Una novela: ‘Ya no somos amigos’

Lee el inicio de la primera obra de ficción de Agus Morales

Una novela: ‘Ya no somos amigos’
Ilustración de Cinta Fosch

Esta es una obra de cinco personajes, cinco poéticas, cinco cosmovisiones. Son solo un grupo de amigos, pero se llaman a sí mismos “panchayat”: la asamblea local que dicta normas de la vida cotidiana en la India. Esta es la primera novela de Agus Morales, Ya no somos amigos (temas de hoy, 2022), que puedes comprar en librerías y cuya descripción puedes leer aquí.

¿Quiénes forman el panchayat? Vikram está obsesionado con su casta y con ganar dinero. Batasema es una congoleña que quiere subvertir el orden capitalista. Amani está llamada a unirse a la gran dinastía política de Pakistán. Tiffany triunfa en Hollywood con sus guiones inspirados en la India. Omar es un buscavidas orgulloso de haber crecido en El Prat de Llobregat. Se han conocido en diferentes momentos en la caótica Delhi y se han hecho amigos. Forman su particular panchayat, un carnaval de géneros, culturas e ideologías con sus propias leyes y lealtades, un panchayat que ahora tiene que ejercer su poder de decisión.

A continuación puedes leer el arranque de la novela y empezar a conocer a uno de los protagonistas: Vikram Joshi.

Prólogo del verdadero autor

Ya han pasado dos años desde el fin de la pandemia y quizá a nadie le importe esta historia. La verdad siempre llega a destiempo.

Todo el mundo recuerda que el MARV-13 (mal llamado “minovavirus”), circunscrito hasta entonces sin ruido mediático a la República Democrática del Congo y parece que a otros países africanos, saltó entre marzo y abril de 2014 a la India, luego a toda Asia y a todo el mundo. Durante las primeras semanas no solo se propagó el virus, sino también el bulo de que cinco amigos de diferentes orígenes, decadentes y pervertidos, eran los responsables de la entrada del MARV-13 en la India sagrada. La más señalada fue Batasema Tulinabu, la única entre los cinco que realmente se contagió, y cuyo origen congoleño sirvió para que el racismo se desatara. La teoría de la conspiración, difundida por medios de comunicación etnonacionalistas hindúes, decía que, después de la fiesta de Holi, el grupo se había desmembrado y cada uno de sus componentes había propagado el virus por diferentes partes del globo: un español, Omar Amador, lo había llevado a Europa; una estadounidense, Tiffany Wright, a América Latina; una pakistaní, Amani Khan, a Asia Central; un indio, Vikram Joshi, a Estados Unidos.

Durante dos semanas muchos periodistas en la India (y en otros países) publicaron artículos sensacionalistas sobre ellos: criminales, impuros, desviados, infectados. Incluso mi revista, Darpan, siempre alejada de los ladridos de la prensa xenófoba, me pidió que investigara quiénes eran y si había algo de cierto en lo que se decía sobre ellos. Tras una minuciosa investigación, preparé un reportaje con el título de “Panchayat”. El panchayat (quizá el lector extranjero no lo sepa) es la asamblea local india para decidir sobre los asuntos públicos, formada por cinco jueces. Descubrí que Batasema, Omar, Tiffany, Amani y Vikram habían bautizado a su grupo con esa palabra. Me agarré a ese detalle, como hacemos los periodistas que buscamos una pequeña luz en la gruta insondable del arte de los hechos, y lo llevé al título. Pero mi editor rechazó el reportaje, porque para cuando lo acabé ya no se hablaba de los orígenes sino de las consecuencias; a nadie le importaba la verdad, salvo a este periodista sabueso. Los focos de contagio se multiplicaron, el mundo siguió rodando hacia esa catástrofe que todos conocemos, y la curva de la mentira sobre el panchayat simplemente bajó, como en una epidemia.

