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La diplomacia de la música en Corea

El festival 'Tren de la Paz DMZ', que se celebró en la línea que separa la península, es un Woodstock para una guerra en busca de paz

Mónica G. Prieto

En Asia
19 de Julio de 2018

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De las tiendas de campaña no emana humo —pocos fuman ya en Corea del Sur—, pero corre el alcohol y las guitarras acústicas son omnipresentes. No hay jóvenes con el torso desnudo, pero las holgadas faldas y pantalones hippies flotan mientras sus dueños se mueven embriagados por la música, abandonados a la ficción de paz.

“Me recuerda a Woodstock. No viví aquellos tiempos, pero he visto muchos documentales y creo que compartimos el mismo espíritu”, confía Kiyoun, universitaria de 18 años, rebelde pelo encrespado color chocolate y ojos que sonríen con vida propia. Alrededor se extiende un escenario lleno de contradicciones con forma de perturbadora anomalía histórica: estamos en el Festival Tren de la Paz DMZ, dos días de festín musical en plena Zona Desmilitarizada (DMZ), la línea que separa a las dos Coreas por el paralelo 38 norte. Un desafío al statu quo de la Guerra Fría que reivindica la música como forma de diplomacia en la frontera más custodiada del mundo: entre uno y dos millones de soldados, contando ambos bandos. El último fin de semana de junio, coincidiendo con el 68 aniversario del inicio de la Guerra de Corea, la tensión militar que impregna la región surcoreana de Cheorwon fue sustituida por delirio instrumental. Dos de los lugares más emblemáticos de la DMZ (la estación abandonada de tren de Wonjeongri, cuyo raíl solía unir a ambas Coreas, y la sede del Partido Laborista norcoreano, que solía promover el comunismo y espiar a la población antes de la división) acogieron conciertos de asistencia reducida, dada la estricta seguridad. “Nuestros principales espectadores fueron los soldados desplegados y los vecinos que residen en la frontera, y eso lo hizo aún más especial”, explica una de las organizadoras del evento, Cecilia Soojeong Yi. Las condiciones implicaban, por ejemplo, colocar los altavoces de cara a territorio surcoreano para que no llegara el sonido al susceptible Norte, ahora que en su política de distensión Seúl retiró los altavoces que solían emitir propaganda. “Los soldados estaban felices, muchos de ellos se pidieron el día libre para disfrutar del concierto en plena zona militar”, prosigue Cecilia.

“Nuestros principales espectadores fueron los soldados desplegados y los vecinos que residen en la frontera, y eso lo hizo aún más especial”

Los mayores escenarios se instalaron en las explanadas del parque de Goseokjung, entre los carros de combate, piezas de artillería y cazabombarderos expuestos frente a la oficina de Turismo, encargada de expedir los permisos para acceder a lugares como el Segundo Túnel de Infiltración (excavado por los norcoreanos para invadir el Sur y descubierto en 1975) o el Observatorio de la Paz de Cheorwon, un mirador enmarcado entre barricadas, búnkeres y sacos terreros con privilegiadas vistas a Corea del Norte.

Hace un mes, Cheorwon era una región semidesierta, frecuentada por los soldados destinados en la DMZ y escasos turistas de guerra. La declaración de Singapur, con la que Donald Trump y Kim Jong-un enterraron aparentemente el hacha de guerra, ha reanimado una zona considerada reserva natural virgen gracias, precisamente, al impasse bélico eternizado desde que en 1953 el armisticio pusiera punto y aparte a un conflicto en busca de punto final.

“Mi hermano es soldado y está destacado en la DMZ, y me dice que todo ha cambiado mucho”, se explaya Hyebin, otra de las asistentes. “Los soldados del Norte y del Sur ya no se miran con odio. Algunos incluso se toman selfies juntos”. El nivel de alerta ha bajado, como demuestran los soldados de uniforme que frecuentan los escenarios de Goseokjung, muchos curioseando en la tienda que vende camisetas y bolsas verde militar con la leyenda “Give peace a chance” (Da una oportunidad a la paz). El símbolo de la paz está tan presente como las referencias a la guerra, de la que ha vivido el turismo local durante los últimos 65 años.

