Tres semanas antes de ser asesinado, Adam pidió a un amigo que grabase con el móvil su despedida. “Algún día, Palestina será libre”, terminaba diciendo a cámara. Los malos presagios que lo agobiaban se cumplieron el 3 de enero de 2023 a las cinco de la mañana.
La luna parecía llena, aunque faltaban tres días para que lo estuviese. El frío se metía en los huesos en el campo de refugiados de Dheisheh, cerca de Belén, en los territorios ocupados palestinos de Cisjordania. A sus quince años, Adam Ayyad le había dicho a su madre que dormiría en casa de su padre, del que estaba divorciada. En realidad, había quedado con sus amigos para enfrentarse a pecho descubierto con el Ejército más financiado del mundo en proporción a su población. Cuando los disparos empezaron a atronar en los muros de los edificios de ladrillos de hormigón —viviendas construidas unas sobre las otras para albergar a los hijos y nietos de los primeros palestinos expulsados por Israel en 1948—, los cuatro paramédicos del campo corrieron al lugar de la “invasión”, como llaman en Palestina a las irrupciones de las fuerzas de ocupación. No les permitieron llegar. Los soldados israelíes comenzaron a disparar contra ellos.
Cuatro años antes, en 2019, habían perdido a uno de sus compañeros, Sajed Mizherl, en un ataque similar. La mitad del equipo de paramédicos del campo de refugiados dejó su trabajo entonces. Los cuatro que siguieron jugándose la vida para salvar las de otros tuvieron entonces que ver, agazapados tras un quicio, cómo los francotiradores se cebaban con los niños que se habían resguardado en un coche. Todos fueron heridos. Adam, sangrando, abrió la puerta y, al ver que la balacera no cesaba, se arrastró bajo el automóvil. Allí se desangró mientras llamaba desesperado a su madre. Hasta que se hizo el silencio. Entonces, permitieron acercarse a los sanitarios. Ya en el hospital, certificarían su muerte.
Apenas unas horas después daría inicio el rito que Adam había proyectado para sí mismo y al que tantas veces había asistido —como otros niños, en otros lugares, se crían yendo al fútbol los domingos o de senderismo los sábados—: su cuerpo siendo lavado, amortajado y velado en el salón de la casa familiar, el torrente de hombres y niños discurriendo por las callejuelas transformadas todas en un cortejo fúnebre, los allahu akbar convertidos en un rugir colectivo desembocando en el cementerio, los escapularios con los rostros de otros niños y muchachos muertos golpeando el pecho, tan cerca del corazón, de quienes se empujan para abrir la zanja a paladas.
Una escena que lleva repitiéndose, generación tras generación, desde la fundación del Estado de Israel en 1948. Con dos diferencias. Antes, los chicos morían jugando a combatir a las fuerzas ocupantes sintiendo que contribuían así a la liberación de su tierra; ahora, con el genocidio de Gaza en curso y la violencia descontrolada de los colonos y de los soldados israelíes, la única forma de dar sentido a sus vidas entre tanta desesperanza es siendo asesinados por los responsables de su cautiverio.
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—En los últimos años, los niños y niñas de Cisjordania han visto cómo han asesinado a más de 1.000 personas que eran padres, madres, amigos, vecinos. Además, son testigos de los ataques diarios de los colonos, los arrestos, los desplazamientos masivos, la destrucción de sus hogares. Y también ven y viven lo que está ocurriendo en Gaza como una amenaza existencial añadida. Se han dado cuenta de que si nadie lo ha parado en estos años, ¿por qué lo iban a hacer si ocurriese en Cisjordania?
Samah Jabr es una psiquiatra y psicoterapeuta palestina reconocida internacionalmente por su especialización en trauma colonial. En sus casi tres décadas de experiencia, ha combinado su trabajo terapéutico en el sistema público y privado de salud de los territorios ocupados con oenegés como Médicos Sin Fronteras, ha sido jefa de la Unidad de Servicios de Salud Mental del Ministerio de Salud de Palestina y docente en universidades como la George Washington de Estados Unidos.
—Los niños revelan cosas en la terapia de las que no pueden hablar. A mi clínica acuden niños y adolescentes con cambios drásticos en su comportamiento alimentario. Pareciera que sufren anorexia nerviosa pero no lo es, porque no tienen ningún problema con su imagen física. No comen porque les preocupa la hambruna instrumentalizada que se está aplicando en Gaza. También he conocido a adolescentes y niños con graves problemas somáticos por la detención de un hermano o un padre. Y aun así, se sienten culpables de hablar de su sufrimiento cuando en Gaza están padeciendo uno mucho más urgente y severo. Los niños y niñas palestinos viven con una amenaza existencial y una ansiedad anticipada por el futuro —explica la doctora Jabr, quien nunca escatima tiempo para atender a los periodistas, conocedora de la importancia que tiene el relato mediático occidental en las políticas de ocupación israelíes.Autora del libro Tras los frentes, su experiencia y conocimiento guiarán esta crónica, que nació en un viaje que hice a Cisjordania y Jerusalén en 2024. Fue entonces cuando conocí el fenómeno de los niños que, como Adam Ayyad, graban su mensaje postmortem para que se difunda en las redes sociales cuando sean asesinados por las tropas israelíes. Volví en 2025 para investigar en profundidad las consecuencias de todas estas violencias en la salud mental de la infancia palestina. Porque hay muchas formas de matar, pero inundarlo todo de una desesperanza que induzca a una suerte de suicidio a los niños y niñas quizá sea una de las más perversas.
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—Por las noches, intentaba encerrar a Adam para que no saliera. Pero como estoy divorciada, me engañaba diciéndome que iba a dormir con su padre. Yo sabía que esto podía pasar. Las madres aquí vivimos temiendo que esto ocurra algún día. Los niños aquí crecen sabiendo que no tienen futuro. Y ahora, con lo de Gaza…
Wafa Ayad señala uno de los grafitis que recuerda a su hijo en el campo de personas refugiadas de Dheisheh, al que llegaron huyendo sus abuelos y en el que nacieron su madre, ella y su hijo único. Junto al rostro sonriente de Adam aparecen los de otros cinco niños que sumaron sus nombres a la larga, larguísima, lista de asesinados por las fuerzas de ocupación.
Wafa viste un blusón con un tigre en la espalda que parece avanzar tras ella, con pasos cautelosos, por los angostos callejones de este poblado en el que los chavales con amor por la pintura se vuelven grafiteros para honrar a sus muertos en los muros. Es rara la familia palestina que no tiene un mártir, como llaman a los asesinados por los ocupantes israelíes. No hay kilómetros suficientes de hormigón para retratarlos a todos, pese a vivir encerrados por el muro construido por Israel.
Wafa se detiene frente a una panadería para señalar la fotografía, colocada junto al mostrador, de un joven risueño que mira a cámara.
—Adam lo conocía desde pequeño. Cuando lo mataron, empezó a decir que quería ser como él.
La madre evidencia así la epidemia que ha contagiado la ocupación y que el genocidio de Gaza ha terminado de extender como una maldición siniestra: ante la asfixiante falta de futuro, cada vez más niños y adolescentes palestinos solo ven una salida para darle sentido a su vida: morir defendiendo su derecho a vivir.
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Desde los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, que acabaron con la vida de más de 1.200 personas, y de la campaña genocida lanzada inmediatamente después por Israel en la Franja de Gaza, los niños, niñas y adolescentes de Cisjordania han visto y sufrido cómo la ocupación se ha exacerbado y multiplicado hasta anegarlo todo. Cada vez se sienten más cercados, asfixiados y sitiados por cielo, mar y tierra.
Sadeel Mahmoud Abu Al-Kamel es una adolescente de 16 años y ya ha perdido su hogar, el que levantaron sus tatarabuelos tras perderlo todo creyendo que sería algo temporal. La política de tierra quemada del Gobierno de Netanyahu ha alcanzado, en el último año, a los campos de personas refugiadas de Jenin, Tulkarem y Nur Shams. Escudándose en que eran los bastiones de la resistencia armada palestina, el Ejecutivo israelí ha prometido que sobre los escombros de lo que fueron los hogares de más de 44.000 personas construirá carreteras de uso exclusivo israelí para comunicar los asentamientos ilegales. Ha bautizado este proyecto, que sigue en marcha, como Operación Muro de Hierro.
—Después de tres días negándonos a abandonar nuestras casas mientras nos bombardeaban, de noche, a las cuatro de la mañana, empezamos a salir en fila del campamento. Nos disparaban incluso en ese momento. Nos tiramos al suelo. La gente gritaba buscando a sus hijos. Desde entonces, vivimos fingiendo que seguimos bien, que estamos contentos, pero hay una tristeza en nuestros corazones… No conseguimos superarla.
Sadeel envejece cuando los recuerdos recientes le nublan el rostro; se aniña cuando se esfuerza por sacudirse la oscuridad. Como el resto de sus vecinos, pasó semanas vagando junto a sus padres y hermanos de casa de familiares a casa de conocidos hasta que consiguieron alquilar una habitación a las afueras de Jenin. Esta ciudad de 57.000 habitantes, situada en el norte de Cisjordania, se esfuerza por acoger a buena parte de los 17.000 que vivían en un campo de refugiados cuyos restos, inevitablemente, recuerdan a las imágenes que siguen llegando de Gaza. Los mismos surcos de tierra y hormigón retorcidos por los tanques-excavadoras donde antes hubo carreteras asfaltadas, las mismas cuencas secas donde antes hubo alcantarillado, los mismos drones quebrando los nervios de quienes intentan acercarse para convencer a los soldados israelíes de que les permitan recuperar alguna de sus pertenencias.
—Hace mucho que dejé de poder ver las imágenes de Gaza, los niños muertos bajo los escombros, los niños llorando junto a sus padres muertos. Psicológicamente, estamos destruidos. De hecho, me sorprende que los niños de aquí sigamos vivos después de haber visto determinadas cosas en edades en las que deberíamos estar jugando con muñecos. Pero claro, los que viven en Gaza, los que han perdido a familias enteras, ¿cómo van a olvidar? ¿Cómo van a seguir viviendo? —se pregunta Sadeel antes de quedarse en silencio.
Los niños y adultos palestinos a menudo responden con preguntas retóricas porque, paradójicamente, es la fórmula más eficaz para arrojar lógica ante la sinrazón. Sadeel, además, puede poner palabras a sus pensamientos gracias al acompañamiento de las maestras y psicólogas que intentan atender, de manera altruista, a los miles de niños y adolescentes desplazados por la destrucción de los campos. Lo hacen en un colegio de Jenin que, ante la falta de espacio para escolarizarlos, tiene sus aulas abiertas por las tardes y en vacaciones para que reciban clases de apoyo.
En cualquier caso, Sadeel duda de que pueda retomar sus estudios. En 2008, un cuarto del PIB de Cisjordania y Jerusalén Este provenía de las donaciones y subvenciones internacionales. En 2022, era un 1,8 por ciento. Palestina había dejado de ser prioritaria para la cooperación internacional. Desde entonces, Israel también ha lanzado una ofensiva contra las oenegés que trabajan en los territorios ocupados, creando todo tipo de barreras administrativas para torpedear su trabajo y, en muchos casos, hasta les ha prohibido recibir fondos del extranjero.
—Cuando nos vimos forzados a abandonar el campo, las fuerzas especiales nos disparaban, los drones nos disparaban. Yo intentaba caminar lentamente. Me quería convertir en una mártir, que me mataran como a los luchadores que dan la vida por nosotros.
Sadeel viste gabardina y vaqueros de pitillo negros. Se ha criado entre los milicianos de la resistencia armada palestina, que ha sufrido cientos de bajas desde que Israel respondiese a los ataques de octubre de 2023 con continuas batidas de ejecuciones extrajudiciales y bombardeos con drones. En las paredes de ciudades como Jenin, Nablus o Hebrón los retratos de los asesinados recientemente se superponen a los caídos semanas atrás.
Sentada a su lado, su amiga Razan Ahmad Bani Ghura, de 14 años, no puede contenerse e interviene:
—El sonido de los drones es… Está siempre ahí. Todos los niños en el campamento tenían miedo de su sonido, nos poníamos nerviosos. Después nos acostumbramos porque era permanente.
Retiene la siguiente frase unos segundos. Continúa:
—Los niños palestinos no podemos saber si viviremos en el futuro o si moriremos por la ocupación. Así que soñamos con llegar a ser mayores.
Harían falta varios tratados de psicología y cientos de reportajes periodísticos para desarrollar todo lo que abarcan, entrañan, exponen estas dos frases, cuyo origen estuvo en la necesidad de Razan de explicar el impacto que ha tenido en sus vidas la irrupción de los drones, una de las armas más eficaces para la ocupación israelí. Además de bombardear y disparar sin poner en riesgo las vidas de los soldados, el Ejército israelí los emplea para vigilar, controlar y sembrar el terror entre sus víctimas. Se trata, pues, de un instrumento de tortura, como nos repiten todos los entrevistados y como he podido comprobar yo misma tanto en Jenin como en la ciudad vieja de Nablus: una herramienta de guerra psicológica que solo con su martilleo metálico transmite un sentimiento de amenaza inmediata que, a la larga, provoca un estado de alerta permanente, de ansiedad anticipatoria, de estrés y miedo crónicos que, su vez, agrava el trauma colectivo de los palestinos. Los drones israelíes vuelan a poca altura, entran en las viviendas por las ventanas e incluso emiten sonidos como llantos, sirenas de ambulancia o niños pidiendo auxilio. También los emplean como altavoces para transmitir amenazas y órdenes concretas.
Como contamos en 5W, antes de que fuesen derruidas, las callejuelas de los campos de Jenin y Tulkarem estaban cubiertas con mallas negras de plástico para dificultar el espionaje y los ataques de los drones israelíes. Rayos de sol entraban por los agujeros abiertos por los disparos y, a menudo, las tropas israelíes las quemaban durante sus invasiones, lo cual incluso provocó incendios en las viviendas aledañas.
—Hace un mes, un hombre volvió al campo para ver si su casa seguía en pie. Lo mataron delante de su esposa. ¿Qué quieren de nosotros? ¿Cómo se lo puedo explicar para que se entienda? —implora Sadeel; una pregunta que, sin pretender ser retórica, debería serlo tras décadas pidiéndoles a los palestinos, generación tras generación, que nos expliquen su sufrimiento.
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Maryam Omar Abu Shahadeh acude a la cita con su tía y su hermana y hermano pequeños. Los responsables del centro social de Biet Fureik, la aldea en la que viven cerca de Nablús, les han dejado dulces y juegos en la mesa para hacer más llevadera la entrevista. Resulta inaudita la capacidad de los niños y niñas palestinos de nombrar los derechos que les son vulnerados, identificar a sus responsables, pedir cuentas a los cómplices. Lo primero que nos dice Maryam es que ninguno de ellos ha podido volver a su casa en el monte, donde sus padres cultivaban olivos y ellos disfrutaban jugando más que en ningún otro lugar del mundo.
—Aquel día estábamos montando en bicicleta y vimos que algo se movía entre los árboles. Cuando nos dimos cuenta de que eran ellos, mis hermanos mayores salieron corriendo. Yo también quería huir, pero mi hermano pequeño aún no puede correr bien, así que me quedé para ayudarlo. Me cogieron y me ataron a un árbol. Mi hermano lloraba sentado a mi lado y ellos se reían de él.
Maryam sabe que eran colonos porque hacía meses que habían colocado cerca de su casa un puesto de avanzadilla para construir un nuevo asentamiento ilegal. Además, explica, los reconoció por su aspecto —ropa clara, tirabuzones y los cordones por encima del pantalón que usan los judíos ultraortodoxos—. Su hermano y primos mayores corrieron en busca de su padre, mientras los medianos gritaban a los hombres armados que la soltasen. Huyeron antes de que llegase el progenitor.
—Yo no tenía miedo, pero temía por mi hermano, porque se ceban con los pequeños. Pero no me podía mover ni hablar. No era capaz de reaccionar. Cuando llegó mi padre, me desató, me limpió. Yo tenía las manos rojas. Cuando me llevó a casa, mi madre quiso llevarme al médico porque le daba miedo que me hubieran hecho algo —sigue explicando, con las manos metidas entre las piernas.
Maryam dice que durante un tiempo “pensaba en ello noche y día, no podía parar”, pero que ahora siente que “es algo que ocurrió y ya pasó”. Y añade: “Cuando el Ejército entra en nuestra casa, nos esforzamos por pensar en positivo” porque lo importante, subraya, “es estar en un sitio seguro”. Pero eso es algo que en Palestina ya no existe.
Por ello, la doctora Jabr insiste en que el trauma colectivo que sufre el pueblo palestino debe tratarse, también, colectivamente.
—No podemos someter a cada palestino a terapia. Queremos que la gente se reúna y hable sobre el daño que les han infligido como grupo. Organizamos intervenciones en las que, por ejemplo, usamos la metáfora de volar para trascender el dolor. Los niños se reúnen, escriben mensajes en papeles en blanco, hacen con ellos cometas y las vuelan. Y cuando terminan, les preguntamos: ¿Qué mensaje querías transmitir con la cometa? ¿Cuál era el mensaje que esperabas recibir? ¿A quién querrías enviar esta cometa? ¿Con quién querrías conectar a través de ella? Y sin presionarlos ni dirigirlos, los niños empiezan a hablar sobre el dolor, el miedo, la pérdida, la separación y la añoranza de las personas que desaparecieron de sus vidas. En la cultura palestina tenemos muchas historias sobre cometas, sobre el profeta que sobrevoló Jerusalén, sobre la ascensión de Jesucristo. Usamos símbolos culturales palestinos para ayudarlos a nombrar.
Pero no basta con afrontar las consecuencias, recuerda la doctora Jabr, sino que hay que ir al origen.
—Por eso, tenemos un enfoque crítico basado en los derechos humanos y en la justicia, elementos que no podemos ignorar en el campo de la salud mental.
*Dibujos realizados por niños y niñas supervivientes de la violencia de la ocupación israelí recogidos en el libro editado por Aida Youth Center, Volunteers for Palestine y Humanity Calling, tres organizaciones que les prestan acompañamiento psicosocial en Cisjordania.
Los padres de Ammar apenas recuerdan cómo era la vida antes de que tuvieran que destinar buena parte de su energía a salir de su soliloquio interno para levantarse de la cama, saludar a quienes les visitan para darles el pésame, preguntar por sus familiares, escucharlos con amabilidad, rechazar con educación probar bocado, llegar al día siguiente sin haber pegado ojo y volver a empezar. Dejaron de saberlo apenas dos semanas antes de nuestro encuentro, cuando un par de soldados asesinaron a su hijo de 12 años mientras paseaba por los alrededores de su aldea. La autopsia confirmó que le dispararon por la espalda, cuando huía corriendo, como contó el amigo que lo acompañaba, después de que salieran de los arbustos tras los que se escondían. Otra bala le atravesó la rodilla, una técnica habitual del Ejército israelí para dejar multitud de palestinos con una discapacidad, dependientes, empobrecidos y deprimidos.
Pocos minutos después del ataque, todo el pueblo sabía que Ammar se desangraba sin que sus captores permitiesen a los familiares ni a los paramédicos auxiliarlo. Como en el caso de Adam, esperaron a que ya fuese un cadáver. Su madre y su padre fueron testigos de ello.
—Nos decían que si nos acercábamos, dispararían contra nosotros. Son salvajes. La ocupación no distingue entre niño, adulto o anciano: matan sin distinguir a quién tienen delante. Son terroristas. ¿Qué vida es esta en la que no tienes seguridad ni para salir a la puerta de tu casa? Cuando salen nuestros hijos a la calle, los llamamos cincuenta veces para que vuelvan y no nos quedamos tranquilos hasta que ponen la cabeza en la almohada. [Los soldados] entran en las casas, las destrozan, nos roban. Ya no importa si “atentas contra su seguridad”, como ellos dicen, o no. Lo único importante es que somos palestinos. Y su única política es aplastarnos por completo.
Fida Hamayel recuerda lo ocurrido sentada en una esquina del sofá; en la otra, escucha su marido; en el centro, el retrato a gran tamaño de su hijo. Todo a su alrededor está recién estrenado. Se habían mudado a la casa de sus sueños apenas unos días antes del asesinato de Hammad. Es un chalet de dos plantas construido con la piedra caliza blanca que ha enriquecido, durante siglos, a las familias de esta zona del centro de Cisjordania. Canteras dedicadas, sobre todo, a la exportación de la llamada meleke o piedra de Jerusalén a países del entorno, del Golfo e incluso a Europa y Estados Unidos. Pero también las emplean para construir las mansiones en las que viven sus dueños y las segundas residencias de quienes migraron a Estados Unidos y Latinoamérica, y de quienes se marcharon buscando paz y terminaron volviendo porque no querían dar por perdida su tierra.
Como el padre de Ameer Abdul-Aziz, quien tras más de una década trabajando y viviendo en Miami, decidió volver a su pueblo y seguir con el negocio familiar. Ahora, sentado en un sofá de cuero blanco, rodeado de muebles de estilo Luis XVI del mismo color que se reflejan en los suelos pulidos de mármol, le cuesta creer que su hijo haya estado a punto de acabar como su amigo Ammar. Y, además, que eso sucediera durante su entierro.
Aquel día, como la inmensa mayoría de los hombres y niños del pueblo, Ameer velaba a su amigo cuando los teléfonos de los asistentes empezaron a sonar. De los terminales salían gritos pidiendo ayuda. Un grupo de colonos encapuchados estaban incendiando coches y casas con familias enteras dentro. Todos salieron en su auxilio y cuando llegaron se les habían unido docenas de soldados israelíes que, en lugar de reprimir a los asaltantes, los protegieron disparando contra los palestinos que intentaban apagar las llamas y rescatar a las mujeres y niños. Dos hombres murieron en el momento y una quincena de adultos y menores resultaron heridos. Entre ellos, Ameer.
Con el brazo en cabestrillo, el adolescente se esfuerza por mantener la entereza describiendo con claridad el momento de los disparos, el fuego clavado en el brazo, los gritos, los bisturíes, la vuelta a casa. Y lo consigue hasta que recuerda a su amigo asesinado.
Palestina está llena de generaciones de hombres que, siendo niños, se vieron obligados a sustituir las bromas, la bicicleta, el balón, el escondite, por interpretar a adultos impermeables al dolor. Uno de ellos es su padre. Como en un futuro lo será su hijo. El adulto dice que sabe que en cualquier momento pueden estar todos como en Gaza, viviendo en tiendas de campaña, muriéndose de hambre, muertos bajo los escombros. Ante la pregunta de si ha pensado en volver a irse de Palestina, no duda ni un segundo:
—¿A dónde vamos a ir? ¿A Europa? ¿Como los sirios? ¿A pasar miseria? ¿A mendigar? ¿A ser explotados y sentir que en cualquier momento nos pueden deportar? No quiero esa vida para mis hijos. Esta es nuestra tierra, esto es todo lo que hemos conseguido y aquí nos vamos a quedar.
Uno de los aspectos que más ha trabajado la doctora Jabr es el trauma histórico colonial que sufre el pueblo palestino y cómo se transmite a través de las generaciones.
—Los padres y madres traumatizados tienden a sobreproteger o a distanciarse de sus hijos. Aunque no hablen de lo que les sucedió, lo transmiten a través del tipo de apego, lo que modifica la expresión genética. El mismo niño cuyo abuelo fue expulsado de su aldea en 1948 y cuyo padre fue torturado ahora sufre acoso, opresión y humillación. Ha visto demolida la casa de su tío, asesinados compañeros de clase. Es decir, es muy difícil separar lo transgeneracional y la experiencia directa. El trauma colonial abarca todos los aspectos de la vida: el daño psicológico individual, social y político.
Como nos han confesado profesionales de varias organizaciones dedicadas a la salud mental de la infancia palestina, cuyos nombres omitimos por su temor a que una exposición pública acarree nuevas represalias por parte del Estado de Israel, resulta difícil darles razones para vivir cuando a ellos mismos les cuesta encontrarlas. Por eso, la doctora Jabr incide en que hay que partir de una base: “No hay que engañar a los niños, no les vamos a hablar de un futuro esperanzador”.
—La terapia tradicional presupone que las amenazas que han provocado el trauma han terminado, que ahora estamos a salvo y que hay un futuro esperanzador. Estas tres suposiciones no funcionan en Palestina. El trauma es repetitivo, nunca termina y trabajamos en condiciones donde no hay seguridad. A menudo, la terapia requiere mucha reestructuración cognitiva para corregir los sesgos. Pero la evaluación de la realidad de los niños en Palestina es muy precisa, saben lo que sucede y no hay nada que corregir. ¿Qué les decimos entonces? Que no están solos, los acompañamos. Se trata de centrarse en la capacidad de los niños para ayudarlos a encontrar un lenguaje con el que puedan expresar lo que les duele. Porque cuando empiezan a contar su historia, pasan de ser víctimas a testigos de su propia victimización. En este sentido, la pregunta incorrecta es qué te pasa. Lo terapéutico es preguntar cómo afrontas lo que te sucedió y cómo podemos ayudarte.
En los últimos tiempos, la idea de futuro les genera incomodidad, desconcierto o rechazo a muchos niños y niñas palestinos. Es más: a veces, como entrevistadora he sentido que ejercía violencia al preguntarles cómo les gustaría que fuesen sus vidas si nada les impidiese soñar con un horizonte deseable. Dejé de hacerlo después de que me diese cuenta de que los más pequeños se esfuerzan y hablan de estudios, de profesiones, incluso de las familias que les gustaría formar. Los preadolescentes y adolescentes, que conocen ya más facetas de la violencia, suelen chistear —ese gesto tan árabe que se podría traducir por un ¿qué me estás contando?—; otros responden con la socorrida fórmula de la pregunta retórica; otros, lo perciben como una mosca molesta a la que solo cabe apartar de un manotazo sin mayor explicación; y otros se lo toman como una ingenuidad propia de quienes venimos de lugares donde esa pregunta tiene algún sentido, donde los niños y niñas aún pueden jugar a construir castillos en el aire.
Esa última fue la reacción de Mohamed, un chico de 15 años cuya identidad verdadera prefiere preservar. Un jefe de las fuerzas especiales le repite, a menudo, a él y a sus padres las ganas que tiene de volver a encarcelarlo. Sería su cuarta vez. Mohamed tiene asumido que lo conseguirá más pronto que tarde.
—Una vez que entras en prisión ya sabes que nunca volverás a ser libre realmente. Se inventan todo tipo de excusas para detenerte una y otra vez. Como me ocurre a mí —dice, antes de preguntar con escepticismo si hacer la entrevista ayudará de alguna manera a los otros presos.
—Un día, los de la Cruz Roja vinieron a la cárcel. Nos dijeron que si hablábamos con ellos iban a mejorar las condiciones, que nos iban a traer cosas. Juro por Dios que no había pasado ni una hora desde que se habían ido cuando los soldados ya estaban golpeándonos sin parar.
Mohamed lo cuenta a borbotones, antes de que pueda responderle. Era otra pregunta retórica. Y aun así, a sabiendas de que compartir lo vivido no servirá para nada, lo cuenta, como lo cuenta la mayoría de los palestinos y palestinas, visita tras visita de periodistas, porque hay una necesidad humana de poner palabras a lo que no las tiene, a lo que nunca debería haber ocurrido, a lo que jamás debería quedar impune, a lo que nadie debería permitir que vuelva a ocurrir.
—Pegan a los presos continuamente y por todo. Una vez, uno que estaba enfermo se desmayó. Vinieron seis médicos. Lo rodearon y empezaron a darle patadas en la cara. Era compañero de celda. Se despertó por la paliza y le dijeron: “Listo, ya te hemos curado”. Juro por Dios que allí no hay medicinas, solo palos y escudos para pegarnos.
Hablamos con el chaval en el sótano de un local público. Queremos evitar que el Ejército israelí, o que alguno de sus informantes, sepan que lo hemos entrevistado. Tiene parte de la mano mutilada. Dice que la perdió por un balazo cuando tiraba piedras a las torretas del muro que divide Cisjordania de Jerusalén Este y del resto de la Palestina ocupada.
Antes del 7 de octubre de 2023, Israel encarcelaba una media de entre 500 y 700 niños al año. La mayoría, bajo la llamada detención administrativa, un eufemismo sin validez legal internacional que se traduce en la privación de libertad de manera arbitraria, sin garantías ni juicio. Una práctica ilegal denunciada durante décadas por organizaciones de derechos humanos palestinas, israelíes e internacionales. Antes y ahora, a los niños se les desnuda para registrarlos, no cuentan con traductores que les expliquen qué va a ser de ellos, sus abogados pueden tardar semanas o meses en ser designados, son encerrados con adultos, sin apenas comida ni posibilidades de mantener la higiene. Desde el comienzo del genocidio en Gaza, las detenciones de menores se han multiplicado, el hacinamiento se ha sistematizado, el aislamiento se ha normalizado, y el hambre, las violaciones y la falta de salubridad se emplean como tortura, tal y como ha documentado la oenegé israelí Physicians for Human Rights. Al menos un menor ha muerto en prisión desde 2023.
—Antes [del 7 de octubre] éramos seis como máximo en las celdas. Ahora somos once, dormimos en el suelo, pisándonos al caminar. No nos dan ropa para cambiarnos, así que nos duchamos y nos la tenemos que volver a poner. La suciedad atrae a los insectos. Sufrimos una especie de sarna —explica con ansiedad Mohamed.
