Oliver Contreras

Transmigradas

Mujeres que migraron de Centroamérica a EEUU y que emprendieron un viaje paralelo para encontrar su identidad de género

Oliver Contreras

Fotoperiodista

Irene Benedicto

Washington D.C.
08 de Marzo de 2018

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Josselyn, Ashley, Alexa y Zoila huyeron de Centroamérica, pero no llegaron a su destino cuando se instalaron en Estados Unidos, sino cuando encontraron su identidad de género, o la de sus seres queridos.

Transmigradas

Miles de personas huyen cada año del llamado triángulo norte de Centroamérica (El Salvador, Guatemala y Honduras) para llegar a Estados Unidos o quedarse en México. La violencia de las pandillas y de las fuerzas de seguridad, sobre todo en Honduras y El Salvador, ha disparado las tasas de homicidios. Son guerras no declaradas: como no son conflictos convencionales, a las personas que huyen no se las conoce como refugiadas, sino como migrantes.

La travesía hacia Estados Unidos ya entraña peligros para cualquier persona, pero la mujer tiene que hacer frente a asaltos y abusos. La mujer transgénero, además, debe enfrentarse a la estigmatización, a los traumas del rechazo familiar y a las dificultades legales.

Esta es la historia de cuatro centroamericanas. Tres lograron llegar de diferentes formas a Estados Unidos y, en paralelo, descubrieron su identidad de género. La última tuvo una hija que le hizo cambiar su visión del mundo.

Josselyn: billete de ida

Josselyn pica repollos a las cinco de la mañana. Cuando el instituto abre las puertas y los estudiantes se agolpan ante el puesto de comida de su tía, solo hay tiempo para destapar sodas y entregar pupusas —un tipo de tortillas de maíz o arroz— a los jóvenes clientes que asisten a las clases preparatorias para acceder a la universidad.

Luego va a la escuela elemental: turno de noche. De vuelta a casa, hace sus deberes contra reloj, intentando que no le dé la medianoche. Entonces se va a la cama. Duerme unas cinco horas. Por la mañana, se toma un café cargado, y vuelta a empezar.

Esta es su rutina en Jucuapa (El Salvador).

“Nunca tuve alguien que me apoyara o me dijera: ‘¿Te sientes mal? Ven, un abrazo’. O alguien que, si llegaba llorando, me dijera: ‘Esto también pasará, todo va a salir bien’. Nunca. Lloraba, me reía… Todo era sola. Mis emociones, fuertes o pequeñas, yo me las iba guardando. Eran mías”.

Su madre la echó de casa a los diez años, y se refugió en casa de su tía. Todo empezó como un juego de novios con un chico del barrio. Solo hacían manitas y se daban abrazos. Pero el chico empezó a verse con otra niña. A Josselyn le dieron celos y le dijo que escogiera entre las dos. Una tía de Josselyn escuchó a escondidas esta inocente escena de patio de colegio y fue corriendo a contárselo a sus padres.

—¿Y tú qué eres? —le preguntó su madre.

—Dímelo tú.

—No, dímelo tú.

—Pues cierto, soy mujer.

Tenía diez años: ni de lejos conocía la palabra “transgénero”. Pero a aquella confesión le siguieron los lamentos de su madre. “¿Por qué si yo parí una cosa, ahora me sale con que es otra?”, repetía. Y decidió inmediatamente que no podía seguir viviendo con la familia. Empacó su ropa y la echó a la calle.

“Antes lloraba, pero ahora ya no. Ahora que tengo más conocimiento, entiendo que la sociedad no puede ver a una mujer con pene o a un hombre con vagina. Si tienes un órgano, eso te acredita quién eres. Ahora lo entiendo, pero antes no”.

La misma noche de la discusión, Josselyn tomó un autobús sin tener que pagar el billete, porque era demasiado pequeña. Dejó atrás el campo donde se había criado y una especie de infancia donde la habían tratado como a un niño, a pesar de que ella siempre se sintió y comportó como una niña. Llegó a la pequeña ciudad de Jucuapa, donde residía, ajena a la familia, una tía al cargo de un puesto de pupusas.