Me olvidé de la historia y me centré en la cobertura de la pandemia, hasta que un día llevé la moto a un mecánico llamado Lalu, un Kumar como yo, que decía conocer a Vikram y a Omar. Tiré del hilo y poco a poco logré contactar con todos los miembros del panchayat. Me costó convencerlos: no querían hablar con la prensa. Les dije que no quería escribir un libro sobre la pandemia, que estamos todos hartos del mismo tema, que quería escribir un libro sobre la amistad. Viajé a los lugares donde vivían, salvo en el caso de Batasema, con quien hablé a través del maldito Zoom porque no quería visitas. Grabé en persona o a distancia centenares de horas de entrevistas (con ellos y con gente que los conocía); me enseñaron sus cartas, sus diarios, sus escritos privados. Con todo ese material, hice una reconstrucción periodística. Tenía claro el primer capítulo, fue el primero que escribí: la escena casi cinematográfica del kulfi. Luego imposté el estilo de cada uno de ellos para explicar detalles de sus vidas antes de que se conocieran y, ya presentados, usé un narrador omnisciente (ese al que Omar se refiere con caja alta, ya lo verán) para contar su amistad pasajera: el asunto que nos ocupa. Me tomé alguna licencia literaria, pero me mantuve siempre fiel a los hechos. Lo juro por Krishna.

En este prólogo ya aparecen algunas palabras en hindi, como panchayat, con los que quizá el lector no esté familiarizado. En el libro hay más. Preferí no traducirlas porque son más auténticas en su lengua original. Al final incluyo un divertido glosario para explicar qué significan. Lo hago, como siempre, con un toque personal.

Tuve problemas con el primer borrador, porque cuando reuní a todos menos a la elusiva Batasema para repasar algunos detalles, se pelearon por escribir el desenlace de su aventura india, que se dio en la fiesta de Holi. El lector atento observará la paradoja de que, precisamente cuando ellos me extorsionan y deciden escribir su propia historia, no son exactamente lo que son, porque se alejan de la verdad fijada por mí. La verdad que he expresado sobre ellos es más verdad que ellos mismos.

No sé cuál es el propósito de este libro. Durante su escritura, que sigue el auge y la caída de una amistad cualquiera, me he sentido embriagado por cómo era el mundo antes de la pandemia. Ese es el mensaje nostálgico y conservador que quiero enviar al lector. Aquel era un mundo lleno de injusticias y desigualdades, como este, pero siento que era mucho mejor. Me he dejado llevar por el ámbito donde transcurre o transcurría la vida: los sueños y los recuerdos. ¿Aún los atesoramos? No lo sé. Solo he escrito la historia de un grupo de amigos que dejó de serlo. La historia de Vikram, de Batasema, de Omar, de Tiffany, de Amani. Dejo al lector, como mandan los cánones, la interpretación de este trance literario, del cual solo quiero reivindicar su absoluta veracidad.

Sunil Kumar, periodista del semanario Darpan

Delhi, 15 de marzo de 2020

0. Kulfi

Vikram escuchó por primera vez la llamada de la sangre: se levantó y rompió el corro que formaba con sus amigos, sentados en el único claro de arena aún no conquistado por la hojarasca bronceada, por los neumáticos nostálgicos de asfalto, por la chatarra electrónica que se preguntaba cuándo llegará el futuro. Empuñó el palo de su helado. Caminó lentamente hacia la vaca armado con su kulfi, fina pirámide coloreada de pistacho y cardamomo. El sol despedía tibios conos de luz que montaban una geometría fugaz sobre la escena de la catarsis. La vaca agitaba su cola frente a una hoguera extinguida, que había calentado durante toda la noche a las almas sin hogar. Vikram se detuvo junto a ella, se dio la vuelta para buscar la mirada de su amigo Lalu (Lalu el intocable, Lalu el descastado, Lalu el humillado), como el héroe de una película de Bollywood que está a punto de suicidarse y se despide de su amada, e introdujo suavemente el helado por el culo de la vaca, que al principio ni se inmutó.

Son los momentos más escalofriantes: los que se consumen entre la descarga de una bomba y su impacto. Ante el cambio de temperatura en su interior, la vaca enloqueció y embistió tiendas, chabolas y puestos de té. De las bandejas de latón despegaban vasos de plástico, de los vasos de plástico salían proyectados chorros ardientes, de los chorros ardientes se desintegraban gotas dulcísimas que danzaban con hojas de betel y tortas de aceite. A nadie se le pasó por la cabeza en el pueblo indio de Morpur, tan apegado a las tradiciones, detener al animal violado. La vaca brincaba y se contorsionaba como si hubiera consumido drogas, pero destruía como un ejército entero, con objetivos definidos y sistemáticos. Fueron cinco minutos, diez minutos, media hora: la duración imprecisa y elástica de los episodios épicos, de los momentos en los que la historia se condensa. Mientras todo el mundo buscaba refugio, Vikram y Lalu permanecían inmóviles: aún de pie, Vikram, en trance de sí mismo, pensaba ya en el castigo que vendría; aún sentado, Lalu, incapaz de olvidar la última mirada de su amigo, ocupaba el centro del círculo de arena.

