Desde la calle, Nazgol da instrucciones a un grupo de voluntarios que se asoman por el roto que, hasta la explosión que dejó su edificio semidestruido, ocupó una ventana.
—Sí, eso lo necesito —les indica alzando la voz mientras los hombres le van mostrando objetos que han quedado desparramados en lo que queda de su vivienda.
—Eso también —continúa cuando le muestran una canasta con ropa.
Los hombres van bajando un televisor, una tostadora, varias bolsas plásticas llenas de instrumentos de cocina. Nazgol —pseudónimo para no ser identificada— mete todo en una camioneta azul que llevará a una bodega mientras consigue un lugar definitivo donde vivir.
Por horrible que parezca la escena, al menos ha tenido la suerte de recuperar algunas de sus pertenencias. La edificación donde vivía ha quedado en pie: es inhabitable, pero sigue en pie. No como otras de la misma calle de Teherán, totalmente destruidas. Los escombros pueblan las aceras y dos días después del bombardeo, cuando visitamos el lugar, la maquinaria sigue trabajando y los servicios de rescate buscando cuerpos.
—Trece personas murieron —dice Nazgol, que se debate entre hablar y callar, como muchos civiles en Irán que, desde que comenzó la guerra, se sienten atrapados por un doble miedo. El de las bombas lanzadas por Estados Unidos e Israel los atenaza cada día. Pero también se deja sentir la presión de las fuerzas de seguridad que están desplegadas en la ciudad en múltiples formas: policía, fuerzas especiales, inteligencia, milicianos, cooperantes vestidos de civil… El sistema no protege a los ciudadanos del enemigo, que ataca desde el aire, pero sí evita que los opositores del sistema se agrupen y pidan el fin de la República Islámica una vez más.
—Es horrible lo que nos ha pasado —murmulla mientras se abraza con una amiga que se ha acercado a consolarla.
Como tantas otras personas, Nazgol había abandonado dos días antes del ataque el apartamento donde había vivido los últimos 20 años por temor precisamente a los bombardeos. Todos en la calle eran conscientes de que vivían junto a una base de las milicias conocidas como basijis, algo que ella reconoce en voz baja.
—No podíamos hacer otra cosa, teníamos que convivir con ellos —admite mientras hace un gesto que indica que los desprecia. Los misiles no solo alcanzaron la base de los basijis, que según cuentan los vecinos ya había sido evacuada, sino también otros edificios de viviendas civiles, hoy en ruinas.
Para siempre quedará la duda de si los destruyeron a propósito o fue un error fatídico de inteligencia, como muchos otros que se han dado durante la guerra. El que posiblemente quedará registrado en los libros de historia se dio poco después de que comenzaran los ataques en la población de Minab, en el estrecho de Ormuz, cuando un misil estadounidense impactó contra una escuela de niñas vecina a una base de la Guardia Revolucionaria. Según las autoridades iraníes, 168 personas murieron, la mayoría niñas. Las pequeñas han pasado a estar entre las víctimas más visibles de esta guerra. Sus rostros aparecen en decenas de carteles en las ciudades de Irán para recordar a la población los actos del enemigo, al que llaman “Gran Satán” desde la victoria de la Revolución Islámica en 1979.
Las contradicciones de la guerra
—Muchos vecinos no se habían ido porque no tenían adónde ir. Algunos murieron y otros están heridos —confiesa Nazgol, que se ha quedado sin casa en Teherán y que por momentos mira para otro lado para evitar llorar.
Su historia está lejos de ser excepcional. Desde el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron los ataques contra Irán, 101.000 unidades residenciales en todo el país y 33.000 en Teherán han quedado destruidas o inservibles. Según la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos (HRANA, por sus siglas en inglés), con sede en Estados Unidos, más de 1.600 civiles han muerto desde entonces.