“Era algo que yo no había decidido, estaba pagando algo que no era mi error. No decidí nacer quien soy. No decidí ser trans. Es un sentimiento. Me siento mujer”.

 

Cuando cumplió los dieciocho años, Josselyn dijo basta. Basta de picar repollos y repartir sodas por un mísero puñado de colonos al mes con los que se suponía que debía mantenerse. Se fue a la capital del país, a San Salvador. Allí siguió estudiando y trabajando, pero para ella misma. Se graduó en Comercio y consiguió un puesto en una oficina.

En 2007 decidió perseguir su propio sueño americano, que en su caso tenía otro ingrediente: el del cambio de sexo. Consiguió llegar a Los Ángeles, aunque no explica cómo. Luego a Washington D.C. Siempre le alquilaban habitaciones en casas familiares, con madres solteras o divorciadas, con o sin hijas. Lo mismo daba. Pero buscaba que todo fueran mujeres, que se hablara de ropa, de hombres y de menstruaciones. Las mujeres trans que llevan a cabo tratamientos hormonales sienten el mismo malestar y cambios de humor que las mujeres cisgénero cuando menstrúan. Solo que no sangran. Es por los estrógenos: las hormonas no solo redistribuyen la grasa en las caderas y el pecho. Josselyn aún no ha pasado por quirófano, pero habla de una reconstrucción vaginal sin fecha en el calendario.

La salvadoreña solía tomar un taxi para recorrer las tres manzanas que separan su casa de la parada de metro más cercana, Union Station, que sin embargo queda fuera del cuadrante noroeste, el considerado “seguro”. Pero un día de 2008 decidió caminar y la asaltaron en plena calle. Un hombre la agarró por detrás, otro la golpeó. Le robaron.

“Paso los momentos malos pero nunca los sobreprotejo en mi memoria para revivirlos porque, si no, me volvería más loca todavía”.

En 2009 solicitó una Visa U, reservada a personas que han sufrido asaltos o abusos, que le fue concedida. En 2010 obtuvo el permiso de trabajo. En 2013 solicitó el permiso de residencia, la green card, que consiguió un año después.

Ahora no prepara pupusas en El Salvador, sino en la cocina de su nueva casa, en Washington D.C. A menudo le lanzan piropos por la calle. Tiene novio. Trabaja como promotora de salud en un programa de prevención de contagio de VIH desde hace siete años. Ella es seropositiva desde hace ocho.

“A través del VIH yo soy quien soy ahora. Yo soy Josselyn, me enfrento a cualquier cosa. Somos guerreras de sobrevivir y enfrentar la vida como venga”.

El camino de Ashley

Tenía 25 años cuando dijo que era una mujer y no un niño raro. Vivía en El Salvador. Primero se lo dijo a tía Gladys, que la animó a contárselo a su madre. Si mamá la rechazaba, podía venirse a vivir con ella.

La abuela ya lo sabía. Le había regalado de pequeña un camisón azul celeste, que ella se ponía para dormir cuando mamá ya había cerrado la puerta. Sus dos tíos también lo sabían. Eran los hombres de la casa desde que el padre murió cuando ella tenía dos años. Los hombres que la llamaban “niña”, “maricón”, “hueco”, “culero”, “aculerado”. Y que la golpeaban. Durante toda su infancia y adolescencia.

“El tener restringida la expresión de identidad de género te hace más débil y vulnerable”.

Lo que no sabían ni tía Gladys, ni la abuela, ni los tíos era que a Ashley la habían estado violando de los ocho a los doce años. Cuando nació su hermano pequeño, mamá necesitó ayuda para cuidarlo. Todos los adultos que vivían en la casa trabajaban de sol a sol. Así que la vecina se convirtió en la niñera.

La vecina venía a casa y traía consigo a su hijo de dieciséis años. Mientras ella acunaba al recién nacido, dejaba que los críos se divirtieran haciendo cosas de críos en el piso de arriba. Fueron cuatro años de asaltos sexuales repetidos. En aquel momento creyó que, si lo contaba, el castigo de mamá sería mucho peor. Creyó las amenazas del que hoy llama su “verdugo”.