Cuando el animal se calmó, Morpur no tuvo más remedio que convocar un panchayat. Se celebró al día siguiente. Acudieron a la asamblea, como público, mujeres en sari y con brazaletes de oro escandalizadas por tal profanación. Había una preocupación sincera por la salud de la vaca y un desprecio absoluto por los desperfectos que había provocado, pese a que Morpur era un pueblo pobre de las afueras de Delhi. Se profirieron delicados insultos en hindi contra Vikram y Lalu: había confusión sobre quién de los dos amigos era el responsable.

—Fui yo —dijo Lalu al panchayat, y Vikram respiró tranquilo.

Los cinco miembros de la asamblea dictaron por unanimidad expulsar a Lalu de Morpur. En teoría no tenían el poder legislativo para hacerlo, así que optaron por la fórmula de la enunciación, por pronunciar algo que se hiciera realidad.

—La familia Kumar no pertenece al pueblo de Morpur.

La declaración empujó a todos los vecinos a una campaña de acoso que no llegó al asesinato porque la familia de Lalu interpretó el mensaje, hizo las maletas y se fue de inmediato. Un estigma sobre otro: familia intocable, violadora de vacas, expulsada de un pueblo olvidado de las afueras de Delhi. Vikram observó todo el proceso contra su amigo sin reconocer su culpabilidad, aunque sabía que su posición social como brahmán le garantizaba un castigo menos severo que a su amigo. Vikram era un brahmán pobre y resentido de diecisiete años que no miraba abajo, sino arriba; soñaba con cometas y rupias, con ropa cara, con subir escaleras, con demostrar al mundo cuánto dinero era capaz de ganar. Lalu era un intocable que solo podía mirar arriba pero que no miraba a ningún lado, que hacía todo lo que Vikram le decía, que era sumiso. El intocable se sacrificó por el brahmán.

Lalu y su familia se mudaron a un barrio de la capital. Vikram sintió una cínica envidia, porque su amigo estaba cumpliendo el sueño de abandonar la periferia para ir al centro.

—Yo también me mudaré a Delhi. Antes de lo que piensas. Te has adelantado —le dijo Vikram a Lalu a modo de despedida.

—¿Seguiremos siendo amigos? —preguntó Lalu entre lágrimas.

—Claro. Siempre seremos amigos.

Por primera vez en tantos años de humillaciones, Lalu se sentía querido por Vikram. Unió las palmas para saludar a su amigo, le tocó los pies y se fue con orgullo.

1. Vikram

Quién soy, quiénes somos, quién es el panchayat, quién está contagiado, quién quiere destruirnos.

De pequeño me tocó ir al instituto público que estaba al lado de casa. Mi padre quería llevarme a uno privado, pero no se lo podía permitir, y a cambio en casa me leía el Mahabharata y el Ramayana. Instituto es de hecho una palabra generosa: eran unas cochambrosas tiendas de campaña, las típicas aulas provisionales que se instalan mientras se construye el gran centro escolar, proyecto que en este caso no existía. Me senté desde el primer día con Lalu: aquello me honraba, porque a mí no me favorecía hacer migas con un intocable. Él sabía que tener un amigo brahmán le podía salvar la vida, en especial en aquel lugar salvaje y despiadado que eran las instituciones educativas indias.

Los profesores nos golpeaban con palos. Al ser el alumno que sacaba mejores notas, yo no era objeto de demasiada violencia, pero también sufrí algunos episodios desagradables que prefiero no rememorar. La India era el centro del mundo y así se enseñaba en clase: no se impartían conocimientos sobre historia occidental, salvo algunos apuntes sobre la Segunda Guerra Mundial y la participación de la India en ella, así como algunas claves para entender qué era el régimen nazi y por qué robaron la esvástica de Oriente: Hitler no parecía, en todo caso, haber sido el personaje más siniestro de la historia universal, algo que los amigos occidentales que fui conociendo daban por sentado.

