Badiucao

Hong Kong, la grieta china

El contexto detrás de las manifestaciones que están poniendo en jaque a Pekín

Mónica G. Prieto

En Asia
22 de Agosto de 2019

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Las bolsas con bridas plásticas y los rollos de film de cocina pasaban de mano en mano por la marea de manifestantes, uniformada con camisetas negras —“de luto por Hong Kong”, musitaba uno de ellos—, gafas de protección, cascos de ciclista o de construcción y el rostro tapado por una mascarilla. Con el plástico se cubrían los brazos para evitar que la piel absorbiera el gas pimienta, y con las bridas la vanguardia rebelde había creado un particular ariete de vallas metálicas destinado a embestir, lenta pero inexorablemente, las puertas acristaladas del LegCo (Consejo Legislativo). 

Sucedía el pasado 1 de julio. Mientras más de medio millón de personas recorrían de forma pacífica la excolonia británica, convocadas por el Frente Cívico de Derechos Humanos —una coalición compuesta por 50 organizaciones locales—, los alrededores del Parlamento autonómico de Hong Kong exudaban determinación y desesperación a partes iguales. Cientos de personas que protestaban contra una polémica propuesta de ley de extradición se tomaban unos a otros por los hombros transformados en una masa compacta que protegía a la avanzadilla, con sus voces unidas en un ronco rugido: “¡Vamos, hongkoneses, vamos!”. Tomando carrerilla, los más aguerridos incrustaban el ariete metálico en la cristalera  hasta astillarla. Del otro lado del vidrio, cientos de policías antidisturbios sostenían una pancarta roja, en inglés y chino: “Dejad de cargar o emplearemos la fuerza”. Algunos de ellos lanzaban gas pimienta por el hueco quebrado de la cristalera, hacia el exterior, donde aquel caparazón humano seguía comportándose como un animal enfurecido. La masa estaba demasiado frustrada para dejarse amedrentar. Y la Policía tenía sus propias órdenes, entre las que no figuraba repetir una actuación violenta que duplicase el descontento contra las instituciones. 

“Están hartos, no hemos logrado convencerles de evitar la confrontación”, explicaba el diputado demócrata Cheuk-ting Lam, camiseta negra y hombros cargados por el peso de la impotencia. “No tienen esperanza porque el Gobierno no nos escucha. Nuestras demandas han sido ignoradas durante demasiado tiempo. Solo queremos democracia”. 

Manifestantes con paraguas frente a un grupo de policías antidisturbios en Hong Kong el pasado 1 de julio. Kin Cheung/AP

Las voces de los legisladores, Lam entre ellos, que intentaron razonar con los manifestantes fueron ignoradas. Durante ocho horas fueron quebrando aquellas cristaleras con una tenacidad titánica, fruto de años de hartazgo y desesperanza, hasta que los cristales se desmoronaron y los agentes, que habían permanecido estoicos en sus posiciones aguantando la lluvia de huevos, los insultos y el alunizaje de las puertas del Parlamento, se desvanecieron. La euforia por lo que se antojó una victoria les llevó a tomar el Consejo Legislativo, vandalizar su interior y destruir los retratos oficiales de la jefa del Ejecutivo local, Carrie Lam, y del presidente chino, Xi Jinping. Pintaron de negro el escudo con la orquídea que simboliza la ciudad y escribieron en las paredes declaraciones de intenciones: “Fuiste tú quien me enseñaste que las protestas pacíficas eran inútiles”, decía una pintada dirigida a Carrie Lam; otra advertía: “China pagará por sus crímenes contra los musulmanes uigures”. En medio de la sala, colgaron una pancarta: “No hay vándalos, solo un régimen violento”, en referencia a la etiqueta aplicada por la Policía a los manifestantes con toda la intencionalidad: el vandalismo puede conllevar hasta diez años de prisión en Hong Kong. Los jóvenes sabían que si asaltaban el LegCo podían ser acusados y condenados, pero la efímera sensación de poder fue más fuerte que el sentido común. 

“Es una trampa total. Me da pena que la gente haya caído en ella”, se lamentaba en los pasillos el diputado demócrata Fernando Cheung. Como él, otros manifestantes se sentían frustrados, temerosos de que la permisividad policial buscase un doble objetivo: permitir que los violentos se creciesen para criminalizar a la inmensa masa pacífica que exige respeto a la promesa de Un país, dos sistemas, y al tiempo liberarse del marchamo de desproporcionalidad que se le asignó a la fuerza policial tras su violenta intervención contra una marcha el 12 de junio. Hasta aquella fecha, la de Hong Kong era considerada la Policía más pacífica de todo Asia.

Algo ha cambiado en el corazón del movimiento democrático sin liderazgo que hasta hace dos meses daba lecciones de civismo en Hong Kong. Y las repercusiones son temibles. Se podía comprobar el 1 de julio, cuando la antigua colonia británica amaneció salpicada de símbolos rebeldes: tras semanas de manifestaciones multitudinarias contra la ley de extradición —un proyecto que habría autorizado la entrega a Pekín de sospechosos, poniendo en peligro el futuro de disidentes, opositores, activistas y de cualquiera con quien el régimen chino tenga cuentas pendientes—, Carrie Lam decidió celebrar aquel lunes a puerta cerrada la ceremonia que cada año conmemora la devolución de Hong Kong a China, con 5.000 de los 11.000 policías antidisturbios del territorio en estado de alerta. 

La decisión no disuadió a los rebeldes, que protestaron en el exterior y cortaron las calles que llevan a LegCo, enfrentándose a los gases lacrimógenos. Mantuvieron las barricadas —construidas con vallas de seguridad amontonadas y pivotes de aparcamiento de los lujosos centros comerciales vecinos— y cegaron las cámaras de vigilancia. Decoraron su territorio con caricaturas de Lam y Xi con expresión diabólica y pancartas con lemas como “Si ardemos, arderéis con nosotros” o “Hong Kong Fighting” (“Hong Kong en lucha”). Izaron una bandera con una bauhinia negra —un émulo de la insignia roja con una orquídea blanca que simboliza la excolonia— en sustitución de la bandera china, y empapelaron con pósteres de Democracia Ahora, Libertad para Hong Kong los muros del Parlamento local.

Se instalaron por miles, sin un plan concreto durante aquella fatigosa jornada en la que golpearon durante ocho horas las puertas acristaladas de su Parlamento, sacrificando así su cuidada imagen de protesta ordenada, hasta asaltar a la Cámara legislativa, en lo que podría haber justificado una intervención militar de China en aras de la estabilidad. Y desde entonces, mantienen el pulso con Pekín con  manifestaciones casi diarias, con acciones que han incluido la parálisis del aeropuerto y enfrentamientos con la policía y con una comunidad prochina cada vez más visible en un Hong Kong cada vez más dividido, pese a las amenazas del Gobierno chino de intervenir de una vez por todas para acabar con una  insurrección que, afirma, ha sido provocada desde el exterior.

