Ricard G. Vilanova

Libia: redadas, traficantes y sueños

Así son las vidas de los subsaharianos atrapados en Libia y las operaciones de la policía contra las mafias

Ricard García Vilanova

Pegado a la noticia

Cristina Solias

Explicando historias
21 de Julio de 2016

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Libia es sinónimo de extorsión para miles de subsaharianos que caen en las redes de las mafias y pagan por jugarse la vida e intentar llegar a Europa. Algunos llevan años en Libia esperando la oportunidad de salir, pero al final el racismo y las torturas les hacen huir despavoridos. Para otros es solo un país de paso.

Este es un recorrido por la parte menos explicada de la salida de refugiados y migrantes hacia Europa. Nos empotramos con la policía libia en sus redadas contra las organizaciones mafiosas y hablamos con las personas que han visto en las precarias barcazas su única posibilidad de seguir adelante.

Un grupo de subsaharianos son trasladados en autobús policial al centro de detención.Ricard G. Vilanova

Los migrantes

Jamal intenta dormir sobre un viejo colchón. Son las dos de la madrugada. Está encerrado junto a decenas de jóvenes subsaharianos. Los traficantes los esconden en las chabolas de un campamento del barrio Hadba Gasi, ubicado en el centro de Trípoli. Se imagina el momento en que los trasladarán a la playa de Al-Garabouli, a unos cincuenta kilómetros de la capital libia.

Allí les subirán a una barcaza y, si hay suerte, zarparán sin apenas gasolina y navegarán hasta aguas internacionales, donde serán rescatados por la Guardia Costera italiana o barcos de oenegés internacionales. Entonces serán transportados a Italia. El joven nigerino se imagina ya seguro en Europa, se imagina trabajando en Italia, se imagina que todos en la barcaza han evitado la muerte….

Pero el sueño se desvanece en Libia, interrumpido por el ruido de motores. Los compañeros de choza de Jamal también se despiertan e intentan afinar el oído en medio de la oscuridad.

Se oyen voces árabes que no entienden. Se oyen pasos, de un lado para el otro. También en los tejados. El estrépito de los techos de uralita hace adivinar que hay decenas de hombres. Ahora, una luz se cuela por debajo de la puerta. Cada vez están más cerca, pero ellos, como estatuas, intentan no hacer ruido.

Un golpe seco sacude la entrada. Otro. Y otro. El candado cede, la puerta se abre y una linterna los deslumbra. Sin preámbulos, los obligan a levantarse, recoger sus pertenencias y subirse a un autobús policial. La redada ha terminado.

Los refugiados detenidos son interrogados en la prisión Tariq Al-Siqqa después de una redada policial.Ricard G. Vilanova

Los policías

El nuevo dispositivo de la policía de Trípoli está especializado en combatir a las mafias que trafican con personas, y en las últimas horas ha descubierto la ubicación de uno de los campamentos donde esconden a los migrantes, en su mayoría subsaharianos, que quieren salir de África.

Decenas de agentes del cuerpo reciben instrucciones desde la céntrica prisión de Tariq Al-Siqqa, su base de operaciones. Antes de empezar la redada, forman en fila. Encapuchados y fuertemente armados, todos visten de negro de la cabeza a los pies. Solo los suntuosos anillos y relojes que lucen rompen la monotonía de su vestimenta.

Se suben a la parte trasera de las pick up blancas que utilizan como vehículos oficiales y en pocos minutos recorren Trípoli, una ciudad desierta por las noches, solo custodiada por las milicias que montan puestos de seguridad en sus zonas de control.

Nada más llegar al barrio de Hadba Gasi se inicia el asalto. Intentan no hacer ruido. Saben que, si son detectados, los traficantes huirán. Se distribuyen en grupos. Mientras unos fuerzan la puerta de entrada, otros trepan por los techos de uralita. Logran introducirse en el campamento, pero está completamente a oscuras. Sacan las linternas y los móviles para alumbrar la zona, y desde el patio que distribuye todas las viviendas empiezan el registro, ahora sí con energía. Van forzando una a una todas las puertas atrancadas con cerrojos, y dentro de los lúgubres habitáculos descubren a decenas de subsaharianos hacinados.

En la redada policial interceptan un grupo de mujeres, entre ellas una jefa de la organización mafiosa.Ricard G. Vilanova

Los traficantes

No hay rastro de los traficantes. Parece que han logrado huir. Pero los migrantes sentados en los autocares policiales delatan a uno de sus patrones.

—Nuestro patrón es el señor Mustafá, es ese. Nosotros solo queremos trabajar —me dice uno de los muchachos, posiblemente el de más edad.

