El estruendo llegó primero que la certeza. La primera detonación cerca de la Base Aérea Militar La Carlota, a las 2 de la mañana, fue confusa. ¿Truenos sin tormenta? ¿Un trueno tan largo, tan fuerte? ¿Acaso esto no es un trueno? Luego, con el siguiente estallido, segundos —o quizá minutos— después, con la mente aturdida y las ventanas temblando, apareció el miedo. La confirmación me llegó a través de un grupo de Whatsapp que comparto con periodistas esparcidos por toda la ciudad.
—¿Alguien escuchó algo en Caracas? —preguntó uno de ellos desde el este, a 4 kilómetros de la Base Aérea, que ya estaba en llamas.
—Estamos viendo destellos en el cielo— respondió otra, a más de 27 kilómetros, en la periferia.
—Acaban de pasar unos aviones, explotaron una vaina por el 23 de Enero —dijo alguien desde una de las cunas del chavismo, en el centro de Caracas.
Y el panorama quedó claro: bombardearon, en la madrugada, la capital de Venezuela.
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La confirmación sobre la autoría estadounidense llegaría un par de horas más tarde, pero no había dudas sobre lo que estaba ocurriendo. Desde el 2 de septiembre, el gobierno de Donald Trump inició una ofensiva contra el narcotráfico procedente desde Venezuela. Tras un ataque a embarcaciones el último día de 2025, el saldo acumulado era de 34 botes destruidos y al menos 110 muertos en aguas entre el Caribe y el Pacífico.
Nicolás Maduro había calificado los ataques como “ejecuciones seriales” y había pedido a la ONU investigar el asunto, pese a haber expulsado del país a su personal en múltiples oportunidades. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, lo definió como “una guerra no declarada”.
“El Tren de Aragua es una organización terrorista extranjera designada por el Departamento de Estado, que opera bajo el control de Nicolás Maduro y es responsable de homicidios masivos, narcotráfico, trata de personas y actos de violencia y terror en Estados Unidos y el hemisferio occidental”, escribió Trump en Truth Social, tras el primer evento.
Son esos, precisamente, los cargos que se le imputan a Maduro y a su esposa, quienes fueron capturados por el ejército estadounidense durante la madrugada del 3 de enero, mientras dormían, en medio de la confusión colectiva, y después fueron trasladados a Nueva York.
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Después del segundo estruendo, no vino la calma. Algo que no se veía, pero sí se oía, sobrevolaba por toda el Área Metropolitana: una extensión que incluye al Distrito Capital y cuatro municipios de un estado adyacente. Algunos vieron helicópteros; otros, misiles. Luego se oyeron, al menos en las cercanías de la base aérea militar La Carlota, dos bombazos más. Y con estos, más confusión, más miedo, más manos temblorosas.
En un país donde una red social como X está bloqueada desde agosto de 2024, y donde más de 60 portales noticiosos fueron censurados tan solo en el segundo semestre del mismo año (luego de las elecciones), los canales de información se reducen a la reportería ciudadana y transmisiones de periodistas en el exilio.
Fue así como la capital —y el país— se enteró de que el bombardeo había abarcado varios puntos claves: la Carlota, que está en el costado de una de las autopistas más transitadas de Caracas; el Fuerte Tiuna, donde se encuentra el ministerio de la Defensa y la Academia Militar; el Comando General de la Milicia Bolivariana —antiguo Observatorio Cagigal—, en la localidad 23 de Enero, cerca de donde se guardaban los restos de Hugo Chávez; el puerto de La Guaira, la base militar de Mamo y una instalación oficial en Carmen de Uria: todos en un estado costero a 30 kilómetros de la capital; y un pequeño aeropuerto en otra ciudad costera, pero en sentido contrario, a más de 100 kilómetros.
¿Qué tenían en común? Todos eran lugares emblemáticos para el Gobierno, pero también posibles puertas de salida del país.
Pasadas las 5:30 de la madrugada, llegó por redes sociales la confirmación de la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores.
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La ofensiva estadounidense, que comenzó en septiembre, no fue solo armada. El 16 de diciembre, el presidente de Estados Unidos ordenó un bloqueo total a los barcos petroleros sancionados que entran y salen del país. También ofreció declaraciones no tan claras sobre sus supuestas “pertenencias” en la nación caribeña: “Venezuela está completamente rodeada por la Armada más grande jamás reunida en la historia de Sudamérica. Esta solo crecerá, y la conmoción para ellos será como nunca antes la han visto, hasta que devuelvan a Estados Unidos todo el petróleo, las tierras y otros activos que nos robaron previamente”. Fue casi una declaración de intenciones.
Justo antes de año nuevo, Trump aseveró, también, que su país destruyó una instalación de producción de droga en Venezuela, sin dar más detalles sobre la supuesta operación. El ataque, según aseguró, se llevó a cabo cerca de la frontera entre Venezuela y Colombia, hacia el norte, en el estado Zulia. Aunque fue negado por el Estado, la afirmación marcaba un claro precedente: Estados Unidos había traspasado las aguas costeras del país y había arremetido contra un objetivo en tierra firme.
¿Era cierto? ¿Podría alcanzar la capital? Las fiestas decembrinas hicieron difusa la amenaza y tomaron a la ciudadanía desprevenida.