Tel Aviv y Washington han recurrido desde el comienzo a decenas de argumentos para justificar la campaña de ataques. Algunos ya se habían utilizado en la guerra de los 12 días, en junio de 2025: destruir el programa nuclear iraní y degradar su programa de misiles. Esta vez han añadido uno: buscar el debilitamiento de las instituciones iraníes para que la población pueda lanzarse a la calle y cambiar el régimen contra el que lleva protestando durante años. “Una oportunidad que solo se da una vez en la vida”, les advirtió Trump, que esperaba que tomaran rápidamente las calles.
Con esa idea en mente, atacaron bases de instituciones militares y judiciales que lideran la represión en Irán, lanzaron drones contra los retenes levantados en las calles para atemorizar a la población y libraron una campaña de asesinatos selectivos contra autoridades, científicos y militares. Muchos de ellos habían sido acusados de dar la orden de asesinar a los civiles que piden el cambio de la República Islámica. Entre ellos estuvo el líder de la revolución, Alí Jamenei.
La contradicción de lo que ha pasado hasta ahora no puede ser mayor. Gran parte de esos objetivos se halla en medio de zonas residenciales habitadas por los mismos civiles que dicen defender. Civiles que, con excepción de las niñas de Minab, no parecen tener rostro en el relato de este conflicto. A diferencia de la guerra de los 12 días, cuando las consecuencias humanas de los ataques eran más visibles, en esta ocasión los periodistas solo pueden acceder a los hospitales para hablar “exclusivamente con doctores”; las visitas al cementerio son excepcionales y necesitan de un permiso cada vez más difícil de obtener; los únicos funerales que se pueden cubrir son los de los altos mandos, y los directores de las organizaciones no gubernamentales no permiten el acceso a las víctimas o desplazados internos, que según sus estimaciones superan los 3 millones. Las visitas a los lugares atacados se hacen a través de invitación del Gobierno y el tiempo de acceso es tan escaso que el contacto con las víctimas es extremadamente vago.
Algunos voluntarios de la Media Luna Roja acceden, y solo de vez en cuando, a que los periodistas visiten con ellos el lugar de la tragedia, siempre y cuando sea en edificios habitados por civiles, algo normal en cualquier guerra, donde siempre se prohíbe filmar objetivos militares. “Su permiso no sirve”, me dice un voluntario que unos días atrás había mostrado su intención de ayudarme, en alusión a la autorización para la prensa extranjera emitida por el Ministerio de Cultura para trabajar en la calle. “Ahora todo tiene que pasar por Sepah, ellos son los que dan el permiso”, dice en referencia a la Guardia Revolucionaria, la institución que, aunque nadie lo exprese abiertamente, se ha quedado con el control del país tras el ataque de Estados Unidos e Israel. Esta certeza aumenta en la medida que pasan las semanas y Mujtaba Jamenei, quien fue elegido para suceder a su padre, el ayatolá Alí Jamenei, no aparece ni en videos ni en audios pregrabados. La mayoría nunca ha escuchado su voz y los dos mensajes que ha enviado a la población fueron a través de textos leídos en la televisión pública. Esto hace que muchos crean que podría estar muerto o malherido.
—Muchos aquí entendemos que tenemos que mostrar al mundo que los civiles son los más afectados en esta guerra, pero otros no piensan lo mismo —me dice con desaliento el voluntario de la Media Luna Roja.
Algunos periodistas locales reconocen que la situación es aún más frustrante para ellos, pues solo pueden cubrir unos pocos ataques y siempre les piden que hablen de cosas positivas que no causen malestar en la población.
El coste humano de la guerra
Pero la crudeza de la guerra no necesita aparecer en los medios para existir. Con el paso de los días, todos parecen conocer a alguien que ha sufrido sus consecuencias.