“Hacemos esto porque no nos escuchan. Porque no tenemos interlocutores, y ya no sabemos cómo exigir que nuestros líderes nos den respuestas. ¿Acaso no las merecemos?”, se preguntaba desencajada Natalie, una joven enmascarada acompañada de una amiga, enlutada como ella y con la misma desesperanza en los ojos, antes de aferrarse a los hombros de sus compañeros y respaldar así de nuevo al ariete en su particular batalla contra el vidrio reforzado del LegCo. 

Un grupo de periodistas fotografía a un manifestante que se dispone a pintar con un spray el escudo de la ciudad en el Consejo Legislativo de Hong Kong.Kin Cheung/AP

El futuro de las batallas chinas

Si el Tibet es el pasado y Xinjiang es el presente, Hong Kong representa el futuro de las batallas territoriales lanzadas por China para homogeneizar su territorio en las fronteras actuales, más allá de las diferencias étnicas, políticas y religiosas. Y los hongkoneses lo saben. En 1984, Pekín y Londres alcanzaron un acuerdo por el cual Reino Unido pondría fin a su dominio colonial sobre Hong Kong y devolvería la soberanía del territorio a China en 1997 bajo el principio Un país, dos sistemas: ello permitiría a la ciudad portuaria integrarse en la madre patria, pero manteniendo durante 50 años su autonomía en lo relativo a fronteras, a su sistema legal y a unos derechos inéditos en la China interior, incluidos los de libertad de expresión y manifestación. Solo excluía lo relativo a Asuntos Exteriores y Defensa. El plan comenzó a palidecer tras la llegada de Xi Jinping al poder en 2013. 

La desesperación por mantener el statu quo actual fue la razón que alumbró la Revolución de los paraguas en 2014, una espontánea muestra de descontento que tomó las calles para exigir una verdadera democracia: el sistema actual solo permite a los hongkoneses votar a una minoría de sus diputados —la mayoría es designada a dedo por China—, y el Gobierno central se reserva el derecho de veto sobre las escasas candidaturas susceptibles de ser votadas, e incluso sobre los diputados electos. El propio jefe del Ejecutivo es designado por un comité de 1.194 personas, en su mayoría afines a Pekín, entre los 3,8 millones de votantes registrados en la ciudad. La Revolución de los paraguas fracasó por cansancio, falta de liderazgo y una excesiva pluralidad de objetivos, pero sembró la idea de la movilización en las mentes de los hongkoneses y ésta germinó. En 2015 aparecieron pegatinas en las calles con un escueto paraguas amarillo y una consigna: “Volveremos”.

Y lo hicieron. 

Manifestantes en una marcha prodemocracia en Hong Kong durante la llamada "Revolución de los paraguas" de 2014.Vincent Yu/AP

Un joven come al lado de un montón de paraguas utilizados por los manifestantes durante la "Revolución de los paraguas" de Hong Kong en 2014.Vincent Yu/AP

Varios paraguas, emblemas de las protestas de 2014, con la imagen del entonces jefe del Ejecutivo de Hong Kong, Leung Chun-ying.Wally Santana/AP

Pequeños paraguas de papel cuelgan en una calle de Hong Kong como símbolo de apoyo a los manifestantes en la "Revolución de los paraguas" de 2014.AP

“Esto ya ha superado la ley de extradición, va sobre valores básicos, sobre democracia, somos las semillas de la protesta que puede crecer en todo el mundo”, explicaba el pasado junio Bonnie Leung, vicegobernadora del Frente Cívico de Derechos Humanos, sudorosa tras una de las múltiples convocatorias en las proximidades del LegCo. Leung pasaba allí las horas junto a sus colegas, frente a una acampada en el interior del recinto, tratando de poner en común una estrategia de actuación que permitiera apuntalar el movimiento actual. 

Muchos manifestantes coinciden en que es una lucha de valores y de identidad, como sugieren las encuestas: un estudio de la Universidad de Hong Kong muestra que solo un 10,8 % de la población se identifica como “china”, mientras que el 52,9 % se identifica como hongkonesa.“Los ciudadanos de Hong Kong comprenden la importancia de mantener nuestras libertades y nuestro Estado de Derecho intacto, y que cualquier erosión significaría perder la esencia básica del país. Sentimentalmente, consideran que China es un país muy diferente, nada que ver con Hong Kong. De ahí que se viva una crisis de identidad en la región”, apuntaba por su parte Albert Ho, responsable de la Alianza hongkonesa en Apoyo a los Movimientos Patrióticos Democráticos de China.

Para muchos hongkoneses, sumarse a la madre patria continental implica una suerte de castigo. “No quiero ni pensar en cómo será Hong Kong en 2047, porque sabemos que se vengarán de nosotros por esto”, musitaba Marie, una empresaria de 28 años, en la vigilia celebrada el pasado día 26 de junio en Edinburgh Place, cerca del Consejo Legislativo. Junto a miles de personas, obreros y empresarios, jóvenes y ancianos, Marie tomó posiciones en Edinburgh Place y sostuvo durante horas una cartulina con las frases “Liberad a Hong Kong”, “Democracia Ahora”. 

“China no se olvida de nada, y sabemos que nuestras acciones de hoy nos pasarán factura mañana. Pero me siento incapaz de someter mi vida, de entregarles las libertades y los derechos en los que me he educado. Hasta que nos llegue el momento, aún nos queda un periodo de tiempo del que disfrutar. No podemos dejar que nos lo arrebaten”, explicaba emocionada. 

A su lado, su compañero John admitía que todos sus amigos estaban “ahorrando para marcharse” de la excolonia. La fuga de cerebros de Hong Kong es incluso alentada por muchos profesores como Perry Dino, apodado el pintor de la revolución: el profesor de Arte inmortaliza cada protesta con óleos y lienzos y se ha ganado cierta fama con sus cuadros. “Xi Jinping es como Mao Zedong, pretende revertir nuestras libertades. Eso de Un país, dos sistemas murió con Den Xiaoping. Para Xi, solo hay un sistema posible y es el chino”, dice en su diminuto estudio del distrito hongkonés de Kowloon. “En 20 años no habrá sitio para los hongkoneses. En los últimos diez años se han instalado aquí un millón y medio de inmigrantes chinos. Llegan 150 personas cada día, absorben los trabajos, el sistema educativo, el sanitario… Hong Kong ya se está desvaneciendo. Está desapareciendo nuestro idioma, el cantonés, reemplazado por el mandarín. Está desapareciendo la caligrafía tradicional. A mis estudiantes les recomiendo que busquen una vida en el extranjero, y que esperen al momento adecuado para regresar y combatir a la dictadura”, dice el pintor. 

