Reyes

Reyes
Guerrillero del Ejército de Liberación Baluche en algún lugar de las montañas de Baluchistán. Marc Wattrelot.

Este es un adelanto del libro Una trinchera en Marte. Historias de Baluchistán (Libros del K.O., 2024). El tipo de libro que nos gusta en 5W.

En la madrugada del 31 de mayo de 1935, la tierra justo debajo de Quetta se sacudió violentamente destrozando casas y colegios, mezquitas e iglesias, las caballerizas del club de polo y hasta los barracones de la Royal Air Force. Ni siquiera las vías del tren soportaron el envite de aquellos casi ocho grados de magnitud en la escala sismológica. El coste en vidas del mayor terremoto en el sur de Asia del siglo XX superó los cincuenta mil.

¿Puede ser que la ya de por sí atormentada Quetta yazca sobre la zona sísmica más activa de Pakistán? Sí. Hasta en Kalat, a 150 kilómetros al sur, la muralla medieval había sido borrada de la faz de la tierra. Mir Ahmed Yahar Khan, kan de Kalat, rey de los baluches, no tuvo más remedio que encargar la construcción de un nuevo palacio para él y su familia. Por supuesto, la residencia real no podía ser cualquier cosa, y menos aún en pleno apogeo del art déco. El kan había visto con sus propios ojos aquellos magníficos edificios de Quetta y Karachi y, como todos los ricos del país, buscaba algo más foráneo, más europeo y cosmopolita que se desmarcara del resto. Entusiasmado ante la perspectiva de mudarse a un palacio de vanguardia, el monarca convocó a los arquitectos más famosos del subcontinente para que presentaran sus proyectos. Pero había un problema: a dos días a caballo o uno de coche de la estación de tren más cercana, Kalat quedaba demasiado lejos para los divos de la arquitectura. ¿Estaría alguno de ellos dispuesto a trasladarse al corazón de la remota y depauperada Baluchistán? Y lo que es más: una vez terminada la obra, ¿quién la admiraría más allá de un puñado de analfabetos con turbante? El kan se tendría que conformar con lo que tenía a mano. El tendido del ferrocarril a través de Baluchistán había atraído una gran población de artesanos desde Punyab. Aquellos sijs sin ninguna formación académica pero con muchos años de experiencia a sus espaldas no solo sabían colocar ladrillos y azulejos; también estaban familiarizados con las últimas corrientes arquitectónicas. Prometieron al kan que él también sería propietario de un edificio singular, el primero de su tipo en Baluchistán. Y cumplieron.

Lo primero que me llamó la atención era su tamaño, mucho menor del que le había adjudicado en las fotos. Ya de cerca, costaba interpretarlo. Las escaleras que conducían al zócalo y a su barandilla imitaban la parrilla del radiador y el capó de un Chrysler o un Oldsmobile. Hasta tenía el escudo que suele rematar el capó. La segunda planta recordaba al puente de un barco sobre una cubierta superior que rodeaban barandillas combadas en forma de media luna a babor y estribor. Decían que el kan se había inspirado en la nave que utilizó para su primera peregrinación a la Meca. Fue en aquella residencia donde, durante una visita de Mohamed Alí Jinnah en 1945, el rey baluche agasajó al fundador de Pakistán con su peso en oro y gemas. La segunda y última visita de Jinnah se produjo en 1948. Durante aquel intervalo de apenas tres años entre ambas, los británicos se habían retirado tras un siglo de ocupación, dos Estados habían declarado su independencia y uno de ellos había engullido al otro.

Durante mi visita, el edificio estaba cerrado excepto por una estancia en la planta baja sobre cuyas paredes se desplegaba, en fotos en sepia y blanco y negro, la dinastía de Kalat. No faltaba Mir Ahmed Yahar Khan, el que había proyectado aquel edificio y quien ocupara el trono cuando Baluchistán perdió su independencia. Su sucesor directo con vida es su nieto Suleiman Daud, quien ostenta el título de kan de Kalat desde su exilio en Gales. Pensaba en todo aquello cuando entró en la habitación un hombre de unos cuarenta años vestido con un kamiz blanco impecable. Decía pertenecer a la saga, e incluso que era un príncipe. Señaló con el dedo a sus tíos y abuelos en aquellas fotografías, pero no me quedó claro cuál era su lugar exacto en la línea sucesoria. Supongo que me sentía cansado. Viajar por Baluchistán era agotador, probablemente no tanto como cuando se levantó aquella boutade arquitectónica, pero sí lo suficiente como para conservar un recuerdo borroso de aquel lugar y aquel encuentro. Podría hasta dudar de que se hubiera producido de no ser porque aún conservo el libro que me regaló: Back to the Future, de un académico alemán llamado Martin Axmann. También sé que mi anfitrión aquel día se llamaba Zeki Baloch por la dedicatoria que escribió en su primera página para “Karlos Baloch”.

