Ilustración de Cinta Fosch

Lo que pasa en Alaska no se queda en Alaska

La trinchera de la ciencia contra el negacionismo climático de Trump

Alberto Arce

En nota roja
04 de Julio de 2019

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I. El amanuense del clima ante el avance de las hordas bárbaras

A Rick Thoman (Lancaster, Pensilvania, 1961) siempre le ha fascinado el frío. Casi tanto como le decepciona la política. De su infancia recuerda que esperaba el momento en que su familia ocupaba la sobremesa con el final de la guerra de Vietnam o el escándalo del Watergate para recogerse en su afición por colocar termómetros, dibujar gráficos con los datos obtenidos y forrar las paredes de su cuarto con ellos. Nunca imaginó que, medio siglo después, esa misma pasión escapista por sistematizar desviaciones y anomalías en la temperatura acabaría arrojándole a la primera línea de otro combate de alcance global y en la resistencia a otro presidente mentiroso. Que desde una discreta oficina de la Universidad de Alaska en Fairbanks, centro geográfico de la taiga estadounidense, encontraría sentido a sus lecturas infantiles. Que desde Alaska como lugar Ártico habitado y en desarrollo, y gracias a su relación con la temperatura, aportaría él mismo una serie de miradas al relato de la última frontera habitada. Por ejemplo, a su relación con la hoguera que el ser humano enciende para sobrevivir en el frío, para, pretendidamente, desarrollar su economía.

Si la mirada primigenia, naturalista, de John Muir desafió a la tormenta con la grandeza de las llamas, y si  Jack London narró a su vez la derrota épica del ser humano ante los elementos con una descripción de los intentos frustrados de cualquier minero de la fiebre del oro por encender un fuego a sesenta bajo cero, batallando contra la inevitable muerte por congelación, la narración de Rick Thoman es mucho más prosaica. Tan terrorífica como exenta de cualquier poética o esplendor. Es puro impacto negativo sobre el común de los habitantes del planeta. Es el anuncio que desvela la misión encabalgada sobre aquella pregunta sin respuesta de su infancia, la que le ha perseguido hasta hoy, cuando, ya en su calidad de divulgador de los datos que informan de la velocidad a la que el clima del planeta ha entrado en crisis, por fin vive armado de alguna certeza en forma de constatación que dice, escueta: 

Nos estamos cociendo a fuego lento.

—¿Por qué el Ártico, Rick?

—Porque el Ártico avisa, pero no perdona. Lo que pasa en el Ártico no se queda en el Ártico, viaja por todo el mundo. Lo que yo puedo hacer es señalar que el lobo del cuento ha salido del bosque, está aquí delante, mirándonos con las fauces abiertas, y no hacemos nada por evitar que se coma a las ovejas.

El Ártico golpea lejísimos y hasta del revés: la suya es una bofetada que cae, paradójicamente, desde el calor. Hoy, incluso quienes no pisarán nunca sus nieves y hielos, cada vez más escasos debido al constante incremento de la temperatura de la tierra, reciben ese golpe con la fuerza, inercia y eco que empujan la distancia y altura de una cascada. Sepultados, confusos bajo una maraña de tecnicismos e inmensas incertidumbres. Peor: mentalmente aniquilados por el catastrofismo milenarista de fines y extinciones que grita portadas de Gijón a Cayo Hueso, pasando por Groenlandia o el Corredor Seco centroamericano, y nos avisa de que el Ártico, su escaso y derretido futuro, nos afecta a todos. 

Ilustración de Cinta Fosch

Porque el Ártico es criósfera, la parte congelada de la tierra constituida a partir del agua por nieve, hielo y permafrost —tierra helada— que tiene por función refrigerar los circuitos de la circulación planetaria. Es su motor más sensible, el que se ha gripado antes y más por lo progresivamente templado del clima. Ese Ártico que se convierte en agua recalentada y contagia la avería de Norte a Sur, hacia el resto del planeta; es Gaia interconectada, es la naturaleza conflictuada del agua y su modificación desde la forma sólida —hielo— a las formas líquida y gaseosa —humedad, nubes, precipitaciones que vuelan y contagian en forma de corrientes— para golpear no solo desde la distancia, sino también desde el tiempo. 

