—Que venga quien sea ya, Trump o un extraterrestre.
Daniel es licenciado en Comunicación Audiovisual y trabaja conduciendo una de las miles de mototaxis eléctricas que mantienen la movilidad en La Habana desde que, el pasado diciembre, Donald Trump amenazó con sancionar a los países que exportasen petróleo a Cuba. Un cerco energético con el que el presidente estadounidense pretende derribar el régimen castrista que ha gobernado la isla desde la Revolución de 1959 y con el que no han podido acabar seis décadas de políticas de bloqueo. Un castigo colectivo que ha generado todo tipo de penurias y dolores, prohibido por el derecho internacional y condenado sistemáticamente por la Asamblea General de las Naciones Unidas.
—En el extranjero os habéis enterado ahora de los apagones, pero llevamos más de tres años sufriéndolos. Y no de una hora ni de dos, sino de ocho y de diez. De hecho, una de las señas por las que se distingue a quienes tienen familiares en el extranjero es porque tienen placas solares. Es de lo que más necesitamos.
El treintañero taciturno anda con el humor encrespado por la sospecha de que esta periodista sea como muchos europeos que ha conocido. Esos que “justifican, romantizan y minusvaloran nuestra desgracia y nuestro derecho a libertades como las que vosotros disfrutáis”. Lo suelta así, antes de seguir exponiendo sus argumentos, con detalles y contexto, como marca la idiosincrasia cubana.
—Claro que el bloqueo existe y que nos impide mantener relaciones comerciales normalizadas con el resto de países. Pero eso es así, y nuestros gobernantes siguen sin aceptarlo porque les ha dado la excusa para perpetuarse en el poder pese a su ineficiencia. Ellos mandan a sus hijos a vivir y a estudiar en universidades privadas en España y en Estados Unidos mientras nosotros pasamos hambre.
Uno de los casos más conocidos y que genera más críticas es el de Manuel Anido Cuesta, hijastro del presidente Miguel Díaz-Canel, quien cursa un máster en la elitista IE University de Madrid. Pero es una práctica habitual entre la élite cubana, como he comprobado en mis viajes a la isla.
—Que se vayan ya, fracasaron, chao. Ni siquiera queremos que paguen por su corrupción, ni por la represión, ni por los presos políticos. Solo que se vayan. Pero como no lo van a hacer por voluntad propia, porque hacen mucha plata con nuestra miseria, pues que les obligue Trump.
Daniel no quiere que publiquemos su verdadero nombre porque en apenas dos meses viajará a España. Es uno de los 876.000 descendientes de españoles que han solicitado la ciudadanía española acogiéndose a la Ley de Memoria Democrática. Y uno de los 240.000 a los que les ha sido concedida. Se trata de uno de los cauces que alimentan el mayor éxodo que ha sufrido la isla en su historia. Según la Oficina de Estadística e Información del Gobierno cubano, entre 2021 y 2024 más de 1,2 millones de personas han abandonado la isla. Una investigación del economista y demógrafo Juan Carlos Albizu-Capos, del Centro Cristiano para la Reflexión y el Diálogo en Cuba, radicado en Cárdenas, asciende la pérdida poblacional hasta el 20%: unos 2,1 millones de personas. Uno de cada cinco cubanos. Cuba es ahora uno de los países más envejecidos del continente: más del 25% de la población tiene más de 60 años. De hecho, se habla de la generación pérdida: los que están entre los 25 y los 35 años. Cuesta ver a jóvenes en la calle. Del grupo de amigos de Daniel, se han marchado todos menos él y otro chico.
—Yo soy el penúltimo porque no quería jugarme la vida cruzando el Darién, ni irme como turista para luego estar mendigando por los papeles. Así que, ahora que estoy a las puertas de marcharme, no me voy a buscar problemas hablando con mi nombre real. Además, la realidad que venga ya no será la mía. Pero nos han robado el país, se lo han quedado ellos y nos han obligado a los pobres a irnos.