“Algo así no se olvida, es muy difícil… Tenía un temor muy grande. No podía sentir un hombre a la par mía, me temblaban los pies, el cuerpo, mi voz se me quebrantaba”.

A los doce años, Ashley se armó de valor. “No más. Si tú me lo haces, yo lo digo”. Él tenía ya entonces veinte años. No volvió a intentarlo y Ashley guardó silencio.

Hasta que tuvo 25 años. Entonces sus secretos, nunca pronunciados, fueron revelados en voz alta. Primero a tía Gladys, y después a su madre.

Me siento mujer —le dijo sentada con ella al borde de su cama—. Me gustan los hombres. Mi sueño es un día poder quitarme esta ropa y expresarme de verdad como yo me sienta bien.

Mamá la abrazó. Alcanzó a decir que llevaba toda la vida esperando ese momento. Ashley lloró.

“Cuando decidí liberarme y expresarle mi identidad de género a mi mamá, de ahí salí siendo una persona más fuerte. Hasta aquí llegó el permitir el maltrato, las ofensas. El darme a conocer fue el motor para ser una persona más fuerte, incluso activista”.

Empezó una nueva etapa de consejos madre-hija, de belleza, de amor, incluso de sexo. Ashley comenzó a salir con un chico. Una relación seria que, sin embargo, era secreta por deseo de él. Nada de cenas románticas en restaurantes, y mucho menos paseos en espacios públicos. El hombre tiene que cuidar su reputación. Ashley lo aguantó todo… Hasta que descubrió una infidelidad. Ingirió pastillas y bebió desinfectante. La encontraron inconsciente, se pasó varios días en el hospital. La laringe quedó tan dañada que no pudo pronunciar una palabra en semanas.

Entre tanto, su madre enfermó gravemente. El tratamiento era demasiado caro. Y de nuevo tía Gladys. Ahora vivía en Estados Unidos y propuso a Ashley perseguir su propio sueño americano: conseguir medicamentos y buenos médicos para mamá, y comenzar otra vida.

Un martes de septiembre abordó al “coyote”, al traficante, al hombre que ayuda a pasar a los migrantes a cambio de dinero. Al cabo de dos días, partió con un grupo hacia el norte, pero le costaría más de dos meses llegar a Estados Unidos.

Salieron de El Salvador. Atravesaron Guatemala, siempre en autobús. En México tuvieron que ocultarse veintidós días durante los que recibieron adiestramiento: desde qué responder a las preguntas de la policía, hasta cómo imitar la cantinela mexicana en el habla. Pero les dijeron que la documentación falsa no se la darían hasta llegar a la frontera México-EEUU.

Hubo un control inesperado, o un fallo en la cadena de sobornos. El mero, como se llama a los jefes de los controles, vació el bus e hizo bajar a todo el grupo de salvadoreños en una carretera en mitad de la nada.

—Tú te pareces mucho a una sobrina mía. Ella era muy linda, pero me la mataron.

Ronaldo, el mero, se negó a que metieran a Ashley en los furgones de los detenidos, y la sentó junto a él, en el asiento de copiloto. No la metió entre rejas cuando llegaron al pequeño calabozo, y tuvo agua y comida. Ronaldo le seguía hablando de su sobrina muerta.

Su próximo destino fue el centro de detención de migrantes de Veracruz. Ashley solo había visto México en las telenovelas. Los pocos minutos que caminaron por la costa mexicana le parecieron lo más bonito que le había pasado en mucho tiempo.

La gestión de influencias y dinero hizo que al poco tiempo los sacaran del gran centro de detención y reanudaran el viaje. Pero en Matamoros, a apenas unos kilómetros de territorio estadounidense, los agarró la migra y los devolvieron a Guatemala.

Volver a San Salvador habría sido asumir la derrota, así que Ashley decidió esperar en Guatemala hasta que pudo unirse a otro grupo que iba hacia el norte. Hubo un segundo y un tercer intento. Los caminos parecían atravesar bosques y desiertos cada vez más oscuros. Había cadáveres en las cunetas. Los compañeros de viaje no eran sus amigos. Ronaldo solo había sido una excepción.

