Elena del Estal

Las esclavas sexuales de Nepal

Las aldeas del país del Himalaya se vacían de mujeres y niñas

Igor G. Barbero

Asia de cerca
26 de Junio de 2016

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A los ocho años, Rashmi, cuyo nombre es un pseudónimo, dejó el hogar materno y en el camino de una hora de autobús entre su pueblo y Katmandú comenzó a despedirse de su infancia. Unos conocidos de su aldea la habían convencido de que podría ganar dinero para su familia en la capital nepalí. Cayó en las zarpas de traficantes y acabó en casa de una familia de cinco miembros. Trabajó para ellos. Limpió, lavó la ropa, cocinó y cuidó de los niños del matrimonio.

—No eran buena gente. Cuando cometía un error me golpeaban con palos en las manos y en la espalda. Fue muy duro. Nunca tenía tiempo libre. Prometieron pagarme, pero nunca lo hicieron. Comida sí me daban: las sobras. Cada siete u ocho meses me dejaban algo de ropa.

Rashmi esperó mucho tiempo hasta reunir coraje para decir basta.

—Decían que me llevarían a la escuela y después era mentira. Los chicos que me convencieron para venir a trabajar tampoco me trataban bien. Se pasaban a veces por casa y la familia les daba dinero. Nunca vi cuánto. Tardé cuatro años en decir que me quería ir. Un día mi madre vino y me llevó de vuelta a casa.

Todavía aguardaba una pesadilla peor. Regresó a su pueblo, a un hogar sin padre y en el que su madre tuvo hijos desde la adolescencia, pero no tardó en partir de nuevo. Escuchó otra vez cantos de sirena sobre una vida mejor. Su destino fue un burdel del distrito de Lalitpur, pegado a Katmandú. La joven, hoy con catorce años, habla con eufemismos sobre una experiencia inabarcable. Su tutora pide no profundizar en la herida. Rashmi se vio obligada a prostituirse por las noches, "hasta con quince hombres" en una sola jornada. Una esclavitud sexual que duró medio año. Hasta que fue rescatada en una redada policial a finales de 2015.  

Las víctimas de la trata

Con 14 años, a la chica anónima de la imagen le prometieron un trabajo de camarera y acabó en un 'dance bar'. Ahora ha vuelto a vivir con su hermana y a estudiar. En la imagen, viaja en un autobús urbano de Katmandú. Elena del Estal

¿Qué está pasando en Nepal? La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estimó en un estudio de 2012 que el 40% de los 7,7 millones de menores nepalíes trabajan. Ser víctima de trata también es habitual. Entre 2009 y 2014 se denunció la desaparición de una media anual de 5.000 personas, según datos policiales. El 39% eran menores y el 79%, de sexo femenino. No se sabe a ciencia cierta, pero se intuye que muchos de esos casos son de tráfico, como el de Rashmi, uno de los rostros de una problema que afecta a Nepal desde hace décadas sin que nadie acierte a situar el origen histórico. Esta migraña nacional ocupa a una treintena de oenegés que destinan cerca de cuatro millones de euros anuales para combatirla. El número de menores víctimas de trata anualmente oscila entre 7.500 y 15.000, según diferentes organizaciones.

Muchas de esas víctimas terminan en la India, con la que Nepal comparte en el sur una frontera abierta de unos 1.800 kilómetros que permite un libre movimiento de personas beneficioso en muchos aspectos pero que deviene también una carta blanca para los traficantes.

Lo sabe perfectamente Bal Kumari, presidenta de Shakti Samuha, una de las entidades más respetadas en Nepal en la lucha contra la trata. Tachada por sus detractores como "la ONG de las prostitutas", todas sus fundadoras y dirigentes son supervivientes.

—Tenía once años cuando fui víctima de trata en 1997. Acababa de perder a mis padres. El gerente de un circo vino a mi aldea con un traficante, contactaron con los líderes de la comunidad y nos engañaron para que nos uniéramos.