Alrededor, de nuevo, La Habana abatida que visité durante la pandemia. Avenidas vacías en las que los pocos vehículos que transitan son triciclos eléctricos. Los escasos viandantes, caminantes cansinos, silentes, despojados de la socarronería parlanchina característica de los cubanos. Montañas de basura humeantes en las esquinas de las calles menos transitadas. Por la noche, un manto negro cubriéndolo casi todo, apenas agujereado por el fulgor de las casas con placas solares, por los comercios con generadores y por los faros de los escasos coches que siguen transitando. Y la música. Siempre, desde algún rincón, un altavoz bañando de reguetón el vecindario. Un telón de fondo a veces sustituido por el rugir de las cacerolas, la vía que permite liberar la rabia y el agotamiento sin exponerse demasiado a la represión de un régimen que solo admite el halago y la sumisión.
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La tarde del jueves 12 de marzo, el Gobierno cubano distribuyó una nota de prensa en la que anunciaba que a las 7.30 de la mañana siguiente, el presidente Díaz-Canel ofrecería una rueda de prensa. También anunciaba la liberación de 50 presos gracias a la mediación del papa León XIV —omitían el adjetivo que lo convertía en noticia: que eran presos políticos— y reconocía lo que era vox populi: que está negociando con Washington —la Administración Trump llevaba días haciendo comentarios sobre las conversaciones mientras sus homólogos cubanos insistían en que era una mentira más del “imperialismo yanqui”—. Muchos de los cubanos no se enteraron de los anuncios porque aquella tarde tampoco tenían electricidad ni telefonía móvil, otra de las consecuencias de los apagones. Quienes recibieron la información parecían no esperar nada de la comparecencia. A quienes pregunté, me respondieron con indiferencia o eufemismos. “¿Qué crees que va a decir? Nada”, “Si hubiera alguna novedad la sabríamos por Trump, no va a dejar que otro dé la noticia”, me decían. Muchas familias cubanas ni siquiera tienen sintonizado el canal nacional. “Nunca lo pongo, ahí solo hay gente cocinando todo el día”, me dijo, con exasperación, una veinteañera estudiante de Medicina. La mayoría me respondió que esperaría a ver los análisis de sus periodistas de confianza, casi todos en el exilio, a través de sus redes sociales.
En cualquier caso, aunque hubiesen querido ver en directo la declaración presidencial, muchos no habrían podido porque no tenían luz. Y el titular más atractivo que se pudo extraer de los 90 minutos de discurso fue que, efectivamente, estaba conversando con Estados Unidos para “solucionar los problemas bilaterales”. A pesar de que el acto se había comunicado como una rueda de prensa, entre los asistentes solo se encontraba la plana mayor del régimen y un reducido grupo de directivos de los medios oficialistas. De hecho, contacté al Centro de Prensa Internacional para asistir y la respuesta fue que no les constaba que se hubiese convocado ningún acto para periodistas. Tres días después, el presidente Trump respondió a Díaz-Canel jactándose de su desprecio por el respeto a la soberanía de la isla y a cualquier norma internacional: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba. […] Creo que puedo hacer lo que quiera con ella”.
En gran medida, ya lo está haciendo. Nadie en la isla duda de que están viviendo los últimos coletazos de un régimen en decadencia desde que, en la década de 1990, se disolvió el bloque soviético, su gran benefactor. Sin embargo, tampoco nadie se atreve a aventurar cuándo ni cómo será el entierro. Tienen suficiente con “resolver”, el concepto creado por los cubanos para englobar las innumerables habilidades que, durante décadas, han tenido que desarrollar para garantizarse la supervivencia diaria y que la prohibición de importar petróleo dictada por Trump ha llevado a un nivel superior. Uno peor, incluso, que el llamado Periodo Especial, según la mayoría de las personas consultadas para este reportaje. Algunas de ellas recuerdan como entre 1991 y 1995 los gatos desaparecieron de las calles de La Habana. Pero, insisten, la crisis actual va más allá del estómago.
—Está todo sobre precio, carisísisimo. Gracias a que nos ayudan del Norte.
—¿Tiene familia en los Estados Unidos?
—Sí. Si no, nos moriríamos de hambre, como hay muchas personas muriéndose por ahí.
—Y el Periodo Especial, ¿fue mejor o peor?
