Mohamed Ben Khalifa

Una isla en Libia

Farwa es un refugio desde el que se puede contemplar un país que se desintegra tras su costa

Mohamed Ben khalifa

Fotoperiodista

Karlos Zurutuza

En tránsito
29 de Noviembre de 2018

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Hay un grupo ecologista en Zuara, en la costa de Libia. ¿Sorprendente? También hay gimnasios para mujeres —dicen que cuatro o cinco—, un club de kitesurf  y una casa ocupada donde los jóvenes hacen lo mismo que los de la orilla opuesta del Mediterráneo. La extrañeza con la que se procesa esta información probablemente se deba a la imagen distorsionada e incompleta que siempre hemos tenido de Libia. O a que son brochazos de color que no corresponden a un país “islámico”, y menos si este está en guerra.

Siendo justos, a simple vista nada en Zuara, cerca de la frontera tunecina, invita a pensar que haya vida más allá de la mera supervivencia. Basta darse una vuelta por la avenida principal, donde cafetines que sirven en vasos de papel y tiendas de carcasas para móviles pierden a sus clientes entre la arena y el escombro. O por esa plaza gris a la que intentan insuflarle vida llamándola piazza desde la ocupación italiana. Fíjense en que sus solitarias palmeras parecen mirar al pavimento preguntándose dónde está la gente; es como si todo el mundo hubiera salido corriendo después de abandonar su coche. Justo ahí, en la plaza, en la planta baja de un hotel al que la guerra le arrancó los cristales antes de su inauguración, los ecologistas tienen su sede. Un cartel en la puerta indica que la asociación se llama Bado; ya en el interior, sus paredes son todo un regalo para la vista. Hay fotos en color de tortugas, flamencos, unos lagartos verdes muy curiosos y, en definitiva, una vida que no imaginamos cerca de esta plaza.

“Todas las fotos están tomadas en la isla de Farwa, a 40 kilómetros de aquí. Ahí es donde concentramos casi todas nuestras energías”, dice Shokri Dahe, el presidente de la asociación. Sobre un mapa de la costa colgando en la pared, Dahe explica cómo, a mediados de la década de 2000, Saadi, el tercer hijo de Muamar el Gadafi, impulsó un proyecto multimillonario para construir un enorme complejo turístico en Farwa. Un documento que Dahe guarda desde entonces habla de siete hoteles, 70 jaimas en torno a un oasis, algunas de ellas “flotantes”, y todas “equipadas con los servicios más modernos”; un campo de golf y dos puertos deportivos. Todo ello en apenas 470 hectáreas que, además, se convertirían en una zona de libre comercio. La guerra de 2011 hizo que solo se ejecutara la primera parte del proyecto: unir la isla con la costa. Pero solo aquello ya resultó desastroso.

“Las corrientes marinas fueron bloqueadas, por lo que las aguas entre la antigua Farwa y la localidad de Bukamash se empantanaron”, explica el activista, señalando la lengua de tierra en cuestión con el dedo. Las aguas pútridas se envenenaron aún más tras el vertido incontrolado de residuos desde una planta química a pocos metros de allí que quedó fuera de control tras su abandono durante la guerra de 2011. Dahe recuerda que, dos años más tarde, mandaron muestras de tierra, hierba y agua de la zona a un laboratorio de Túnez para que las analizaran. Los niveles de contaminación por mercurio y cadmio eran tan elevados que tuvieron que repetir las pruebas para cerciorarse de que no se habían equivocado.

Imagen aérea de la isla de Farwa, a unos 120 kilómetros al oeste de Trípoli.Mohamed Ben Khalifa

El olor pestilente del agua entre el puerto y la isla ya aportaba pistas, lo mismo que el elevado número de abortos involuntarios, bebés con malformaciones y casos de cáncer entre la población de la zona. Aquel estudio no hacía más que confirmar de forma científica que esa masa de agua inerte frente al pequeño puerto pesquero, así como los olivares de alrededor, los dátiles, la tierra y sus gusanos estaban, y están, envenenados.

“Cuando hablamos de la importancia del medio ambiente, muchos se lo toman como si se tratara de un lujo en mitad del desastre que hoy es Libia. No entienden que puede ser algo tan básico como lo que comes, que aquí es lo que te mata”, dice Dahe, antes de lanzarme una invitación para visitar la isla con ellos.
 