“Es un concierto excepcional para un momento excepcional, porque nunca en la historia habíamos vivido una etapa tan esperanzadora como esta. Es cierto que no nos lo terminamos de creer, pero todos queremos creernos que derivará en una paz real, porque necesitamos confiar en ello”, continúa Kiyoun con un gesto concentrado que se transforma en fervor religioso cuando atisba la silueta del músico tailandés Phum Viphurit. La joven regresa en décimas de segundo a una adolescencia que no ha terminado de abandonar. “¡Phuuuummm!”, extiende su grito al tiempo que hace lo mismo con sus brazos en dirección al vocalista, quien del otro lado de la valla que delimita la zona reservada a los artistas le devuelve el saludo con una sonrisa rellena de brackets. “¡Te quiero!”, aúlla al tiempo que Phum desaparece. Repentinamente, cinco amigas la rodean dando saltos, emocionadas, y Kiyoun elabora todo un relato de los segundos en los que estableció contacto visual con su ídolo. Minutos después, vuelve a ser la misma ciudadana preocupada de antes. “Perdona, ¿por dónde íbamos? Ah, sí, me preguntabas por Pyongyang… Me encantaría que vinieran grupos norcoreanos, y seguro que tendrían mucho éxito. Eso atraería a otro tipo de público, a otras generaciones. Sería increíble”.

Símbolo del cambio

El Festival de la DMZ simboliza el momento que vive la península de Corea: cauto optimismo y la esperanza de reconciliación más real que vive la zona desde la guerra al margen de que se produzca —o no— una desnuclearización de Pyongyang.

“Corea del Norte se ha comprometido a negociar una desnuclearización a cambio de su supervivencia y su desarrollo en el siglo XXI, concretamente a cambio de la eliminación de la amenaza militar norteamericana mediante garantías creíbles de seguridad, la eliminación de las sanciones y la cooperación económica”, señala Haksoon Paik, presidente del Instituto Sejong de Seúl y asesor del Ministerio de Unificación del Gobierno de Moon Jae-in.

El desarrollo económico, que no se consagrará hasta que se eliminen las sanciones, ya despunta en ambos lados de la frontera. China ha retomado la venta de paquetes turísticos a Corea del Norte (una docena de agencias de Sichuan venden ahora paquetes de viaje a Pyongyang, Kaesong, Monte Kumgang y Monte Myohyang) y Seúl estudia reabrir el sector en la mitad norteña de la península, tras años de interrupción. Air Koryo (aerolínea estatal norteña) ha inaugurado dos vuelos semanales desde Pyongyang a Chengdu y a Xian, al tiempo que las aerolíneas chinas han reanudado sus vuelos regulares. El 90% del turismo que dejaba divisas al régimen norcoreano es chino, así que la apertura de este mercado aliviará las arcas de la dictadura.

El interés en la recuperación económica es compartido por las administraciones de ambos lados de la frontera: en su primera e histórica cumbre, el presidente surcoreano Moon Jae-in obsequió a su homólogo con un lápiz de memoria con su “hoja de ruta económica”: un plan que incluye cooperación bilateral en tres ejes de desarrollo: uno hacia la costa este, que proporcionará recursos y energía desde Rusia, otro hacia la costa oeste, centrado en el transporte y la logística hacia Occidente mediante China, y un tercer eje transversal que comunique ambos países mediante turismo y proyectos de cooperación energética e infraestructuras por valor de decenas de miles de millones.

El caramelo de la explotación económica agrada a todas las partes, pero especialmente a China, que será quien se encargue de las grandes inversiones.

Una vez confirmado como líder de una potencia nuclear, Kim Jong-un ha anunciado su voluntad de frenar la inversión en el sector armamentístico para centrarse en la economía doméstica, un oasis para los inversores extranjeros dado que el país vive virtualmente en el siglo pasado. Compañías como Samsung o la surcoreana de telefonía KT han creado un departamento para Corea del Norte que analice sus posibilidades de inversión. La mano de obra norcoreana es prácticamente esclava: buena parte de sus miserables sueldos terminan en manos del Estado y carecen de sindicatos que velen por sus derechos, por lo que no se puede comparar a ningún capital humano del mundo en términos de explotación. Las obsoletas infraestructuras norcoreanas (se estima que solo el 10% de sus carreteras están pavimentadas) necesitan ser renovadas, como son necesarias mejoras en el sector del transporte (el ferrocarril es antediluviano, pese a transportar el 90% de la carga y el 62% de los ciudadanos del país) y de la energía: el suministro energético anual no alcanza ni el 5% del consumo en Corea del Sur. El sector de los minerales (Corea del Norte dispone de preciadas reservas de minerales raros por explotar) podría ser uno de los más lucrativos del país.