Mina tiene 64 años y durante 10 años vivió en un apartamento alquilado en el este de Teherán junto a su hijo de 27 años. Una mañana, hace tres semanas, no se sentía bien y decidió quedarse en la cama más tiempo de lo habitual. De repente se produjo una explosión y los vidrios de la ventana volaron como proyectiles. Tuvo la suerte de estar cubierta con una manta y solo sufrió pequeñas heridas en la mano, que era lo único que no tenía protegido. Cuando se puso de pie y fue a mirar qué había pasado en su casa, llegó otra explosión, y luego otra. En total, tres misiles alcanzaron la base de la Guardia Revolucionaria que estaba al otro lado de la calle.
—Yo me había negado a irme porque mi casa me da mucha paz —cuenta Mina, que era la única persona que no había abandonado para entonces el edificio—. Me convencía a mí misma de que si la Guardia Revolucionaria estaba en la base era porque no había peligro. Lo que no sabíamos era que ellos también habían evacuado las instalaciones.
Al menos una docena de personas que vivían en la misma calle perdieron la vida en el ataque y muchas más quedaron heridas. Desde entonces ella sufre dolores de cabeza y mareos, síntomas normales de una conmoción cerebral ocasionada por un ataque de estas dimensiones. Los médicos le dicen que no es importante; le dan un calmante y le dicen que ya pasará. Tampoco sabe de ninguna institución que pueda darle apoyo psicológico. Por el momento vive en un apartamento de 30 metros cuadrados donde la han reacomodado las autoridades junto con dos docenas de familias afectadas por la guerra.
Cuenta Mina que su hijo no quiso mudarse con ella; se opone a vivir en el nuevo barrio, constantemente alcanzado por los ataques de Estados Unidos e Israel. Además, confiesa, lo que más le molesta es que esté habitado por seguidores del sistema que cada noche se toman las calles con banderas de Irán para apoyar a las fuerzas militares, recordar al líder Jamenei —tanto al padre asesinado como al hijo, Mujtaba—, gritar consignas en contra de Estados Unidos e Israel y rechazar cualquier tipo de negociación con las fuerzas atacantes. “¡Venganza!”, gritan con insistencia.
Este tipo de eventos no son exclusivos del barrio temporal de Mina; la población leal al sistema —o que se beneficia de él— se tomó las calles de Teherán y del resto del país pocas horas después de comenzar los ataques. Aparecen en las avenidas, en las glorietas o en caravanas por las ciudades, siempre ondeando la bandera de Irán. A esto se suman los cientos de miles que han participado en al menos una decena de funerales multitudinarios que se han llevado a cabo en la avenida Enquelab o Revolución. No les importa que suene la defensa área o haya ataques: al contrario, eso les da más energía para cantar eslóganes contra Washington y Tel Aviv. Sea cual sea la situación de seguridad, están convencidos de que ni Estados Unidos ni Israel atacarán una multitudinaria congregación de civiles. “No tenemos problema en morir como mártires, como nos enseñó nuestro líder; ser mártir es un honor”, dice Fátima, de 32 años, que participaba en una de estas marchas.
Muchos lo interpretan como una estrategia de las autoridades para controlar las calles y así evitar que el sector que se opone al sistema pueda salir a protestar, objetivo que parecen estar cumpliendo hasta el momento. Nadie parece dispuesto a levantar su voz bajo estas circunstancias de seguridad; cada hombre armado que vigila en las calles tiene autorización para disparar. Cualquiera que levante la voz es un enemigo del sistema y con ese argumento se puede justificar no solo su detención, sino también su ejecución.
La valentía de la multitud y su deseo de alcanzar el martirio contrasta con la actitud de las fuerzas de seguridad que levantan los retenes en las calles. Muchos hombres armados se esconden debajo de techos para evitar ser alcanzados por un dron o un misil. Algunos de ellos se han quitado el uniforme para pasar desapercibidos.
La paranoia parece aumentar en la medida que más militares, especialmente los integrantes de la Guardia Revolucionaria, son asesinados. Han desaparecido tantos que Trump ha llegado a decir que ya ha habido un cambio de régimen, afirmación que en Teherán suena como una incoherencia más. Puede que algunas cabezas hayan cambiado, pero el régimen, a pesar de sus pérdidas, se mantiene y parece más radical. Una percepción diferente a la de Washington, que afirma que los nuevos líderes son más moderados.