Un país en coma

“El desastre que hoy es Libia” al que se refiere el activista es palpable en cada rincón de Zuara. Tres gobiernos se disputan el poder en esta región costera del Magreb: dos en Trípoli y otro en Tobruk, en el extremo este del país. Zuara depende de la administración del Ejecutivo que respalda la ONU en la capital, y el primer síntoma de la disfuncionalidad del mismo es que los sueldos no llegan. Como no podía ser de otra manera, Zuara también cuenta con un cajero automático siempre encendido para avisar a los libios de que está “fuera de servicio”. Como el resto de los libios, los zuaríes guardan cola frente al banco a la espera de cobrar una pequeña parte del sueldo que les corresponde por trabajos en la administración que casi nadie desempeña. Con suerte llegarán a recibir 200 dinares (unos 30 euros al cambio en el mercado negro) de un salario medio de 1.000, pero los dos últimos meses ni siquiera han contado con esa propina.

En toda localidad fronteriza que se precie se recurre a los oficios tradicionales. El contrabando de combustible puede ser un puñado de litros en el maletero de Mercedes destartalados, o de toneladas en los antiguos viveros de pesqueros, que pasan después a las tripas de barcos malteses en alta mar. En cualquiera de sus versiones, la marea de dinares tunecinos o de euros malteses ha disparado la inflación, y Zuara es hoy la ciudad más cara de Libia, por encima incluso de la capital.

Pero aún hay mucho más. Desde la sede del Comité de Crisis de la ciudad, Sadiq Jiash, su director, dice que no sabe ni por dónde empezar. “Está el colapso de las infraestructuras más básicas, desde sumideros y alcantarillas a carreteras; luego los migrantes y los desplazados tuaregs de las guerras del sur; los problemas de seguridad con el arco de pueblos árabes alrededor [Zuara es el único enclave bereber de la costa libia]… ¿Quiere que siga?”.

Jiash menciona también la refinería de Mellitah, una planta explotada por la multinacional italiana ENI en el extremo este de la ciudad, de la que sospechan que no cumple los protocolos de seguridad. Por supuesto, no se olvida del desastre de la planta química de Bukamash, ni tampoco de la malograda isla anexa. El pasado agosto, los hombres de Jiash, junto a un grupo de voluntarios —entre ellos la gente de Bado— consiguieron abrir un canal en esa lengua de tierra que había convertido las aguas de Bukamash en una inmensa fosa séptica. Durante las dos semanas largas que duró la operación, se aprovechó para limpiar la isla y acondicionar su única construcción: un faro levantado por los italianos en 1923.


Pescadores en la playa de la isla de Farwa, en las proximidades de Zuara.Mohamed Ben Khalifa

“Farwa es casi lo único que nos queda y la gente se está empezando a dar cuenta de lo importante que es protegerla”, dice Jiash. El solo objetivo, añade, aporta una cohesión a los zuaríes que echan de menos a otros niveles.

 

Un paraíso

Si entre semana Zuara nunca se despereza antes de las 10 de la mañana, el viernes, día de fiesta musulmán, no se moverá ni el polvo en suspensión hasta pasada la hora de comer. Sin apenas tráfico y con los chekpoints desatendidos por milicianos que aún duermen, ese es, sin duda, el mejor momento para viajar entre las ciudades de la costa libia. Los migrantes lo saben y aprovechan para llegar a Zuara desde Trípoli evitando sobresaltos o, al menos, reduciendo riesgos en Janzur, Sorman, Zawiya o Sabrata.

La otra anomalía matutina es la de los tres miembros de Bado camino de la isla, si bien sus razones para madrugar nada tienen que ver con las de los foráneos. Conduce Agmar, ingeniero eléctrico de 45 años y cofundador de Bado. Dice que la asociación se creó en 2013 y que cuenta con treinta voluntarios “que también ponen dinero cuando hace falta”. Agmar ha oído hablar de otra asociación similar en Libia. Se llama Vida Marina en Derna, aunque cuesta imaginar una iniciativa ecologista en uno de los bastiones islamistas más duros durante los últimos años.

“El este del país es otro mundo, nadie sabe lo que está pasando allí”, dice Agmar, encogiéndose de hombros.

Nada más salir de Zuara se pone a llover, y luego a granizar. Veinte minutos más tarde giramos hacia la derecha nada más pasar la central química, y accedemos al puerto de Bukamash. Farwa está justo enfrente, pero apenas la distinguimos entre la espuma que arranca a las aguas muertas el temporal que golpea desde el noroeste. Los tres voluntarios deciden esperar a que el tiempo dé una pequeña tregua para saltar a la única lancha operativa del puerto. Las aguas son poco profundas y tendremos que ir a pie durante los últimos 200 metros.

