sus países, pero es algo que en la mayoría de las ocasiones no se está ejecutando. Otra paradoja: aunque estén privados de libertad, la ley no dice que los extranjeros estén detenidos en un CIE. Motivos por los cuales —además de las condiciones de vida y el trato a los internos en algunos de ellos— se ha cuestionado su legalidad.

En los polideportivos que se han habilitado este verano los recién llegados sí que están arrestados y solo pueden pasar 72 horas: en la práctica, es como si estuvieran en un calabozo.

Los módulos de la Policía Nacional en los que los rescatados ingresan nada más llegar al puerto de Almería.Anna Surinyach

Una vez son puestos en libertad —hayan pasado por un CIE, un Centro de Atención Temporal para Extranjeros (CATE), acrónimos similares o un polideportivo—, les pueden asignar unas plazas de acogida temporal en el sistema de protección internacional o de atención humanitaria. Como en tantos lugares, la descripción técnica del sistema no sirve para describir la caótica realidad.

—El proceso, entre comillas, de acogida está muy viciado por las formas reales que hay de acceso al territorio español y de la UE en general —dice Arce—. La ausencia de vías de acceso legales y seguras al territorio vicia de origen cualquier forma de abordar la acogida.

Si llegaste en febrero, te metieron en un CIE. Si llegaste en julio, fuiste a un polideportivo e, inmediatamente después, en autobús a Valencia. O te dejaron en la calle. Si llegaste en agosto, estuviste unos días en un centro de acogida y te fuiste a otra ciudad, donde no había nadie esperándote. O quizá fuiste atendido por las oenegés que se encargan de la acogida y te quedaste durante semanas en uno de sus centros o pisos. Te dieron una de esas plazas de las que la gente habla.

El azar. La improvisación. La necesidad imperiosa de que la gente circule, de que salga de aquí.

Hay criterios objetivos —solicitantes de asilo o no— y de vulnerabilidad para que el Gobierno conceda estas plazas, pero muchas personas no entran en el sistema. Son las que dependen de sí mismas y de la buena voluntad de quienes se autoorganizan para asistir a los recién llegados.

 

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Ley de Extranjería. Artículo 62 bis.

1. Los centros de internamiento de extranjeros son establecimientos públicos de carácter no penitenciario; el ingreso y estancia en los mismos tendrá únicamente finalidad preventiva y cautelar, salvaguardando los derechos y libertades reconocidos en el ordenamiento jurídico, sin más limitaciones que las establecidas a su libertad ambulatoria, conforme al contenido y finalidad de la medida judicial de ingreso acordada.

Una montaña de chalecos salvavidas tras un desembarco de decenas de personas en el puerto granadino de Motril. El edificio es el centro de atención temporal para extranjeros en el que permanecen retenidos un máximo de 72 horas.Anna Surinyach

 

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—Motril es un sitio de paso. No se quieren quedar aquí —dicen por teléfono desde el gabinete de comunicación del Ayuntamiento de Motril.

Motril es una ciudad de 60.000 habitantes de la Costa Tropical española. Situada en la provincia de Granada, Motril está rodeada de zonas de invernaderos y playas. Una ciudad andaluza cualquiera situada en la Frontera Sur, en la Frontera Norte: su puerto es uno de los destinos comunes de los barcos de Salvamento Marítimo que trabajan en el mar de Alborán.

—El Ayuntamiento no tiene competencias —en materia migratoria, dicen desde el Ayuntamiento.

Un polideportivo ha sido habilitado este verano de forma intermitente en Motril para que los recién llegados pasen las 72 horas de detención.

Me acerco al recinto y un amable policía me deja pasar tras solicitarme el carné de prensa. Me pide que no entre en el pabellón donde duermen, que me quede en las escalinatas de acceso: allí están ahora sentados y puedo hablar con ellos si quiero.

—El sábado nos rescataron. Éramos 54 personas, incluidas cuatro mujeres. El mar estaba bravo —dice Rizikiw.

Es un nombre ficticio. Rizikiw tiene 33 años y dice ser de Guinea Bissau, pese a que habla francés y la ruta que describe empieza en otro lugar. Muchos no se fían de nadie. Se sienten desprotegidos. Y, si son de determinados países, creen que confesar su procedencia les puede perjudicar.

—Fui desde Senegal hasta Marruecos. Allí trabajé. Mi objetivo fue siempre llegar a Europa, no había otro plan. Quiero quedarme en España. Voy a Barcelona.

