Nigeria: historia esférica de una herida

Viaje histórico y con aroma a fútbol a las raíces del grupo yihadista Boko Haram

Nigeria: historia esférica de una herida
Sunday Alamba / AP

El desastre ya estaba en marcha antes de aquel error.

Cuando durante el Mundial de Francia de 1998 el portero vasco Andoni Zubizarreta metió el balón sin querer en su propia portería tras un centro manso del nigeriano Garba Lawal, en Nigeria ya se había sembrado la semilla del terror. Era junio de 1998 y el destino quiso que el responsable, el dictador Sani Abacha, no pudiera verlo. Había muerto cinco días antes de un paro cardiaco en su residencia presidencial de Abuja. Sus críticos atribuyen su muerte a los excesos de una fiesta con prostitutas; sus seguidores aseguran que fue envenenado por ellas. No pudo confirmarse ningún extremo porque, según manda la tradición islámica, fue enterrado el mismo día de su fallecimiento y sin realizarse autopsia. El pueblo nigeriano aún estaba en shock por la muerte del sátrapa cuando su equipo nacional ganó inesperadamente a España y salió en tromba a celebrarlo. Nadie imaginaba que en aquellos días de fútbol veraniego y cervezas templadas se cocía a fuego lento la creación del peor grupo yihadista africano de los tiempos modernos: Boko Haram.

Aficionados nigerianos celebran la victoria ante España en el Mundial de 1998. Peter Kneffel / AP

Sani Abacha fue un militar despiadado. Eficaz en la economía —especialmente la propia: se le acusa de haber robado de las arcas públicas más de 5.000 millones de dólares—, defendió con sangre la herencia que los británicos habían dejado tras la descolonización. Aunque Nigeria tiene prácticamente la mitad de población cristiana y la mitad musulmana, los ingleses no cedieron el poder al pueblo nigeriano en su conjunto sino a la aristocracia hausa-fulani del norte musulmán. La guerra de Biafra, que en la década de 1960 mató de hambre a más de dos millones de personas, bebía de esa lucha de poder. En la década de 1990, Abacha se aplicó para evitar nuevas insurrecciones. Mientras la locomotora económica nigeriana empezaba poco a poco a carburar y el país mostraba sus pies al mundo —el Mundial de Estados Unidos en 1994 fue la primera de sus seis participaciones en un Mundial—, Sani Abacha ahogaba las exigencias de autonomía del pueblo ogoni del Delta del Níger, una tierra encharcada de petróleo. En 1995, un año antes de la victoria de Nigeria en los Juegos Olímpicos de 1996 con el gol decisivo del culé Amunike en la final contra Argentina, el dictador decidió matar a varios activistas ogoni, entre ellos a su popular portavoz, Ken Saro-Wiwa.

Marcha en Port Harcourt (Nigeria) para conmemorar el décimo aniversario de la muerte de Saro-Wiwa. Sunday Alamba / AP

La rabia y las críticas explotaron en el sur —el nobel de Literatura Wole Soyinka fue condenado in absentia por traición—, y en el norte tomaron nota. Aquel nuevo intento de autonomía sureña y sus peticiones de un nuevo acuerdo federal para repartir la riqueza petrolera no sentaron bien en los palacios norteños. Millones de nairas por los beneficios del oro negro estaban en juego. La reacción, como siempre que aparece el miedo a perder privilegios, fue un viraje conservador que, a la larga, tendría consecuencias fatales. En el norte, la sharía (ley islámica) no es algo nuevo y ha estado presente mucho antes de que en 1914 se formara como una única —e imposible— colonia unificada, pero aquellos días los líderes y clérigos musulmanes del norte atizaron el miedo con el Corán cerca del pecho.