Cuando llegan a la cárcel, los sientan a todos en el patio. En total, han arrestado a 250 jóvenes procedentes de países como Senegal, Mali, Níger, Burkina Faso o Gabón. El interrogatorio se alarga hasta altas horas de la madrugada. La policía habla con Mustafá, el traficante, que es de Gambia. Los agentes le convencen para que colabore y revele información sobre sus superiores.

—¿Cuándo llegaste a Libia?

—En 2013. Hace tres años que trabajo aquí.

—¿De qué trabajas?

—Trabajo como traficante de personas.

—¿Cuál es tu papel en la organización?

—Contacto con ellos, los recojo y organizo el proceso de salida a Italia.

—Pero tú no eres uno de los jefes de la banda…

—No, la organización es muy grande. Hay mucha gente por encima de mí. Los líderes son subsaharianos, y también de aquí, de Libia.

Mustafa les acaba confesando dónde están algunos de sus superiores.

La operación continúa la noche siguiente. Los agentes sospechan que en otro campamento del centro de Trípoli se esconden dos de los altos cargos de la organización mafiosa. Según la información de que disponen, son una hombre y una mujer de origen subsahariano.

El escenario de esta redada es radicalmente distinto. En lugar de las chabolas del primer campamento, hay un chalé de dos plantas. Bien amueblado. Tiene electricidad, los suelos alicatados y adornados con alfombras. Sofás, televisores y ventiladores.

Los agentes descubren a una decena de hombres. En otra habitación hallan a un grupo de jóvenes subsaharianas, que gritan y lloran durante la redada. Solo un cuarto está cerrado con candado. Obligado por la policía, un hombre con chilaba gris accede a abrirlo. Es su dormitorio.

De las paredes cuelgan luces de led azules, pósters de la actriz Jessica Alba, del exfutbolista del Barça Éric Abidal y del madridista Cristiano Ronaldo. La televisión está encendida y retransmite una película sobre... una mafia africana.

Los agentes registran la habitación y encuentran decenas de teléfonos móviles y grandes fajos de billetes metidos en bolsas. Incautan ordenadores, álbumes de fotos y otros papeles que pueden ayudarles a seguir tirando del hilo. Han dado con uno de los jefes de la organización. O eso les parece.

Móviles y otros objetos incautados a los inmigrantes en un centro de detención de la zona de Misrata.Ricard G. Vilanova

De vuelta a la prisión, interrogan al supuesto alto cargo de la red. Se muestra altivo, desafiante. Mientras cuentan el dinero y registran los objetos que le han incautado, nos permiten hablar un momento con él.

—La policía dice que eres uno de los jefes de la organización.

—¿Qué jefe?

—De una mafia de tráfico de personas.

—¿Tráfico? ¿Qué tráfico? ¿Qué tipo de tráfico?

— De personas que vienen de otros países y…

—No, no es así. Me acusan de cosas y yo no sé nada. No he hecho nada… Yo me dedico a la albañilería. Soy un obrero.

Interrumpe un policía:

—Solo en esta bolsa hemos encontrado entre 500 y 1.000 dinares (entre 325 y 650 euros).

—Es mi dinero.

—¿Y las decenas de teléfonos?

—También son míos. Algunos están averiados.

Durante los interrogatorios, los agentes intentan descifrar la posición de cada uno dentro de la estructura mafiosa. Entre las mujeres se encuentra también una de las supuestas jefas. Viste de negro, a juego con un gorro oscuro que le cubre el pelo y le resalta unas grandes mejillas marcadas con cicatrices. Se niega a colaborar, y otra de las arrestadas la intenta convencer:

—Te han cogido.

—No, no me han cogido…

— Entonces, ¿vas a venir con nosotras?

(A los migrantes se les trasladará a un centro de detención antes de ser deportados, pero la policía se quedará con los supuestos cabecillas de la trama).

—No. La policía dice que tengo que quedarme aquí con el dinero. No me pueden hacer esto, déjame que llame a alguien. Quiero llamar, quiero hablar con el abogado ahora…

Rebusca en el bolso hasta que encuentra dos pequeños trozos de papel que, encajados, completan un número de teléfono. Suplica que la lleven a casa, a Burkina Faso, hasta que un agente grita:

—Está usted detenida por el Departamento de Inmigración ilegal.

Los deportados

Los más de 250 arrestados en las redadas han pasado dos noches en uno de los cinco centros de detención que se han habilitado en Trípoli. Son espacios superpoblados, donde normalmente los retienen durante meses, a la espera de que sus familias paguen las multas para liberarlos. Cuando se quedan sin sitio y saben que nadie va a pagar por ellos, los dejan ir. La falta de espacio es uno de los motivos que ha acelerado la deportación de este grupo.