Kumari tuerce a veces la mirada. Pese a ser muy joven, las cicatrices de la vida le hacen aparentar mucha más edad. Recuerda que cruzó la frontera aturdida por alguna sustancia. Después, una vez en la India, ya nada volvió a ser lo mismo durante los siguientes ocho años que pasó en el circo, donde un cuarto de los cuarenta menores que allí trabajaban eran nepalíes.

Bal Kumari, presidenta de Shakti Samuha.Elena del Estal

—Cada dos meses estábamos en un lugar distinto. Viajamos a Bombay, a Calcuta y a muchísimas ciudades más. Yo hacía números de circo. Era un trabajo muy duro, pues no teníamos descanso. Apenas nos daban de comer y beber —recuerda Kumari—. El dueño tenía relaciones sexuales con las niñas siempre que quería.

Regresar fue toda una odisea. En las dos primeras redadas policiales, ella no fue rescatada. A la tercera fue la vencida. Nepal, al principio, no la quería repatriar, al igual que a otras supervivientes, temiendo que propagara el sida por el país.

El primer destino, dentro de las fronteras

Pero no hay que ir muy lejos para encontrar el primer eslabón del problema. El tráfico interno, como en el caso de Rashmi, es el punto de partida y cada vez más un campo de entrenamiento para luego dar el salto al extranjero. La gran mayoría de las niñas y mujeres que caen en manos de traficantes en las zonas rurales, sobre todo en los extremos oriental y occidental y el propio valle de Katmandú, tienen su primera parada en la capital nepalí o alrededores. La salida de la aldea las lleva a lugares como Thamel, céntrico barrio mochilero de Katmandú, o Sundhara, junto a la histórica torre Dharahara del siglo XIX que se derrumbó durante el terremoto de 2015 y causó la muerte de unas 150 personas.

Dhamal, situado en el barrio de Sundhara, en Katmandú, es uno de los 'dance bar' en los que, según la ONG Biswas Nepal, trabajan menores que fueron supuestamente víctimas de trata.Elena del Estal

Cae la noche en Sundhara y algunos letreros brillan entre las muchas calles sin asfaltar. El polvo de la ciudad se adhiere como pegamento en retinas y fosas nasales. En la zona hay varios locales nocturnos donde trabajan menores, supuestamente víctimas de trata, según información de activistas. Algún agente policial merodea por el lugar, pero el tiempo transcurre sin que se detenga el movimiento. Por un callejón se llega a uno de los locales señalados, al que se accede a través de un hotel de mala muerte.

—¿Podría reservar una habitación para esta noche? —pregunta el periodista.

—Estamos al completo.

—¿Y dentro de una semana?

—Dentro de una semana... Umh, no sé si será posible. Tendrás que preguntar nuevamente dentro de una semana.

Preguntar será un ejercicio en balde. En esos lugares nunca hay habitaciones libres. En la primera planta del edificio, una puerta desgastada lleva al dance bar. La barra está en la entrada. Al fondo hay un escenario por el que van pasando chicas y el resto del espacio es una ele con mesas con una decena de jóvenes postradas en ellas. Es un ambiente sórdido, de luces fluorescentes, música estridente de Bollywood, envuelto por humo de cigarrillos. Enseguida se pegan tres chicas. Traen una carta en la que un chupito de zumo cuesta más que una cerveza de más de medio litro y lo más caro del menú son platitos con cuatro trozos de pollo que valen unos doce euros al cambio. En los locales de alterne nepalíes, los zumos y los chicken wings son los que hacen la caja. Las chicas de compañía pedirán constantemente a los clientes que les inviten a esas dos cosas.

Esta vez lo hace Babitra, una chica con traje ceñido, pelo anaranjado y varias capas de maquillaje que han blanqueado su piel. Apenas habla inglés. En un hindi aceptable, dice tener veinte años y llevar en locales capitalinos desde los dieciocho, edad a la que muchas aseguran empezar a trabajar. Babitra dice que es de una aldea cercana al popular destino turístico de Pokhara, "en la que no había nada que hacer", especialmente después de que abandonara la escuela en quinto de primaria, con unos diez años.