El fatalismo es la llave de la insurrección que se vio el 1 de julio en Hong Kong, y la espita de una situación nueva, imprevisible y cargada de connotaciones. Cuatro suicidios se ha cobrado esta lucha desigual desencadenada por la propuesta de ley, episodios que recuerdan a las inmolaciones en el Tíbet. En todos los casos —Marco Leung, de 35 años, Mok, de 28 años, Zita Wu, de 29 años y Lo Hiu-han, de 21— dejaron notas, físicas o en sus redes sociales, sobre sus intenciones. “Me gustaría dar mi vida para cumplir los deseos de dos millones de personas. Por favor, seguid insistiendo”, se leía en la carta manuscrita por la joven Lo, dejada en la escalera desde donde se precipitó al vacío. 

“La sociedad entera está cayendo en la histeria por la erupción volcánica de la profunda crisis de identidad desatada por la ley [de extradición]”, dice Paul Yip Siu-fai, director del Centro de Prevención de Suicidios de la Universidad de Hong Kong. Uno de los principales grupos de ayuda contra los suicidios, Amigos Samaritanos, estima que el número de llamadas recibidas de potenciales suicidas “directamente relacionados con la ley” superó las 40 desde el 9 de junio, lo cual supone cinco veces más que las contabilizados entre marzo y mayo. 

La frustración hongkonesa no es una cuestión de edad. Los más mayores son plenamente conscientes de la desilusión que corroe a los jóvenes, secuestrados por la historia. “Estamos aquí para sostenerlos, para apoyarlos, para que no se caigan. Para poder abrazarlos antes de que decidan lanzarse al vacío”, explicaban Winnie y Chloe, profesoras de educación secundaria, ambas en la treintena, vestidas de negro en una de las sentadas de protesta frente al LegCo. Ellas eran algunas de las muchas personas que no se adaptaban al perfil de los manifestantes, en su mayoría universitarios,. aquel 1 de julio. “Nuestros jóvenes están dispuestos a morir por nuestra democracia, ¿qué derecho tenemos a quedarnos en casa?”, decía Chloe. 

Las dos amigas ya habían participado en otras muchas manifestaciones, porque consideran que la ley de extradición solo es la última expresión de la decisión de China de consumar la absorción de Hong Kong antes de los 50 años prometidos. Un paso más en una estrategia política jalonada por otros desafíos, como el Informe Blanco —declaración de intenciones elaborada por el régimen comunista, donde se advertía de que la Ley Básica (equivalente a la Constitución) de Hong Kong quedaba supeditada al poder central—; la ley de seguridad, que criminalizaba cualquier crítica al Gobierno de Pekín; y el currículum nacional, el plan educativo que China intentó aplicar en los colegios e institutos para exportar su modelo continental de lavado de cerebro al puerto fragante. También el secuestro de cinco libreros críticos con el régimen comunista, que reaparecieron en una prisión china confesando crímenes contra la madre patria, o la cancelación de actos culturales a cargo de disidentes, o la no renovación de la credencial del corresponsal del Financial Times tras participar en una conferencia crítica con Pekín, o el proyecto de ley para criminalizar cualquier ofensa o parodia del himno chino… Demasiado para la única sociedad china que dispone de libertad de expresión, asociación y manifestación. La única que tiene derechos mejorados gracias a la lucha de las últimas décadas y la única que ha escrito su historia reciente a través de protestas caracterizadas —hasta el 1 de julio— por un civismo casi ofensivo. 

Winnie y Chloe repasan los agravios del Gobierno chino con gesto agrio, justificando a los jóvenes que las rodean. “Dado que nuestros políticos no les escuchan, nos sentimos en la obligación de estar a su lado, para que sepan que tienen a la sociedad detrás y que la desesperanza nos afecta a todos. Salimos un millón y no nos escucharon, salimos dos millones y no hay respuesta. Salimos a diario y el Gobierno se niega a satisfacer nuestras demandas”. Les pregunto cómo imaginan Hong Kong en 2047, cuando se consume la moratoria de 50 años pactada por China y Reino Unido, y a Winnie se le empañan los ojos. “Hong Kong tal cual lo conocemos desaparecerá. Ahora mismo no reconocemos los dos sistemas. Si mis estudiantes no pueden vivir en libertad, todo deja de merecer la pena. Por eso necesito alzar mi voz, sumarme a ellos”, explica la profesora. “No nos podemos rendir. Sabemos que no podemos cambiar nuestro destino, pero tenemos la obligación de intentarlo”, apostilla Chloe. 

Para Winnie, Chloe, Marie y John, como para muchos otros consultados, la represión de la policía fue el resorte que les lanzó a las calles. Los agentes perdieron las formas el pasado 12 de junio, cuando usaron bolas de goma y gases lacrimógenos para dispersar a un grupo de estudiantes protagonizando imágenes que actuaron de revulsivo para la población. La respuesta llegó cuatro días después, cuando dos millones de personas exigieron en las calles la dimisión de Carrie Lam, la liberación de las 30 personas detenidas y la retirada del proyecto de ley, que solo fue suspendido por el Gobierno local. 

Cada carga, cada afrenta política recuerda a los hongkoneses la velocidad con la que avanza el reloj que lleva al año 2047, cuando el régimen chino pueda dejar atrás la fórmula Un país, dos sistemas, eliminar la Ley Básica —la mini-Constitución que garantiza las libertades actuales— y diluir la cosmopolita excolonia en la uniformidad comunista. “Hong Kong quiere salvaguardar sus derechos. Esto es una batalla por la libertad, por los derechos y libertades que atesoramos en muchos lugares de todo el mundo, y confiamos en que los líderes internacionales lo compartan y lo comprendan”, apostilla Bonnie Lang, la responsable del Frente Cívico. “Intentamos parar el destino de Hong Kong, aunque sabemos que no está en nuestras manos, pero estamos obligados a salvaguardar nuestra pequeña democracia. Es una lucha entre dos sistemas, el hongkonés y el chino, y para nosotros está claro cuál es el que queremos. Ojalá podamos influir a gente en China; nosotros al menos podemos librar esta batalla”. 

“En los últimos cinco años, Pekín está incrementando exponencialmente su control sobre Hong Kong” dice el periodista británico Antony Dapiran, autor del libro City of Protest, donde hace un repaso a una ciudad cuya historia está marcada por marchas multitudinarias caracterizadas por una notable resiliencia por ambas partes, manifestantes y policías. 

Aquel primero de julio, entre los rascacielos de los distritos financieros de Admiralty y Central, gigantescas pantallas de plasma en fondo rojo conmemoraban la “cálida celebración del 22 aniversario del regreso de Hong Kong a la Madre Patria”. Mientras, los estudiantes enterraban su imagen pacifista con el asalto al Parlamento local iniciando una nueva fase de lucha callejera, determinada y en ocasiones feroz, que integra progresivamente la violencia en su día a día. Su respuesta a los asaltos, desde la represión policial a la intervención de las tríadas (matones movilizados por Pekín que embisten contra los manifestantes), han sepultado el civismo generando escenas tan definitorias como la paliza a dos ciudadanos chinos, uno de ellos periodista del diario estatal chino Global Times, en el aeropuerto internacional a mediados de agosto. 

