Los indígenas expulsados por los paramilitares en Colombia

El vacío que han dejado las FARC en lugares como Santa Rosa de Guayacán ha sido ocupado por los paramilitares

Marta Arias

En movimiento

Anna Surinyach

La fotografía
16 de Febrero de 2017

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El hambre de Clay Champauro pudo más que su miedo. La comunidad indígena wounaam nonam a la que pertenece llevaba días confinada en sus propias casas de Santa Rosa de Guayacán y ya no quedaba nada para comer, así que Clay se aventuró el 4 de febrero a recorrer la hora y media que lo separaba de su tierra de cultivo. El atrevimiento le salió caro y la amenaza invisible a la que tanto temía se materializó. Cuatro hombres lo asaltaron, secuestraron y torturaron durante horas.

Sobre todo, insistieron, no debía mirarles a la cara. Ellos tenían que seguir siendo tan invisibles como profundo el temor que ejercían entre los wounaanes nonam, y la paliza era una advertencia para el resto de sus vecinos. Esto es lo que les ocurriría si se atrevían a volver a salir de la comunidad. Nueve horas de cautiverio y varias contusiones después, Clay cayó desmayado a las puertas del poblado.

Para quien no lo conozca, Santa Rosa de Guayacán se antoja como un enclave tranquilo donde una decena de construcciones palafíticas de madera trufan una ladera bañada por el río Calima. El acceso hasta aquí solo puede hacerse a través de una de las tres lanchas públicas que cada día conectan entre sí las diferentes comunidades fluviales. Salvo estos esporádicos contactos con el exterior, los wounaanes nonam viven aislados. Una comunidad tranquila acostumbrada a trabajar la tierra para obtener de ella alimentos y materias primas. Pero sobre todo, gentes de río. Los niños se zambullen en sus aguas cada vez que el calor aprieta, y los adultos pescan casi a diario. El Calima es su bien más preciado. Los wounaanes nonam son agua.

Resguardo humanitario indígena de Santa Rosa de Guayacán, situado a orillas del río Calima.Anna Surinyach

Unos días antes del asalto a Clay, la tensión en Santa Rosa ya se puede palpar. Con la caída del sol, todos los vecinos se retiran poco a poco a sus casas mientras Hejiria, una de las ancianas parteras de la comunidad, prepara los cacharros para la cena. Al pasar frente a su casa, me hace gestos para que me acerque y me pregunta por qué voy sola al anochecer. Baja el tono de voz, pide que me aproxime a ella y anuncia que lo que viene a continuación es una confidencia, algo que no debe contarse. “Hay gente mala cerca”. No sabe quiénes son, no sabe dónde están, pero repite hasta tres veces con la mano el gesto de un cuello degollado.

A pocos metros, frente a la desangelada tienda del pueblo, varios vecinos murmuran en nonam y se arremolinan con nerviosismo. Miran hacia el horizonte.

—¿Ha ocurrido algo?

—Sí.

—¿Qué ha pasado?

—Cosas malas.

Les cuesta hablar del tema, pronunciar el nombre de los culpables de su situación. Porque les temen, porque no los conocen. Esta vez la alarma ha venido de una de las comunidades vecinas. Uno de sus miembros ha salido del poblado y no ha vuelto. Nadie tiene noticias de él desde hace horas. Se avecina otra noche en vela.

En casa de Agustina, una de las parteras de la comunidad, se preparan para pasar la noche tres de sus hijas y siete de sus nietos. Los hombres de la familia hacen guardia en el exterior.Anna Surinyach

Los wounaanes nonam son una comunidad indígena acostumbrada a vivir de lo que la naturaleza les da. Pero el problema es que la fuente del conflicto es precisamente esa tierra que tanto veneran. Santa Rosa de Guayacán está situado en una de las zonas geoestratégicas más importantes de la región. Las orillas del río Calima son territorios en disputa para el negocio de la droga y el tráfico de armas por culpa de su particular ubicación en plena ruta hacia Centroamérica. Los grupos armados ilegales mantienen el control de este corredor del narcotráfico con la expansión del miedo. La paliza a Clay es parte de la estrategia de presión para que abandonen las tierras.

Enrique Chimonja, uno de los miembros de la Comisión Intereclesial Justicia y Paz que más de cerca sigue la situación, asegura que “el hecho de que las comunidades se encuentren ubicadas a orillas de esta importante vía provoca que estén en un riesgo permanente de ser asesinados o coartados por las estructuras que allí operan, pese a la presencia de fuerza pública”. Y señala lo que considera el agravante reciente de la situación: “En este momento, en el marco del proceso de paz en que la estructura de la guerrilla de las FARC ya ha hecho efectiva su salida de la región, quien está ocupando su lugar son las guerrillas paramilitares que nunca se han desmovilizado ni desmontado en toda Colombia”.