Ya en el siglo VI a.C., cuando irrumpieron las preguntas sobre el origen y el orden lógico de la vida y se instauró el pensamiento crítico más allá de los caprichos de los dioses, el filósofo presocrático Tales de Mileto señaló que el agua es el arjé de la fisis. Que el agua —todo es agua en gran medida, desde el cuerpo humano a la esfera terráquea— toma la forma de un pensamiento que se despliega y crea vida, que enlaza los fenómenos de la naturaleza, soberanos y sometidos a reglas propias. Lugar al que se va y del que se regresa, fuerza motora, retroalimentación. Poesía pura. En palabras del filósofo José Luis Díaz Arroyo: “El agua es lo transitable, el límite que une, ley que mide y se convierte en criterio de relación, que se transforma en los estadios de lo líquido, sólido y gaseoso, que cambia de estado en función de agentes externos que la modulan, que modula a su vez el medio. No tiene forma, puede ocupar intersticios con sutilidad, se cuela en huecos, puede ser violenta, desgarrar y romper cuando la ley así lo exige”.

En la criósfera congelada, que se descongela y cambia desde el Ártico al resto del globo con el incremento de la temperatura debido a la producción de gases de efecto invernadero nacidos del consumo de combustibles fósiles, está el lugar que ocupamos en la historia. En la criósfera están los elementos del cambio climático: la fuerza de la naturaleza, la necesidad del pensamiento para comprenderlo y la posibilidad de una política participativa y comunitaria para sobrevivir a ese cambio. 

En marzo de 2019 la temperatura media en Alaska fue 7 grados centígrados superior a la media desde que existe registro. 

Siete grados. Siete. Siete. Siete. Siete. Siete. Siete. Siete.

En junio, la temperatura media del mar de Chukotka, que baña el estrecho de Bering, había subido cinco grados centígrados sobre la media. 

Cinco. Cinco. Cinco. Cinco. Cinco. 

Para poner el horripilante dato en contexto: el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas ha indicado que una subida global de la temperatura de 2 grados ya marcaría la línea roja del desastre este siglo. Desde Alaska, desde la criósfera habitada, el motor más sensible, cae un rojo intensísimo, sangrante, de herida difícilmente cicatrizable. Se extiende de norte a sur, hacia el resto del planeta, interconectado. Y eso significa lo siguiente, lector, esté donde esté: el calor termina con el hielo en el mar y nos deja menos nieve y menos permafrost —la capa congelada de suelo que, al derretirse, genera burbujas de metano que pueden estallar eructando gas de efecto invernadero—, lo que provoca que tierra y océanos con menos albedo —oscurecidos— absorban a su vez más calor y emitan más humedad, modificando así las pautas de circulación atmosférica, impulsando más precipitaciones catastróficas allende los mares, hielo en el Jalisco, monzones en Asia, Nueva York inundada, y acelerando un intercambio entre las formas de la materia y la energía que alimenta una perversa retroalimentación  del proceso cual Sísifo espídico. Sin pausa. De vuelta en vuelta, cada vez más rápido y, según todo parece indicar, hasta el descarrilamiento.

¿Irónico, verdad? Se pregunta y responde Thoman tras uno de sus apasionados monólogos sobre avisos y umbrales, entre socarrón y dolido, una mañana de nieve tardía y frío seco mientras camina por una granja a las afueras de Fairbanks. Allí, la Universidad de Alaska mantiene un par de termómetros de mercurio y alcohol, unas planchas de madera, un palo enhiesto marcado por unas rayas de rotulador y un trozo de papel grapado: “No tocar hasta las ocho”.

Con los datos de esa noche, con los de decenas de miles de noches previas, Thoman pronostica el cambio climático y escribe, notario del desastre, amanuense del clima, copista a la luz de la velas de los datos que los bárbaros tratan de ahogar en el ruido, de la ciencia que otros, a su alrededor, niegan. Lápiz y papel en mano, sin necesidad de más tecnología que un termómetro de doce dólares, Thoman, voluntarioso, sistemático, ha apuntado temperaturas durante décadas. Como él, cientos de voluntarios trabajaron desde el primero de julio de 1911 en esta granja, el registro climático más antiguo de la última frontera. Números, líneas y colores convertidos en materia prima de la munición que Thoman utiliza para oficiar sus ceremonias de la resistencia: sus teleconferencias mensuales sobre el clima, citas insoslayables para decenas de funcionarios de agencias federales, periodistas y profesionales de la meteorología de todo el mundo interesados en lo que sucede en la zona cero de la crisis climática. “Cualquier modelo relacionado con el clima se va a la basura cada mes” es su frase de la temporada. Las tiene a decenas: “Lo que sucede es demasiado grande para ignorarlo” es otra de las más repetidas. “Se acerca el día en que nadie, ni los más locos, podrán esconder la cabeza en la arena” suena como estribillo,  o “toca combatir a toda esa industria que trata de echar atrás cada paso que damos”, que adquiere carácter de consigna. 

La relevancia del papel de Thoman en el frente científico frente a la barbarie deriva del lugar en el que trabaja, Alaska, torreón de vigilancia a la par que torre del homenaje desde el que avisar de la amenaza; de su persistente recogida y análisis de datos durante más de treinta años y del contexto negacionista que el presidente Donald Trump y sus acólitos extienden por Estados Unidos. 