Otro policía interrumpe la conversación. Han cambiado de turno. Me pregunta quién soy y cuando me identifico como periodista me invita a salir del recinto. Parece molesto. Los agentes me piden el DNI y se lo apuntan.

—Tenéis que entender que aquí no se puede estar —dice uno de los agentes—. Hay un problema de yihadismo y tenemos que hacer comprobaciones, luego llegan a Francia y ya se sabe… Y también puede que transmitan enfermedades.

 

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—¡Estoy en Vic! —dice Rizikiw, que efectivamente es de Senegal y no de Guinea Bissau. Ha tardado pocos días en llegar desde Motril a esta ciudad en la provincia de Barcelona. Allí es donde tenía contactos: como él, muchos otros siguen con su proyecto migratorio y avanzan hacia el norte, donde tienen a familiares y amigos. Las autoridades tienen prisa por que salgan.

Ellos mismos, muchas veces, también.

 

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Un carrito de golf rueda por detrás de unos autobuses a los que se suben decenas de subsaharianos. Son las instalaciones de Campano, en la localidad gaditana de Chiclana de la Frontera. Es un colegio salesiano que Cruz Roja gestiona como albergue. Hay autobuses preparados para salir rumbo a Madrid, Bilbao, Barcelona... Los recién llegados —llevan pocos días aquí— hacen cola para marcharse, la mayoría ilusionados. Los voluntarios de Cruz Roja charlan amistosamente con algunos.

—¡Qué contento estás ahora que te vas a Barcelona!

Cuando se percata de la presencia de periodistas, una señora sin la identificación de Cruz Roja nos pide que nos vayamos.

—Esto es propiedad privada. Os acompaño al coche.

De aquí saldrá Atif, el bangladesí que no sabía que llevaba una orden de devolución.

 

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Ley de Extranjería. Artículo 22.

2. Los extranjeros que se hallen en España tienen derecho a asistencia letrada en los procedimientos administrativos que puedan llevar a su denegación de entrada, devolución, o expulsión del territorio español y en todos los procedimientos en materia de protección internacional, así como a la asistencia de intérprete si no comprenden o hablan la lengua oficial que se utilice. Estas asistencias serán gratuitas cuando carezcan de recursos económicos suficientes según los criterios establecidos en la normativa reguladora del derecho de asistencia jurídica gratuita.

Tras pasar tres días abandonados en el puerto de Algeciras, estos rescatados fueron trasladados a dependencias policiales.Anna Surinyach

 

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—Haremos cosas que están bien, otras que no tanto… Pedimos perdón. No conocemos todavía la cultura de aquí.

Dice Grace, una marfileña de 39 años alojada en uno de los pisos de acogida en Málaga de Accem, organización especializada en refugio y migraciones. Grace que nunca quiso salir de su país. Grace que fue una víctima de trata. Grace que, aunque sus compañeras se han ido, hoy mismo ha decidido quedarse en el programa. Grace que ha pedido el asilo. Grace que espera una respuesta y que, mientras, pide perdón.

 

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El sistema de acogida en España dispone de unas 10.800 plazas. La mayoría (8.500) son del programa de protección internacional, teóricamente destinado a solicitantes de asilo, según los últimos datos oficiales de los que dispone la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Las otras 2.300 son del programa de atención humanitaria, que asiste a personas en una situación vulnerable, como por ejemplo víctimas de trata o familias. El Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social es el encargado de asignarlas, aunque ha sido consultado para este reportaje y no ha podido dar una cifra concreta de plazas ni de listas de espera. La ejecución de los programas corre a cargo de varias organizaciones —Cruz Roja, Accem y CEAR—, que reciben subvenciones del Estado. Una especie de externalización del proceso de acogida. Cada entidad tiene su estilo y su sello, pero no puede salirse de las directrices del Ministerio.

—La red de acogida está por toda España. Madrid, Valencia, Sevilla, Navarra, Barcelona… —dice Paula López, responsable del programa de asilo de CEAR en Málaga—. Los programas ofrecen alojamiento, manutención, medicinas y solicitud de plaza. La forma de asignar las plazas no la entendemos ni nosotros… Hay veces que se asignan enseguida y personas que llevan dos meses esperando.