“Por más que intentas hacerte la fuerte, te sientes perdida, en el limbo, sin protección alguna, sabes que te pueden matar”.

Las fábricas abandonadas otorgaban a los coyotes la impunidad de estar en mitad de la nada. Y con una pistola en la sien, los hombres conseguían sexo.

“Era el lugar perfecto para hacer sus fechorías. Aunque tú gritaras, nadie te iba a escuchar”.

La madrugada del 29 de noviembre de 2004, tía Gladys la esperaba en un comercio en los suburbios de Washington. Pasaron muchas noches hasta que Ashley consiguió dormir sin despertarse gritando entre sueños.

Ahora trabaja en la cocina de un restaurante y colabora con una organización de apoyo a la comunidad latina LGBT. Tiene pareja.

Ashley no pudo finalmente curar a su madre, pero ha empezado una nueva vida. 

 

Activista Alexa

Alexa volvió a El Salvador para morir.

En aquel entonces, creía que contraer el VIH era una condena de muerte inmediata. Han pasado dieciséis años y Alexa está más fuerte que nunca. Contrajo el virus en Estados Unidos pero, según dice, nadie le explicó que existía un tratamiento para vivir con ello. Hasta que, al volver a El Salvador, fue interceptada en la calle de forma aleatoria por una campaña de concienciación. Era la primera vez que alguien le hablaba abiertamente del sida.

Al nacer, a Alexa se le asignó el sexo masculino, pero las formas de su cuerpo y su actitud siempre fueron de niña. En su entorno, en su familia, en la iglesia, tocar a una niña era normal. Así que Alexa no se salvó de esa norma.

Papá tenía demasiadas preocupaciones con el negocio: el negocio de comprar y vender droga. Todos sabían que si alguien no pagaba, lo mataba. También golpeaba a mamá, a veces con ladrillos, y la violaba delante de los niños. Por eso mamá se volvió nómada. Con los tres hijos a cuestas, se escondía de papá en los lugares más recónditos de El Salvador. La madre tenía un montón de enfermedades: Alexa sospecha ahora que quizá lo que tenía era sida. Los hermanos mayores trabajaban, ella llevaba a mamá al hospital.

A finales de 1985, la madre murió. La familia peleaba por quién se quedaba a los tres niños: todos querían mano de obra gratis. Los pequeños decidieron irse a vivir solos (ella tenía nueve años y sus hermanos quince), pero el experimento duró pocos meses. Se separaron y Alexa se quedó en la calle.

Fue entonces cuando entabló amistad con las mujeres del mercado. Las primeras transgénero que Alexa conoció. Le fascinaba verlas tan libres y tan felices. Le alisaron el pelo, la maquillaron… Por primera vez la hicieron verse como una chica.

Al caer la noche, la llevaban a pasear por el mercado cerrado para ofrecerla a los vigilantes. Tenía diez años.

“Para mí tener relaciones sexuales con alguien no era algo raro, ni siquiera doloroso. Era algo normal. Lo que no sabía era que ellas recibían plata por mí”.

A los doce años decidió que podía hacerlo por ella misma, sin intermediarias. Así lo hizo hasta los dieciséis, cuando consiguió un trabajo de mesera (camarera). No le pagaban, pero le daban comida y techo.

Un farmacéutico europeo era uno de los clientes habituales de la taberna. Se llamaba Orlando. Era alto y de joven debió de haber sido guapo. Ahora tenía 65 años y, cuando se emborrachaba, parecía un ogro.

Llegó la Navidad y Alexa no quería pisar casa de su abuela, porque allí la llamaban “prostituta”. El fin de año la deprimía. Entonces se acordó de que Orlando le había dado su número. Estaba celebrando una fiesta en su mansión. Alexa se sentía agotada y triste. Orlando le ofreció una de las habitaciones y ella durmió profundamente sin que nadie la molestara. Pero al día siguiente no le dejó marcharse. Allí no le faltaría de nada, le dijo. Si intentaba escapar la mataría, añadió. Tenía armas. Durante cinco años solo salió de casa acompañada por él o por la sirvienta.

