La máscara talibán

La apariencia de seguridad y el dominio militar del nuevo Emirato Islámico de Afganistán esconden el dolor de una sociedad rota

La máscara talibán
Talibanes en la colina de Bibi Mahru, con vistas sobre todo Kabul. Anna Surinyach

Cae un mundo. Todo parece igual, pero nada lo es. Los cláxones y los timbres y el bullicio de Kabul son mentira, porque cada vez hay menos gente con trabajo. Son mentira los niños dándose un chapuzón en el arroyo de un desfiladero, porque detrás de su alegría hay familias enteras buscando la manera de escapar del país. Son mentira las tiendas de ropa o de verduras o de frutas o el emblemático mercado de pájaros de Kabul porque cada vez hay menos compradores, son mentira las mujeres que se manifiestan porque no tienen ese derecho, son mentira las promesas de Occidente de que no dejarían a nadie atrás, son mentira las promesas del Emirato Islámico de Afganistán a la comunidad internacional porque ya hay ejecuciones y represión, son mentira las banderitas blancas del Emirato que unos pocos colocan en sus bicicletas y sus coches, son mentira los talibanes con fusiles que patrullan Kabul relajados. Es mentira el futuro, es mentira la esperanza: el presente es perpetuo. 

Lo viejo acaba de nacer en Afganistán.

Venta de pañuelos en la carretera entre Jalalabad y Kabul. Anna Surinyach
Mercado de pájaros en el casco antiguo de Kabul. Anna Surinyach

El experimento democrático en el que Estados Unidos y los países de la OTAN invirtieron más dinero y esfuerzo en este siglo se ha acabado. Los veinte años de invasión militar dejaron como legado un Gobierno que se derritió como la mantequilla. Tiendo a escribir “cuando los talibanes llegaron al poder” para referirme al 15 de agosto de 2021, pero los afganos con los que hemos hablado durante esta cobertura usan más la fórmula “cuando el Gobierno se derrumbó”. No hay algo que pueda definirse como Estado en Afganistán. Los talibanes no echaron de casa al Gobierno que apadrinó Estados Unidos, sino que entraron por la puerta y se la encontraron vacía. Hoy vemos las consecuencias de esta ocupación tan extraña. 

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“Recordaré esto toda la vida. Hasta que me muera”. “Los talibanes no son humanos. Quieren que las mujeres se queden en casa y hagan las tareas domésticas”. “Antes no había seguridad pero había trabajo, y ahora no hay trabajo pero sí hay seguridad”. “Hemos perdido a miles de personas, hemos derramado mucha sangre, y ahora estamos en el punto de partida”. “Si alguien realmente piensa en nosotros como seres humanos, debería venir y ayudarnos”. “Podemos hacer muchas cosas, pero si no hay apoyo internacional es difícil”. “No tengo planes de futuro”. “Sin música no puedo hacer nada en la vida”.

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En su célebre El fin de la historia y el último hombre, Francis Fukuyama vaticinaba tras el fin de la Guerra Fría y la victoria de Estados Unidos que las democracias liberales se impondrían en todo el mundo. El último ejemplo que rebate esta teoría es el de Afganistán. La democracia afgana, si es que merece ese nombre, se ha evaporado y ha sido sustituida por una guerrilla a la que Occidente combatió durante dos décadas. Sus primeras semanas en el poder demuestran que no esperaban encontrarse tan pronto con las llaves del Palacio Presidencial. Para la mayoría de los afganos con los que hemos hablado, este es el fin de la historia. El fin de una era de bombardeos aliados y atentados suicidas, de inyección masiva de dólares, de elecciones fraudulentas, de esperanzas y decepciones, de corrupción y señores de la guerra, de ilusiones y humillaciones, de universidades y promesas humanitarias, de ser, alguna vez, en algún momento, el centro del mundo —y a la vez la periferia del mundo. No es el fin de la historia porque el tiempo se extinga o porque todas esas cosas desaparezcan —a algunas les queda larga vida—, sino porque ya no pueden imaginar el futuro. Se acabó la historia de la guerra contra el terrorismo en la que Afganistán estaba en primera línea, y empieza otro capítulo que los afganos no saben leer. No importa si apoyan o no al nuevo Emirato: reina la sensación de que están entrando en tierra incógnita.

Ahí, en el fin de la historia, esperan los talibanes.

Un grupo de talibanes reza en la colina de Bibi Mahru de Kabul, donde el acceso está restringido. Anna Surinyach

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Nada más cruzar la frontera pakistaní y entrar en Afganistán, nos encontramos con un talibán saltarín que nos dice eh, venid conmigo, por aquí. Es joven. Mientras nos guía, le da collejas y golpetazos con el fusil a un niño que está incordiando por ahí. De inmediato asocio su figura al lugarteniente de un jefe del narcotráfico, el que garantiza la seguridad de sus superiores. El esbirro cuyas contradicciones tan bien se retratan en The Wire. Nos lleva a un claro rodeado de arbustos donde hay una comitiva talibán sentada en sillas azules alrededor de una mesa. Comprueban nuestros pasaportes. El que parece el jefe nos garantiza que estaremos seguros en el Emirato como periodistas extranjeros. No habla inglés, pero tiene una voluntad aparente de comunicarse e incluso de conectar. Cumple a rajatabla el estereotipo de guerrillero talibán: el gorro pastún, el pelo largo y graso, la vestimenta tradicional afgana. La curiosidad mutua es indisimulable: nosotros queremos saber de él y él quiere saber de nosotros. Lo veo —otra vez The Wire— como el capo de la droga que tras años en la oscuridad decide entrar en el mundo de los negocios, a plena luz del día. Nos lanza un mensaje claro: que sí, que lo que ves son los talibanes, que somos nosotros, y que no pasa nada. ¡No pasa nada! No tengas miedo. Pero que sepas que en este país, ahora, mandamos nosotros. 

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La imagen que mejor define a Afganistán estas semanas es la de un cuerpo al que han cortado la cabeza y le han colocado otra en su lugar. El expresidente Ashraf Ghani, de largo la figura política más impopular del país, huyó el 15 de agosto en un helicóptero cargado de dólares y dejó vía libre a los talibanes para entrar en Kabul sin pegar ni un tiro. Ghani estaba absolutamente aislado, sin aliados en las provincias o entre los diferentes grupos étnicos de Afganistán. 

Los talibanes han ocupado su lugar y han instaurado el Emirato, pero detrás de esta palabra rimbombante solo hay un Gabinete interino poblado de barbudos y un funcionariado desmotivado que se ha quedado sin salarios y que en el mejor de los casos sigue yendo a trabajar por orden de los talibanes. Los brazos y piernas de este Frankenstein no están intactos: los empleados que tenían más estudios y experiencia han huido o intentan huir. No hay fecha prevista para que la hemorragia se detenga. Solo la negativa de Pakistán a abrir las fronteras evita que salga mucha más gente.

La traducción de esta entelequia política en las calles es la de una guerrilla que manda pero no gobierna. La autoridad en Afganistán son hombres patrullando con kaláshnikovs y fusiles M16 en vehículos militares pagados por Estados Unidos que debían estar en manos del extinto Ejército afgano. Los talibanes buscan legitimidad política ante los afganos vendiendo seguridad: una ironía tautológica, porque ellos eran los que colocaban bombas en las carreteras y lanzaban ataques. Si ellos detienen la violencia y las tropas extranjeras no están, la violencia desaparece —aunque no de forma total. La rama de Estado Islámico en la región, ISIS-Jorasán, ha llevado a cabo atentados contra los talibanes en Jalalabad, capital de la provincia de Nangarhar, una zona que debe cruzarse para llegar a Kabul si se entra en el país por la frontera con Pakistán, como han hecho muchos periodistas.

El primer objetivo talibán, el que realmente les importa, es detentar el monopolio de la violencia. Mandar.

Una patrulla pasa delante de la antigua embajada de Estados Unidos en Kabul, cubierta por la bandera de los talibanes, que incluye la ‘shahada’ o profesión de fe: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”. Anna Surinyach

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Hay dos talibanes haciendo guardia en el Ministerio de Información y Cultura, uno de ellos tapado con un pañuelo y el otro con una mascarilla, que es una forma de ocultarse y no de protegerse, porque en este país a casi nadie le preocupa el coronavirus. Entramos en el edificio desangelado y llegamos al despacho de un oficial que nos recibe con impolutos modales. Es el hombre del Ministerio de Información que, en unas pocas horas, nos envió por WhatsApp una carta del Emirato para poder entrar en Afganistán —una celeridad desconocida para la prensa en otros países—, y que ahora nos entrega ese documento en mano. Un salvoconducto con nuestros nombres escritos en bolígrafo azul que será nuestro comodín ante cualquier puesto de control, ante cualquier problema con la autoridad, ante cualquier pregunta de qué hacéis aquí. 