Escena en el puerto deportivo del Saladillo, donde los rescatados fueron abandonados durante días dentro de los barcos de Salvamento Marítimo.Anna Surinyach

En los primeros compases la acogida acostumbra a tener lugar en centros gestionados por las organizaciones o incluso en hostales. Dura poco. Cuando ya tienen asignada una plaza, arranca otra fase que puede llegar hasta los seis meses y que incluye alojamiento —en centros o en pisos—, manutención, ropa… Y también clases de idiomas y asistencia jurídica. Después se puede iniciar una fase en la que reciben ayuda para el alquiler y ganan autonomía, pero se les sigue asistiendo en temas de formación y búsqueda de empleo. Y entonces dejan de recibir ayuda. En total, el proceso no puede durar más de dos años.

Aunque muchos tardan solo unos días en irse.

—Hay cosas a mejorar, pero los centros y los pisos son lugares dignos, donde las personas tienen acceso a los mismos servicios que nosotros en casa. La calidad depende de la atención por parte de los trabajadores —dice Paula López, de CEAR.

—La acogida no es solo techo y comida —dice Rodrigo Gómez, coordinador de Accem en la provincia de Cádiz—. Es un momento clave en que se puede, por ejemplo, pedir el asilo. Hay también muchos casos de trata y de gente que ha sido traída para ser explotada laboralmente.

Recibir el asilo es cada vez más un privilegio en todo el mundo. También en España: el 65% de las resoluciones de solicitud de protección internacional fueron desfavorables en 2017, según un informe de CEAR. España recibió 31.120 peticiones el año pasado —muy lejos de las 222.560 de Alemania, el país con más peticiones—, y en ese periodo resolvió 13.350. Los expedientes se acumulan: España tenía 38.880 solicitudes pendientes a cierre de 2017.

Solicitudes asilo en la Unión Europea 2017. Fuente: CEAR

Los recién llegados tienen un proyecto migratorio que quieren continuar, y solicitar asilo supone detenerse hasta que se resuelva. ¿Pero qué pasa con los que deciden hacerlo? ¿Cómo es el proceso?

—Cuando son puestos en libertad, si manifiestan que quieren pedir asilo, pasan al programa de protección internacional. Van a comisaría y la Policía les da un volante que confirma su voluntad —dice Carmen Rueda, responsable del área jurídica y especialista en temas de asilo de CEAR en Málaga.

Aún tienen que formalizar su solicitud. No es un trámite inmediato.

—Con el volante abierto van a comisaría. En Málaga les están dando cita para el 19 de octubre —esta entrevista tiene lugar a finales de julio—. Les toman las huellas y les dan un documento que ya es el de formalización de solicitud de protección internacional. En un mes, la oficina de asilo y refugio decide sobre la admisión o inadmisión a trámite.

La gran mayoría de las peticiones son admitidas a trámite, y entonces los solicitantes de asilo reciben la conocida como tarjeta roja, que les autoriza a residir en territorio español pero no a trabajar. Si en unos cinco meses no hay una resolución —algo que acostumbra a pasar—, la tarjeta puede ser renovada y esta vez sí que da derecho a trabajar. En paralelo, la persona puede seguir en el programa de acogida. Si la resolución es negativa, debe salir inmediatamente.

—La media de tiempo en resolver los expedientes está entre un año y medio y dos años —dice Rueda.

Hay una frase en boca de todos. En las fuerzas de seguridad, en los consistorios, incluso en algunas oenegés. “Están de paso”. La convicción de que España no es un país en el que la gente quiera quedarse. “Van a Francia, a Alemania…”.

¿Es la constatación de una realidad o la actitud que perpetúa que España no sea un país de asilo, que no tenga cultura de acogida?

La ley de asilo española de 2009 aún no tiene reglamento de desarrollo.

 

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El letrero es enorme: VENTA DE JUNTA DE LOS RÍOS. Mesas con publicidad de refrescos en la terraza. Adentro, en la barra, piernas de jamón y botas de vino colgadas, aceitunas en envases, cañas tiradas con su espumita. Este bar es el centro neurálgico de Junta de los Ríos, una pedanía de unos mil habitantes de Arcos de la Frontera, en la provincia de Cadiz. Al otro lado de la carretera, la iglesia y una antigua farmacia completan el resumen de los lugares de referencia del pueblo. Justo al lado, hay una finca de la que entra y sale gente.

Es un centro de primera acogida de Accem.

Comida en el centro de primera acogida de Accem en Junta de los Ríos.Anna Surinyach

—Se abrió en 2007. Era una venta que la organización compró y reformó. Empezó con doce plazas y ahora tiene cincuenta —dice Luis Pérez Lara, responsable del centro.

