Román Dibulet

Panamá: la cuarentena que se olvidó de las personas trans

Las personas transgénero se vieron discriminadas por la norma de salir a la calle según el sexo que figura en el carné de identidad

Marta Martínez

Desde EE.UU.
19 de Noviembre de 2020

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Para Adriana González no ha sido nada fácil poder mostrarse como realmente es —melena castaña lacia, cejas perfectamente delineadas, labios carnosos de actriz de televisión—, pero nunca imaginó que durante la pandemia su identidad sería la causa de que temiera ir al supermercado e incluso de acabar detenida por la policía.

—Es algo incómodo que te vean como un ser de otro planeta, que te miren así como si fueras un bicho raro siendo tú una persona de carne y hueso, con sentimientos.

Adriana se identifica como mujer, pero en su carné de identidad sigue arrastrando un pasado amargo del que todavía no ha logrado deshacerse: un nombre masculino y una M en el marcador de sexo. Justo antes de que el virus desestabilizara su vida y la del mundo entero, Adriana estaba empezando los trámites para cambiar su nombre, pero el proceso es lento en Panamá y para modificarlo en el documento de identidad es necesaria la cirugía de reasignación de sexo, verificada por un especialista forense. Durante la pandemia de covid-19, algo que parece un inofensivo detalle administrativo se convirtió en Panamá en una herramienta de discriminación para las personas transgénero.  

A finales de marzo, el país centroamericano fue pionero en aplicar una medida de cuarentena aparentemente simple y fácil de seguir para los ciudadanos, que consistía en establecer días de salida para ir al supermercado, el banco o la farmacia asignados por sexo, y por periodos de dos horas según el último número del carné de identidad. Las mujeres podían salir los lunes, miércoles y viernes. Los hombres lo hacían los martes, jueves y sábados. Los domingos, todos debían quedarse en casa. El objetivo era reducir a la mitad la movilidad social en las calles para aplanar la curva de contagio del virus, y a la vez facilitar el trabajo de la policía a la hora de identificar quién se estaba saltando la norma de un simple vistazo, ya que Panamá carece de Ejército y tiene una capacidad de vigilancia limitada.

¿Y qué hay de las personas transgénero? El Gobierno panameño no dio ninguna explicación sobre qué días debían salir las personas cuyo sexo biológico no se corresponde con su identidad de género, y las expuso a una discriminación constante. Las multas por salir en el día no asignado por sexo eran de un mínimo de 50 dólares. También se arriesgaban a detenciones prolongadas. La medida sacó a la luz problemas mucho más profundos sobre cómo la sociedad panameña, y muchas otras, entienden el género y las consecuencias que el binarismo tradicional tiene para las minorías que no encajan en él.

Retén policial en la Calle 50. 25 de mayo de 2020.Román Dibulet

La cuarentena por sexo se mantuvo en Panamá desde el 1 de abril hasta el 13 de septiembre (excepto la primera semana de junio, durante la cual el país intentó reabrir pero pronto reculó cuando los casos de covid-19 se dispararon), y ha contribuido a marginar todavía más a un colectivo que ya era muy vulnerable antes de la pandemia. Desde mediados de septiembre el Gobierno fue levantando gradualmente las medidas de cuarentena y el toque de queda, pero en las últimas semanas los casos de covid-19 han vuelto a subir y el Gobierno contempla de nuevo la posibilidad de una cuarentena por sexo si la situación se desborda.

Adriana prefería salir en días asignados a los hombres, los que oficialmente le correspondían por sexo biológico, para tener más argumentos en caso de tener que defenderse ante un policía. Pero en cuanto pisaba la calle era objeto de burlas y miradas desagradables. Una vez, cuando subió a un autobús repleto de hombres, sintió miedo. 

—Me reparaban de arriba abajo, de abajo arriba —explica. 

Ella podía adivinar sus pensamientos, cómo analizaban cada detalle para intentar determinar si realmente se trataba de una mujer o no. 

—Si yo salgo a la calle y no miro a nadie, ¿por qué se tienen que fijar en mí específicamente?

En dos ocasiones, los guardias de seguridad de un banco le pusieron problemas en la entrada. Cuando ella mostró su carné de identidad, le dijeron que la persona de la fotografía no era ella y la obligaron a quitarse la mascarilla, le dijeron que volviera otro día y, sin saber cómo actuar, la retuvieron en la cola por más tiempo que al resto para consultar con sus superiores. 

—Es muy incómodo, porque te ridiculizan delante de todo el mundo —dice Adriana, quien también ha tenido problemas en supermercados. 