La comunidad había extremado sus medidas de seguridad en los últimos meses. Pasaban el día juntos en una vivienda comunitaria que solía hacer las veces de centro de reunión, y por la noche dormían en la parte más elevada del poblado para poder controlar cualquier movimiento extraño. Pero ni siquiera así lograron conciliar el sueño. Por la noche escuchaban a los merodeadores. Nunca les vieron las caras. No sabían ni cuántos eran. Pero su presencia era más pesada que cualquier amenaza física.

Ansiosos de recuperar la normalidad, los indígenas buscaron un diálogo que la otra parte ignoró. Unas chicas vislumbraron a varios desconocidos merodear cerca del pueblo y dieron la voz de alarma. La reacción de la comunidad fue armarse de valor y pañoletas blancas para salir en su búsqueda. Hombres, mujeres y hasta niños recorrieron durante horas las orillas del río Calima, pero no hallaron interlocutor alguno, así que optaron por un plan alternativo: colgaron un folio en la entrada del pueblo donde explicaban su voluntad de dialogar y de encontrar una solución que les permitiera quedarse en sus tierras sin temor a la violencia. Tampoco hubo respuesta.

Tras las primeras amenazas, la comunidad entera decidió aprovisionarse de alimentos y hacer un olla común con la que cocinar una única comida diaria para todos. Pero los recursos almacenados no duraron mucho. El miedo a ser atacados les impedía salir del poblado. Las fuerzas y los ánimos empezaron a flojear. El ataque a Clay fue un punto de inflexión. Una semana después, el 9 de febrero, acordaron tomar la decisión más dolorosa: abandonar Santa Rosa.

“Si no compra con plata, uno no chupa caña”

“Cuando venía en la lancha me sentí muy triste. Miraba la comunidad que se quedaba sola, los animalitos que quedaban solos…”. Fabiola Quintero fue de las últimas en salir. Lo hizo en el segundo grupo, el que tuvo que ver cómo sus casas quedaban vacías mientras ellos se alejaban sin saber cuándo regresarían.

Todos los wounaanes nonam se fueron con lo puesto a la ciudad de Buenaventura, unas tres horas de distancia. A partir de los doce años, los niños pagan billete de adulto, y cada bulto grande o maleta se factura aparte. Para familias cuyo número de miembros rara vez baja de las cinco personas, el gasto es enorme. Atrás quedan animales, aparatos eléctricos, ropa, muebles. A Édgar García Chocho, el gobernador de Santa Rosa, le preocupa especialmente el sistema de placas solares que les instalaron unos años atrás y que permite que la comunidad tenga electricidad las 24 horas del día. Nadie les garantiza que todo esto vaya a estar intacto a su vuelta.

Su nuevo hogar es una escuela infantil del barrio de Bellavista que las autoridades locales han habilitado para ellos de manera provisional. Cinco aulas entre las que se distribuyen colchones, mantas y 141 personas acostumbradas a vivir en espacios abiertos. Los problemas surgen rápido. Tan solo tienen una estufa para cocinar y tardan horas en preparar la comida para todos. Pero el principal drama es el agua. No hay agua. No la suficiente para un wounaan nonam acostumbrado al agua del río.

Los bomberos de Buenaventura se encargan de proveer a la comunidad del agua para sus tareas.Anna Surinyach

Tampoco hay comida. Agricultores y recolectores, para los wounaan nonam es especialmente duro conseguir alimentos de otra forma y hacerse a su sabor artificial. Bertilda García Moña, una de las indígenas, cuenta que tras muchas noches en vela por fin ha logrado dormir del tirón, pero cree que el proceso de adaptación será complicado. “Lloramos por tener que venir acá. Necesitamos la tierra. Uno siembra y salen los bananitos, de la caña sacamos la miel… En la ciudad no es así. Si no compra con plata, uno no chupa caña”.

141 personas se distribuyen en las cinco habitaciones de la escuela que se les han habilitado.Anna Surinyach

Un día después de la llegada del primer grupo, alguien muy especial se acerca al recinto. Todas las miradas se dirigen hacia él. Clay y su familia acaban de llegar. Desde el asalto, residen en una vivienda especial y son acompañados de voluntarios para que se sientan protegidos. Ha pasado algo más de una semana desde el ataque y su recuperación física es casi completa. Le queda una leve sombra morada en el ojo y restos de los golpes en varias zonas del cuerpo. Dice que le molesta especialmente el brazo cuando se recuesta sobre él para dormir. Pero no es lo que más le preocupa: las secuelas psicológicas son las que tardarán más en desaparecer. Dice que no sabe dónde tiene la cabeza. Olvida cosas, nombres, encuentros. Jamás le había pasado nada parecido. A Clay le inquietan también los efectos que el ataque ha tenido en su familia. Desde aquel día, a su mujer le cuesta probar bocado y su hija de siete años tiene un extraño dolor en la barriga que no se va. La otra, la de cinco años, es demasiado pequeña para ser consciente de la situación. Es la única que sigue jugando.