Thoman es un superviviente nato y veterano en la batalla entre ciencia, dinero y presupuestos equilibrados. Ya logró superar, agazapado en la empresa privada, los largos años ochenta en los que el Gobierno de Ronald Reagan no permitía contratar funcionarios para evitar el déficit público y disminuir el peso del Estado en la economía. Pero una vocación de hierro alimentada por miles de mapas y gráficas elaboradas para periódicos locales acabó llevándole, en 1988, ya investido meteorólogo federal y funcionario del Gobierno, a pronosticar el tiempo desde una pequeña cabaña de madera en Nome, noroeste de Alaska, lugar que se convertiría en su particular campo de entrenamiento. Por aquel entonces, su pronóstico y análisis del clima no apuntaba a más de siete días. En la prehistoria del desastre lo más parecido al cambio climático que rozaba su cabeza eran las sugerencias de Johnny Johnson, un colega nativo iñupiat que dejaba caer, entre cerveza y cerveza, que sus abuelos decían que ya no se sentía el frío de antes, que el hielo se rompía cada vez más rápido. Para él, asume ahora con autocrítica, un cambio en el clima, y menos aún las palabras crisis climática, no eran entonces parte de la ecuación. Hasta que lo fueron. Hasta que el runrún de comunicaciones científicas y artículos en prensa, e incluso históricas  intervenciones ante el Congreso de Estados Unidos, explosionaron con retardo ante sus ojos. Hasta que un sábado de 2005, durante una conferencia de la que no recuerda ni el ponente en este mismo edificio del Instituto de Investigaciones Árticas, vio una foto de permafrost derritiéndose y una certificación infalible: si esa tierra congelada había sobrevivido al final de la última glaciación y ahora el hielo se iba para siempre, tenía que ser cierto. Estaba pasando. 

Tictaquearon a ritmo los años y, paradójicamente, sobre todo en Estados Unidos, ese está pasando que la ciencia señalaba chocó de frente con la política de un sector importante: el Partido Republicano, con su esfera de influencia, voto y financiación industrial en el combustible fósil. Más ciencia trajo consigo más militancia medioambiental, y también más activismo negacionista. Cuando George Bush padre visitó en 1992 la Conferencia de Río, el primer evento global para debatir y decidir algún curso de acción sobre el clima, espetó su ya conocido “el modo de vida americano no es negociable”, que marcó una pauta clara para la inacción en torno al uso de combustibles fósiles. El siguiente cuarto de siglo fue de acción-reacción-acción; por citar un paso adelante, el presidente Barack Obama situó a Estados Unidos en la senda internacionalmente consensuada de reconocimiento del problema y lucha contra la subida de las temperaturas. Tocan ahora tiempos de pasos atrás, de  ofensiva anticlimática: en 2017 Donald Trump retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París, el primer pacto vinculante global sobre el clima, en un mensaje al mundo de fácil interpretación: esto no va con nosotros. 

***

Inciso. He visto en el último año a doctores y a estudiantes de doctorado de la Universidad de Alaska argumentar con pasión que el cambio climático es propaganda demócrata para limitar la libertad, a personas que no podrían recordar en qué año Alaska se incorporó a la Unión defendiendo descabelladas teorías sobre glaciaciones milenarias y modificaciones del eje de la tierra. He visto miedo. Individualismo. Cerrazón cínica. Un sistema educativo y de medios de comunicación totalmente quebrado, fallido, que niega gran parte de los avances sociales, científicos y políticos de las últimas décadas. Una suerte de nueva Edad Media producto de una sociedad bien engrasada desde las narrativas dominantes, vendida a un cheque del que hablaré más adelante. 

“¿Qué le parece el calor?”, preguntaba el diario local a los vecinos, que respondían: “Me encanta tomar el sol en manga corta, me mudé a Alaska pero no me gusta el frío”. He perdido horas de clase siendo testigo de cómo ciertas teorías peregrinas divulgadas por Facebook eran recibidas con más credibilidad por la mente de mis alumnos universitarios que los estudios de la propia universidad —punteros— sobre el cambio climático. Alguien salió de mi despacho, portazo incluido, porque me negué a permitir que un activista contra la ciencia hablase en la clase de comunicación sobre el cambio climático que yo impartía. Por argumentar que negar las conclusiones de la Academia Nacional de Ciencias no es una opinión legítima en una clase universitaria. 