Uno de los numerosos 'dance bar' que hay en el barrio de Sundhara, en Katmandú.Elena del Estal

—Somos actualmente once chicas. Pero van y vienen constantemente. No te puedo decir sus edades ni de dónde son. El propietario no nos permite tener tanta relación entre nosotras.

Babitra intenta intimar, prueba el acercamiento físico. Promete una noche sin pausa en una habitación del hotel en el que hace media hora no había nada libre. Pone un alto precio a sus servicios. En medio de la conversación, acaba pintando la trayectoria recorrida tras dejar la escuela. Siendo una cría, se marchó a trabajar a casa de una familia a Arabia Saudí. Después de un lustro acabó regresando a su aldea, aunque allí duró poco, igual que Rashmi. Asegura que no se vio forzada a tener relaciones sexuales, pero sí recibió constantes palizas. Tras la revelación, sube a la tarima y baila. Como si nada. Un intento de fotografiar el momento es aplacado por una capataz con cara de pocos amigos.

“La industria del entretenimiento”

Estos lugares de alterne son controlados por pequeños propietarios que tienen entre tres y cinco establecimientos: desde restaurantes con cabinas privadas a centros de masaje, pasando por dance bars y sucedáneos. La mayoría de chicas que aterrizan en ellos tardan en asimilar la situación. Viven en estado de negación. "Casi todas acuden a Katmandú por voluntad propia. Los agentes les prometen una buena oportunidad. Creen que será un buen trabajo, quizás sirviendo momos (empanadas) en un restaurante, y luego se dan cuenta de lo que hay. Cuando quieren dejarlo, los propietarios las amenazan. Dicen que se lo contarán a sus padres y entonces serán ignoradas por su familia", explica la activista Bhawona Ayer.

Una de las trabajadoras del local Pratibha habla por teléfono mientras espera la llegada de algún cliente.Elena del Estal

La ONG a la que pertenece, Biswas Nepal, asiste a medio millar de adolescentes de lo que allí se conoce como la "industria del entretenimiento". En la capital nepalí tienen cerca de noventa locales identificados por vulnerar repetidamente la ley pero que siguen abiertos. No lo tienen fácil para contactar con las chicas.

—Los dueños nos ven como una intromisión. Creen que queremos cerrar su fuente de ingresos. Las chicas cobran entre 2.500 y 3.500 rupias al mes (entre 21 y 29 euros) por trabajar allí. Al principio nos mienten. Nos dicen que ganan hasta 70.000. Al cabo de un rato de charla acaba saliendo la verdad.

La activista asegura que hasta el 70% de las chicas acaba incurriendo en actividades sexuales para "sobrevivir". Lo que el cliente paga por ello "depende de la belleza de la chica y de sus servicios" y puede oscilar entre cinco y cincuenta euros al cambio. Los antros operan con consentimiento de "bajos rangos" de la Policía, mientras que los altos mandos se muestran más dispuestos a combatirlos. Pero no es imprescindible ir a los locales. Enseguida surge gente en las noches de Katmandú capaz de conseguir lo que uno busque mientras ponga un precio. "Existe un entendimiento con ciertos taxistas y un nexo entre dance bars y hoteles. Hay agentes que se mueven por la ciudad atrayendo a los clientes a hoteles a los que llevan a las chicas del gusto requerido", sostiene Ayer.

Cómo funciona el negocio de la trata

Ni siquiera circunstancias dramáticas como el terremoto de abril de 2015 pueden detener la lacra del tráfico de personas en Nepal. Al contrario, la engrasan: en los tres meses posteriores al sismo, 1.233 mujeres y niños desaparecieron, según la Policía.