Varias mujeres transgénero entrevistadas nos dijeron que preferían salir en días asignados a mujeres porque se sentían más cómodas, pero los guardias de los distintos establecimientos a menudo les prohibían la entrada y les decían que volvieran al día siguiente, porque no eran mujeres. 

—Ellos tienen de repente la mente cerrada de que en el mundo existen hombres y mujeres. Esa persona no sabe que las personas como yo existen.

 

***

 

En cuanto Pau González escuchó el anuncio del Ministerio panameño de Salud sobre la cuarentena por sexo el 31 de marzo, inmediatamente se preguntó: “¿Y en qué día debo salir yo?”. Pau es uno de los cerca de 200 hombres transgénero que las organizaciones LGTBI calculan que viven en Panamá, frente a más de 2.000 mujeres trans

—El mundo se me vino encima —recuerda—. Apagué la luz y me puse a llorar. 

Desde entonces, Pau casi no ha salido de su apartamento en más de cinco meses. Ni siquiera para ir al supermercado. Prefiere que le lleven la compra a casa porque le da miedo que lo discriminen, que la policía lo detenga o contagiarse de covid-19. 

—Luego en el hospital, ¿a qué sala me van a llevar? —se pregunta—. Si salíamos el día de acuerdo a la cédula o salíamos de acuerdo a nuestra identidad de género, corríamos el mismo riesgo de que nos llevaran detenidos, presos, de que nos negaran el acceso a necesidades básicas. Eso lo que hizo fue crear miedo, que no saliéramos ningún día, y era como si nos estuvieran forzando una casa por cárcel.

Pau González Sánchez, líder de la Fundación Hombres Trans Panamá.Raphael Salazar

Pero eso no hizo que Pau se quedara de brazos cruzados. Además de tener un trabajo a tiempo completo como contable y administrativo en una inmobiliaria, es un comprometido activista por los derechos de la población LGTBI y fundador de la organización Hombres Trans Panamá. Después de un primer momento de descorazonamiento al enterarse de la nueva medida, pronto se puso a planear. Si él, que es capaz de recitar la Declaración Universal de Derechos Humanos, tenía miedo de salir a la calle, ¿cómo se sentirían otras personas trans con menos conocimientos legales? Esto no puede quedarse así, pensó. Decidió buscar maneras de abrir caminos y de que esa adversidad se convirtiera en una oportunidad.

Junto a la Asociación Panameña de Personas Trans de Panamá (APPT), Hombres Trans empezó a recolectar denuncias de abusos a personas transgénero durante la pandemia. Entre el 1 de abril y el 18 de agosto, recibieron 32 denuncias —aunque ambas organizaciones aseguran que fueron muchos más los abusos que ocurrieron a diario. El 64% de las denuncias fueron presentadas por mujeres trans. En la mitad de los casos, los abusadores fueron agentes de la policía, y en otro 34% guardias de seguridad en supermercados, bancos o farmacias.

Para las organizaciones era fundamental documentar todos estos casos con el objetivo de iniciar investigaciones judiciales a través de la Defensoría del Pueblo. Recientemente, en uno de los casos, cuando se pidió a la comisaría acusada que compartiera su versión de los hechos discriminatorios, la policía dijo que no tenían constancia de lo ocurrido, explica Pau. Las organizaciones trans temen que esa actitud negacionista por parte de la policía se repita, pero dicen que continuarán presentando las denuncias para que se investiguen o, por lo menos, para ejercer presión.

—No somos personas que estamos pidiendo un favor, sino que tenemos base y fundamento —dice Pau—. Decimos que esta medida no nos está contemplando. En un país democrático funcional hay que tomar en cuenta a todos los sectores de la población.

El mayor obstáculo, dicen las organizaciones trans, ha sido la Policía Nacional. A pesar de que han intentado un acercamiento y se han ofrecido a impartir talleres de formación sobre derechos humanos y cómo tratar a las personas trans, no han obtenido respuesta. Sí lo han logrado con dos de las principales cadenas de supermercados del país, cuyos propietarios se han comprometido a emplear a más personas transgénero.

Entre las denuncias recibidas sobre trato abusivo de las fuerzas del orden está la de Adriana. La mañana del 30 de julio, mientras regresaba con su hermana del supermercado, las pararon en un control policial. Adriana admite que había sobrepasado sus dos horas de permiso de salida, pero lo había hecho en un día que le tocaba por sexo. Aun así, la policía se las llevó a la comisaría junto a una decena de personas. A las mujeres las dejaron en una sala. A los varones los llevaron a una celda. A ella la encerraron en una celda junto a seis hombres. 