***

Ilustración de Cinta Fosch

Una investigación sostenida durante años de las Universidades de Yale y George Mason muestra que el 14% de los estadounidenses no cree que el cambio climático esté sucediendo. Más de un 30% no acepta que su causa sea humana y a un 40%, simplemente, no le preocupa el tema. Las cifras en Alaska son peores. En ese contexto acientífico, negacionista, se jubiló Thoman en 2018: tras treinta años ininterrumpidos leyendo el clima ártico, siendo testigo de cómo la barbarie, empujada por la industria de la extracción petrolífera de la que depende Alaska, ocupaba la Casa Blanca, de cómo el recientemente electo gobernador republicano Mike Dunleavy decidía inaugurar su mandato borrando de todos los servidores la web que alojaba el plan de acción climática del estado, al tiempo que anunciaba un recorte presupuestario del 40% a la Universidad de Alaska, la institución de investigación ártica y climática más cercana al frente del deshielo (recorte aprobado y puesto en marcha el último día de junio de 2019).

Thoman no pudo soportarlo. De la indignación nació el activista. No había disfrutado 24 horas de su jubilación —había llegado a ser meteorólogo jefe de Alaska justo antes de retirarse, por supuesto ya enfrentado a la jerarquía política republicana—, cuando decidió regresar a la acción y sumarse a una pequeña organización con oficina en esa universidad sitiada: el Centro para la Evaluación y la Política del Clima en Alaska. Allí —ya convertido en “disruptor de la ceremonia de la confusión”, ríe en resistencia- abrió una discreta cuenta de Twitter e inauguró sus teleconferencias mensuales; comenzó a traducir los escenarios meteorológicos, ininteligibles para el vulgo, a píldoras informativas y gráficas comprensibles para todos. 

—Para callarme, tendrían que cortar la electricidad a la universidad, porque con un termómetro de doce dólares y una libreta podría seguir comunicando lo que sucede.

¿Cómo explicar que el mes de marzo ha roto, otra vez, todas las marcas? ¿Servirá con señalar que la temperatura media en la costa norte de Alaska está siete grados por encima de la media de los últimos cuarenta años? ¿Que el récord de este año se sitúa dos grados por encima del récord anterior? ¿Qué en la última década la temperatura ha aumentado en el 83% de los meses? ¿Se entenderá que registramos la menor cantidad de hielo de la historia en el estrecho de Bering? ¿Que además ese hielo es más fino? ¿Que el hielo en el río Tanana ha vuelto a romperse antes de lo esperado y ha batido el récord previo por una semana? ¿Acaso la temperatura, cada vez más cálida, en la superficie del océano tocará la fibra sensible del lector? ¿Será la aparición temprana del polen, las alergias, y el estallido de los brotes verdes en el bosque boreal? ¿O será, en cambio, la imagen del permafrost, esa tierra helada que se derrite y expulsa gases de efecto invernadero a la atmósfera a un ritmo cada vez más rápido y en mayores cantidades? ¿Y si lográramos transmitir que todo eso, además, se retroalimenta sin cesar y acelera más allá de cualquier previsión el calentamiento global, como lo haría un ratón de laboratorio corriendo para entrar en calor en pleno enero ártico, ese que sigue en los 40 bajo cero, pero ya solo una semana frente a las dos de media de hace un puñado de años?

Ya en una habitación de luz tenue donde apenas se oye el ruido de la calefacción, Thoman abre sus mapas con la liturgia y parsimonia del sacerdote que se ha vestido en la misma sacristía tantas veces. Prueba el micrófono y trata de romper el hielo en  la sala desde la que emitirá su videoconferencia de abril. Va a contar que marzo ha sido el mes más cálido de la historia registrada. El ambiente es pesado. Los chistes de meteorólogos expertos en cambio climático difícilmente provocarán carcajadas multitudinarias. Quizá de ahí nace un carácter seco y un sentido del humor autocontenido que bordea, afable, la sutileza; bromea hasta cuando habla en serio y elige con cuidado sus ejemplos. 

—La anomalía climática es la nueva normalidad. Mucho más templado tampoco significa que esto sea el trópico.

Sí, es un chiste. En el PowerPoint con el catálogo de desastres que desgranará, ha incluido un muñeco de nieve derritiéndose y rodeado de flores, un word art predeterminado estilo hace una década. Hace una semana, durante el marzo más cálido de la historia, que enseñó la hierba y la tierra mucho antes de lo normal, parecía una buena idea. Hoy, a punto de terminar abril, lleva tres días nevando sin parar y, a primera vista, el muñeco queda fuera de lugar. Porque nieva, aunque debería nevar más. Aunque no debería haberse derretido la nieve del invierno a mediados de abril. Matices en los que se oculta nuestro futuro. Son apenas 45 minutos de monólogo frente a una presentación en la que cuesta distinguir los mapas de Alaska y el Ártico, invadidos por tonalidades de un rojo que, cada vez más oscuro, representa un calentamiento “dramático, excepcional, significativamente por encima de lo normal, que rompe todas las previsiones, que se ha vuelto loco”.