Nos da cuatro normas, cuatro advertencias. No se puede grabar el aeropuerto de Kabul. No se puede ir a Panjshir, pero si queremos ir se puede pedir un permiso especial, y luego ya veremos. No se pueden cubrir las manifestaciones “ilegales”. ¿Qué quiere decir ilegales? Todo el mundo tiene “derecho” a manifestarse. Pero se juntan cuatro personas y empiezan una manifestación, eso no se puede hacer, nos tienen que consultar. Y la última: no se pueden grabar o fotografiar los puestos de seguridad en lugares estratégicos, a no ser que nos den permiso.  

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Se ha roto un tabú. Los talibanes, antes proscritos, son la autoridad. Tanto para criticarlos como para alabarlos, su nombre se pronuncia ahora sin susurros. Es una extraña catarsis, dolorosa para unos, liberadora para otros. 

El primer peligro a la hora de informar sobre el Emirato es glamurizar a los talibanes. Los periodistas extranjeros somos los principales sospechosos de hacerlo. Después de años escribiendo sobre ellos sin saber quiénes eran, ahora se nos presenta la oportunidad de hablar con ellos.

Es difícil disimular la sorpresa. Patrullan por las calles de Kabul como si estuvieran en las montañas de la frontera con Pakistán, ataviados con sus turbantes y sus sandalias, sus armas y sus ojos maquillados con kohl. Pero sería un error pensar que el asombro ante estas escenas se limita a occidentales con mirada orientalista. Los kabulíes también se frotan los ojos. De fondo hay un choque cultural que tiene que ver con las tradiciones políticas, con la concepción del islam, pero también con la falla entre las grandes ciudades y las zonas rurales. El urbanita ve cómo la gente “del campo”, armada hasta los dientes, toma la ciudad. El urbanita bromea sobre los que vienen “de las montañas”, duda de su inteligencia. El urbanita ve cómo su mundo se derrumba y cómo lo ocupa una guerrilla que considera medieval.

Talibanes que custodian la entrada a la antigua embajada de Estados Unidos en Kabul posan ante la cámara. Anna Surinyach

Esta es una nueva vida también para los talibanes. No solo porque detentan el poder. Acostumbrados a luchar de forma clandestina contra el enemigo, ahora se pasean por Kabul eufóricos. De vez en cuando pegan acelerones a bordo de los juguetes comprados por Estados Unidos, pero en general respetan el tráfico y esperan pacientemente a que se despejen los atascos. La gran ciudad está llena de cosas que la mayoría de ellos no conocía. Desprecian esa sofisticación y a la vez les cautiva. No saben qué hacer con ella. Nada más simbólico que este reportaje audiovisual del New York Times en el que un grupo de 150 talibanes ocupa la mansión de Abdul Rashid Dostum, señor de la guerra, criminal y exvicepresidente afgano que amasó una fortuna durante las últimas décadas. “Vasos raros” (copas), sala de billar, piscina, sauna… El lujo podrido de la corrupción.

Los talibanes han sabido explotar durante años la demagogia populista: se presentan como “honestos” frente a la corrupta clase política afgana. Personajes como Ghani y Dostum han contribuido a que esta campaña tenga algo de éxito. La baza que incorporan ahora los talibanes a su programa político es la seguridad. De momento, no tienen muchas más cosas positivas que ofrecer.

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Queremos visitar el hospital Malalai de salud materno-infantil, en el corazón de Kabul. Pero para hacerlo necesitamos un permiso de los talibanes. Vamos al Ministerio de Salud Pública para conseguirlo. Nos dirigimos al departamento de prensa, un doble despacho donde hay funcionarios del antiguo Gobierno que siguen ahí. Nos indican que debemos ir a otra planta, donde está “la Comisión de Salud”, o sea, el naciente ministerio talibán, que está en plena transición, como todo el país. Nos hacen pasar a una sala de ordenadores, donde nos acompaña un joven guardia que dice tener 22 años —a mí me parecen menos— y que es de Kandahar, la cuna espiritual de los talibanes, en el sur de Afganistán. Mece en sus brazos el fusil como si fuera un bebé. Nos mira como nosotros lo miramos a él: con extrañeza. Dos mundos aparte. Sonríe de forma tímida, como avergonzado de compartir su ignorancia sobre cualquier tema. Nos pregunta si en nuestra cultura también hay dote cuando se celebra un matrimonio. Nosotros no sabemos qué preguntarle.

Nos dan por fin paso a la sala contigua y allí nos recibe el portavoz provisional del Ministerio, el doctor Abdul Bari Omar, que ese mismo día es nombrado viceministro interino de Salud por los talibanes. Se apunta mi número de teléfono, mi nombre, el nombre de mi medio de comunicación. No quiere mi tarjeta de empresa, quiere esos datos. Habla inglés pero lo intercala con pastún. Aprovechamos para hacerle una entrevista sobre la marcha. Tengo ya pensadas algunas preguntas. Me interesan dos cosas. La paradoja de que, sin las mujeres —doctoras, enfermeras, comadronas—, el sistema sanitario bajo control talibán no podría funcionar. Y las decisiones de salud pública: los grupos extremistas religiosos no son amigos de las vacunas, pero la polio puede volver a emerger en Afganistán y el coronavirus es una amenaza. Omar contestará a ambas preguntas antes de que las formule, y me obligará a repreguntar para confirmar lo que acaba de decir.

—¿Cuál es su idea para el sector público sanitario? ¿Qué cambios vamos a ver con su Gobierno?

—Hace un mes que llegamos al Gobierno, en ese tiempo hemos hecho todo lo que está en nuestra mano para que el sector sanitario funcione adecuadamente. Nuestro plan es hacer que la sanidad sea para todo el mundo y que no sea tan cara como en los países vecinos. La diálisis y otras cosas tienen que hacerse en Afganistán y a un precio barato. Queremos diagnosticar y tratar a nuestros pacientes en Afganistán. Ese es nuestro próximo plan, inshallah. Es un plan muy grande. Para este plan es necesario mucho tiempo y hablar y reunirse con diferentes donantes, con la comunidad sanitaria internacional, para que nos ayuden. 

—Ayer [20 de septiembre] tuvieron un encuentro… 

—Sí, con la Organización Mundial de la Salud (OMS), con su director. 

—¿Cómo fue? 

—En la reunión discutimos sobre cuatro puntos. El primero fue el proyecto del Banco Mundial [de ayuda al desarrollo en Afganistán]. Cuando llegamos a Kabul, el Banco Mundial retiró su apoyo a este proyecto. Debido a eso, de repente dejaron de funcionar algunos centros médicos, [se dejaron de pagar] salarios y ahora tenemos deficiencia de suministros médicos. Este es un problema grande para nosotros y para el pueblo de Afganistán. Discutimos sobre eso con el director de la OMS. El segundo tema fue la covid-19, que también es un problema importante en Afganistán. El Banco Mundial, la Unión Europea y la ONU han dejado de apoyarnos en este ámbito. Discutimos sobre eso. El tercer tema fue la vacuna de la polio. Nos preguntaron sobre ella y nuestra respuesta fue que estamos preparados para esta vacuna, pero hay un problema: tenemos centros sanitarios en las provincias cerrados. Si están cerrados, no podremos administrar la vacuna de la polio y de la covid-19. El último punto importante que tratamos fue la emergencia. Afganistán está en una situación terrible en el sector sanitario porque los donantes internacionales retiraron su apoyo al pueblo de Afganistán. Eso está muy mal por su parte.

El viceministro Abdul Bari Omar en la sala de reuniones que tienen los talibanes en el Ministerio de Salud. Anna Surinyach

Los talibanes no hablan de Occidente de forma monolítica, como hacían durante la guerra. Omar divide a países y organizaciones según los que, a su criterio, hacen seguidismo de la política de Estados Unidos y los que no: que son, en realidad, los que no parecen dispuestos a colaborar con el Emirato y los que abren una puerta a hacerlo o siguen presentes en el país. No mete en el saco de sus críticas, nos aclara, ni a la OMS, ni al Comité Internacional de la Cruz Roja, ni a Médicos Sin Fronteras. Culpa a la Unión Europea, a “algunas agencias” de la ONU, al Banco Mundial. Y, por supuesto, a Estados Unidos.

