Mikel Ayestaran

La carretera del alto el fuego en Gaza

Hamás a Israel parecen dispuestos a darse un respiro antes de seguir matándose

Mikel Ayestaran

Cubriendo conflictos
08 de Julio de 2015

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Después de tres enfrentamientos en seis años, algo se mueve en Gaza. Hamás e Israel están dando señales de no querer agredirse, al menos a corto plazo. Recorremos el símbolo más visible de la disposición a un alto el fuego duradero: la nueva carretera construida por el brazo militar de Hamás a lo largo de la buffer zone, una zona de nadie entre el norte de Gaza e Israel.

Un año después de la última guerra

Por tercera vez en seis años, Israel lanzó en 2014 una ofensiva militar a gran escala contra Gaza con el objetivo doble de “detener el lanzamiento de cohetes de Hamás y desmantelar la red de túneles terroristas de Hamás utilizados para infiltrarse en Israel”, según las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF, siglas en inglés). El 8 de julio de 2014 comenzó una operación por tierra, mar y aire que se alargó durante 50 días, dejó más de 2.200 palestinos muertos, la mayoría civiles, y destruyó 140.000 hogares, según datos de Naciones Unidas. Las facciones palestinas lanzaron más de 6.600 cohetes y morteros, algunos de ellos llegaron hasta Tel Aviv y obligaron a cerrar el aeropuerto internacional, pero su arma más efectiva fueron las operaciones a través de túneles en la frontera. En total murieron 73 israelíes, 67 de ellos militares. Israel no logró acabar con Hamás. Hamás tampoco logró el levantamiento del bloqueo. Ninguno de los bandos ganó, pero cientos de miles de civiles perdieron y sufren las consecuencia de este enfrentamiento sin final.

Doce meses después las heridas de la guerra siguen abiertas, pero las dos partes parecen haberse dado cuenta de que necesitan un respiro más prolongado antes de seguir matándose. “Después de un largo camino estamos en un momento parecido al de Hizbolá (milicia chií libanesa) tras la guerra de 2006 y esperamos lograr una tregua larga. Israel ha asumido que Hamás manda y es fuerte, y nosotros necesitamos que levanten el bloqueo. Si firmamos un acuerdo lo respetaremos”, sostiene Abu Suhaib, enrolado en las Brigadas Ezedin Al Qasem, brazo armado de Hamás desde su creación en 1991.

Se trata de una afirmación bastante irreal porque Hamás no tiene el potencial de Hizbolá y Gaza no es Líbano, pero el grupo militar chií que lidera el clérigo Hasán Nasralá es el espejo en el que se miran los Hermanos Musulmanes en la Franja en su resistencia contra Israel. Ambos comparten enemigo, pero la diferencia de potencial es enorme. El miliciano Suhaib, veterano de las operaciones Plomo Fundido (2008–09), Pilar Defensivo (2012) y Margen Protector (2014), admite: “No tenemos el potencial del Ejército de Israel, pero hemos llegado a un punto, a un nivel de fuerza que les obliga a pensárselo dos veces antes de atacar. Hay una especie de equilibrio del miedo, un miedo mutuo que creo que puede ser la clave para que el alto el fuego sea más duradero”.

Las consecuencias de la ofensiva israelí de 2014. El barrio de Shojaiye y una escuela de la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina. Julio de 2014.Mikel Ayestaran

Las palabras de este cabecilla militar de Hamás se convierten en realidad cuando uno se acerca a la frontera entre Gaza e Israel. Las Brigadas Ezedin Al Qasem, brazo armado de Hamás, han hecho una carretera a una distancia de 300 metros del muro de separación. Esta es la distancia oficial de la buffer zone, la zona de seguridad en tierra establecida de forma unilateral por Israel tras su retirada de la Franja en 2005, una medida que se convierte en seis millas náuticas (a veces reducidas a tres, según la situación política) cuando hablamos del mar. Estas distancias, sin embargo, no están marcadas físicamente y ha sido el Ejército el que ha trazado las fronteras en los últimos diez años “usando fuego real, lo que constituye un crimen de guerra”, en opinión del Centro Palestino de Derechos Humanos (PCHR, por sus siglas en inglés), que subraya que esta buffer zone es ilegal dentro de la legislación israelí e internacional.