Nadie hace preguntas. Algunos de los presentes en la sala, expertos todos, llevan veinte años asistiendo a este tipo de encuentros. Silencio roto por dos palabras. “Deprimente. Abrumador”. Luego abundan. “Se traspasan umbrales. Van a suceder cosas que no esperamos”, dice uno. “Me preocupa Bering”, dice otra, en referencia a ese estrecho sobre cuyo hielo llegaron las personas a América, convertido hoy en punto de partida de una gran masa de agua evaporada que gira por el planeta en forma de ciclones y huracanes.

—¿Qué hacemos, Rick? —espeta alguien sin esperar respuesta.

 —Hay que recortar las emisiones de gases invernadero a la atmósfera —dice, y lanza una pregunta retórica, cínica—. ¿Hemos venido todos en coche a la Universidad? 

No hace falta esperar la respuesta. Tras 27 años en una casa pasiva, una cabaña seca, sin conexión de aguas y desconectada de la red, él mismo y su mujer decidieron regresar a la ciudad. 

—A todos nos gusta tener agua corriente o encender un interruptor sin necesidad de que duela la espalda —confiesa irónico—. Para nosotros el barco ya ha zarpado. Ahora se trata de los niños y niñas. Quizá ellos logren hacer algo.

No pasó una semana y alguien, en la misma universidad, apuntó qué hacer.

II. Princess Lucaj

Cuando a Princess le dan palabra, carraspea, entona, enfoca y proyecta una voz profunda a través de una inmensa sonrisa. Antes de comenzar, y en lengua gwich’in (la del pueblo indígena del mismo nombre), enumera su imbricación en la historia como jalón, rama, parte de algo mayor. Estos son mis abuelos, estos mis hermanos, aquellos son mis hijos, desde este lugar planteo una narrativa propia, tan necesaria, y esta es la historia: 

—¿Qué son esos dinosaurios o saltamontes gigantes? —preguntaba Princess de niña a su abuela, en la década de 1980, en referencia a las plataformas de perforación petrolífera que rompían, rítmicas, el horizonte.

—Hace mucho tiempo que la madre tierra enterró toxinas en las profundidades de su cuerpo, y esas máquinas las están trayendo de vuelta a la superficie para hacer daño —respondía su abuela con acritud.

—Un par de semanas después, vi un pájaro atrapado en el alquitrán —avanza en perfecto dominio del arco narrativo, como si lanzase pegamento a la audiencia para que ya no pueda separarse nunca más de la persona a la que escucha—. Traté de salvarlo. No pude. Y me pregunté por qué traíamos esto de vuelta. No tenía sentido para mí. Debía quedarse enterrado con los dinosaurios.

A Princess Lucaj —que no es princesa sino lideresa giwch’in de la costa norte de Alaska— la definen cierta representatividad, un discurso preciso y vivir esa clase de momentos antagónicos en los que la historia del planeta se tensa en torno a una mujer, la plataforma en la que participa y las ideas por las que lucha. Apelmazada y deglutida esa identidad gracias al manejo de la retórica y el respeto del auditorio a la historia que reivindica, a Princess Lucaj y a las suyas les toca pensar, plantear, jugar en-y-a la política. Bajar a la cancha: defenderse y ofender. Pasar a la acción.

Y así lo hizo una tarde soleada a finales de abril. Sus palabras resonaron en el auditorio de la Universidad de Alaska, como guionista y actriz dinamizadora central de la presentación en el lugar más dañado de Estados Unidos, en la zona cero de la transformación de nuestro medioambiente debido a la acción del ser humano, del Nuevo Acuerdo Verde. Princess fue oradora central del acto de presentación de la iniciativa climática de la izquierda estadounidense para asaltar el poder y transformar el ciclo político y económico con la urgencia que la ciencia indica y el planeta demanda. Una iniciativa que, modificando los vectores de producción y consumo, si es posible hacerlo, minimice las peores consecuencias del cambio climático y no deje a nadie —esta vez, de verdad— atrás. La fórmula: reducir emisiones, cambiar la matriz energética, aportar sostenibilidad, generar nuevos empleos desde lo público para quienes están pagando el precio de las crisis sistémicas del capitalismo. La política del clima en sentido amplio: la regulación intencional y solidaria de la relación entre los seres humanos y las condiciones materiales de la existencia desde un enfoque planetario.

Con un gran pero. Princess, su presentación, su plataforma, sufren al encallar en un fenómeno habitual. El lugar y la audiencia componen una cámara de resonancia más religiosa que deliberativa. Abarrotado solo por los ya creyentes, un auditorio académico adquiere la dimensión de templo donde se escriben las páginas sagradas de una derrota más, de apenas una inscripción notarial que se lee —se leería, si alguien pudiera transcribirlo para la historia— así: “Sabíamos que teníamos razón, pero no fuimos capaces de que el mundo nos escuchara”. 