***

Pese a ser golpeados casi a diario, los alumnos no nos enfrentábamos de forma directa a los profesores. Organizábamos planes inocentes y sutiles; siempre es mejor el círculo que la línea recta. La preparación exhaustiva de estos planes no impedía que fueran en ocasiones carentes de sentido y objetivos. El profesor más violento era el de inglés, que zurraba con un bastón a todo aquel que hablara en hindi. En señal de protesta, los alumnos lo recibimos un día con el libro de texto de lengua hindi sobre la mesa. Nadie dijo nada en toda la clase: el profesor no nos podía pegar porque al no pronunciar palabras en hindi no estábamos rompiendo las normas establecidas, pero con el libro abierto reivindicábamos nuestra lengua materna en un acto patriótico al que me uní con pasión. Algunos compañeros se sorprendieron, dada mi fama de repelente y de lacayo del profesorado: yo simplemente intentaba ser un estudiante modélico y aprovechar al máximo mi educación básica.

Era y soy un repelente. Consciente de que mi capacidad intelectual era muy superior a la de los demás, decidí explotarla. Hacía los trabajos de otros alumnos y los cobraba a precio de oro. Los tuve que convencer del valor de mi tarea insistiendo en que no era nada fácil: tenía que examinar e imitar la escritura de cada uno, conocer su historial académico e imaginar una evolución en su desempeño. No me limitaba a hacer trabajos y venderlos al por mayor, sino que ofrecía un servicio personalizado. Solo le hacía descuentos a Lalu, que desde el primer año tuvo dificultades para aprobar. Mi labor, insisto, era de una gran complejidad. No podía presentar un trabajo excelente, porque el profesor habría sospechado de inmediato. Tenía que elaborar uno que aparentemente fuera un suspenso pero que por algún motivo mereciera la piedad del profesor, y eso lo hacía explotando sus filias y sus fobias. Solo en algunos casos extremos aceptaba encargos en los que la nota a conseguir distaba mucho del rendimiento del alumno: el modus operandi consistía entonces en reproducir los errores habituales de los estudiantes e incluir dos o tres fogonazos que animaran al profesor a subir la nota. Y todo eso sin tener en cuenta lo más obvio: yo podía escribir un trabajo de 8, pero no me pagaban para eso, sino para que el profesor realmente pusiera un 8, y tenía que someterme a una gran concentración para liberar mi imaginación y ponerme en el lugar de los profesores, averiguar su estado de ánimo y sus costumbres. Con la mayoría era mucho más difícil, por ejemplo, conseguir un 8 a principio de curso y más fácil al final, pero había algunos que tenían una media constante de notas y otros que incluso la iban bajando. Pura orfebrería intelectual, solo apta para mí.

***

Morpur era un pueblo de gente humilde y poco inteligente. Una de las vecinas, en una ocasión, notó que tenía dolores en el pecho y acudió al doctor. Este le pidió que se hiciera una radiografía, pero ella no sabía qué era eso, así que el médico le dijo que era una especie de fotografía. La mujer fue a la tienda de un fotógrafo, se quitó el sari y le pidió que hiciera una foto de sus senos. Fue de nuevo a la consulta médica y le entregó la imagen al doctor, confundido por sentimientos contradictorios: estupefacción, vergüenza ajena, humor. No sé si será una leyenda…

Vivía con mis padres en un pequeño piso resquebrajado del que recuerdo sobre todo las esteras y las bandejas de latón en las que se servía el palak paneer y el chai. Éramos una familia de brahmanes, la casta más alta: no se debe confundir eso con la clase social, tal y como se desprende de mi relato. Teníamos pocos recursos económicos, pero disfrutábamos del pedigrí que nos confería el jerarquizado sistema de castas hindú.