“En realidad, los ataques contra civiles se producen en cualquier punto dentro de los 1.500 metros hasta el muro”, denuncia el PCHR.

Esto es algo que conocen muy bien los agricultores, ya que el 95 por ciento de esta especie de tierra de nadie es superficie cultivable.

“Disparaban a matar”

Abu Yihad, cabecilla de la brigada en el norte de la Franja, quiere que el extranjero pruebe la nueva carretera y pide a su guardaespaldas que prepare el todoterreno, un flamante Kia Sorento de color blanco de los que tanto se ven en Oriente Medio en los últimos años. El parque móvil se ha vuelto cada vez más asiático en toda la región. Estamos en el puesto de vigilancia levantado en Beit Hanoun, en el norte de la Franja, y un joven con la típica barba que lucen los milicianos (corta, poblada y bien marcada) se acomoda una pistola en la cintura antes de dirigirse al vehículo. No sé muy bien qué puede hacer una pistola en caso de que un avión no tripulado decida destruir el coche.

Esta visita a la carretera no estaba en la agenda acordada, que consistía en una entrevista con el cabecilla militar en el norte de Gaza para hacer un balance de la última guerra. Pero la entrevista no dura demasiado: Abu Yihad es hombre de acción y pocas palabras. Se hizo miliciano en 1998 y desde entonces ha ido subiendo peldaño a peldaño: desde integrar una zohra (célula) con cinco amigos del barrio hasta pasar a liderar una brigada con mil hombres a sus órdenes. Durante la operación Margen Protector se pasó los cincuenta días metido en los túneles.

“En realidad fueron algunos más, porque no salimos hasta comprobar que el alto el fuego era sólido. La evolución de las brigadas desde 2009 hasta ahora ha sido increíble. La primera ofensiva fue horrible, nos pilló por sorpresa y sufrimos muchas bajas. En la segunda demostramos nuestra capacidad balística y llegamos por primera vez a Tel Aviv, algo que solo había conseguido Sadam Husein en la Primera Guerra del Golfo, y en esta última hemos sorprendido con los túneles de ataque en la frontera”, explica.

Según los datos del Ejército israelí,

“los terroristas de Hamás lograron infiltrarse en Israel utilizando túneles subterráneos al menos cuatro veces, y las fuerzas israelíes descubrieron y detonaron 32 túneles terroristas de Hamás dentro de la Franja. Catorce de esos túneles tenían salida a territorio israelí”.

El teléfono de Abu Yihad, un Nokia de primera generación, no para de sonar con el clásico tono de Nokia, el de toda la vida. Los milicianos de a pie usan este tipo de teléfonos en época de alto el fuego. Durante la guerra o cuando están en zona de operaciones está totalmente prohibido llevarlos encima. Los responsables políticos de Hamás, sin embargo, se han pasado al iPhone 6, cada vez más popular en las altas esferas del movimiento islamista ocho años después de su llegada al poder en Gaza. Es un detalle que no pasan por alto los gazatíes ajenos al grupo, que empiezan a echarle en cara que cada vez se parece más a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), en manos de la facción rival, Fatah, y encargada del gobierno en Cisjordania.

Las Brigadas Ezedin Al Qasem reclutan jóvenes desde los 15 años para entrenamientos de dos semanas. Gaza, junio de 2015.Mikel Ayestaran

Mientras habla sin parar, Abu Yihad nos abre la puerta trasera y se sienta de copiloto. Baja las ventanillas y en unos segundos estamos

“a una distancia del muro impensable antes de la última guerra. Solo por intentar acercarte abrían fuego. Nada de disparos de aviso, disparaban a matar”, dice sin perder detalle de cada garita de vigilancia.

