Ricard Garcia Vilanova

Libia, el país que se dejó naufragar

Cómo el caos libio ha empujado a miles de personas a cruzar el Mediterráneo

Ricard García Vilanova

Pegado a la noticia

Laura J. Varo

En Libia
22 de Octubre de 2015

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Entre uno y dos millones de personas cruzaban cada año las fronteras de Libia antes de la caída de Muamar al Gadafi para trabajar en el país o embarcarse hacia Europa. El caos posrevolucionario ha convertido aquella peregrinación en un éxodo desesperado al cementerio mediterráneo.

Adam pela patatas sentado en su trono entre contenedores repletos de hombres. Con la derecha sujeta un cuchillo de picnic, con la izquierda recibe los tubérculos de manos de un pinche y los coloca en el otro extremo de la mesa. A los pies tiene el cubo donde arroja las pieles descartadas.

Es diciembre de 2013 y la imagen tiene algo de excepcional, casi regio, en el entorno del campo de detención de migrantes de Guerián, el más grande de Libia. Es tan excepcional como ver a un pastor alemán haciendo guardia frente a las rejas de la perrera. Adam, procedente de Ghana, sonríe. “Hay demasiada prisa”, se queja de los jóvenes, “la gente se monta en estas pateras y está muriendo, no es justo”.

Adam, desde luego, no muestra urgencia alguna. “Cuando vienes a Libia desde otros lugares de África, siempre que consigas un trabajo, sacas algo de dinero para mandar a tu gente —dice—. Por eso estoy aquí”. Libia se ha ganado a pulso el apelativo de cuarto oscuro de las pateras. Solo en los últimos diez meses, hasta octubre de 2015, han muerto cerca de sus costas casi 2.500 personas, según Libya Body Count, la mayoría procedentes de países de África subsahariana, pero también de Siria.

Ese destino pesa como una lápida para los hombres y mujeres, especialmente de piel negra, que pululan por todas partes del país. Lo dicen los milicianos que los arrestan en los checkpoints de las carreteras, los guardias de los centros de detención como el de Guerián, y hasta las autoridades de las que depende la versión oficial.

Por ejemplo, Mohamed Guerani, exministro de Exteriores de uno de los dos Gobiernos que en 2015 se disputan el poder, achaca a Europa su propia incapacidad para mantener las fronteras a raya.

“A Europa debería importarle cómo gestionamos a los inmigrantes”, espeta el exministro.

Centro de detención de migrantes en Milita, cerca de la playa de Zwara, desde donde parten la mayoría de las embarcaciones neumáticas hacia Europa. Noviembre de 2014.Ricard Garcia Vilanova

Guerani quiere dinero para Trípoli, donde se asienta el Ejecutivo no reconocido por la comunidad internacional, y para ello amenaza con una avalancha de personas que, efectivamente, ha puesto en evidencia la respuesta europea, esto es, la operación rebautizada como Sofía contra las mafias que operan en el mar, de carácter militar y que culmina (tras el fiasco de Tritón) el desmantelamiento de Mare Nostrum, la misión de rescate que mantuvo Italia entre 2013 y 2014.

El exministro no expresa nada que no dijera el líder derrocado hace solo cuatro años. Antes de la revolución de 2011, Muamar al Gadafi solía cortar el grifo en sus playas en una maniobra caprichosa que le permitía negociar con los países de la otra orilla, como quien abre y cierra un oleoducto vital para Europa.

Los subsaharianos en Libia

Pero en la propaganda (también) está la trampa. Con apenas seis millones de habitantes, 4.300 kilómetros de frontera y una industria petrolífera que mantiene ocupada a la inmensa mayoría de la población funcionaria, el país norafricano es, y ha sido, un estado sediento de mano de obra. Según cálculos del Danish Refugee Council (DRC), entre 1,5 y 2 millones de migrantes se dedicaban a entrar en Libia cada año antes de la caída de Gadafi, cuando aún había algunos números a los que ceñir las estadísticas que transforman a las personas en fenómenos, tendencias, titulares.

A grandes rasgos, los subsaharianos trabajan en la construcción, como los egipcios; los filipinos y bangladesíes, en los pozos y plataformas de crudo; indios y europeos del este, en los hospitales. Así hasta casi el 60% de los migrantes que llegaban a Libia hasta 2013, según datos del DRC. Adam Senusa es solo uno de ellos.

El cocinillas ghanés se ha visto venido a menos desde que le detuvieran hace un año. “Aquí soy el que corta la carne”, reivindica. Hoy solo pela patatas y taja alguna cebolla, despojado, por el menú del día, de su condición de salvaguarda de la tradición familiar allá en Kamassi, la “segunda capital” de su país. La carnicería, insiste, le viene en las venas desde antes de su padre, como quien hereda un nombre: “Es una profesión familiar; mi abuelo y mi padre, otros parientes, todos somos carniceros”.