Mujeres y niños en uno de los centros de detención habilitados cerca de Al Garabouli.Ricard G. Vilanova

La mayoría son muchachos muy jóvenes, de unos veinte años, aunque también hay adolescentes de apenas dieciséis. Les pesa la responsabilidad de mantener a toda su familia, porque en sus países de origen el padre ha muerto o no puede trabajar.

Es el caso del nigerino Jamal, que hace horas despertó del sueño y ya no piensa en Europa. Es uno de los mayores del grupo. Acaba de cumplir 24 años. Me lo encuentro de nuevo en la prisión de Tariq Al-Siqqa, esta vez a plena luz del día. Está sentado en una de las colas para subirse a los autocares que los devolverán a sus países. Él deberá recorrer de nuevo los más de 2.400 kilómetros que separan Trípoli de su Niamey natal, la capital de Níger.

—¿Qué hacías en Libia?

—Hace dos años que llegué. He estado trabajando para un patrón. Me pagaba 16 dinares al día (unos diez euros). Pero aún me faltaban muchos meses para reunir los cerca de 2.000 euros que me piden para viajar a Europa… Parte de mi sueldo lo tengo que mandar cada mes a mi familia, viven gracias a este dinero.

—¿Es la primera vez que te detienen?

— Sí, la primera vez. Tengo miedo, solo quiero volver a casa.

—¿Y después qué harás?

—Mi familia se muere de hambre. Quizá tenga que volver a irme.

Se van con lo puesto. La mayoría no lleva ni zapatos. Algunos también han enfermado debido a las condiciones insalubres de los sitios por los que pasan. Como Mahmud, que es de Senegal y llegó a Libia hace cuatro meses, cuando cumplió la mayoría de edad.

—He venido a trabajar pero no he encontrado nada porque estoy demasiado débil. Tengo fuertes dolores de estómago…

—¿Y tu familia?

—Está en Senegal. Mi padre no. Él murió. Por eso yo tuve que irme, para ayudar a mi madre y a mis hermanos. Al principio hasta les mandaba dinero, pero después ya no. Ahora solo quiero volver a casa.

En las próximas horas desharán el camino que tanto les costó recorrer.

Libia

Camara Yaya sabe que es imposible llegar por libre a Europa. Según cálculos de Europol, más del 90% de los que intentan cruzar el Mediterráneo recurre a las mafias en algún momento de su viaje.

Él partió de Bamako, la capital de Mali, el 7 de marzo de 2015. La mayoría de sus compatriotas se desplazan a la ciudad de Gao, situada en el este del país, porque es uno de los puntos de salida más rápidos para llegar a la costa mediterránea. Pero Yaya optó por viajar primero a Argelia, país limítrofe con Mali, donde estuvo trabajando y aguantó palizas hasta que consiguió reunir el dinero suficiente para seguir avanzando.

Fue entonces cuando no le quedó más remedio que recurrir a los traficantes. Desembolsó alrededor de 120 euros y se subió a un camión con destino a la frontera libia. El viaje, a través del desierto del Sáhara, duró seis días. Una travesía tan peligrosa como cruzar el mar en una barcaza. Son muchos, aunque no hay cifras oficiales, los que no lo consiguen. El Sáhara también se ha convertido en un cementerio sin tumbas.

Sobrevivió, pero solo había conseguido superar una etapa más de su odisea particular. Además, había llegado a Libia, un lugar sumido en el caos. La inestabilidad política, económica y social que sufre el país desde la caída de Muamar al Gadafi en 2011 ha propiciado que no solo Estado Islámico conquiste algunas partes del país, sino que también los traficantes de personas, armas y drogas hayan consolidado sus rutas y sus lucrativos negocios.

Trabajó a las órdenes de un patrón en Trípoli. Otros subsaharianos hacen guardia en las rotondas a la espera de que los recoja algún patrón para trabajar como obreros a sueldo. De media, todos cobran jornales de cinco o diez dólares, que ahorran bajo los colchones de saturados almacenes que les sirven de hogar mientras esperan su oportunidad para poder lanzarse al mar.

El mar

Yaya y Mohamed miran el mar.

Yaya vio el Mediterráneo por primera vez en Trípoli, pero tardó mucho en subirse a una barcaza para intentar cruzarlo. Libia se ha convertido en un infierno para los subsaharianos. Entre los que huyen no solo hay migrantes que salen de sus países de origen con la intención de llegar a Europa lo antes posible. También hay muchos que habían llegado a Libia para trabajar y que se han visto atrapados en el caos posgadafista. Torturas, detenciones, robos. Su situación es desesperada.

A Yaya fue su patrón quien le facilitó el pasaje. No era lo que se imaginaba. Los traficantes suelen estafar a migrantes y potenciales refugiados prometiéndoles embarcaciones grandes y seguras, que luego resultan ser una simple zódiac neumática o un pesquero destartalado.