Cualquier proyecto de inversión pasa por negociar con el régimen, como han comprobado los organizadores del concierto en la DMZ. Cecilia dice que se establecieron contactos para integrar bandas del norte, pero la situación aún no está madura. “Las autoridades nos respondieron que aún no están autorizados los contactos con empresas privadas, si bien agradecieron nuestra oferta y prometieron estudiarla para otras ediciones”.

“Hartos de conflictos”

Resulta revolucionario imaginar bandas norcoreanas junto a cualquiera de los 34 grupos de siete países que se turnaron sobre los escenarios durante el fin de semana que duró el Woodstock coreano. La idea del festival surgió en uno de los momentos de máxima tensión, cuando los ensayos balísticos de Kim eran respondidos con amenazas de guerra nuclear. “Ambos presidentes presumían de botón rojo”, rememora la organizadora, “y nosotros estábamos celebrando el Festival Zandari. El 1 de octubre, organizamos un tour por la DMZ para los músicos, que se quedaron deslumbrados por este sitio”. Martin Elbourne, promotor del Festival de Glastonbury, tuvo una revelación que desafiaba la política y la geografía. “Justo aquí, justo ahora”, dijo. Elbourne logró de Cat Stevens el permiso para bautizar el festival con el nombre de su canción “Peace Train”, y a bordo se subieron músicos tan variopintos como el fundador de los Sex Pistols Glen Matlock, los escoceses Colonel Mustard & The Dijong, el tailandés Phum Viphurit, los franceses Joyce Jonathan o Vaudou Game, los palestinos Zenobia, grupos japoneses como Mitsume y Anoice y los surcoreanos Bahngbek, SsinSsing o Jambinai. El cantante de folk Kang San-eh actuó en la estación de ferrocarril, a pocos metros de su segundo país: en su última actuación en Pyongyang, en abril, arrancó lágrimas al público.

El fundador de los Sex Pistos Glen Matlock, los escoceses Colonel Mustard & The Dijong y los palestinos Zenobia, entre los grupos del festival

“Estamos hartos de conflictos políticos, aquí y en el resto el mundo”, confiesa Takahiro Kido, el guitarrista de Anoice, mientras firma discos a los asistentes. “Japón y Corea del Sur tienen enormes diferencias. La política nos hace sentir enfrentados, y nosotros, con nuestra música, pretendemos borrar esa sensación. La música es un lenguaje universal que nos une a todos, los instrumentos son nuestra única arma contra la guerra”.

En la provincia de Gyeong-sang Norte, otra generación de pacifistas asiste a su propia actuación. Se celebra en una carpa situada en la localidad de Sosungri, la más cercana a Camp Carroll, la base estadounidense con la batería de misiles THAAD, el carísimo paraguas antibalístico que Washington ha desplegado para irritación de China y Rusia. El escenario está decorado por una caricatura de Trump con la boca cargada de misiles y la leyenda “Viejo chocho” y, a la derecha, la frase: “Yankis, idos a casa con la policía”.

Como cada miércoles desde hace año y medio, un centenar de activistas, religiosos y residentes se congregan bajo la carpa para compartir novedades políticas y renovar su rechazo al THAAD. La mayoría son ancianos (la media de edad de los 2.000 habitantes oscila entre 70 y 80 años) y muchos llegan con andadores y bastones, pero la edad no merma su determinación. “Estos militares están arruinando este lugar”, clama Jang Gyong-suk, 90 años a sus espaldas. Esta anciana ha vivido la invasión japonesa, la invasión norcoreana, la división de la península y las dictaduras militares que solo desaparecieron en la década de 1990, pero nada doblega sus convicciones pacifistas. “Los militares solo nos traen problemas: mis hijos ya no pueden venirme a visitar porque no les dejan pasar por la carretera”, dice señalando con el mentón la vía que une el villorrio con Camp Carroll, una ruta de montaña enmarcada por una sucesión de carteles con consignas como “No al THAAD”, “Basta de militarización norteamericana en Corea” o “Terminen su guerra y lárguense de aquí”.