‘Democracia ahora’

El apetito de democracia en Hong Kong crece al ritmo que lo hace la intromisión política china. “Hubo un cambio radical: en los primeros diez años después de la entrega británica, nadie puso la mano sobre Hong Kong. En 2014, con el Informe Blanco, todo cambió, especialmente el tono. El estilo de Xi Jinping es el control absoluto del territorio; y no solo aquí, también en Taiwan, Xinjiang, el Tíbet…”, dice Dapiran. 

Para Willy Lam, profesor adjunto de la Universidad China de Hong Kong y autor de cinco libros, entre ellos La política china en la era de Xi Jinping, las protestas “han cambiado las dinámicas políticas de Hong Kong. Los jóvenes están enviando un mensaje a Pekín: nos importan nuestras libertades, la libertad de expresión y la independencia judicial. Si Pekín quiere enterrar esos valores, tendrá nuestra oposición activa”, argumenta. Los jóvenes, añade, están muy frustrados por los últimos años, “especialmente desde que Xi Jinping tomó el poder. Pekín está exprimiendo la autonomía de Hong Kong y no veíamos la luz al final del túnel hasta que descubrimos el poder de las protestas”, dice en conversación telefónica.

Varios legisladores abandonan la Cámara Legislativa de Hong Kong con paraguas amarillos en señal de protesta contra el Gobierno en 2014.AP

Ha habido muchas sorpresas. Por ejemplo, la participación masiva en las marchas. Dapiran explica en su libro cómo las manifestaciones son parte del alma de la ciudad. Según la Policía, en 2015 se produjeron 1.142 marchas (tres al día) en una urbe de siete millones. “Hay una razón pragmática tras esas marchas: a menudo, tienen éxito. Ocurrió cuando se retiró la ley antisubversión en 2003, o cuando las protestas desencadenaron la dimisión del jefe del Ejecutivo Tung Chee-hwa en 2004, o cuando se derogó el currículum de educación nacional y moral en 2012”, apunta el británico. 

Según una encuesta elaborada por la Universidad de Hong Kong, una cuarta parte de la población se siente identificada con la frase “solo una acción radical obtiene una respuesta gubernamental a las exigencias de los ciudadanos”. Y la ley de extradición, que democratizaba a las potenciales víctimas del régimen chino —ricos y pobres, activistas y empresarios, chinos y extranjeros—, fue una de esas razones que unifican el descontento: como explica Dapiran, residente en Asia desde hace una década, “cambiaría radicalmente el propósito de Hong Kong”.

“Antes era un destino seguro para el comercio internacional en Asia, pero ahora es una plataforma para las compañías chinas que buscan negocios en el extranjero. Hong Kong se ha convertido en una herramienta para servir los intereses de Pekín, y eso es un cambio drástico muy difícil de aceptar”, detalla el periodista desde la cafetería del Club de la Prensa Extranjera, exclusiva institución de corte británico con acceso reservado para miembros. En sus muros cuelga una impresionante colección de fotos de la masacre de Tiananmen. Varias tomas del hombre del tanque, cuerpos ensangrentados desplazados en volandas por rostros desencajados, morgues, imágenes de icónicos reporteros que inmortalizaron aquellos días haciéndose pasar por turistas, marchas ingentes de chinos esperanzados y aterrorizados ante la masiva presencia de uniformes y morgues con cadáveres descentrados. Y entre ellas, solo destaca una imagen reciente: la portada de la revista Time dedicada a Joshua Wong, el estudiante que con 15 años plantó cara a la dictadura china y que hoy, recién liberado después de cumplir condena por la Revolución de los paraguas, sigue convocando a los hongkoneses en las calles. “La cara de las protestas”, rezaba aquella portada de 2014. Wong es algo más que un rostro: es un símbolo de una generación consciente y preocupada, inquieta y dispuesta a salvaguardar libertades. 

La última oleada de protestas coincidió con su salida de prisión, donde pasó dos meses por desorden público debido a aquellas protestas. Como el resto de sus colegas, Wong vio la oportunidad de retomar la movilización coincidiendo con la cumbre del G-20 celebrada en Osaka el último fin de semana de junio. A las puertas del LegCo, pocos días antes del asalto, el joven indicaba que la enmienda de la ley de extradición amenazaba con “erosionar seriamente los negocios en Hong Kong”, ya que permitiría la extradición a China de empresarios basados en Hong Kong sin que allí pudieran beneficiarse de un juicio justo. “El modelo de Un país, dos sistemas ha derivado en Un país, un sistema y medio. Hace cinco años pedíamos elecciones libres y lo único que tenemos ahora es el mismo sistema político, con activistas en prisión, diputados electos que aún no han podido tomar posesión del cargo víctimas de la censura política… Creo que todo eso anima a la gente a sumarse a las manifestaciones. Pero no son solo jóvenes: dos millones, de siete millones de habitantes, participaron en las protestas. Esa movilización masiva demuestra que la gente está enfadada con el sistema”, dice en entrevista el joven estudiante. 

Joshua Wong se dirige a los manifestantes en las inmediaciones del Consejo Legislativo de Hong Kong el pasado junio. Kin Cheung/AP

Wong comenzó el activismo siendo un adolescente, cuando Pekín intentó aplicar el currículum de Educación y Moral Nacional en los centros de Hong Kong. Su resistencia y la de miles de estudiantes frenó la iniciativa: fundó con algunos colegas Demosisto, una organización democrática para promover la autodeterminación, y se implicó en la sociedad civil hasta el punto de liderar con apenas 18 años la Revolución de los Paraguas, un revulsivo para la sociedad hongkonesa. Hoy recibe resignado a la prensa extranjera, a sabiendas del poder de los medios en su lucha contra el gigante asiático. “Los 50 años de margen para el cambio han sido una mentira. La gente pide autodeterminación, ni siquiera independencia, pero es necesario que sean sus habitantes los que decidan el futuro político de Hong Kong con elecciones libres”, afirma.

Un grito que ha tomado consistencia bajo la forma “Liberad a Hong Kong. Democracia ahora” y constituye una afrenta para una China que no tolera la disensión interna. “Hong Kong es un desafío de libertad e independencia frente al sistema chino, y el régimen teme que influya en la China continental. Aporta información sin filtros, ideas liberales sobre la sociedad civil y aprende de sus experiencias, lo cual crea una conciencia sobre libertades y derechos humanos que puede permear el resto del país”, dice por su parte el abogado chino y defensor de derechos humanos Teng Biao en conversación telefónica desde Osaka, donde se encuentra para dar una conferencia procedente de Estados Unidos, donde vive exiliado. “Tras la entrega de Hong Kong, en 1997, China no estaba dispuesta a conservar un espacio de libertad dentro de su territorio. La promesa de un país, dos sistemas es papel mojado: el Partido Comunista tiene un largo historial de ruptura de promesas. Tras su llegada al poder Xi Jinping, para consolidarse, ha suprimido cada sector de la sociedad civil: medios, oenegés, universidades, credos religiosos…. Hong Kong no va a ser una excepción. El Partido Comunista no va a esperar veinte años, quiere convertirla en una ciudad china cuanto antes para evitar que propague ideas al resto del país”.