A diferencia de aquel encuentro casual en Kalat, mi siguiente entrevista llevaba en mi agenda desde hacía semanas. El mismísimo Attaullah Mengal me esperaba en su residencia en Wad. Era el palacete amurallado y sin pretensiones donde nació y pasaba su vejez uno de esos hombres que son casi dioses para sus súbditos.

—Su alteza le espera dentro de una hora. Tiene tiempo a ducharse y comer algo antes si le apetece —me dijo uno de ellos a mi llegada.

A sus ochenta años, Mengal aún conservaba esa silueta espigada y una mirada inquisitiva impermeable al paso del tiempo. ¿Quién era yo? ¿Qué hacía en Baluchistán?, preguntaba con sus ojos negros incluso antes de empezar a hablar, y con unas piernas que mantuvo cruzadas durante toda la entrevista. Tuve suerte. Creo que pesaba aún más la genuina curiosidad que la desconfianza. Al fin y al cabo, las probabilidades de ver a un periodista extranjero por allí eran como las de que te tocara la lotería. En mi caso, el Mengal anciano era uno de mis premios.

Los Mengal ocupan esa región central de la provincia. Junto con Khair Bux Marri o Akbar Khan Bugti, Attaullah Mengal había compartido durante décadas una reputación de líder incorruptible y progresista. A diferencia de su padre, el joven Attaullah empezó a mostrar interés por ideas revolucionarias y nacionalistas ya desde la pequeña pero rígida escuela coránica de Karachi donde pasó su adolescencia. Fue en la década de los cincuenta cuando la brutalidad del ejército colonial inglés en Baluchistán le empujó a zambullirse en la vida política. Baluchistán aún no existía como provincia, pero el territorio estaba representado en la Asamblea Nacional. Mengal salió elegido, pero su trayectoria pronto sería bloqueada por Ayub Khan, aquel general de cinco estrellas que se convirtió en el segundo presidente de Pakistán. Primero se acusó al baluche de asesinato, aunque el cargo que llevaría al sardar de los Mengal una y otra vez a la cárcel sería el de sedición.

—Lo que pedíamos era la unificación del territorio y su posterior reconocimiento como provincia, algo que se acabaría materializando en 1969 —matizó Mengal.

Un año después, se convertiría en el primer líder de la nueva entidad administrativa. Lo fue hasta que Zulfikar Alí Bhutto, un abogado formado en Berkeley (California), además de cuarto presidente de Pakistán (1971-1973) y noveno primer ministro (1973-1977), lo expulsó del cargo en el 73. No fue una buena idea. Se avivaba la llama de un levantamiento contra Islamabad de los clanes baluches que se prolongaría durante cuatro años. Los Mengal jugaron entonces un papel central pero demostraron mucha menos unidad que los Marris: varios de los cinco hermanos de Attaullah se encargaron de boicotear la insurgencia desmovilizando a sus hombres. Mengal evitó dar detalles de aquello, no así del dolor que le produjo la muerte a tiros de su segundo hijo.

—En el centro de Karachi, a plena luz del día. Fueron los hombres de Bhutto —recordó el sardar, sin elevar el tono ni perder su mirada desafiante.

Muhammad Zia-ul-Haq, el sexto presidente de Pakistán, fue un general de cuatro estrellas que le prometió encontrar a los culpables. Nunca ocurrió. Mengal siempre lo achacó a que había gente del Ejército implicada en aquel asesinato. Al fin y al cabo, era una guerra. Aquella de los setenta se saldó con miles de muertos y decenas de miles de desplazados entre los baluches. Khair Bux Marri estaba en la cárcel por “traición”, y también Ghaus Bax Bizenjo —otro prominente líder baluche. Por su parte, el sardar de los Mengal fue liberado en 1977 por razones médicas. Para entonces, ya había descartado la posibilidad de acomodar a los baluches bajo la órbita de Islamabad.