Antes de comenzar la entrevista, coincidimos en el local con un treintañero que acaba de ser puesto en libertad. Tenemos una amiga común que nos acompaña. Le cuesta reconocerlo. Ha perdido más de 20 kilos. Como es habitual entre los palestinos, aligeran el peso de la desgracia bromeando. Él insiste en que ella ha tenido suerte de no habérselo encontrado el día que llegó con una barba de meses. A menudo, los carceleros no permiten afeitarse a los presos como otra forma de control, para agravar la degradación de su imagen y provocar un mayor impacto en sus familiares cuando son liberados.
—La comida está tan asquerosa que aunque te mueras de hambre, prefieres no comerla. Al mediodía, nos daban un vasito de café con arroz crudo y un trozo de pollo medio congelado y sangriento.
Mohamed relata cómo lo único comestible era el queso y la mermelada que les reparten por las mañanas. Los compañeros de celda los mezclaban con agua para que cundiera para todos con el pan duro y mohoso que les daban.
Durante el presidio, ni los adultos ni los menores tienen derecho a recibir visitas de sus familiares en prisión. A sus abogados, designados por Israel, a menudo solo los ven si se celebra el juicio, algo que a veces tarda meses o años y que muy a menudo nunca tiene lugar. Por ello, muchos palestinos interpretaron los ataques del 7 de octubre como una oportunidad para volver a ver a sus seres queridos, también secuestrados, en caso de producirse un eventual intercambio de presos. Pensaron incluso que por fin podrían recuperar los cadáveres de los familiares que Israel retiene durante años y décadas —incluso enterrados en fosas comunes— para usarlos en sus negociaciones a cambio de rehenes israelíes.
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—Uno de los trabajos que tenemos que hacer con los niños que han sido encarcelados es ayudarlos a que reconstruyan su confianza en la comunidad. Durante los interrogatorios, les dicen que les han denunciado sus amigos, sus primos, sus compañeros de clase —explica la doctora Jabr—. Pierden la confianza en la autoridad de sus padres, madres y de los otros adultos que no pudieron evitar su detención, como los maestros que vieron cómo se los llevaron de las escuelas. Les ayudamos a reintegrarse en la escuela porque si estuvieron mucho tiempo en prisión, tienen que repetir curso, y porque esa experiencia traumática interrumpe su capacidad de atención y concentración. También es habitual la “parentalización”: niños que tienen que asumir las responsabilidades de los adultos, ya sea porque han sido encarcelados, porque han sufrido amputaciones, porque no pueden ser funcionales por su sufrimiento o porque fueron asesinados.
Niños y niñas intentando consolar a sus padres y madres durante los entierros, transmitir tranquilidad durante los puestos de control, conteniendo el llanto durante los allanamientos de las casas… Escenas de inversión de roles que se han convertido a lo largo de las décadas en símbolos de Palestina.
Pero Ibrahim es demasiado pequeño aún para eso.
Cuando el perro se abalanzó sobre él y clavó la dentadura en su muslo, él aún dormía. Eran las seis y media de la mañana del 4 de febrero de 2024. Su madre se había levantado alertada por el ruido en las escaleras y sus hijas la siguieron pensando que ya era la hora de ir al colegio. Las fuerzas especiales, que cada dos por tres habían invadido el campo de personas refugiadas de Balata, en la ciudad de Nablús, abrieron la puerta de la vivienda, ordenaron entrar al perro y la cerraron. La madre tiraba del perro con toda su fuerza, pero no soltaba a su presa. Órdenes en hebreo salían del altavoz que este llevaba atado al collar. El niño seguía sin emitir ni un solo sonido. Finalmente, los soldados entraron y se llevaron al perro, al niño y a la madre.
—Alguien cogió a Ibrahim y cuando me lo devolvieron en una manta térmica pensaba que estaba muerto. No hablaba, estaba ido. [Los soldados] me gritaron que tenía que irme corriendo a la ambulancia, pero cuando empecé a correr hacia ella con mi otro hijo también al lado, comenzaron a dispararnos y tuvimos que volver al portal. Los mismos soldados que nos habían dicho que nos fuéramos nos gritaban que qué hacíamos de vuelta. Finalmente, nos dejaron llegar a la ambulancia.
Amani Hashash sostiene a su niño sobre las rodillas, lo envuelve entre sus brazos. Ibrahim responde a las preguntas con sonrisas y es su madre la que responde por él. Pesa y mide menos de lo que debería para su edad. Su madre dice que desde el ataque apenas come y que dejó de crecer.
—Cuando llegamos al hospital no querían dejarme ver sus heridas. Les ordené que me las enseñaran, que en mi vida ya lo había visto todo. Pero cuando las vi no podía dejar de gritar.
Sobre el pecho de Amani pende un medallón con el rostro de uno de sus hijos, muerto a manos de soldados israelíes. Tiene otro en prisión. Lo entregó ella misma a las fuerzas de ocupación.
—Le dije que no quería enterrar a otro hijo. Y que, si me quería, me iba a acompañar al puesto de control donde había quedado con el jefe del Ejército de la zona. Cuando llegamos y nos despedimos, sentí alivio porque pensé que al menos seguiría vivo.
Amani es un bloque de dolor tan prieto y aleado que podría sostener el peso del mundo. Quizá ya lo sostiene. Posiblemente el mundo se sostenga sobre las Amani del mundo.
Mientras, Ibrahim la escucha como si no lo hiciera.
—Ibrahim ya no quiere salir a la calle. Antes [del ataque] lo enviaba a hacer compras solo, jugaba con sus amigos. Ahora no puede separarse de mí. Oye cualquier ruido o un ladrido y se pone a temblar.
Como a Ibrahim, también le da miedo salir a la calle a Sidra, de ocho años, quien sintió el calor del puntero del láser del fusil en su cabeza justo antes de que un soldado israelí le disparase cuando jugaba con su prima en la puerta de su casa en la aldea de Anza, cerca de Jenin; y a Mohamed, un niño con discapacidad cognitiva al que los soldados esposaron con bridas y mantuvieron tirado en el suelo mientras lo vejaban y amenazaban cuando se dirigía al hospital de Jenin para visitar a su madre; o Ahmad, un niño de seis años de Gaza que acudió a Ramala junto a sus padres, días antes de que comenzase el genocidio de Gaza, para recibir un tratamiento para la distrofia muscular congénita de Ullrich que sufre y al que Israel no le permite volver junto a sus hermanos ni a estos trasladarse a Cisjordania. Niños, niñas y adolescentes a los que el Estado de Israel ha secuestrado con su amenaza constante de muerte; criaturas a los que el Gobierno y la mayoría de los medios de comunicación israelíes se empeñan en llamar ‘menores’ para arrebatarles cualquier rasgo de humanidad, para que nadie pueda sentir por ellos ningún tipo de empatía, para que quienes hacen posible tanta infamia olviden que están librando una guerra contra niños y niñas.
—Lo que estamos sufriendo los palestinos es mucha maldad y la mejor terapia para eso no son las intervenciones psicoterapéuticas más sofisticadas. La mejor terapia para la maldad es la bondad humana. Sabemos que los gobiernos extranjeros no nos consideran humanos. Por eso no nos aplican la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sabemos que el derecho internacional es una mentira. Pero si los palestinos no nos hemos radicalizado, si no nos hemos vuelto agresivos hacia el mundo, es porque vemos la diferencia entre los gobiernos y los movimientos populares. La solidaridad es terapéutica. Y el movimiento de solidaridad global con Palestina mantiene nuestra conexión con la humanidad.
***
Una columna de jeeps irrumpe en la cima del monte. Descienden soldados, hombres, mujeres, niños. Se dispersan como hormigas, inspeccionan el terreno, señalan hacia donde nos encontramos, se reúnen en torno a una bandera israelí, la más grande de la decena que ondean a lo largo del horizonte. Abajo, un grupo de niños y niñas juega a la sombra del único árbol que hay en varios cientos de metros alrededor. A su lado, sus padres, madres tíos, tías, primas. Son lo que quedan de la comunidad beduina Wadi al Qilt, al este de Jerusalén, en la Cisjordania ocupada. Estaba compuesta por 25 familias. Ahora apenas quedan tres o cuatro tras los continuos ataques de los colonos y del Ejército israelí. Según la oenegé especializada en el pueblo beduino Al-Baydar Center for Human Rights, desde octubre de 2023 las tropas israelíes y los colonos han expulsado de sus tierras a 72 de las 150 comunidades existentes. Las mismas que habían levantado en medio del desierto del Sinaí después de que las milicias sionistas les obligasen a huir de sus tierras en 1948. Allí tuvieron que reconstruir su forma de vida, tradicionalmente dedicada al pastoreo, al comercio y a la agricultura de subsistencia. Son la población más pobre entre los palestinos y la más asediada por los colonos.
—La última vez [que me atacaron], vinieron hacia mí, en la montaña, con palos, con M16 al hombro y con perros. Empezaron a golpearme mientras me gritaban: “¡Vete de aquí!”. Uno me miraba y se reía. Juro que me miraba y se reía. Nos gritaron que no saliéramos de la casa. Ya no salimos para nada.
Omar tiene quince años y no quiere ser fotografiado ni dar su nombre por miedo a nuevas represalias. Insiste en que son tantos los ataques, las vejaciones, las amenazas, que no sabe por dónde empezar, cómo organizar su discurso. Pero lo hace. De manera precisa y reveladora.
—No nos dejan en paz, vienen a diario a causarnos problemas. Una vez golpearon a mi primo, es algo normal para ellos. Otra, nos robaron los coches que teníamos. Otra, más de 200 ovejas. Vienen niños pequeños a nuestra comunidad a insultarnos. Si les decimos algo, vuelven con el Ejército. Tiran trozos de pan envenenado. ¿Y si lo coge un niño pequeño y se lo come?
A unas decenas de metros de la caseta metálica en la que vive, permanecen los restos de lo que fue su comunidad, sus casas, los establos. Todo ha vuelto a ser derruido por una excavadora. Durante los últimos quince años, el Gobierno israelí ha ordenado su demolición tantas veces como ellos la han reconstruido. Pero ya no tienen dinero ni energía para volver a hacerlo.
—Ayer mismo vino un jefe del Ejército a decirnos que tenemos prohibido volver, que si lo hacemos volvería por la noche con los colonos para quemarnos. Cuando huimos, las oenegés nos dicen que volvamos, la Autoridad Palestina nos dice que no podemos vivir allí, que tenemos que resistir aquí. Pero nosotros resistimos y vienen estos colonos y nos desplazan. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos vamos a vivir al espacio?
Alrededor hay colinas del desierto blanco y nadie que los proteja de los cada vez más recurrentes asaltos armados.
—No sabemos qué hacer. Son tantas las preocupaciones que hay cosas que se olvidan. Ellos vienen sin ningún motivo, nos atacan y nos dejan tirados en cualquier lado. ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho?
Cuando Omar dice “ellos” se refiere tanto a los colonos como a los soldados israelíes. A menudo actúan conjuntamente, cada vez cuesta más distinguirlos por su apariencia y por su modo de actuar y, además, cada vez hay más soldados colonos sembrando el caos en los territorios ocupados palestinos.
—¿Vida futura? No hay de eso para nosotros. Este es nuestro futuro. No lo hay.
Omar mira alrededor, responde incómodo, pero sin preguntas retóricas. Fue la última vez que pregunté a un niño o niña palestino por el futuro. Mientras el sol se ponía, la columna de jeeps de los colonos emprendía su camino de vuelta.
Este reportaje ha sido realizado en colaboración con la ONGD Mundubat y ha sido cofinanciado por la Unión Europea y por la ACCD‑Generalitat de Catalunya a través del programa Connect for Global Change de Lafede.cat. Sus contenidos son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la Unión Europea.
“Algunos lo llaman ‘orden liberal’, pero para mí lo de ‘liberal’ es una forma de suavizarlo, de hacerlo sonar mejor. Tiene buena prensa, pero en realidad era un orden hegemónico”.
Para Amitav Acharya no hay matices: el orden internacional que surgió tras la Segunda Guerra Mundial no fue lo que parecía. “Yo lo llamo hegemonía estadounidense, porque es un orden hegemónico”.
Profesor distinguido de Relaciones Internacionales en la American University (Washington D.C.) y titular de la Cátedra UNESCO de Retos Transnacionales y Gobernanza, Acharya es una de las voces más influyentes para entender el Sur Global. Su trabajo sobre seguridad en el Sudeste Asiático fue clave para la creación de la Comunidad Política y de Seguridad de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático). También escribe regularmente en medios como The New York Times y Financial Times, y ha formado parte del Centro de Asia de la Universidad de Harvard.
“El mundo que viene ahora será posthegemónico: ya no habrá una única potencia que marque las reglas. Y esto se explica, básicamente, por una razón: hoy hay muchas potencias”, dice Acharya en una zona de descanso del Hotel Catalonia Ramblas, en pleno centro de Barcelona.
Acharya ha participado en una nueva edición de las jornadas War and Peace in the 21st Century, organizadas por el Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB) y que este año se han centrado en la redefinición de Europa en un mundo de crecientes tensiones geopolíticas. Tras su intervención, Acharya se sienta con 5W para analizar un escenario marcado por guerras abiertas, un orden internacional en crisis y nuevas potencias disputando el tablero global.
¿Estamos avanzando hacia un sistema internacional más descentralizado, en el que distintos actores asumen roles de mediación según el contexto, frente al modelo de una única potencia dominante o de bloques fijos?
Eso es lo que yo llamo un mundo “multiplex” [término acuñado por Acharya que describe un mundo más complejo, entrelazado y regionalizado que en épocas anteriores]. Hay muchos actores, no uno solo. Y, más que un único mediador dominante, lo que necesitamos es una coalición amplia. No hablo de multipolaridad porque es un concepto que se centra en el poder material —económico, militar—, es limitado y bastante anticuado. Está muy ligado a una visión europea previa a la Segunda Guerra Mundial y solo tiene en cuenta a las grandes potencias. ¿Qué pasa con las potencias medias? ¿Canadá, Australia o la propia Indonesia?
“Las ideas más relevantes sobre el orden internacional no vienen de las grandes potencias”
De hecho, muchas de las ideas más relevantes sobre el orden internacional no vienen de las grandes potencias: el mantenimiento de la paz lo impulsó Canadá, el concepto de seguridad humana lo desarrollaron desde Pakistán y [también lo hicieron] figuras como Amartya Sen [Premio Nobel de Economía] en la India. La “responsabilidad de proteger” es otro ejemplo que surge en gran medida en África y luego fue adoptada por la Unión Africana y por Occidente. Lo que estamos viendo es una responsabilidad más difusa: el orden internacional ya no puede gestionarse solo desde una o dos potencias, sino que requiere muchos más actores. También actores no estatales, oenegés, redes de cooperación. Todos pueden operar dentro de una misma casa común, como en un cine multiplex: muchas salas, muchas historias, pero un mismo techo. Y así es como debería funcionar. Ese es el mundo que está emergiendo. Es algo sobre lo que he trabajado bastante y que desarrollo en mi libro The Once and Future World Order: Why Global Civilization Will Survive the Decline of the West [2025], con perspectiva histórica.
¿Y qué hacemos ahora?
El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, dijo recientemente que la era del predominio occidental ha terminado. Lo dijo en 2026. Yo lo dije en 2014. Al cuestionar ese mito —la idea de que la hegemonía estadounidense o el orden occidental siempre han sido beneficiosos—, yo ya defendía que hacía falta un nuevo marco. Además, ese orden ya se estaba erosionando, y lo hacía antes de Donald Trump. En todo caso, lo que hizo Trump fue empujarlo al límite.
“Antes de Trump, el ascenso de China y la India ya estaba cambiando el equilibrio de poder global”
Las señales de erosión del llamado orden liberal o rules-based order [es decir, un orden basado en las normas] ya estaban ahí desde el principio, porque el equilibrio de poder global ya estaba cambiando. El ascenso de China y de la India se produjo antes de que Trump llegara al poder. Y eso nos deja ante una realidad: ese único orden era, en parte, una ilusión. Es lo que el primer ministro canadiense, Mark Carney, ha llamado una especie de engaño, de ilusión colectiva. Y eso es exactamente lo que yo decía en 2014: que, en realidad, era una ilusión.Han tenido que pasar 12 años para que algunos líderes occidentales —los más lúcidos, como Stubb o Carney— lleguen a la misma conclusión que algunos llevábamos tiempo defendiendo, quizá como voces críticas o disidentes.
Dicho esto, la pregunta clave que me planteas es: ¿qué hacemos ahora? Desde luego, no se puede volver atrás. Pensar que esto es una fase pasajera, que todo se resolverá, que Donald Trump desaparecerá en un par de años y que volveremos a la normalidad, sería otra ilusión.
En este escenario, marcado por el aumento de las tensiones internacionales y la presión sobre Europa para elevar el gasto en defensa —una línea que España no ha seguido—, ¿qué lectura debe hacerse de la visita del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a China, donde instó a Pekín a asumir un papel más activo en la defensa del derecho internacional y el multilateralismo?
En primer lugar, me parece muy importante y alentador que el presidente del Gobierno de España alce la voz en defensa del derecho internacional y, al mismo tiempo, frente a lo que está haciendo Estados Unidos bajo la Administración de Trump. Está siendo valiente, claro y directo; probablemente, el líder más lúcido y articulado de Occidente en este momento. Además, Sánchez no solo habla: también actúa. Y eso implica, por ejemplo, rechazar las peticiones de Estados Unidos para utilizar el espacio aéreo español y las bases militares en apoyo de sus operaciones en el Golfo o en Irán. No solo está cuestionando la política unilateral y agresiva de Washington, sino que también está intentando tejer alianzas con distintos países. Y China es, por supuesto, uno de los más relevantes. Esta visita llega en un momento clave, con la guerra en el Golfo aún abierta, en medio de una frágil pausa. A diferencia de otros líderes europeos, que critican la deriva estadounidense —el rechazo al libre comercio, al multilateralismo y su política en el Golfo—, pero no pasan de ahí, Sánchez sí está tendiendo puentes con otras potencias, incluidas las emergentes. Es cierto que hay cierto acercamiento a la India —la Unión Europea ha firmado un acuerdo con ese país—, pero ningún otro líder occidental ha intentado aproximarse a China, debido a la desconfianza que persiste en Europa hacia Pekín, al que no se considera un socio ideal. Sin embargo, el enfoque español es más pragmático: no se trata de afinidades ideológicas, sino de intereses. Si Estados Unidos está contribuyendo a desestabilizar el orden internacional, necesitas el apoyo de todos. No puedes aceptar el de unos países y rechazar el de otros.
Gran parte del debate actual sobre el orden internacional gira en torno al ascenso de China: a sus capacidades y sus intenciones. Y puede entenderse esa alarma, ya que históricamente ha habido potencias emergentes que han revertido el orden mundial hegemónico. ¿Cómo interpreta esta preocupación y cuáles son, a su juicio, los principales desafíos del orden internacional en la actualidad?
Es una preocupación global. Y exige una coalición que apueste por el multilateralismo y el Estado de derecho. China, por supuesto, tiene sus propias limitaciones y hay inquietudes legítimas sobre su papel. Pero, al mismo tiempo, hoy China es mucho más defensora del derecho internacional y del multilateralismo que Estados Unidos. Así que, si quieres preservar el multilateralismo y defender el Estado de derecho, necesitas contar con China. No puedes prescindir de ella. Necesitas a la India, necesitas a África, necesitas a Australia y necesitas a Canadá.
¿Qué papel desempeña cada uno de ellos?
Creo que son muy importantes y, además, hay distintos tipos de actores. Por un lado, están las grandes potencias, como China. La India quizá no es tan grande, pero sigue siendo muy influyente en el Sur Global. Luego están las potencias medias: Canadá, Australia o Indonesia, que van a ganar mucho peso. También hay países como Sudáfrica, Brasil o México. Al final, lo que necesitas es una coalición más amplia, que no esté formada solo por grandes potencias o potencias medias. Y ahí entran países como Pakistán, que en determinados contextos y para funciones concretas pueden desempeñar un papel relevante.
Hablando de Pakistán y de su papel reciente como mediador en la guerra del Golfo, y tal y como apunta nuestro director Agus Morales en su análisis “¿Por qué Pakistán es un buen mediador entre Irán y EEUU?”, a menudo se presenta tanto a este país como a la India como actores estabilizadores. ¿Responde realmente su política a una lógica de neutralidad o a algo más amplio, condicionado por su posición en el orden global?
Yo no hablaría de “neutralidad” en el caso de la India o Pakistán. La India sigue más bien una lógica de “multialineamiento”: intenta llevarse bien con todos los que pueden apoyarla, dentro de un marco de cooperación e interdependencia. Para mí es un buen ejemplo. Tiene buenas relaciones con Estados Unidos, con la Unión Europea —con la cual ha firmado uno de sus mayores acuerdos comerciales—, con Rusia, y además está mejorando sus vínculos con China.
“El líder de Pakistán le cae bien a Trump. Y eso le abrió una vía directa para ejercer de mediador”
Pakistán es distinto. Es un actor más limitado y más oportunista. Aprovechó una coyuntura en la que podía ser aceptable tanto para Irán como para Estados Unidos. No porque tenga relaciones especialmente estrechas con ninguno de los dos, sino porque, en parte, su líder de facto [el jefe del Ejército, Asim Munir] le cae bien a Donald Trump. Y eso le abrió una vía directa para ejercer de mediador. Además, Pakistán no es aliado de Irán. Pero está cerca, es un país islámico y al menos consiguió que ambas potencias mantuvieran conversaciones directas. Ahora bien, no estar alineado con Irán tiene límites, y explica en parte por qué esa mediación no terminó de funcionar. Aun así, fue un movimiento oportuno. No quiero quitarle mérito: logró ofrecer un canal para que Estados Unidos e Irán hablaran directamente en un momento clave. Su papel ha sido muy simbólico, pero también muy importante. Pero no creo que ese sea el futuro. El futuro pasa por algo más amplio: por coaliciones. No un mediador puntual, sino una coalición de países que respalde este tipo de procesos. Y ahí pueden entrar muchos actores: China, por supuesto, pero también países europeos.
Todo lo que dice contrasta bastante con cómo suele describirse el orden posterior a 1945: a menudo presentado como un sistema compartido y estable, cuando en realidad parece haber sido mucho más disputado. ¿Cómo lo definiría?
Su pregunta parte de una idea clave: que el orden internacional posterior a 1945 no fue tan pacífico como se ha querido presentar. Y eso es precisamente lo que quiero subrayar. Hasta hace pocos años, muchos analistas y líderes occidentales consideraban que ese orden había sido exitoso, que había generado paz, estabilidad y prosperidad. Y en parte lo hizo. Pero también hay mucho mito ahí. Por ejemplo, no fue ni tan pacífico ni tan próspero para los países del Sur Global. Países como China o la India quedaron inicialmente fuera. Muchos países del Sur Global se sintieron marginados. Fue un orden que funcionó bien para Occidente: para Europa y para Estados Unidos. Europa, de hecho, vivió prácticamente sin conflictos hasta la guerra de Ucrania. Ahora estamos viendo cómo cada vez más países —también en Occidente— empiezan a reconocer que ese orden tenía límites. En cualquier caso, es un modelo que se está erosionando, que se está agotando. Y por eso necesitamos repensarlo: mirar atrás, pero sobre todo pensar en algo nuevo.
Tras 1945, convivían realidades muy distintas, como el bloque soviético o los procesos de descolonización en Asia y África. ¿Podemos entenderlas como órdenes alternativos? ¿Cómo encajan dentro de ese supuesto orden global homogéneo?
En primer lugar, si hablamos de la Unión Soviética, no era comparable a Estados Unidos en términos de poder económico. Quizá sí en el plano militar, pero no en el económico. Tampoco tenía una red de alianzas similar: la OTAN estaba mucho más cohesionada y tenía un mayor alcance. Además de estar respaldada por Estados Unidos, pero también por Reino Unido y Francia, ambas potencias nucleares. La Unión Soviética era más limitada en ese sentido. En cuanto al resto del mundo, si miramos los últimos 5.000 años de historia, vemos que rara vez ha existido una única potencia hegemónica global. Se podría mencionar a España como potencia global durante un breve periodo, luego al Reino Unido y más tarde a Estados Unidos. Pero, en un periodo tan largo, esos momentos han sido la excepción.
En realidad, el mundo siempre ha funcionado más como un sistema “multiplex”, con distintos centros de poder según las regiones: China en Asia Oriental, la India en el sur y sudeste asiático, Egipto, el Imperio otomano… y en América, los incas, que construyeron redes de infraestructuras incluso más extensas que la Ruta de la Seda. La civilización maya también desarrolló sistemas de gobierno y diplomacia comparables, en algunos aspectos, a las ciudades-estado griegas. Podríamos incluir también el Imperio mongol o la antigua Persia, ya que fueron órdenes importantes en su tiempo. Mi tesis es que el mundo siempre ha sido multiplex; lo que ocurre es que solo ahora empezamos a reconocerlo. Nuestra forma de entender el orden internacional ha estado muy marcada por narrativas occidentales que presentan el ascenso de Occidente como el único verdadero orden mundial.
Hablando de estos órdenes, los nuevos actores hegemónicos siguen confiando en instituciones como Naciones Unidas para gestionar conflictos y sostener el derecho internacional. ¿Hasta qué punto cree que el sistema de la ONU ha fallado en conflictos recientes como Gaza, Ucrania o Irán?
Es una muy buena pregunta, y es una realidad a la que tenemos que enfrentarnos. Es triste, es incómodo, pero ha pasado. La ONU siempre ha tenido limitaciones, pero creo que su mayor debilidad se ha hecho especialmente evidente en Gaza y, quizá, también en el actual conflicto con Irán. La ONU llevaba tiempo debilitándose, aunque hasta hace poco seguía desempeñando un papel importante, sobre todo en la mediación de conflictos. Sin embargo, en los últimos años —desde el inicio de la guerra en Gaza y la de Rusia y Ucrania— ha sido claramente ineficaz. Y conviene recordar que esto es algo relativamente reciente. Durante años, especialmente tras el final de la Guerra Fría, la ONU tuvo un papel muy relevante. Además, no hay que olvidar que es una estructura mucho más amplia que el Consejo de Seguridad. Incluye agencias humanitarias, organismos económicos como el FMI o el Banco Mundial, el Alto Comisionado para los Refugiados o el Programa de Desarrollo.
“En Gaza, la ONU apenas ha hecho nada más que proporcionar ayuda humanitaria”
Es decir, no todo el sistema está fallando. En algunos ámbitos, el multilateralismo sigue funcionando. Pero en cuestiones de paz, seguridad y mediación, la realidad es muy preocupante. En Gaza, la ONU apenas ha hecho nada más que proporcionar ayuda humanitaria; en Ucrania no ha habido mediación real; y en el caso de Irán, tampoco. En gran medida, esto se debe a que Estados Unidos no quiere que la ONU tenga un papel relevante. Sumado a que el actual secretario general está a punto de dejar el cargo y no ha logrado ejercer un liderazgo claro en este contexto. Ahora bien, eso no significa que debamos abandonar la ONU. Necesitamos un sistema multilateral, y la ONU es una parte fundamental de él, aunque no la única. También hacen falta otras formas de cooperación, a nivel regional e interregional. Y ese es el gran desafío ahora: cómo reconstruir ese entramado. Por ejemplo, la Unión Europea sigue siendo un actor clave para sus Estados miembros, a pesar de sus problemas.
¿Cuáles son los actores que deberían tomar más relevancia dentro de un sistema multilateral más amplio?
Puede ser un buen momento para que la Unión Europea se revitalice construyendo nuevas coaliciones. Esa es una vía clara. También está África, representada a través de la Unión Africana, cuyo problema no es tanto la falta de voluntad como la falta de recursos. Aun así, en los últimos 25 años ha llevado a cabo más de una docena de operaciones de paz —algunas exitosas, otras menos—.
Y más allá de África, dado su trabajo sobre regionalismo y el sudeste asiático, ¿pueden organizaciones como ASEAN desempeñar un papel similar en la estabilidad y la cooperación?
La ASEAN tiene menos recursos que la Unión Europea, pero no menos peso demográfico: supera los 500 millones de habitantes y su PIB conjunto ronda los tres billones, comparable al de India. Es, por tanto, un actor relevante. Y, pese a sus limitaciones, ha conseguido mantener la paz en su región. También está Mercosur, que es socio comercial de la Unión Europea. En definitiva, hay organizaciones regionales en distintas partes del mundo que, con todas sus limitaciones, desempeñan un papel importante en materia de paz, seguridad y cooperación económica.
Aunque estas organizaciones regionales pueden desempeñar un papel relevante, lo cierto es que persiste una aplicación selectiva de las normas internacionales por parte de los propios miembros de la ONU. Se hace evidente en casos como la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos o en las acusaciones de crímenes de guerra contra Israel y la orden de detención dictada por la Corte Penal Internacional contra Benjamín Netanyahu. ¿Puede este doble rasero terminar provocando un colapso del sistema de la ONU y también socavar el papel de los actores regionales?
En primer lugar, las organizaciones regionales no actúan de forma aislada: están conectadas entre sí. La Unión Europea, por ejemplo, mantiene vínculos con la India o con Mercosur. Esa cooperación interregional es clave. Pero esto no sustituye al multilateralismo. Ningún enfoque funciona por sí solo: lo que necesitas es una combinación de cooperación global, regional e interregional. Dicho esto, los casos que menciona —la captura de Maduro o los ataques israelíes en Oriente Próximo— evidencian límites claros. Reflejan fallos del sistema global de paz y seguridad. Ahora bien, no necesariamente marcan una tendencia permanente. Lo que estamos viendo es algo bastante específico, muy ligado a una forma de actuar que no habíamos visto en mucho tiempo, con un componente de agresividad geopolítica que recuerda a prácticas más antiguas, casi imperiales. Y aun así, hay límites. Estados Unidos no ha logrado imponer su voluntad en todos los casos: no ha podido replicar lo que hizo en Venezuela en Canadá o Groenlandia ni resolver conflictos como Ucrania o Corea del Norte. Su capacidad de dominio global no es absoluta.