“Sí podía escaparme, pero por alguna razón no me fui. Porque con él tenía techo, comida tres veces al día, dormía bien. Tenía una familia, porque él era como el papá; la sirvienta, la mamá, y el hijo de la sirvienta, el hermanito. No quería dejar eso que era tan bonito para mí”.

 

Además de ser como un papá, Orlando era algo así como su pareja. Dormían juntos. A él le gustaban las cadenas y las esposas, tomarle fotos desnuda, enseñarle fotos que había sacado a otras mujeres desnudas y encadenadas. Él se emborrachaba todos los fines de semana. Si ella quería beber, no le dejaba. Si no quería, la obligaba.

“No era la mejor relación del mundo, porque él tenía 65 años y yo tenía 16. El sexo se daba porque éramos pareja, no sé si era obligada o no. Y si alguna vez fue obligada, yo no fui consciente de ello, porque todos los hombres que habían pasado por mi vida me decían que era normal. Pero los gritos sí me afectaban, porque me recordaban a mi papá con mi mamá”.

Con el tiempo, a Alexa se le permitió salir para grandes ocasiones, como el bautizo de su sobrino. Allí conoció a Betty, amiga de la familia. Vivía en Estados Unidos, pero visitaba El Salvador con frecuencia. En esas idas y venidas, Orlando consintió que se quedara a dormir y que se acostara con Alexa. El viejo se burlaba de ellas. Corría 1998 cuando Betty, que entonces rondaba los cuarenta años, propuso a Alexa, que tenía veinte, que se viniera a Estados Unidos. Ella se encargaría de pagar el viaje.

Orlando no se opuso. Alexa aceptó, pero la convivencia no fue lo esperado.

“Betty era loca, maníaca sexual. Teníamos sexo cinco o seis veces diarias. Cuando tomaba alcohol, me decía que ella me había comprado, que yo era su esclava sexual”.

De ella sí se escapó. Huyó a Houston, Texas, donde su hermana, casada y con un hijo, se había instalado. Pero Alexa nunca había vivido de la caridad. Se puso a trabajar en un club de sexo gay. Allí se enamoró de Danny. Él le pidió que dejaran de usar condón y que luego se harían la prueba del VIH. Por ese orden.

Al final, Alexa fue sola a hacerse la prueba. Era seropositiva. Sabía que antes no lo era, porque Orlando era médico y le hacía la prueba constantemente.

“Resultó que todo el mundo sabía que Danny era seropositivo. Él tenía muchos amantes, viajaba a menudo a México. Seguimos teniendo relaciones sin condón. Y yo lloraba, lloraba, lloraba. Él pensaba que lloraba de emoción quizá, pero yo lloraba de enojo”.

Fue entonces, a los 21 años, cuando Alexa creyó que se iba a morir y volvió a El Salvador. Justo para ver en casa (en casa de Orlando) el cambio de siglo, la entrada en el año 2000. Nadie entendía por qué alguien en su sano juicio volvía a El Salvador después de haber conseguido llegar a Estados Unidos. Alexa no diría a nadie que era seropositiva hasta que pasaran cinco años.

Con Orlando las cosas se habían relajado. Ella salía y entraba de casa sin dar demasiadas explicaciones. Recuperó a sus amigos del barrio. Un día le abordó por la calle un tipo de una asociación ofreciendo condones. A Alexa los condones le recordaban que era seropositiva: no quería saber nada de aquel tipo. Pero él le ofreció un trato: si conseguía juntar a seis personas para una charla sobre sexo, él les regalaría todos los condones y lubricante que quisieran.

En uno de esos talleres de educación sexual, el tipo trajo de invitada a una mujer de piel rosada y cabello rubio que les preguntó qué apariencia tenían las personas con VIH. El grupo recordó a amigos de pómulos hundidos, a amigos muertos. La mujer reveló que ella tenía VIH. La incredulidad del grupo se convirtió en enojo e insultos. Hasta que se dieron cuenta de que era verdad. Y lloraron.

