Jordi Pizarro

La isla que se extingue

El cambio climático explicado desde la mayor zona tropical de islas bajas del mundo

Igor G. Barbero

Asia de cerca
22 de Septiembre de 2015

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Hace mucho tiempo había tigres de Bengala en esta isla de la India. Cuentan que uno mató al caballo de un colono británico y el hallazgo del cuerpo sin vida del animal sirvió para dar nombre al lugar. En Ghoramara (caballo muerto), hoy no quedan tigres. Los felinos rayados están desapareciendo en los Sundarbans, el mayor manglar del planeta. Y esta isla, que forma parte de un particular ecosistema tropical en deconstrucción, es cada vez más pequeña. En apenas cuatro décadas, Ghoramara ha perdido más de la mitad de su territorio.

La erosión y la subida del nivel del mar por el calentamiento global tienen parte de culpa. Los cambios en el curso del río hechos por el hombre y el tráfico de embarcaciones de gran tonelaje también. Mientras los expertos buscan más explicaciones científicas, los 5.000 habitantes de la isla, en las fauces del delta del Ganges, se afanan en proteger lo que les queda y se preparan para lo peor. Es una lucha contrarreloj, rudimentaria, improvisada, con más corazón que cabeza por salvar su modo de vida en uno de los ecosistemas más vulnerables a los efectos del cambio climático. Una lucha de la que posiblemente no se hablará en la cumbre de naciones de diciembre en París.

Una familia trabaja en un dique para proteger su plantación de arroz, la única forma de subsistencia que tienen. Bengala Occidental (India), julio de 2014.Jordi Pizarro

Un pequeño rombo

Protab Das ha perdido dos veces su casa. Las aldeas en las que se ubicaba ya no existen en Ghoramara. Ahora están en algún lugar bajo las aguas del río Hooghly, que besa Calcuta 150 kilómetros atrás y se mezcla, antes de morir, con el Océano Índico en el gigantesco delta del Ganges. Protab tiene 45 años y es un humilde pescador, el mismo oficio de su padre y su abuelo. Su familia siempre ha vivido allí y no se plantea marcharse a otro lugar, pero probablemente no le quede alternativa. La isla se desplaza cada año un poco más hacia tierra firme y por el camino también desaparece gradualmente. Los datos no engañan: es una lenta agonía.

"La gente que tiene dinero ha comprado terrenos en otros lugares para marchar en caso de que sea necesario. Pero los que somos pobres no sabemos qué sucederá con nosotros. Dependemos de Dios", dice Protab.

Jiton Chandra también sabe lo que es perder el hogar. Un día el agua engulló su casa de cemento. La familia recogió sus pocas pertenencias y se marchó a otro punto en el interior de la isla, donde terminó edificando una nueva vivienda. "Cuando era niño teníamos suficientes tierras de cultivo, arroz. No nos faltaba de nada", explica consternado. Ahora sus vidas y sus emociones suben y bajan como la marea, que en noches de luna llena y especialmente en la estación lluviosa del monzón causa estragos.

 

 

El agua del río es marrón y dulce; la del mar refleja añil y es salada. La batalla parece ganarla la primera en ese laberinto de estuarios, islas y canales que es el Delta del Ganges, pasto de frecuentes y devastadores ciclones. Pero el peligro real para el ecosistema viene de la segunda, por los efectos de la salinización en tierras fértiles. Ghoramara se encuentra a las puertas de la sección de los Sundarbans considerada reserva natural y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, una región de unos 10.000 kilómetros cuadrados que se reparten la India y Bangladesh. Ghoramara es diminuta. Antes tenía la forma de un trapecio, pero las limaduras de las últimas cuatro décadas la han convertido en un rombo casi perfecto con poco más de dos kilómetros de punta a punta. Sus arterias son hileras de ladrillos rojos que hacen de adoquines y confluyen en una plazoleta donde los mercaderes venden verduras, algo de carne, pescado del día y los hombres de los pueblos toman cha (té) cuando cae el sol mientras comentan los últimos avances en la construcción de diques y muros de contención. Allí también está la casa del alcalde, hay sastrerías, tiendas de herramientas; un comercio de sandalias, aunque muchos van descalzos, y las mujeres y niñas cargan cubos para sacar agua de un pozo cercano. La gente camina —todo lo que la isla les deja— y algunos se desplazan en bicicletas. Los rickshaw (triciclos con carreta) se cuentan con los dedos de las manos y se utilizan como medio de transporte colectivo. La electricidad de algunas casas la generan placas solares. El 90% de los habitantes son hindúes y el resto, musulmanes.