—A ver si lo he entendido bien. Entonces, si reciben los fondos, ¿están dispuestos a administrar las vacunas para la covid-19 y la polio?

—Sí. No tenemos problemas con las vacunas. Son importantes. Pero en esta situación lo más importante son los pacientes. Hay otras enfermedades como la tuberculosis o la hepatitis. Emergencias que son peligrosas para la vida de la gente. Es necesario diagnosticarlas y tratarlas. Las vacunas también son necesarias, pero son secundarias. 

—¿Y qué pasa con el personal médico? ¿Lo van a mantener?

—Hasta ahora el personal médico está presente, el problema es el servicio. No hay medicinas, no hay salarios, no hay comida para los pacientes ingresados, y faltan suministros médicos. El personal sanitario es nuestro personal, no lo queremos cambiar. Mi mensaje para todo el personal, ya sea hombre o mujer, es que debe seguir en su puesto de trabajo, debe ir al hospital. Esa es nuestra idea…

—¿También se quedarán las mujeres? 

—Doctoras, enfermeras, limpiadoras, comadronas… Sí.

—¿Pero a largo plazo?

—Nuestro plan, también para el futuro, es que se queden. 

Otra vez la máscara talibán. Cuál es la apariencia, cuál es la realidad. 

Anna Surinyach, a la que Omar en ningún momento ha saludado, se levanta para hacerle unas fotos. No nos damos la mano al despedirnos, pero no sé si es por la pandemia o porque prefiere no hacerlo.

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La máxima prioridad de los talibanes es lograr reconocimiento internacional y que el Banco Mundial descongele los fondos destinados a Afganistán: tras la reunión de Kabul con los talibanes, la OMS ya ha pedido a la comunidad internacional que apoye el sistema de salud afgano.

¿Cómo gestionarán esta situación Estados Unidos y la Unión Europea? El dilema es colosal: abrir el grifo a un país dirigido por una guerrilla a la que han combatido y vilipendiado y de la que nos han convencido que era lo peor en la faz de la Tierra durante veinte años, o dejar que el sistema se hunda. Hay muchas vidas en juego, pero intentar salvarlas puede apuntalar al régimen. Afganistán depende de la ayuda exterior y no puede funcionar sin ella. La crisis humanitaria no se avecina: ya está aquí. El hambre y la desesperación se huelen en las calles y en las montañas. Los afganos solo pueden sacar 200 dólares a la semana de los cajeros y las colas para retirar dinero se eternizan. La mendicidad se dispara y la criminalidad amenaza también con hacerlo. 

¿Hay que hablar o no hay que hablar con los talibanes? Los países occidentales también juegan con las apariencias. No reconocen al régimen pero saben —como dijo en los primeros días tras la toma talibán de Kabul el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell— que deben hablar con ellos. Pese a las condenas morales en público, hay comunicación directa e indirecta con los talibanes y, en el caso de Estados Unidos, durante la retirada militar, incluso cooperación abierta para combatir a ISIS-Jorasán. El Emirato tendrá pocos o muchos problemas para ser reconocido, pero todo el mundo sabe quiénes son los interlocutores para discutir sobre terrorismo y refugiados, las dos grandes preocupaciones occidentales. La situación humanitaria, los derechos de las mujeres, la libertad y la democracia son ahora mismo temas secundarios. 

Los políticos dudan, al menos en público, sobre si hay que hablar o no con los talibanes, pero los periodistas lo tienen claro. Entrevistas en canales internacionales, reportajes fotográficos, ruedas de prensa… Al periodismo le interesan los talibanes. Es difícil separar el morbo del interés informativo. La simplificación y la hipérbole eran un problema antes del 15 de agosto para entender quiénes eran los talibanes; ahora el principal problema es la fascinación acrítica. No puede ocultarse la verdad: su victoria es absoluta. Pero los afganos no los han recibido con los brazos abiertos. Solo son héroes para los más radicales. Han causado mucho dolor. La imagen blanda que intentan proyectar hacia al exterior sugiere, si no una especie de perdón, sí una promesa de que van a cambiar. Pero a quien deberían dirigirse es al pueblo afgano. ¿Están ellos dispuestos a perdonarlos? 

Muchas de las personas a las que hemos entrevistado ni siquiera están dispuestas a escucharlos.

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Una pizarra en la maternidad del hospital Malalai dice cuántos bebés han muerto cada mes. 

45, 12, 10, 14, 19. 

Este hospital público sigue en pie gracias al trabajo de mujeres: doctoras, comadronas y enfermeras con bata blanca y velo violeta, sombras abnegadas que van de un lado a otro, la mayoría sin mascarilla. La jefa de las comadronas, Saleha Totakhel —tez morena, labios de un escarlata pálido, mirada llena de rigor—, nos muestra la unidad de neonatología. Hay una gran sala con dos habitaciones. En una de ellas, presidida por un reloj con las manecillas detenidas, hay cuatro bebés encajados en una cuna de plástico, otra cuna con dos gemelos, otra con dos niñas… Llevan un cartoncito donde dice cómo se llaman, cuánto pesan, cómo están. “Estos son los recién nacidos. Nos encargamos durante un tiempo de los hijos de las madres que pierden mucha sangre. Los cuidamos unas horas y luego les damos el alta”. 

En la sala contigua está la uci neonatal, con incubadoras viejas que miden la temperatura de los bebés. “Fuera del hospital hay gente que dice que le cambian los bebés, que no los cuidamos, pero es mentira, porque cuando nacen enseguida los identificamos”. Le pregunto a Totakhel si faltan suministros en el hospital. La reacción es inmediata: acude a unos cajones y nos muestra todo lo que les falta. “Necesitamos jeringas, guantes, inyecciones de vitamina K para los bebés… A veces no hay vacunas y se las tenemos que dar más tarde”. 

Colchoncitos azules, incubadoras blancas. Hay un niño con la cara morada porque durante el parto sufrió presión vaginal. Otra niña de piel macilenta, como si un edificio se hubiera derrumbado sobre ella. Algunos bebés llevan una sonda en el pecho. Aparece en la sala con un brío que me descoloca el jefe de neonatología, el doctor Atiqullah Halimi. Habla inglés pero hay alguna pregunta que no entiende, y me dice: “Llevas la mascarilla muy ajustada, ¿no?”. Él no la lleva, y me anima a que me la quite. Le pregunto si no le preocupa el coronavirus, y usa una metáfora imperfecta para explicarlo: Afganistán tiene una “bomba” encima —no en alusión a una guerra que él insiste en que ya queda atrás, sino al peso que recae sobre el país—, y el coronavirus son tan solo “unos miligramos”.

Uci neonatal del hospital Malalai en Kabul. Sheeda, la bebé del centro, murió el mismo día que se tomó la imagen. Afganistán tiene una de las tasas más altas de mortalidad materno-infantil. Anna Surinyach

El doctor es un guasón. Ausculta a un bebé en la incubadora y, para rogarle que mejore, que se porte bien, le dice mientras me mira de reojo: “Vamos, bebé, no seas Ashraf Ghani”. Lanza el mismo mensaje que los talibanes: la comunidad internacional —la OMS, Unicef…— deben apoyar el sistema de salud afgano. “Necesitamos comadronas, incubadoras… No podemos funcionar bien sin más recursos. Podemos hacer muchas cosas, pero si no hay apoyo internacional a este Gobierno, es difícil”. Matiza que hay algo que no le gusta del Emirato: que no se fija en la experiencia profesional de los altos cargos. Pero en general asume su discurso y se muestra hasta ilusionado con lo que viene por delante. 

Dice el doctor que tan solo “una o dos personas” han dejado este hospital y abandonado el país, aunque reconoce que la falta de recursos humanos es un problema, que ahora es más difícil contratar a gente cualificada. “No estoy de acuerdo con la gente que quiere dejar Afganistán e irse a otros países, a Europa, a Estados Unidos. Este es nuestro país y, si todos nos vamos, ¿quién trabajará por él? Estos bebés, los prematuros, los pacientes mayores… Si yo me voy, ¿qué pasará aquí? Ahora mismo la seguridad es muy buena en Afganistán, el Gobierno ha conquistado toda la geografía de Afganistán, no hay combates, no hay guerra… Eso sí, hay un problema: el nuevo Gobierno debe establecer relaciones diplomáticas con otros países”. Alterna Halimi las reflexiones sobre la situación política con bromas que cuentan aún mejor la situación política. “Bonita barba”, me dice. Sé que me está vacilando, pero no digo nada, le dejo que lo explicite. “Yo no tengo miedo a los talibanes, por eso me afeito cada día”. 