Las estrategias del Gobierno central para conseguirlo son múltiples: los cambios legislativos que va introduciendo en la isla, la persecución lenta pero inexorable de disidentes, la política migratoria que avala un cambio demográfico a medio plazo o el proyecto Gran Área de la Bahía, una megaciudad que pretende construir uniendo Hong Kong, Macao y nueve ciudades chinas, entre ellas Guangzhou (15 millones de habitantes) y Shenzhen (13 millones) y donde residirán 70 millones de personas, diluyendo la singularidad de la excolonia británica. 

Museos y denuncia política

El miedo del régimen chino al pueblo se ha demostrado en Tiananmen, en el Tíbet y en Xinjiang, y se teme que lo haga a corto plazo en Hong Kong. La frase de Mao Zedong “una simple chispa puede quemar toda la pradera” resuena en los oídos de muchos analistas precisamente tras el 30 aniversario de Tiananmen, una masacre borrada de los libros de historia en China, pero no de las mentes y los corazones de los hongkoneses y de los activistas que huyeron: muchos de ellos se instalaron en Hong Kong, como lo hicieron muchos chinos durante la Revolución Cultural de Mao, escapando de las exacciones del régimen. La excolonia, reducto de libertad y derechos, es un espejo indeseable para el régimen chino, y para evitar una toma violenta de la ciudad ha optado por seguir la misma política aplicada en Xinjiang y el Tíbet: un cambio demográfico que termine transformado a la población autóctona, cantonesa y cosmopolita, en una minoría imperceptible entre la mayoría han. 

“La idea es integrar políticamente a Hong Kong en el sistema chino antes de 2047, y para desactivar la oposición social se ha recurrido a la política migratoria: de 7,5 millones de habitantes, 1,5 millones son inmigrantes llegados desde China en los últimos 15 o 20 años, que no tienen demasiado apego por la democracia. A los más jóvenes, en colegios e institutos, se les imparte un currículum nacionalista basado en la ideología comunista, el patriotismo y la lealtad a China”, dice el profesor Lam. 

Con esos recién llegados y esa educación no solo llega una subida de precios y un aumento de la competencia laboral: también la división entre quien está educado —académica y socialmente— para no cuestionar al Estado y quien lo está para reclamarle. Las diferencias se pusieron de manifiesto en la marcha celebrada en apoyo a Carrie Lam y al régimen el último domingo de junio: cerca de 165.000 manifestantes, según los organizadores, entre ellos grupos que insultaban a los jóvenes que protestaban por la ley de extradición, gritaban loas al Partido Comunista y agredieron a periodistas y a varios estudiantes que intentaron dialogar con ellos. Fue la primera de muchas manifestaciones en defensa de Pekín, en una estrategia que ahonda la brecha en la sociedad hongkonesa debilitando a los insurrectos.

Manifestantes ondean banderas chinas en Hong Kong durante una marcha en respaldo a Pekín este agosto.Vincent Yu/AP

Manifestantes en favor de China increpan al activista Joshua Wong en las inmediaciones del Consejo Legislativo de Hong Kong.Kin Cheung/AP

En los pasillos del Museo de Historia de Hong Kong, donde se alaba el regreso de la isla a la madre patria china, la sangrienta represión contra los estudiantes que alzaron a la diosa de la Democracia en la plaza de Tiananmen no ha encontrado hueco. Solo se menciona la marcha solidaria de un millón de personas que tomó las calles de Hong Kong en una pequeña imagen con una lacónica placa informativa: “Marcha por los incidentes del 4 de junio”. Para leer alguna alusión a la masacre de Tiananmen, el visitante lo tiene mucho más difícil. El Museo del 4 de junio está escondido entre las callejuelas del popular y abigarrado barrio de Mong Kok, donde los fines de semana miles de mujeres de Filipinas, Indonesia, Vietnam, Malasia y otros países menos favorecidos por la economía se congregan en los puentes elevados para compartir su jornada dominical, la única libre de su semana laboral; la legislación les impide alquilar pisos. En una décima planta de un edificio residencial del barrio, el pequeño museo llega a acoger a un centenar de visitantes diarios desde que reabrió sus puertas a finales de abril, tras casi tres años de cierre: las anteriores instalaciones en el antiguo barrio industrial de Tsim Sha Tsui, donde el museo abrió sus puertas en 2014, se enfrentaron a las querellas presentadas por los propietarios del lugar y se vieron forzados a cerrar en julio de 2016. 

Desde entonces y hasta su  reapertura este año, la Alianza en Apoyo de los Movimientos Democráticos Patrióticos de China abrió exposiciones temporales con las escalofriantes fotografías de la masacre que hoy recorren los muros del museo en Mong Kok. Portadas y revistas de la época intentan alimentar el recuerdo de aquellos días, aplastado por la censura china. En las vitrinas, camisetas empleadas por los manifestantes de Tiananmen y gorras de plato de la Guardia Roja comparten espacio con monitores que escupen imágenes de aquellos días y testimonios de los supervivientes. Decenas de revistas de la época dan cuenta de los sucesos: una de ellas, publicada por el Ejército Popular de China en inglés y a todo color, detalla los “crímenes de los rufianes” que “forzaron” la represión militar. 

En las paredes, una colección de botellas llama la atención: recuerdan la detención, hace tres años, de cuatro activistas chinos desaparecidos tras sacar a la venta una botella de licor “envejecido durante 27 años” llamado Ba Jiu Liu Si (Jiu significa licor, pero también suena como 9) cuyo nombre, 8964, conmemora la fecha de la matanza, el 4 de junio de 1989. En la etiqueta blanca, el hombre del tanque vuelve a enfrentarse a los carros de combate. Una leyenda completa el simbolismo: “Nunca olvides, nunca te rindas”. Sus responsables fueron arrestados por “incitar a la subversión contra el poder estatal” entre mayo y junio de 2016.  

Albert Ho, alma máter del museo, confía que reciben algunas visitas de chinos han. “Llegan con miedo, pero vienen y preguntan. Intuyen que algo pasó y quieren saber más. Antes teníamos problemas, porque la gente temía estar siendo vigilada, pero ahora nos sentimos más seguros”, explica. Ho hace un relato pormenorizado de los incidentes, actos de sabotaje, protestas espontáneas y argucias legales de personajes “con financiación ilimitada” interesados en que cierre sus puertas. “Este museo es imprescindible para preservar la verdad. China intenta borrar la memoria, pero sus dirigentes no lo van a olvidar mientras sigan en el poder porque están preocupados por que la historia se repita y regresen las revueltas. Ellos no olvidan y pretenden que la gente sí lo haga. No es justo que la verdad sea enterrada”, dice Albert Ho, un histórico defensor de la democracia local.