—Yo no sé ni cómo compararlo, la verdad. Porque antes teníamos un poquito de dinero, pero no había las cosas. Ahora, aun teniendo dinero, a veces no consigues las cosas.
Emma Navarro tiene 84 años, vive con uno de sus nietos en una vivienda con las paredes mohosas y de un solo dormitorio en el barrio 10 de Octubre, a las afueras de La Habana. El muchacho trabaja a unos metros de allí, en un almacén desde el que sus dueños distribuyen por varios negocios propios lo que consiguen importar: cerveza española barata, carne molida descongelada, leche en polvo… También instalaron un horno de tamaño doméstico para vender porciones de pizza en el barrio, pero desde que la falta de electricidad se volvió diaria, lo usan llenando la parte inferior de carbón.
No es una excepción. Cada vez más gente en La Habana tiene que cocinar con carbón o, incluso, con madera. Incluida Emma. “¿Qué le parece? Retrocedimos”, dice, mostrándonos la canastilla de latón que le compró su nieto y que se está convirtiendo en un instrumento habitual en las cocinas cubanas. Hoy ha habido suerte: en las dos horas de suministro eléctrico que ha llegado a esta zona de la capital, alejada de los barrios turísticos, Emma ha conseguido rellenar su depósito de agua y cocer varias raciones de arroz en la arrocera, un electrodoméstico icónico de la historia reciente cubana desde que, en 2005, Fidel Castro ordenó su reparto por millones de hogares como parte de un plan de ahorro energético. El problema es que ahora, sin luz, tampoco se pueden conservar los platos cocinados más que unas pocas horas fuera de la nevera. En Cuba, cada paso para conseguir terminar el día con dignidad es una yincana agotadora que el régimen ha vendido al mundo, desde sus inicios, como una demostración de la capacidad de resistencia frente al imperialismo estadounidense de su pueblo. Un pueblo que repite, con entonaciones, conjugaciones y volúmenes distintos, a cualquiera que quiera escucharlo, que ya no puede más.
—Yo me divertí mucho en mi juventud. Hasta los 90, vivimos muy bien: íbamos a la playa de vacaciones y había mucha comida. Pero, después… ¿Que qué me gustaría? Yo quisiera que hubiera un cambio, para mejor, como quiere todo el mundo, ¿no?
Emma se asegura de cerrar las frases con muletillas que las despojen de cualquier parecido a una crítica. Y pregunta varias veces:
—¿Esto dónde va a salir?
Desde diciembre de 2025, cuando dejó de llegar petróleo a la isla —hasta entonces, en su mayoría procedía de Venezuela y de México—, La Habana ha sido secuestrada por dos temas de conversación que, en realidad, son solo uno. El inofensivo: “¿Anoche os vino la luz? ¿Cuántas horas?” “¿Pudiste llenar los depósitos?” “¿Cocinaste para hoy?” “¿Cuántas horas dicen en Telegram que nos llegará hoy?”. Y el que subyace a todo eso, el de la luz al final del túnel, el de las noches en vela poniendo lavadoras, el de los alargadores sacados a las aceras para cargar los móviles de los vecinos, el de las colas interminables en los cajeros: “¿Qué han dicho los de Florida en las noticias gringas?” “¿Qué dicen aquí los de Raúl?” “¿Cómo va lo de Irán, porque de eso va a depender todo?”. El primero se comenta a voces con los vecinos desde los balcones, se pregunta por teléfono a los familiares, se explica a los periodistas con procelosas descripciones. Para el segundo, se recurre al sotto voce, se tamizan las palabras hasta reducirlas el eufemismo —“el cambio”, “ellos”—, se chequea quién anda alrededor y se busca la privacidad, a ser posible, sin abrir las puertas del hogar: dejar pasar a extraños siempre puede conllevar preguntas incómodas por parte de los miembros de los comités de defensa de la revolución que vigilan cada barrio.