Mientras hablamos, una comadrona intenta reanimar a la niña de piel macilenta, que se está yendo. El doctor se acerca, ve la situación y dice: “Déjalo”. La pequeña muere. Surinyach visita después fugazmente la sala de partos, a la que yo como hombre no puedo entrar. Allí ve cómo una niña nace sin vida. 

Sala de partos del hospital Malalai en Kabul. La doctora Frozane atiende de media una decena de partos al día. Anna Surinyach

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Uno de los fundadores del movimiento talibán —ministro de Justicia y jefe de la policía religiosa en el anterior régimen—, Nooruddin Turabi, ya ha advertido de que las ejecuciones y las amputaciones de manos volverán, porque son “necesarias” para la seguridad. “Todo el mundo nos criticaba por los castigos en el estadio [de Kabul, entre 1996 y 2001], pero nosotros nunca dijimos nada de sus leyes y sus castigos. Nadie nos dirá cuáles deben ser nuestras leyes. Seguiremos el islam y haremos nuestras leyes basándonos en el Corán”. 

Las exhibiciones de violencia pública en forma de castigo, de hecho, ya están aquí. La última ha sido la de cuatro hombres que supuestamente secuestraron a un empresario y a su hijo. Fueron acribillados por los talibanes y luego sus cadáveres fueron colgados, según testigos, en plazas de la ciudad occidental de Herat. El Emirato, según Turabi, está decidiendo hasta qué punto este tipo de castigos serán públicos, o si más bien se llevarán a cabo de forma discreta. 

Los métodos de los talibanes pueden ser brutales pero, al menos de momento, no sistemáticos. Ahora mismo gobiernan más a base de miedo que con decretos y leyes. Las jóvenes de más de 12 años de momento no van a la escuela, pero cuando las autoricen deberán hacerlo en aulas solo para mujeres, al igual que en las universidades, que siguen cerradas. El Emirato ha dicho que las funcionarias pueden trabajar, pero que en ningún caso ocuparán un alto cargo. Anuncios hechos a golpe de rueda de prensa: la sensación es que la comunicación pública tiene un efecto legal, pero que no hay aún un sistema detrás. 

Todo el mundo sabe lo que piensan los talibanes: esa es su forma de gobernar. No hay que esperar a que lo digan para saber lo que quieren y cumplirlo. Las mujeres saben que lo mejor es no salir mucho de casa, las televisiones y las radios saben que no deben emitir música —aunque oficialmente no esté prohibida, como sí ocurrió durante el anterior régimen talibán—, los periodistas afganos saben a qué se exponen si tocan determinados temas. Intimidan sin necesidad de dar siempre pasos concretos, porque la historia está ahí. De fondo hay una cruda realidad de la que son en buena parte responsables el anterior Gobierno afgano y los países de la OTAN: la segregación y la violación de los derechos de las mujeres y las minorías ya estaban antes a la orden del día, sobre todo fuera de las grandes ciudades. El corte entre un Afganistán y otro no es tan limpio como pueda parecer desde fuera. 

El Gabinete interino está formado íntegramente por hombres de la vieja guardia talibán, muchos de ellos en la lista negra de la ONU. El líder supremo y espiritual del Emirato, el jefe de Estado, es Hibatulá Akhundzada, una nueva figura que ha hecho que se establecieran paralelismos con el régimen iraní, pero los talibanes tienen su propia idea de gobierno. Llamó la atención que Abdul Ghani Baradar, líder político y hombre clave en las negociaciones con Estados Unidos, se quedara tan solo con el puesto de vice primer ministro: en estas primeras semanas, de hecho, no ha tenido una presencia pública importante. Por encima de él está el primer ministro, Mohamed Hassan Akhund, uno de los fundadores de los talibanes. Hay algunos nombramientos de minorías como la tayika, la uzbeka y la hazara, pero son cosméticos: el nacionalismo pastún —comunidad mayoritaria en Afganistán— impera. 

Una de las facciones con más influencia en esta nueva era talibán es la red Haqqani, responsable de algunos de los atentados más salvajes de los últimos años y designada como organización terrorista por Estados Unidos. El ministro de Interior, Sirajuddin Haqqani —hijo del legendario muyahidín Jalaluddin Haqqani, financiado por Estados Unidos y Arabia Saudí en la década de 1980 para luchar contra la Unión Soviética—, es el responsable de la seguridad del Estado y tiene bajo su ala la unidad militar de fuerzas especiales talibanes Badri 313, que fue esencial en la conquista de Afganistán y ahora reclama su parte del pastel. La red Haqqani tiene lazos históricos con los servicios secretos pakistaníes y es el puente más directo entre los talibanes y Al Qaeda. Poner a Haqqani como ministro de Interior es como poner a un capo del narcotráfico al frente de un ministerio antidrogas. Sabe qué se trae entre manos, de eso no hay duda. 

El movimiento talibán no es monolítico. Hay divergencias entre familias políticas, entre pragmáticos y los más integristas entre los integristas. El principal rival de los talibanes ya no es Estados Unidos, sino los propios talibanes. 

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En el barrio de Sarai Shamali hay un mercado en el que se suceden los gritos de zumo de granada zumo de granada zumo de granada, diez afganis diez afganis diez afganis. Hay puestos de verdura y fruta, pero nadie compra. Un poco más al norte hay una hondonada en la que se apilan miles de personas. Son las grandes perdedoras de la guerra. Masas que huyeron de provincias norteñas como Kunduz, Badakhshan, Tahar… Gente que tenía poco y se quedó sin nada. Se refugiaron en Kabul cuando los talibanes llegaron a sus tierras, pero en Kabul se encontraron, de nuevo, con los talibanes. Hay un dispositivo en marcha con autobuses gratuitos para que vuelvan a su hogar, pero miles siguen aquí. La ONU calcula que más de 600.000 personas se han visto desplazadas a causa de la violencia en 2021.

Son los refugiados olvidados, los refugiados invisibles.

Desde que llegamos, todo el mundo nos pide ayuda para salir de Afganistán. Pero en este campo de Sarai Shamali nadie piensa en irse a otro país, porque eso les parece imposible. Quieren agua, pan, dinero. La frustración es inmensa. También su agresividad. 

Vista general del campo de desplazados en el barrio kabulí de Sarai Shamali. Anna Surinyach

Al entrar en el campo nos recibe un hombre de barba frondosa pero bien recortada, Abdul Basil Rahimi, que se identifica como uno de los responsables de organizar la ayuda a los desplazados. No hay una entidad concreta detrás de tal esfuerzo, solo una asociación deslavazada de voluntarios. Entramos en una jaima amarilla para hablar con Abdul, y mi mente viaja a Siria, a los campos de desplazados donde escuchábamos hace no tantos años las historias de los que huían de las bombas del régimen de Bashar al Asad y de los ataques de Estado Islámico. Abdul lleva un shalwar kamiz —el camisón tradicional de la región— negro, zapatillas Nike y un pañuelo sobre los hombros. 

“Hoy hemos distribuido 2.000 nan (pan afgano) para 4.000 personas. Te puedes imaginar cómo está la gente. Hay unas 1.000 tiendas y seguramente hay unas 4.000 personas. En este campo había 46 embarazadas y 26 ya han parido”. Su compañero, Abdul Khalil Kulabi, nos dirá luego que hay más personas, que son unas 8.000. No hay recuento oficial. “La gente que se ha quedado aquí tiene menos recursos que los que se han ido. Son pobres y sin esperanza. Yo trabajo como voluntario y no cobro nada, y cuando vengo aquí a distribuir no puedo tolerar que… Yo distribuyo todo lo que tengo, hasta el último afgani, pero hay gente que se quiere aprovechar de esto, se va a casa y vuelve para recibir ayuda por segunda vez. ¡Es como un negocio!”. 