—Mire, yo considero que no debo estar en esta sala por mi condición y mi forma de ser, como usted me está viendo —le dijo Adriana al guardia.

—Eso no tiene nada que ver —le respondió el hombre.

Adriana pidió repetidamente que la llevaran con las demás mujeres. Pero al guardia no le importó, dice. Tres horas más tarde, a las mujeres les dieron permiso para regresar a casa. La hermana de Adriana insistió en que no podía marcharse sin ella. 

—Me dejaron ir porque mi hermana abogó por mí —dice con tristeza.

Con el paso de los años, Adriana ha logrado que su familia, de origen humilde, la acepte y la respete: les ha mostrado su capacidad de cuidar de ella misma y avanzar. De los ocho hermanos, ella es la única que estudió en la universidad, explica orgullosa. Pero para la mayoría de las personas trans la familia no es un apoyo, y con la pandemia su situación se agravó.

Imagen de la vía Tocumen en el sector de Bello Horizonte el domingo 26 de julio de 2020.Román Dibulet

 

***

 

América Latina es la región del mundo donde más se mata a las personas transgénero: entre 2008 y 2019, acumuló el 78% de los homicidios mundiales de personas transgénero y diversas. Además, algunos estudios apuntan a que las personas transgénero tienen el doble de probabilidades de suicidarse. La pandemia ha recrudecido la discriminación sistémica que estas personas enfrentan en todo el mundo, y la cuarentena por sexo en Panamá lo ha hecho de una forma todavía más explícita.

Las cicatrices en los antebrazos de Katherin Mendoza son recientes. Y no son las primeras. A sus 24 años, la joven ya se ha intentado suicidar cuatro veces. Su cuerpo, magullado en varios puntos, es un reflejo del odio ajeno y propio con el que ha tenido que pelear desde la niñez. Creció en la región de Bocas del Toro, en un pequeño pueblo cerca de la frontera con Costa Rica. A los nueve años, el hermano de su padrastro abusó de ella. 

—Yo pensaba que eso era algo normal —dice. 

En el colegio también tuvo muchos problemas por su actitud agresiva. Los compañeros se burlaban porque sentía atracción por los otros chicos. A los 12 la expulsaron de la escuela y se lanzó a la calle. 

—Yo era libre. No le respondía a nadie. Solo quería divertirme. 

Tomaba de todo y dormía en cualquier lugar, incluso en el cementerio. A los 18 años se vestía de mujer y el cabello negro, ligeramente ondulado, ya le llegaba por la cintura. Dejó su pueblo en el oeste del país para irse a la capital. Pasó unas semanas con su madre y sus tíos, pero su familia no aceptaba su nueva identidad. Le quemaron la ropa e intentaron cortarle el pelo. De nuevo buscó refugio en la calle, donde empezó a ejercer el trabajo sexual.

El 90% de las mujeres trans en Panamá se ganan la vida como trabajadoras sexuales a falta de otras opciones laborales, según la organización APPT. Cuando la estricta cuarentena entró en vigor, la mayoría de estas mujeres se quedó sin sustento económico. Katherin alquilaba por entonces un cuarto en la capital que le costaba 100 dólares al mes. Incapaz de mantenerse sola y comprar comida, no le quedó más remedio que regresar a casa de su familia. Pero su madre le puso una condición: vestir y actuar como un hombre. Atrapada en el callejón sin salida en que la pandemia la había metido, Katherin aceptó. Cortarse el pelo le dolió más que muchas de las heridas físicas acumuladas con los años. También tuvo que dejarse crecer la barba. 

—Esto es lo que yo no soy, yo no me siento bien así —dice por teléfono desde casa de sus padres.

Acostada en el colchón encajado en una esquina, detrás de una delgada sábana que le daba una precaria sensación de intimidad, Katherin intentaba aislarse de los gritos y los ladridos de los perros. Soñaba con volver a hacer su vida y volver a tener el pelo largo hasta la cintura. Las peleas con su madre y su hermana, quienes seguían dirigiéndose a ella por su nombre masculino, eran constantes y a veces llegaban a las manos. 

—Pensaba que iban a respetarme pero no es así —dice—. Preferiría ir a un refugio mil veces.

Katherin necesita ir al médico regularmente porque es seropositiva y toma antirretrovirales. Durante la pandemia, seguir este tipo de tratamientos crónicos, igual que los hormonales, se ha vuelto todavía más complicado para las personas trans, y muchas se han visto obligadas a interrumpirlos. Un día, de camino a su cita médica para renovar su receta, la policía la detuvo por haber salido en un día asignado a las mujeres. 