“Mira, ese edificio justo enfrente es el palacio”, dice Nader, señalando el faro italiano. Este diplomado en Turismo bien podría estar trayendo grupos de visitantes al lugar de no ser por la guerra, aunque el agua a la altura de nuestras rodillas ya estaba envenenada por la planta química a nuestra derecha desde mucho antes. Las ruinas romanas de Pisindon quedan a nuestra espalda, pese a que gran parte de ellas quedan bajo el agua. Todos aquí recuerdan cómo, a principios de la década de 2000, la Policía de Gadafi cortó el acceso al puerto durante dos días. Nunca se supo lo que encontraron allí, pero sí que aquello desapareció para siempre en las traseras de varias furgonetas. Tras aquel saqueo, es tan escaso el patrimonio histórico de los zuaríes, que uno comprende por qué insisten en llamar “palacio” a la única construcción de la isla. Se asemeja más a un castillo en miniatura, una modesta fantasía italiana desde cuya única almena se anunciaba la presencia de una isla antes de la costa.

Tras décadas de soledad, el palacio acoge hoy a un grupo de scouts con pocas ganas de salir de sus sacos de dormir. La lluvia arrecia y los adolescentes remolonean distribuidos en las dos únicas habitaciones del edificio. No hay más que suelo y paredes desnudas. Desde la pequeña torre, a apenas diez metros sobre el suelo, los voluntarios explican que nos encontramos justo en la mitad de esta isla de 14 kilómetros de largo. El extremo oriental muere junto al paso donde han recuperado la corriente que debe sanear las aguas del puerto. Caminamos por la playa hasta el punto opuesto, donde el equipo quiere recuperar un localizador GPS que marcaba la existencia de un nido de tortugas marinas que se abrieron camino hacia el mar hace ya más de dos meses.

Durante el día, sobre todo en verano, ir a Farwa es un plan para familias, pero la noche se reserva a grupos de hombres aprovisionados de ese aguardiente casero de higos al que llaman boja. Otros, los menos, se traen las armas, especialmente cuando su visita coincide con los tres días de descanso en la isla de los flamencos antes de reemprender su travesía hacia el sur. Los selfis de libios posando con esos “trofeos de caza” rosas se hacen entonces desgraciadamente populares en Facebook.

“Lo peor de todo es que esta gente ni siquiera sabe que eso es un crimen”, dice Aymad mientras aguanta el chaparrón bajo un poncho de plástico verde. La arena blanca bajo nuestros pies descalzos se extiende hasta donde alcanza la vista, y también la basura. Se podría echar la culpa de todas esas botellas de plástico a los visitantes, armados o no. Pero que las encontremos en la misma proporción a cuatro kilómetros del palacio ya indica que la mayor parte de los residuos llegan del mar. Agmar dice que llegaron a recoger hasta 50 toneladas de basura durante la última batida de limpieza.

Transcurridas casi dos horas desde el inicio de la marcha, Aymad busca en su móvil una foto de una caja de plástico semienterrada que les da una pista de dónde puede estar el dispositivo que buscan. El GPS también indica esa misma posición, y el grupo se pone a excavar en la arena. Pero no es tan fácil. Se hace un agujero, y luego otro; se mira de nuevo la caja en la foto, luego el GPS, y se hace otro agujero. “Enséñame la foto otra vez”. “Creo que es un poco más allá”. Pero nada.

El grupo desiste y emprende la marcha de vuelta justo cuando escampa y el sol asoma entre los nubarrones. Sin previo aviso, el mar ha pasado de un azul nórdico a un intenso turquesa, y la arena es ahora aún más blanca. Con el sol secando la ropa empapada del grupo, no queda ya ni rastro de la decepción por no haber encontrado el dispositivo. Los voluntarios sonríen mientras recogen residuos en bolsas de plástico que se van hinchando según nos acercamos al palacio.

Vista de la isla de Farwa desde su embarcadero.Mohamed Ben Khalifa

“Hago esto entre dos y tres días a la semana y nunca me canso”, dice Aymad mientras se las ingenia para sostener su voluminosa carga. Luego repite lo de que “Libia podría ser un paraíso si las cosas funcionaran”; un mantra cargado de sentido, pero que se rompe en mil pedazos contra la silueta de la planta química recortada contra el horizonte. Se ve desde todas partes, y su presencia se deja notar aunque uno se empeñe en darle la espalda. Volviendo en la lancha a puerto, un pescador que acaba de echar su red en las aguas muertas nos hace un gesto con la mano ofreciéndonos pescado. Luego son dos juguetones delfines los que reclaman nuestra atención saltando a estribor. Tras medir sus fuerzas maniobrando bajo la proa del bote, repiten sus cabriolas antes de desaparecer.

Por supuesto, ese vídeo ya circula a través de las redes sociales antes de llegar a puerto. Y no es para menos: los bichos no solo sobreviven en esas aguas, sino que incluso sacan fuerzas para hacer algo aparentemente inútil como saltar sobre el agua.

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