Los manifestantes han comprendió bien a qué le tiene miedo el todopoderoso Estado comunista: al conocimiento. Y comienzan a explotar esa debilidad. En las últimas marchas, el objetivo ya no era pedir la retirada de la ley de extradición, sino permear el bloqueo absoluto que impone la censura china sobre su población: el gran cortafuegos o la gran muralla cibernética, un sistema que permite al Estado censurar todos los contenidos no afines al régimen y bloquear el acceso a las redes sociales occidentales. Las redes chinas están vigiladas por los censores, que se ocupan de eliminar cualquier referencia a todo aquello que no interesa al Gobierno, y también de delatar a quienes las realicen para facilitar detenciones. Pero en Hong Kong, reducto de libertades, no se aplica el cortafuegos. Esa es la razón por la cual decenas de miles de jóvenes se congregaron en la estación de metro y tren del distrito de Kowloon —la siguiente parada del tren ligero, a solo 12 minutos, es la ciudad china de Shenzhen— y comenzaron a compartir vía AirDrop y de forma indiscriminada material que explicaba el origen de sus protestas y la represión de las autoridades. Días antes, varios habitantes de Shenzhen admitían desconocer qué estaba pasando en la vecina Hong Kong, adonde se llega en metro, salvo uno de ellos: “He leído que Estados Unidos está organizando una revolución contra China, ¿verdad?”, interroga el joven, que dispone de una VPN (red privada virtual) en su teléfono para evadir la censura oficial. En la prensa del régimen, la única existente en China, no hay mención alguna a las manifestaciones, salvo para disfrazarlas de protestas a favor de Pekín y en apoyo de Xi Jinping. 

‘Black Mirror’ en China

Shenzhen es el gran ejemplo de la transformación vivida en las últimas tres décadas por China, ahora segunda economía mundial. Como el país, la ciudad misma pasó de ser una ciénaga en medio de la jungla a una de las urbes más modernas del mundo, con un centenar de rascacielos y sede de compañías como Huawei, ZTE o Tencent. El milagro comenzó con el ascenso al poder en 1978 de Deng Xiaoping, arquitecto de la política de la reforma y apertura, quien estableció en Shenzhen la primera Zona Económica Especial —áreas que ofrecen incentivos fiscales y comerciales para atraer inversión extranjera—, activando así un modelo clave del éxito del resto del país. Su crecimiento económico superó en 2018 al de Hong Kong, y los 170.000 habitantes de 1970 se han multiplicado casi por 100: hoy son 13 millones de personas las que habitan esta localidad futurista, plagada de impresionantes infraestructuras.

Rascacielos en la ciudad china de Shenzhen, fronteriza con Hong Kong.AP

El milagro Shenzhen recientemente cumplió 40 años en unas celebraciones con la imagen omnipresente de Xi Jinping en el Museo de la Reforma y la Apertura de Shenzhen, un impresionante edificio de líneas metálicas. En la puerta, decenas de grupos esperan turno para tomarse una foto frente a la enorme escalinata, ante una pantalla de plasma con el nombre de la sala y la bandera china de fondo. En el interior, tras superar los controles de seguridad —los guardias solo acercan los DNI a sus teléfonos para capturar la información de los visitantes recorren pasillos de exaltación patriótica que recuerdan aquellas cuatro décadas de experimentación y prosperidad. “El tiempo es dinero, la productividad es vida”, se lee en las pancartas de la época, la consigna que movió una transformación basada en extenuantes cadenas de producción a bajo coste, la ausencia de sindicatos, el desdén por los derechos de autor y una reducción del margen de beneficios que le permitió competir hasta imponerse al resto del mundo.

La ciudad de Dafen es un buen ejemplo de esa actitud laboral característica del pueblo chino. Hasta finales de la década de 1980, este pueblo de las afueras de Shenzhen era un lugar inhóspito, pero con la Zona Económica Especial se contagió del progreso a su manera: lo hizo atrayendo una migración que lo convirtió en la ciudad de los pintores, o de las copias pictóricas, y que llegó a abastecer hace dos décadas al mundo con el 60% de los cuadros que hoy cuelgan de las paredes, muchos pintados mediante cadenas de fabricación que recuerdan a empresas manufactureras. Sus calles huelen a óleo y disolvente, y los carromatos acarrean lienzos de todos los tamaños. Miles de cuadros asoman por sus negocios, algunos modernistas, otros religiosos, otros muchos copias de obras clásicas y algunos —los menos— de contenido político: el único pintor que exhibe un retrato de Xi Jinping rehúye las preguntas de la periodista.

“A mí me han comprado dos versiones de este: un cliente de Suiza y un alto cargo del Partido Comunista”, dice Yong-da Li, regente del café-galería Honq Chi, señalando un imponente cuadro que representa a Deng Xiaoping en la década de 1980, cuando cambió la historia de China. “Deng fue un gran líder. Cambió a mejor la vida de la gente en un momento muy difícil, porque los chinos éramos muy escépticos sobre el futuro del Partido Comunista tras la caída de la URSS. Pero él desafió a aquellos que pensaban que la economía de mercado nos iba a alienar, y ya ve, acertó”. Le pregunto si es su admiración la que le impulsa a pintarle y se echa a reír. “No. Lo pinto porque me lo compran”. 

Como podría pasar en Hong Kong, en Dafen ya no se habla cantonés, como ocurría hace cuatro décadas. Tampoco en Shenzhen. La migración desde todos los puntos de China ha reemplazado el idioma autóctono por el mandarín, lengua oficial han. Como le podría suceder a Hong Kong, el sistema de vigilancia que impera en Shenzhen, como en cualquier otra ciudad china, recuerda a un régimen policial invisible basado en la tecnología punta, donde hasta los taxis tienen cámaras, los rasgos biométricos —iris y huellas digitales— reemplazan las tarjetas identificativas, los drones sirven mercancías y el dinero es ya papel mojado: todas las transacciones, desde el metro hasta la limosna, pedir un taxi, alquilar una bicicleta, pagar una factura médica o reservar hotel, se gestionan mediante códigos QR, lo cual permite al Estado conocer todos los movimientos de sus ciudadanos mediante las aplicaciones empleadas, estudiar sus hábitos y espiar sus inquietudes. 