A los residentes se han sumado grupos religiosos, desde budistas a católicos y protestantes. Uno de los monjes de la corriente budista Won explica la singular importancia que para ellos adquiere la protesta: el camino a la base, hoy cortado por una nutrida presencia policial, impide una peregrinación mensual al lugar donde solía rezar el maestro Jeongsan, considerado su máxima autoridad religiosa. “Este valle es sagrado”, explica Kim Sun-myung. “Nuestra religión nos insta a proteger la paz y los derechos humanos, por lo que es nuestro deber estar aquí”. En el camino que lleva a la entrada a la base, una pizarra frente una precaria tienda marca el número de días que dura la protesta permanente de budismo Won a pocos metros de la base: 474 días.

Ilustración de Pitx

La mayoría en esta comunidad agrícola se muestra contraria al despliegue y a favor de una eventual reunificación con Corea del Norte que consagre el proceso de paz, si bien “gradual”, como apuntan todos, recordando las diferencias que separan a ambas Coreas. “Se suponía que, por motivos de seguridad, el paraguas antimisiles no podía desplegarse si había población residente en un radio de 3,5 kilómetros. Así fueron descartadas diez localizaciones: nuestro pueblo era el que menos habitantes tenía y por eso lo eligieron, pese a que nos separan solo 1,5 kilómetros de la base. Debe de ser que las autoridades nos consideran animales, y no personas”, denuncia el responsable municipal, Lee Suk-ju, de 65 años. “Pero no nos oponemos por eso: el THAAD está destinado a matar, no a proteger”, añade.

“El THAAD solo asegura los intereses estratégicos de Estados Unidos“, continúa Kim Young-Jae, miembro de la Coalición Por la Cancelación del Despliegue del THAAD, quien abandonó su vida en Seúl a principios de 2017 para sumarse a las protestas de forma permanente. “En realidad nos pone en peligro, porque nos convierte en objetivo e irrita a países vecinos. Está diseñado para proteger los intereses norteamericanos, no a Corea del Sur”.

Los pacifistas corean las canciones acuñadas por los estudiantes en sus protestas de las décadas de 1980 y 1990 contra la dictadura, que simbolizan democracia y libertad, consignas contra el THAAD y contra el Gobierno de Moon, una figura que suscita pasiones de diferente tipo. “Moon se sirvió del THAAD como instrumento político para ganar votos, y ahora que está en el poder, ha aumentado el despliegue. Nos sentimos estafados, porque eso hace más difícil una cancelación del despliegue”, prosigue mientras come con el resto de los activistas en la casa comunitaria, donde la red wifi se llama onlypeace173 y la contraseña es No_thaad. A su alrededor, comida y suministros enviados “desde todas partes del país” por simpatizantes. Los manifestantes van mucho más allá: todos coinciden en la necesidad de la retirada de las tropas norteamericanas de Corea del Sur tras 60 años de presencia ininterrumpida: hoy son 28.500 los uniformados desplegados en todo el país. “Corea puede defenderse a sí misma, no necesitamos a los americanos. Además, ¿por qué deberíamos confiar en Estados Unidos? La historia nos enseña que solo interviene en su propio beneficio”.

La estrategia norcoreana

Es posible que el THAAD también convenga a Pyongyang, según el responsable del Instituto Sejong. “Kim Jong-un ha tomado una decisión crucial”, explica Haksoon Paik, “pero no improvisada. Los norcoreanos saben que Corea es parte de un juego internacional, algo mucho más grande que ellos. Yo lo llamo la estrategia de supervivencia norcoreana para el siglo XXI”.