El coche vuela por un camino de tierra que sube y baja entre restos de antiguas casas derribadas por las excavadoras israelíes para que la tierra de nadie en el interior de la Franja sea lo más grande posible. Dejamos atrás una estela de polvo que se eleva al cielo y forma una especie de hongo que recuerda al que dejaban los proyectiles de Israel durante la guerra cuando impactaban en la Franja. Con cada metro que el coche avanza hacia el muro, me vienen a la cabeza más recuerdos de explosiones, gritos y carreras. Lo que se vivió aquellos cincuenta días se ha plasmado en las últimas semanas en informes como el del Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que “apunta a serias violaciones del derecho internacional humanitario, tanto por parte de Israel como de los grupos armados palestinos”. Unas violaciones que “pueden ser consideradas crímenes de guerra”, según reza el documento de 200 páginas que el organismo internacional tuvo que elaborar a distancia porque Israel no le dio permiso para acceder a los territorios palestinos.

Cuando el coche ya está tan cerca que casi se distinguen los soldados en el interior de las torretas, el conductor ordena subir las ventanillas para tener la protección de los cristales tintados. No están blindados, y teniendo en cuenta el nivel de sofisticación de la vigilancia israelí, al otro lado del muro saben con seguridad el número de ocupantes del coche y quizá hasta nuestros nombres, apellidos y domicilios. De todas formas, subimos los cristales en cuanto el vehículo comienza a circular en paralelo al muro.

Son apenas quince minutos de recorrido que concluyen cuando el conductor pone rumbo a Erez, único paso para personas que Israel mantiene abierto con Gaza. El coche desciende rápido por la pista de tierra, dando botes hasta llegar al asfalto, y queda a la vista de los recién llegados a la Franja, que salen del largo pasillo en forma de jaula a pie o en pequeños carros eléctricos como los que se emplean en los campos de golf. Cuando comprueban que alguien circula tan cerca del muro, se quedan pasmados. El coche no tiene distintivos de ningún tipo, pero todos saben que quienes conducen son milicianos de Hamás que vuelan en dirección al interior de la Franja. Han sido quince minutos interminables, con la sensación de que en cualquier momento alguien puede disparar y reducir el coche a cenizas. Quince minutos en los que no he sido capaz ni de sacar la cámara, agarrotado por los recuerdos e incapaz de creer lo que estaba viviendo.

De la Operación Margen Protector a hoy

Transcurridos diez días desde el inicio de la Operación Margen Protector de 2014, Israel decidió entrar por tierra en la Franja. Lanzó panfletos para pedir a la población civil que huyera de toda la zona fronteriza. Un lanzamiento que sirvió de cobertura a las autoridades del Estado judío para justificar la matanza de los siguientes días. La orden era “esterilizar la zona, vaciarla de gente y, a no ser que aparezca alguien con una bandera blanca gritando ‘me rindo’ o algo parecido, todo es una amenaza y hay autorización para abrir fuego”, según relató un mando a la organización israelí Breaking The Silence (Rompiendo el silencio) al final de la guerra. En su último informe, la organización recoge en palabras de los propios soldados las violaciones diarias “de las reglas internacionales de combate que debería respetar un ejército de un estado democrático”.

El objetivo de los militares era crear una zona de seguridad de 2,5 kilómetros desde su frontera, lo que suponía empujar a los 1,8 millones de ciudadanos hacia el mar para que se concentraran en la mitad de la Franja más alejada del muro. Cuando los soldados pusieron sus pies en Gaza, la noche se hizo día, el cielo se tiñó de rojo y durante noches interminables toda la frontera fue el epicentro de ataques desde mar y aire para dar cobertura a la invasión terrestre. Algunos gazatíes no huyeron, cansados de una situación que también se produjo en 2008 y 2012: cuando les preguntabas el motivo de quedarse en sus casas decían que preferían morir a estar huyendo toda la vida. Pero esta vez la potencia de fuego israelí superó todo lo que se conocía y miles de personas quedaron atrapadas. Los datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina a finales de julio reflejaban que Israel había penetrado en el 44% de la Franja, lo que causó el desplazamiento interno de más de 200.000 personas.