La población china recibe crédito social según su comportamiento: argucias como cruzar evitando el paso de peatones, tirar basura al contenedor equivocado o fumar en trenes o aviones restan puntos, como lo hace cuestionar al sistema. Quien se quede en números rojos digitales puede ser castigado de muchas formas: se le impide viajar, se le niegan becas o prestaciones sociales o incluso con despidos laborales. Las multas se cobran de forma automática en el crédito de las aplicaciones —asociado a la cuenta bancaria—, después de que las cámaras y la inteligencia artificial identifiquen, en segundos, al transgresor, que ni siquiera tiene que autorizar el pago. El gran hermano se cobra la multa directamente de su cartera virtual. 

“Se pensaba que al abrazar la economía de mercado y la globalización, China promovería la libertad interna y la democratización, pero ha ocurrido al contrario: China es hoy más totalitaria de lo que era en 1989 (Tiananmen)”, opina el abogado y activista Teng Biao en la revista Law&Liberty. “Los chinos carecen de aire puro y agua limpia. Decenas de miles de defensores de derechos humanos, abogados, disidentes y periodistas están en prisión. Presos políticos mueren en custodia, incluido el premio Nobel Liu Xiaobo, en 2017. Sus familiares son perseguidos. Las oenegés han sido cerradas. Torturas, desapariciones forzosas, desalojos forzados y fallos de la justicia son generalizados y van en aumento. Desde 1999, más de 4.000 seguidores de Falun Gong han sido torturados a muerte, y 153 tibetanos se han inmolado para protestar por la persecución. El Partido Comunista Chino derriba iglesias, quema biblias y envía a 1,5 millones de uigures y otras minorías étnicas a campos de concentración en Xinjiang. Eso no es el milagro chino, sino la pesadilla china”. 

Una pesadilla que parece dejar anticuada a Black Mirror: se estima que en 2022 habrá 2.760 millones de cámaras instaladas a lo largo y ancho del país, dos por cada ciudadano chino, sin contar con los dispositivos electrónicos con los que cuente en casa, que pueden ser activados por las agencias de seguridad en cualquier momento para vigilarlo. En Hong Kong se teme que sus disidentes, sus activistas, sus críticos y sus librepensadores —que constituyen una buena parte de la sociedad— terminen perdiendo la razón entre rejas como Wang Quanzhang, uno de los 200 abogados y activistas detenidos el 9 de julio de 2015 en China por “cuestionar el poder del Estado”. En junio, su mujer y su hijo pequeño pudieron visitarlo por primera vez en cuatro años. “Por lo que han contado, ha sufrido terribles torturas y padece problemas mentales”, explica el abogado Teng Biao en conversación telefónica. “Las torturas físicas y psicológicas son comunes en prisión. La situación de los activistas es especialmente preocupante. China nunca ha cesado de reprimir a los defensores de derechos humanos desde que alzamos la voz a principios del siglo XXI: yo fui detenido dos veces. Pero desde que llegó Xi Jinping al poder, en 2012, la situación no ha dejado de empeorar. La gran mayoría de abogados que defienden agresiones a los derechos humanos han sido arrestados: se calcula que hay 320 en prisión. El resto no se atreve a actuar”, dice. 

Biao, fundador de un think tank que promueve la democracia en China y reconocido defensor de los derechos humanos, escapó en 2014 tras salir de prisión y se exilió en Estados Unidos: el régimen chino impidió durante un año que su esposa e hijos se reuniesen con él, hasta que lograron salir de forma ilegal por la frontera con Birmania.

“Desde que en 1989 muchos activistas y demócratas salieran de China por la represión de Tiananmen para exiliarse en otros países, el espacio para la disensión ya se había reducido, pero nada comparable a lo que ocurrió con Xi Jinping”, considera Biao. 

Hong Kong fue una plaza segura hasta que la polémica propuesta de ley de extradición reforzó las vulnerabilidades de la excolonia. El talentoso artista chino Badiucao tenía previsto estrenar el documental China’s Artful Dissident, una producción australiana sobre su figura, en la ciudad portuaria el pasado noviembre, pero las amenazas recibidas obligaron a cancelar la cita. “Me dijeron que o cancelaba o no habría compasión por mi familia en China”, explica por teléfono desde Australia, donde vive exiliado. 

Es una de las argucias del régimen para evitar que la población china en el exterior cuestione a Pekín. “Los chinos en el extranjero siguen controlados por el Gobierno porque son intimidados con presiones a sus familiares. Todo aquel que critica tendrá problemas si regresa o expone a su familia a problemas. Les obligan a alabar al Gobierno chino de manera activa. Hay que entender que han sido sometidos a un lavado de cerebro antes de vivir en el extranjero, por lo cual ni siquiera comprenden que nadie se atreva a criticar o a cuestionar al Partido Comunista, ni saben de las atrocidades o los abusos contra los derechos humanos que se cometen en China”, relataba Teng Biao.  

O como explica Badiucao: “En el interior (de China), se explota el supranacionalismo y se echa la culpa de todos los males a fuerzas exteriores con herramientas como la televisión estatal CCTV, que homogeneiza el discurso de que todos los extranjeros intentan sabotear el desarrollo y el progreso chino. Aquellos que quieren saber la verdad, si quieren ir más allá de la información única de China, se enfrentan a consecuencias terribles y a la venganza del Gobierno. Aquellos que no entienden bien la situación se dejan lavar el cerebro y son manipulados por la propaganda. Quienes saben un poco más, no se atreven a hablar”.

Esa es la clave del silencio interior. Una educación que les predispone para la obediencia y que se consolida con el miedo. “La educación es la principal herramienta de control del Partido Comunista. No hay libertad de expresión, no hay discusiones en las aulas o se limitan a lo que decide el Partido; los profesores y académicos pueden ser expulsados o terminar en prisión por sus clases, así que la mayoría de los estudiantes chinos no tienen acceso a información que les permita razonar por sí mismos, ni canales para buscar la verdad detrás de lo que les cuentan. Los medios, el sistema educativo e internet son los principales instrumentos de control. La gran mayoría de los chinos sufre un lavado de cerebro”, aduce Teng Biao. 

Edificios en construcción en el campus de la universidad MSU-BIT de Shenzhen.AP

En el exterior, la situación no es mucho mejor, como explica Badiucao. “La población china en la diáspora está tan vigilada y tan manipulada como en el interior. La mayoría prefiere informarse en chino, usan las aplicaciones y las plataformas en chino, de forma que todo el contenido que consumen ha sido creado o diseminado en China, así que aunque crean que están viendo contenido abierto, todo está censurado y toda la información está diseñada desde la perspectiva china: los contenidos son los mismos que si estuvieran aún en China. Y luego está el Instituto Confucio, los sindicatos de estudiantes vigilados y controlados por el Gobierno chino…”.