Después de la muerte entre prostitutas de Abacha y de que Dinamarca acabara en octavos con el sueño nigeriano del Mundial francés, la victoria de 1999 en las primeras elecciones democráticas de país tras 16 años de regímenes militares fue para Olusegun Obasanjo, un cristiano del sur. Las luces de alarma se encendieron: doce gobernadores del norte declararon que sus estados pasaban a ser gobernados por la ley de la sharía, en un desafío frontal a la constitución secular nigeriana. En uno de los estados, se firmó incluso la amputación de la mano de un ladrón que había robado una vaca y una multitud salió a jalear la medida. El mensaje estaba claro: los avances de poder sureños, y especialmente las demandas de autonomía de la región petrolera que ponían en riesgo el status quo del norte, iban a ser respondidos con mayor autoridad. 

El general Abdulsalami Abubakar, a la derecha, cede el poder al recién escogido presidente Obasanjo en una ceremonia en Abuja el 29 de mayo de 1999. Sayyid Azim / AP

El escenario era ideal para el surgimiento de un movimiento islamista radical. Que el desempleo en el norte fuera de una magnitud atroz y millones de niños estuvieran sin escolarizar añadió más gasolina a un fuego que estaba a punto de estallar. Tardó poco en prender la mecha. Aquellos días, a principios de la década de 2000, Mohammed Yusuf, un clérigo desconocido por las altas esferas, radical y con gran carisma, empezó a predicar en la ciudad de Maiduguri y a criticar la corrupción e ineficacia del Gobierno nigeriano. Al principio, su discurso contrario a la autoridad del sur recibió el apoyo —en aplausos, simpatía y dinero— de las fortunas del norte, pero Yusuf empezó a incomodarlos cuando criticó también la laxitud en la aplicación del islam de sus dirigentes y que hubieran adoptado ellos mismos o sus hijos —enviados a las mejores universidades extranjeras— la educación y las normas occidentales. A aquellos chicos díscolos y violentos, que quemaban licorerías, daban palizas a prostitutas y atentaban contra la policía, se les empezó a llamar por su grito de guerra: Boko Haram. En lengua hausa, “la educación occidental es pecado”.

Con el tiempo, la popularidad de Yusuf se multiplicó, el Gobierno intentó aplacar la revuelta a sangre y fuego y la violencia se desbordó. El asesinato del líder de la secta mientras estaba detenido inició en 2009 una deriva sangrienta del grupo, que después de decenas de miles de asesinatos, miles de secuestros y atentados, se ha convertido en el peor grupo islamista de la historia reciente de África.

NIGERIA EN LA COPA DEL MUNDO

La FIFA ha prohibido a los aficionados nigerianos animar con gallinas en este Mundial. En esta imagen de un partido de la Copa Africana 2013, un hincha muestra a una gallina ataviada con los colores de su selección en Soccer City Stadium, Johannesburgo. Rebecca Blackwell / AP

En una cafetería de Abuja, la capital, dos jóvenes trabajadores discuten sobre el Mundial y la situación política en Nigeria.

—Vamos a ganar el Mundial —dice Abdurrahman, originario del estado de Kogi, en el cinturón medio nigeriano.

—En el fútbol, aquí, no se discrimina entre idiomas, gente… —dice Jon, del estado sureño de Ebony—. Durante el Mundial, veremos los partidos con la familia, con amigos. Incluso en las aldeas del interior se las arreglarán para poder ver los partidos. Estoy seguro de que incluso algunos miembros de Boko Haram lo harán.

En la actualidad, mientras millones de nigerianos siguen por televisión las andanzas en la Copa del Mundo de Rusia del veterano John Obi Mikel o las subidas por el carril derecho de su otra estrella, el lateral del Chelsea Victor Moses, casi 1,9 millones de personas están desplazadas en el norte del país por culpa de la violencia de Boko Haram.

El horror sigue vivo, ajeno al Mundial. El día después del debut mundialista de Nigeria y su derrota por 2-0 contra Croacia, el grupo yihadista envió a varias chicas con cinturones explosivos a hacerse estallar por los aires en un mercado del noreste del país. Asesinaron a más de 30 personas.

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