Pese a su arresto, Adam Senusa no se siente prisionero. Es un currante más de la disparatada maquinaria de detención de migrantes que puso en marcha Gadafi antes de que lo cazaran y mataran en octubre de 2011.

Centro de detención de mujeres migrantes en Surmán. Las mujeres han sido separadas de los hombres y permanecen retenidas con sus hijos. Noviembre de 2014.Ricard Garcia Vilanova

El país norafricano ha dado tantas vueltas como Adam. Le “soltaron”, asegura, poco después de capturarle en la calle para trabajar en el mismo campo donde permanecen encerrados entre 800 y 850 hombres y niños en barracones que son jaulas. Él les echa cuentas con la actitud entre condescendiente y paternal de quien está acostumbrado a vivir de expatriado.

Sí, se ha ganado el título, como cualquier occidental que va cruzando fronteras para buscarse la vida por otros lares. Él no llegó para embarcarse a Europa, no huía de ninguna guerra, ni del hambre. No escapaba, y tampoco lo hace ahora.

Que personas como Adam hayan acabado como perros ladrando tras barrotes tiene que ver con la herencia del régimen. El mismo campo de Guerián quedó en manos de milicianos cuando el primer Gobierno electo comenzó a repartir el pastel posrevolucionario. La consecuencia fue la pérdida de favor del Gobierno y el abandono, por ejemplo, del centro. Pese a que Masud, el vigilante que está de guardia el viernes (día festivo para los musulmanes), insista en su autoridad, Guerián está ahora gestionado a su aire por milicianos resentidos. Cualquiera puede acabar allí so cualquier pretexto.

Los centros de detención libios

El centro de detención de migrantes Surman. Noviembre de 2014.Ricard Garcia Vilanova

El descontrol afecta también a las tareas asignadas a algunos de los migrantes a quienes, con suerte, los guardas sacan a la calle de vez en cuando. Es una práctica habitual en otro centro, el de Surman, reservado para familias y mujeres. Ellas están más cotizadas en el mercado laboral de tapadillo, ese hacia donde los propios carceleros arrastran a los detenidos que, precisamente, fueron capturados por la calle mientras buscaban trabajo.

Lo comenta Najib Mato, guarda en las antiguas caballerizas que son ahora la prisión con olor a cerrado y orines. “A los detenidos les hacemos un chequeo médico y los dejamos salir una semana para trabajar —comenta—. Esto lo hacemos nosotros como algo humano, si hay algún amigo nuestro que necesita ayuda para preparar una boda o algo, le dejamos algunas chicas”.

Él mismo está organizando su enlace y bromea sobre ello al calor de un fuego prendido junto a la colada tendida fuera. Mientras habla, una canción que escapa de entre las habitaciones a oscuras hace las veces de banda sonora. Dentro, las mujeres nos invitan a pasar y preparan café y té mientras se calientan con un cuscús cocinado por Malika, una marroquí encerrada solo por tener sida. Cuando termina la conversación, un grito pone fin al canturreo y un portazo metálico recuerda en las barracas que no son libres siquiera de poner música a la nada.

En realidad Mato no se refiere a todos: a las 70 mujeres, 32 hombres, 10 “locos” y un bebé de los que lleva la cuenta en un papel escrito a lápiz que guarda en el pantalón. Esa especie de permiso penitenciario solo es aplicable, asegura, a eritreos o somalíes, esos que ni la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ni el enclenque Gobierno libio (cuando lo había) pueden repatriar.

Se les considera refugiados. O, más concretamente, solicitantes de asilo que no pueden pedir ayuda porque, en Libia, no existe ley a la que agarrarse, como apuntaba en 2013 Emanuelle Gignac, representante de Acnur que un año después se quedaría sin delegación. Desde que la revolución hiciera borrón y cuenta nueva, los sucesivos gobiernos, de transición y electos, se han comprometido a poner orden y ratificar tratados como la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados.

La intención no es solo lo que cuenta y la normativa en materia de asilo e inmigración ha pasado a ser una de tantas asignaturas que las autoridades que se fueron turnando en el poder dejaron pendientes antes de que estallase el conflicto que enterraría para siempre la transición.

La huida del caos libio

Alí, adolescente de Gambia, en un centro de detención para migrantes en Libia.Ricard Garcia Vilanova

De aquella batalla que dio comienzo a una nueva guerra civil en el verano de 2014 se acuerda Alí, gambiano de 17 años. Volvía de hacer la compra cuando se vio metido en pleno fregado. Llegó a casa justo para darse cuenta de que ya no le quedaba techo. Ni padrino. Ni compañeros.

“Estaba en Trípoli cuando empezaron los combates —recuerda—. Podías escuchar disparos, cohetes... Mientras estaba fuera, dos morteros impactaron en el edificio donde me alojaba y otros dos de mis amigos murieron, así que yo tuve suerte porque fui a la tienda”.