Es el comercio de la miseria. Familias que piden el doble de limosna o el doble de pan para poder dar algo de comer a sus hijos mañana. Agentes externos que se entrometen e intentan hacer negocio con el dolor. En el campo corren rumores de corrupción, de maldad, de latrocinio. Todo el mundo se siente humillado e indignado, y ya nadie sabe exactamente de dónde viene la humillación y la indignación, porque la vida los ha machacado. Es la estampa de una sociedad descompuesta. La presencia del extranjero, aunque diga que es periodista, es una afrenta. Los refugiados en la isla griega de Lesbos, también afganos, se decepcionaban cuando les decía en 2020 o en 2015 o en 2013 que era reportero, que no podía hacer mucho para que su petición de asilo saliera adelante. Perdían el interés en mí. Pero aquí no hay razonamiento posible. Eres extranjero, los extranjeros han destruido este país, y si vienes aquí es para darnos dinero; si no, vete de aquí. 

“Los talibanes nos ayudan mucho en el ámbito de la seguridad”, dice Abdul Basi Rahimi en la jaima amarilla. Nos aclara que él recibió becas militares para estudiar en el extranjero y que hace poco se graduó, una forma de decir que no es sospechoso de simpatizar con los talibanes. Dice que simplemente se limita a describir la realidad. Pero de todo lo que explica se infiere que el problema de los desplazados, más allá de la seguridad, no interpela a los talibanes. No es que desprecien a los desplazados, sino que ahora mismo no entran en su esquema mental de lo que es gobernar. Algo que puede aplicarse a tantas otras funciones sociales del Estado.

“Prefiero que estas personas vuelvan a casa. Las tiendas en las que viven no están preparadas para la lluvia. Es difícil estar aquí. Pero si vuelven a su provincia no tienen trabajo ni comida, tampoco atención médica. Nos dicen que antes de irse prefieren morir aquí. Los talibanes quieren que vuelvan a casa”. 

Salimos de la jaima y vamos a una destartalada consulta donde hay solo una cama. Una niña aturdida yace recostada y se toma un zumo. La madre entra a toda velocidad —pañuelo y vestido negros, los zapatos naranjas de su hija en las manos— y dice que claro, que no ha comido en 24 horas. En plena escena de recuperación del desmayo, viene una mujer en un burka azul con su hija en brazos pidiéndonos ayuda.

Una familia que acaba de llegar al campo de desplazados de Sarai Shamali construye su nuevo ‘hogar’ con mantas y sábanas. Anna Surinyach

Visitamos el campo y la humanidad nos desborda. Cuerpos que deambulan, gritos de ahora venís y hacéis vuestro reportaje y luego os vais sin darnos nada. Hay manos que nos detienen y manos que nos ofrecen papeles con números de teléfono para que les ayudemos. Manos que meten cartoncitos con números de teléfono en nuestros bolsillos. Manos que alargan teléfonos móviles. Manos que hieren, manos que caen. Atravesamos jaimas verdes y azules con precarios plásticos debajo. Una letrina en medio de una calle. Niños llorando. Un puesto que vende pan, zumos tirados en el suelo, chanclas, arroz desechado, ropa infantil tendida en las ramas de los árboles.

El hombre más amable que conocemos en el campo se llama Taj Mohamed, y es de la provincia de Badakhshan. Su tienda está bajo los árboles. Lleva un chaleco marrón a cuadros, un pañuelo blanquinegro y unas muletas. Pronto sabremos por qué. 

—Tuvimos que dejar nuestra casa en Badakhshan y venir a Kabul. Mi hija nació tres días antes de que los talibanes llegaran al poder. Por eso la hemos llamado Mohajira. 

Mohajira: refugiada, migrante. No es un nombre común, es un nombre que la hace especial. Dice que su esposa y él pensaron que ese era el nombre que mejor definía el momento en que la pequeña nació.

—Aquí solo han venido los medios de comunicación para hacer reportajes. Ni la ONU, ni las oenegés ni el Gobierno han venido a ayudarnos. Hay doctores que han venido y han comprado medicinas de su propio bolsillo para nosotros, pero las organizaciones internacionales no han venido aquí. 

Este hombre con canas y mirada afable es uno de los que, para referirse al 15 de agosto, dice “cuando el Gobierno de Ghani colapsó”. En esos primeros días del Emirato, en medio de las celebraciones y los disparos al aire, Taj dice que un vehículo militar conducido por los talibanes lo atropelló y por eso va ahora en muletas. 

—Hoy vivimos en campos con nuestras familias, vivimos entre los perros callejeros, y no hay nada para comer, el agua no es potable, pero incluso si la queremos para beber viene un perro y la lame y ya sí que no se puede beber. Si alguien realmente piensa en nosotros como seres humanos, debería venir aquí y ayudarnos. La gente tiene hambre. Si traes un trozo de pan todo el mundo sale corriendo hacia ti. Si no me crees, trae un poco de pan y ya verás lo que hace la gente. 

Ha quemado todos los documentos que tenía y que probaban que había trabajado con organizaciones internacionales en Badakhshan. Tenía miedo de que los talibanes vieran que había colaborado con el enemigo invasor. Ahora no tiene ningún documento para pedir ayuda a los países extranjeros.

Lo que creías que te puede matar en realidad te puede salvar. O, quizá, ambas cosas son posibles.

Mohajira está envuelta en una manta a nuestro lado, protegida por una mosquitera. Duerme. Le digo al padre que es un nombre bonito. Él dice que le ayudará a no olvidar. 

—Recordaré esto toda la vida. Hasta que me muera.

***

Visitamos también el parque de Shahr-e Naw, en pleno centro de Kabul. Allí se agolpan centenares de personas en jaimas. Shahr-e Naw y Sarai Shamali son dos de los puntos donde acampan los desplazados que llegaron en los últimos compases de la guerra o, mejor dicho, de la conquista talibán. Cuando entramos en el parque de Shahr-e Naw, pese a que aquí están más acostumbrados a que vengan los medios, se forma una montonera. Hay un camino de cemento en medio y vallas verdes y tiendas de campaña a lado y lado, sábanas colgadas, pinos. Surinyach logra hablar con una joven, pero para poder conversar con tranquilidad debe llevarla al coche en el que hemos llegado.

(Mientras espero fuera y atraigo a la multitud para que no las molesten, hombres y mujeres me dan números de teléfono que no sé si aceptar. Nombres, historias, nombres, historias. Khal Muhammad, más nombres y más historias, Gulzaman Malulin, más teléfonos y más voces. “Soy de la provincia de Tahar. Bombardearon nuestra casa hace tiempo y nuestros familiares están sordos, no pueden oír nada. Nadie nos ha ayudado y tengo ocho hijos. Cuando hay raciones de alimentos y los distribuyen, a nosotros no nos llegan, no nos las dan”, dice un hombre. Me enseñan fotocopias en color de casas destruidas. Carnés de identidad. Compiten por el dolor, porque saben que es la única forma de llamar la atención). 

En el coche, lo importante pasa. Surinyach entrevista a Setaysh, de 17 años, vestida de negro riguroso.

Setaysh, de 17 años, huyó de Kunduz cuando los talibanes llegaron a su provincia. Anna Surinyach

—Soy de la provincia de Kunduz. Cuando los talibanes llegaron, la zona en la que vivíamos estaba en una situación terrible, porque está cerca del aeropuerto. Los talibanes disparaban contra nuestra casa y yo tenía miedo. Lanzaron una granada y dispararon un misil. Mi madre es profesora y trabajaba para escuelas del Gobierno y para oenegés, así que teníamos miedo. Huimos a Kabul. Antes teníamos una buena vida, teníamos comida, pero ahora no podemos volver a Kunduz. Solo quiero estar segura, no es importante que sea en Afganistán o en otro país.

Suspira, llora. Se oye y se siente en la grabación.

—Los talibanes no son humanos. Quieren que las mujeres se queden en casa y hagan las tareas domésticas. No quieren que las mujeres salgan de casa. Han cerrado las escuelas, las universidades, no quieren que estudiemos, solo quieren que nos casemos con ellos, que tengamos hijos y que nos quedemos sentadas en casa.

Hace mes y medio que Setaysh vive en este parque de Kabul. El futuro no existe para ella. Cree que todo ha acabado.

—Ninguna mujer quiere quedarse en el país de los talibanes, todas quieren ser libres, quieren tener una buena vida, una vida segura. Todo el mundo quiere tener casa, más dinero, yo también quiero eso, pero ahora sé que nunca podremos tenerlo.

Antes de acabar la conversación con Surinyach, Setaysh dice: 

—Tengo una pregunta. Todos los extranjeros se han ido. ¿Tú por qué estás aquí?

