Desde la calle, Nazgol da instrucciones a un grupo de voluntarios que se asoman por el roto que, hasta la explosión que dejó su edificio semidestruido, ocupó una ventana.
—Sí, eso lo necesito —les indica alzando la voz mientras los hombres le van mostrando objetos que han quedado desparramados en lo que queda de su vivienda.
—Eso también —continúa cuando le muestran una canasta con ropa.
Los hombres van bajando un televisor, una tostadora, varias bolsas plásticas llenas de instrumentos de cocina. Nazgol —pseudónimo para no ser identificada— mete todo en una camioneta azul que llevará a una bodega mientras consigue un lugar definitivo donde vivir.
Por horrible que parezca la escena, al menos ha tenido la suerte de recuperar algunas de sus pertenencias. La edificación donde vivía ha quedado en pie: es inhabitable, pero sigue en pie. No como otras de la misma calle de Teherán, totalmente destruidas. Los escombros pueblan las aceras y dos días después del bombardeo, cuando visitamos el lugar, la maquinaria sigue trabajando y los servicios de rescate buscando cuerpos.
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