Junto a él comparten celda al menos una docena de hombres en el centro de Milita, cerca de la playa de Zwara, de donde parten la mayoría de botes. Pocos confiesan su intención de viajar a Europa. Algunos asumen haber cambiado de parecer tras haberse encontrado con la sorpresa de la violencia a su llegada.

Desde aquel julio de 2014, más de 3.700 personas han muerto debido al conflicto que ha enfrentado a dos bandos, según Libya Body Count. Ciudades como Bengasi, la segunda del país y cuna de la revuelta de 2011, han quedado reducidas a escombros. Otras, como Sirte, último refugio del dictador, secuestradas por los más temidos de entre todos los grupos armados que ahora atemorizan el globo: el llamado Estado Islámico (EI), que ha utilizado la imagen de cristianos etíopes y egipcios degollados para apuntalar su estrategia del terror.

En este panorama, los migrantes, desplazados y refugiados se han convertido en bajas y víctimas colaterales. El número de personas que llegaron a Italia por la ruta libia triplicó las del año anterior. En 2015 la tendencia no se ha detenido, con más de 129.000 en los nueve primeros meses, según Frontex. Las mafias hacen su agosto llenando las barcazas en las que mandan a muchos sin GPS y sin saber nadar. El resultado: más de 3.000 desaparecidos en 2015. Entre ellos, los más de mil desaparecidos en una sola semana de abril (la más trágica de la historia del Mediterráneo): la mitad de los registrados en 2014.  

Su historia la tiene en mente Tewodros, uno de tantos eritreos encerrado entre las paredes de la cárcel de Misrata. ¿Sabe que podría morir? Lo sabe. “En mi país hay problemas”, esgrime. También los hay en Libia, se lo recuerdan las cicatrices de disparos que tiene en las piernas. Es el resultado del ataque que sufrió el camión en el que viajaba con otros quince hombres, el mismo en el que atravesó el país desde la frontera con Sudán, a donde llegó desde Etiopía por unos 1.200 euros.

Él estaba en el ejército, como todos los eritreos a los que el presidente Isaías Afwerki lleva reclutando sin contemplaciones y con perspectiva ilimitada desde 1998. Demasiados soldados. En Libia, en cambio, la situación desde 2013 (y que ha llevado a un estado de anarquía tal en 2015 que cualquier vehículo circulando de noche puede servir para hacer tiro al blanco) es la contraria: no hay soldados, sino milicianos agrupados en dos ejércitos ocupados en derrocarse el uno al otro.

El negocio del tráfico de personas

El conflicto ha dejado otra secuela: la falta de fondos y de entrenamiento. Desde que estallaron los enfrentamientos, la EUBAM, la misión de formación de guardias fronterizos patrocinada por la Unión Europea, voló, literalmente, a Túnez. También los barcos patrulla que nunca llegaron a Zwara, bendecida por la posición de su playa, en línea recta hacia Malta y Lampedusa y bordeada por Túnez.

“La policía costera no tiene de nada, ni lanchas ni botes”, explica Yunes, vecino de la localidad de mayoría bereber, históricamente abandonada por el régimen de Gadafi. Desde que comenzó la guerra, no hay embarcaciones para patrullar, pero tampoco recursos para mantener los centros, refrenda Masud Saalem, jefe del departamento de Inmigración Ilegal en Trípoli:

“No podemos seguir capturando inmigrantes si no podemos ocuparnos de ellos”.

La conclusión encierra la tragedia de un cálculo demasiado sencillo: a mayor caos y descontrol fronterizo, mayor flujo de personas que entran de forma irregular en el país; a menor número de detenciones, mayor número de migrantes que deambulan por ciudades como Sebha, Trípoli o Zwara sin más objetivo que montar en una neumática para huir, también en Libia, de la violencia.

Es un perfecto caldo de cultivo para la proliferación de las mafias, que cobran entre 1.000 y 2.000 euros por un trayecto que cruza el desierto desde el sur y llega a la costa. El viaje completo hasta Italia o Malta puede salir hasta por 7.000 euros.

En los últimos meses, sin embargo, la espantada ha acabado por tirar los precios y la ley de la oferta y la demanda ha rebajado el valor de cada vida que se echa al mar. “Puedes montarte en una barca por unos 1.000 euros si no va mucha gente”, comenta Yunes (nombre ficticio para proteger su identidad), vecino tripolitano que se ha dedicado a arreglar algunos viajes. “Si va muy llena, pueden incluso ser 600 o 700”, puntualiza.

Los que huyen asumen ese importe y el riesgo de morir en el Mediterráneo.

Pintada en una pared en el centro de detención de Surman, en la habitación de las nigerianas. Las mujeres están segregadas por nacionalidad. Noviembre de 2014.Ricard Garcia Vilanova

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