Por aquí pasan entre 150 y 200 personas al mes. Los recién llegados solo se pueden quedar quince días. Se preparan para ir a otros lugares de la geografía española, contactan con amigos o familiares. O acaban recibiendo una plaza y son destinados a otro lugar.

Hace calor y la gente deambula entre los sofás dispuestos en el porche, el gran salón que domina el interior y las habitaciones con literas en las que se divide la casa. Siestean, se enganchan al móvil y a unos auriculares, hablan por teléfono: con el pasado (Camerún, Senegal, Guinea), con el presente que se acaba de fugar (Marruecos), con el futuro (España, Francia). La decoración es una obra en marcha: carteles informativos, fotografías grupales colgadas en los pasillos, marcos y pinturas que los propios residentes han hecho y que dejan como herencia a sus sucesores.

Cuando llega la hora de comer, todos pasan en orden exquisito y recogen su bandeja azul: guisado de chocos con garbanzos, ensalada con huevo duro, zumo de piña, nectarina. Despliegan las mesas y las sillas para comer en el salón. La televisión está a todo volumen pero casi nadie le presta atención. Dan un programa sobre gambas congeladas y peladas que llegan a Japón. El locutor habla sobre la globalización.

Las personas acogidas en el centro ayudan en las tareas de limpieza, cocina y logística del espacio.Anna Surinyach

Se distribuyen en grupos para recoger el comedor y lavar los platos. En un rincón del salón, sentado en el sofá, Fred Daster —chaqueta gris, pantalones cortos, chanclas con calcetines, pelo recogido, un moño— hojea un álbum de fotografías con una cubierta verde y de estrellitas blancas con un título sugestivo: “La vida es mágica”. Lo mira con atención: muchos, como él, intentan saber si amigos o familiares han pasado por aquí. No sería la primera vez. “Árabes contra africanos. 7-2”, dice una de las fotos, que muestra un partido de fútbol. Fred —su nombre es ficticio— cierra el álbum. No reconoce a nadie.

—El 2 de junio de 2017 me fui de Camerún a Argelia para trabajar —dice Fred, que tenía una peluquería en su país—. Estuve allí tres meses, pero llevaban a los subsaharianos al desierto, a la frontera… Empezaron las devoluciones y todo el mundo intentó huir a Marruecos. Tuve miedo. Conseguí salir.

Fred trabajó durante nueve meses en Tánger y ahorró 200 euros.

—Me alojé en casa de un nigeriano y me metió en una barcaza para venir a España. Nos rescató Salvamento Marítimo y nos trajo a Algeciras. Nos tomaron las huellas… Después de varios días, me enviaron aquí. Es importante que la sociedad española nos acepte. Queremos trabajar y pagar nuestros impuestos. Hace falta que el Estado nos dé una oportunidad de vivir aquí y tener una familia.

Está algo desorientado. No habla demasiado con la gente. Todo lo contrario que Abdul —su nombre real es otro—: musculoso y corpulento, camiseta amarilla fluorescente, collar con un amuleto que le llega a la altura de la cintura. Tiene 43 años y es de Senegal. Ha estado un buen rato viendo la televisión: es de los pocos que habla algo de español. ¿Por qué?

—En 2006 llegué a España por primera vez en cayuco a la isla de El Hierro. Estuve 40 días allí y me fui a Madrid. Vendía películas falsas, cedés, relojes, gafas… Estación de Atocha Renfe por la tarde y Puerta del Sol por la noche. En los primeros seis meses me llevaron dos veces a comisaría y me metieron en los calabozos.

Dice Abdul que tres años después, sin que hubiera tenido más problemas con las fuerzas de seguridad, lo llamaron para ir a comisaría y le anunciaron que lo iban a deportar a Senegal.

—Fue en 2008. Era un avión lleno de africanos. Fue de Madrid a Tenerife. Allí subieron algunos más. Y de ahí a Dakar.

Abdul había llegado a España con su hermano pequeño, que era menor. Él se quedó en Madrid. Diez años después, se quiere reunir con él en la capital.

—Cuando me diga mi hermano, voy para allá. Ahora tiene 21 años… No quiero ningún problema ahora, solo quiero trabajar y ayudar a mi familia. Antes hablaba mejor español, ¿eh? Pero se me ha olvidado un poco. Todo el día hablando wolof…

Aunque en la casa se respira tranquilidad, la cabeza de todos es un hervidero: adónde iré, cómo llegaré, qué haré. El tiempo se agota. Durante estos quince días de estancia, reciben de Accem 57,93 euros —o la parte proporcional si se quedan menos días.