—No es que yo quisiera salir ese día, es el día que me dieron la cita. 

Aun así, pasó una hora y media detenida en comisaría. Por suerte, en el hospital la atendieron a pesar de llegar casi a la hora del cierre.

A finales de mayo, Katherin tuvo una pelea con su hermana, que la humilló acusándola de tener sida y de la posibilidad de contagiar al resto de la familia. También con su madre, que le dijo que deseaba verla muerta. Katherin sintió que no podía más. “Ellos terminan con esta pesadilla o yo termino con mi vida”, pensó. Se bebió una botella y media de alcohol de farmacia de 70 grados y se rasgó las venas de las muñecas. Acabó en el hospital, donde le hicieron un lavado de estómago, y tuvo que regresar a su colchón de la esquina. La poca energía que le quedaba la dedicó a buscar una forma de salir de ese lugar que detestaba.   

 

***

 

Para las personas trans como Pau, defender sus derechos y exigir respeto es una tarea diaria.

—Mi activismo empezó en mi hogar —dice. 

En la última marcha del Orgullo Gay, por primera vez lo acompañó su familia al completo: sus padres y su hermana. Pero la aceptación no ocurrió de la noche a la mañana. A los 18 años tenía claro que le gustaban las mujeres. Cuando se lo contó a su madre, con quien tiene una relación muy estrecha, a ella le costó asumirlo y reaccionó culpándose a sí misma por haber hecho algo mal y asegurando que ya se le pasaría.

—Fue un camino largo —recuerda Pau—. No solo brindando información, sino demostrándoles con hechos que esa idea de que las personas LGTBI son todo lo malo y negativo no es cierta. 

Con el tiempo, su madre se ha convertido en su mayor aliada y lo acompaña a conferencias sobre derechos LGTBI. Incluso ha fundado un grupo de apoyo internacional de padres de personas LGTBI. A Pau le sorprendió que fuera su hermana la que tuvo más problemas para asumir su identidad. Pasaron dos años sin hablarse después de que ella le prohibiera asistir a su boda porque se avergonzaba de él, porque era “anormal”, dice Pau.

Todavía hay miembros de su familia que no aceptan quién es, pero Pau ha aprendido a poner su personalidad por encima de ello. Creó el grupo de WhatsApp familiar y siempre es el primero en preguntar a todos cómo están y si necesitan algo. 

—Yo doy amor a todos independientemente de cómo me hayan tratado. 

Ese mismo espíritu lo aplica en su trabajo para mejorar la situación de las personas transgénero en Panamá. 

—Mi esencia es que siempre hay una manera de hacer las cosas. Quizá no pasen tan rápido, pero se pueden lograr.

De hecho, después de más de un año de insistencia, de reuniones con autoridades y de cartas, muchas cartas, Pau fue el primer hombre trans que logró cambiar legalmente su nombre en Panamá, en febrero de 2019 (antes de esta fecha varias mujeres trans habían podido cambiarlo). Ese proceso se ha ido agilizando poco a poco para las personas transgénero. Pau tiene la esperanza de que la discriminación durante la pandemia ayude a facilitar también el trámite para cambiar el marcador de sexo, sin tener que pasar por un proceso “torturante y denigrante”, dice, como tener que desnudarse ante un experto forense que certifique la reasignación de sexo.

—Si el documento concordara con quienes somos, durante la pandemia muchos no se habrían dado cuenta si una persona es transgénero, y no nos habrían negado el acceso a la salud, a entrar a un supermercado. 

Pau es consciente de su privilegio, tanto por el apoyo de su familia como por el hecho de tener un trabajo estable que le permite ser económicamente independiente. 

—Lo que me afectaba a mí a nivel personal se volvió político. Sería egoísta quedarme de brazos cruzados.

Pau es optimista y cree que la situación generada por la cuarentena por sexo representó “un paso adelante” para las personas trans. 

—La población general, que nunca había escuchado la palabra transgénero o transfobia, ahora reconoce nuestra existencia, le guste o no. 

Pau González Sánchez entrega insumos básicos a una persona trans en su cuarto del hotel Las Torres.Raphael Salazar

 

***

 

En América Latina se aplican desde hace años medidas binarias como el “pico y placa” para reducir el tráfico en las grandes ciudades, limitando qué coches pueden circular en ciertos días en función del último número de la matrícula. La lógica detrás de estas medidas es la misma: es fácil de seguir para los ciudadanos y de vigilar para los que deben hacerla cumplir. Pero cuando Panamá trasladó este criterio al sexo como medida de cuarentena durante la pandemia de covid-19, quedó en evidencia que este concepto es mucho más complejo y no puede reducirse a concepciones binarias, porque afecta a personas con diferentes identidades de género.