Los que hablan abiertamente, con nombres y apellidos, es porque están dispuestos a asumir los riesgos. O porque ya lo han hecho. Como Alex Hall, una de las decenas de miles de personas que el 11 de julio de 2021 salieron a las calles de decenas de ciudades a protestar porque no aguantaban más. Un estallido social, como se le llamó, contra la escasez de alimentos, de medicinas, de productos de higiene, contra los apagones —ya entonces, habituales—, contra la represión política, contra las medidas adoptadas durante la pandemia de COVID-19 que empujaron a muchos de la pobreza a la miseria. Un “Ya no podemos más” colectivo con el que ahora muchos en Cuba acaban sus frases. El presidente Díaz-Canel, un político desconocido para la mayoría hasta que, en 2018, fue designado por Raúl Castro para sucederle, respondió al malestar con cargas policiales y la detención de miles de personas. Según las ONG Justicia 11 y Prisoners Defenders, entre 420 y 500 manifestantes siguen encarcelados cinco años más tarde.
Alexander Hall, historiador y activista de los derechos de las personas afrodescendientes, fue una de ellas. Tras ser detenido durante la protesta, pasó tres días en una prisión, sin acceso a un abogado, junto a otras cientos de personas, sin apenas comida, agua ni una ducha. Tampoco le informaron de si había cargos en su contra. Tras ser puesto en libertad, siguió publicando análisis en los que expone la falta de libertades, así como la discriminación y desigualdad que siguen sufriendo las personas negras en su país, lo que le ha costado varias detenciones, vigilancia en su domicilio y estar “regulado”. Así se llama en Cuba a la prohibición de viajar al extranjero. Hall lo descubrió cuando, a finales de 2025, fue a sacarse el pasaporte para cursar la beca que había conseguido para estudiar en Ecuador. También la inmensa mayoría de sus amigos ha abandonado el país.
“Te acostumbras a la soledad. Yo me he volcado en ampliar mis conocimientos y estudiar Antropología”, cuenta con resignación en una cafetería en Centro Habana donde todas las camareras son blancas y mestizas. “¿Ves? Solo el vigilante es un hombre negro. Los hoteles, los restaurantes, los negocios de cara al público no quieren contratar a afrodescendientes porque creen que dan mala imagen”.
Hasta mediados del siglo XX, en Cuba había segregación racial. Hall recuerda que incluso al dictador Fulgencio Batista le rechazaron su ingreso en una de las entonces populares sociedades por ser mestizo. La Revolución prometió acabar también con la desigualdad étnica, algo que nunca consiguió, como reconoció el propio Fidel Castro en Cien horas con Fidel, el libro del periodista Ignacio Ramonet que en Europa se publicó en una versión ampliada a la cubana.
“Como no modificaron las condiciones de punto de partida, las diferencias persisten. Las personas blancas viajan cinco veces más al exterior, reciben tres veces más remesas y la población reclusa es mayoritariamente negra”, expone Hall, también con un tono de estar diciendo una obviedad, pero en este caso para evidenciar su crítica. El joven, dice, ya no teme a las posibles consecuencias de sus palabras: “Deseo que tengamos un proceso de transición gradual, no caótico, un escenario de mayor democracia y apertura económica, de mejor y mayor distribución de la riqueza, del establecimiento de nuevas bases republicanas, constitucionales y electorales que establezcan una cultura de democracia porque en Cuba no la tenemos, tampoco una cultura de organización política”. Para ello, opina, sería necesario que “las fuerzas políticas ya envejecidas cedieran sus cuotas de poder y entendieran que no es posible sostener un país así, condenando a su población a la miseria. Tienen que dejar a las personas participar en una democracia institucional”.
Cuba es una dictadura familiar, como la ha descrito el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, una en la que Fidel Castro dejó el poder a su hermano Raúl, que sigue ostentando desde la sombra el poder real, y que ha encargado las negociaciones con la Casa Blanca a su nieto Raúl G. Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo” —supuestamente nació con seis dedos en una mano—. Una dictadura en la que se estima que, al menos, el 40% de la riqueza del país está en manos de GAESA, un conglomerado empresarial que Fidel Castro fundó durante el Periodo Especial para que las Fuerzas Armadas Revolucionarias se autofinanciases. Tres décadas después, se ha convertido en una corporación opaca que controla la mayor parte del sector turístico —hoteles, agencias, transporte y proveedores—, gasolineras, supermercados y ETECSA, el único servidor de telefonía móvil en Cuba. Un entramado que, según investigaciones transnacionales, ha derivado parte de sus ganancias a paraísos fiscales. En una sesión parlamentaria de 2024, la Contraloría General de la República cubana, Gladys Bejerano, declaró que no puede fiscalizarla porque GAESA está bajo fuero militar.