Los afortunados que sobrevivían a las noches de fuego y llegaban a los hospitales del centro de la Franja nos contaban su experiencia, otros muchos se quedaron entre los escombros hasta que entró en vigor el alto el fuego. Niños, muchos niños. Cada día llegaban de esa zona fronteriza, aunque en realidad ya ocupaba media Gaza, niños heridos, mutilados. Gritando. Llorando. Un llanto seco. No les quedaban más lágrimas. Sordos por las explosiones, ciegos por el polvo, mudos por el dolor. Con los ojos fuera de sí intentaban buscar a los suyos entre el mar de médicos, enfermeros, familiares y periodistas. No salían palabras de sus bocas, solo gritos. Gritos. Esos gritos que te sacuden hasta la última neurona. “¡Joder!” “¡Qué impotencia!”.

La ONU eleva a 521 el número de niños que mató Israel. 521 muertos y miles de heridos y con traumas psicológicos para toda su vida. Cada uno de los que vi, dentro de su mortaja a la espera de ser enterrados, me vienen a la cabeza en estos minutos interminables dentro del todoterreno a orillas de un muro que para mí es un muro bañado de sangre.

“Estamos fuertes, muy fuertes, y los israelíes lo saben”.

Esta es la frase que repite Abu Yihad. Además de esta carretera, el brazo armado de Hamás ha levantado seis torres de control en lugares próximos a la frontera. El de Beit Hanoun es uno de los más espectaculares: una especie de puesto de vigilancia como el de los socorristas en las playas, pero con vistas directas a Erez y a la ciudad israelí de Ashkelon, con banderas verdes del grupo islamista en lo alto. Las Brigadas Al Quds, brazo armado de Yihad Islámica, también han levantado puestos similares en los que se distinguen sus banderas negras al viento, también muy cerca de la frontera. Los brazos armados de Hamás y de Yihad Islámica son las dos facciones más importantes en Gaza y la auténtica amenaza para Israel.

Hamás ha construido una carretera junto al muro de separación entre el norte de Gaza e Israel.

La carretera de tierra por la buffer zone recorre de momento unos pocos kilómetros en la parte norte, pero el objetivo de las milicias es hacer una especie de C invertida desde Beit Hanoun hasta Rafah. “Esta carretera, situada fuera de los límites autorizados hasta ahora, es una señal de la confianza creciente entre las brigadas palestinas y el Ejército de Israel”, dice el analista político gazatí Ibrahim Al Madhoum. El exministro de Interior del movimiento islamista Fathi Hamad destaca el “objetivo militar” de esta nueva ruta, que “puede ayudar a crear oportunidades para atacar al enemigo sionista”, aunque resulta poco creíble después de las experiencias recientes que Israel vaya a permitir un proyecto que pueda representar una mínima amenaza para sus intereses.

Desde el lado israelí, la crítica más dura es la del exministro de Exteriores Avigdor Lieberman, quien asegura que “el proyecto de Hamás es como gritar con un megáfono a un primer ministro (Benyamin Netanyahu) que insiste en su sordera. El Gobierno de Israel está enterrando su cabeza en la arena y si luego sucede una tragedia, el primer ministro y el ministro de Defensa no pueden quedar exentos de responsabilidad”. Fuentes de seguridad israelíes, sin embargo, sostienen: “Estamos siguiendo la marcha de las obras, pero hasta ahora no hemos intervenido porque no pensamos que suponga una amenaza para nuestra seguridad”.

Diálogo indirecto

En Gaza mandan los militares y parece que la orden es que el alto el fuego tiene que durar. Se esmeran en controlar a todos los pequeños grupos armados que, como los salafistas próximos a Estado Islámico (EI), siguen lanzando cohetes cuando tienen la mínima oportunidad. Más que un propósito ofensivo, la construcción de la carretera a lo largo de la buffer zone “podría perseguir un mejor control de la frontera para evitar nuevos lanzamientos de proyectiles”, según fuentes de la ANP.

Políticos de Hamás e Israel dialogan desde hace semanas a través de diplomáticos occidentales para buscar una solución duradera al conflicto. “Nuestro objetivo nunca ha sido acabar con Hamás, se trata de un actor demasiado valioso que nos sirve para mantener divididos a los palestinos. La prioridad es tener al enemigo lo más dividido posible porque eso le debilita. Lo que intentamos con estas ofensivas es desgastar al grupo islamista para que suspenda sus agresiones contra Israel. Parece que ahora llega un periodo de alto el fuego para las dos partes”, opina el profesor Hillel Frisch, del departamento de Ciencias Políticas de Oriente Medio de la Universidad de Bar-Ilan. Frisch no tiene duda de que Hamás es la gran amenaza para Israel.