En su libro In the Shadow of Afghanistan, Selig Harrison habla de un “triunvirato” formado por un Marri a quien se veía liderando una nueva insurrección armada y un Bizenjo al que cuatro años de guerra sin cuartel habían vuelto mucho más pragmático. Mengal se encontraba a medio camino entre ambos. Su pueblo no podía respirar bajo la bota de “esa banda de punyabíes que lo controla todo”, pero los costes de aquella guerra eran inasumibles. En cuanto a la ayuda exterior, la reelección de Ronald Reagan en 1980 le hizo entender que ahí se esfumaban todas las posibilidades de que Washington apoyara alguna vez a los baluches en vez de a Islamabad. Que los baluches perdían el tren de la Guerra Fría quedaba certificado por el apoyo incondicional de Estados Unidos a Pakistán en la guerra contra los rusos en Afganistán. Recuerda Ahmed Rashid que, tras la retirada soviética, el ISI [servicios secretos de Pakistán] había intentado instalar en el poder de Kabul a diversos agentes afganos próximos, buscando un gobierno aliado con el que evitar que la archienemiga India penetrara en Afganistán. Los talibanes encajaban en ese esquema, pero su extremismo se acabaría convirtiendo no solo en un estorbo, sino también en un elemento desestabilizador para la propia Pakistán. Habían creado un monstruo que tenía ya vida propia y al que no podían controlar. El país estaba mucho más cerca de un Estado islámico que de ese país democrático para musulmanes que imaginó Jinnah.

Mengal no tenía ninguna duda de ello. Renegó siempre del marxismo, pero habría aceptado de buen grado el apoyo de Moscú cuando todavía era posible y dejar bañarse a los rusos en las cálidas aguas del Índico. “Sería una libertad tutelada, pero también podría tener algún efecto positivo. Al fin y al cabo, ¿qué tenemos que perder?”, le dijo a Selig Harrison en 1978.

—Estoy cansado de oír que los baluches reciben ayuda de cualquier otro país. Ojalá fuera así —me dijo a mí en 2009.

Irán, añadió, no apoyaría a los baluches de Pakistán porque ya tenía su propia insurrección baluche en marcha. En cuanto a India, ni siquiera compartían una frontera física, por lo que su influencia, de haberla, sería mínima. Mientras tanto, Punyab castigaba al sur del país con armas compradas a Estados Unidos, a menudo transportadas por convoyes que atravesaban carreteras con señales de tráfico rotuladas también en chino: la presencia de Pekín era tan abrumadora como indisimulada. Mengal creía que, debido a la importancia del Ejército en el país, había que hablar con los generales directamente. Eran los que tomaban las decisiones. El Ejército los había programado en el odio a India y el respeto por los militantes islámicos que luchaban en Cachemira o Afganistán. El general Pervez Musharraf (presidente de Pakistán entre 2001 y 2008) era asiduo a las fiestas y apenas se dejaba ver por las mezquitas, pero era el primero en defender la yihad y la visión del mundo de los talibanes.

Los generales han controlado el país desde su nacimiento en 1947, casi siempre a través de una fuerte influencia sobre el gobierno civil. En 2018, el apadrinado por la Junta era Imran Khan, una antigua estrella del críquet de sesenta y seis años que se convirtió en el vigésimo segundo primer ministro de la historia de Pakistán. Khan cumplió su parte del trato vetando las propuestas de ley para la protección de las mujeres, faltando a su promesa de revisar las leyes contra la blasfemia y, sobre todo, defendiendo el presupuesto elefantiásico del Ejército. Fue el hombre del establishment pakistaní hasta que, en abril de 2022, una moción de censura lo arrancó del sillón. Al igual que todos sus antecesores, tampoco completó su mandato de cinco años. ¿Qué esperaba tras todos esos insultos, reproches y performances varias en el Parlamento dirigidas contra sus antiguos padrinos? Todas esas diatribas sobre la inflación (al 38 %), sobre la deuda exterior (22.000 millones de dólares), sobre la torpe política exterior y las injerencias externas en el país… De hecho, se decía que el detonante de aquella moción de censura fue su visita a Moscú, justo el día en el que Putin invadió Ucrania. A Washington no le gustó nada aquello y así lo hizo saber en Punyab. “Si prospera una moción de censura contra Khan, todo será perdonado”, se llegó a leer en una comunicación filtrada entre un alto oficial estadounidense y el embajador de Pakistán en Washington. Kahn tenía que irse.

Su marcha no fue todo lo rápida que se podía esperar, entre otros motivos porque sobrevivió a un intento de asesinato en noviembre de 2022 (acusó públicamente a los militares de orquestarlo). Se le encarceló en mayo de 2023 y en diciembre se le prohibió presentarse a las elecciones tras ser declarado culpable en tres juicios distintos por corrupción, revelación de secretos oficiales, y hasta por violar las leyes del matrimonio: la boda con su mujer en 2018 no era legal por no haber transcurrido el tiempo necesario tras el divorcio de esta. Él sumó más de treinta años en prisión y a ella le cayeron catorce.