De darse una apertura económica, como da por sentado el secretario de Estado Marco Rubio, responsable estadounidense de las negociaciones y quien un día sí y otro no considera imprescindible un cambio de régimen político en el corto plazo, Hall no descarta casi ningún escenario: “Puede haber un reacomodo de la oligarquía burocrático-militar del Partido Comunista que pueda derivar en un colapso parecido al que sucedió en los países de la Unión Soviética o puede que nos convirtamos en un Estado vasallo de los Estados Unidos, similar a lo ocurrido en Venezuela, totalmente alineada y subordinada a las directrices de Washington bajo la propia jefatura del chavismo”.
En 2021, tras el estallido social, viajé a Cuba y entrevisté a una quincena de jóvenes que había participado en las protestas. Todos ellos viven ahora en España y en Estados Unidos, incluido Ulises Padrón, filólogo, editor y activista por los derechos de las personas LGBTIQ+ y afrodescendientes. En aquellos días, ni Padrón ni los amigos que lo acompañaban durante el encuentro salían del desconcierto que les había provocado el comunicado que el movimiento estadounidense Black Lives Matter había difundido en apoyo al régimen cubano frente a los manifestantes. “Se centran en pedir el fin del embargo y del bloqueo, algo que tendría que hacerse ya, pero no en el derecho de las personas a protestar cuando estamos en una sociedad racializada en la que las personas negras y afrodescendientes sufren más, están más discriminadas y han sido más violentadas por la represión policial”, lamentaba entonces Padrón. Alexander Hall recuerda bien aquel texto. “A mí no me sorprendió. Ya nos habían contado los latinos cómo sufrían el racismo de los afroamericanos. Así que sencillamente se comportaron como lo que son: americanos negros, por lo que establecen esa jerarquía social y racial hacia nosotros, el Tercer Mundo”, sentencia.
Su amigo Ulises Padrón también dijo algo que resuena estos días en los que partidarios del régimen de todo el mundo visitan la isla, se reúnen con la plana mayor del Gobierno y lo reducen todo a una gesta contra el imperialismo estadounidense.
“Hay una izquierda que sigue viendo Cuba como su zoológico, como un museo. Vienen, van al Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, que les prepara sus programitas para ir a cosechar una semana, un ratito a Tropicana, y así es muy lindo ver el socialismo. Pero hay otra Cuba, en la que los paradigmas de la Revolución ya se han acabado o están agotados. Claro que la educación y la sanidad son derechos a preservar, incluso si tenemos otros sistemas políticos. Pero tiene que haber oportunidades de trabajo, la gente está pasando hambre y de mi generación apenas quedamos unos pocos en el país”.
Desde el triunfo de la Revolución en 1959, para varias generaciones Cuba se ha convertido en un mito en el que proyectar sus filias y fobias geopolíticas. De hecho, se puede viajar a la isla y ver solo ver la realidad que se busca reafirmar: la miseria, decadencia y degradación de un sistema colapsado o la heroica resistencia de un pueblo capaz de plantar cara al Imperio. Un retrato tan ciego como cínico: ambos sostienen que su prioridad es el pueblo cubano, pero ninguno lo ve.
—Es como si tiraran del pueblo cubano en dos direcciones opuestas. Una que dice defender la Revolución y el socialismo, cuando ya no existen. Otra, hacia el capitalismo, pero sin decirlo abiertamente y, por tanto, sin poder jugar con sus reglas. Y así es como resulta imposible planificar una vida. Todo se convierte en supervivencia en un hoy muy caótico.
Alcides García Carrazana ha pasado buena parte de su vida trabajando como periodista para el canal de televisión de la provincia de Granma. Ahora, ejerce como educador social, realizador audiovisual y está implicado en varios proyectos de soberanía alimentaria apoyados por oenegés internacionales. Un hombre de profundas convicciones de izquierdas, que ha trabajado en el extranjero en organizaciones supranacionales como ALBA Movimientos y que analiza con el detalle científico del zoólogo el animal mítico en el que muchos han convertido al sistema político cubano.