“No son como EI, que se nutre de combatientes extranjeros: ellos tienen su base en Gaza, son gazatíes y allí seguirán. Eso les hace también más sensibles a las críticas y al descontento popular, lo que les ha empujado a mover ficha y optar por suspender la resistencia armada un tiempo”, dice el profesor.

Los cambios de estrategia en el tablero no suelen venir solos. Egipto ha cambiado su política de los últimos años tras la llegada del presidente Abdul Fatah Al Sisi al poder, y ha sacado recientemente a Hamás de la lista de organizaciones terroristas. Los egipcios han permitido además la apertura de la frontera de Rafah tres días por semana, lo que ha posibilitado la salida de miles de gazatíes después de meses de cerco. Estas medidas de acercamiento se unen a una más impopular en Gaza: la destrucción del sistema de túneles de contrabando que se había convertido en el cordón umbilical de Gaza para superar las restricciones israelíes. Los egipcios han establecido una zona de seguridad de un kilómetro entre Rafah y su territorio para evitar la entrada y salida ilegal de productos, armas o milicianos.

Estos cambios de Egipto son reversibles debido a la situación en el Sinaí, donde las autoridades israelíes y egipcias piensan que Hamás tiene conexión directa con EI. Desde El Cairo acusan a los Hermanos Musulmanes de instigar operaciones como la que el 1 de julio acabó con la vida de al menos 74 personas, 36 de ellas militares y civiles y 38 yihadistas, en una serie de ataques coordinados contra puestos de control y el cerco a una comisaría en Sheij Zaued, en el norte de la península. En septiembre, el califato estableció su primera provincia alejada de Siria e Irak en esta península, según el anuncio realizado por el portavoz islamista Abu Mohamed Al Adnani, quien pidió directamente a los yihadistas del Sinaí intensificar su guerra contra los militares egipcios y

“minar sus caminos, atacar sus cuarteles y viviendas, cortar sus cuellos, no dejarles sentirse seguros y convertir sus vidas en un terror e infierno”.

El portavoz yihadista alabó a los combatientes egipcios porque sus acciones son un golpe directo a “los protectores de los judíos” dirigidos por “el nuevo faraón”, en referencia al presidente Al Sisi.

Hamás rechaza estas acusaciones y recuerda que EI también les apunta a ellos en su último vídeo. La propaganda del califato difundió a comienzos de julio una grabación en la que criticaba a los “tiranos de Hamás” por no aplicar la sharia (ley islámica) de forma correcta en Gaza. “Arrancaremos de raíz el Estado de los judíos. Vosotros, Al Fatah y todos los laicos no sois nadie y seréis barridos por nuestras enfurecidas multitudes”, amenazaba un combatiente mirando directamente a cámara. La presencia de un brazo fuerte de EI en el Sinaí es uno de los nuevos factores a tener en cuenta en el futuro de la Franja y añade más madera a las diferentes agendas que se cruzan en el conflicto entre israelíes y palestinos. Un año después del establecimiento del califato, el origen y los apoyos reales de EI siguen envueltos en una nebulosa y unos y otros se culpan de su éxito. Allí donde se iza la bandera se crea un enorme agujero informativo.

Gaza toma aire antes del próximo combate entre Israel y Hamás, si es que se puede respirar después de tres guerras en seis años y ocho años de bloqueo impuesto por Israel y Egipto. La Franja sufre un 44 por ciento de paro y el 39 por ciento de los gazatíes vive bajo el umbral de la pobreza. Los civiles dependen cada vez más de la ayuda exterior para sobrevivir y las críticas en torno a Hamás crecen. Los que no pertenecen al movimiento islamista le acusan de gobernar para Hamás, no para Palestina, aunque ocho años, tres guerras y miles de muertos después de su llegada al poder, no hay otra alternativa a su bandera verde.

Hamás aprovecha el alto el fuego para montar puestos de reclutamiento en las calles. Junio de 2015.Mikel Ayestaran

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