Sin rocas ni arena

En Ghoramara es difícil toparse con rocas y piedras. La arena prácticamente no existe. Su contorno es de limo. Un barro constante, maleable y movedizo que cuando baja la marea puede llegar a cubrir fácilmente medio cuerpo en algunas zonas. Hay que tener habilidades de contorsionista para no resbalar. En una explanada entre pequeños estanques y a pocos metros de distancia de la costa, una insólita excavadora arranca tierra del suelo y la deposita en montículos. Una veintena de personas introducen la tierra en sacos, cargan con ellos en sus cabezas y caminan hacia una suerte de camino o puente, en cuya base otros trabajadores clavan cañas de bambú. Los sacos de tierra son colocados entre las cañas de bambú para proteger la vía.

El agua amenaza la isla india de Ghoramara. Habitantes construyen un dique para proteger los cultivos. Julio de 2014.Jordi Pizarro

En otra punta de la isla tampoco hay tiempo que perder. Una persona mide con un palo la longitud de un hilo que marca el emplazamiento del dique que comenzarán a construir. Dos hombres se lanzan al agua: les llega ya casi hasta el pecho. Sujetan cañas de bambú mientras otros golpean con un enorme mazo de madera. La marea está subiendo. Se forman islotes con palmeras, algunos animales quedan incomunicados. La erosión ha dejado al descubierto las raíces de árboles y plantas. Esa parte de la isla corre riesgo de perderse. El viejo dique es apenas una delgada línea de barro.

"Se hizo hace solo tres meses y ya está en mal estado", dice Aurobindo, uno de los maestros de la escuela. A unos 300 metros del lugar ya no hay obreros, pero la amenaza continúa. El agua se filtra por un muro de contención. Está a punto de llegar a los cultivos. Dos lugareños ponen tierra con sus manos para taponar el agujero. Dos manos contra la fuerza del río y el mar. De poco sirve.

Emigrar, la única salida

Aurobindo cultiva también hoja de betel y tiene dos pequeñas piscifactorías. De momento consigue salir adelante, pero entiende que mucha gente se canse de luchar y abandone Ghoramara. "Las perspectivas son muy malas, cada año peor. Estamos dedicando mucho esfuerzo a la construcción de diques. El gobierno ayuda, aunque menos de lo que debería. La gente se queda sin trabajo". Cientos de familias se han marchado ya. Son los más jóvenes quienes titubean menos con el adiós. Buscan mejor suerte en Calcuta y otros lugares de la India. Encuentran trabajos en la construcción o como mineros. De lo que pueden, porque su formación académica no les abre muchas puertas.

Solo hay un barco que une la isla de Ghoramara con el resto del mundo. Hace dos viajes al día. Julio de 2014.Jordi Pizarro

"Emigrar está en boca de todos, pero no es fácil. ¿Adónde vamos a ir? En islas cercanas más grandes como Sagar tampoco hay mucho más sitio. He vivido aquí durante generaciones. Mis hijos nacieron en este lugar", dice Bisona, otro agricultor, mientras sorbe un té con leche con mucho azúcar en la plaza del pueblo. Allí se olvida del ruido de las olas, el agua queda a más de un kilómetro.