Dos países latinoamericanos más siguieron la estela de Panamá y aplicaron brevemente una cuarentena por sexo. Además, estas medidas visibilizaron los roles tradicionales que muchas sociedades siguen atribuyendo al género femenino, como el cuidado del hogar y los hijos. En Perú, la medida no duró más de una semana. A los pocos días de decretarla, vídeos de policías denigrando a personas trans hicieron virales en las redes y generaron un torbellino de críticas. El Gobierno también argumentó que en los días asignados a las mujeres los supermercados estaban demasiado llenos, lo que anulaba la efectividad de la medida.

En Colombia, la alcaldesa de la capital, Claudia López, también optó por el “pico y género” durante un mes. Curiosamente, López es la primera alcalde mujer y abiertamente homosexual de Bogotá. En este caso, la alcaldesa sí definió con claridad que las personas transgénero podían salir en los días que se sintieran identificadas. Aun así, la reactivación de la economía y la crítica social generalizada forzaron la retirada de la medida. Un estudio de la Federación de Comerciantes reflejó que, en días asignados a las mujeres, los supermercados estaban casi el doble de llenos que los días asignados a los hombres.  

Ambos países se quedaron con el “pico y cédula”, es decir, ceñirse al último número del carné de identidad para definir quién podía salir en qué día durante el confinamiento. Panamá es el único país del mundo que, a pesar de las amplias críticas nacionales e internacionales, mantuvo la cuarentena por sexo durante más de cinco meses.

 

***

 

Lo que Adriana más ha echado de menos durante la pandemia es “la rumba”. Adora salir con los amigos los fines de semana a bailar y pasarlo bien. Ahora pasa los festivos cocinando con su mejor amigo y venden comida por WhatsApp para ganar algo de dinero. Adriana ha hecho de todo, desde trabajar en un McDonald’s hasta atender llamadas en call centers. Durante la pandemia, ayuda en el economato de su hermana.

A finales de septiembre tenían planeado cocinar 100 tamales, porque la última vez hicieron 50 y se les agotaron enseguida. Dice que sus clientes son muy respetuosos y siempre “cooperan”. Ella procura hacer lo mismo. 

—Así como reflejas lo que eres, así se van a comportar contigo.

Adriana tiene amigas trans que no salen de casa por miedo, pero a ella tampoco le parece bien esa actitud. 

—Tenemos que luchar, tenemos que salir a enfrentar eso. Si no enfrento mis derechos, ¿quién lo va a hacer?

A mediados de agosto, Katherin encontró por fin una plaza en una casa de acogida. El problema es que solo era una estancia de tres meses en Bocas del Toro, la provincia donde creció, y que queda a más de nueve horas en autobús de la capital. Katherin no deseaba irse tan lejos, pero su situación en la casa familiar era tan insoportable que había vuelto a autolesionarse con una hoja de afeitar. Salió una mañana de madrugada, sin despedirse de su madre y su hermana.

Ahora, en Chiriquí, tiene un piso para ella sola, con una habitación y un comedor. El suelo es de baldosa y brilla con la luz del sol, que se cuela por las múltiples ventanas de marcos blancos. 

—Aquí salgo cualquier día, estoy feliz —dice. 

La misma tarde de nuestra última conversación por teléfono, Katherin se había comprado un tinte para el pelo en el mercado, color “chocolate castaño”. Todavía falta para que la melena le roce la cintura, pero por ahora las ondas ya le tapan las orejas con un corte desigual, que podría describirse como atrevido si ella lo hubiera elegido voluntariamente.

Lo único que le preocupa ahora mismo es el trabajo. Katherin no quiere volver a las calles, pero no consigue nada que le permita pagar un alquiler e independizarse. 

—Quiero pagarme una deuda que me debo a mi misma: estudiar. 

Mientras, piensa que quizá podría encontrar un trabajo estable de limpieza que le ayudara a tomar el impulso que necesita para salir adelante.

—Voy a luchar por ser quien soy. Voy a demostrarles que no soy el bicho raro que ellos piensan.

 

 Raphael Salazar y Román Dibulet han reporteado y fotografiado desde Panamá, y Marta Martínez ha hecho las entrevistas de esta crónica desde Nueva York.

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