—Porque somos periodistas y lo queremos contar.

—¡Los afganos se quieren ir a otro país y tú vienes aquí!

***

Hablar de oposición mirando al mítico valle de Panjshir es confundir a la gente: no hay posibilidades de articular desde allí un proyecto nacional. La única oposición real a los talibanes son las mujeres. No solo las mujeres que se manifiestan, que se atreven a desafiar en público al Emirato. La mera existencia de las mujeres es activismo político. Cada mujer, por el hecho de serlo, interroga al desgobierno talibán. El principal portavoz talibán, Zabiulá Muyahid, dijo tras la toma de Kabul que las mujeres tendrían “derechos” dentro del marco de la sharía, la ley islámica. El problema es que, en la práctica, la sharía está abierta a interpretación. La sharía no está escrita: la sharía será lo que los talibanes quieran. Por el momento el Emirato solo deja trabajar a las mujeres cuyo concurso es imprescindible para el funcionamiento del Estado, y ha pedido a la mayoría que se quede en casa. El Gabinete provisional, por supuesto, está integrado solo por hombres barbudos. 

La forma de pensar de los talibanes sobre las mujeres no ha cambiado. La única posibilidad de que acepten cambios es la presión internacional: que les exijan condiciones para recibir fondos de ayuda o reconocimiento político. Una moneda de cambio. Los precedentes son tan horribles —en el anterior Emirato, entre 1996 y 2001, había lapidaciones públicas a mujeres acusadas de adulterio, prohibición absoluta de estudiar y trabajar, desaparición de la vida pública— que cualquier pequeño avance parece bueno. 

Aunque los talibanes aceptaran ahora algunas de las exigencias internacionales de respeto a los derechos de las mujeres, hay cosas que todo el mundo sabe que no admitirán. En el mejor de los casos, se evitarán las violaciones más groseras —o más públicas— de los derechos de las mujeres, pero Afganistán continuará siendo uno de los peores países del mundo en los que una mujer puede vivir.

Una mujer vende verduras en un mercado del casco antiguo de Kabul. A las pocas mujeres que venden se las ve en el suelo, no en tenderetes como a los hombres. Anna Surinyach

***

—Soy de la provincia de Tahar [norte de Afganistán]. Nos refugiamos en Irán y volvimos a Afganistán después de 2001, con el nuevo Gobierno de Hamid Karzai. La situación de Afganistán mejoró. Fui a la Universidad de Tahar. En paralelo me di cuenta de que la sociedad requería que las mujeres actuáramos. Las mujeres debíamos conocer nuestros derechos. La Sociedad Alemana de Cooperación Internacional (GIZ) dio talleres a alumnas de la Facultad de Derecho para formarnos. Me ayudaron financiera y moralmente. Cuando acabé la universidad, di apoyo legal a mujeres cuyos derechos no eran respetados. Trabajé en los tribunales. Nunca tuve la expectativa de ganar mucho dinero. Era mi responsabilidad social. También trabajé en temas de infancia. A un niño que fue víctima de trata infantil, que fue vendido siete veces, lo logré devolver a su familia. Mi actividad fue apreciada por los tribunales de Tahar y por los notables afganos. Había gente que quería que me presentara a vicegobernadora. Elevé mi estatus político y social en Tahar. Pero la situación cambió. Con la llegada de los talibanes todo ha cambiado. 

Maryam Sayedzadah —una voz que es un susurro, toda ella compostura y tranquilidad, velo blanco de flores— está ahora en Kabul y quiere salir de Afganistán. Se siente amenazada a causa del trabajo que ha hecho hasta ahora. En Kabul ha intentado apoyar a la gente acampada en el barrio de Sarai Shamali —algunas de esas personas vienen de su propia provincia—, pero no quiere implicarse demasiado para no llamar la atención de los talibanes. Nos reunimos cerca de un parque de Kabul, en un restaurante regentado por gente de confianza y que está cerrado a los clientes durante nuestra conversación. Maryam, su marido y su ayudante han colocado una bandera afgana —la del anterior Gobierno— y una española descolorida para dar solemnidad a la entrevista, algo que nos descoloca. Habla largamente. Tiene respuestas que pueden durar diez minutos.

—Quiero alzar mi voz. He salido de casa para hacer esta entrevista. He luchado por los derechos de las mujeres y de la infancia. Nos fuimos a Kabul cuando los talibanes llegaban a nuestra provincia, y me puse un burka para que no me reconocieran. No pensaba que el Gobierno afgano fuera a derrumbarse tan pronto. Nadie pudo prever una situación tan dura. 

***

Cintas para correr, alfombras, mantas, teteras, cojines, ventiladores, ollas, platos, ceniceros, generadores, lavadoras, neveras, microondas, armarios, máquinas de tejer. Todo está a la venta en este bazar de Kabul. Un hombre levanta un televisor pesado y lo muestra a las masas, que discuten a su alrededor sobre el precio. Nos detenemos frente a una camioneta de la que salen todo tipo de cosas, como si una casa hubiera sido desvalijada. Es más o menos lo que ha pasado. Allí está Mashal, residente de Kabul originario de la provincia de Parwan, de 28 años. Su historia es la de tantos afganos que empeñan todo lo que tienen para escapar del país. 

—Las cosas que tenía en casa tenían un valor de 200.000 afganis (2.135 euros al cambio actual), y lo he tenido que vender todo por algo más de 20.000 afganis (213 euros). No tenía otra opción, porque no tenemos dinero y para dejar Afganistán tienes que ir primero a Herat [en el oeste] y luego a Irán, y necesitas dinero. Después, si quieres ir a Turquía, los traficantes te piden mucho dinero, y en la ruta las fuerzas de seguridad te pegan, te insultan. Quiero ir a Irán, a Turquía, a Europa, con toda mi familia, porque la situación aquí es muy dura. No tenemos casi dinero, hemos vendido todo lo que tenemos… Lo único que no he vendido aún es la casa, pero si alguien la quiere comprar la venderé. En cuanto podamos nos iremos, porque no hay seguridad y la situación empeora cada día…

Mercado donde se venden objetos de segunda mano en Kabul. Anna Surinyach

Estamos hablando en medio de una de las calles del mercado, bajo el sol abrasador, y un hombre que sigue la conversación nos interrumpe. En realidad no nos interrumpe, porque el bueno de Mashar sigue hablando, pero intenta intervenir. 

—No mientas, ahora hay seguridad. Antes no había seguridad pero había trabajo, y ahora no hay trabajo pero sí hay seguridad. 

Mashar no se distrae, pero da la razón en parte al espontáneo. 

—Ahora mismo no hay trabajo para nadie. Antes de los talibanes había trabajo, podíamos comer algo, pero ahora los precios de todo son incluso más altos.

***

Karimi toca la guitarra, pero ya no la lleva consigo a todas partes. Aunque la música no esté oficialmente prohibida, Karimi sabe a qué atenerse. O quizá el problema es que no sabe a qué atenerse. 

Estamos en casa de uno de sus amigos para que nos cuente cómo es la vida de un músico bajo el Emirato. Su historia, como la de tantos afganos, es de ida y vuelta constante entre Afganistán y el vecino Pakistán. Karimi nació en un campo de refugiados de Pakistán, pero tiene nacionalidad afgana. Su familia volvió a Afganistán durante el régimen talibán anterior (1996-2001), se fue a Pakistán tras los atentados del 11-S y la invasión estadounidense, y volvió a Afganistán un año después. La familia está dividida entre ambos países.

Quiso tocar desde pequeño porque en casa había una guitarra de decoración colgada en la pared, pero su hermano le decía que no, que esa guitarra no era para tocarla, que solo era para hacer bonito. Cuando hizo la selectividad y entró en la Universidad de Kabul, escogió el Departamento de Música.

—Ya en aquel momento me encantaba tocar la guitarra, pero a la gente no le gustaba mucho la música. Nadie te apoya si quieres tocar la guitarra en Afganistán. Ni siquiera en la universidad los profesores sabían de música. Durante los años universitarios me uní a un grupo musical. Me salió la oportunidad de ir también a una escuela de música para aprender de maestros extranjeros. Era un proyecto financiado por Estados Unidos. 

Eran los años de la tierna democracia afgana. De los pequeños avances que sabían a libertad: se había pasado de la prohibición total de la música bajo los talibanes a los acordes tímidos que sonaban bajo el nuevo Gobierno afgano. Tras graduarse, Karimi y otros siete guitarristas, todos hombres —“para las mujeres era muy difícil practicar música”—, formaron la banda Strings. Tocaban una mezcla de música occidental y afgana.