Ilustración de Cinta Fosch

Princess tuvo razón y emocionó como solo lo hacen grandes causas perdidas frente a los dragones que vomitan toxinas. Como pelea la guerrera que ya tiene los pies atrapados en una mancha de alquitrán que se extiende. Alaska, sus costas, el Ártico, ese contenedor del hielo que regula el clima del planeta, incluye, como todo ente vivo, su principio y su fin, la semilla de su autodestrucción. Carga en su interior las balas de un inmenso suicidio colectivo. Alaska es un estado productor de petróleo. Bajo la nieve, el hielo y la tierra congelada están los combustibles fósiles cuya quema en la hoguera —nuestro modo de vida— emite gases que calientan la atmósfera y derriten la parte congelada de la tierra. A más combustible fósil, más carbono, más calor, menos hielo, más crisis climática. Una inmensa paradoja y un lugar de confluencia: nuestra archiconocida estupidez colectiva toma forma en Alaska. También el punto de partida para modificar esa archiconocida estupidez colectiva.

Una de las asistentes, Melanie Burnett, se presenta como estudiante de doctorado en Ecología. Estudia el permafrost y lo que le está sucediendo. Habla sobre el dinero que los ciudadanos de Alaska reciben de la industria de los combustibles. Habla de que para ser coherentes, hoy, aquí, ahora, en Alaska, para vivir hacia el futuro, hay que perder dinero en el presente, hay que modificar el estilo de vida. Se abre el debate. Hay pocos disensos.

III. “Ven a jugar a golf sobre el cambio climático”

El pasado otoño un inmenso deslizamiento de tierra descongelada (permafrost) amenazaba con cortar la carretera que permite el mantenimiento del oleoducto de Alaska, la autopista Dalton. No hubo mayor problema. Será por dinero. Las autoridades construyeron otra al lado para esquivar el deslave. Desarrollan y aplican en ella, también, la tecnología que enfría el suelo de manera artificial para que no se descongele y  rompa la carretera que sostiene. Visualicen la imagen: es tan poderosa como suicida. Sacamos petróleo, lo quemamos, emitimos gases que calientan la atmósfera y derretimos así el suelo sobre el que discurre la autopista por la que le damos mantenimiento al oleoducto que saca el petróleo. Para evitar que la infraestructura sufra riesgos, enfriamos el suelo de manera artificial a fin de seguir así sacando petróleo unos años más, calentando unos años más, rompiéndolo todo unos años más. Sísifo va dopado, derrapa con fuerza eterna y ha sido privado de su capacidad de reflexión. La montaña entera caerá. Más temprano que tarde, la montaña entera caerá. Y de Sísifo no quedará más que la memoria del castigo autoimpuesto.

La industria de los combustibles fósiles, los políticos a los que financia y los votantes viven atascados sobre su propio precio. Los beneficios de la explotación de las toxinas de la tierra son suficientes como para que muchos sigan ¿sigamos? mirando a otro lado. No es metáfora ni demagogia. Es, como señaló George Bush padre durante la Conferencia de Río de 1992, ese modo de vida que no está en cuestión.

Regresemos a la pregunta de la estudiante de Ecología Melanie Burnett, a la cuchilla en el ojo: en Estados Unidos, al menos en Alaska, desde donde divulga Thoman, donde presenta y propone Lucaj, de donde nacen los hidrocarburos, en el Ártico que se derrite, en este lugar de impuestos bajos, abrumadores resultados en favor de los republicanos y mínima intervención estatal, se aplica una modalidad muy particular —pura inmolación grupal— de la Renta Básica Universal. Desde 1982 y cada año, los habitantes de Alaska no solo no pagan impuestos estatales, sino que reciben una transferencia directa e incondicional del gobierno en Anchorage. Sí, un cheque igual para todos los residentes. Solo hay que rellenar un formulario antes del mes de septiembre, y el dinero se deposita en la cuenta la primera semana de octubre. Tras un año especialmente dadivoso, 2015, cuando cada habitante de Alaska recibió 2.072 dólares, este año, 2019, solo han recibido 1.600. Algunos protestan. Les parece poco.