Alexa caminó con ella de vuelta a casa. A la altura del cementerio, donde nadie las veía, le dijo al oído que ella también era seropositiva. Después de cinco años, se quitó de encima todo el peso del silencio. Ella le dijo a qué médico tenía que ir, le habló de la pastilla con la que tendría que vivir el resto de su vida, y le dijo que sería una vida larga. La llevó a un grupo de apoyo en el hospital de la ciudad, que estaba a unos kilómetros de su casa.

Allí Alexa aprendió a vivir con el virus, sin ignorarlo. Le infundieron tanto coraje, que Alexa fundó otro grupo de apoyo en la pequeña clínica del pueblo donde ella vivía. Y empezó a repartir condones por la calle.

“Era el renacer, ya no me daba miedo decir que era seropositiva”.

 

Incluso salió en la prensa. Fue así como Orlando y sus amigos más íntimos, a los que había mantenido al margen de su nueva vida como activista, se enteraron de que Alexa era seropositiva. Fue un shock, pero tuvieron que aceptarlo.

La publicidad también le hizo ganarse enemigos: mujer, transgénero, seropositiva y activista. Tenía todos los números. Los pandilleros del barrio se la tenían jurada. Una noche de 2008 la agarraron cuando estaba sola y le pegaron una paliza. La policía no la creyó, se negó a tramitar su denuncia. Alexa se dio cuenta de que el VIH no la iba a matar, pero que los pandilleros no pararían hasta que la dejaran fuera de combate.

Emprendió el viaje hacia Estados Unidos, tal y como había hecho diez años atrás. Le costó grandes esfuerzos y mucho papeleo, pero al final consiguió asilo del Gobierno de Estados Unidos. Allí buscó buscó organizaciones similares a la que le había salvado a ella. Ahora no solo es la coordinadora de una organización sin ánimo de lucro que apoya a los latinos LGBT en el área de Washington D.C., sino que es una auténtica líder. Las demás chicas trans acuden a ella en busca de consejos sobre salud, sobre la vida; o se sientan a escucharla, sin más.

 

La hija de Zoila

Zoila ya no usa maquillaje. Lo dejó de usar cuatro años atrás, dice, para no ejercer ninguna influencia sobre Ariel.

“Mi hija es una niña transgénero. Cuando nació le asignaron niño por su anatomía. Pero ella identificó su género”, dice Zoila.

Ariel fue una niña todo el tiempo. Pero a su familia, a los demás, les llevó un tiempo descubrirlo.

El bebé nació sano en Maryland, en los suburbios de Washington D.C. Zoila y su marido habían llegado seis años atrás desde Nicaragua, y hacía dos que habían tenido a su primer hijo, Nicolás. Pero desde el momento en que tomó en brazos a Ariel, nada más dar a luz, Zoila sintió que había algo diferente. Pensó que cada hijo es una experiencia diferente. Pero había algo más.

Ariel pedía muñecas, pero le compraron un Spiderman y un Batman. Los superhéroes llevaban cinta adhesiva enganchada en la cabeza para simular una melena. Acunaba rollos de papel de cocina. Empezó a hablar y siempre se refirió a sí misma en femenino. Zoila la perseguía, la corregía. Ariel se ponía los zapatos de mamá y las camisetas de papá, que le quedaban largas, y se pintaba la cara con crayons.

Fue entonces cuando Zoila empezó a cambiar. No más faldas ni aretes. Pelo corto. Nada de maquillaje. Pensaba que, al pasar tanto tiempo con Ariel, se había convertido en su único referente y quería parecerse a ella. Pero Ariel crecía, y también su curiosidad. Empezaron las preguntas.

—Mamá, ¿quién me hizo a mí?

—Dios, la energía, la naturaleza, mi cuerpo…

—¿Y quién decide si uno es niño o niña?

—Nadie, eso se da.

—Mamá, ¿cómo hacen las personas para hablar con Dios?

—Con Dios puedes hablar en cualquier instante, porque vive dentro de ti, en tu cabeza, en tu corazón.

Los diálogos se sucedían. Hasta que saltaron las alarmas.