Deepak Mana, que trabaja para la ONG cristiana Concern and Passion, ha visitado treinta del centenar de islas que conforman los Sundarbans indios, la mitad de ellas habitadas. "La situación es difícil en toda la zona, pero llevo viniendo cinco años a Ghoramara y aquí es especialmente delicada. Cada quince días hay problemas", afirma. En la isla, además, la comunicación no es buena, no hay centros médicos y si alguien tiene problemas de salud serios tiene que desplazarse hasta Calcuta, algo que puede llevar al menos cinco horas contando los trayectos en barco y tren.

Hay quien se ha marchado a Mousuni, una isla más meridional y de mayor tamaño, con unos 25.000 habitantes. Pero las cosas no están mucho mejor en el sur del archipiélago. Los trabajos de contención contra la erosión parecen mucho más sofisticados. Se emplea más maquinaria, hay más personal. Unas 400 personas trabajan regularmente en la construcción de cientos y cientos de metros de diques en la zona más vulnerable. Cuando hay marea baja, parece el fin del mundo. El barro gris movedizo está completamente agujereado por pequeños cangrejos. Norin Mohanbanbari, que vive junto a la costa, es pesimista. "El dinero dedicado a hacer diques es un malgasto. El trabajo empieza en la época de lluvias. Algunas personas vienen a trabajar, completan la mitad de su trabajo y luego se marchan. Queremos algo duradero. Nos quitan la tierra y nos dan dinero a cambio. Lo permitimos porque queremos salvar la isla, pero no lo hacen a tiempo ni con la altura suficiente", critica. También el anciano Abdul Mutalib se teme lo peor. Antes vivía en la isla de Lohachara, que desapareció hace años, y ahora está preparado para recoger sus bártulos en cualquier momento. Recuerda el sufrimiento. Todo lo que perdió: "Cuando pienso en Lohachara no me siento bien. Tenía suficiente comida, pescado en mi estanque, ganado, trigo en el triguero. No era pobre, otras personas trabajaban en mi campo. Pero ahora tengo un hijo sin trabajo y yo vivo de contrato en contrato".

La explicación científica

Sobre el papel, el mayor desafío para Ghoramara procede del noroeste. Por allí se erosiona. Por el sureste se desplaza a un ritmo de 15 metros al año hacia el continente, ahora situado a tan solo unos pocos centenares de metros. Según un estudio realizado a principios de la década pasada por los investigadores indios Sugata Hazra, Tuhin Gosh y Gupinath Bhandari, isla y continente acabarán fusionándose. Piensan que la degradación de Ghoramara podría haber comenzado a finales del siglo XVIII, cuando se iniciaron trabajos de reclamación de territorio. Hazra, director de la Escuela de Estudios Oceanográficos de la Universidad de Jadavpur, cerca de Calcuta, escribió en una investigación más reciente que el nivel del agua del mar podría aumentar a unos 3,5 milímetros por año en los Sundarbans y hacer desaparecer un 15% de su superficie. Y un estudio de la Organización de Investigación Espacial de la India (ISRO) presentado este año y que analiza imágenes tomadas con dos satélites en la última década (2003-2014) secunda estas afirmaciones. Es un hecho, dice la ISRO, que el manglar sufre variaciones que incluyen notables pérdidas de territorio: "Es un territorio muy dinámico con muchos procesos: se dan simultáneamente inundaciones por mareas, aumento del nivel del mar, hundimiento de tierra, erosión y sedimentación". La actividad humana añade “presión adicional". Las fotos de los satélites muestran claramente los cambios en el archipiélago. En el caso de Ghoramara, la pérdida de masa en la última década ha sido de 51,4 hectáreas y la acreción de 26,28 hectáreas. Entre tanto, islas como Lohachara, que estaba junto a Ghoramara, han desaparecido.