¿Cree que la legitimidad del sistema internacional dependía antes más de las normas y acuerdos, y que hoy el poder está empezando a imponerse sobre la legalidad?
No, en realidad nunca fue así. Siempre ha habido poder detrás de las reglas. Estados Unidos ha seguido las normas hasta cierto punto, pero cuando entraban en conflicto con sus intereses, dejaba de hacerlo. Un ejemplo claro es el Derecho del Mar [conjunto de normas internacionales que regulan el uso, soberanía y recursos de los océanos, consolidado principalmente por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) de 1982]. Estados Unidos no lo ratificó, pero aplica parte de sus normas de manera informal. Con la Corte Penal Internacional ocurre algo parecido: se ha negado a someterse a sus reglas, mientras que la mayoría del mundo sí lo ha hecho.
“Las reglas siguen importando. Aunque no puedas frenar a una gran potencia, puedes señalar que ha violado las normas”
Entonces, ¿qué son las reglas? En teoría, sirven para construir un sistema multilateral más justo, con estándares comunes. Pero muchas de esas reglas no eran realmente equitativas: estaban diseñadas en beneficio de los países occidentales, y eso ahora se está cuestionando. Probablemente haya que replantear algunas de ellas. Pero la idea de un orden basado en reglas sigue siendo válida. La cuestión es de quién son esas reglas y cómo hacerlas más justas.
Hablando de coaliciones, pese a sus vínculos estratégicos con Irán, tanto China como Rusia han evitado hasta ahora implicarse militarmente de forma directa en las tensiones actuales en Oriente Medio. ¿Por qué cree que mantienen esa distancia y hasta qué punto les beneficia o les perjudica?
Aún no tenemos toda la información, pero una forma de verlo es que China y Rusia están optando por no intervenir. Ven a Estados Unidos como alguien que se está marcando un gol en propia puerta, desgastándose a sí mismo. Y eso les beneficia. En el caso de Rusia, porque Estados Unidos desvía su atención de Ucrania. Y en el de China, porque los recursos, la capacidad militar y el foco estadounidense se concentran en Oriente Medio y no en Asia Oriental. Es una lógica de “esperar y ver”: dejar que Estados Unidos haga el trabajo.
“China no va a quedarse de brazos cruzados indefinidamente: la mitad de su suministro de petróleo pasa por el Golfo”
Ahora bien, eso no excluye otra lectura. También pueden estar ayudando indirectamente. Rusia podría estar proporcionando inteligencia a Irán, y China está comprando petróleo iraní, lo que le da ingresos e incluso acceso a tecnología. Si Trump llega a bloquear el estrecho de Ormuz, eso podría cambiar. En cualquier caso, China no va a quedarse de brazos cruzados indefinidamente: la mitad de su suministro de petróleo pasa por el Golfo a través de ese estrecho.
En ese contexto, ¿cree que el enfoque tradicional de “poder blando” de la Unión Europea está cambiando? ¿Y cómo encaja en este posible cambio su relación con la OTAN?
Sí, está cambiando. Lo decía hace unos días en una conferencia sobre guerra y paz en la que estaba Josep Borrell [antiguo alto representante de la UE y actual presidente del CIDOB]. La Unión Europea está intentando jugar a dos bandas. Europa, en cierto modo, quiere tenerlo todo. Cuando quiere proyectar una imagen positiva, actúa desde la UE, con normas, cooperación y ayuda. Cuando actúa en clave más dura o intervencionista, lo hace a través de la OTAN. Y esto no es nuevo: desde el final de la Guerra Fría, muchas operaciones de la OTAN se han desarrollado fuera de Europa. La OTAN sigue siendo un instrumento central del poder militar occidental. Es el patrón que estamos viendo. Y no diría que es necesariamente negativo. Pero sí creo que Europa debería lograr más autonomía, tanto a nivel estatal como colectivo.
Algunos autores críticos, como Miguel Mellino, sostienen que aquello que a menudo se presenta como proyectos opuestos dentro de Europa —por un lado, la integración de mercado y, por otro, enfoques más nacionalistas centrados en la soberanía y el control de fronteras— son en realidad dos caras de una misma estructura, con raíces en el colonialismo y la exclusión. En ese sentido, apuntan que las políticas migratorias actuales, a veces descritas como el “ICE europeo”, no suponen una ruptura, sino una continuidad de esas lógicas. ¿Comparte esa idea o cree que se trata de un giro más reciente?
Hay parte de verdad en eso, pero no es del todo así. Lo que Europa hace dentro de sus propias fronteras no está ligado al colonialismo: es una relación nueva, basada en reglas y en cierto grado de igualdad entre Estados. Pero en su relación con el exterior —con el Sur Global— sí persisten elementos que remiten a ese pasado colonial. Es algo que explico en mi libro. El doble rasero europeo se remonta al ascenso de Occidente, tras la Paz de Westfalia en el siglo XVII. Dentro de Europa se establecieron principios como la soberanía y la no injerencia. Fuera, en cambio, predominaban el colonialismo y el imperialismo. De hecho, esa estabilidad interna permitió a Europa volcarse en la expansión colonial. Ese es el doble rasero: uno dentro de Europa y otro fuera. Hoy ya no vivimos en un mundo colonial, pero ese legado sigue presente en actitudes y políticas, por ejemplo en la ayuda exterior o en la gestión de los refugiados. Persiste una idea —aunque no siempre se diga explícitamente— de superioridad: de que Europa es más moral, más avanzada, más “civilizada” que el Sur Global, al que se percibe como caótico o atrasado. Un ejemplo claro es el trato diferente a los refugiados ucranianos frente a los africanos. Ese legado colonial sigue ahí, aunque debilitado, y es algo que debería superarse.
En su libro sostiene que la civilización global sobrevivirá al declive de Occidente. Así que, tal y como le plantea al lector, ¿sería realmente tan negativo el fin de la hegemonía estadounidense y occidental?
Hay dos ideas clave. La primera es que la civilización global no depende de Occidente. Occidente no inventó ni la civilización ni el orden internacional. Muchas ideas fundamentales —la soberanía estatal, la diplomacia, la interdependencia económica o los valores humanitarios— ya existían en distintas partes del mundo antes de su hegemonía. El orden mundial no es un monopolio: es una construcción compartida. Y eso significa que no desaparecerá con el declive de Occidente.
La segunda es que, en términos relativos, ese declive podría ser incluso positivo. Probablemente fui de los primeros académicos o analistas en sostener, ya en 2014, que el orden internacional liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial no había sido especialmente benigno para los países del Sur Global. Lo planteé mucho antes de la irrupción de Trump y de que algunos líderes occidentales empezaran a reconocerlo. En cierto modo, este orden fue una especie de continuidad del colonialismo en un formato distinto. Por eso considero que un cambio en el equilibrio de poder podría generar un terreno más equitativo. Eso no implica un mundo perfecto ni sin conflictos. El orden anterior tampoco lo era. Pero sí abre la posibilidad de un sistema más inclusivo y más justo, en el que también cuenten las ideas y las instituciones de sociedades no occidentales. Es una oportunidad para nuevas formas de cooperación y multilateralismo. No ocurrirá automáticamente, pero obliga a los líderes occidentales a abandonar la nostalgia y aceptar una convivencia más igualitaria con otras civilizaciones. En ese sentido, el declive de Occidente no tiene por qué ser negativo a largo plazo.
Es un clásico que países (supuestamente) neutrales auspicien procesos de paz. Hace tiempo que eso no funciona, así que tiene sentido apostar por otra cosa. En una época dominada por el interés nacional y geopolítico, parece sensato recurrir a estos parámetros para resolver los conflictos, una de las grandes asignaturas pendientes del siglo XXI.
Eso es Pakistán. No es un país neutral: es un país interesado en que acabe la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Por muchos motivos.
Vaya por delante el escepticismo que debe guiar cualquier tipo de discusión sobre un frágil alto el fuego de dos semanas que llega después de que Trump amenazara con “aniquilar una civilización entera”. Una tregua pactada contrarreloj, tras sucesivos ultimátums. Irán sabe que Estados Unidos —por no hablar de Israel— le puede traicionar en cualquier momento, como ha sucedido varias veces en el pasado: Washington y Tel Aviv lanzaron en junio de 2025 la llamada guerra de los 12 días en medio de negociaciones sobre el programa nuclear iraní. La misma carta estaba sobre la mesa cuando empezó la guerra actual. La historia contemporánea es la historia del fracaso de la paz. Pero si hay un resquicio de esperanza para intentarlo, el suelo pakistaní esconde algunos secretos para lograrlo.
Los comentarios cínicos arreciaron tras el anuncio en redes sociales por parte del primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, de la tregua, como también lo hicieron cuando semanas atrás empezó a emerger el papel de Pakistán como mediador. ¿Pakistán promoviendo la paz? Es cierto que el apoyo histórico de Pakistán a los talibanes, su papel de socio incómodo cuando no traidor y su condición de potencia nuclear le han dado muy mala prensa. Habría que preguntarse cuánto de este escepticismo es justo y cuánto bebe de los estereotipos. Nadie está libre de contradicciones y hemos visto sentarse en la mesa de negociaciones a los grandes villanos de nuestro tiempo. Es, casi por definición, lo que acaba pasando en los procesos de paz.
Pakistán quiere la paz porque también quiere un Irán estable. Tiene una frontera con Irán donde hay una insurgencia baluche que es una de sus amenazas existenciales. Pakistán acostumbra a acusar a la India de apoyar a esta insurgencia, que reprime con violencia y asiduidad. Cuando estuve de corresponsal en Pakistán, la provincia de Baluchistán era una zona casi más prohibida que el territorio controlado por los talibanes. Es un conflicto soterrado sin mucha atención internacional, pero que para Islamabad es esencial. Un desmembramiento del régimen iraní podría desencadenar inestabilidad en esta frontera, algo que Pakistán quiere evitar a toda costa.
Otra de las derivadas del conflicto que más preocupan a Islamabad son los ataques de Irán contra los países del Golfo. Estos ataques han puesto la economía occidental en jaque, pero están ahogando a Pakistán, que tiene una dependencia aún mayor de este bloque político suní. En estos países hay una significativa mano de obra pakistaní —y de otros países del Sur de Asia—, pero además Pakistán, en perpetua crisis financiera, depende de los suministros para mantener el pulso del país. Con algunos reinos, como Arabia Saudí, tiene una íntima relación basada en los lazos religiosos y geopolíticos: el integrismo suní es fuerte en ambos países y es famosa su colaboración, con el apoyo de Washington, para crear y fortalecer a los muyahidines que combatieron a la Unión Soviética durante la invasión de Afganistán durante la década de 1980.
La imagen de Pakistán en el mundo ha ido empeorando en los últimos años, y ahora le interesa presentarse como un baluarte de la paz. El Ejército domina su historia política desde la partición del subcontinente, plagada de golpes de Estado, y su reputación contrasta con la de su vecina y rival, la India, donde sobre el papel hay democracia (aunque esto cada vez importe menos en el juego geopolítico).
El apoyo intermitente y soterrado de Pakistán a los talibanes ilustra una especie de teoría del bumerán. ¿Por qué? Los talibanes pertenecen a la comunidad pastún, también presente en Pakistán —sobre todo en el noroeste—, y por eso Islamabad siempre ha estado interesado en que controlaran Kabul o al menos tuvieran influencia en Afganistán. Fruto de esta estrategia, vio cómo en 2007 se creaba un movimiento talibán pakistaní, el Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), que centró sus ataques en las fuerzas de seguridad pakistaníes y en la población civil. La vuelta de los talibanes al poder en Afganistán, en 2021, pareció inaugurar una nueva era en la región con la hegemonía pakistaní, pero también ahí todo se volvió en su contra: ambos países han tenido escaramuzas en la frontera y hubo un momento en que Pakistán incluso bombardeó varios puntos de Afganistán y declaró la “guerra abierta” contra su vecino, sin que fuera a más. Pakistán acusa a Afganistán de permitir los ataques de grupos talibanes en su territorio. Toda una paradoja en una región marcada por las paradojas.
Pero sería injusto que esta política errática empañara sus credenciales en este proceso de paz. En la mesa de negociaciones hay un país, Estados Unidos, que ha lanzado una campaña militar irresponsable, sin el apoyo de sus socios y con amenazas extremas que no ha llegado a cumplir. La represión de las manifestaciones contra el régimen fue la última muestra del autoritarismo de la República Islámica de Irán. Por no hablar de la guerra total de Israel en Oriente Medio, con su política de exterminio en Gaza y una ofensiva en Líbano que, como ya ha dejado claro, no va a abandonar pese a la recién anunciada tregua. Aquí nadie es un ejemplo de paz.
El comportamiento de Pakistán en el pasado no lo invalida para acoger estas conversaciones.
Pakistán no es amigo de Irán, ni de Estados Unidos ni de Israel. Pero tampoco enemigo. Y eso, en un tablero geopolítico cada vez más polarizado, es un capital diplomático inestimable. Veamos por qué.
Tras la invasión de Afganistán en 2001, George W. Bush encontró en el dictador pakistaní Pervez Musharraf su gran aliado en la guerra contra el terrorismo. Se inauguró la gran era de cooperación entre Islamabad y Washington, que se truncó a partir de la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca y de la constatación, cada vez más palmaria, de que Pakistán jugaba a dos bandas: el denominado “double game” (juego doble), que empezó como ventaja estratégica y acabó como condena. Pese a todo —y pese a la alianza estadounidense cada vez más firme con la India—, los lazos entre ambos países persisten. Se necesitan. Y esta es la última demostración de ello.
Con Irán también tiene una relación interesante. Pakistán es un país predominantemente suní pero tiene una minoría chií importante (entre el 10 y el 15%). Es decir: sobre el papel está más alineado con el bloque suní de Oriente Medio y Asia Central —o lo que en Pakistán se denomina Asia Occidental, porque todo es cuestión de perspectiva—, pero hay una conexión política y cultural con Irán. Nos podemos ir tan atrás en el tiempo como queramos para ilustrar la influencia persa en toda la región. En Pakistán soplan vientos del oeste, desde las tradiciones místicas hasta el uso del persa en los registros cultos y en las altas esferas. También hay relaciones económicas y proyectos ambiciosos como el cacareado gasoducto Irán-Pakistán-India (IPI), del que la India se acabó bajando.
Así que tanto Estados Unidos como Irán, aunque no se fíen del todo, pueden aceptar el rol de mediador de Pakistán. Es curioso: la falta de aliados sólidos, o más bien la dificultad de Pakistán para mejorar su prestigio diplomático, es justamente su principal baza para acoger estas conversaciones. Al margen de que se produzcan o no, al margen de que todo esto se vaya al garete —algo no descartable teniendo en cuenta quiénes son las partes en conflicto—, Pakistán se halla en un lugar único para conseguir una paz ansiada por casi todo el mundo.
En realidad, Pakistán sí que tiene un aliado sólido. Es solo uno, pero es importante: China. El motivo geoestratégico es obvio: la gran rivalidad asiática —al menos por tamaño— se da entre la India y China. Como Pakistán es el enemigo acérrimo de la India desde la partición del subcontinente, la colaboración entre Islamabad y Pekín se adivina como natural. Desde Occidente se ha abusado de la teoría de la India como contrapeso a China en Asia, pero sigue conteniendo sus dosis de verdad.
Pero vayamos a lo que nos interesa. Que las conversaciones tengan lugar en Pakistán, o simplemente que Pakistán actúe como mediador en la guerra de Irán, no quiere decir que China tendrá una silla en las reuniones, pero sí un oído puesto en lo que se diga. El acceso de la inteligencia china en Pakistán es absoluto. Esto no debe interpretarse como una entrada de Pekín en las negociaciones, pero sí que añade otra capa de complejidad —y también de validez— a este proceso.
Pero quizá, una vez más, hablar de paz sea demasiado ambicioso. Israel ya ha dejado claro que seguirá atacando Líbano, algo que confirma una de las sospechas que acompañaron los primeros días de guerra y que acompañará estas dos semanas de tregua. Una cosa es el acuerdo que le pueda convenir a Estados Unidos, sea respetado o no. Otra cosa es lo que le conviene a Israel, que se puede guardar la carta no solo de seguir atacando Líbano sino también, a medio plazo, a Irán. La guerra de los doce días cruzó una línea roja: la de atacar directamente a Irán. Esta nueva guerra no ha hecho más que ahondar en la herida. Por eso, pase lo que pase en Islamabad —si es que pasa algo—, la región parece una vez más condenada a sufrir una guerra intermitente, perpetua y con múltiples frentes que ningún mediador —tampoco Pakistán— puede cerrar.
Es una de las guerras más mediáticas de los últimos años. Pero ha cambiado en muy poco tiempo, sin que el mundo se dé cuenta.
Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, todos los focos alumbraron Kiev. La resistencia del Ejército ucraniano redujo las expectativas de Rusia —que inicialmente parecía soñar con tomar la capital en pocas semanas— y trasladó el conflicto al este. Cuatro años más tarde, la guerra ha entrado en una fase de desgaste y ha pasado de las trincheras a los drones.
Rusia controla el 20% del territorio, pero por el camino más de 1,2 millones de sus soldados han perdido la vida, según estimaciones. Por su parte, Ucrania —que cuenta con un despliegue de efectivos mucho menor— ha registrado la mitad de muertes. Más allá de las trincheras, la población civil sufre los efectos de una guerra que se disputa metro a metro. Más de 12,7 millones de personas en Ucrania necesitan asistencia humanitaria. Cerca de 4 millones han huido a otras zonas del país, y otros 5 millones han buscado refugio fuera de sus fronteras, principalmente en Europa.
El fin de la guerra sigue siendo un objetivo lejano para un país que lucha por sobrevivir, un invierno más, a la guerra energética de Putin. Los ataques sistemáticos contra infraestructuras críticas han dejado a miles de ciudadanos sin electricidad, calefacción ni agua caliente. A pesar de todo, “la gente sigue dispuesta a pelear hasta el final”, dice el fotoperiodista José Colón (Sevilla, 1975), que durante los últimos cuatro años ha recorrido el Donbás y otras partes del país fotografiando las consecuencias de la guerra.
Colón es un fotoperiodista que siempre ha tirado de creatividad para representar temas sociales, como los adolescentes de origen diverso que llegan a España o la situación del personal sanitario y de los pacientes del coronavirus durante la pandemia. Hasta el inicio de la invasión rusa de Ucrania vivía en Barcelona, donde hacía fotos pero trabajaba sobre todo como peluquero, un reflejo de la precariedad del sector comunicativo.
“La peluquería es mi oficio, pero mi pasión siempre ha sido el reporterismo. Un día decidí que debía saltar al vacío y probar. Busqué a alguien que me pagara el viaje y desde entonces estoy aquí”. Colón hizo coberturas, algunas de las cuales se publicaron en 5W, y se ha convertido en un fotógrafo imprescindible para entender la guerra de Ucrania. Su mirada está atravesada por las noticias de última hora (el conocido breaking news) que debe cubrir para ganarse la vida, pero siempre busca otros enfoques para explicar la guerra de formas menos convencionales.
No está siendo fácil para Colón contar lo que pasa en Ucrania. En febrero, dos bombas guiadas por láser impactaron a escasos metros de su casa en Kramatorsk —donde vivía desde 2024—, una de las pocas ciudades del Donbás que aún sigue bajo control ucraniano en la región de Donetsk. Ahora vive de forma itinerante entre esta zona y Dnipro, en el centro-este del país. Cuando hablamos con él se encuentra en Zaporiyia, algo más resguardada de los ataques rusos, aunque asegura que la ciudad es “una autopista de drones”. Su intención es seguir fotografiando la guerra hasta que no llegue una paz que permanece encallada en mesas de negociaciones infructuosas.
Siempre al pie del cañón, Colón ha recorrido el país de forma incansable, así que es un guía excelente para entender la guerra. Esta selección de imágenes, comentadas en primera persona por el fotoperiodista, ofrecen un repaso a una herida que sigue sangrando cuatro años después, desde las trincheras hasta la retaguardia.
Iryna Tsybukh, también conocida por su nombre de guerra, “Cheka”, murió en combate cerca del frente en la región de Járkiv el 29 de mayo de 2024, poco antes de cumplir 26 años. Al inicio de la invasión, Tsybukh se alistó como voluntaria en los Hospitallers, una organización paramédica que se dedica a estabilizar a los heridos en el frente y trasladarlos a hospitales situados en zonas seguras, normalmente en Dnipro. Tsybukh, que hasta la guerra trabajaba como periodista, transmitía sus intervenciones a través de las redes sociales, donde era muy popular. Cuatro días después de su muerte se celebró una ceremonia con todos los honores en la catedral de San Miguel, en Kiev. El evento se convirtió en poco menos que un funeral de Estado. Soldados, compañeros, familiares y cientos de civiles acudieron al entierro para darle el último pésame.
La aproximación a este tipo de imágenes siempre es dura. Recuerdo el silencio sepulcral, las miradas de los compañeros, el dolor de los familiares, las pinturas ortodoxas que gobiernan el espacio, la simbología de la bandera en el ataúd. Son momentos de máximo respeto. En otros casos menos mediáticos, los familiares piden que no haya cámaras cubriendo el entierro, pero en líneas generales, la sociedad ucraniana está abierta a la prensa. En muchas ocasiones lo ven como algo necesario, quieren que el mundo conozca su tragedia. Como fotoperiodista lo agradezco porque sientes que lo que estás haciendo sirve para algo.
Un soldado de la Brigada Bohun camina a pocos kilómetros del frente en Nevske, una pequeña aldea ahora llamada Balka Zhuravka, justo en la frontera entre Lugansk y Donetsk. Esta imagen la tomé el 11 de marzo de 2023. Era mi cumpleaños. Iba con el sargento Serhii Vengersky, más conocido por su nombre de guerra, “Zakhar”, a bordo de un blindado. Vengersky estaba al mando del batallón 508 de las fuerzas especiales. Durante el asalto ruso a la aldea de Ivanivka, en la región de Jersón, se las ingenió para evacuar a un grupo de heridos bajo fuego enemigo por un terreno plagado de minas y consiguió trasladarlos a una zona segura. Después de aquello le concedieron la medalla al valor y al cabo de un tiempo se retiró.
Aquel día recorrimos 40 kilómetros por las fronteras de Donetsk, Lugansk y Járkiv. Actualmente esta zona está ocupada por el Ejército ruso, pero en aquel momento era un área de combate activa. Acababa de llover, la primavera aún no había hecho acto de presencia, la nieve había desaparecido y la humedad había convertido toda esa tierra rica y fértil en un barrizal. A través del cristal del blindado vi a este soldado caminar cansado hacia su casa. Iba sin chaleco ni casco, con el lodo casi hasta las rodillas, y tras él había un escenario marcado por la destrucción. El trayecto terminó en un campo situado a 500 metros de donde estaban las tropas rusas. Vengersky quería enseñarme una bandera ucraniana que habían colocado para delimitar la frontera.
El 16 de marzo de 2025, tres soldados llegaron a uno de los llamados puntos de estabilización cerca del frente de batalla en Pokrovsk (Donetsk). Los puntos de estabilización suelen ser casas situadas en zonas ocultas y son el primer lugar al que se dirigen los heridos para recibir primeros auxilios. En el momento en que tomé esta fotografía, Pokrovsk estaba siendo sitiada por las fuerzas rusas, pero aún no había caído bajo su control total, como sí lo está hoy.
Las manos y brazos que aparecen en la imagen pertenecen a médicos de la 3ª Brigada Espartana de Asignación Operativa Petro Bolbochan. Son los que deciden entre la vida y la muerte. Todo transcurre en 10 minutos, a veces en menos tiempo incluso, dependiendo del tipo de herida. En este caso, a pesar de que las heridas no eran muy graves, los soldados llegaron desgañitándose de dolor. Un dron impactó de lleno contra su posición y los fragmentos del artefacto se incrustaron en la piel de los soldados. Esperaron más de dos días allí, con las heridas prácticamente abiertas, hasta que recibieron la aprobación para su evacuación.
Los drones han cambiado la guerra y la manera de ejercer el periodismo. Los bajos costes de producción en comparación con otras armas y la reducción de los riesgos humanos han supuesto una revolución estructural en la manera en que se desarrollan los conflictos. En los últimos años, el cielo del Donbás se ha convertido en una autopista de drones. El zumbido de sus rotores ha reemplazado al silbido de las balas o el estallido de las bombas. Como consecuencia, en Ucrania han desaparecido las fotos que asociamos tradicionalmente a la guerra. No hay acción. El campo de batalla se ha vaciado de soldados y ha sido reemplazado por un par de personas que los operan a distancia. Como fotoperiodista, no merece la pena el riesgo de cubrir el frente.
Miembros de la organización Eastern SOS evacúan a una anciana de su casa en la ciudad de Kostiantynivka, a 15 kilómetros de Kramatorsk, durante una operación humanitaria en mayo de 2025. La acompañan dos vecinas que han decidido permanecer en la ciudad a pesar de los continuos combates. En los territorios ocupados y las zonas en disputa, las personas mayores son quienes más sufren las consecuencias de la guerra. En 2025, cerca de la mitad de los civiles muertos en estas zonas eran personas de más de 60 años. Algunas apoyan abiertamente la invasión y deciden quedarse en sus hogares, pero muchas otras no pueden huir por razones personales, económicas o debido a problemas de salud que les impiden ser evacuadas. Otras prefieren morir en el lugar donde siempre han vivido.
Las que son evacuadas, como esta señora, son llevadas a centros situados en ciudades de la retaguardia, donde se les toma la documentación y esperan un par de días hasta que su caso es procesado. Dependiendo de su situación personal, finalmente son trasladados con familiares a otras zonas del país o se les ingresa en un centro para personas mayores.
Los drones Shahed, de fabricación iraní, se han convertido en un arma esencial del Ejército ruso. Moscú los produce en cadena y los utiliza en sus ataques contra la población civil. Esta fotografía la tomé en noviembre de 2025 en Kramatorsk. Dos trabajadores de la morgue recuperan el cuerpo de un hombre tras el impacto de varios drones en una zona residencial. Era de madrugada, las casas ardían, y oí que los bomberos trataban de localizar el cadáver entre los escombros. Junto a él estaba la familia, que me dio permiso para fotografiarlo. Momentos después, los auxiliares subieron el cuerpo a una camilla, lo metieron en la parte de atrás de una furgoneta y se fueron.
En el campo de batalla nadie habla. En julio de 2024 fotografié a este grupo de soldados de infantería dentro de una furgoneta. Se dirigían a una zona de descanso después de más de un mes de combates en Donetsk. Recuerdo un silencio absoluto, miradas perdidas y el humo de los cigarrillos para calmar la ansiedad. Solo el ruido de la artillería y el zumbido de los drones que sobrevolaban el convoy rompían el silencio.
El ánimo de los soldados cambia drásticamente cuando dejan el frente unos días para descansar. Entonces sonríen y hablan de sus padres, de sus parejas, de sus hijos, de sus amigos, del futuro, de las experiencias que han vivido, de la muerte. Tienen miedo, no saben lo que les va a ocurrir ni cuánto tiempo más durará la guerra. Pero todos hablan. Algunos empezaron a luchar en 2022, otros lo llevan haciendo desde 2014, cuando empezó la guerra del Donbás. Demasiado tiempo. Demasiadas víctimas.
Desde el inicio de la invasión, Rusia ha bombardeado sistemáticamente presas, plantas eléctricas, generadores y centrales nucleares para empujar a miles de personas al gélido invierno ucraniano, que en ocasiones llega a registrar temperaturas de -20º. Frío que penetra, frío que paraliza, frío que mata. Esta imagen la tomé precisamente en invierno. Dos hombres caminan entre los escombros de una nave destruida por un ataque con misiles en Kramatorsk.
Un médico militar atiende a un soldado herido en la espalda por la metralla de una mina en el frente de Járkiv, en agosto de 2024. La mayoría de heridas que tratan los médicos en puntos de estabilización como este son producidas por disparos o metralla, aunque cada vez hay más casos por ataques de drones, casi todos de drones tipo FPV (First Person View) o kamikazes.
Gallina, de 38 años, huyó de los combates en Donetsk en agosto de 2022 con sus cinco hijos durante 8 kilómetros bajo fuego cruzado. Cuando les tomé la foto vivían en una habitación individual con tres literas gracias al programa de acogida de la ONG ucraniana Hostina Khata en Odesa (sur). Al inicio de la ofensiva rusa, centenares de miles de personas huyeron de Ucrania. La mayoría lo hicieron a países vecinos como Polonia, donde los recibieron con los brazos abiertos. El conflicto puso de manifiesto la hipocresía de la solidaridad europea, que vale para unos pero no para otros.
Con la anunciada contraofensiva de 2024 muchos pensaron en regresar a Ucrania, aunque saben que es prácticamente imposible volver a sus hogares. Más de un millón de personas han vuelto del extranjero, pero gran parte de las casas están bajo dominio ruso y no confían en que las negociaciones de paz entre Ucrania, Rusia y Estados Unidos vayan a devolverles el terreno perdido. Aun así, mantienen la esperanza y sueñan con la idea de recuperar su vida de antes de la guerra. “Lo hemos perdido todo, incluso el cementerio donde descansaban los restos de mis padres ha desaparecido. Sabemos lo que nos espera cuando regresemos, pero solo pensamos en volver a nuestro pueblo y empezar de nuevo. En cuanto nuestro ejército libere la zona, volveremos”, dice Gallina.