—En estos sesenta años a nosotros nos desmontaron políticamente. Nos quitaron la capacidad de autorganizarnos, de pensamiento, de proyección política. Y, al mismo tiempo, el discurso oficial lo centra todo en el bloqueo y en la injerencia de Estados Unidos, que es real. El bloqueo existe y jode muchísimo, obstaculiza un montón de procesos en todos los sectores. Pero eso es así, así que no te puedes quedar en eso, tienes que ver cómo dialogas para solventarlo.
Una parálisis que García Carrazana ejemplifica con una de las grandes frustraciones que le enervan trabajando con el campesinado: en Cuba sigue siendo más fácil montar una empresa privada, las llamadas Mipymes, que una cooperativa. Una contradicción para un gobierno supuestamente socialista pero que responde a su voraz afán de control. Una faceta que explica también una burocracia anquilosada que el cine cubano ha retratado magistralmente. Especialmente en La muerte de un burócrata (1966) y Guantanamera (1995) que muestran cómo, en ocasiones, ni la muerte libra del acoso de los hombres grises que piden siempre un nuevo documento. De hecho, incluso en la actual crisis hay quienes renuncian a su pensión tras meses errando de un mostrador a otro.
No quedan calorías que malgastar en un país en el que todo requiere un esfuerzo desproporcionado, en el que rige una verticalidad que, a veces, recuerda a un sistema de castas: la élite octogenaria que hizo la Revolución y que alcanzó puestos de poder sigue controlando todo desde la cúspide. Abajo, las últimas, como en todos los sistemas políticos, están las niñas y adolescentes negras prostituidas por los extranjeros blancos, a menudo, más cerca de la vejez que de la mediana edad. Como los que pasan a nuestro lado mientras realizamos la entrevista. Un septuagenario convertido en langosta por el sol agarrando de la cintura a una adolescente que intenta aparentar más años con un vestido rojo de licra.
Erradicar la prostitución también fue uno de los objetivos de la Revolución cubana, que la veía como una expresión más de la dictadura vasalla de los Estados Unidos. Durante los años en los que la URSS mantuvo el flujo constante con la isla, se redujo a los puteros y pederastas locales. En cuanto el bloqueo soviético se extinguió y Fidel Castro abrió la isla al turismo, el cuerpo de las mujeres volvió a ser territorio de la explotación sexual transnacional y una fuente de ingresos vital para la supervivencia de muchas familias.
***
En una calle comercial de Centro Habana, un hombre rebusca entre la basura. Abre minuciosamente las bolsas y escudriña unos restos orgánicos inidentificables. Por ser una escena habitual no deja de ser hiriente, un puñetazo en la barriga que nos recuerda qué significa pisotear la dignidad. El amigo que nos acompaña me aclara que probablemente sea para venderlos para alimentar gallinas, cabras, perros. Más adelante otro hombre come algo acuclillado en una montaña de escombros. En julio de 2025, la entonces ministra de Trabajo, Marta Elena Feitó Cabrera, tuvo que dimitir después de decir que las cientos de personas sin hogar que sobreviven en las calles de la ciudad son “gente que se hace pasar por mendigo para ganar dinero fácil”, y que “en Cuba no hay mendigos”. Tal fue el escándalo, que el presidente Díaz-Canel tuvo que censurar sus palabras por estar “desconectadas de las realidades que vivimos”.
Es por la mañana, horario lectivo, y aunque las clases de la Universidad se han suspendido por la falta de combustible, los colegios e institutos de educación secundaria siguen funcionando. Sin embargo, hay numerosos niños vendiendo galletas, ayudando a sus padres en los puestos de verdura, deambulando en grupos. Algo impensable hace apenas una década, cuando la escolarización universal seguía siendo un mandato casi religioso, y cuando aún se castigaba a los progenitores por incumplirlo.