Llevan pocos días en España. Piensan en su futuro.Anna Surinyach

—Hay gente que tiene contactos en Francia, en España… —dice Pérez, el responsable del centro—. Somos un centro de emergencia y adaptamos la ayuda a los días que se quedan. La salida es voluntaria. Los que no tienen contactos se pueden llegar a quedar hasta seis meses [en otros centros o en pisos de acogida].

Dice Pérez que antes recibían personas de los CIEs, pero ahora están llenos y llegan desde comisarías, polideportivos…

—La gente sale muy rápido de aquí. Nosotros hacemos una entrevista individual a cada uno para detectar posibles casos de solicitud de asilo, de trata…

El encargado de hacer las entrevistas es el mediador cultural, Baïdy Gueye, con gafas cuadradas e inconfundible pose de maestro. Es de Senegal: él mismo pasó por este centro.

—¿Cuál es la primera cosa que hay que aprender? —pregunta Baïdy—. ¡La lengua!

Talleres de contextualización, de género, actividades lúdicas… Por las tardes, Baïdy da además una clase de español. Debe empezar muchas veces desde cero, porque la gente va rotando. Hoy repasa el abecedario y sus diferencias fonéticas con el francés, lengua que habla la mayoría de los presentes. Los alumnos ensayan la pronunciación:

—Algeciras.

Risas.

—Hay que tener un bagaje de verbos, porque son la acción. Decidme verbos —pide el maestro.

Avoir —dice un alumno.

—En francés ese es el verbo auxiliar —ilustra otro.

Baïdy dice que avoir es tener, pero que en español no se usa como auxiliar. Luego explica la diferencia entre ser y estar.

—Soy negro, soy africano, ¿eso va a cambiar? No, yo soy negro, africano, senegalés. ¿Y estar? Estoy aquí. Pero mañana puedes estar en otro sitio.

—En Bilbao —dice un alumno.

Y todos, ahora menos tímidos, se lanzan a pedir la traducción de verbos: los verbos que bullen en su cabeza, los verbos que más necesitarán, los verbos que más les evocan, los verbos que más les obsesionan.

“Comer”. “Trabajar. “Bailar”.

Risas.

“Amar”.

Más risas.

“Jugar”. “Ligar”. “Morir”. “Huir”. “Ayudar”.

La jornada termina con un partido de fútbol. Se organizan varios equipos que se van turnando en la cancha. Uno de los equipos son chavalines del pueblo. No hablan francés los unos ni español los otros, pero para montar un partido sí que se entienden.

Por las tardes se organizan partidos de futbol en los que participan los recién llegados y los chicos del pueblo.Anna Surinyach

 

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España tiene 46.698.569 habitantes. El 10,1% son extranjeros, según el Instituto Nacional de Estadística.

 

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Provincia de Almería. Cerca de aquí están las hermosas playas del cabo de Gata. Los coches de turistas descienden por la carretera rumbo al mar. Pero si sus conductores miran a uno y otro lado pueden ver otro mar, un mar de plástico: los invernaderos. Hectáreas y más hectáreas dedicadas a la agricultura intensiva. Y si aguzaran un poco más su mirada —no están tan ocultos—, podrían ver dónde viven los trabajadores.

—Nos pagan tres euros por cada hora de trabajo en el campo. En negro, claro —dice Abdulá.

Pintada en uno de los invernaderos de la comarca de Níjar, provincia de Almería.Anna Surinyach

Medio centenar de ghaneses vive en este asentamiento. Chabolas con techo de uralita y plástico de invernadero reutilizado. En el suelo: llantas de bicicleta, gatos y conejos, baúles con cerrojo —dentro hay ollas, sartenes, artículos para la cocina—, alguna antena parabólica, ladrillos. La joya arquitectónica del lugar es un lavabo-choza que tiene botellas de vidrio clavadas en todo su cuerpo: su ocupante disfruta de un juego de luces verdiamarillas mientras hace sus necesidades. El resto del asentamiento es inhabitable. Un sofá despedazado en la entrada. Basura y bolsas de plástico verdes y negras. Sopor: estamos fuera de temporada y muchos de los trabajadores no están. A lo lejos se oyen disparos: cerca de aquí hay un coto de caza privado.