Según el analista, el giro pacifista responde a una estrategia de décadas atrás. “En diciembre de 1991, cuando la Unión Soviética se desmoronó, el régimen convocó una reunión del Politburó del Comité Central del Partido para estudiar su reacción y sus estrategias de futuro, una aproximación pragmática a la nueva situación tras el final de la Guerra Fría. Esencialmente, se tomó la decisión de atraer a Estados Unidos al cálculo estratégico norcoreano como contrapeso a China, para evitar que Pekín fuera una fuerza dominante. También se decidió mejorar la relación con Washington para poner fin a la guerra coreana, firmar un acuerdo de paz y normalizar las relaciones para garantizar una coexistencia pacífica. Pero había que dar algo a cambio a Estados Unidos: podría deponer su ambición nuclear y al mismo tiempo admitir la presencia de fuerzas norteamericanas en Corea para resultar creíble. Y eso es lo que está haciendo”.

Pyongyang lo intentó cuatro veces en el pasado, en 1994, 2000, 2005 y 2013, pero la diferencia es que ahora “Corea del Sur y Estados Unidos han respondido de forma positiva y activa. Los resultados han sido dos rondas de encuentros, la Declaración de Panmunjom y la cumbre con Estados Unidos en Singapur. Se trata de un momento infrecuente y sin precedentes, repleto de estrategias diferentes con los países implicados, en los que estos reconstruyen sus posiciones estratégicas sobre la península de Corea, Asia y el mundo. Es un camino lleno de baches pero supone una nueva esperanza para una península coreana libre de armas nucleares, pacífica y próspera, de la que todos los países involucrados, incluido Estados Unidos, se beneficiarán enormemente”, asegura Paik.

La estrategia pasaría, según el experto, por tolerar la presencia de tropas en Corea del Sur —sin maniobras— y el despliegue del THAAD con el objetivo de mantener cierta presencia enemiga que impida que China termine dirigiendo Pyongyang. O, lo que es lo mismo, sustituir con Washington la ausencia de Moscú como padrino internacional capaz de garantizar la supervivencia del régimen. Y, mientras, beneficiarse de los acuerdos bilaterales con el sur y promover un desarrollo económico que permita pasar a Kim a la historia por “su propia era gloriosa”, como señala Paik. “Los norcoreanos lo ven como promesa de cambio”, asevera.

“No sé si debemos creer a Pyongyang, pero el momento político es perfecto”

Muchos surcoreanos no terminan de creer la buena voluntad del régimen, pero prefieren confiar. “No sé si debemos creer a Pyongyang, pero el momento político es perfecto. La economía les va mal y les conviene llevarse bien con los vecinos. Ya no son una amenaza para nosotros, porque no quieren una guerra, quieren inversiones”, apunta Lee Yeon-go, de 69 años, uno de los asistentes a la protesta anti-THAAD. “Eso es lo único que me da miedo: son avariciosos. Seguro que piden más. Pero igualmente nos conviene ayudarles y vivir en paz”, apunta la nonagenaria Gyong-suk, a su lado.

La sensación es ambigua: los manifestantes desconfían (como hacen los asistentes al Festival DMZ Tren de la Paz) del proceso abierto en la península, pero les satisface el hecho de que se haya iniciado. Cecilia está entusiasmada con la respuesta del público: dos tercios de los 5.000 asistentes registrados se embarcaron a bordo del Tren de la Paz, que llevó a los artistas desde Seúl hasta la frontera. Aún más entusiasmada está por la respuesta del Gobierno local de Gangwon, que subvenciona el 100% del festival, y tiene la esperanza de que este Woodstock se consagre como una cita anual a la que se sumen en el futuro músicos norcoreanos.

“Sería espectacular que el próximo año participaran músicos norcoreanos, aunque aún sería mejor poder verlos en Pyongyang, ¿os imagináis?”. Las amigas de Chris se echan a reír asintiendo. Admiten haber venido “por la fiesta, por la música, por el alcohol y porque es gratis”, pero las seis compañeras de la organización Korea Women’s Hotline mencionan las palabras paz y feminismo. “Mira las bandas que tocan: ni una sola banda femenina”, se queja Marie, sentada sobre una esterilla mientras sirve cerveza. “No nos terminamos de creer la paz porque todo está yendo demasiado deprisa, pero la península de Corea se merece vivir sin miedo”, concluye Chris.

“Ojalá esta vez vaya en serio”.

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