La guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, que hasta ahora ha dejado más de 1.800 muertos, ha incendiado Oriente Medio. Con toda la región en alerta, la onda expansiva llegó hasta Líbano, donde se ha reactivado un conflicto que no se había cerrado del todo. Una guerra paralela en la que también participa Israel y que amenaza con hundir a un pequeño país exhausto de violencia, caos y corrupción: Líbano.
Desde hace diez días, Líbano amanece confundido, extraviado entre las grietas de un pasado de devastación que creyó haber dejado atrás. Y que vuelve a estar aquí de la mano de Benjamin Netanyahu y, de rebote, de Donald Trump. Después de que fuera asesinado el líder supremo iraní, Alí Jamenei, la primera reacción de Hezbolá, la milicia chií en la órbita de Irán con base en Líbano, fue un tímido comunicado en solidaridad con el régimen de los ayatolás, su principal valedor en la región. Líbano suspiró de alivio: días antes Israel ya había advertido de que cualquier paso en falso de la milicia sería respondido con dureza y atacaría infraestructuras civiles, incluido el aeropuerto.
Pero pasada la medianoche del 2 de marzo, el tercer día de bombardeos sobre Teherán, el portavoz del Ejército israelí denunció cohetes provenientes de Líbano, y señaló a Hezbolá. Esas palabras fueron suficientes para que muchas familias de Dahie y del sur de Líbano comenzaran la huida. Esa entrada en la guerra, tardía y poco contundente —menos de una decena de proyectiles que en algunos casos cayeron en campos baldíos del norte de Israel—, causó incredulidad incluso entre los seguidores del movimiento: perfiles en redes sociales vinculados a Hezbolá se apresuraron a publicar que podría haber sido un error de intercepción de la Cúpula de Hierro israelí, o que podría haber sido obra de otra milicia.
Un par de horas después, casi a la vez que Hezbolá confirmaba su autoría, varias explosiones despertaban a todo Beirut. Ahora sí, se había abierto un nuevo frente en un conflicto que envuelve a toda la región. La guerra dentro de la guerra. Comenzó entonces el ritual que sigue a las bombas: luces encendidas sobre camas deshechas, gritos de tensión al teléfono y el pánico a que nadie conteste al otro lado de la línea. Fue otra noche sin sueño en un país acostumbrado a navegar ciclos de violencia bajo la careta de la resiliencia.
Los ataques continuaron. Hasta que el día 10 de marzo el conflicto adquirió una nueva dimensión. En la operación de mayor envergadura desde que se desataron las hostilidades, Hezbolá lanzó cohetes contra varios puntos de Israel, que respondió con ataques aéreos que sacudieron con fuerza el sur de Beirut.
El peor escenario imaginable para Líbano.
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