El 2 de diciembre de 2025, un misil de corto alcance Iskander impactó de noche contra un edificio residencial en la ciudad de Kramatorsk. Acompañé a los bomberos en sus labores de rescate cuando de repente se iluminó el cielo. El Ejército ruso volvió a atacar con cuatro drones Shahed. Cayeron justo en el edificio de al lado. Durante unos momentos nos quedamos en shock. Salimos corriendo lejos del bloque y nos miramos por unos segundos sin saber qué decir.
Cuando entramos en el edificio, nos encontramos a esta mujer. Los bomberos la hallaron estirada en el sofá de su casa. Estaba muerta. Probablemente dormía cuando el techo se derrumbó sobre ella. Al cabo de un rato vinieron su hija y su nieta a confirmar la identidad de su madre y abuela, respectivamente. La nieta era una de las camareras de la cafetería que suelo frecuentar en Kramatorsk. Me reconoció. Pasará mucho tiempo hasta que olvide su mirada.
Combatir contra los drones no es sencillo. Son ágiles, maniobrables, pueden volar solos en operaciones de alta precisión o formar enjambres y derribar objetivos mayores. El Ejército ucraniano se defiende de ellos mediante redes donde quedan atrapados —aunque no son muy efectivas—, o mediante defensas antiaéreas, como se observa en esta fotografía tomada en abril de 2025. En ella, soldados de la unidad de defensa aérea de la 115ª Brigada de Ucrania disparan con una ametralladora pesada montada en una camioneta en la zona de Lyman (este del país). Ahora, Ucrania comienza a utilizar drones con Inteligencia Artificial.
Los drones son imprevisibles, actúan tanto de día como de noche. A veces lo hacen con tanta rapidez que es imposible percatarse de su presencia hasta que impactan. En noviembre de 2025 estaba cubriendo el ataque de un dron Shahed en Kramatorsk, donde hasta hace poco vivía. Estaba con un grupo de bomberos cuando recibimos el aviso de la llegada de más drones. Corrimos a resguardarnos en la bodega del civil que aparece en la fotografía, donde guardaba conservas y otros víveres.
En enero de 2025 tuve la oportunidad de acceder a una prisión ucraniana de la provincia de Sumy, al norte de Járkiv. Allí tuve la oportunidad de conocer a este grupo de prisioneros de guerra rusos. Hablé con ellos. Al igual que el resto de soldados, habían matado a muchas personas en el campo de batalla. Hasta el momento, Rusia y Ucrania han intercambiado a miles de soldados. A la espera de un nuevo cambio que les permita ser libres, estos soldados rusos decían que los ucranianos los trataban bien, incluso llegaron a asegurar que los trataban mejor que a los propios presos ucranianos. Por supuesto, no querían hablar mal de sus captores.
Esta es una de las imágenes más repetidas durante estos cuatro años de guerra. Bomberos y un equipo de rescate buscan víctimas entre los escombros de un edificio residencial de varios pisos destruido por un ataque de las tropas rusas con un misil S-300 en el centro de Zaporiyia, en octubre de 2022. La invasión rusa no hace distinción entre civiles y objetivos militares. Todo es susceptible de ser atacado: bases militares, edificios residenciales o infraestructuras energéticas. Seguramente, hasta que no se firme una paz duradera, esta fotografía se repetirá una y otra vez.
Cuatro años de guerra hacen mella. La pérdida de territorio, las muertes, los bombardeos constantes… Ucrania ha cambiado. Lejos queda la bravura con la que la sociedad ucraniana respondió durante los primeros compases de la guerra. El fulgor nacionalista sigue presente, pero no se expresa con la misma intensidad. Tomé esta fotografía el 15 de marzo de 2024 durante un entrenamiento militar cerca del frente en la provincia de Donetsk.
La estatua del escritor soviético Máximo Gorki en Chasiv Yar, en el sur de Kramatorsk, partida por la mitad en marzo de 2023. La guerra impregna todos los aspectos de la vida, también el arte y la cultura. Esta fotografía se aleja del tipo de imágenes que suelo hacer, pero representa bien las heridas que el conflicto sigue abriendo en el este de Ucrania.
Durante el último año he emprendido un proyecto fotográfico que intenta representar la guerra desde un marco más conceptual, que se aleje de las imágenes de última hora. Hago fotografías con una cámara estenopeica, el primer prototipo de cámara moderna. No tiene lentes y en mi caso solo tengo cuatro chasis, lo que permite ocho disparos. Es un proceso mucho más lento, pausado y manual, que a diferencia de la fotografía digital me obliga a pensar cada captura.
Dos prisioneros de guerra, a su llegada a Ucrania, son recibidos por familiares de otros presos que sostienen carteles con las fotos y nombres de sus seres queridos cautivos. La imagen tuvo lugar en el marco de los acuerdos de Estambul del 2 de junio de 2025 y formó parte de un nuevo intercambio equitativo de prisioneros entre Rusia y Ucrania. La operación incluyó el regreso de soldados rusos y ucranianos, muchos de los cuales habían permanecido cautivos desde 2022. A diferencia de los presos que aparecen en la fotografía, que mantienen un buen aspecto, la mayoría de prisioneros ucranianos que son liberados vuelven con claros síntomas de desnutrición y aseguran haber sido víctimas de abusosy torturas, tanto físicas como mentales.
Cuando las fuerzas ucranianas liberaron la ciudad de Izium durante la contraofensiva de Járkiv en septiembre de 2022, se descubrió en los bosques de alrededor esta fosa común, una de las mayores que se han encontrado. La fotografía es del 15 de febrero de 2023. Según las autoridades ucranianas, había al menos 447 cuerpos, la mayoría de militares. Una familia que vivía cerca de ese bosque a la que entrevisté hablaba de ruidos extraños. Aún recuerdo el olor. Aquel espacio quedó marcado para siempre por la muerte.
A medianoche, la nieve lo absorbe todo. Absorbe el ruido, los pasos, hasta las distancias: las casas destruidas, las calles vacías, el río y sus orillas se convierten en un solo espacio, una llanura sin contornos. Vera Ivanovna dice que su memoria se ha detenido ahí, en ese punto exacto, y que a partir de ahora el tiempo no transcurre en un pasado y un futuro ordenados. Solo está la oscuridad, los diez grados bajo cero y la sensación de que cada gesto puede tener consecuencias imprevisibles.
Hace tres días que Vera Ivanovna está sola en su casa de Kupiansk, en el este de Ucrania. El agua y la electricidad llegan de forma interrumpida. La estructura cruje cuando se produce un ataque tan cercano como para hacer temblar los muros. Su hija y sus nietos se han marchado; su casa fue destruida por misiles. Pero Vera permanece en la suya. En la guerra, las personas mayores suelen confiar hasta el último momento en que las cosas se calmarán y sus casas se salvarán de los ataques. Tampoco pueden hacer otra cosa. Quienes se quedan hasta el final lo hacen, casi siempre, por una mezcla de hábitos y testarudez. Llega un momento en que cada día se parece al anterior. “¿Ir adónde? Siempre he vivido aquí”, dicen todos. “Si tengo que morir, al menos que sea en mi casa”.
Cuando Vera comprende que ya no queda otra opción, intenta contactar con los grupos de voluntarios que desde el inicio de la guerra, en febrero de 2022, se acercan a los pueblos más cercanos al frente para evacuar a quienes quedan allí. Pero cuando los llama, le responden que ya no es posible ir hasta donde está ella: es demasiado peligroso. Casi todas las evacuaciones, a estas alturas, las hacen los soldados. Vera llama entonces a un número de emergencia; le responden las tropas más cercanas, que le dicen que espere a la noche, que recibirá instrucciones. Ni una palabra más.
La primera noche, Vera Ivanovna espera en vano. La segunda, lo oye por primera vez: es un ruido que se produce a intervalos regulares, cada media hora. No es un bombardeo, tampoco silencio. Es el zumbido de los drones, un zumbido que se cuela en las habitaciones y recuerda que el propio aire puede contener una amenaza. Sale de casa. El primer movimiento es automático, un reflejo: la mano al bolsillo para coger la linterna. El segundo, también automático, es detenerse.
—Apaga la linterna —dice una voz que llega desde arriba—. La luz te pone en peligro.
Sobre su cabeza hay un dron que no alcanza a ver, pero que se anuncia con un parpadeo rojo. En la nieve, frente a ella, hay un objeto que, por un momento, confunde con esos perros que arrastran restos de comida y de animales por las calles vacías. Luego comprende que eso que tiene delante ha venido a buscarla. Es un dron terrestre: un robot, una caja sobre unas ruedas de oruga. La voz que llega desde arriba le pide que se identifique con nombre y apellido, que vaya a buscar sus cosas, se suba al dron terrestre y siga las órdenes. Vera escucha, responde, mira al suelo y sigue las órdenes. Luego se sube a esa caja con ruedas, y viaja durante una hora y media en la oscuridad del frente norte hasta la localidad de Hrushivka, donde —una vez a salvo— puede dar las gracias al hombre y al robot.
Kupiansk es una ciudad en el noreste de Ucrania situada a unos 40 kilómetros de la frontera rusa, lo suficientemente cerca como para que allí la guerra forme parte de lo cotidiano, y lo suficientemente estratégica como para ser codiciada por su valor logístico. Antes de la invasión rusa a gran escala era una ciudad de provincias con algo menos de 30.000 habitantes. Su importancia no radica en su tamaño sino en su función: alberga un nudo ferroviario y de carreteras que salen en dirección a Izum y al Donbás, es decir, hacia los ejes del frente. Por eso, quien controle Kupiansk controla la posibilidad de enviar tropas, municiones y combustible a la línea de combate. Durante los primeros días después de la invasión, Kupiansk fue ocupada por las fuerzas rusas y en pocas horas pasó de enclave civil a retaguardia de convoyes y depósitos militares. Sus habitantes sufrieron la ocupación en forma de puestos de control, preguntas, interrogatorios, desapariciones. En otoño de 2022, durante la gran contraofensiva ucraniana, Kupiansk volvió a quedar en manos de las fuerzas de Kiev, pero desde entonces está expuesto a bombardeos, a una presión constante, a la sensación de estar siempre a punto de convertirse en un corredor para Rusia.
Cuando Vera dice que la Kupiansk de la que huyó es una ciudad “cerrada” no se refiere a ninguna prohibición, sino a la forma que ha adoptado la guerra. Dominar el cielo ya no significa solo controlar los misiles, sino tener la presencia permanente de ojos pequeños e incansables: drones que vigilan, que miden, que esperan. Y que transforman las ciudades en un espacio donde todo es visible. Aquí, moverse significa delatarse. Cada paso genera una huella, cada vehículo dibuja una línea que se puede leer desde arriba. El propio concepto de calle cambia: algunas permanecen transitables durante pocas horas, otras se convierten en zonas prohibidas por los drones; hay corredores que se abren y se cierran. Los movimientos más básicos —salir a buscar agua, atravesar un cruce, esperar un paso— se convierten en gestos que te dejan al descubierto, porque el cielo está habitado. Y cuando el cielo está habitado, la tierra deja de pertenecer a quien la pisa.
Esto hace de Kupiansk un laboratorio cruel: la ciudad obliga a llevar a la práctica lo que en otros lugares es todavía teoría. Si cada movimiento es una invitación a atacar, entonces salvar a alguien ya no es solo “ir a buscarlo”: es esperar el momento adecuado, encontrar la grieta de vigilancia, reducir la presencia humana. Por eso aquí se prueban robots terrestres y vehículos sin tripulación: no como herramienta de futuro, sino como única forma de presente posible. Las máquinas hacen lo que las personas ya no pueden hacer sin sufrir daños. En invierno esta lógica es más evidente, porque el propio terreno se convierte en un obstáculo. El barro se endurece como cemento, la nieve desdibuja cada contorno y al mismo tiempo los delata. El frío cambia los sonidos: el zumbido de los drones parece más cercano, el aire está tan quieto que cada ruido revela la dirección de la que viene. Las calles, de por sí peligrosas, se vuelven también frágiles: un bache helado, un puente roto, una placa que cede. Sin embargo, hay que seguir transportando bienes —agua, baterías, alimentos — y personas. Vera fue rescatada porque, en esa llanura helada, una máquina fue capaz de hacer algo que las personas no podían hacer sin poner vidas en riesgo. La travesía nocturna de Vera sobre una caja guiada a distancia representa la evolución de este conflicto bélico: una guerra que no se limita a matar, sino que redibuja las posibilidades.
Cuando este 24 de febrero se cumpla el cuarto aniversario de la invasión rusa a gran escala, muchos seguirán nombrando el frente de batalla como si fuera una línea de tinta, una frontera que separa la guerra de la vida. Pero en Ucrania esa línea se ha desmenuzado. Ya no es solamente una posición geográfica: es un campo de visibilidad. Hay lugares en los que la guerra sigue siendo reconocible —barro, hielo, trincheras, cuerpos bajo tierra— y otros en los que la guerra se decide de otra manera, en una pantalla, antes de golpear con precisión. En medio, la vida civil se adapta a reglas nuevas: moverse significa exponerse, y permanecer quieto significa aprender a desaparecer. En Pokrovsk, el año pasado, esta transformación tenía ya una forma precisa.
La cita es a última hora de la tarde en Dobropilia, en una base de la 68ª brigada de cazadores Oleksa Dovbuš. Julii, cuyo nombre de guerra es César, llega con dos compañeros —Vasil y Pavlo— y carga una camioneta con un Vampire: un dron —un hexacóptero— pensado para volar diez kilómetros desde el punto de despegue, transportar hasta veinte kilos de municiones y operar de noche gracias a ópticas térmicas.
Julii tenía 25 años cuando la guerra lo alcanzó. En abril de 2022 trabajaba como peón en Dnipro, se acababa de casar y esperaba un hijo. No llegó a alistarse como voluntario; no fue por falta de patriotismo, sino porque su vida —en aquel momento— todavía tenía un orden. Un día, en la obra, llegaron los reconocimientos médicos: a las nueve de la mañana la convocatoria, y a las cinco de la tarde el anuncio, en casa, de que tenía que prepararse para recibir entrenamiento militar. Después de varios meses en el frente norte, fue seleccionado para un curso sobre drones y enviado al Reino Unido durante ocho semanas. Lo cuenta como si aquello hubiera sido una estancia tardía en la universidad para alguien que, en su día, no había podido estudiar. De vuelta, se convirtió en responsable de la unidad de drones en Pokrovsk, uno de los puntos más duros del frente oriental.
Pavlo, el más anciano del grupo, aprieta un rosario y reza mientras conduce desde la base a la ciudad en medio de la oscuridad y a una velocidad constante. Es su manera de ocupar la espera, mientras afuera la calle pierde su naturaleza y se convierte en un lugar expuesto a los drones enemigos. A la entrada de Pokrovsk se extienden en el asfalto un puente destruido, esqueletos de coches calcinados, restos de drones y otros artefactos. La brigada ha establecido su base en un bloque de edificios prácticamente deshabitados. Los soldados descargan la camioneta en el sótano frío y húmedo: dos sofás, un escritorio, un aparato que expulsa aire caliente de manera intermitente. Julii conecta los cables de tres pantallas mientras Pavlo y Vasil ponen en el suelo un dron, baterías y municiones.
Pokrovsk es ya una ciudad vaciada. Después de la caída de Bakhmut y Avdiivka, la ofensiva rusa empujó hacia allí a un número imponente de fuerzas desde el lado oriental y meridional. El gobernador ordenó una evacuación “inevitable”: de los 60.000 habitantes de antes de la guerra, quedaron menos de 7.000. Los rusos quieren Pokrovsk porque es un nudo vial y ferroviario crucial, una de las últimas grandes ciudades de la región de Donetsk —junto a Sloviansk y Kramatorsk— no controladas por Moscú: útil para los ucranianos para reabastecer a sus tropas avanzadas bajo asedio, útil para los rusos para intentar completar la conquista de una región que, según Putin, ya está anexionada.
En ese sótano, la guerra se reducía a una nueva pregunta. De “¿la calle es transitable?” se pasó a “¿la calle está siendo observada?”. Los primeros vuelos del Vampire sirvieron para llevar alimentos a las primeras líneas del frente: pan, carne enlatada, agua. Hasta pocos meses antes se hacía por tierra, pero se volvió demasiado peligroso: había demasiados ojos, demasiados drones kamikaze listos para autodestruirse con tal de causar víctimas. Las operaciones logísticas ya eran objetivos de ataque.
A finales de 2023, con el Ejército en inferioridad numérica y con escasez de armas y municiones, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, anunció un objetivo en apariencia desproporcionado pero coherente con la nueva forma del conflicto: proporcionar al frente un millón de drones en pocos meses. Desde entonces, una ola de dispositivos de un solo uso y de inhibidores —sistemas para interrumpir los vuelos y cegar las señales— ha saturado el cielo y transformado la guerra.
Julii verifica en la pantalla el estado de las calles —otro vehículo debe alcanzar esta unidad con un segundo dron— cuando llegan las fuerzas rusas. Uno de sus drones golpea el costado de la camioneta. Pavlo y Vasil toman las armas y salen a pie a la oscuridad. Recorren medio kilómetro para dar la orden de evacuar a los soldados y llevarse el equipo. Alrededor, silbidos y disparos de artillería. Son las nuevas reglas de la guerra, que comienzan a convertirse en sistema: para salvar algo, antes hay que comprobar si uno puede permitirse ser visto mientras lo salva.
Vasil tiene 23 años y ha elegido como nombre de guerra “Estudiante”, porque ni siquiera él pudo estudiar todo lo que hubiera querido. Antes de la guerra trabajaba como alicatador; ahora sabe leer en las pantallas coordenadas del frente y orientar un dron. Enseña videos en su teléfono: es otra guerra, la de las imágenes. Los drones pueden grabar hasta el último suspiro de un soldado si el operador es lo suficientemente hábil como para guiarlos al interior de una trinchera. La imagen se convierte en prueba, archivo, trofeo, trauma. Y así, sin avisar, la guerra desplaza su secuencia: primero se mira, luego se toma una decisión, y solo después se dispara. Este sótano de Pokrovsk no es solo una base. Es un lenguaje nuevo, y su gramática pasa por entender que la guerra de los drones no es un episodio técnico dentro de una guerra más grande, sino la estructura que comienza a sostener todo lo demás. El cielo lleno de ojos ya no es una línea del frente: es el frente mismo.
En Pokrovsk, el año pasado, la guerra de los drones todavía tenía la forma de un sótano, tres pantallas, un hexacóptero cargado como una mula, una camioneta blindada. Parecía todavía un capítulo de la guerra, un departamento al lado de otros departamentos. Ahora ese capítulo se ha tragado el libro. En Shajtiorskoie, hoy, la transformación está en el paisaje, en la manera de leer el tiempo, en el léxico que se usa para describir una jornada de guerra.
A principios de 2026 el cielo sobre Shajtiorskoie es bajo, uniforme, sin luz. Aquí el pronóstico meteorológico no sirve para saber si lloverá; sirve para saber si se podrá volar, si el viento se convertirá en aliado o enemigo, si ensuciará las imágenes y afectará a la estabilidad de los pequeños aparatos. La tecnología ha hecho que la guerra dependa de aspectos primitivos: visibilidad, lluvia, temperatura, ráfagas. La meteorología es ahora estrategia, y el cielo, infraestructura. La base de la 59ª brigada en esa zona está escondida detrás de una colina desnuda y un edificio destruido. Dentro se oye el ruido de generadores y monitores. Hay mesas cubiertas de cables, visores, baterías, pantallas. Los operadores hablan poco y se mueven con una calma técnica, que no habla de la ausencia de miedo, sino de un miedo nuevo, casi como parte de un proceso. Delante de ellos se suceden imágenes en directo: campos congelados, casas destripadas, líneas de árboles quemados. En una pantalla, un punto negro se mueve entre los troncos; si es identificado como objetivo, dejará de moverse pocos segundos después. No tiene nada de cinematográfico: no existe el crescendo, no hay una escena principal. Lo que hay son turnos de trabajo, muerte a bajo coste en una guerra que se parece a una rutina administrativa. Vista desde las pantallas, la guerra ya no es la excepción en la que se mata, sino la continuidad con la que se observa. Cada despegue es una tarea y cada impacto, una estadística. La distancia —entre quien mira y quien es golpeado— es la clave del nuevo poder: se puede observar todo, decidir todo y permanecer intacto. La matanza se convierte en un procedimiento “limpio”, y la violencia en un gesto neutro, casi burocrático. Es el lenguaje de esta guerra de drones: un lenguaje sin carne, hecho de coordenadas y píxeles, en el que el cuerpo desaparece y queda la mirada.
Maksym Bogachuk, cuyo nombre de batalla es Cóndor, guía la unidad de drones de la brigada. Tiene poco más de 30 años y habla con mesura. Su jornada está hecha de pantallas, frecuencias, baterías, mapas y de algo despiadado y simple: impedir que los rusos lleguen lo suficientemente cerca como para obligar a la infantería ucraniana a descubrirse. Su guerra es una guerra de imágenes: ver primero, permanecer escondidos, atacar sin exponerse. Y en este conflicto, quien sostiene la mirada sostiene también el tiempo. Cuando comienza a explicar cómo se ha llegado hasta aquí, Maksym usa los porcentajes de una hoja de Excel. En 2022, dice, los drones eran pocos: dos o tres en toda la brigada, útiles para confirmar un movimiento, para mostrar un tramo del frente.
—Si en 2022-2023 el 80% del trabajo lo hacía la infantería, ahora el 80% lo hacen los drones.
No es tan importante la cifra como lo que describe: una guerra que ya no es solamente trincheras y minas, sino todo un ecosistema de frecuencias y perturbaciones, bloqueadores y antenas, señuelos y redes, jaulas metálicas soldadas en los vehículos blindados, siluetas imitadas con cartón y goma. Un terreno que ya no es solo tierra, sino que es también espectro electromagnético. Quien controla el espectro decide quién puede moverse y quién no.
Afuera, a pocos kilómetros, el frente se mueve empujado por pequeños grupos de asalto rusos que intentan infiltrarse y penetrar en las retaguardias, bloquear la logística, obligar a los ucranianos a descubrirse. Cóndor desgrana números, mes por mes: en noviembre 150, en diciembre más de 300. Son los soldados rusos que los drones de su unidad han matado. Dicho así parece un número abstracto, hasta que no se mira con atención la sala: cada número es un video, cada video un impacto, cada impacto un cuerpo que deja de moverse. La guerra, aquí, se convierte en archivo.
El desgaste de cuatro años de guerra ha hecho que cada avance sea demasiado costoso y cada medio demasiado visible. Los drones permiten algo que la guerra, cuando se atasca, reclama por encima de todo: recuperar el movimiento. Cuando el conflicto se reduce a impedir que el otro se mueva, la capacidad de ver es un acto de dominio. FPV significa visión en primera persona. Es un término técnico que describe con precisión el cambio más radical de la guerra. Esa “primera persona” ya no es alguien que se expone, sino una cámara. La muerte se transmite en un feed de video tembloroso, a menudo en blanco y negro, que se interrumpe durante un segundo antes del impacto. En esa interrupción hay una revolución moral: el adversario ya no es una silueta en la neblina, una sombra entre las ruinas. Es una figura que corre, tropieza, se detiene, se esconde. Y quien guía el dron lo ve, lo encuadra, lo sigue; a veces lo pierde por un instante y lo encuentra. La cámara del dron se vuelve una forma radical de testimonio y de poder: mirar hasta que el otro ya no está vivo.
Esta mirada no es humana —en el sentido que le damos cuando hablamos de guerra: vulnerable, atravesada por el miedo y por la posibilidad de equivocarse—. Es una mirada abstracta, dividida en múltiples puntos de observación que nunca coinciden con un rostro. No conoce el cansancio, no se distrae, no se conmueve. Mira sin encontrar, graba sin comprender. El adversario ya no es alguien a quien hacer frente, sino alguien que aparece en la imagen: se clasifica, se valida, se le mete en una secuencia de decisiones en la que no hay lugar para la duda. El odio —que requiere una relación, y la relación requiere un rostro— se vuelve superfluo. Lo único que queda es el procedimiento.
En el Donbás se muere a menudo sin ser visto por otro rostro humano y se mata sin ver de verdad, porque ver de verdad implica proximidad, cuerpo, riesgo.
Esta guerra se parece cada vez menos a un conflicto entre voluntades y cada vez más a una gestión técnica de la vida y de la muerte. Y cuando el cielo se convierte en un inventario, la pregunta ya no es dónde está el adversario, sino si en este instante alguien te está mirando.
Es un cambio que va más allá del frente: cambia también la percepción del propio conflicto. A principios de 2022, el relato de la guerra en Ucrania era terrestre: columnas, ciudades sitiadas, refugios, rostros en las estaciones. Se hablaba de polvo, muros, manos. Hoy, cada vez más imágenes llegan encerradas en una pantalla —una persecución, un punto que se convierte en objetivo y luego en impacto—. La misma mirada que mata es la que documenta. Y la paradoja es que parece que ver más permite saber más, pero cada vez se sabe menos de la parte humana de aquello que se ve: la distancia aumenta mientras la visión se vuelve más íntima. Por eso el sótano de Pokrovsk —con paquetes de pan transportados por aire y calles transformadas en trampas— parece hoy un anticipo de lo que está por venir.
Además de la forma de matar y de conquistar, la guerra de los drones cambia los tiempos: los necesarios para llegar hasta un cuerpo herido, trasladarlo y devolverlo a sus seres queridos. El cuidado y el luto también son reescritos por la mirada de los drones. Un cielo lleno de ojos hace que sea peligroso acercarse a un herido o recuperar un muerto, alarga la distancia entre el momento del impacto y el momento de la restitución. Si hay drones de vigilancia, la evacuación de los heridos ya no depende solamente del valor o de la rapidez. Los protocolos “normales” de una emergencia se rompen: lo que antes requería horas puede alargarse mucho más; y ese tiempo extra entra en el cuerpo como una amputación causada no por la explosión, sino por la duración de la espera.
Los cuerpos quedan aún más expuestos después del impacto. La persona herida no es solamente golpeada: queda retenida. El muerto no es solamente un cadáver: es inalcanzable. El gesto más antiguo —ir a buscar a alguien— se convierte en algo que se puede cobrar otras vidas. Es un coste que los ejércitos no pueden permitirse. No es algo teórico: hay una regla que se repite, en cada sector militar, con la misma frase: ”No se arriesgan cuatro vidas por un herido”.
Roman habla de esa regla desde el punto en que la guerra deja de ser paisaje y se convierte en cronómetro. Primero fue la explosión de una mina, luego un torniquete hemostático, varias bofetadas para permanecer despierto. Luego siete horas, quizás ocho, antes de terminar en una camioneta. Y después, otra vez: un dron que intercepta el vehículo de rescate, una carrera que se interrumpe, la sensación de cruzar dos veces el mismo umbral.
La parte más cruel no es la explosión —que decide todo en un instante—, sino la espera de después: el tiempo que se almacena dentro del cuerpo como otra herida más. La ciudad de Dnipro recibe lo que el frente deja: cuerpos heridos que deben ser reconstruidos. La guerra entra en el hospital como una rutina quirúrgica: injertos, revisiones, prótesis, fisioterapia, dolor fantasma, reeducación del gesto más pequeño —levantarse, sentarse, atravesar una habitación—. La mutilación en esta guerra rara vez es “limpia”. La palabra amputación hace pensar en un corte neto. Los drones disparan balas con fragmentación; la mina arranca los miembros; la artillería disgrega. Pero la guerra de los drones añade un segundo nivel, más sutil: retrasa el socorro, hace más difícil estabilizar con rapidez a la persona herida, obliga a los médicos a elegir con márgenes más estrechos. Una extremidad que quizá se hubiera salvado es hoy imposible de salvar porque el tiempo ha sido secuestrado por el cielo.
Artem recuerda el golpe como se recuerdan las cosas que pasan demasiado rápido como para ser comprendidas: un dron kamikaze, la pérdida inmediata de una parte del cuerpo, la sensación de no existir y luego la disciplina de resistir. Desde ese punto el cuerpo se convierte en proyecto: cicatrices, equilibrio, prótesis que no son objeto sino un aprendizaje cotidiano. Y luego está lo que no se ve: el miedo a la mirada de los otros, el rechazo a dejar mirar ese cuerpo sin piernas, una vulnerabilidad muy humana. Si la guerra de los drones es la guerra de la mirada, en los pasillos de Dnipro la mirada cambia de signo: deja de ser arma y vuelve a ser lo que puede herir de otro modo: ser vistos mientras se aprende de nuevo a estar de pie. La ciudad ha aprendido a sostener esta transición porque no tiene alternativas. Junto a los departamentos de cirugía y reanimación, los centros de rehabilitación crecen como cualquier infraestructura necesaria: fisioterapia, apoyo psicológico, alojamientos para los familiares, laboratorios para las prótesis. Fuera de los hospitales, también el Estado ha debido ampliar el perímetro de la supervivencia: asistencia, dispositivos y programas de rehabilitación para decenas de miles de personas.
Las minas y las esquirlas continuarán produciendo cuerpos amputados también cuando el ruido de los drones, un día, se reduzca.
La guerra de los drones acorta el tiempo entre avistamiento e impacto. Luego alarga todo lo demás —evacuación, estabilización, reconstrucción, identificación, sepultura—. Golpea rápido y se va despacio. Es en los cuerpos, más que en los mapas, donde esta lentitud se convierte en la medida verdadera de los cuatro años de guerra: no por lo que ha sucedido, sino por lo que sigue pasando después de la explosión.