Ese dinero se llama Dividendo del Fondo Permanente y viene de lo que pagan las concesiones petrolíferas y gasíferas en el Ártico al estado de Alaska. A más petróleo, a más combustible fósil extraído, mayor el pago al estado, más dadivoso el cheque y más probable el voto a quien lo aumente, proteja, sostenga como parte del modo de vida. Si alguien levanta la voz, el cheque lo calla, sostenía la estudiante de Ecología Melanie Burnett. No hay más que observar cualquier campaña electoral alaskeña: son monotema. Cuánto y cómo. Para avanzar, decía Burnett, para cumplir con la tierra, tenemos que perder, renunciar, recibir menos dinero. La realidad siempre a la contra. Para cumplir con los votantes, el poder político ha decidido recortar casi la mitad del presupuesto de la Universidad de Alaska y transferir esos fondos al incremento del cheque anual. Comprar votos contra la tierra. Vender la tierra por un puñado de cientos de dólares. “Nuestro dinero”, dice el gobernador. “Nuestro dinero” contra la tierra, contra la universidad, contra la ciencia, contra la educación. “Nuestro dinero” contra nosotros mismos.   

En Fairbanks, a un suspiro del Instituto de Investigaciones Árticas y el Centro para el Clima de Alaska desde donde Thoman divulga, hay un campo de golf. Si el filósofo alemán Jürgen Habermas se preguntaba hasta dónde nos llevó colectivamente la mitificación del progreso tecnológico durante el período tenebroso del siglo XX, el presente en Fairbanks nos recuerda la proximidad y pertinencia de sus preguntas. A principios de septiembre dos hombres jugaban a golf en las afueras de la ciudad. Jugaban y se divertían, quizá —es un supuesto no factual pero factible— después de firmar algún contrato de enfriamiento y renovación de telas asfálticas dañadas por el permafrost que se derrite debido al calentamiento global, un negocio que aquí mueve millones de dólares al año. Esos hombres pisaron una burbuja que flotaba bajo el césped. Se rieron. Ya sabían de qué se trataba. Aquí todos los saben. Tenían un viral para subir a Facebook. Agujerearon la burbuja, aplicaron la llama de un encendedor y le prendieron fuego. El metano, ese gas de efecto invernadero que supera con creces la capacidad de calentamiento del carbono, dibujó una llama azul, vertical, rápida, divertida. Para ellos. Para sus seguidores en Facebook. Para la publicidad de un campo de golf que se vende con un “Juega a golf en el campo más septentrional de América”, que con tanta facilidad podríamos traducir en un “Ven a jugar a golf sobre el cambio climático”. Para la ciencia y la universidad, para la empresa, un reto más. Diseñemos una alfombra que filtre el metano para evitar esas burbujas. La pesadilla tecnológica como narcótico de la explicación profunda.

La quema de combustibles fósiles aumenta la temperatura que derrite el permafrost y libera los gases, el metano también, atrapados en esa tierra hasta ahora congelada. El foco de la pesadilla, claro, es cómo evitar las burbujas que molestan la partida diseñando productos tecnológicos, ya sean enfriadores de carreteras o alfombras de golf porosas. Es un foco falso que funciona para sostener y patear hacia el futuro el problema real: que en realidad hay que detener el proceso de descongelación del permafrost. Hay que frenar el aumento de temperatura. Hay que limitar las emisiones de gases a la atmósfera, hay que reducir el uso de combustibles fósiles. Y para que nadie pinche el globo de esa pesadilla, para que siga encerrada tras un espejo viejo, añoso y oxidado, se ofrece un puñado de monedas de oro: una transferencia en dólares desde las empresas de combustibles hacia el ciudadano votante. Apenas un viaje de unos días a una playa de Florida. Qué poco vale un voto en Alaska. Unas zapatillas deportivas en México, unas láminas para el tejado y una mochila escolar en Managua, un ataúd en Tegucigalpa, unos días en la playa para un habitante de la Siberia capitalista. 

Sin más incisos, sin necesidad de más preguntas ni evocaciones, un escalón más arriba en la celebración colectiva de la razón, el auditorio ya viaja en la nave que Princess pilota con destreza. Porque no tiene ninguna intención de edulcorar lo que está sucediendo, pone sobre la mesa la muerte.

—Odio preguntar cuántos alaskeños hemos perdido este año en el hielo —no lo hace; se responde a sí misma—. Nueve que nosotros sepamos. Quizá son más.

Ilustración de Cinta Fosch

Nueve habitantes de Alaska han muerto durante este deshielo adelantado por el invierno más cálido de la historia registrada. Los ríos, congelados, son las autopistas que utilizan las comunidades nativas de Alaska para la vida. Cuando el hielo que cubre esos ríos se descongela antes de tiempo, la calidad del hielo baja, rota, convertida en trampa donde los transeúntes se quedan atrapados por una grieta y mueren. El cambio climático, este invierno cálido, ha matado a nueve personas que se desplazaban entre comunidades nativas en Alaska y no vieron el agujero en el hielo. En su modo de vivir la tierra. Esas grietas, la aceleración del calendario, la amenaza en forma de primavera temprana nacen, según Princess, de la avaricia. La abren aquellos monstruos que extrayendo toxinas fósiles de la tierra para alimentar nuestro modo vida, basado en el combustible no renovable como forma de generar energía, modifican los ciclos de las estaciones, del agua, de la nieve, del hielo. Destruyen y limitan la porción de la tierra que sobrevive cada vez menos tiempo congelada. Valen un fajo de dólares que sellan el voto de los habitantes de Alaska.