 

Refugiados navegando a la deriva en el Mediterráneo son rescatados por el Dignity, barco de rescate de MSF.Ricard G. Vilanova

Algunos han pagado más de 2.000 euros. Suelen ser los que viajan en antiguos pesqueros. En ese caso, el precio depende de la demanda y del asiento en la embarcación. Los que pagan más van en cubierta, los que tienen menos recursos lo hacen en las bodegas, una trampa mortal en caso de naufragio, un lugar claustrofóbico donde se suceden los episodios de asfixia. Las barcazas solo llevan combustible para salir de aguas territoriales libias y llegar a aguas internacionales, donde esperan que los rescaten cuerpos europeos y oenegés internacionales. Si hay pánico o demasiado movimiento en la embarcación, puede naufragar en cualquier momento.

Yaya evita revelar cuánto ha pagado por subirse a la lancha. “Todo lo que tenía”, dice. Los guardacostas confirman que suelen pagar de 500 a 2.000 euros, según el barco y las condiciones, pero no hay tarifa fija.

Mohamed, compatriota y compañero de travesía de Yaya, sí que quiere hablar.

—Aquí no hay leyes ni libertad. Mi patrón, Alí, solo arregló el viaje. Yo no le he pagado nada.

—Entonces, ¿quién costeó el pasaje?

— Fue mi hermano, desde Mali. Unos jefes intermedios árabes desde aquí, desde Libia, contactaron con él. Yo les entregué mi pasaporte, y mi hermano les mandó el dinero. Creo que fueron alrededor de 500 euros.

Yaya y Mohamed se embarcaron anoche rumbo a Italia, a bordo de una lancha neumática. ¿Qué hacen entonces aquí, de nuevo en el punto de partida?

La playa

Zarparon desde la playa de Al-Garabouli, a unos cincuenta kilómetros de Trípoli. Junto a Zowara y Sabratah, son tres de los principales puntos de salidas de embarcaciones desde la costa libia hacia Italia. No solo es un punto caliente de tráfico de personas, sino también de armas y de drogas. Un lugar peligroso.

A simple vista, Al-Garabouli parece paradisiaca. Una playa de aguas turquesas y arena blanca que podría ilustrar cualquier portada de una revista de viajes. Pero no hay turistas ni bañistas locales. Solo escombros. Es la huella de los subsaharianos que han esperado aquí antes de lanzarse al mar. Ropa sucia, zapatillas sueltas, botellas abandonadas en la arena… y, a menudo, también cadáveres que el mar devuelve días después de los naufragios, como si sacara de su sistema cuerpos extraños. Los voluntarios de la Media Luna Roja son los encargados de recogerlos.

Yaya y Mohamed navegaron unas tres horas mar adentro, hasta que el motor se estropeó. “Nadie sabía arreglarlo”, explica Mohamed. “Al final nos avistaron unos pescadores, a lo lejos. Alertaron por teléfono a los guardacostas y ellos nos trajeron hasta aquí”, añade Yaya.

 

Acaban de llegar al puerto de Trípoli junto con otros migrantes que viajaban en la misma embarcación. Están exhaustos, desubicados y, muchos de ellos, deshidratados. Los voluntarios de la Media Luna Roja les reparten bolsas con zumos, comida y ropa interior. Los han distribuido en varias colas para interrogarlos. Anotan sus nombres, edades y países de origen, ya que ninguno tiene documentos. La mayoría procede de Mali, pero también los hay de Níger, Nigeria, Chad y Senegal. Cuando acabe el registro, los trasladarán en autobuses a un centro de detención.

Los que han llegado más débiles también reciben atención médica en un improvisado hospital de campaña habilitado en el muelle. El doctor Asid Masoud está de buen humor: “Hemos tenido suerte. Hoy no hay muertos ni casos graves, solo algunos episodios de hipertensión, deshidratación, quemaduras y cortes en extremidades”, explica mientras venda un pie hinchado. El chico no puede hablar. Levanta con esfuerzo tres dedos de una mano. Son los días que lleva sin comer.

Los sueños

Yaya y Mohammed están vivos, pero lo han perdido casi todo.

—Pensaba que llegaría a Europa, pero no ha salido bien —dice Yaya—. Ahora nos arrestarán. Creo que nos llevarán a prisión. Será la primera vez que me encierren. No tengo pasaporte ni dinero.

—Yo tampoco sé qué va a pasar conmigo —dice Mohamed—. No sé si me llevarán a la cárcel, si moriré… Estoy preocupado, porque tengo toda una familia a mi cargo.

La arena y el mar se han tragado sus pertenencias, pero no sus sueños.

—Lo seguiremos intentando. No hay esperanza en Mali, ya no podemos volver atrás.

Inmigrantes hacinados en autobuses policiales antes de ser deportados.Ricard G. Vilanova

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