Horas después llega el segundo grupo, entre los que se encuentran Wilson García y su mujer Zoida Ortíz, embarazada de cuatro meses. Aseguran que la última noche no fue más fácil que las anteriores y los silbidos desde la oscuridad se repitieron. "Primero desde una punta y luego desde otra, como si se contestaran". Wilson cree que el miedo tardará en irse por completo.

También en Buenaventura hay paramilitares y riesgo de violencia, y aquí se enfrentan además a un escenario que no conocen. Por eso estas primeras noches han preferido mantener su sistema de guardias. Patrullas de cuatro personas con relevos cada dos horas reforzados por miembros de la policía local, policía judicial y unidades de inteligencia vestidos de civil que patrullan los alrededores, según confirma el coronel Óscar Ballesteros, comandante del distrito oficial de Buenaventura.

El segundo grupo llegó a Buenaventura el 12 de febrero y dejó el resguardo vacío. Anna Surinyach

El incierto retorno y un antecedente

Los wounaanes nonam quieren solicitar el retorno dentro de una semana, pero será complicado. Para poder garantizar su regreso, la ley marca que se produzcan tres garantías: las necesarias condiciones de seguridad de la zona, la voluntariedad de volver por parte de la comunidad y la dignidad de servicios como vivienda, salud o alimentación. Sobre ello se empieza a construir un plan de retorno que integral para el que, pese a lo habitual de la situación en Colombia, no hay unos tiempos definidos. Cada caso se elabora sobre la marcha.

Cada tarde las adolescentes de Santa Rosa de Guayacán pasaban horas bañandose y hablando junto al río Calima.Anna Surinyach

Uno de los representantes de la Defensoría del Pueblo que trabaja como defensor comunitario —y que prefiere mantener el anonimato— está convencido de que el proceso será largo debido a que no se está articulando la situación política con la realidad de los grupos étnicos. “Se necesita una intervención muy fuerte por parte de la institucionalidad y poner en marcha unas herramientas jurídicas que ya existen pero que no se han activado. Hay que construir rutas de protección étnica, que todavía no existen pese a que hay órdenes de la Corte que así lo exigen”.

Él lleva tres años trabajando con las comunidades del Bajo Calima y se encarga de recoger el testimonio de las víctimas de los grupos armados para poder presentar quejas formales y que la justicia tenga que responder. El gobernador Édgar confirma sus palabras. "Muchos hemos sido víctimas. Le matan a su papá o su hermanito y le dicen que si usted cuenta que nosotros matamos a su hermano, venimos a por toda la familia. Entonces, ¿qué tiene que hacer? Quedarse quieto. Por eso mucha gente no ha hecho ninguna denuncia”.

Las adolescentes nonam también forman parte de la guardia indígena.Anna Surinyach

El defensor comunitario subraya también la importancia de garantizar políticas de no repetición. No es la primera vez que los nonam se desplazan: ya lo hicieron en 2010, también por una incursión paramilitar.

En aquella ocasión fue necesario agotar recursos en la jurisdicción interna colombiana hasta verse obligados a acudir al sistema de derechos humanos interamericano de la Organización de los Estados Americanos (OEA), para que les otorgaran medidas cautelares de protección que a día de hoy continúan vigentes.

“Es muy grave que esta comunidad, la única indígena con medidas de protección internacional, tenga que volver a sufrir el desplazamiento forzado. Porque eso significa que el Estado colombiano está incumpliendo la convención americana y está posibilitando la revictimización de comunidades como el pueblo woanam nonam”, dice Chimonja, de Justicia y Paz.

Hijilia vivía en Santa Rosa de Guayacán junto a su marido. Ahora se ha desplazado a casa de su hija en Buenaventura.Anna Surinyach

Los habitantes de Santa Rosa no son los únicos amenazados por el aumento del control paramilitar. Las organizaciones locales denuncian que, desde que se produjeron los acuerdos de La Habana y el cese al fuego de las FARC, al menos catorce comunidades más a orillas del río Calima viven confinadas. Les preocupa qué puede pasarles a ellas, carentes del mecanismo de protección del que gozaban los ahora desplazados.

Chimonja considera que la rapidez del retorno dependerá de las garantías que ofrezcan los gobiernos nacional y regional. “La prioridad está en el desmonte efectivo de las estructuras paramilitares y que se dé cumplimiento a uno de los puntos acordados en la Habana: el desmantelamiento de las estructuras paramilitares para que sea posible la construcción de la paz en territorios como el bajo San Juan y el Calima”.

En 2010, los wounaanes nonam tardaron un año en poder volver a sus casas. Esta vez esperan hacerlo antes y para siempre.

Anna Surinyach

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