"Sonaron las alarmas cuando un autobús procedente de Sindhupalchok fue interceptado con muchos menores sin tutores", recuerda Sophia L.Pande, de la ONG Childreach. En los meses que siguieron al terremoto, la Policía recopiló mucha información sobre la llegada de gente sospechosa a las aldeas. En el último año, ese cuerpo ha interceptado a 1.800 sospechosos de ser traficantes o víctimas de trata en los veinte puestos fronterizos y diez puntos estratégicos que dispuso. Pero ahora la acción policial ha perdido intensidad. "Es como el juego del gato y el ratón. Los traficantes cambian sus rutas", admite el superintendente segundo de la Unidad de Mujeres y Niños de la Policía en Katmandú, Basudev Pathak.

Los traficantes son también en parte el resultado de un contexto difícil. Según estudios, son pobres, analfabetos, tienen una media de 25 años y en el 90% de los casos captan a sus víctimas con falsas promesas. "No son gente poderosa", dice una superviviente bajo anonimato.

Para Pathak, no existe una estructura piramidal sino una red con pequeños eslabones en la que pueden participar hasta diez personas si las chicas son enviadas al extranjero. Según la fuente, el precio que los traficantes ofrecen a una chica en la aldea oscila entre 100 y 500 dólares, aunque "prometen más una vez lleguen al extranjero". Las víctimas son trasladadas generalmente primero a la capital y permanecen allí en torno a un mes en hoteles baratos. Los agentes hacen las gestiones de documentos en oficinas afines, en el aeropuerto internacional o cruzan con ellas por carretera. Katmandú es en ocasiones destino final, pero también un punto de tránsito en el que, según la activista Ayer de Biswas Nepal, la nueva tendencia es permanecer "seis o siete meses para conseguir experiencia y luego pasar al siguiente nivel, dependiendo de la belleza o las cualidades" de la mujer. "Muchas sueñan con ir al extranjero a pesar de no gustarles el trabajo", remacha.

En algunos casos, el precio final de las mujeres que acaban siendo enviadas al extranjero puede rondar los 2.000 o 3.000 dólares, aunque según Pathak son las propias mujeres las que, engañadas, dan dinero para llegar al destino en ocasiones. ¿Y cuántos son procesados por este delito? Dice el mando policial que entre 2012 y 2015 se imputó a 1.038 traficantes. Son datos ridículos. Apenas la punta de un gigantesco iceberg.

De la India al mundo

Un hombre recoge su pasaporte y la solicitud aprobada por el Departamento de Empleo en el Exterior, que le permitirá salir de Nepal legalmente para trabajar en un país extranjero. Elena del Estal

Si la Policía echa balones fuera sobre la complicidad de funcionarios con la trama, algo parecido ocurre con la Asociación de Agencias de Trabajo Extranjero de Nepal (NAFEA), que gestiona la contratación legal de trabajadores nepalíes. Su vicepresidente, Kumud Khanal, critica la laxitud del Gobierno y su incapacidad para conseguir acuerdos bilaterales con los países a los que se envía a las víctimas de trata.

Pasar a la India es sencillo y luego allí los traficantes gestionan los visados a países del Golfo desde las embajadas. Y también hay muchos países en los que se puede conseguir visado de llegada.

Según datos oficiales, en la década de 1980 el número de inmigrantes nepalíes en la India era el 90% del total. Hoy se estima que constituyen el 40%. Nepal, situado en el puesto 145 de 188 del índice de desarrollo humano de Naciones Unidas, es un país que depende de forma significativa de su fuerza de trabajo en el exterior. El 29% de su PIB procede de las remesas de emigrantes: doce veces más que lo que aporta el turismo, carta de presentación de Nepal ante el mundo.

En paralelo a esta diáspora en crecimiento, el tráfico de nepalíes se ha extendido también a gran parte del planeta, más allá de la India.