—Las condiciones de vida son muy duras —dice Abdulá, uno de los recién llegados—. Hace mucho calor, especialmente dentro del plástico. Recogemos tomates, limpiamos el invernadero…

Abdulá, de 24 años, y Yakuba, de 25 —sus nombres no son reales—, son hermanos y viven en una tienda pequeña con una esterilla, una cama y un microondas que no se sabe muy bien si funciona apartado en una esquina. La mayoría de los que viven en el asentamiento dicen no trabajar en el invernadero, aunque es obvio que lo hacen. Abdulá y Yakuba sí lo reconocen.

Una de las viviendas de este asentamiento en Níjar en el que viven unas cincuenta personas.Anna Surinyach

Son de la tribu mamprusi, que habita en el norte de Ghana. Hubo una disputa entre comunidades en su pueblo y decidieron huir.

—Quemaron nuestras casas y destruyeron nuestras familias —dice Yakuba.

—Nos rescataron en el Mediterráneo en abril de 2017 —dice su hermano Abdulá—. Fue un barco de Médicos Sin Fronteras.

No llegaron a las costas españolas. Desde Libia llegaron a Italia.

Todo está conectado.

—Si trabajas en Libia, te disparan. Al principio queríamos quedarnos en Libia, pero allí era terrible, nos metieron en la cárcel —dice Yakuba.

No son una excepción en el asentamiento: de las más de diez personas con las que hablé, todas salvo una dijeron haber partido desde Libia.

—Ese está muerto.

Dicen mientras me muestran una foto en el móvil de quince personas en un supuesto centro de detención en Libia. Y ambos se tumban, levantan los pies y explican que en Libia les pegaban en las plantas de los pies para torturarlos y que luego no pudieran caminar.

—Tras salir de Italia, primero fuimos a Barcelona, pero no sabíamos qué hacer, no conocíamos a nadie. Después fuimos a Valencia. Fuimos a una asociación, no recuerdo su nombre, y nos dijeron que no había sitio para nosotros en el albergue. Entonces fuimos a Almería. Vimos a ghaneses y nos dijeron que viniéramos a este asentamiento.

Fuera de la tienda, en la zona común, hay un somier oxidado. Un teclado de móvil Nokia enterrado en el suelo. Colchones. Bidones de agua. Suena música africana (“ghanesa”, me corrigen). La miseria del asentamiento contrasta con algunos coches caros que se ven por la zona. La Andalucía del siglo XXI.

En primer plano, el asentamiento. Al fondo, los invernaderos.Anna Surinyach

 

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“Inmigrante de Marruecos”. Las inscripciones en algunas lápidas del cementerio de Tarifa, en la punta meridional española, se están borrando. Las letras se desprenden: sopla el viento y parece que las desgaste por momentos.

Algún nicho sí tiene nombre:

“Esther Ada Wale, Nigeria, 14 de febrero de 2003”.

También:

“Hope Ibraim, Nigeria, 19 de abril de 2005”.  

Las tumbas de españoles, con variaciones ligeras, tienen inscritas estas palabras: “Tus hijos y tu familia no te olvidan”. Quienes murieron en la Frontera Norte no tienen mensaje familiar alguno. En un lateral del cementerio hay una fosa común: rectángulo vallado con barandas azules y columnas blancas. Una cuerda verde impide el acceso. En medio, entre yerbajos y espigas, hay una lápida plantada:

“En memoria de los inmigrantes fallecidos en aguas del Estrecho”.

 

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Vendiste objetos falsificados y te echaron de España, pero ahora vuelves.

No querías ir a Europa, pero caíste en una red de trata, y ahora pides el asilo.

No pudiste salir en barco desde Libia, pasaste por Argelia, por el desierto, y después cruzaste el estrecho de Gibraltar.

Llegaste pensando que podrías trabajar en España, pero ahora sabes que te han dado una orden de devolución. Eres un indocumentado.

Estás todavía en comisaría, en un pabellón deportivo —no te lo puedes creer—, en un colegio salesiano —¿qué es esto?—, en un CIE.

Estás en un invernadero en Almería, en un barrio de Madrid, en una estación de autobuses de Barcelona. Has llegado a París. Vienes de Italia.

Salvaste la vida, pero algunos de tus amigos naufragaron.

No te salvaste. Te ahogaste en el mar.

Eras “inmigrante”.

Ahora que estás muerto, eres inmigrante sin nombre.

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