Agentes enmascarados que arrastran a personas mayores fuera de sus casas; menores separados a la fuerza de sus padres; redadas en medio de agresiones y abusos, detenciones sin un criterio claro. Las operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el polémico ICE, están bajo los focos en Estados Unidos. El asesinato de Renee Nicole Good el pasado 7 de enero a manos de un agente de este cuerpo ha desatado una oleada de protestas, con epicentro en Mineápolis, contra las violentas redadas para detener y deportar a personas migrantes.
El ICE se ha convertido en símbolo del miedo con el que vive gran parte de la población migrante. Creado como parte de la Ley de Seguridad Nacional tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los agentes de este cuerpo tienen la potestad de detener a personas sospechosas de estar en Estados Unidos sin documentación legal. Sus violentas operaciones materializan en las calles la cruzada de Donald Trump contra la inmigración y su promesa de llevar a cabo deportaciones masivas.
Las redes sociales difunden estos días numerosas fotografías y vídeos que recogen la violenta actitud de agentes del ICE en sus operaciones en espacios públicos. Pero hay un lugar en el que las detenciones se llevan a cabo de forma tan silenciosa como sistemática. El edificio 26 Federal Plaza, en el distrito neoyorquino de Manhattan, alberga los tribunales de inmigración de la ciudad. Allí, los arrestos se practican cada día en escaleras, pasillos, ascensores… Jóvenes o mayores, personas solas o acompañadas, familias enteras vestidas con sus mejores ropas, sosteniendo carpetas con documentos con los que aspiran a obtener asilo o resolver su situación legal: todos se arriesgan a ser detenidos bajo criterios que son un misterio.
En medio del aumento de las redadas y detenciones, la fotoperiodista neoyorquina Madison Swart decidió documentar lo que ocurría en el interior de ese rascacielos de 41 plantas. “Muchos de mis vecinos y de las personas que viven en Nueva York son inmigrantes. Quería documentar lo que ocurría. Antes los agentes del ICE, de algún modo, intentaban evitar a la prensa y pasar desapercibidos. En el edificio del Federal Plaza tenemos la oportunidad de fotografiarlos —puesto que es un edificio público con ciertas salas destinadas a los tribunales—, así que sentí la responsabilidad de hacerlo”, explica Swart, que siguió lo que ocurría en este rincón de Manhattan entre mayo y octubre del año pasado.
Esta selección de imágenes, comentadas por la propia fotoperiodista, condensan aquello de lo que fue testigo durante ese tiempo: la desesperación, miedo e impotencia de las personas detenidas y sus familiares, la rabia y frustración de quienes luchan por cambiar esta situación, la actitud de los agentes con los arrestados y la prensa, y las protestas de la sociedad civil contra una ola de detenciones que parece no tener fin.
Esta fotografía muestra a dos agentes federales con el rostro cubierto mientras esperan fuera de una de las salas de audiencias. Hay dos equipos de agentes que rotan cada mes. Suelen venir desde diferentes estados. Para documentar lo que ocurre, los fotoperiodistas solemos buscar en los pasillos los lugares en los que se encuentran los agentes. Cuando están fuera de una sala esperamos junto a ellos, a veces durante horas, a que las personas salgan. Muchas veces las detenciones se producen entonces: los agentes tienen una lista de nombres que son sus ‘objetivos’. Si una persona está en esa lista, será detenida pase lo que pase dentro de la sala.
Tomé esta foto mientras varios agentes federales arrestaban a un grupo de representantes demócratas electos que había organizado una protesta en el décimo piso del Federal Plaza. Allí se encuentran las celdas donde el ICE encierra a las personas migrantes detenidas. Pero no dejan acceder a ningún representante político electo para valorar el estado de estas celdas [ha habido numerosas quejas sobre su insalubridad]. Por eso, un numeroso grupo de funcionarios decidió hacer una sentada de protesta y luego intentó entrar, y fueron arrestados. Mientras tanto, fuera del edificio otro grupo de manifestantes bloqueaba el lugar para intentar impedir la entrada de agentes.
En esta imagen vemos una protesta en Los Ángeles, California, contra las políticas migratorias de Trump. Los agentes habían disparado gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes, pero estos luego se volvían a reagrupar. Fue en junio de 2025, después de que se intensificaran las redadas del ICE en los Ángeles; ello provocó protestas masivas. Había muchos agentes antidisturbios, disparaban con gas pimienta. Detuvieron a muchas personas y hubo numerosos heridos. La gente recibía el impacto de balas de goma, había personas sangrando… Yo llevaba los distintivos de prensa y me identifiqué como periodista ante los agentes, pero también me dispararon.
Las cosas se han calmado un poco en Los Ángeles. Ahora, tras el asesinato de Nicole Good, el epicentro de la movilizaciones es Mineápolis. En Los Ángeles las protestas no son tan intensas como en verano, pero se siguen organizando.
Este es el vestíbulo del 26 Federal Plaza. Detrás de mí estaba el personal de seguridad que inspecciona a quienes entran en el edificio. A la izquierda está el registro del ICE: allí es donde las personas migrantes deben ir para saber en qué piso y sala se celebrará su audiencia. Por las mañanas se ven filas larguísimas de gente esperando para saber en qué sala deben comparecer. Son conscientes de que este lugar se ha convertido en una emboscada, pero pese a todo acuden: si no lo hacen serán perseguidos, los buscarán, irán a sus casas y los encontrarán. Incluso los abogados de inmigración saben que es un escenario en el que solo pueden perder, y ni siquiera pueden aconsejar a sus clientes qué hacer. No pueden decirles “no te presentes”, porque eso les dificultaría obtener la ciudadanía más adelante. Es un sistema construido contra las personas migrantes que intentan obtener la ciudadanía.
Este fue un momento hermoso y desgarrador. Esta familia acababa de salir del ascensor. Se detuvieron, se cogieron de las manos y rezaron juntos antes de entrar a la sala donde se celebraba la audiencia de su caso. No me acerqué demasiado porque no quise interferir. En esa ocasión, la familia salió sin ser detenida. Pero en estos pasillos se ven muchas separaciones familiares. Son desgarradoras.
La imagen de este agente me pareció interesante porque se puede leer la palabra “Nemesis” en sus gafas de sol; a la vez, en el cristal salen periodistas reflejados. Hay una tensión palpable entre la prensa y los agentes a diario.
El hombre de la imagen de la derecha hacía fila junto a un grupo de personas a la espera de que abriera la sala para su audiencia. En un momento de tranquilidad abrazó a su hijo. La emoción se dibujaba en su rostro. Muchas personas migrantes se quedan petrificadas de miedo al entrar en este edificio. Ahora mismo, en Estados Unidos hay mucha gente realmente asustada.
Aquí vemos a un grupo de manifestantes bloqueando la entrada del edificio en una protesta contra el ICE. Esta acción se produjo de forma simultánea a la detención de los representantes electos que muestra una de las fotos anteriores: se organizó una sentada ante la rampa que permite a los agentes del ICE y otros empleados acceder. Los participantes fueron arrestados.
Desde que Trump comenzó su campaña contra las personas migrantes, cada vez más gente se ha unido a las protestas contra el ICE. Empezaron en los Ángeles y otras ciudades se unieron en solidaridad. Por supuesto, el foco ahora mismo, tras el asesinato de Renee Nicole Good, es Mineápolis.
Saqué esta foto mientras detenían a una mujer frente a esta familia. La mujer había estado en la misma audiencia que ellos; estuvieron sentados juntos durante horas. Cuando estaban a punto de irse, agentes del ICE entraron para llevar a cabo el arresto mientras todo el mundo miraba, también estas niñas. Aquí vienen muchísimas familias con niños y niñas.
Un agente de la Oficina de Protección Fronteriza (CBP) espera fuera de una sala de audiencias. En este lugar CBP, ICE y el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) trabajan juntos, todos bajo el mismo paraguas. A veces es difícil diferenciarlos, porque todos realizan las mismas acciones de control migratorio.
En esta imagen vemos a Franyelis y sus hijos Emmanuel, de 3 años, y Yoneifer, de 8. Los agentes del ICE acababan de detener a su padre, Yonquenide, tras la audiencia de su caso. Con ellos está el padre Fabián Arias, que acude al edificio varias veces a la semana para ofrecer asistencia a las personas migrantes que lo necesiten.
Los periodistas presentimos que iban a separar a alguna familia durante esa audiencia porque había agentes del ICE esperando en el pasillo. Hubo un momento en que el padre salió de la sala con su hijo pequeño en brazos, dormido. Uno de los agentes del ICE se acercó a él y le dijo que lo iban a detener. Le pidió que dejara al pequeño con su esposa porque a él se lo iban a llevar. En los ojos del padre se vio conmoción y miedo. Intentaba averiguar qué hacer con su hijo de 3 años, dormido en sus brazos. Por un momento se quedó en shock. Al final volvió a entrar con el pequeño en la sala donde estaban su mujer, embarazada de varios meses, y su hijo mayor. No lo veíamos, pero se le oía llorar.
Unos diez minutos después los agentes entraron y le dijeron que tenía que irse con ellos. Se lo llevaron rápidamente por el pasillo, y justo detrás salieron su esposa y sus hijos. Ella agarraba al pequeño Emmanuel de la mano, al lado iba su hermano mayor, Yoneifer, vestido con su mejor trajecito. Se podía ver la devastación en su cara. El padre desapareció por la escalera. Se lo llevaron al décimo piso.
Cuatro días después de la detención de Yonquenide, su esposa Franyelis se reunió en la iglesia de Saint Peter con un abogado que ofrece asistencia gratuita a las personas migrantes. Quería saber qué hacer. Les acompañaba el padre Fabián, que hace un trabajo increíble; gracias a su labor con abogados y organizaciones, ha logrado la liberación de algunas personas detenidas. Se suele presentar un par de veces a la semana en el Federal Plaza y brinda apoyo tanto en los pasillos como fuera de ellos.
A Yonquenide lo llevaron a un centro de detención en Luisiana. Estuvo allí retenido durante meses. Te llevan a centros de detención lejos de tu familia y de tus abogados, y les impiden contactarte. Dicen que en estos centros las condiciones son realmente terribles. Te presionan todos los días para que firmes el documento de deportación. Finalmente Yonquenide lo firmó. Fue deportado a Venezuela [país con el que Estados Unidos mantiene un acuerdo de deportación, a pesar de las tensiones bilaterales], aunque él es colombiano.
Esta foto la tomé unos meses después del arresto de Yonquenide. Me reencontré con Franyelis en la iglesia del padre Fabián y luego la acompañé a hacerse una ecografía —ahora está en las últimas semanas de embarazo—. Pasé el día con ella y con los niños. Yonquenide era quien traía dinero a casa, y ahora es Franyelis la que debe encargarse de conseguir el sustento. Va de un refugio a otro. En la foto de la derecha se ve al pequeño Emmanuel mirando por la ventanilla de un autobús en Brooklyn.
Cada semana, un grupo de religiosos liderados por el padre Fabián se congrega ante el edificio del Federal Plaza. A los agentes del ICE no les gustan los manifestantes, pero en este caso no hay apenas interacción porque se reúnen fuera del rascacielos y simplemente dicen algunas palabras y rezan.
En esta fotografía vemos cómo Brad Lander, controller de Nueva York —el encargado de examinar las cuentas y gastos oficiales—, y Marcela Mitaynes, legisladora de la Asamblea del estado, son arrestados por agentes del ICE en la planta 10 del Federal Plaza, tras protestar para exigir acceso a las celdas donde se lleva a las personas migrantes detenidas. Fue la misma operación de la imagen que vemos más arriba. El arresto de estos políticos tuvo mucha repercusión.
Aquí un agente del ICE con el rostro cubierto trataba de impedir que fotografiara la escena del fondo: los agentes habían ordenado a un joven apoyar las manos contra la pared para cachearlo —pese a que para acceder al edificio ya hay que someterse a un registro exhaustivo—. En un momento, el agente incluso levantó las manos para tapar el objetivo de mi cámara. La tensión en el pasillo era palpable: los arrestos se llevan a cabo de forma rápida, en silencio, sin aviso.
La imagen de la derecha está tomada en octubre, es la última detención que documenté en el Federal Plaza. Fue particularmente inquietante: el juez había terminado de hacer varias audiencias online y decretó un receso. Las personas que estaban en la sala aprovecharon para ir al baño o a por agua antes de volver a la sala. Este hombre no tuvo ni siquiera oportunidad de participar en su audiencia: lo detuvieron durante esa pausa.
Tomé esta foto el pasado julio. Este hombre acababa de salir de su audiencia cuando varios agentes lo rodearon antes de que pudiera reaccionar. Publiqué la imagen en mis redes sociales y se volvió viral. Uno de sus hermanos la vio y me contactó, porque hacía días que no sabía nada de su hermano. También me contactaron varios de sus amigos, se enteraron de que lo habían detenido por la imagen. Luego supieron que lo habían trasladado al Centro Correccional de Richwood, en Luisiana.
Aquí vemos cómo un hombre rompe a llorar al entrar en el ascensor del Federal Plaza: el ICE acababa de detener a su mujer al término de su audiencia. Ambos salieron de la sala juntos. Cada uno llevaba bajo el brazo una carpeta con sus papeles. Los agentes se acercaron y los separaron en silencio: creo que ambos estaban en shock, no entendían bien lo que estaba pasando. Entonces los agentes se llevaron a la mujer por el pasillo diciendo que la iban a detener. Ella se dio la vuelta para mirar a su esposo. Dos agentes, con calma, le explicaron a él que la estaban deteniendo y se lo llevaron por otro lado.
Cuando se producen este tipo de detenciones, muchas de las personas entran en shock. Es evidente que no esperan que ocurra algo así. A menudo, cuando separan a una pareja, el que no es arrestado pide a los agentes que también se lo lleven, que lo arresten: simplemente, quieren estar juntos.
El Gobierno responde a las protestas contra las redadas con amplios despliegues de las fuerzas de seguridad. En las manifestaciones de Los Ángeles del pasado junio intervinieron incluso marines y otras unidades tácticas. En esta imagen están armados con fusiles y equipamiento antidisturbios en la entrada de un edificio federal, donde se habían congregado manifestantes con banderas y carteles contra la política migratoria de Trump.
Es muy difícil predecir cómo va a evolucionar la situación. Ahora el epicentro de las protestas está en Mineápolis, pero creo que la situación no va a cambiar. Trump ha prometido que seguirá llevando a cabo deportaciones masivas. El ICE quiere incorporar más agentes demasiado rápido, y muchos de ellos no reciben la formación adecuada. Pero la sociedad está respondiendo: hay grupos de voluntarios y personas comprometidas que vigilan y alertan sobre las actuaciones de los agentes.
El giro que dieron los acontecimientos luego de que en la madrugada del 3 de enero se anunciará la extracción de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores fue de 180 grados. Donald Trump le dio la bendición a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, convertida ya en presidenta de facto de Venezuela, para encabezar un periodo de transición cuyo objetivo no parece ser retomar la democracia sino consolidar una variación del madurismo sin Maduro.
Rodríguez declaró la noche del domingo 4 de enero estar dispuesta a trabajar con Estados Unidos: “Consideramos prioritario avanzar hacia un relacionamiento internacional equilibrado y respetuoso entre Estados Unidos y Venezuela, y entre Venezuela y los países de la región, basado en la igualdad soberana y la no injerencia”, dice un texto publicado en su cuenta de Instagram.
Ni los voceros de Estados Unidos ni los de Venezuela han usado la palabra democracia. Eso tiene un sentido. Según el Corolario Trump de la Doctrina Monroe —que propugna la hegemonía estadounidense en todo el continente americano—, la política exterior de Washington está orientada a garantizar sus propios intereses, no los valores de ese país. Por su parte, el modelo político y económico que siempre ha interesado al madurismo es el de China, principal destino de las ventas petroleras de Venezuela.
“En este momento Venezuela vive un proceso de gran incertidumbre. Una presidencia de facto de Delcy Rodríguez podría implicar un cambio de liderazgo a nivel ejecutivo sin el desmantelamiento de las estructuras de poder del madurismo. En pocas palabras, estaríamos ante un cambio de presidencia y no ante un cambio de régimen. De igual manera, es aún poco claro cuáles serían las relaciones entre un posible Gobierno de facto a cargo de Delcy Rodríguez y el Gobierno de Estados Unidos, y en qué situación quedarían los actores democráticos venezolanos. De Maduro, Rodríguez hereda su ilegitimidad”, afirma Carolina Jiménez, presidenta de la Oficina de Latinoamérica en Washington, WOLA.
A horas de haber ejecutado la acción militar contra el país —en donde fueron empleadas 150 aeronaves para disparar contra instalaciones estratégicas—, de la captura de Maduro y de su traslado hacia territorio de Estados Unidos, Trump reveló que la transición sería encabezada por Rodríguez, vicepresidenta del dictador desde 2017 y ministra de Petróleo desde 2024, y que ese cambio estaría bajo control de Estados Unidos.
Por un momento, mientras Trump respondía preguntas en la rueda de prensa que ofreció en su mansión de Mar-a-Lago el 3 de enero, recordé el célebre error de la edición Miss Universo 2015, cuando Steve Harvey anunció a Miss Colombia como la ganadora, en vez de la candidata de Filipinas.
Pero no, no era así. Trump repitió que se refería a Rodríguez y no a María Corina Machado, aunque por la descripción que hizo de las ganas de ella de trabajar con Estados Unidos parecía referirse a la Premio Nobel de la Paz, quien ha liderado la lucha por la democracia en Venezuela.
La afirmación del mandatario estadounidense confirmó la hipótesis de la continuidad del régimen, aunque con los cambios que también había ofrecido Maduro a Trump para el manejo de los intereses de la industria petrolera estadounidense. El domingo 4 de enero, el secretario de Estado, Marco Rubio, ratificaba que con Rodríguez se puede trabajar.
La propuesta de que Rodriguez asumiera la transición había sido presentada por mediadores cataríes en abril y septiembre pasados, según reveló el diario Miami Herald, el pasado 15 de octubre. Rodríguez fue ascendiendo poco a poco en el régimen desde la llegada a la presidencia de Maduro. Su ideología no se desvía del chavismo, pero Rodríguez sí que se ha dado a conocer por buscar inversiones extranjeras y la estabilización económica del país. En España protagonizó en 2020 el llamado “Delcygate” a raíz de su fugaz paso por Madrid pese a las sanciones de la Unión Europea contra ella por violación de derechos humanos.
El 3 de enero, Rodríguez se convirtió en presidenta interina de Venezuela por decisión del Tribunal Supremo de Justicia, el mismo órgano que determinó que Maduro ejerciera su tercer mandato luego del fraude electoral del 28 de julio de 2024. Con esta designación, se convirtió en la primera mujer presidenta de Venezuela.
La situación, sin embargo, no parece esclarecerse aún. Delcy y su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, tienen fama de negociadores, pero en el entorno venezolano no pasan por moderados. Al contrario, ambos tienen una sólida formación intelectual e ideológicamente son de izquierda radical. Una de las palabras preferidas de Delcy era el “hegemón” para referirse a Estados Unidos. Pero sí es cierto que, frente a las violaciones más graves de derechos humanos, los Rodríguez han intentado mediar, posiblemente marcados por su historia personal. En 1979, su padre, un guerrillero marxista fundador de La Liga Socialista, fue torturado hasta morir, luego de ser capturado por la policía y señalado por el secuestro de un ejecutivo de la empresa estadounidense Owens-Illinois. Sin embargo, nunca se han distanciado públicamente de la política represiva que dirigió Maduro con su ministro de Interior, Diosdado Cabello.
Construir un escenario para una transición hacia la democracia nunca ha sido un objetivo del régimen venezolano. Cuando ya era evidente la inviabilidad del Gobierno de Maduro, sus esfuerzos se orientaron a generar una negociación bilateral con los Estados Unidos. Eso dio como resultado, en julio de 2025, el intercambio de prisioneros estadounidenses por 232 migrantes venezolanos que habían sido enviados a El Salvador desde Estados Unidos.
La decisión de Trump de mantener la dictadura sin su líder, Maduro, busca garantizar la estabilidad, porque hay una estructura burocrática y sobre todo una arquitectura autocrática que ha sido levantada con el desmontaje de la democracia. Todo sostenido por las armas de la República. El mandatario estadounidense ha dicho que quiere acceso a los recursos petroleros de Venezuela. (Irónicamente, de eso acusaba la dictadura a Maria Corina Machado). En una entrevista concedida a la cadena de televisión NBC, Trump ha descartado además que haya elecciones en Venezuela a corto plazo y ha insistido en que Estados Unidos tutelará el país con una frase contundente: “Yo estoy al mando en Venezuela”.
¿Cómo se incentiva, en este escenario, la construcción de un modelo para transitar hacia una democracia?
Hay desconcierto en los factores políticos de la oposición, entre ellos Maria Corina Machado y el presidente electo Edmundo González Urrutia. Ella se halla en paradero desconocido en este momento, luego de viajar a Oslo ante la concesión del Premio Nobel de la Paz, y él está en el exilio, en España.
Sin embargo, González Urrutia emitió un mensaje que puede dar luces sobre una línea, aún endeble, de actuación: la normalización del país solo será posible cuando se libere a todos los venezolanos privados de libertad por razones políticas. Además, insistió en el respeto a los resultados de las elecciones del 28 de julio de 2024.
Aunque Machado y González Urrutia son considerados los líderes de la oposición democrática, no tienen aún el control institucional ni elementos armados que puedan presionar para su incorporación en la construcción de un modelo de transición democrática. Sin embargo, su ascendencia puede incidir en la propuesta de una ley de Amnistía. En el país hay más de 800 presos políticos, según reportes de organizaciones de derechos humanos.
“Hay que recordar que no hay transición democrática sin justicia. En un país sumido en una profunda crisis de derechos humanos como Venezuela, urge la construcción de un sistema de justicia transicional en el que las víctimas sean puestas en el centro y puedan acceder a la justicia, verdad y reparación que les ha sido negada todos estos años”, aporta Carolina Jimenez.
Delcy Rodriguez y la cúpula madurista nunca han dado muestras de ceder el poder, pero sí de sobrevivir para mantenerlo. Pensar que una dirigente tan ferviente como Rodríguez sea tutelada por el mismo país que ha criticado siempre con más dureza suena a ciencia ficción. Por si acaso, Trump ya la ha amenazado con correr un destino peor que el de Maduro si no cumple su parte del trato.
No deja de ser una situación extraña, pero en los últimos años se están dando procesos políticos en todo el mundo marcados por contradicciones. El poder en Siria, otro país que se situaba en el campo antimperialista durante el régimen de Bashar al Asad, cambió de manos tras su abrupta caída en diciembre de 2024. Son casos muy diferentes —en Siria hubo una guerra civil de más de 13 años y la oposición armada llegó a Damasco por las armas—, pero el nuevo presidente sirio es Ahmed al Shara, antiguo líder de la rama de Al Qaeda en Siria, que cambió el kaláshnikov por la corbata y que en este último año ha ido ganando, pese a su historial, cada vez más legitimidad y reconocimiento en las capitales occidentales. Toda una paradoja. Trump elogió a Al Shara y dijo de él que era “un tipo duro y atractivo”. No hay a la vista un proceso democrático genuino, pero en las relaciones diplomáticas de Siria, como en las del resto de países, se impone el realismo político.
Es difícil en este momento suponer cuál es el camino de Venezuela, donde, como hemos dicho, las cosas siempre pueden estar peor. En este momento hay un hilo del cual se puede jalar para diseñar una ruta hacia la democracia. Pero es un hilo muy fino.
Campos de personas desplazadas como palimpsestos, como pergaminos de tierra donde leer una guerra que dicen que ya se ha acabado, como heridas que el tiempo nuevo debe curar.
En las afueras de Raqqa, ciudad siria que durante la guerra llegó a ser la capital de facto de Estado Islámico, esos campos acogen, todavía hoy, a gente que ha huido de diferentes partes del país. En cada sector las comunidades vienen de un lugar diferente: Deir ez Zor, también conquistado en su momento por Estado Islámico; la más lejana Alepo, uno de los símbolos de la guerra y del enfrentamiento atroz entre el régimen de Bashar al Asad y los grupos opositores armados; Hama y Homs, lugares donde el levantamiento contra la dictadura se vivió al principio con ilusión y luego fueron arrasados por el régimen.
En este campamento cercano a Raqqa, que acoge a unas mil familias, viven Faraj al Abdulá, de 61 años, y su hijo Talal, de 37. Como casi todo el mundo aquí, son de la provincia de Alepo. Los niños corretean alrededor mientras ellos hablan sobre el pasado y el futuro. A sus espaldas, las tiendas de campaña contienen la ironía de tantas otras en el mundo: por definición, están pensadas para acoger a alguien de forma momentánea, pero con el tiempo se van llenando de señales de residencia a largo plazo.
—Pensamos que este era un sitio seguro. Vinimos a una zona segura —dice Faraj mientras se enciende un cigarrillo—. No nos han dado otra solución que no sea este campo. No pensamos volver, porque no tenemos ni casa en Alepo.
—Además, ahora somos muchos más —dice Talal, su hijo—. Antes éramos 11 y ahora somos más de 50.
Llegaron en agosto de 2017 después de que Estado Islámico los expulsara de Safira, una ciudad de la provincia de Alepo cercana a la capital. En ocho años no han parado de nacer hijos, hijas, nietos y nietas que se han ido instalando en nuevas tiendas.
—Estas dos tiendas son de mis hijos. Una de ellas es de Talal —dice Faraj mirando a su hijo, que confirma la información con un gesto.
Ninguna necesidad parece acuciante en el campo, porque la mayoría se han cronificado y la gente se ha acostumbrado. Entre las tiendas blancas y azules se esconden algunas motocicletas. Una letrina cubierta por una tela delgada. Placas solares. Ropa tendida que da algo de vida a la llanura. Neumáticos. Un andador de bebé destrozado. Basura. Fogatas. Un tractor en medio del campo.
—¿Os ha llegado ayuda humanitaria desde que cayó el régimen de Asad? —les pregunto.
—La, la, la, la, la.
No, no, no, no, no. Repiten ambos en árabe.
—Nada, que va. Ya no hay ayuda de Estados Unidos —completa el hijo.
—Desde que llegó Trump ya no hay ayuda —dice el padre desganado, y se enciende otro cigarrillo—. Queremos que el mundo nos ayude. No solo a este campo. A todo el país. Al pueblo sirio. Hay mucha pobreza. Queremos una solución. Queremos construir nuestra propia casa.
La guerra duele tanto que, cuando se acaba, quienes la han sufrido solo se atreven a quejarse con la boca pequeña. Parece que tengan miedo a que se rompa la paz si piden algo de ayuda. Se aferran a lo más urgente: que no caigan más bombas. Gobiernos y grupos armados de todo el mundo lo saben, y usan la seguridad para mantenerse en el poder, como pasó con la vuelta de los talibanes en Afganistán: el deseo de que la violencia se acabe es tan grande que otras cosas se obvian. Lo mismo pasa aquí.
—Mira los pies de los niños —dice el hijo, Talal; la mayoría están descalzos, los pocos con zapatos los tienen destrozados—. Yo tengo cinco hijas y dos hijos.
—Esperamos que la economía mejore ahora —dice su padre—. Y sobre todo que haya estabilidad en el país.
No quieren seguir aquí, pero la perspectiva de volver tampoco les apasiona. Porque temen ir a peor. Un hombre que se nos acerca da el contexto de por qué es así. Se llama Mohamed Tarif al Jassem y es el líder del campo. Con su turbante blanco de cuadros rojos, propio de los linajes de alto pedigrí, habla lento y derrocha ponderación.
—En estos campos hay problemas de nutrición. No hay servicios médicos, hay pocos depósitos de agua. Los niños no van a la escuela. Las organizaciones humanitarias no vienen mucho por aquí. La situación en Alepo aún es inestable. Las casas están destruidas. Aún hay miedo.
Tras la caída del régimen de Asad, era inevitable que el foco mediático iluminara la capital siria, Damasco. La imagen que se proyectó desde allí y desde las zonas con predominio suní era de victoria y libertad: la bandera rebelde —que pronto se haría oficial— ondeando, las masas en las calles y las mezquitas, el júbilo popular. El nuevo hombre fuerte de Siria, Ahmed al Shara —antiguo líder de la rama de Al Qaeda en Siria—, prometió una nueva Siria donde todas las comunidades fueran respetadas, pero desde el principio las minorías, con matices según su situación histórica y política, vieron con recelos la instauración de un nuevo régimen que presumían iba a discriminarlos.
El foco de la acción humanitaria también se trasladó a Damasco y a zonas antes controladas por la dictadura. El motivo es sencillo: el régimen de Asad restringía al máximo la entrada de ayuda. Así que muchas organizaciones que durante años habían intentado negociar sin éxito trabajar en las zonas gubernamentales se apresuraron ahora a desplegarse allí.
El tercio nororiental de Siria, que limita con Irak y Turquía, quedó al margen de esta atención e incluso de esta discusión pública, porque tiene otra realidad política y otra historia.
“Las necesidades están ahí porque el número de desplazados internos sigue siendo alto. Los servicios básicos aún no están en marcha en esta zona, e incluso los edificios aún deben ser reconstruidos”, dice Fatima Dreai, responsable de las operaciones de Médicos del Mundo en Hasaka y Raqqa, en el noreste de Siria.
En la llamada Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES), conocida popularmente como Rojava, el cambio de régimen se tomó con algo más de circunspección. Son zonas controladas por las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), unas milicias de mayoría kurda que han seguido teniendo choques con grupos de la antigua oposición armada alineados con Turquía, el gran valedor de Shara y del nuevo régimen sirio.