—Estamos exterminando el planeta que nos ha permitido compartir su espacio.

Sostiene Princess Lucaj que los humanos no somos el punto más elevado de la creación e impele a la humildad. 

—No lo somos. Dependemos de la naturaleza. Agua, aire, fuego, agua. Y así lo entendieron los pueblos que nos precedieron durante milenios, que por eso sobrevivieron. 

El enfoque es pesimista, urgente, instrumental. De impulso. 

—Tengo hijos —dice, y eleva la apuesta para agarrar a la audiencia—. Escuchan la radio. Me dicen: “Mamá, ¿puedes apagarla, por favor?” Es estresante. Es negativo. Hay que detener este proceso. 

Y lo dice tras un marzo cuya temperatura media en toda Alaska ha rozado siete grados por encima de la media normal. Normal como categoría estadística, no como valor moral.

Siete. Siete. Siete. Siete. Siete. Siete. Siete grados.

El Ártico y su efecto de amplificación. Un aumento de la temperatura que triplica el peor de los señalados por el peor de los escenarios de irreversibilidad y proximidad del punto de no retorno acordado por la ciencia internacional. Al Ártico le corresponde esa desproporción en la temperatura, el Ártico ejerce como gozne que abre la puerta de los infiernos que amenazan con derramarse en cascada hacia el resto del planeta.

Princess pide por niños y niñas. 

—Aquí estamos. Este es nuestro momento. Nuestros ancestros nos acompañan. Tenemos junto a nosotros a sus espíritus y su imaginación. Llegamos a la luna. Podemos innovar. Tenemos imaginación, capacidad. La tierra nos pide que la usemos por ella. 

Y plantea el camino: 

—Caminar. Leer. Oler. Mirar. Compartir. Procesar lo que sucede. 

Política. Política. Política. Pide organización, aprovecha la coyuntura. Pelea frente a Mike Dunleavy, gobernador de Alaska, negacionista; frente a Donald Trump, presidente de Estados Unidos, negacionista. En ellos no ve amenazas, ve oportunidades. Utiliza una palabra: galvanizar. Sus figuras e intereses ayudarán, cree, con optimismo, a insuflarle vida a una sociedad que necesita acción. A transmitir esa voluntad a las generaciones que pagarán las consecuencias de las decisiones de generaciones previas. A quienes pueden comprender para actuar.

Sostiene el historiador local Stephen Haycox en su teoría, ya canónica, sobre la economía de Alaska, que esta es de naturaleza colonial. Que gran parte de los no nativos, incluso algunos de entre los nativos, han vivido y viven el lugar con un objetivo: adquirir riqueza para transferirla a lugares más cómodos, en los que poder disfrutarla mejor. Sostiene Haycox que quienes se mudan a Alaska, a la última frontera, no lo hacen para vivir una vida de subsistencia y fusión con la naturaleza, sino por el dinero. Que el medioambiente, la naturaleza, no son más que algo que convertir en materia prima del beneficio, más allá de cualquier sentimiento fusional, identitario, de unidad con el lugar o de pie a tierra.

Sostienen muchas pensadoras, antagónicas —teóricos como Bruno Latour—, que es hora de la política del pie a tierra, de tocar el suelo, de una necesidad que, por surgir desde todos los lugares al mismo tiempo, es terrestre. Desde la tierra y para la tierra, que es una y nuevo vector de actuación política para la supervivencia. No resulta difícil, frente a una lideresa giwch’in, entender que Alaska es tierra, es la tierra. Que nosotros, lo que representamos, tratamos a Alaska como tratamos a la tierra en su conjunto. Para nuestro beneficio. Que ella, su identidad, está aquí no sólo para alertar de esto, sino para ofrecer un camino alternativo. Desde Alaska, para la tierra.

Un conato de voz arqueada en quiebres de lágrima, emoción y aplauso. En deriva circular, una de las causas del cambio climático es el acoplamiento entre la tierra —lo natural— y lo social, la capacidad del ser humano de influir sobre los ciclos de la naturaleza, sobre el clima. Hemos entrado en una nueva era, el antropoceno. Solo a través de una política acoplada, la política terrestre —del pie a tierra, de la producción de vida— podrá ofrecer alguna solución.

Sostiene Princess como lema: “Si vamos a morir, que sea intentando vivir”. 

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