Pero mientras unas islas desaparecen, otras emergen y ganan superficie. Nayachar, literalmente "nuevo islote de río", ha experimentado un gran crecimiento. Muchos expertos buscan la justificación en la acción del hombre. Frente al puerto de Haldia, el más importante de abastecimiento a Calcuta, las autoridades levantaron una pared protectora con piedras para bifurcar el curso del río Hooghly, pero acabaron consiguiendo una acumulación de arena junto al mismo. La terminal marítima, cuya población aledaña alberga fábricas químicas y de refinación de petróleo, lleva años en crisis, en parte por su falta de profundidad. Los investigadores Hazra, Gosh y Bandhari opinan que el sistema de las islas era estable cuando el influjo de agua dulce era alto, pero el cambio de curso lo redujo drásticamente y originó un desequilibrio en el ecosistema. Los lugareños también lo ven claro aunque no entiendan estas explicaciones científicas: "El puerto no funciona. Los grandes barcos tienen que pasar junto a nuestra isla, de manera que fuertes olas nos golpean. Si no hubiéramos construido diques la isla sería aún más pequeña", denuncia un habitante de Ghoramara.

Desconocimiento

¿Qué parte de culpa tienen el hombre y la naturaleza? "El impacto del cambio climático es real", responde sin dudar Ajanta Dey, secretaria adjunta de la organización Nature Environment and Wildlife Society, que lleva quince años trabajando en el apartado de la conservación ecológica del manglar de los Sundarbans. "En este momento estamos experimentando lluvias especialmente intensas. Siempre ha llovido, aunque no de la manera en que lo hace ahora", subraya. Pero matiza: "Es muy difícil decir con seguridad qué está sucediendo y si todo responde al cambio climático. Si la subida del nivel del mar fuera la única causa de la desaparición de territorio, otras islas también se verían afectadas. Creo que el delta todavía se está formando y la erosión es enorme. Es posible que parte del problema de erosión en Ghoramara se deba a que está en la ruta principal hacia Calcuta". El equipo de Dey investiga desde hace cuatro años cuáles son los efectos de la salinización en el manglar, aunque aún no dispone de datos concluyentes. "Es un problema —asegura—. Muchos cultivos se están viendo afectados. Antes los Sundarbans abastecían a Calcuta de sandías y eso ya no es así".

Así es la vida en esta zona tropical del Sur de Asia. Lugareños tienen que comprar bienes y alimentos lejos de su isla. Julio de 2014.Jordi Pizarro

Dey no se olvida tampoco de los efectos del deshielo del Himalaya, que abastece a muchos de los ríos que mueren en el Índico, y recuerda que de vez en cuando la región es golpeada por fuertes ciclones, que contribuyen a cambiar aún más el panorama. Los últimos más significativos sufridos en la Bahía de Bengala fueron Aila y Sidr, en 2009 y 2007, que causaron cerca de 300 muertos y más de 3.000, respectivamente. Afectaron sobre todo al vecino Bangladesh, donde los agricultores perdieron sus cosechas, mucha gente se quedó sin hogar y una sección importante del manglar resultó devastado. Según la ecologista, aunque la vulnerabilidad del lugar es palmaria, las autoridades no evalúan adecuadamente las necesidades de la gente y los planes de desarrollo no se adaptan a las peculiaridades del entorno. Sin ir más lejos, una investigación reciente, a partir de cámaras ubicadas en árboles, ha situado el número de tigres de Bengala en los Sundarbans en apenas 170, un centenar de ellos en Bangladesh y el resto en la India. Hace diez años, las autoridades de Bangladesh creían que solo en su parte del manglar contaban con casi medio millar de felinos rayados, su animal nacional. La creación de nuevas rutas de navegación, la explotación de zonas de la región para fines industriales y los cazadores furtivos son las principales amenazas.

"El mundo piensa en el desarrollo, pero se tiene que pensar qué tipo de desarrollo es sostenible y posible aquí. No hay una estrategia. 1.700 hectáreas de manglar están bajo amenaza. No creo que los Sundarbans se pierdan, pero se perderá a la gente", argumenta Dey. Pese a todo, la densidad demográfica en este lugar crece a mayor ritmo que en otros lugares de la India.