El mapa de la guerra que estalló en 2011 y se apagó —al menos sobre el papel— en 2024 es complejo. También lo es el mapa de grupos armados y alianzas. Durante los años de expansión de Estado Islámico, las milicias kurdas —apoyadas por Estados Unidos— fueron instrumentales en su combate y posterior derrota. Mosul (en la vecina Irak), Raqqa o Deir ez Zor pasaron de ser toponimia yihadista a ser territorio “liberado”, en jerga del bando vencedor. Tras la expulsión de Estado Islámico, la AANES se extendió no solo a ciudades de mayoría kurda, sino también a muchas árabes. La reconstrucción empezó débilmente y miles de personas desplazadas llegaron desde otros puntos del país.
Hasta finales de 2024, Asad controlaba las zonas gubernamentales, la oposición armada mandaba en otras —con capital de facto en Idlib— y las milicias kurdas, en discordia, administraban las suyas en una especie de Estado sin Estado. La entrada de la oposición armada en Damasco causó incertidumbre en el tercio nororiental de Siria. Incluso después del fin teórico de la guerra, hubo combates que desplazaron a miles de personas, la mayoría kurdas, desde la provincia de Alepo a la AANES.
Para ellas, la guerra no había acabado.
La guerra no ha acabado para toda la gente que se agolpa en esta escuela de Raqqa. Un clásico de las guerras, de los desplazamientos forzosos: las escuelas se convierten en refugios. En el generoso cemento del patio descansan unos depósitos granates de agua, hay tableros de baloncesto desvencijados, algunos coches aparcados y una pila de pupitres y sillas: han vaciado las aulas para dejar espacio a las personas que buscan refugio. Aquí hay 31 familias que comparten una historia común: proceden de Afrín, un enclave kurdo en la provincia de Alepo, se vieron desplazadas en 2018 a la vecina Shahba, y de ahí las expulsaron de nuevo hace unos meses, tras la caída del régimen.
La guerra siria, las guerras del mundo: el desplazamiento tras el desplazamiento.
En las ventanas del edificio, de tres plantas, se asoman con gesto nostálgico niños, niñas, mujeres y hombres pensando en Afrín. La fachada ocre da un tono más deprimente a la escena.
La líder de esta comunidad desplazada tiene solo 20 años y se llama Nevin Haj Hussein. Llegó a este refugio —como todos los demás— tras huir de los combates que se desataron en la provincia de Alepo justo después de la caída del régimen.
—Estamos sufriendo. El trato que se nos da no es digno. Estamos cansadas y esperamos volver pronto a casa. Recibimos algo de ayuda, pero no la suficiente. Falta ayuda humanitaria —denuncia Nevin, sentada en un pupitre diminuto entre paredes con estampados de flores y mariposas.
Para demostrarlo, Nevin se levanta y nos muestra el resto de la escuela. La vehemencia de la gente que se nos acerca contrasta con la calma que hemos visto en el campo de personas desplazadas en las afueras de Raqqa que llegaron hace ya unos años.
—Queremos volver a Afrín. A nuestra casa, a nuestra tierra —dice ante el aula de octavo Maryam Hannan Jafer, de 44 años, que luce un pañuelo negro con flores—. Nos fuimos sin coger nada, solo llevábamos esta ropa, nos dijeron que en 30 minutos nos teníamos que ir.
Es verdad: hay 31 familias en esta escuela, pero se ven muy pocas maletas. Se fueron con lo puesto.
—Si hicieras un referéndum aquí, todo el mundo votaría por volver a Afrín. Sin excepción —dice Maryam.
Deseosa de compartir más detalles, se suma a la conversación Amina Mohamed Banplus —de 60 años, con blusa de lunares, dicharachera, con los dientes incisivos arrancados—, que amplía la afirmación de su compañera.
—Es nuestra tierra. Es importante nuestra historia, nuestra cultura. Somos kurdas, kurdas, kurdas. El pueblo kurdo debe lograr la libertad.
—Me gustaría que el presidente [Shara] sepa que debe comportarse con justicia —sigue Maryam—. Debe saber que somos kurdas y tenemos derechos.
—Queremos que la gente en Occidente nos dé apoyo para conseguir la libertad y recuperar nuestros derechos. Nos han expulsado y nos han tratado mal, queremos nuestra libertad —dice Amina—. Queremos oler el polvo de nuestra tierra.
La conversación retumba en el pasillo, poblado de cajas de cartón con basura. Las paredes están pintadas de rosa y azul pastel de la mitad hacia abajo. En una de ellas se ve el dibujo de un niño jugando a fútbol.
—¿Qué hicimos? —se pregunta Amina—. El mundo no nos mira. ¿Cuáles son nuestros pecados?
También es verdad: en este nuevo giro de la historia, la comunidad kurda, bisagra en Oriente Medio y tantas veces aliada de Occidente, ve cómo apoyos tradicionales como el de Estados Unidos se tambalean.
—Agradecemos la ayuda de todos los países europeos —interviene Nihad Aleko, de 56 años, junto a Nevin el otro coordinador del refugio, como quien pide ayuda dando las gracias por anticipado—. Viví en Europa durante quince años y volví a Siria en 2011.
Ese fue justo el año en que empezaron las protestas contra el régimen que desembocaron en una guerra civil. Con su bigote kurdo —casi un cliché—, su rosario en mano y unas sandalias preciosas, Nihad no tarda en derramar lágrimas.
—Lloro porque cuando dejamos atrás Shahba vi muertos y asesinatos. Mi yerno está desaparecido, vi cómo lo capturaban, no tenemos noticias de él. Aquí estoy con mi hija y más familiares, somos nueve.
Dice Nihad que él también quiere volver a Afrín. Pero se le ve absorto en la situación política actual, en concreto en el acuerdo entre el Gobierno central y las autoridades del noreste sirio.
—Esperamos coexistir en Siria. Todos. Árabes y kurdos. Esperamos que las cosas que pasaron queden atrás y abramos una nueva página para vivir juntos como buenos vecinos.
Un niño grita en el pasillo. El eco conquista las plantas de la escuela, solo amortiguado por algunas alfombras y maletas. Una niña con chupete amarillo se acerca a las escaleras. Llora, como Nihad, pero nadie le hace caso.
“La educación es mi derecho”, dice una pintada en las paredes de la escuela.
Lo que Nihad tiene en la cabeza preocupa también a toda la población en el noreste sirio. En marzo llegó una de las noticias más importantes de la posguerra: las autoridades en la AANES firmaron un acuerdo con el Gobierno de Shara para ir devolviendo poco a poco la soberanía de su territorio. El acuerdo incluía la reintegración de las fuerzas kurdas en el Ejército central y el retorno de las personas desplazadas, con otros asuntos clave en el aire como las reservas petrolíferas.
Pese a las suspicacias iniciales, la AANES mostró así su voluntad de participar en la nueva Siria, quizá consciente de que el nuevo régimen había llegado para quedarse. El Gobierno de Shara, que durante los últimos meses ha ido ganando reconocimiento occidental, ponía así una piedra fundamental en la construcción de una estructura política que nunca se presentó como federal pero que sí quería intentar (re)unir todas las sensibilidades. El acuerdo sigue vivo, aunque no ha avanzado a la velocidad esperada: hay incertidumbre sobre su aplicación práctica y se han producido algunos combates.
El problema es que el nuevo régimen tiene otras grietas en su edificio más allá del noreste sirio. En marzo hubo centenares de muertos en las provincias occidentales de Latakia y Tartús, feudos tradicionales de la minoría alauí, la del exdictador Asad. El papel de fuerzas suníes radicales —los sectores más afines al Gobierno aseguran que la violencia es más bien achacable a estos grupos descontrolados, y no al Ejército sirio— también fue nefasto en los ataques contra la minoría drusa, una crisis que ha acabado siendo la más importante en esta nueva etapa política. Esta comunidad, que también tiene presencia en otros países de Oriente Medio, cuenta con sus propias facciones armadas. Israel ha atacado varios puntos de Siria —incluso las inmediaciones del Palacio Presidencial— para supuestamente defender a la minoría drusa, aunque a nadie se le escapa que Tel Aviv siempre ha querido desestabilizar al régimen sirio, antes y después de Asad, para que se mantenga débil.
Lo que a nivel sirio se interpreta como un nuevo capítulo de la historia para construir una todavía frágil identidad nacional, en AANES se vive como un nuevo escenario adverso ante el cual hay que reposicionarse. Todo ello coincide con un movimiento histórico en su órbita cercana: el grupo armado del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) ha negociado con Turquía un proceso de desarme. Este proceso reverbera en el Kurdistán iraquí y sirio, donde hay unas dinámicas diferentes pero una cultura social y política paralela.
La comunidad kurda sigue siendo una de las más importantes del mundo sin Estado: unos 40 millones de personas divididas entre Turquía, Irán, Irak y Siria. Su aspiración independentista se ha ido apagando con los últimos eventos geopolíticos, pero su identidad sigue más viva que nunca. Bisagra histórica de los intereses occidentales en la región, sus estructuras políticas igualitarias e incluso su apuesta por proyectos de inspiración socialista siguen marcando la diferencia respecto a sus vecinos.
En la AANES, la gente ha sufrido mucho durante la guerra siria, se ve desamparada, y ahora no sabe adónde va el país. Eso se puede palpar en el día a día. Y también la voluntad de, pese a todo, salir adelante.
Como tantas otras veces en el pasado.
En todo este proceso político y social entra en juego algo fundamental: la salud mental, uno de esos componentes de la acción humanitaria que gana cada día más peso. Antes no se entendía su importancia, pero en lugares como el noreste de Siria se revela como esencial. La gente lucha contra la sensación de abandono.
—Tengo que cuidarme a mí misma, porque si estoy irritada, enfadada, se lo contagio a mi familia. Primero tengo que estar en paz conmigo misma.
Samia Mohamed es paciente de un centro médico de la provincia de Hasaka, en la AANES, apoyado por Médicos del Mundo.
—También he aprendido que debo compartir mis experiencias. Porque mi hijo pequeño puede sentirlo todo. Lo percibe todo.
Es difícil hacer eso en la vida cotidiana. Pero mucho más después de trece años de guerra. Samia, de 38 años, ha llegado a esas conclusiones después de las consultas con una psicóloga siria del centro. Las intenta aplicar cada día. Sentada en la consulta, con su trenza larga y su camisa morada cerrada, flecos en el cuello, brazos cruzados, Samia hace gestos con los dedos, como diciendo que le da vueltas a la cabeza.
—Todos nos hemos visto afectados por la guerra. Yo me he visto obligada a desplazarme dos veces. En 2016 un familiar murió. Me afectó mucho. Mi marido dijo entonces que todos perderíamos a alguien en la guerra. Que la vida sigue. La vida siguió. Encontré un trabajo, y eso me dio estabilidad. Sin trabajo no hay estabilidad.
En el centro al que acude Samia en la provincia de Hasaka hay huellas de las manos pintadas en una pared, una televisión con mensajes sanitarios, una consulta de salud mental, un cirujano infantil, un paritorio, un póster del Día de la Mujer, el 8 de marzo, con el lazo rosa contra el cáncer de mama y recomendaciones para evitarlo.
Samia irradia luz. Como otra de las beneficiarias, Afra Def el Barhom, de 43 años, con su pañuelo blanco y su bolso. Tiene muestras de cariño continuas hacia su psicóloga, Amal Issa Sheikho, que está sentada a su lado en la consulta.
—Llevo viviendo aquí dos años en una casa alquilada. Cuando vengo a ver a la psicóloga, mi salud mejora. Me cambia el humor.
Afra encontró el centro por sí misma. Dice que normalmente el coste de esos servicios médicos serían muy altos, pero que aquí son gratuitos y por eso puede acceder a ellos.
—Cuando Afra vino, vi que tenía mucha presión —dice a su lado la psicóloga—. Se ocupa de sus hermanos. Se impuso cuidar de los hijos de sus hermanos también. Pero ella tiene una discapacidad [una malformación de nacimiento en el brazo] y yo le dije que quizá no tendría que hacer eso. Llegó aquí en 2019, después del ataque de grupos armados.
Afra, la paciente, es de Ras al Ain, de donde fueron expulsadas miles de personas.
—Todos somos desplazados en la familia. También cuido a mis padres. Están enfermos y vienen a este centro. Cuando llegué me sentía triste, pero luego vi que la vida iba mejorando, y me convencí de que el futuro será mejor. El apoyo psicológico me ayudó en todo.
Se nota que Afra y otras pacientes quieren de verdad a la psicóloga. Porque hace bien su trabajo. A sus 32 años, Amal Issa Sheikho tiene claro el contexto cultural, social y emocional de su entorno, y también las herramientas a su alcance para mejorar las vidas de esas personas, muchas de las cuales han tenido que cambiar de hogar debido a la violencia.
—Al principio la gente no confiaba en este servicio [psicológico], porque tiende a quitar importancia a la salud mental. Pero poco a poco los resultados llegaron y ahora la gente viene sin que se lo digamos —dice Amal en su consulta después de que salga Afra—. Tenemos varios tipos de pacientes. Los desplazados internos que vienen porque han perdido sus casas, por depresión, por angustia, algunos viven en lugares inhabitables… También hay jóvenes de aquí que tienen incertidumbre sobre su futuro y se sienten bajo presión. Y también gente que sufre la pobreza. Intentamos ayudarlas a todas.
Las palabras de Afra y de otras personas que han pasado por su consulta no mienten: Amal intenta curar las heridas psicológicas, pero no trabaja desde el paternalismo o el victimismo.
—Hacemos sesiones individuales, grupales, derivamos a pacientes, ofrecemos recursos… les damos esperanza, ideas positivas, fortalecemos aspectos que les dan más poder. Toda persona nace con fortalezas dentro de sí; intentamos activar esas fortalezas.
La psicóloga no pone el acento en el impacto directo de la guerra en las mentes, sino en cómo el contexto general de incertidumbre, política y económica, afecta a la mayoría de la población. El estrés es uno de los aspectos más discutidos en su consulta.
—La gente no sabe cuál será su futuro. No sabe si va a tener que enfrentarse a otro desplazamiento. Hay gente que no cobra su salario desde que cayó el régimen.
Toda esa casuística se refleja en lo que explican otros pacientes de Amal. Como el que entra después de Afra en la consulta: Zein al Abideen, de 29 años, que estudia cuarto de Arquitectura. Sus palabras son un ejemplo de ese quiebre del futuro del cual habla Amal, y que tanto afecta a la gente joven.
—Me sentía débil, sufría depresión, pero no lo sabía. No acabé antes la carrera precisamente por esos problemas de salud mental. Con Amal fuimos poco a poco profundizando en mi situación. Al principio no creía que me pudiera ayudar, pero lo hizo. Estaba perdido. Me ha enseñado técnicas de respiración. Me ha recomendado incluso libros.
El libro que le recomendó es The Fantastic Victories of Modern Psychology, de Pierre Daco.
—Amal me conoce bien —dice Zein.
La caída del régimen sirio trajo consigo especulaciones sobre qué pasaría con las millones de personas refugiadas que huyeron del país durante la guerra civil. Aunque la incertidumbre sigue dominando el contexto político sirio, desde entonces algo más de 850.000 personas refugiadas y 1,6 millones de desplazadas dentro del mismo país han vuelto a casa.
Los movimientos internos responden a complejas dinámicas nacionales y regionales. En el noreste de Siria se acumulan heridas del pasado y del presente. Hasta diciembre de 2024 ya había más de 300.000 personas desplazadas en la región, fruto de combates en diferentes partes del país y sobre todo de la expansión y posterior expulsión de Estado Islámico en la zona. Pero la violencia en la provincia de Alepo causó el desplazamiento de hasta 26.000 personas en centros provisionales como la escuela de Raqqa.
—Necesitamos más ayuda de fuera, más apoyo, especialmente para las afecciones cardíacas y la diabetes —dice Jumana Ahmed Abid, que trabaja en un comité de salud de las autoridades kurdo-sirias de la región—. Necesitamos más recursos para tratamientos. Faltan medicinas, necesitamos más ayuda de las organizaciones.
Con su pañuelo blanco y su vestido verde turquesa, Jumana Ahmed Abid, de 56 años, habla desde uno de los centros sanitarios en Hasaka, en la AANES.
—Hemos dado información a las mujeres sobre la lactancia, sobre medicamentos y sobre violencia de género.
Insiste en la función esencial que desempeñan las mujeres, no ya como pacientes o beneficiarias sino como parte activa de esa sociedad civil que lucha para construir la paz.
—Las mujeres defienden sus derechos. Yo trabajo para que mis hijos puedan comer. Soy la muestra de ello.
Jumana Ahmed Abid lamenta que algunas organizaciones hayan dejado de actuar o disminuido su actividad en la región.
—La guerra ha creado muchas enfermedades en el país. Espero que la ayuda llegue a toda Siria, pero también aquí, sobre todo para las personas desplazadas.
Es la lucha contra el olvido: de ella y de miles de personas.
El dolor que supuran estos miles de personas se cura en hospitales, en comunidades, en familias. Pero también en la radio. En concreto, en este estudio de radio en Raqqa.
Una periodista y una psicóloga. Una luz azul.
—¿Cuáles son las conductas que ayudan a favorecer la salud mental? —pregunta la periodista.
—La comunicación abierta —responde Nour Darwish, psicóloga que colabora con Médicos del Mundo—. Tienes que descansar y la familia debe entender este comportamiento. No debes ser juzgada, porque eso tiene un gran impacto sobre los sentimientos.
El logo de la radio, Al Rashid FM, al fondo del estudio, está iluminado por unos focos. La luz va cambiando de color. Del rojo al azul, del azul al violeta, del violeta al verde.
—Las familias tienen muchas crisis… —dice la periodista—. ¿Cómo reducir su impacto en la salud mental de las personas?
—En la familia tiene que haber paz, tiene que estar unida para rebajar los niveles de ansiedad —responde Nour con seguridad—. No hay que juzgar los sentimientos de nadie. Eso es muy importante. No hay que obsesionarse con los pequeños detalles.
—Pero si las relaciones familiares no son buenas —contraataca la periodista leyendo el guion—, ¿qué consecuencias tiene eso sobre sus miembros?
Nour responde sin mirar los papeles que yacen sobre la mesa del estudio, donde también descansa su bolso. Están grabando un programa que se emitirá unos días más tarde. Y que se difundirá por redes sociales.
El tema de esta semana es la familia. A sus 29 años, Nour participa con asiduidad en este programa de Al Rashid FM que sirve para lanzar mensajes a la comunidad relacionados con la salud, en un sentido amplio, y con la salud mental en particular. Uno de esos programas se llama “Mi salud”, y el otro “La tarde”. Nour participa sobre todo en el consultorio de “La tarde”, donde se discuten a menudo temas relacionados con los derechos de las mujeres.
Después de la grabación, en el mismo estudio, Nour cuenta su motivación para hacer este programa de radio y cómo compagina esta colaboración con su trabajo como psicóloga.
—Hablamos de mujeres, de violencia de género, de discriminación. Las oyentes ya distinguen mi voz. La reconocen.
Con la periodista acuerdan el tema de la semana, elaboran un guión con al menos 15 preguntas abiertas. Las consecuencias a largo plazo de la guerra están presentes.
—La guerra ha generado mucho dolor, mucho miedo —dice Nour—. La gente percibe todo lo relativo a la salud mental como si fuera un estigma. No quiere explicar sus miedos. Pasa también con la violencia de género.
El abanico se amplía. Una docena de psicólogos y psicólogas participan en programas de esta emisora de Raqqa con temas como las vacunas, la lactancia materna o la leishmaniasis. Se decide de qué hablar según la actualidad, las necesidades de la gente o lo que se observa en los centros médicos de la zona.
—Comentamos temas que afectan a la comunidad —dice Nour—. Pero como psicóloga, muchas de mis pacientes son mujeres. Así que casi siempre elijo temas que interpelan más a las mujeres. O que sufren las mujeres. Intentamos darles apoyo.
¿Pero quién escucha estos programas? ¿A quién llegan estos mensajes?
A personas como Hala Hamo, graduada en Economía de 27 años, que descubrió el consultorio de Nour y desde entonces se quedó enganchada.
—Antes sufría ansiedad, no sabía cómo gestionarla. Empecé a escuchar a Nour y me enseñó cosas muy importantes. Todos los temas que toca son importantes, como el estrés, la ansiedad, los problemas de las mujeres.
A Hala le gusta que en el programa no solo se teorice, sino que se expliquen casos reales. Nour intenta transmitir mensajes claros a la audiencia. Y lo consigue. Conecta con la gente.
—Los temas que Nour propone son muy importantes para mis amigas y para mí. Toca nuestros problemas reales como comunidad.
Y lo hace, entre otros motivos, porque recibe sus propuestas. Hala y sus amigas han entrado en contacto con Nour para sugerirle temas. Para decirle qué cosas les preocupan y así ella pueda discutirlas en antena.
—Es como una terapia psicológica —dice Hala.
Esta podría ser la historia de cualquier radio en cualquier lugar remoto del mundo. Pero tiene un matiz importante. Estamos en un país que ha sufrido más de trece años de guerra civil. Y que tiene una frágil posguerra por delante.
—Aún tenía mucha angustia por la muerte de mi padre y de mi hermano. El programa me ayudó mucho.
Murieron en un ataque del régimen de Asad en 2013. No acabó de asimilar algo que es imposible de asimilar. La guerra siguió. Pero encontró un pequeño consuelo en las ondas.
—Encontré este programa y me hizo sentir mejor —dice Hala.
Esta crónica nace de una colaboración con Médicos del Mundo.
Han escrito y hablado sobre los conflictos y sus consecuencias. Defienden con pasión el periodismo y los derechos humanos. Jon Lee Anderson y Patricia Simón protagonizan el número 10 de la colección Voces 5W: Guerra, paz y periodismo.
En este diálogo de larga distancia, Simón y Anderson reflexionan sobre los rostros del poder, la ola reaccionaria que sacude al mundo y las propuestas para construir sociedades más democráticas.
El libro, con ilustraciones de Cinta Fosch, está incluido en nuestra suscripción anual en papel y muy pronto empezará a llegar a los buzones de los socios y socias de 5W. Si no lo eres, suscríbete aquí. También puedes comprarlo por separado en nuestra tienda online o en librerías.
“Ir a una guerra no implica solo una historia, una experiencia o una cobertura. Implica que adquieres una responsabilidad moral”, dice Anderson en la conversación, que da la vuelta al mundo y se sitúa en lugares como Afganistán y Colombia.
“Tenemos que reivindicar el idealismo como una postura ética”, dice Simón, empeñada en denunciar las violaciones de los derechos humanos pero, también, en iluminar las iniciativas de paz y diálogo.
Este libro nace de una colaboración con La Coordinadora de Organizaciones para el Desarrollo, con la que compartimos, desde nuestros respectivos ámbitos, la defensa de la vida y de valores como la solidaridad y la paz. La obra forma parte de la colección Voces 5W, que conecta múltiples perspectivas a través de la escritura, la fotografía, el pensamiento, la geografía y el periodismo.
Y se trata de una conversación especial, también, porque es la que coincide con nuestro décimo aniversario. Diez años de guerra, paz y periodismo que solo podían coronarse con un libro que llevara ese título casi tolstoiano.
Por eso hemos elegido a dos periodistas que admiramos.
¿Qué decir de Jon Lee Anderson (California, 1957)? El adjetivo “mítico”, tan manoseado, debe ser reservado para las personas que lo merecen, que no son tantas. Anderson es exactamente eso: un mito de la profesión. Tras cincuenta años dedicados a recorrer el mundo y dejarlo por escrito, en esta conversación vuelca sus reflexiones sobre este mundo en permanente ebullición. Autor de libros como Che Guevara, una vida revolucionaria o La caída de Bagdad, Anderson es inspiración y referente para todo el equipo de 5W.
También lo es Patricia Simón (Estepona, 1983), que lleva más de veinte años cubriendo migraciones, movimientos sociales, conflictos y crisis humanitarias en más de una treintena de países. Columnista regular de 5W, Simón es autora de libros como Miedo: Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio y Narrar el abismo. Especializada en derechos humanos y enfoque feminista, Simón ha destacado desde el inicio de su carrera por un incansable esfuerzo por contar los temas que definen nuestra era huyendo del catastrofismo y con un profundo humanismo.
El formato de diálogo de Voces 5W ya se ha consolidado. En el primer número, Guerras de ayer y de hoy (2016), Ramón Lobo y Mikel Ayestaran charlaban sobre reporterismo y la evolución de los conflictos. El segundo, Contarlo para no olvidar (2017), recogió una conversación entre Maruja Torres y Mónica G. Prieto sobre el mundo árabe, feminismo y periodismo. En el tercero, África adentro (2018), Xavier Aldekoa y Alfonso Armada reflexionaban sobre las maneras de narrar el continente. En el cuarto, Europa soy yo (2019), Anna Bosch y Pablo R. Suanzes charlaban sobre el papel de la Unión Europea. En el quinto, El viejo periodismo (2020), Martín Caparrós y Agus Morales dialogaban sobre el reporteo, la escritura y la literatura. En el sexto, El compromiso de la fotografía (2021), Anna Surinyach y Juan Carlos Tomasi compartían su experiencia en crisis nutricionales, desastres naturales y conflictos: una obra que puede leerse en paralelo a la que presentamos hoy. En el séptimo, En el fondo la forma (2022), Leila Guerriero y Ander Izagirre discuten sobre el oficio de escribir. Dedicamos el octavo a las migraciones y los derechos humanos de la mano de Ebbaba Hameida y Nicolás Castellano, autores de Historias contadas al oído. En el número 9, volvimos a poner el foco en la fotografía con Leer las imágenes, de Santi Palacios y Laia Abril.
Y este número 10, que no te puedes perder.
“Y el hombre no se halla completo, ni se revela a sí mismo,
ni ve lo invisible, sino en su íntima relación con la naturaleza”. (José Martí)
Toda la hondura del tiempo, en el canto de un mirlo.
El paradigma del ser humano de hoy es el de un hombre alejado del mundo que se piensa dueño y conocedor de él.
Corrompen, destruyen la vida, y a lo que queda lo llaman “realidad”. Y luego proclaman el realismo. “¡Hay que ser realista!”.
(el topógrafo)
“…y él no veía los ángeles yendo y viniendo, sino que se dedicaba a buscar el viejo hoyo de un poste en medio del paraíso”. (H.D.Thoreau)
Para escuchar el canto del pájaro, antes hay que oírlo.
El ser humano vive ajeno a sí mismo, no funda ni abre espacio en su andar. No deviene porque no está; apenas pasa, sin saberlo.
Repetirlo hasta asumirlo plenamente: “El realismo es una corrupción de la realidad”. (Wallace Stevens)
Todo en la naturaleza vive en sí, como tú mismo, nada es objeto de visión. Ella vive en un adentro que el ser humano hace tiempo dejó de percibir. En ese adentro calla y canta el pájaro, habla y calla el árbol.
El árbol es el hermano natural del hombre.
La naturaleza nos mira, nos toca, nos habla, en su vigilia atenta al ser. De noche, en el sueño, escucha nuestro rumor callado.
“Los árboles nos hablan una lengua que entendemos”. (José Martí)
Bajo tus pies desnudos, constelaciones de hierba.
La corteza del árbol siente y señala en sí cada roce, cambio de aire y luz, sonido, canto, agua; también la mirada del ser que comprende.
En lo invisible de la naturaleza, ver es también ser visto.
“Nosotros no tenemos nunca, ni siquiera un solo día, el espacio puro ante nosotros, al que las flores se abren infinitamente”. (R.M. Rilke)
El bosque solo ve —percibe con toda intensidad— lo invisible del ser humano que en él se adentra.
Nuestro espacio, el lugar de cada ser, oculta en lo más hondo de sí la esencia del tiempo.
“El camino más claro hacía el universo pasa por un bosque virgen”. (John Muir)
El asombro que nos produce la contemplación del universo en la noche no debería ser mayor que el que sentimos ante un árbol en el fulgor de su presencia.
Deja que todo te envuelva —porque todo te envuelve.
El árbol está, no espera, en su ahora late el tiempo entero; en su nada, la esperanza.
Al atardecer, la naturaleza percibe las voces amigas.
Matices de la luz en el tronco de un árbol.
“Bienvenidos a nuestro mundo,
al mundo real,
el mundo de los fuertes
que se comen a los débiles.
Bienvenidos al mundo
en que la persona piensa solo en sí misma
y se olvida de los que sufren en silencio.
El mundo oculto. Sí.
Este es nuestro mundo.
Yo! Salam aleikum, brother,
vayamos en un viaje al otro mundo,
al mundo de la pobreza,
donde hay personas a las que vemos
como si no existieran.
Vayamos adonde los humanos
viven la crueldad de la vida.
Mientras tú duermes en una cama blanda
con una almohada suave bajo la cabeza,
hay una persona que pasa frío en la calle.
Su cama, un cartón; y su almohada,
una mochila con sus pocas pertenencias.
El pobre espera que salga el sol
pa que se vaya el dolor”.
(…)
Este es el arranque del rap Mientras tú, de Beny 5, que en realidad se llama Moha Benyamna. Moha vivió en un centro para menores en Cataluña hasta que cumplió la mayoría de edad. A través del programa Acull (“Acoge”), de la asociación Punt de Referència, conoció a Lali Escolà, que lo acogió en su casa durante nueve meses. Ahora Moha tiene 25 años y vive en Barcelona, aunque trabaja en la vecina Granollers.