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Amaneció, pero no vino inmediatamente la claridad. Los cielos rosados y unas tímidas celebraciones llegaron acompañados de ansiedad y preguntas. En el oeste de la ciudad, en las zonas más cercanas al Palacio de Miraflores (la sede del gobierno), hubo cortes eléctricos que durarían más de 12 horas.
En toda la capital empezaron —donde se podía— las compras nerviosas más serenas de nuestros tiempos recientes. En el pasado, en medio de otros procesos, no han tardado en reportarse saqueos y robos. Pero esta vez —quizá por la conmoción, quizá por lo que ha sido casi un entrenamiento cruel— las tiendas que abrieron lo hicieron con precauciones, las personas se formaron civilizadamente afuera y quienes pudieron se abastecieron.
Miguel fue a la farmacia por las medicinas de su abuelo con alzhéimer; Ángela fue al supermercado local, que anunció que abriría tan solo media hora; Felipe salió por agua potable, pero no consiguió; Marina recorrió más de cinco establecimientos buscando pañales para su bebé de 6 meses. Todos volvieron a casa con todo, o casi todo, lo que necesitaban. En el país, la moneda local cerró 2025 con una devaluación del 82,7 % frente al dólar estadounidense en el mercado oficial, marcando una amplia brecha respecto a la tasa paralela.
“No he visto ningún conflicto”, dice este vecino de Caracas que pide usar seudónimo para proteger su identidad. “Solo colas y la gente tranquila haciendo sus colas. Preguntando dónde conseguiste esto o aquello, sobre todo el agua. Yo estuve haciendo cola como hora y media, más o menos, pero hay gente que ha durado mucho más. Está todo ligeramente más caro, pero pensé que lo estaría más. No sé ni qué opinar, la verdad, porque estoy a la expectativa”.
En contraste, las calles sin locales abiertos al público estaban desoladas; y, solo en el oeste de Caracas, un grupo de manifestantes salió a pedir la liberación de Maduro.
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“Venezuela denuncia agresión de EEUU contra territorio y población en las localidades civiles y militares de la ciudad de Caracas, y los estados Miranda, Aragua y La Guaira”, afirmó el gobierno en un comunicado. Este fue seguido por las declaraciones de la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, quien exigió “la inmediata liberación de Maduro y de su esposa” por vía telefónica, desde un destino desconocido, que Reuters afirmó que era Rusia; pero que luego fue desmentido con un video, con una segunda declaración, donde se la ubicaba en Venezuela.
Poco antes, el también líder oficialista Diosdado Cabello había llamado a la ciudadanía y colectivos armados paramilitares a “defender” la soberanía. “Esperamos que el mundo se pronuncie sobre este ataque contra civiles”, añadió, y afirmó que Venezuela evaluaba los daños y que el pueblo prevalecería.
Casi en paralelo, el fiscal general, Tarek William Saab, hizo un llamado a las Naciones Unidas para que se pronunciaran sobre el ataque estadounidense y cuestionó la ausencia de reacción internacional. “¿Dónde están los organismos de los derechos humanos?”, interpeló.
Una pregunta que deja al descubierto la impunidad con la que Estados Unidos ataca países en todo el mundo, saltándose la legalidad internacional. Pero también es una pregunta que resulta irónica, considerando que en Venezuela hay actualmente 863 presos políticos: 176 militares, 106 mujeres, y un adolescente. Y que ha sido, precisamente, la ONU quien ha advertido de que “la persecución por motivos políticos se está intensificando en Venezuela”, de acuerdo con la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos, y ha señalado que “la única esperanza de que las víctimas encuentren justicia recae en la comunidad internacional”.
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La rueda de prensa del presidente estadounidense inició con media hora de retraso. En el plano económico sus declaraciones fueron codiciosas y diáfanas: Estados Unidos está interesado en el petróleo de Venezuela. Pero en el plano político fueron confusas, o más bien desalentadoras para muchos venezolanos. Trump anunció que Estados Unidos va a “manejar” Venezuela hasta que pueda organizarse una transición de poder adecuada. Nombró a la vicepresidenta del régimen como parte de esa transición: “En esencia, está dispuesta a hacer lo que consideremos necesario para que Venezuela vuelva a ser grandiosa”, dijo. Y desestimó la participación de la lideresa opositora y Premio Nobel de la Paz María Corina Machado, quien recientemente logró salir del país tras vivir más de un año en la clandestinidad.
“Entiendo que no es tan fácil, que no es tan simple, y que vienen consecuencias que esperamos, pero otras que no”, dice Miguel. “Esperaba, por ejemplo, las declaraciones sobre el petróleo, pero me sorprendió lo que dijo de María Corina, y no de manera muy grata. No sé qué vaya a pasar, pero espero que sea todo positivo”.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que Rodríguez contradijera a Trump al rechazar la intervención estadounidense y exigir que Maduro fuese liberado. Algo que parece más que improbable: el avión en el que se trasladaba a Maduro y su esposa ya aterrizó en Nueva York.
Mientras, en Caracas, la incertidumbre de un segundo ataque —no confirmado, pero tampoco descartado por Trump— mantiene a la ciudadanía en un estado entre la ansiedad (por el porvenir) y la alegría (por la salida de Maduro).
Cayó la noche, pero todo —y tanto— ha pasado tan rápido que no sabemos cuántas horas han transcurrido realmente desde que comenzó el día.