Sin tiempo que perder

¿Hacia dónde evoluciona el gigantesco delta del Ganges? Para los que lo conocen el futuro está plagado de tantos interrogantes como desafíos y no hay tiempo que perder. Ghoramara es solo un ejemplo. En Bangladesh, una gran parte del territorio se encuentra en sus 700 ríos y afluentes, que ayudados por las inundaciones en la época monzónica pueden llegar a cubrir vastas áreas cada año. Allí hay muchas Ghoramaras, islotes (chars) que aparecen y desaparecen repentinamente. Sin agua corriente ni electricidad. Cientos de miles de personas viven en ellos porque no tienen otra alternativa. El limo es fértil y permite cultivar. El río les da pescado. Para la responsable de proyectos sobre cambio climático en Bangladesh de la organización de desarrollo alemana GIZ, Purnima Chattopadhayay-Dutt, las alteraciones que sufre el clima tienen una repercusión no solo sobre la población local, sino de una u otra manera en el conjunto del país. Como sucede en los Sundarbans indios, la emigración es uno de los efectos más palpables. "Hay gente que migra de una zona rural a otra, otros a zonas urbanas y también fuera del país", explica.

Un lugareño en su bote en Char Parbatipur, una isla temporal del río Brahmaputra, en el norte de Bangladesh. Mayo de 2015. Igor G. Barbero

En este proceso migratorio, los hombres tienden a marcharse y quienes se quedan atrás suelen ser mayoritariamente las mujeres. "De tener seis estaciones, Bangladesh ha pasado a tener solo tres. Si vas fuera, la gente dice que no sabe cuál será el efecto del cambio climático, pero los campesinos aquí ya lo tienen encima. No lo cuestionan, porque lo padecen. Observan cambios imprevisibles en el patrón de las lluvias, hay tormentas ciclónicas... ", constata Purnima.

No solo la población de los Sundarbans se ve afectada: están en riesgo unos 30 millones de bangladesíes que habitan en las provincias del sur. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, siglas en inglés) de la ONU ha llegado a decir incluso que un cuarto de la superficie de Bangladesh podría desaparecer bajo las olas antes de 2050 y otros organismos son aún más pesimistas. "A largo plazo afectará mucho. Las intrusiones salinas suponen un desafío enorme para la agricultura, el suministro de agua dulce, la construcción... Aumenta también el riesgo de enfermedades transmitidas por el agua como la malaria y el dengue, algo que debería haber estado controlado en 2015 pero que regresa con el calentamiento global. La gente que vive en zonas vulnerables está tomando mucha agua con sal, lo que provoca mayor hipertensión y la propagación de enfermedades contagiosas", asegura Akramul Islam, experto de la ONG bangladesí BRAC.

Medidas y soluciones

No hay una fórmula única para sortear el cambio climático. Decenas de organizaciones no gubernamentales locales y extranjeras ayudan a las autoridades bangladesíes a ello. Se preparan refugios, se plantan árboles, se imparten cursos de concienciación y de formación de personas en primeros auxilios. Las escuelas introducen asignaturas en el currículo educativo, los campesinos diversifican sus cultivos más allá del arroz. Esta zona del mundo es, en ese sentido, un gran laboratorio. Se aprende con cada paso en firme y con cada tropiezo. "No se puede ver el impacto directo de muchas cosas inmediatamente. A lo mejor se verá en treinta años, pero hay que ir haciendo", subraya Islam. Quiere creer que Bangladesh está avanzando en aspectos como la prevención de grandes desastres naturales. La rápida evacuación de cientos de miles de personas a finales de julio ante la llegada del ciclón Komen puede considerarse una prueba de ello. El ciclón finalmente se disipó al entrar por la costa sin causar graves daños, pero la gente se había puesto a resguardo con suficiente antelación.

Mientras la bahía de Bengala y los Sundarbans continúan con su lucha diaria, a finales de año París acogerá la XXI Conferencia Internacional sobre Cambio Climático. Dos semanas de reuniones para intentar llegar a un acuerdo vinculante a escala global tras veinte años de negociaciones impulsadas por la ONU. Las necesidades son de primera magnitud; el optimismo, escaso. Y es probable que nadie hable de Ghoramara en París.

 

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