El primer día que lo entrevisté, antes de irse a toda velocidad con el patinete eléctrico que usa para trabajar como repartidor, reprodujo en su móvil, con una sonrisa, este rap reivindicativo. Así que, como respuesta, no voy a escribir un reportaje sobre él, sino que voy a recoger el guante y le voy a dedicar otro poema narrativo, pero en la forma tradicional del romance.
Que empiece el combate:
Te pregunto por tu casa,
si descansaba entre pinos;
no es la mejor manera
de empezar a hablar contigo.
Tu madre vendió la casa
para pagarte el camino.
Adolescente, te fuiste
de Marruecos, clandestino,
obligado, ilusionado,
como tantos otros chicos.
Fue en dos mil diecinueve,
un enero no tan frío.
Con un cristal te cortaste
la mano, quedaste herido,
y recorriste la ruta
con un vendaje bien fino.
Desierto y hacia el norte,
—el desafío marino—
España, el sur de Europa;
no sabías tu destino.
Llegaste a Barcelona
y te sentías perdido
en un centro de menores
donde buscaste abrigo.
Siempre hablabas con mamá
y tus primeros amigos.
Hacías vídeos con bromas
desde el humor sin sentido;
nacía una estrella
de la risa sin testigos:
YouTube, cámara oculta,
placer para el algoritmo.
Te quedaste en la calle,
corrieron en tu auxilio
Lali y una asociación;
calor, piso compartido
te ofrecieron enseguida.
Empezaba tu destino.
Aprovechaste el momento,
no te quedaste dormido.
Lali tiene siete hermanos
y vivió con cuatro hijos,
pero ahora vivirá
con Moha y otros chicos;
Lali es muy solidaria,
a muchos tiene acogidos.
Este es el primer lugar
decente, no compartido,
me dices: que es difícil
vivir con cuarenta tíos.
Macarrones (mmm) con queso,
—te sientes un renacido—
también crema de verduras,
del Barça algún partido,
Lali y sus clases de yoga,
Moha, perfecto inquilino.
Ya quieres a la yaya, que
juega al dominó con tino.
“Estudia”, te dice Lali,
aunque eso no va contigo.
Té con menta. Macarrones.
Te ves series de corrido:
Berlín, La casa de papel,
Daddy Yankee al oído
—y Morad y Karol G—.
Se acabó el tiempo, amigo.
Te vas de casa de Lali:
adiós, tiempo compartido.
Aún no tienes papeles
y trabajas clandestino.
Ganas algo de dinero;
a la familia se ha ido.
Todo el mundo conoce
a Mohamed y su temido
patinete de reparto.
La cuenta te han vendido,
te quitan treinta por ciento
mejor que ser campesino
o estar en la construcción,
aunque parezca mezquino.
Te para la policía,
cantas tu rap repentino.
No robas pero te roban:
eres víctima del timo.
Moha, eres un currela,
vuelas si cae un pedido
de la mañana a la noche.
Sigues. Le sacas partido.
Con tu novia en Barcelona,
vida y piso compartido.
Tras muchos años lo logras,
ya tienes el NIE genuino,
echas de menos a Lali,
Lali acoge a otros chicos.
En Marruecos tu abuela
muere, estás confundido.
Con el patinete a cuestas
a Granollers te has ido,
adolescente youtuber,
pillín, que no engreído:
ya nadie te llama mena,
tu futuro es atrevido.
Siempre hablas con mamá,
hablas con raro sigilo,
tienes una nueva casa
pero no están tus amigos.
No te acuerdas de la ruta
del dolor o sus motivos,
solo recuerdas el miedo:
porque fuiste un prohibido.
Desde hace dos décadas, la asociación Punt de Referència pone en contacto a familias o personas que tienen espacio en casa, como Lali, con jóvenes que necesitan acogida, como Moha. El ámbito de actuación es Barcelona y su zona metropolitana. El proyecto Acull propone un pacto inicial de convivencia de nueve meses entre ambas partes. Un tiempo que permite al joven centrarse en sus estudios, tener un espacio donde desarrollar su autonomía y, sobre todo, trazar un nuevo horizonte.
“El proyecto nació para acompañar a jóvenes que salían del sistema de protección de menores, porque no tenían una red de apoyo que los acompañara en este momento de emancipación”, dice Bàrbara Bort, responsable del proyecto Acull.
La idea es sencilla, pero su aplicación está llena de detalles complejos que solo alguien que conoce por dentro el proceso, como Bàrbara, puede describir. Los emparejamientos los hace Punt de Referència: se tienen en cuenta las preferencias de los jóvenes, pero las partes implicadas en ningún caso pueden escoger un perfil (edad, género, orígen…). Las asignaciones las hace Punt de Referència teniendo en cuenta los intereses y necesidades de todo el mundo. Se hace una formación a las familias o personas que acogen: deben acompañar al joven en el tránsito a la emancipación, a través de un vínculo afectivo, pero sin ir más allá, aunque a veces sea difícil. La familia recibe una dotación de 300 euros mensuales para cubrir los gastos de manutención, pero no debe haber transacciones económicas entre ambas partes, porque eso podría generar una relación de dependencia, que pondría en riesgo el vínculo entre joven y familia de acogida. Esta iniciativa tapa alguno de los agujeros generados por el sistema.
Pero no todo son buenas noticias.
“Hemos notado, sobre todo a raíz de la pandemia, que ha habido un bajón en la demanda de familias para acoger, algo que no hemos notado tanto en otros programas de voluntariado”, dice Bort. “Es verdad que este programa requiere más compromiso, pero atribuimos ese bajón a la incertidumbre social, económica y política, y a la discusión pública sobre personas migrantes”.
En concreto, la imagen de estos jóvenes que proyectan algunos medios de comunicación, dice Bort, en particular los que usan de forma mayoritaria el deshumanizador acrónimo de “menas”, está llena de “demagogia” y ha tenido un impacto negativo en este proyecto.
Cada vez es más difícil encontrar a Lalis.
O a Joanas.
***
A sus 76 años, acoger a un adolescente en su casa significa para Joana Vives Salvadó abrir la mente. “A medida que nos vamos haciendo grandes, solemos cerrarnos”, reconoce. Aunque parece una aseveración genérica, enseguida la matiza con su habitual prudencia: “Lo digo por mí, ¿eh?”. La agenda de Joana es intensa, y ahora tendrá que ver si baja un poco el ritmo o si lo intenta mantener.
—Mi marido murió en 2009 —dice sentada en la mesa de su comedor, en el barrio del Eixample de Barcelona—. Al poco tiempo mi hijo se fue de Erasmus a París. Al cabo de dos meses ya fui a verlo.
Su hijo volvió a Barcelona y se independizó en 2014.
—Estoy segura de que tardó más por el reparo a dejarme sola. Lo sé. Hasta que al final le dije: tienes que hacer tu vida. Y cuando se fue… entonces sí que fue como un segundo duelo. A ver, evidentemente el golpe emocional es incomparable, lo digo más en el sentido de sentirse acompañada… porque fue el momento en que ya no había nadie más en casa. Fue otro duelo. No sé si se lo he dicho alguna vez. No sé si lo puedes publicar.
Si están leyendo esto es porque Joana ha aceptado que se publique. Dice que su hijo la visita con asiduidad. Que se siente incluso “egoísta” por pensar eso. No se lamenta; solo expresa, con una lógica aplastante, la realidad de un momento que debía llegar tarde o temprano.
—Tienes la sensación de que realmente estás sola cuando cierras la puerta, porque no hay nadie más.
Nadie gira ya la llave de la puerta sin que lo espere. Hasta finales de marzo de 2024. El momento en que Musa entra en su vida.
***
Musa Jadama ya conoce uno de los aspectos esenciales de la vida cotidiana en su nuevo país. No importa lo temprano que se levante: cada mañana corre el riesgo de llegar tarde a su destino por culpa de los trenes de cercanías de Renfe. Está haciendo un curso de soldadura en Vilafranca del Penedès, a las afueras de Barcelona, que espera que le sirva para entrar en el mercado laboral. Pero su vida pronto va a cambiar. Y ese cambio, obviamente, no pasa por una mejora en la puntualidad de la Renfe.
Pasa por Joana.
Está concentrado, casi obsesionado con el presente: atrás quedan su Gambia natal, el viaje por tierra y mar hasta las islas Canarias, el traslado a la península, el paso frustrante por varios centros para menores; ahora se está mudando, porque va a ser acogido en un piso de Barcelona por una mujer a la cual aún no conoce —y eso es lo único que importa.
A sus 19 años, después de meses oyendo mena mena mena no acompañado los titulares de prensa Vox gritando avalancha delincuentes por qué no se van a su país, vivir en casa de Joana se presenta como una forma de empezar a sentirse adulto y acompañado.
***
“Benvingut a casa, Musa!”
Joana recibió a Musa en su piso con este mensaje escrito en una cartulina. Se abrió entonces el periodo de tanteo. Cómo respiras. De qué pie cojeas. Cuáles son tus manías.
—Yo me levanto temprano —le dijo Musa a Joana poco después de empezar a convivir con ella.
—¡Yo no!
Un mes después del inicio de la aventura, Musa seguía levantándose temprano, pero ya no se pegaba madrugones, porque dejó de ir a Vilafranca del Penedès para acudir a un curso de electricista en la misma Barcelona. Ya iba conociendo mejor la ciudad, por la cual podía moverse, además, sin necesidad de usar la Renfe.
—Yo te enseñaré catalán… —le dijo Joana.
—Y yo te enseñaré mandinga.
Una de las primeras cosas que Musa entendió rápido es que para Joana es muy importante el catalán. Su supervivencia como lengua, su importancia cultural —y también que él la hable. Empezaron —Joana es filóloga— con clases más o menos formales, pero pronto las pasaron, como dice Musa, “al día a día”. Joana le habló en catalán desde el primer día, y Musa le respondió al principio en castellano y luego siempre que pudo en catalán. Así no solo adquiría Musa herramientas para desenvolverse mejor en su día a día, sino que se creaba una conexión.
—Me ha dado tranquilidad conocerlo, ponerle cara… —dice Joana, que se fijó desde el principio en la sonrisa franca de Musa, aunque en eso no es nada original, porque todo el mundo se fija en su sonrisa franca—. Valoro mucho que casi sin conocernos, sin forzarlo, empezara a contarme ya cómo había llegado, en patera…
***
Durante casi dos décadas he cubierto como periodista movimientos de población. He pecado, como tantos otros, de subrayar demasiado el dolor en la guerra, el trauma en la huida y la acción trepidante en las rutas. Pero he constatado en todos estos años que, demasiado a menudo, el presente es el principal motivo de sufrimiento de la gente que se mueve.
(Las personas refugiadas de Afganistán varadas en la isla griega de Lesbos durante años están más angustiadas por su estatus legal —el asilo que no llega— que por el dolor que experimentaron cruzando Asia Central y Turquía).
Lo mismo le pasa a Musa. Cuenta de forma abierta cómo salió de Gambia sin que su madre lo supiera, cómo se subió a un cayuco, cómo llegó a las islas Canarias y después a Cataluña. Pero esta vez no nos vamos a detener aquí, sino en lo que castiga su tranquilidad cada día: su situación irregular, la burocracia. El laberinto —ahora sí hay que usar el cliché— kafkiano que empezó con la acogida en un centro para menores, más de un año antes de entrar en casa de Joana.
—En el centro muy mal —dice Musa, que se expresa con alegría y claridad cuando habla de otras cosas, pero que frunce el ceño y se aturulla cuando recuerda aquella fase—. No puedo decir que todos los trabajadores [del centro] son malos, pero algunos son muy malos.
Musa asegura que algunos chicos del centro no lo trataron bien, y tampoco uno de los educadores, al que tacha de racista. Aunque la convivencia en estos centros es mejor de lo que su proyección pública sugiere, arrastran problemas graves: la tendencia a habilitar macrocentros en lugar de espacios más reducidos donde atender mejor a los jóvenes, los debates tóxicos alrededor de los centros, un personal con condiciones laborales desiguales —la mayoría de centros está en manos de entidades subcontratadas por las administraciones públicas, tan diversas como los mismos adolescentes—… Se pone el acento, precisamente, sobre el origen diverso de los jóvenes, pero hay algo más decisivo que comparten y que explica las dificultades para gestionar este momento: son adolescentes angustiados, porque saben que en cualquier momento pueden ser expulsados del sistema.
—Cuando no estaba estudiando, estaba en la cama. No quería tener problemas. Me decían: vamos a jugar a fútbol. Y decía que no.
Un día, de regreso de su curso de fontanería, llovía a cántaros y Musa llamó al centro para que vinieran a recogerlo en coche (tienen vehículos preparados para momentos de emergencia). Dice que no lo recogieron y después tuvo un enfrentamiento con aquel educador.
—Pues que sepas que desde el centro me hablaron muy bien de ti —lo interrumpe Bàrbara Bort, de Punt de Referència, que ha estado acompañando a Musa en todo este proceso.
Estamos en el comedor de la casa de Joana, unas semanas después del inicio de la acogida. Mientras charlamos de otras cosas, Musa está relajado, se le ve feliz en su nuevo espacio cotidiano, pero se lo llevan los demonios cuando recuerda aquella época.
—Hablaste con otra educadora que me trataba muy bien —responde Musa.
Bàrbara asiente.
—Un día, mientras dormía en el centro, me dijeron que tenía una cita con la Fiscalía [de menores] —retoma el relato Musa—. Les dije que por qué no me habían avisado antes. “No voy”.
Se había puesto en marcha un procedimiento de determinación de la edad, algo temido por jóvenes como Musa. Estas pruebas, en concreto las que miden el grado de maduración ósea o dental, han sido tachadas de imprecisas por organizaciones de derechos humanos. Pero hay algo más duro en el caso de Musa: él tenía pasaporte, y en él decía que le faltaba medio año para cumplir la mayoría de edad. No era demasiado, pero sí suficiente como para empezar a planear su futuro. Si se demostraba su mayoría de edad, pasaría automáticamente a estar en situación irregular. Algo que incluso ha llevado a algunos chicos a suicidarse.
—Dije que quería un abogado. Me dieron el número de una mujer y me dijeron que era mi abogada [de oficio].
Punt de Referència dio apoyo a Musa en este proceso. La abogada de oficio al principio no parecía estar informada de que llevaría el caso de Musa, pero acabaron aclarando que sí. Fue justo una semana antes de la cita judicial: sin el apoyo de Bàrbara, Musa lo habría tenido más difícil. Se dieron cuenta entonces de que el nombre que constaba en el expediente era el mismo, el de Musa, pero no el apellido. ¿Pero es él?, preguntaron antes del día. Sí, es él, les respondieron.
El día D, cuando Musa y Bàrbara estaban en la estación de Sants preparados para ir a la Ciutat de la Justícia, recibieron una llamada del centro: no vayáis, se han equivocado de nombre. Bàrbara llamó a un abogado de confianza, experto en extranjería, y quedaron en que irían igualmente y que él les echaría una mano. Una vez allí, se vieron con este abogado y con el de oficio —del mismo bufete de la abogada, que finalmente le había pasado el caso—, y se dieron cuenta de que no había un error: había dos personas.
—El otro nombre existía, pero nadie sabía dónde estaba el joven —dice Bàrbara—. ¡Y era un chaval ciego de un ojo! Lo habían expulsado de un centro y nadie lo acompañaba. No se presentó a juicio.
Ambos eran de Gambia y se llamaban Musa, pero el parecido era imposible, sobre todo a causa de ese ojo. Ello no evitó la confusión, una dolorosa muestra de racismo institucional.
—Cuando vas a mirar dónde está el origen del error… es que físicamente no tienen ninguna semejanza, es evidente que no son la misma persona. Daba la sensación de que miraban el expediente tres minutos antes de entrar.
Musa y su abogado se pusieron manos a la obra para denunciar la situación. Pero se decretó su mayoría de edad, y tuvo que salir del centro. Entonces entraron en juego el programa de Punt de Referència y la familia de acogida, Joana, que lanzaron un flotador salvavidas a Musa en el momento que más lo necesitaba.
Después podrá caminar solo.
***
Ha pasado medio año desde que Musa llegó a la casa de Joana. O visto al revés: le quedan tres meses para marcharse. El programa es de nueve meses, aunque es prorrogable. El tiempo pasa volando, dice el cliché.
—¿Estará ya? —pregunta Joana.
—Sí.
Hablan en la cocina. Musa prepara su plato estrella, el mafe, un guiso versátil que hoy tendrá arroz y cordero. Joana le pregunta y le repregunta: quiere que Musa le conteste directamente en catalán. No aspira a convertirse en su tutora, o en una figura matriarcal, o en alguien que guíe su rumbo. Ni lo pretende ni se espera eso de ella, porque supondría una mala interpretación del proceso de acogida —por parte de ambos. Pero sí le gustaría sembrar una semilla.
La lengua.
—Agaf…
—Vuelve a intentarlo —le pide Joana.
—No puedo.
—Sí que puedes, esfuérzate.
—Me esfuerzo pero no puedo.
—Agafo… (Cojo…).
—Agafo —repite Musa.
—Es que, si no, dices “no puedo” y te quedas tan ancho. Sí que puedes.
—Mica en mica… (poco a poco).
—S’omple la pica! —sonríe Joana cuando oye el inicio del refrán que llama a la paciencia para llenar el pilón poco a poco—. Esa sí que la aprendiste… Nadie nace enseñado.
—Me cuesta mucho.
—Pero si te frenas y dices “no puedo”… ¿Verdad que has podido decir esto? Tú ya entiendes el catalán. Poco a poco irás entendiendo más palabras… Lo que interesa es que la gente te entienda. Y que tú los entiendas.
—Yo entiendo, pero hablar bien me cuesta mucho.
—Esta es mi batalla, chato, ya sabes que me haría mucha ilusión que acabaras entendiéndolo y hablándolo, porque será la única manera de que cuando muera te acuerdes de mí. ¡Joana, que es una pesadilla y que no me deja vivir!
—Nunca diré eso, ya lo sabes… pero son muchas lenguas.
—¿Tú sabes que cuantas más lenguas se saben, más fácil es aprender otra?
—Bueno…
—Tu cerebro se va abriendo, aún es joven; el mío ya no, se va cerrando.
—Sí, es verdad.
—Vaya sermones, chato.
***
Después de nueve meses de mafe y macarrones, de hacer la limpieza los fines de semana, de alguna excursión, de insomnio y descanso, de clases de catalán que no son clases de catalán, de TikTok y ver la serie Resurrección en el móvil (Musa), de enterarse de quién es Murad (Joana), Musa se ha ido.
Joana ha recuperado el juego de llaves del invitado. Está satisfecha: todo ha ido sobre ruedas. Pero también está cansada.
—La convivencia ha sido intensa. Pero no debido a un choque de culturas, sino porque él es adolescente y yo podría ser su abuela —dice Joana en la mesa de su comedor, escenario de tantas y tantas conversaciones con Musa.
—Es una experiencia que hay que tener —dice Joana sobre la acogida—. Pero tienes que estar bien informada antes de hacerla. Te preparan, pero a mí me ha costado más de lo que creía.
Dice Joana que su caso no es el mismo que el de parejas o familias con algún miembro adolescente en el que la persona acogida se pueda reflejar.
—Me costó al principio porque llevaba muchos años viviendo sola —dice Joana—. Me ha costado, también, no ser demasiado protectora…
No siempre sucede, pero Joana sigue en contacto con Musa. Se van contando cómo avanza todo. Ahora Musa vuela hacia una nueva vida. Y Joana se prepara para retomar su intensa agenda —clases de catalán como voluntaria, compromisos familiares, encuentros con amigas, presentaciones de libros—, aunque con otra perspectiva.
—No es por ponerme medallas, pero creo que al final lo he conseguido.
Musa se ha ido a Mataró, a unos treinta kilómetros de Barcelona. Allí convive con otros chicos en un piso de acogida, la solución temporal que ha encontrado.
—He aprendido mucho, he disfrutado mucho, Joana me ha enseñado mucho —dice Musa en el sofá del piso de Mataró, pulcro y casi carente de decoración—. Estoy buscando un equipo de fútbol para jugar aquí.
Es el mes de febrero, pero Musa ya va en camiseta de manga corta. Su habitual risa franca tiene otro matiz: una alegría despreocupada.
—Estaba muy preocupado por los papeles. Ahora ya no.
Ha conseguido regularizar su situación, y ya está buscando curro.
Al día siguiente va a una entrevista de trabajo con una empresa de mudanzas. Lo contratan.
Pero hay cosas que no cambian: tendrá que levantarse temprano, porque trabaja en Barcelona y eso significa, desgraciadamente, que deberá viajar en la Renfe.
Los fríos acrónimos para designar comunidades. Menas: menores extranjeros no acompañados. Menores: un término legal, despojado de la ternura de la adolescencia. No acompañados: la negación para definir. Acrónimos deshumanizadores que se calientan, que se convierten en un arma arrojadiza: en el caso de España, para que la extrema derecha agite el racismo y la islamofobia, hasta que la palabra, el acrónimo, ya ni siquiera se refiera a lo que en un principio se refería, porque todo el mundo sabe que esto va mucho más allá de los “menores”.
Según el Ministerio del Interior, a finales de 2024 había 17.452 jóvenes de 16 a 23 años tutelados o extutelados. Más de 10.000 son de Marruecos, como Moha; más de 2.000 son de Gambia, como Musa. Otras nacionalidades importantes: Argelia, Senegal, Mali, Guinea, Pakistán. Una realidad diversa que va más allá del estereotipo racista que se ha fabricado, que responde a chaval marroquí que se dedica a robar (los datos oficiales desmienten que exista una relación directa entre el aumento de niños y adolescentes migrantes y el índice de delincuencia).
Adolescentes víctimas del racismo y de la demagogia política.
Una de las vergüenzas de nuestro tiempo es que el poder instrumentalice a personas en una situación vulnerable para sacar rédito político. O para tapar sus vergüenzas. Pasó en 2015 con la mal llamada crisis de los refugiados, cuando un millón de personas, la mayoría de Siria y Afganistán, llegaron a Europa de forma irregular. Se puso en marcha entonces el llamado sistema de cuotas, en virtud del cual los Estados miembros de la UE debían acoger de forma obligatoria a un número concreto de personas refugiadas, y enseguida empezaron las disputas para acoger a unos miles más o menos. Se usaron esas cifras como arma política contra los vecinos e incluso como una forma de reivindicar los intereses propios. La crisis de la que se hablaba en los medios en 2015 no era la de las personas que atravesaban Europa, sino de la propia Europa, incapaz de gestionar la situación.
Algo parecido sucedió este año en España, aunque a una escala más ridícula. El hacinamiento de casi 6.000 jóvenes llegados a las islas Canarias —de los cuales, por cierto, tan solo unos 800 estaban regularizados— hizo que el Gobierno activara un mecanismo para repartirlos en diferentes comunidades autónomas. Si en el caso de la UE se recurrió a las cuotas —como si las personas refugiadas fueran un producto lácteo—, en España se tuvo que diseñar una fórmula a partir de criterios como la población, renta per cápita, tasa de paro, el esfuerzo previo… Casi un algoritmo para repartir a unos miles de adolescentes. Las comunidades gobernadas por el Partido Popular se negaron a aceptar su distribución. Junts pactó con el Gobierno un reparto que se reduciría a 20 o 30 jóvenes en Cataluña. Peones de una partida de ajedrez en la que el mensaje para la población general, para satisfacción de la ultraderecha, era claro: son un problema, no los queremos.
Y entonces no se vuelve a hablar de ellos y ellas y hasta la próxima trifulca política.
¿Pero qué pensarán ellos y ellas?
¿Qué pasará por sus cabezas?
Kayla no se llama Kayla: escoge este seudónimo escrito así, con i griega. Tiene 20 años y es de Guinea. Llegó a la provincia de Lleida con su familia.
Este es el torbellino que hay en su cabeza:
“Yo llegué aquí a España cuando tenía… ¿Sabes que no tengo 20 años? En mi NIE dice que tengo 20 años, pero tengo 18. Eso me jodió la vida, porque a la hora de estudiar estaba sentada con gente mayor, pero ellos no sabían que eran mayores que yo. En mi país estaba como en primero de la ESO, y aquí me mandaron directamente a cuarto. Bueno, llegué aquí en noviembre de 2019. Y en 2021 mi padre me obligó a casarme con mi primo lejano. Me quedé dos meses con él. No quería casarme, pero mi padre me dijo que si no quería casarme solo tenía dos opciones. O te mato o te devuelvo a Guinea. Pero yo no quería volver a Guinea en ese momento. Porque mi padre me habría castigado. No me habría dado dinero ni nada. Yo nací en la capital. No sé cómo está la vida de los pueblos. No quiero vivir en el pueblo. Yo no quería irme. Y no quería morirme tampoco. Así que tuve que casarme. Llamé al chico para explicárselo. Por favor, explícale a mi padre que no quiero casarme. Que soy joven, tengo 15 años. Que quiero seguir estudiando. Yo quiero casarme cuando me dé la gana. No sé qué le contó ese chico a mi padre. Mi padre vino a matarme. Me estranguló. Durante un mes dormí muy inquieta. Y acepté casarme con mi primo lejano ese. Me quedé como dos o tres meses con él. No pude quejarme. Porque si me quejaba, iría a hablar con mi padre. Y mi padre me iba a matar. Literalmente, me iba a pegar. No podía más. Hasta que un día salí de casa, como si fuera al instituto, con la mochila, y ya no volví. Mi profesora de catalán, Carme, me ayudó a salir del matrimonio forzado. Me ayudaron los servicios sociales. Me ayudaron muchísimo. Estuve dos meses en Girona. Después, de Girona a Barcelona, en 2022. Y… ya, ahora estoy viviendo bien.
No hablo con mi familia como en un año y medio. No. Ellos no saben si estoy viva o muerta, no saben nada. Me fui y ese día le dije a mi marido que para mí no es mi marido. Aquí tengo las llaves. Son como un trofeo, porque son del sitio de donde quería salir.
Cuando llegué a Barcelona empecé a estudiar y a trabajar. A vivir bien. A vivir como me da la gana. Antes tenía también el hiyab. Mi padre me pegaba por quitármelo. Yo no quería llevarlo. Ni rezar cinco veces al día. No me sentía reflejada en el islam. Porque para mí las mujeres no tienen ningún derecho. Son como cabras que siguen a los hombres, que son los pastores.
Vivía en un centro para jóvenes, en Barcelona, aquí en el centro. Yo quería salir porque no me sentía bien ahí, no comía bien. Pesaba 43 kilos, algo así. La comida era… yo creo que estaba caducada. En plan, yo creo que es una comida que regalan desde tiendas o comercios. Ahora peso 56 kilos. En un año. Y me robaban la ropa. Había algunas personas que, por ejemplo, a la hora de dormir, estaban gritando, poniendo música, no respetaban la convivencia. Me dijeron que me ayudarían a salir de ahí. Yo dije que si no me largaría. Hasta que entré en un piso [de acogida, a través de Punt de Referència].
Desde mi punto de vista, la acogida es como algo temporal. Sí, estarás en una familia, sí, te apoyarán, sí, pero no serán tu familia, no son tu familia, en plan, siempre habrá algo que falta, ¿sabes? Que no encaja tampoco.
[Después de la acogida] me he mudado al barrio de la Florida [en las afueras de Barcelona], me ha ayudado la persona con la que estaba viviendo. Me ha ayudado mucho, estoy agradecida. Ha ido muy bien la mudanza, aunque no teníamos ascensor, había tres plantas. Hemos hecho mucha ida y vuelta, madre mía, me he quedado con los pies que me duelen hasta ahora. No me imagino cómo estará él. Ahora estoy viviendo con un guineano y un marroquí. Pero antes me timaron. Encontré una habitación, pagué la fianza y el tío me sacaba cada semana una ¿cómo se llama? una excusa. En plan, su primera excusa era que está fuera de Barcelona, no me puede dar las llaves. Yo le dije, no te preocupes, cuando vuelvas me darás las llaves.Y la segunda semana me dijo, estoy en el hospital, no sé qué, me van a operar. Yo le dije, no te preocupes, recupérate. Y la segunda semana, ¿tú sabes cuándo vas a salir? En plan que yo necesito salir ya, yo necesito que me des el dinero o la llave. Es que no sé cuándo voy a salir. Mándame la ubicación de tu hospital, como sea, yo me voy a buscar la llave hasta allí. O mándame mi dinero, que no tengo dinero suficiente en mi cuenta. Cuando me fui a denunciarlo, la policía me dijo que el chico es muy limpio, que no ha hecho nada en su vida. Un día estaba tan cabreada que le dije: eres un hijo de puta, encontrás tu karma. Pero hasta ahora no tengo nada de mi dinero y por eso me quedé una semana más en la casa [de acogida]. Punt de Referència me ayudó a encontrar la nueva habitación, el sitio donde al final me he mudado.