—Mamá, yo me quiero morir y hablar con Dios para decirle que me haga bien. Porque al ponerme pene cometió un error conmigo. Porque yo no soy un niño, yo soy una niña. Yo quiero que me repare, me haga bien, me ponga de nuevo en tu vientre y volver a nacer a través de ti, porque yo quiero que siempre seas mi mamá.

A Ariel le dejaron de divertir los juegos de los demás niños. Oscilaba entre el enojo y la tristeza. El piso en el que vivían era pequeño, pero ella se escondía y al rato la encontraban tras una cortina o bajo la cama.

 

“Estaba perdiendo a mi hija. Ella estaba desconectándose, alejándose de mí”.

Uno de los días en los que Ariel insistió en que era una niña, Zoila la agarró y la llevó al baño, donde su marido se estaba duchando. Subió la niña al lavamanos, le bajó los pantaloncitos y le dijo:

—¿Ves esto que está acá? Esto es un pene y unos testículos. Tú eres un niño.

Zoila se desnudó.

—¿Ves esto que está acá? Es una vagina, yo soy una niña.

Descorrió la cortina de la bañera de un golpe y señaló a su esposo:

—Él es tu papá, él es un hombre, él tiene pene y tiene testículos. Las niñas tenemos vagina, los niños tenéis pene.

El pediatra dijo que eran fases, que solo tenía cuatro años. Las amigas dijeron que la apuntara a algún deporte violento para sacar su masculinidad. Zoila organizó un viaje: la abuela se iría a Nicaragua con sus dos nietos para que conocieran sus raíces, y en especial a los demás hombres de la familia.

El viaje lo iba a arreglar todo. El equipaje ya estaba listo, solo faltaba un día para salir. Ariel se preparaba para la ducha. Zoila se volvió hacia el baño para comprobar que la niña se metía en la bañera. Entonces vio un cuchillo de cocina en alto, que bajaba hacia sus genitales. Un grito ahogado. Zoila corrió al baño y sacó a Ariel de la bañera. No se llegó a hacer daño. La secó y la arropó con la toalla. La sentó sobre el váter.

—¿Sabes qué, mi amor? Yo sé quién eres. Porque yo soy tu mamá, te conozco desde antes de que nacieras. Viviste acá, en mi cuerpo, nueve meses. Y déjame decirte que tú puedes ser quién tú quieras ser, no importa lo que pueda pasar…. Te voy a apoyar toda la vida.

—Mamá, yo soy una niña.

—Sí, mi amor. Sé quién tú quieras ser.

—¿Puedo ser una niña?

—Lo que tú quieras. Déjate eso ahí o vamos a acabar en el hospital y no vas a poder ir a Nicaragua.

Y se abrazaron.

Cuando se fueron de viaje, en la soledad de su piso en Maryland, Zoila se sentó frente al ordenador para hacer lo que deseó haber hecho mucho tiempo atrás: documentarse.

Empezó por buscar “homosexual”, pero descartó que la condición de una personita de cuatro años se pudiera definir por su deseo sexual. Su siguiente búsqueda fue “por qué un niño dice ser una niña”. Leyó algo sobre el “trastorno de identificación de género”. De ahí fue a parar a “disforia de género: persona que se siente descontenta con su físico porque mente y cuerpo no coinciden”. Resultó que el “trastorno de identificación de género” ya no existe para la Organización Mundial de la Salud, ya que no es un trastorno, no es un problema mental. “Entonces no está loca”, se dijo. Y así llegó a la palabra transgénero: “persona que se identifica con un género diferente al asignado al nacer, y que no se siente conforme con su cuerpo”.

Zoila lloró. No porque su hija fuera transgénero. Lloró por no haberlo sabido antes. Por haber luchado contra ella, por los traumas y la depresión a los que había contribuido. Se sintió culpable, ignorante, cegada por sus prejuicios.

Luego llegaron muchas primeras veces. La primera vez que acudieron a un psicoterapeuta, la primera muñeca. Zoila perdió amigos, sobre todo los más vinculados a la iglesia. Pero da gracias a su hija por haberle abierto los ojos.

—Usted es una niña fuerte, un ser humano extraordinario —le dice—. Con la cabecita en alto, porque no le está haciendo daño a nadie.

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