Un día estaba en el baño haciendo mis necesidades. Mi tío (el hermano de mi madre), que pese a su riqueza no la apoyaba económicamente, había venido a visitarnos y me hablaba desde el otro lado de la puerta: lo seguía haciendo incluso en mi momento de máximo esfuerzo, en cuclillas, con el boquete del inodoro bajo mis nalgas. Aquello provocó en mí una carcajada. De inmediato clasifiqué el fenómeno como disociación, a pesar de que la adjudicación del término la hice en la fase sensorial, antes de que el proceso racional me confirmara que, en efecto, se trataba de una disociación. Lo que oía era una voz familiar que ahogaba todo lo demás: un actor secundario que invadía mi rutina higiénica. El agujero cimentado, objeto lateral de la disociación, dejó de existir, y las palabras de mi tío se congregaron en una proyección pastosa. Solo existía, y esta fue una conclusión a la que llegué en aquel preciso momento, lo que mi pensamiento llenaba. Salí del baño y transformé mis pensamientos en una taza de té. Mi tío, que no paraba de hablar, enmudeció de repente. No por miedo o sorpresa: solo por sopor o por la constatación de que ya no era divertido molestarme más. Nos sentamos en la estera y bebimos nuestro té. Yo ya iba al instituto y empezaba a ser un hombre, un buen hindú. Mi tío era funcionario en una época en la que la economía aún no había despegado: el Estado seguía siendo el mejor sitio donde trabajar. Hablo de mi tío incluso antes que de mis padres o de mi hermana porque tuvo una enorme influencia sobre mí: no porque fuera alguien a emular, sino porque tenía dinero. Esa fue mi obsesión desde pequeño: ganar dinero y colocarme a mí mismo y a mi familia, que somos una misma cosa, en el lugar que nos correspondía.

Mis padres tenían una relación de perfecta bisoledad. No hacían el amor, llevaban vidas paralelas, pero nunca discutían: la virtud de sus lazos estaba en la resignación y en la aceptación de la institución sagrada del matrimonio. Eran los gestores de la familia: su relación era cordial y profesional, dirigida a garantizar la supervivencia de los activos de la empresa, que éramos nosotros. Siempre vestida de riguroso sari granate, recuerdo a mi madre sirviendo las viandas con abnegación: mi plato preferido, como mandan los cánones brahmánicos, era vegetariano, el dal. Mi padre era un hombre extremadamente inteligente: por eso yo era superdotado. Fue él quien me fue llenando de conocimiento, como si fuera un recipiente sagrado. La historia del subcontinente, las epopeyas hindúes, las escrituras védicas… La casa no era muy grande, pero tenía tomos en hindi y sánscrito que invadían la sala de estar. Mi hermana, Radhika, me sacaba dos años. La sociedad hipermasculinizada y segregada en la que vivía no me permitía conocer a otras mujeres, pero me transmitía que debía admirar y sentirme secretamente excitado por sus cuerpos, así que la empecé a observar con inocente descaro, sobre todo cuando derramaba el bidón de agua sobre sus cabellos para ducharse o cuando la lluvia del monzón empapaba su kurta o su sari.

***

Los arrabales de Delhi, con sus descampados olvidados, sus edificios heridos y esa neblina que condensa como ninguna otra la humedad y la contaminación, no eran el lugar perfecto para la fusión del mundo humano, animal y vegetal, pero pocos lugares en la India lo son, y esa comunión siempre se acaba dando. Pese a la invasión de vacas y monos en Morpur, no fue con estos animales sagrados para el hinduismo con los que mantuve una relación espiritual más honda, sino con los cuervos. Los recuerdo en los momentos más importantes de mi vida: en mi nacimiento, en mis primeros días de instituto, en los días en que comencé a ganar dinero, incluso en los días de amor, que tardarían algo en llegar, como corresponde a una sociedad conservadora. Graznido y vuelo: salían como emitidos por las cúpulas de los templos y tejían el paisaje con una membrana palpitante que era a la vez inmóvil y fluida. Su actitud era irreprochable: jamás un ciudadano de la India se atrevería a quejarse de las actividades aéreas de los cuervos o de que impidieran el desarrollo de la vida cotidiana, al contrario que las irritantes palomas en otros lares, al menos a tenor de lo que me contaba Omar.La ambición económica inundó mi cerebro en 1998, final de una década de liberalización. La India se fundía, por fin, con el capitalismo global. Aunque a los extranjeros les ha parecido siempre una contradicción, mi análisis sociológico y mi conocimiento de la India antigua me dicen que este es un proceso natural: el materialismo corre por las venas de mi país como la savia por las plantas. El dinero tiene un valor esotérico para nosotros. Y empezó a operar en mí.

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