Hoy se encuentran jóvenes del país del Himalaya en lugares del golfo Pérsico como Emiratos Árabes Unidos, Catar o Arabia Saudí; pero también en muchos países africanos e incluso latinoamericanos y hasta en Europa. Otra práctica común son los matrimonios concertados con ciudadanos de China y Corea del Sur, donde hay un problema creciente de natalidad y de rechazo de sus mujeres a contraer matrimonio. Las nepalíes son por lo habitual explotadas laboral y sexualmente en todos estos lugares. Son carne de cañón de un negocio, el tráfico de personas, que se sitúa en el podio de actividades ilegales del planeta, solo superado por el narcotráfico y la venta de armamento. Con una mezcla de rasgos tibetanos e indostánicos, las nepalíes son consideradas exóticas en los países de destino. Su procedencia humilde y su falta de conocimiento de los idiomas de los lugares a los que van las convierte en vulnerables, o "fáciles de cazar", en palabras de un responsable policial.

“De mayor quiero ser maestra”

Rashmi asiste a las clases de baile que todos los sábados se organizan para las menores que viven bajo la tutela de la ONG CWIN.Elena del Estal

Muchas organizaciones trabajan por llegar a algunas de las raíces del problema mediante la prevención y se ocupan en sanar las heridas después. "Tener a los niños en la escuela es una de las maneras más efectivas de combatir el tráfico", subraya Pande, la activista de Childreach. Añade que la tasa de escolarización ha mejorado mucho, pero el abandono prematuro sigue siendo un lastre. Cada año en torno a medio millón de niños enrolados en primaria y secundaria dejan de estudiar. "Trabajamos con maestros para crear ambientes favorables en las escuelas. Las familias en estas zonas rurales son a menudo muy grandes. Ir a la escuela se considera perder fuerza de trabajo para cocinar o cuidar de los animales", razona.

También es crucial la reinserción en la sociedad de un ejército de mujeres que regresan a sus aldeas como fantasmas a los que sus familias no quieren ver. "Si no vuelven al cabo de seis meses se adaptan al nuevo entorno y pueden pasar diez o doce años fuera. Cuando regresan todavía son jóvenes pero tienen sida, hepatitis... Los dueños de los burdeles las envían de vuelta cuando ya no pueden explotarlas más", explica Shyam Pokharel, director de la ONG SASANE.

Exabogado del Tribunal Supremo, Pokharel ha lidiado con más de 200 casos de tráfico de menores y ha entrevistado a traficantes en prisión. Sabe que la legislación no favorece a las víctimas. Pocas son indemnizadas. Así que desde 2008 ha ideado una manera de concederles un futuro a través de un centro de formación en la capital donde imparte conocimientos legales a supervivientes. Más de dos centenares se han formado desde entonces y hoy ayudan en comisarías del valle de Katmandú y Pokhara a que personas afectadas puedan registrar denuncias. Lo hacen en un país donde, según sus cálculos, casi nueve de cada diez víctimas no denuncian por desconfianza en las autoridades, algo comprensible cuando se ven las estadísticas de un cuerpo, la Policía, en el que solo hay cinco mujeres superintendentes en todo el país y apenas un 6% de los agentes son féminas.

SASANE les da un futuro y otras organizaciones como CWIN, con varios centros de acogida, tratan de evitar que vuelvan a caer en manos de explotadores. A tres horas de Katmandú, en la población de Pashtali, Rashmi ha vuelto a sonreír y comienza a dar la espalda a una infancia de esclavitud sexual y laboral. Lleva medio año yendo a la escuela y ha conseguido aprender a leer y escribir. Recupera el tiempo perdido en un edificio de habitaciones con balcones que dan a un bonito jardín. Pasa los días junto a otras niñas con historias difíciles. Bhawati, su tutora, confía en que no vuelva a caer en la trampa. "Ahora conoce sus derechos, lo que está bien y lo que está mal. Lo que es legal y lo que no".

En la pared de su habitación, Rashmi ha escrito fórmulas matemáticas para memorizarlas. "De mayor quiero ser maestra", sueña. De momento, pasará cuatro años en el centro hasta alcanzar la mayoría de edad. Ya no podrá recuperar su infancia, pero sí intentar tomar el control sobre su vida adulta.

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