—Queríamos hacer algo nuevo. Casi no había bandas en Afganistán con gente de diferentes orígenes y que tocaran la guitarra. Fui a un curso especial; cuando mi profesor se fue de Afganistán me dijo que yo ya podía enseñar música. Estuve dos años haciéndolo. Mientras, la banda se fue descomponiendo, porque poco a poco la gente se fue yendo a Estados Unidos y a Europa. Ahora solo quedamos dos en Afganistán.

Participó en un proyecto musical para la televisión pública afgana, RTA. Hacía grabaciones, conciertos, melodías. Pero todo se interrumpió con la llegada de la pandemia. Se animó entonces a hacer tutoriales online. Strings siguió colgando vídeos en su canal de YouTube. Hasta el 15 de agosto de 2021.

—Cuando los talibanes llegaron al poder, tuvimos que parar. Desde entonces no hemos subido nada más al canal de YouTube. Me siento amenazado porque formo parte del mundo de la música. Muchos de mis colegas han dejado de trabajar o han abandonado el país. También siento que mi familia está amenazada. En Afganistán no hay trabajo ni lugar para los músicos. Tengo miedo de que me encuentren. Tengo cuatro guitarras, he escondido tres y he dejado una en casa, porque los talibanes saben que soy músico y si vienen y no la ven sabrán que la he escondido. Prohibir la música es como atar a un ser humano y que no se pueda mover. No poder tocar música es como atarme de brazos y piernas. Ahora no puedo hacer nada, porque en mi vida no hay nada más que la música.

Cae un mundo y Karimi quiere irse de Afganistán.

***

Muchos gobiernos europeos —Alemania, Suecia, Dinamarca, Austria, Francia, Finlandia, Países Bajos…— estuvieron deportando afganos a su país hasta poco antes de que los talibanes llegaran al poder. Este año unas 1.200 personas cuya solicitud de asilo había sido rechazada fueron devueltas a Afganistán, ya fuera de forma “voluntaria” —a menudo los afectados no veían otra salida— o involuntaria. El argumento de fondo para expulsarlos era que Afganistán, donde decenas de países de la OTAN llegaron a desplegar hasta 150.000 soldados para luchar contra los talibanes, era un país seguro. 

Hace tiempo que quería entrevistar a una de esas personas, conocer su historia, saber cómo se siente. En esta cobertura en Afganistán lo pudimos hacer. 

En este edificio destartalado del barrio de Pole Sorkh viven decenas de personas en habitaciones distribuidas como si fuera un hotel. Son gente a menudo solitaria, que alquila una habitación y la comparte con otros. Gente de fuera de Kabul que trabaja aquí, gente que quiere huir, gente cuya vida es provisional. En una de esas habitaciones vive Alí, que prefiere que no usemos su nombre real. El motivo no son los talibanes o qué pasará si vuelve a Europa, sino la vergüenza. Conoce a personas que fueron deportadas y cuya historia fue publicada en medios de comunicación: enseguida aparecieron comentarios en Facebook que se burlaban de ellas. No quiere que le pase lo mismo. Es la penitencia del que fracasó en su proyecto migratorio: uno de los motivos por los que los gambianos o los senegaleses o los nigerianos que intentan llegar a Europa de forma irregular tienen miedo de volver a casa son las miradas de los vecinos y el recibimiento de la familia. Se hizo una gran inversión en ellos, la familia se endeudó para que se marcharan y enviaran dinero a casa, y ahora vuelven con los bolsillos vacíos.

La habitación de Alí tiene paredes cuyo color rosa pálido solo puede identificarse si se miran fijamente. Hay dos maletas en la sala. Una es la de un profesor que se ha ido a Herat después de que los talibanes llegaran al poder. La otra, más pequeña, es la que Alí se trajo de Alemania. Hay colillas sueltas en el alféizar de una de las ventanas, a través de la cual vemos un edificio gris, unos árboles, unos niños jugando en un solar y, al fondo, la bruma de Kabul, mezcla de neblina y contaminación, cortando las montañas al atardecer.

Alí (seudónimo) en la habitación donde vive en Kabul. Fue deportado desde Alemania en 2019 después de que rechazaran su petición de asilo. Anna Surinyach
Pertenencias que un profesor dejó atrás después de huir de Kabul el mismo día que llegaron los talibanes. Anna Surinyach

Nos sentamos en la moqueta para hablar y nos sirve latas de una bebida energética con una bandera de Alemania impresa. Lleva un rosario marrón en la mano. Le pregunto la edad y se lo piensa. 38 años.

Camisa beis arrugada con bolsillos, pantalones marrones, bigote fino. Alí es de la minoría hazara. Cuando tenía ocho años, durante la guerra civil previa al primer régimen talibán, su familia se refugió en Irán, hasta que en 2011 parte de ella se fue a Turquía. Fueron detenidos por la policía turca y estuvieron en la cárcel una semana. Les acabaron dando el asilo y les dijeron que los reasentarían en otro país, pero el traslado se iba posponiendo y Alí se quedó sin dinero ni esperanzas en Turquía, así que en 2015 cruzó el mar Egeo para llegar a la isla griega de Lesbos y recorrió la ruta de refugiados hasta Alemania. Lo metieron en un campo de refugiados en Schweinfurt, cerca de Frankfurt. Vivió un año en el campo y tres en la ciudad. Pidió el asilo. Se lo denegaron. Apeló. Rechazaron la apelación. Y llegó la comunicación definitiva: debía ser deportado. 

Alí me enseña todos sus documentos. El de petición de asilo en Turquía. La comunicación de que iba a ser deportado por el Gobierno alemán, fechada el día 19 de diciembre de 2018. El sello de salida dice que lo expulsaron el 18 de febrero de 2019. 

—Me dijeron que tenía que pedir el pasaporte afgano para poder viajar, y un mes después vino la policía por la noche y me dijo que había un avión preparado para salir. Te tienes que ir. Me sentí mal. La situación en Afganistán era muy peligrosa y me iba solo.

—¿Te dieron motivos para deportarte? ¿Te dijeron por qué? 

—No. Me dieron una carta en alemán, en dari y en inglés pidiéndome, por favor, que no me resistiera. Estaba muy estresado cuando la policía vino a casa. Solo me dieron diez minutos para hacer las maletas. Me dejé muchas cosas allí. Me llevé lo que pude. En el vehículo policial había dos personas más. Se intentaron escapar y los esposaron, pero a mí no, porque no me resistí. Los periodistas vinieron al aeropuerto para entrevistarnos y hablar con nosotros, pero la policía no les dejó. Nos metieron en un avión militar. En el vuelo eran todos hombres, unos 40. Había un pakistaní, un iraní y el resto eran afganos de todas las etnias y procedencias. Algunos iban contentos, otros tristes, algunos se pusieron agresivos, a algunos los esposaron y a algunos incluso les pusieron una camisa de fuerza. 

—Una camisa de fuerza… ¿como esta? —le enseñamos una fotografía de lo que nosotros entendemos por camisa de fuerza, por aquello del significado perdido en la traducción.

—Sí, como esa… Cuando llegamos a Kabul, nos dijeron que, si queríamos ir a otras partes de Afganistán, nos pagaban el billete. Yo me quedé en Kabul. Me dieron 500 afganis (5,3 euros), una botella de agua y un trozo de tarta. 

Su hermano también había sido deportado nueve meses antes. Era uno de los pocos apoyos que tenía en Afganistán, porque la familia estaba dividida, esparcida por medio mundo. Ahora Alí se gana la vida en Kabul como pintor. 

—¿Qué te parece que los países europeos digan que Afganistán es un país seguro como pretexto para deportar afganos? —esa es la pregunta que llevaba años pensando hacer.

—Tengo miedo desde que me deportaron. Ha habido atentados. He tenido suerte, porque muchos eran contra los hazaras. Atentados de los talibanes y de Estado Islámico. Estuve a cien metros de uno de ellos. 

—¿Y qué piensas ahora sobre Alemania? ¿La culpas de tu situación?

—No estoy contento de haber sido deportado. No sé qué será de mí en uno o dos meses. Es imprevisible. Pedí un préstamo a amigos y familiares para viajar a Europa, me deportaron y ahora no tengo nada. Aún debo dinero: 12.000 euros. Mi padre murió en Irán hace ya años. Mi madre murió en Turquía después de que nos fuéramos a Alemania.