De fondo, Taiwán

Pero no solo es Hong Kong. Hay un último territorio en el punto de mira de Pekín, mucho más complicado de asimilar, aunque China no renuncia a su empeño. “Con los acontecimientos en Hong Kong, China manda mensajes a Taiwán. Xi Jinping es un supranacionalista, y para él Taiwán y Hong Kong solo tienen lugar completamente integrados en China”, razona el profesor Willy Lam. “En los dos últimos años, ha intimidado a Taiwán de diferentes formas para someterla, intenta forzar a los taiwaneses a renunciar a su identidad e integrarse en la madre patria, pero las protestas de Hong Kong alimentan las esperanzas de Taiwán y eso ha alumbrado cierta coordinación entre los demócratas de ambos territorios para frenar las aspiraciones chinas”, continúa el académico. 

La represión ha alterado, más si cabe, la percepción de la isla sobre China. Según una encuesta de la Fundación de Taiwán para la Democracia, el 57,4% de los consultados se mostraba dispuesto a ir a la guerra para defender Taiwán si China ataca la isla en respuesta a una declaración de independencia. En el caso de un intento de anexión forzosa por parte de Pekín, el 68,2% apoyaba la resistencia armada. “Los taiwaneses tienen todas las razones para estar muy preocupados por su seguridad, ya que China no deja de intimidarlos. La situación en Hong Kong solo hace más claro que el un país, dos sistemas que China intenta vender a Taiwán es un gran engaño tramado por el Gobierno chino y tolerado por la comunidad internacional”, considera Biao. 

Desde 1949, cuando los comunistas ganaron la guerra civil china y los nacionalistas, liderados por el líder del partido Kuomintang, Chiang Kai-shek, se hicieron fuertes en Taiwán, la isla es una anomalía política. China la considera una provincia renegada, pero sus habitantes se ven como un Estado soberano con Constitución, un Gobierno salido de las urnas, todas las garantías democráticas y un Ejército de 400.000 soldados sin intención alguna de sumarse a la China dictatorial. En el escenario internacional, son poco más de una quincena los países que reconocen a Taiwán como un Estado independiente. 

“Los taiwaneses, en especial los más jóvenes, están muy pendientes de lo que ocurre en Hong Kong, porque Xi Jinping ya planteó en su Mensaje a los Compatriotas de Taiwán de enero de 2019 que el único modo de unificar Taiwán con China es mediante la fórmula un país, dos sistemas. Los acontecimientos en Hong Kong nos demuestran que algo así jamás funcionaría en Taiwán, una democracia vibrante y diversa con valores progresistas y garantías de protección de los derechos humanos”, explica por correo electrónico Ketty W. Chen, vicepresidenta de la Fundación de Taiwán por la Democracia

Jóvenes en Taiwán muestran su apoyo a las manifestaciones de Hong Kong, con un ojo tapado en solidaridad con una mujer herida en las protestas.Chiang Ying-ying/AP

Taiwán hizo gala de la condición de oasis democrático cuando su presidenta, Tsai Ing-wen, anunció en julio que “los amigos de Hong Kong” serían bienvenidos a la hora de solicitar asilo humanitario —algo que ya está ocurriendo—, perfilando así el territorio como nuevo refugio de los activistas chinos. Como indica Chen, el supranacionalismo de Pekín está causando un rechazo extremo en la isla. “Uno de los mensajes del presidente Xi es que ‘los chinos no luchan contra China’, pero al mismo tiempo dijo que no podía prometer ‘no usar la fuerza contra Taiwán cuando sea necesario’, una amenaza que aleja los corazones y las mentes de los taiwaneses de China”. La venta de armas a Taiwán por parte de Estados Unidos y la relativa protección internacional parece alejar la perspectiva de una invasión militar, aunque eso no implica que China renuncie a la isla. “Tomarla por la fuerza es demasiado caro para China, y podría provocar que Estados Unidos y sus aliados acudan en ayuda de Taiwán. Algunos sospechan que es mucho menos costoso comprar Taiwán o manipular a la sociedad taiwanesa para que vote por un candidato cercano a Pekín, para que sea más fácil para China anexionarse ​​a Taiwán”, prosigue Chen, en referencia a las elecciones presidenciales de enero de 2020.

Una estrategia que, según muchos, ya está en marcha y que podría haber descarrilado por las protestas en Hong Kong. “Las manifestaciones ya han influido en las elecciones, dado que los candidatos apoyados o próximos a China están perdiendo votos. Están extrayendo lecciones”, dice Willy Lam. La nueva consigna electoral en todos los partidos es rechazar la fórmula de un país, dos sistemas: se oponen incluso los candidatos prochinos, como el alcalde de Kaohsiung, Kuo-yu Han: “Los taiwaneses no lo aceptaremos jamás, salvo que sea por encima de nuestros cadáveres”, indicaba en junio.

El desafío que implican las protestas masivas, el ejemplo para Taiwán y para China, podría salir muy caro a los manifestantes. En Hong Kong todos esperan represalias, como ocurrió en Tiananmen, en el Tíbet y en Xinjiang. “Tenemos la obligación de seguir luchando por nuestra libertad antes de que sea demasiado tarde”, dice Bonnie Lang, del Frente Cívico. “No sabemos a cuántos van a arrestar, nos están acusando de estar influidos por la CIA y eso ya implica problemas. El régimen de Xi tiene miedo de crear precedentes para las otras minorías étnicas, por eso actúa de forma tan drástica contra cualquier intento de rebelarse. Hace unos años nos habría sorprendido, pero ahora, después de la Revolución de los paraguas, o visto lo que ha pasado en Xinjiang o en el Tíbet, ya sabemos a qué nos enfrentamos”.

“Lo que está ocurriendo en Xinjiang es indicativo de lo que podría ocurrir en Hong Kong”, dice por su parte el joven activista Joshua Wong. “Precisamente por ello no podemos continuar callados. A largo plazo, el objetivo es exigir unas elecciones libres que decidan nuestro destino sin ser una marioneta del régimen comunista de Pekín. La gente no debería estar asustada de su Gobierno, es el Gobierno el que debería estar asustado del poder de su gente”.

“El Partido Comunista teme a las protestas de masas”, estima el profesor Willy Lam, uno de los analistas más reconocidos de la excolonia. “Buscarán venganza porque, si no, no podrían justificarse como un régimen eficaz”. Por el momento, la prensa oficial ignora las marchas o manipula las cifras de manifestantes. El ministro chino de Exteriores, Wang Yi, ha afirmado encontrar “muy alarmante que fuerzas occidentales estén alimentando los problemas y provocando la confrontación en un intento de minar la paz y la estabilidad de Hong Kong”. 

La venganza no disuade a los jóvenes alzados, pese a la sensación de impotencia. El plazo de 2047 no es reversible; es una realidad tan sólida como la Gran Muralla. “No podemos cambiar la historia de repente, pero ya hemos hecho historia”, dice Joshua Wong. “La batalla está perdida porque Pekín controla nuestra economía, pero a corto plazo hay que luchar para que no se apliquen leyes draconianas”, añade Willy Lam. “A largo plazo, Hong Kong es un crío combatiendo contra un gigante. Vivimos una versión moderna de la batalla bíblica de David contra Goliat”.

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