Tocaba buscar un sustituto. Los militares recurrieron a un antiguo rival de Khan, Nawaz Sharif, que ya había sido primer ministro en tres ocasiones. En 2017 lo obligaron a abandonar el cargo tras ser condenado por corrupción, pero todo aquello se apañó convenientemente para convertirlo en candidato ganador. Aquella campaña incluía el aplazamiento de las elecciones de noviembre de 2023 a febrero de 2024 debido a la “necesidad de actualizar el censo electoral”. Pero todo el mundo sabía que se trataba de ganar tiempo para seguir buscando o fabricando pruebas contra el reo, y también para incitar a los políticos de su partido a cambiar sus lealtades. Hubo coacciones contra muchos de los rostros públicos afines a Khan, se prohibió pronunciar su nombre en televisión y se vetó el uso gráfico del bate de críquet (símbolo usado por Khan) en las papeletas electorales: en un país con un 40 % de analfabetos, los símbolos son cruciales para movilizar el apoyo a los partidos. Hubo un apagón de internet y de los datos móviles. El 8 de febrero se materializó el pucherazo inherente a todos los comicios pakistaníes.

Pero ocurrió lo imposible: una lista de candidatos afiliados al Movimiento por la Justicia de Pakistán (PTI) de Khan (se presentaban como independientes) ganó las elecciones, aunque sin alcanzar la mayoría absoluta. La Liga Musulmana de Pakistán-Nawaz (PML-N), la de Sharif, quedó en segundo lugar y tercero fue el Partido Popular de Pakistán (PPP). Ambos anunciaron un gobierno en coalición.

Que el establishment acabara doblegándolo no significa que Khan fuera un dechado de virtudes democráticas. Cuando tuvo el poder respaldado por los militares utilizó las mismas herramientas de represión que acabarían sufriendo en sus propias carnes él y su partido. Su mayor error fue dejarse arrastrar por un delirio en el que se veía a sí mismo desmantelando el Estado profundo, como Recep Tayyip Erdogan en Turquía, o reduciéndolo a la insignificancia, como Xi Jinping en China. Pero esto es Pakistán. Aquí siempre gana la casa.

¿Podría ser de otra manera? Seguramente sí, pero eso significaría la desintegración de un país cuya propia naturaleza lo incapacita para convertirse nunca en un Estado democrático, o tan siquiera funcional. Probablemente, la mayor seña de identidad de Pakistán sea la de su propia crisis de identidad. ¿Qué significa realmente “Pakistán”? ¿Son sus habitantes musulmanes en primer lugar y sindis, punyabíes, pastunes o lo que sea después? ¿Son simplemente pakistaníes frente a todo lo demás? ¿Cómo se define la política exterior de un Estado que combina herramientas diplomáticas con el apoyo a grupos de todo el espectro islamista? Y luego está la obsesión de los militares por esculpir la identidad nacional a la defensiva (de India). Nada aísla más al país. No obstante, la élite política también es en parte responsable de esa falta de cohesión endémica. Recuerda Ahmed Rashid que los principales partidos políticos se asemejan más a dinastías que a instituciones democráticas, que rara vez han ofrecido alternativas de modernización que pudieran reformar la economía o la sociedad. “Una sociedad civilizada es donde todos son iguales ante la ley, pero en Pakistán hemos tenido la ley de la jungla desde el principio”, declaró Khan nada más hacerse público el fallo que lo condenaba a prisión. Como si fuera una sorpresa para él o para nadie. Como si hubiera alguna posibilidad de ser rey en esa jungla sin quemarla.

¿Qué podían hacer los baluches? Dejarse matar o, si uno tenía cierta relevancia social, dejarse comprar. O echarse al monte. Mientras cenábamos, con la comida desplegada sobre un mantel en el suelo, Mengal dijo:

—Nadie abandona el confort de su hogar por gusto; ninguno lo haría si se reconocieran sus tierras, sus derechos y su autoridad para decidir su destino. Pero antes de coger un fusil hay que saber leer primero, saber por quién y por qué se lucha. ¿Qué podemos hacer con un ejército de analfabetos?

Murió en septiembre de 2021 a los ochenta y ocho años, en aquella misma casa del desierto baluche. Como personaje histórico y leyenda viva que seguía siendo para su pueblo, los Marris, los Bugtis y el resto de los clanes se despidieron con el respeto y la reverencia esperados. #OurPrideAttaullahMengal (“Nuestro orgullo, Attaullah Mengal”) fue la etiqueta con la que se encadenaron las condolencias en Twitter de miles de anónimos. Era un recordatorio más de una guerra que había superado la barrera del tiempo hacía ya mucho.

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