—Mi hijo ha decidido dormir en el supermercado donde trabaja —cuenta Mina, y se queda en silencio un rato antes de confesar lo que le da vueltas en la cabeza—. Yo creo que si hemos llegado hasta aquí y tanta gente ha muerto, y tantos hemos perdido nuestras casas, es mejor seguir adelante hasta que logremos cambiar lo que tenemos —dice sin atreverse a nombrar explícitamente la palabra régimen o gobierno—. Aunque soy consciente de las dificultades; entiendo que la gente no salga a la calle.
Pone como ejemplo a su hijo, que salió a la calle durante los dos primeros días de las protestas de enero, cuando miles fueron asesinados. Las autoridades reconocen 3.117 fallecidos, mientras que HRANA ha identificado alrededor de 7.000 y todavía investiga miles de casos más. El tercer día de protestas le dijo a su madre que no saldría más, pues pensaba que era morir para nada. “Quieren que pongamos nuestra sangre, pero nadie va a venir a nuestro rescate”, le dijo su hijo.
Ella entiende perfectamente la posición del joven. Y se pregunta quién quiere salir actualmente a la calle a enfrentarse a las fuerzas del régimen, si lo más probable es que vayan a ser asesinados por alguno de los miles de hombres armados desplegados. El terror psicológico es aún mayor como consecuencia de las ejecuciones de opositores, que se han reactivado en los últimos días.
—Ese es nuestro problema. Israel y Estados Unidos dicen que nos apoyan, pero quienes vamos a morir en la calle somos nosotros —dice Mina.
Como ella, otros que al principio pensaban que Estados Unidos e Israel debían continuar con la guerra hasta lograr cambiar el régimen han empezado a cambiar de opinión.
—Yo no quiero que mi país regrese a la edad de piedra, por eso he decidido apoyar la defensa de Irán a pesar de que estoy en contra del sistema—dice Omid, que trabaja en una cafetería. Si estos cambios de opinión respecto a la guerra cada vez son más frecuentes, también lo son los choques entre personas que hasta hace unos meses estaban unidas en su lucha contra la República Islámica y en su clamor por mayores libertades sociales.
Muchos han quedado enfrentados: quienes se oponen a la guerra y quienes piensan que no hay vuelta atrás, que es ahora o nunca. Muchos amigos y familias han dejado de hablarse.
—Yo entiendo que la gente no quiera ver el país destruido, pero pienso que Irán ya está muy mal. Oponerse a la guerra no es defender el país, al que todos adoramos, es defenderlos a ellos [al régimen] —dice Narges, de 57 años, que insiste en que odia a las autoridades hasta el infinito—. Si se quedan la situación será horrible, tendremos que irnos.
Maryam, de 53 años, piensa que lo importante es defender Irán.
—Los problemas que tenemos con las autoridades los solucionaremos después. Lo importante es no dejar que el país entre en caos —dice esta mujer, que asegura que Trump desconoce totalmente la realidad social de Irán, donde mucha gente tiende a priorizar los intereses nacionales ante los personales.
Para ella, la prioridad es sobrevivir a esta guerra. Los problemas internos, dice, serán solucionados por los iraníes una vez que sea posible y no cuando los enemigos decidan destruir el país bajo la excusa de que abrirá el camino para un cambio.
—Soy consciente de que las alternativas que tenemos son todas malas, que posiblemente nos encontremos frente a unos nuevos líderes aún más radicales que los anteriores, que nos enfrentemos a una gran ola de ejecuciones, pero eso no es excusa para abandonar el país.
Su peor pesadilla, confiesa, era que Irán quedara arrasado, como dijo Trump durante los sucesivos ultimátums que culminaron en un alto el fuego auspiciado por Pakistán, cuando llegó incluso a amenazar con acabar con toda una civilización y llevar el país a la “Edad de Piedra”.