Ahora estoy trabajando [en la zona metropolitana de Barcelona] como monitora escolar. Y me encantan los niños, a decir la verdad. Bueno, antes no me gustaban los pequeños. De pequeña siempre me veía como diseñadora de moda. Siempre estaba obsesionada con la ropa. La ropa de mi hermana, sus tacones. Dibujaba, pero me di cuenta de que no lo hacía bien. Tampoco me gusta coser. He intentado trabajar como costurera, pero no me ha gustado. No me ha gustado. Así que mis sueños se fueron, chau. Una vez trabajé como canguro y descubrí que me gustan los niños. Entonces decidí intentarlo, ver si se me daba bien. He estado dos meses y son unos amores. Quiero estudiar el grado superior de Educación Infantil. Porque… bueno, estoy formándome. Con los de infantil me entiendo bien. Pero los de primaria me toman el pelo. No me hacen caso. La semana pasada estaba con los de quinto de primaria. Había una niña que siempre está conmigo a la que un niño le dijo que no me tocara, porque soy negra. En la escuela hay solo mestizos, son negros a decir la verdad, pero soy la más negra para ellas, no tengo mi sitio para mí. La pequeña viene a decirme eso y yo: eso sí que es grande, tengo que hablar con la coordinadora. Me dijo que yo estaba enseñando insultos en francés, que yo le hablaba mal a los pequeños… Le dije que era un malentendido. Había un chico que tenía autismo, sus compañeros lo trataban fatal. Y les dije que no se trata a un amigo como a un tonto. Es una persona como vosotros. Eso no se hace. Y fueron diciendo que yo lo había tratado como un tonto. También vinieron a decirme fu. Yo les dije que fu significa tonto en francés. Entonces me dijeron [del centro] que no dijera eso. Que intentara controlar mis palabras, porque los niños siempre lo toman en sentido literal. Y yo bueno, vale, me disculpé. No volverá a pasar. Pero cuando le comenté [a la coordinadora] en plan sobre el racismo, me mandó callar. Me dijo no vayas por ahí, ¿eh? No vayas por ahí. Me ha dicho que no vaya por ahí porque nosotros los negros siempre nos estamos quejando. Si nos estamos quejando es por algo. Bueno, ¿tú me puedes regañar pero yo no puedo decir cómo me siento? Y me… ¿sabes con lo que me sale? Me sale con una comparación entre la homofobia y el racismo. ¿Tú crees que vosotros siempre sois los que estáis sufriendo? Yo también he sufrido por ser lesbiana, que no nos dejaban jugar a fútbol, me sale diciendo que no me queje, porque ella también ha sufrido rechazos sociales. Pero ¿qué me estás diciendo? Y bueno yo le dije si tú me estás saliendo con este comentario, los niños no me sorprenden, de verdad, y sabes qué, quédate tu bata y vete, y yo también le dije, mejor, no quiero estar en una escuela llena de racistas pesadas, y me fui llorando. He hablado con mi tutor de la formación, me están buscando otra escuela porque yo no quiero volver allí.
Yo, literalmente, siento decir esto, pero cada vez me dan más ganas de volver a mi país. Cada vez me dan más ganas. No estoy diciendo que en mi país todo esté guau, de color de rosa, pero al menos nadie me mirará como una rara. Al menos te sientes parte de una comunidad.
Te critican por ser negra y por ser blanca también. Mi madre siempre me dice que los blancos me han lavado el cerebro, vuelve a casa, vuelve. Me siento como la gente mestiza, me critican porque dicen que eres menos negra, o que eres menos blanca. Yo no soy blanca, no me identifico como blanca, pero por maneras de pensar, los negros siempre me identifican como blanca, me dicen que soy así, en plan, que el hecho de llegar a Europa me ha quitado todo. Hay chicos negros que al saber que me gustan también las chicas me han dicho qué asco, estás pensando como una blanca. Siempre me han gustado las chicas, desde los diez años. Cuando llegué a Europa me di cuenta, guau, de que es lo normal, no era una loca, no era rara, es lo normal, mis sentimientos eran válidos, no tenía que ocultarlos. También siento que vivir en Europa me da un poco de privilegio. En mi país, si estás depresivo, te llaman tonto o loco, te dicen que algo no va bien en tu cabeza, al menos aquí me puedo sentir depresiva, con ansiedad, sin que nadie me juzgue, y que se me acompañe a lidiar con eso, a trabajar en eso, y puedo salir con quien me da la gana, no me pueden decir que me da asco, bueno, aquí también hay homofobia, pero no se puede comparar con mi país. Me siento agradecida de vivir también en Europa, porque esto me da un poco de privilegio y derecho, y antes estaba quejándome de que quiero irme a mi país, porque estoy sufriendo racismo, pero comparar el racismo que puedo aguantar aquí, o ir a mi país, que me miran como tonta, loca… si me voy a mi país tendré que fingir que no soy esa persona, soy una persona heterosexual, normal, y ya.
Siempre tengo los pensamientos de suicidio, pero nunca lo hago. Antes sí que me hacía daño, pero no para morirme, sino daño para calmar la cabeza, pero ahora no lo hago porque mi piel es tan bonita, no merece eso. Y bueno, nunca me atrevo a matarme, porque tengo miedo, normal. Quiero irme este año a Guinea para renovar rapidísimo mi pasaporte, para que no me pase lo que me ha pasado.
Estoy muy feliz porque ahora mismo estoy muy bien, literalmente, mentalmente y físicamente. No me estoy agobiando porque el año pasado estaba siempre, siempre buscando un trabajo. Tenía los ánimos muy bajos porque necesitaba un trabajo, necesitaba pasta. No tenía pasta, no tenía trabajo.
Cuando estoy angustiada me voy a la playa, siempre me voy a la playa de la Barceloneta, porque me encanta el viento que viene hacia mí, el sonido del agua, me calma, es como… me encanta, me gusta. También me gusta hacer meditación, y el yoga, pero lo que me cuesta son los estiramientos. Siempre los hago en mi cama, así, con la música india. Me encanta la India, me encanta Bollywood. En un futuro me veo viviendo allí. Crecí en Guinea viendo películas de Bollywood. Películas traducidas al francés”.
Personajes:
Fernando
Beatriz
Ashi
Acto único:
Fernando, de 77 años, y su mujer Beatriz, de 75, en el salón de su piso en Barcelona. Comida con Ashi, el joven de pocas palabras que estuvo acogido aquí durante nueve meses. Es una comida de reencuentro: Ashi se emancipó y ahora trabaja en una peluquería.
Fernando y Beatriz se enamoraron hace medio siglo en la India y aún guardan un libro antiguo de recetas indias en la cocina. Ashi es de la India, de la provincia de Punjab: una bonita casualidad. Toca menú indio, claro: garbanzos y pollo al curry. Cocina Fernando. Se conocen los tres, pero no se conocen. Hay nostalgia del tiempo vivido. Hay silencios en la mesa. Hay misterios en la mesa.
Beatriz: El tema de comer indio, al menos para mí es un problema la rinitis, no sé si le pasa a todo el mundo…
Fernando: A mí siempre me faltan vitaminas. He puesto muy poco picante.
Ashi: Bueno, sí…
Beatriz: No hemos puesto pan. Porque contrarresta el picante, eh. Pero Ashi el otro día nos dijo que comía menos picante que cuando llegó…
Ashi: Ahora tampoco como mucho picante… Antes cuando estaba aquí en casa sí que comía picante.
Beatriz: [Hace un gesto con la mano] Cogías guindillas y te las partías así.
Fernando: Hacíamos la pasta con ajo y peperoncino.
Beatriz: ¿Qué has hecho con la peluquería hoy?
Ashi: He cortado el pelo.
Beatriz: ¿Pero has cerrado ahora para venir a comer?
[Ashi asiente sin decir nada].
Beatriz: El jefe de la peluquería es indio.
Ashi: Sí, es indio.
Beatriz: Pues es raro, ¿no? Porque normalmente son pakistaníes.
[Silencio].
Beatriz: Tú cuándo ibas al peluquero, cuando vivías aquí, que venías con looks diferentes… ¿eran pakistaníes o indios?
Ashi: Eran pakistaníes.
Beatriz: Por el Raval, ¿no?
Ashi: Sí, por el Raval.
Fernando: En Barcelona hay diez pakistaníes por cada indio, ¿no? Como mínimo.
Beatriz: ¿Queréis más garbanzos? ¿Ashi?
Ashi: No, ya está bien.
Beatriz: Luego hay pollo.
[Silencio].
Fernando: Hacíamos dos horas de clase de lengua. Le costaba bastante ¡Era un gandul!
Beatriz: Habéis puesto pollo al curry, pues yo encuentro que con el curry… y mira que allí no son de alcohol pero… apetece el vino.
Ashi: [Sin ánimo de corregir, animado por aportar algo a la conversación] Ahí toman yogur, Bea, yogur.
Beatriz: Es verdad, que tú tomabas yogur. Para compensar el picante.
Fernando: Pollo, ¿eh? Con el arroz, hombre.
Beatriz: Bueno, nos ponemos arroz, ¿no? Para comer el pollo. ¿Queréis o no?
Fernando: Todo el mundo quiere.
[Mastican].
Beatriz: Hoy estás comiendo más, ¿eh? El último día comiste poquito.
Fernando: ¿Está bueno? Le he puesto poca sal.
Beatriz: Para mí está perfecto.
[Silencio. Recuerdan los primeros días de convivencia].
Ashi: El primer día aquí, cuando entré con Bàrbara, no sabía nada de nada. Es que cuando estaba en el centro no hablaba muy bien español.
Fernando: No hablabas nada.
Ashi: En el centro hacíamos clases. En aquella época no hablaba con las personas de fuera.
Fernando: ¿Eran marroquíes?
Ashi: La mayoría, y cuando vine aquí con Bárbara yo no hablaba nada.
Fernando: Ni palabra.
[Ashi y Fernando ríen].
Ashi: Y después de ahí bien.
Beatriz: ¿Cómo nos viste? ¿Qué impresión te causamos? Porque esto nunca lo hemos hablado.
Fernando: Yo era un poco viejo, ¿no?
[Repiqueteo de cubiertos].
Ashi: Es que yo echaba de menos a mi familia. Necesitaba salir del centro. Había muchos chicos, había dos plantas, primera y segunda. En cada planta yo creo que había 20 chicos. Cuando entraba en el centro tampoco… Si alguien entra de Marruecos tiene sus paisanos y todo eso. Yo hablaba inglés y ahí tampoco… ellos no hablaban. Fue un poco duro. Punt de Referència contactó con el centro, y el centro quería que participara en el proyecto.
Beatriz: ¿Qué expectativas tenías? ¿Te habías hecho una idea de cómo seríamos?
Ashi: No, yo imaginaba qué cosas hacía con mi familia…
Fernando: [Juguetón] Esperabas una familia parecida a la tuya, ¿no? Pues no, mira…
Beatriz: [Ríe] Somos de la edad de tus abuelos.
Ashi: [No quiere responder a eso] Me acuerdo de las clases sobre todo.
[Todos ríen porque antes Fernando le dijo que era vago].
Ashi: Las clases, la cocina, los viajes…
Beatriz: El último día que nos vimos recordabas el viaje que hicimos al delta del Ebro.
Ashi: Sí, a mí me gustó mucho. Es como zona de agricultura, como en nuestra tierra, el Punjab, todo plano, mucho arroz…
Beatriz: Allí vas rodeado de campos.
Ashi: Aprendí a nadar también.
Beatriz: Al principio el mar te daba un poco de miedo.
[Ashi murmura, reniega: sí que le da miedo el mar, aunque ya lo había visto en Bombay, ciudad india costera]
Fernando: Y fuimos a la nieve.
Ashi: [Esta vez con entusiasmo] Nieve, nieve, sí.
Fernando: Bajando con el trineo…
[Ashi ríe].
Beatriz: Te tengo que encontrar el vídeo.
Ashi: Yo creo que seguramente lo tengo. Claro, para nosotros la nieve es algo…
Beatriz: Bueno, tampoco en Cataluña es que tengamos mucha, fue un año que había nieve en el Pallars…
[Ashi busca fotos en el móvil, se encuentra con otras]
Ashi: Esta es de cuando fuimos a Francia. Esta es de cuando fuimos al delta del Ebro.
Beatriz: A ver.
Fernando: Mira, mira, el vídeo de cuando ya nadaba bien.
[Pausa, los platos siguen en la mesa, parece que han acabado de comer].
Beatriz: ¿Te gustaba lo que estudiabas cuando estabas aquí? ¿Qué expectativas tenías?
Ashi: Hacía informática, luego un módulo de chapa y pintura. Pero con el tema del NIE tenía que dejar de estudiar. Porque para renovar el NIE necesitaba contrato de trabajo. Tengo el NIE de dos años. Este año creo que puedo pedir de cinco años.
[Suena el móvil de Fernando. Lo coge y se aleja].
Ashi: De momento trabajo. Ahora es difícil estudiar y…
Beatriz: Ahora te estás sacando el carnet de conducir.
Ashi: Esta mañana he hecho clase. Y mañana también voy. Es difícil.
Beatriz: La teórica te la sacaste. La teórica es la más difícil. Bueno, de cuando nos examinamos nosotros a ahora ha cambiado mucho. Ahora te preguntan muchas más cosas, es más complicado.
Ashi: [Sin ánimo de contradecir aunque lo haga] Es más difícil la parte práctica, aquí hay muchas rotondas, líneas continuas, discontinuas…
Beatriz: Y en la India…
Ashi: En la India… [se ríe, no dice nada más, como si no supiera por dónde empezar].
Beatriz: ¿Queréis un poco más de curry o no?
Fernando: [Vuelve con el móvil en la oreja, se despide] Perfecto, que vaya bien, buen fin de semana. [Cuelga]
Beatriz: No cambiamos platos para el postre, lo siento.
[Hablan de cuando Ashi se fue de casa].
Ashi: Al principio me fui a un piso compartido, éramos tres chicos. Con Moha… [Moha el youtuber, Moha el rapero, Moha el repartidor].
Fernando: No durante mucho tiempo…
Ashi: Moha tenía una novia y… ahora no tengo ni idea de lo que hace. Ahora vivo con una familia y tengo contrato fijo.
Beatriz: ¿Vives con una pareja india?
Ashi: Sí.
Fernando: ¿Y estás contento con el trabajo?
Ashi: [Convencido] Sí.
Fernando: Además ahora conoces gente.
Beatriz: Al principio no salías, los domingos te quedabas todo el día en casa.
Ashi: Durmiendo…
[Todos ríen].
Fernando: Dormías como una marmota.
Ashi: Venía de la escuela, comía y dormía. A veces hasta la noche, hasta la hora de cenar.
Beatriz: Te levantabas muy pronto, también hay que decirlo.
Fernando: Durante las semanas se levantaba pronto. Aprovechaba el domingo para pegarse diez horas… o doce.
[Hablan de fútbol, del Barça, de las capitales del mundo que Fernando enseñaba a Ashi… hasta que vuelven al principio. Al momento en que Ashi llegó a España].
Ashi: Fue muy duro. Hay una historia de eso.
Beatriz: [Llega de la cocina al salón] No sé si os gustan los nísperos, los yogures…
Fernando: Estábamos aquí con una historia de Ashi.
Ashi: Es una historia larga… La explicaré otro día… No conocía a nadie. Fue duro. Mi padre tenía amigos que me trajeron… Tenía 17 años…
[Lo dejaron solo en Barcelona].
Fernando: No tenías ni un mapa, ni un plano ni nada.
Ashi: Mis paisanos me llevaron a la Policía.
Fernando: Te dejaron en el Raval, ¿no?
Ashi: [Silencio, luego habla] Pregunté en una tienda y me llevaron a la comisaría en Plaza España. Y de ahí al centro. Tenía tutor. El centro estaba bien, pero no me podía comunicar…
[Ashi no quiere hablar más del tema].
Beatriz: Te quiero hacer una pregunta. Si no quieres, no contestes. A ver. Ahora, con el tiempo que ha pasado, ¿en qué piensas que te sirvió estar aquí para la vida que estás haciendo ahora? ¿Me has entendido?
Ashi: [No lo ha entendido] Sí, un poco, sí.
Beatriz: Si tu estancia aquí con nosotros…
Fernando: …el tiempo que estuviste aquí…
Beatriz: … te ha servido para afrontar la nueva situación, para trabajar, relacionarte con la gente…
Ashi: [Con aplomo ahora que lo entiende bien] Sí, sí, sí. Es lo que decía antes, que en el centro ni hablaba con nadie, solo con el tutor. Y además, el idioma. Aquí aprendí muchas cosas.
[Silencio].
Fernando: Nos reíamos mucho con First Dates.
Ashi: [Ríe, se mea de risa, Fernando tiene razón] Sí, sí.
Beatriz: Lo mirabais vosotros, porque yo paso.
Fernando: Oye, yo también paso. Pero nos reíamos. Es todo tan preparado… Pero mucha tele tampoco veíamos. Él con sus maquinitas. Con sus móviles. Porque tenías más de uno. Tenías dos, ¿no?
Ashi: [Sin ánimo de contradecir aunque lo haga] Solo usaba un móvil. Otro número sí, puede ser.
[Es el móvil que usaba para hablar con su madre, y hablan de su madre, de si estaba preocupada por él…]
Ashi: Al principio un poco sí. Pero cuando le enviaba fotos y hacíamos videollamadas, desde ahí ya…
Fernando: Ya vieron que no éramos el demonio.
Beatriz: Porque además, por lo que tú has contado, quizá tus padres tenían una expectativa distinta de cuando tú llegaras aquí, pensaban que tendrías otra situación. Quizá se encontraron con esa situación que les preocupó, los dejó preocupados.
Fernando: Por lo que sabemos… Es una zona oscura que nunca ha llegado a explicar bien, y es su derecho total. Los padres tenían la expectativa de que él llegara aquí e iba a tener trabajo. Os habían prometido que teníais las cosas muy fáciles. Fáciles, sí. O sea, que para la familia pues fue un palo.
Beatriz: Cuando llegaste al centro y después tuviste que hablar con tus padres, o alguien tuvo que hablar con tus padres, tú pediste que les explicaran lo que te había pasado. Al principio no lo explicaste tú a tus padres…
Ashi: No, no, yo no… Por eso digo que…
Beatriz: Para no preocuparles o para no…
[Silencio].
Las vidas de Moha, Musa, Kayla y Ashi se pueden contar de tantas maneras. Desde el rap o la poesía; desde el periodismo narrativo, con un reportaje que describa su día a día; desde el ensayo o la crítica contra el sistema —incluso contra ellos mismos—; desde dentro de sus cabezas a través la escritura automática; desde el teatro, con una dosis de humor, absurdo o nostalgia.
Hay que preguntarse, entonces, por qué alguien ha decidido que esas vidas adolescentes deben contarse desde el odio.
El proyecto Jóvenes y mayores bien acompañados, del cual forma parte esta crónica, recibió una ayuda económica a través del Premio Montserrat Roig a la promoción en la investigación en el ámbito de los derechos sociales y la acción social.
Son dos potencias nucleares, y por eso el mundo no quiere una guerra entre ellas. Pero el mundo, enfrascado en la narrativa sobre su rivalidad histórica, no acaba de entender que la India y Pakistán también son perfectamente conscientes de lo que supondría una guerra. Nadie —o casi nadie— quiere esta guerra. Es una guerra muy improbable, pero no imposible. Y esa pequeña rendija abierta tiene una explicación más compleja de lo que parece.
El problema va mucho más allá del odio atávico, de la caricatura de rivalidad en la que insisten una y otra vez los medios de comunicación: hay unas dinámicas políticas y sociales, enraizadas en la partición del subcontinente —en una descolonización nefasta— y alimentadas hasta hoy por el chovinismo, que empujan a ambos países al enfrentamiento, incluso cuando no lo quieren.
En medio está Cachemira, una región himaláyica, de mayoría islámica, dividida entre la India, que posee algo más de la mitad del territorio, Pakistán, que administra aproximadamente un tercio, y China, aliado de Pakistán, que controla un 10%.
Vamos a tomar como caso de estudio lo que ha sucedido en las últimas semanas en el Sur de Asia. Nos servirá, también, para deconstruir algunas ideas preconcebidas sobre Cachemira, la India y Pakistán.
El 22 de abril hubo un atentado terrorista contra turistas en la Cachemira bajo control indio. Hombres armados con fusiles de asalto dispararon contra un grupo que visitaba el valle de Baisaran, cerca de la localidad de Pahalgam. Entre los fallecidos había 25 personas de nacionalidad india y una nepalí.
El simbolismo de este terrible ataque fue obvio, por varios motivos. Iba dirigido contra la población del resto de la India que visita la zona, contra la idea de indianizar Cachemira que ha puesto en marcha el primer ministro indio, Narendra Modi. Un Modi que también había insuflado vida al turismo en esta zona privilegiada del mundo, con la esperanza de que todo eso tapara un conflicto latente cuyas raíces siguen ahí. De una tacada, el atentado golpeaba estos dos pilares de la estrategia india en Cachemira.
El ataque fue reivindicado por un grupo prácticamente desconocido, Resistencia cachemir, que unos días después negó su autoría. La India, convencida en todo caso de que el responsable del ataque, se ponga el disfraz que se ponga, es Laskhar-e-Toiba —el grupo terrorista que protagonizó los atentados de Bombay en 2008—, señaló enseguida a Pakistán. La India siempre acusa al país vecino de dar apoyo, de forma directa o velada, a los ataques de grupos islamistas en su territorio. Unos grupos que, en efecto, Pakistán —tan a menudo controlado por el Ejército— ha alimentado hasta que han supuesto una amenaza no ya para su archienemigo, sino para el propio Estado pakistaní.
¿Pero son comunes estos atentados en Cachemira? En absoluto. Pese a su fama de conflictiva, los atentados no se suceden una y otra vez en Cachemira, y menos aún contra civiles: son mucho más habituales, por ejemplo, en el noroeste de Pakistán, aunque allí el contexto político sea otro. El último gran ataque en Cachemira tuvo lugar en 2019 y acabó con la vida de 40 soldados. Fue reivindicado por Jaish-e-Mohamed, otro grupo con base en Pakistán. La India respondió entonces con ataques aéreos en la provincia de Khyber Pakthunkhwa (frontera con Afganistán), y Pakistán hizo lo propio en la Cachemira administrada por la India. Ahora estamos en una situación similar.
Como represalia por el ataque de Pahalgam —y aunque Pakistán niega cualquier tipo de implicación—, la India, de forma similar a 2019, lanzó ataques aéreos en al menos nueve puntos del territorio pakistaní. Su Ministerio de Defensa aseguró que iban dirigidos contra bases terroristas. El Ejército pakistaní dijo que más de 20 personas murieron y decenas resultaron heridas; también aseguró haber derribado varios aviones de combate indios.
El ataque indio no fue una sorpresa: todo el mundo lo esperaba.
¿Pero ha sido una respuesta como la de 2019? No exactamente. La India atacó puntos de la Cachemira bajo control pakistaní, pero también de Punjab, el corazón de Pakistán y su provincia más poblada. Ha ido un paso más allá que en 2019. Pakistán ya ha prometido una respuesta: la habrá. Las declaraciones públicas de ambos lados son altisonantes. En la India tenemos a Modi, un nacionalista hindú del que se espera más agresividad contra Pakistán que sus antecesores. Del otro tenemos a un Gobierno débil bajo un férreo control militar y un líder de la oposición encarcelado, la exestrella de cricket Imran Khan. Parece un escenario idóneo para que todo salte por los aires. Ambas partes saben que enfrentarse al enemigo les da rédito político ante su electorado, ante su país. Pero también saben que no pueden permitirse una guerra abierta. Para Pakistán, el país más débil, es un riesgo casi existencial. Para la India, que tiene aspiraciones globales, es una distracción. Eso dice la lógica. Aunque sabemos que la lógica no siempre se impone.
No estaba previsto que la partición del subcontinente, en 1947, fuera así. Pero la descolonización británica —como pasó en Palestina— sirvió para dibujar líneas religiosas donde no las había. Fue uno de los mayores movimientos de población del siglo XX, preñado de muerte y de historia. Se creó un Estado de mayoría abrumadoramente islámica, Pakistán, con un ala occidental y un ala oriental —que años después pasaría a ser Bangladesh— separadas por más de 2.000 kilómetros. En la India habría mayoría hindú, pero también una vocación “secular” que se consagraría en la Constitución. Secular, en la tradición política del Sur de Asia, no se refiere a la laicidad de las instituciones, sino casi a lo contrario: a la profusión de religiones, que deben convivir entre ellas. Pero el sueño de un territorio unido —el sueño de Gandhi, el sueño de tantos otros— se esfumó. Hoy es casi un tabú en el subcontinente, pero en aquel momento era una posibilidad real.
Y ahí entra Cachemira, un territorio predominantemente musulmán pero dirigido en aquel entonces por un marajá (hindú, claro). Para Pakistán, tenía sentido que este territorio perteneciera a su Estado, porque era de mayoría islámica. Para la India, tenía sentido que este territorio perteneciera a su Estado, porque su proyecto era el de un país diverso, y había conexiones culturales históricas con la región. El marajá decidió que Cachemira cayera del lado indio, y hordas pastunes invadieron la región desde Pakistán. Fue la primera guerra entre la India y Pakistán, dos países que nada más conocerse llegaron a las manos.
Después hubo más guerras. Una en 1965, otra vez por Cachemira. Otra en 1971, en la que Pakistán perdió su ala oriental y nació Bangladesh, en buena parte gracias a —o por culpa de, según el punto de vista— la India, que se implicó a fondo para dejar herido a su rival. Cachemira cayó en el olvido, hasta que unas elecciones fraudulentas en la Cachemira india dieron paso a una década de insurgencia —apoyada por Pakistán— y de represión de las fuerzas de seguridad indias, que ocupan el territorio de forma ostentosa. La Cachemira india no es hoy una zona extremadamente violenta comparada con otras de la región, pero sí es una región militarizada y donde la población civil sufre las consecuencias de una rivalidad entre dos potencias nucleares.
¿Y desde cuándo son potencias nucleares? La India consiguió la bomba en 1974 y Pakistán en 1998, año en que la India llevó a cabo otros dos ensayos nucleares. Pese a que la conocida teoría de la disuasión está sirviendo estos días para descartar un conflicto entre ambos países, hay que recordar que en 1999 tuvo lugar la guerra de Kargil. Aunque tuvo menos envergadura que las anteriores, se produjo en un momento en el que ambos países ya podían pulsar el botón rojo.
Es otro escenario posible para 2025: que haya ataques, choques, que incluso empiece una guerra —aunque… ¿qué es una guerra? Ahora ya hay muertos y ataques, de un lado y del otro—, pero que la temperatura no suba tanto como para que se plantee la opción nuclear.
Pero la dimensión de esta violencia es importante.
Es una de las grandes cicatrices del mundo. En su ánimo de dividir comunidades, el colonialismo británico operó en esta parte del mundo como en Palestina o lo que hoy son Sudán y Sudán del Sur. La cicatriz en el Sur de Asia no es Cachemira en sí misma, sino la rivalidad entre la India y Pakistán, dos países empeñados en la diferencia pero con un sustrato cultural común. ¿En qué momento están? Es un contexto importante para hacer cálculos sobre el futuro.
La India —el país más poblado del mundo, con más de 1.400 millones de personas— ya no es la del histórico Partido del Congreso, la formación de la dinastía Gandhi. El arquitecto de la India independiente fue Jawaharlal Nehru, su primer jefe de Gobierno, que está casi en las antípodas de Modi. Pese a sus problemas endémicos —pobreza, violencia política…—, la India funcionó durante décadas desde el punto de vista democrático, o al menos electoral, con la diversidad como guía, un proceso relatado con todo lujo de detalles en India after Gandhi, de Ramachandra Guha, un libro de historia imponente. La India de Modi es otra: es un país en el que se afirma sin ambages la hegemonía hindú, es un país con más orgullo nacional(ista), es un país que se siente fuerte aunque sea, en el fondo, tan débil. Es un país que ya se dice capaz, incluso, de competir con China. Modi, que sobre el papel cuenta con el apoyo de Occidente y singularmente de Estados Unidos, se enfrenta en las próximas semanas a un dilema que marcará su legado. ¿Sucumbirá a la tentación bélica y se convertirá en un fanático hinduista, dando la razón a sus críticos? ¿O tendrá el suficiente temple y moderación para ahorrar a su país y a su Gobierno una guerra innecesaria? Quizá haya caminos intermedios.
Pakistán sigue en caída libre, y eso es lo más peligroso. La democracia ha fracasado en un país donde el Ejército, que antes necesitaba suspender las garantías constitucionales con sucesivos golpes militares, ahora manda con un Gobierno civil más debilitado que nunca. Su apoyo a grupos armados a un lado y otro de la frontera ha demostrado ser una política nefasta. La salida de las tropas internacionales de Afganistán y la vuelta al poder de los talibanes —un grupo pastún, comunidad con gran implantación en el oeste pakistaní— parecían ser un balón de oxígeno, pero la política pakistaní sigue demasiado dominada por un miedo existencial que corre por la espina dorsal de la nación prácticamente desde su nacimiento. En 1971 perdió la mitad de su territorio. Al oeste tiene Afganistán. Al este tiene la India, con la que se disputa Cachemira y de la que depende en aspectos esenciales como el agua y el comercio. Su gran aliado es China. Pese a sus declaraciones públicas, el Gobierno civil tiene claro que debe evitar un enfrentamiento directo con la India. Pero la línea dura —anti-india— del jefe del Ejército y hombre fuerte del país, Asim Munir, hace aún más imprevisible el comportamiento de Pakistán.
La de estos días es una situación recurrente. Se oyen tambores de guerra en el Sur de Asia y la comunidad internacional, eso que llamamos la comunidad internacional —la ONU, las grandes potencias— llama a la calma, como si la India y Pakistán fueran dos niños traviesos. Deberíamos superar esa caricatura para entender lo que está pasando. Los agravios históricos son imborrables, la rivalidad es inevitable. Pero también son innegables su interdependencia y la constatación de que, al contrario que en el pasado, no tienen nada que ganar con otra guerra.
Aunque Occidente y Rusia solo miren de soslayo a Cachemira, la rueda de la historia sigue girando. Dice el cliché que el futuro del mundo —político, económico— está en Asia, sobre todo en China. Pero China ya es presente. La India y Pakistán también lo son. Los tres son imprescindibles para entender el mundo de hoy.