La última vez que Alí estuvo en Afganistán fue cuando tenía ocho años. Este ya no es su país. 

Nos ofrece un café. En toda la conversación se ha mostrado cauto y sigiloso. Ahora, sin la libreta, está más distendido. Trae las tazas dando saltitos, como un niño travieso.

—Te pareces a Luis Figo —me dice.

—¿El jugador de fútbol?

—Sí —no sé cómo tomármelo—. Yo soy del Barça. Supongo que tú eres del Madrid.

—Sí. El fútbol español es famoso.

Tomamos café y té. Dice Alí que, después de la deportación, alguien que se identificó como un funcionario alemán lo llamó por teléfono y le dijo que lo sentía, que la deportación en realidad no era justa. No le preguntaron si quería volver, aunque dice tener amigos a los que sí se lo han ofrecido. 

—¿Estás furioso con Alemania, con los países europeos? ¿O más bien decepcionado? —le insisto, porque no me puedo creer que no albergue ni una pizca de rencor en su corazón.

—Si algo me pasara aquí, sí odiaría a Alemania. Pero si sigo vivo, no pasa nada. 

***

Hemos llamado a muchos teléfonos de personas deportadas para entrevistarlas. Todas menos Alí y otro afgano que está fuera de Kabul han dicho que no. Pedimos ayuda a Alí para entrevistar a alguien más y nos dice que tiene un amigo que fue deportado desde Suecia. Que lo intentará localizar. Pero no lo logra y nos dice que tiene otro amigo que fue deportado también de Alemania. 

El encuentro es una amplia librería alojada en un sótano de Kabul. Nos recibe el amigo de Alí, que en realidad es su hermano, el que fue deportado nueve meses antes que él. No tiene problema en que digamos su nombre, pero como su hermano prefiere no hacerlo, para no exponerlo indirectamente lo llamaremos Husein. Lleva camisa negra con rayas blancas, zapatos, pantalones de color crudo. Tiene treinta años, ocho menos que Alí. Esta librería es el lugar más agradable en el que haremos una entrevista en Kabul. No hay tensión, no hay miedo a que alguien aparezca. Esto es un refugio lleno de libros. Husein nos completa la historia familiar: otros dos hermanos están en Alemania, uno en Países Bajos, uno en Turquía y una en Estados Unidos.

Husein (seudónimo) en la librería donde trabaja en Kabul. Fue deportado desde Alemania en abril de 2018. Anna Surinyach

Husein llegó más tarde que su hermano Alí y que parte de su familia a Turquía. Fue en 2014. Su solicitud de asilo fue rechazada. ¿Y por qué crees que a ellos les dieron asilo y a ti no? Husein lo achaca a la llegada de millones de sirios a Turquía. Cruzó a Grecia sin nada que perder y poco después su hermano se unió a él para hacer la ruta de los refugiados hacia el norte de Europa. Pero por el camino se separaron y acabaron en distintos puntos de Alemania: a Husein le tocó un campo de refugiados al sur de Munich. Pidió asilo otra vez y encontró empleo mientras esperaba respuesta. Rechazaron su solicitud y se quedó en situación irregular, sin poder trabajar de forma legal. Se fue a Calais, en Francia, con la idea de llegar al Reino Unido. Se subió a un camión para colarse. Tenía los dedos congelados. Se cayó y lo llevaron al hospital. Tan solo llevaba consigo una tarjeta de débito alemana que hizo que el Reino Unido lo expulsara a Francia y que Francia lo expulsara a Alemania, no sin antes pasar varias semanas hospitalizado en ambos países. Un juzgado alemán le dijo que tenía que pagar los costes médicos que el Estado alemán debía asumir frente a los otros países. Pero Husein no tenía dinero. Lo devolvieron al campo de refugiados y, dos o tres días después, de madrugada, cuatro policías le enseñaron una orden judicial: debía ser deportado a Afganistán. Le dieron diez minutos para hacer la maleta, como a su hermano. Lo llevaron a comisaría y lo metieron en un vuelo en el que iban diez afganos. No recuerda de qué compañía era el avión. Hicieron escala en Leipzig y en Tiflis antes de llegar a Kabul. Fue en abril de 2018.

En Kabul buscó apoyo en amigos y familiares. No tenía ingresos y ocho meses después se inventó un trabajo diseñando ropa “para mujeres, para famosas, para modelos…”. Pero llegó la pandemia y se quedó sin encargos. Unos amigos regentaban esta librería y lo invitaron a trabajar aquí. No le pagan, pero le sirve para mantenerse ocupado. Husein entró en depresión mientras estaba en Afganistán. No conocía los códigos culturales.

—¿Odias a Alemania, a Europa?

—No tengo sentimientos. Ninguno. Pero hay una cosa que no me gustó: fui deportado junto a diez afganos que eran criminales y dijeron a la prensa que todos éramos criminales. Mancharon mi reputación. 

Nos enseña un libro de diseño en alemán que se empolló durante su estancia allí. También su cuaderno, que tiene bocetos de vestidos a medio camino entre lo occidental y lo afgano. Surinyach señala el que le gusta más. “Para bailar salsa”, dice Husein.

Se siente amenazado por los talibanes. Cuando diseñaba ropa para mujeres, había maridos y padres que estaban en contra y que lo denunciaban ante las autoridades porque pensaban que era algo impuro. Husein cree que los talibanes ya están informados de lo que hacía. Con el Emirato instaurado, dejó su taller, en el céntrico barrio de Shahr-e Naw, y ahora se refugia en la librería. El cuaderno que nos enseña es una de las pocas cosas que se pudo traer del estudio.

—¿Y ahora qué piensas hacer?

—Ya no puedo volver a Europa, y en Afganistán no tengo planes de futuro. No sé qué hacer.

***

Estamos acabando la cobertura, a punto de volver a casa, y nos encontramos con la noticia en un modesto hotel de Islamabad, la capital de Pakistán. Estoy escribiendo estas líneas a toda velocidad cuando aparece un hombre que pide un cargador de móvil. Es Ahmadullah Alizai, exgobernador de Kabul, exgobernador de la provincia de Badghis —donde había tropas españolas desplegadas— y exasesor de Ghani. Ha llegado a Islamabad invitado por Pakistán para asistir a un foro afgano-pakistaní, y de momento se queda, pero quiere sacar a su familia de Afganistán. 

Es un refugiado.

Ahmadullah Alizai, exgobernador de Kabul y exasesor de Ghani, se refugia en un hotel de Islamabad a la espera de poder sacar a su familia de Afganistán. Anna Surinyach

—Vine en coche a través de la frontera. La seguridad era un problema para mí en Afganistán. Los talibanes aún no han ido a mi casa, pero me da miedo que lo hagan, porque allí están mis hijos. 

Alizai dimitió como asesor de Ghani hace dos años y creó su propio partido, pero el 14 de agosto tuvo la oportunidad de hablar con él en el Palacio Presidencial. 

—Me dijo que jamás abandonaría Afganistán. Y al día siguiente se fue. 

Cuando los talibanes entraron a Kabul, Alizai recibió un aviso y se cambió de casa a medianoche. Era el fin de la democracia afgana, o de lo que quedaba de ella. 

—Dediqué mi juventud, los últimos veinte años de mi vida, a construir un Afganistán próspero, pero estoy hundido, porque todo esto ha acabado con los talibanes en el poder. Nuestros esfuerzos no han dado frutos. Al final nos barrieron. Mi corazón llora. 

Dispara contra Estados Unidos, contra la OTAN. 

—Fuimos parte de una lucha internacional contra el terrorismo. Afganistán era el frente de batalla. Había decenas de países de la OTAN y fracasaron a la hora de estabilizar Afganistán. Hemos perdido miles de vidas, hemos derramado mucha sangre, y ahora estamos en el punto de partida. 

Pero siempre vuelve a Ghani. 

—Todos los problemas vienen de Ghani. No hizo un buen Gobierno. No tenía buena relación con otros partidos ni con otras etnias. No entendía la psique del pueblo afgano. Y era corrupto. 

Es el momento de pensar en todo lo que fue mal. El momento de darle vueltas. ¿Qué falló? Alizai cree que todo podría haber sido distinto con otro presidente. Me enseña una foto en la que aparece con Ghani. 

Prehistoria.

Una mujer pasa por delante del Ministerio de Información y Cultura del nuevo Emirato Islámico de Afganistán. Anna Surinyach

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