A medianoche, la nieve lo absorbe todo. Absorbe el ruido, los pasos, hasta las distancias: las casas destruidas, las calles vacías, el río y sus orillas se convierten en un solo espacio, una llanura sin contornos. Vera Ivanovna dice que su memoria se ha detenido ahí, en ese punto exacto, y que a partir de ahora el tiempo no transcurre en un pasado y un futuro ordenados. Solo está la oscuridad, los diez grados bajo cero y la sensación de que cada gesto podía tener consecuencias imprevisibles.
Hace tres días que Vera Ivanovna está sola en su casa de Kupiansk, en el este de Ucrania. El agua y la electricidad llegan de forma interrumpida. La estructura cruje cuando se produce un ataque tan cercano como para hacer temblar los muros. Su hija y sus nietos se han marchado; su casa fue destruida por misiles. Pero Vera permanece en la suya. En la guerra, las personas mayores suelen confiar hasta el último momento en que las cosas se calmarán y sus casas se salvarán de los ataques. Tampoco pueden hacer otra cosa. Quienes se quedan hasta el final lo hacen, casi siempre, por una mezcla de hábitos y testarudez. Llega un momento en que, en cierto modo, cada día se parece al anterior. “¿Ir adónde? Siempre he vivido aquí”, dicen todos. “Si tengo que morir, al menos que sea en mi casa”.
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