En medio de todos ellos avanza Amalia en busca de provisiones. Tiene 34 años y hace cuatro que decidió dejar de ejercer la medicina para dedicarse a la estética y a la micropigmentación. El salario medio de un médico en Cuba es de 15 dólares, por lo que muchos de ellos han migrado a países como España o se han pasado al sector privado en trabajos menos cualificados, pero mejor remunerados. Antes, pudo comprarse la mitad de su vivienda con lo que cobró durante un año en Venezuela. Como miles de trabajadores sanitarios cubanos, formó parte de las brigadas que han prestado servicios médicos en países como Venezuela, Bolivia, Brasil, Ecuador, Nicaragua, Haití y México, entre otros. Además del cerco energético, Trump amenazó a estos países con represalias si no rompían una colaboración que le reportaba importantes ingresos al Gobierno cubano y con la que, en el caso venezolano, pagaba parte del combustible que importaba. Varios de ellos ya han suspendido el acuerdo.
—He intentado irme de Cuba de casi todas las maneras posibles: por el bombo de Estados Unidos [un sorteo anual de permisos de residencia], por el parole humanitario [un programa de reunificación familiar eliminado por Trump]… Por la ruta del Darién no, porque me da miedo. Vivimos en una isla-cárcel. Comemos pero no nos alimentamos, porque con lo que conseguimos no podemos ni comprar carne de res, no conseguimos los nutrientes necesarios. Y la gente piensa que esto es bonito. Esto es insoportable.
Amalia desprende rabia contra el comunismo y sigue a youtubers e instagramers españoles e hispanoparlantes de derecha y de extrema derecha. No es un caso aislado. En la isla está creciendo el apoyo a la ultraderecha como reacción pendular a la opresión del régimen actual y, a veces, vinculada con el crecimiento de las iglesias evangelistas. De hecho, algunos de sus seguidores han replicado el eslogan del movimiento estadounidense MAGA en una versión local: Make Cuba Great Again. Los fundamentalistas religiosos hicieron una fuerte campaña contra la legalización del matrimonio igualitario en 2022 y ahora la hacen contra el aborto, incluso yendo a hospitales para convencer a las mujeres de que no interrumpan su embarazo.
No es el caso de Amalia, atea y que aspira poder votar algún día a un representante de la derecha radical que domina ya buena parte de América Latina. Entre los recados que se había propuesto hacer esta mañana está el de poner saldo de internet para su móvil. Los cubanos residentes en la isla tienen autorizada una primera recarga mensual de 360 pesos (unos 60 céntimos de euros) por 6 gigabytes —a mí me duraron un día y medio sin apenas ver vídeos—. Una vez que lo gastan, las sucesivas recargas tienen que hacerse en dólares y a precios astronómicos para la economía local. Una fórmula muy eficaz para el Estado de reducir el acceso a Internet —principal espacio para la crítica política— y de ingresar millones de dólares.
—Quieren aislarnos aún más. Si tenemos familiares en el extranjero, nos vemos forzados a rogarles que nos envíen algo de recarga. Si no, tenemos que comprarlo por la izquierda a precios desorbitados.
Hay todo un mercado paralelo en el que se venden los datos comprados por la diáspora a sus familiares para que comercien con ellos y los vendan hasta diez veces más caros. Y aun así, se trata de un servicio pésimo que el Gobierno, además, suele cortar durante las caceroladas para impedir que se difundan imágenes de las protestas. Teme que se puedan contagiar por todo el país, como ocurrió el 11 de julio de 2021 a pesar de que lo bloqueó durante días.
—Si no salimos a la calle a protestar es porque no queremos terminar muertos o encarcelados como quienes participaron en el Estallido de 2021. “Ser culto es el único modo de ser libre”, dijo Martí. Aquí somos cultos, sabemos lo que ocurre, pero tenemos mucho miedo.
José Martí, el líder de la independencia cubana, sigue siendo un héroe nacionalista unificador de todas las corrientes ideológicas que, cada vez más, se mueven bajo el silencio impuesto por la oficialidad.
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Gustavo Arcos es profesor en la Escuela de medios, cine, radio y televisión de la Universidad de las Artes de La Habana. El lugar donde se forman la mayoría de los periodistas y comunicadores audiovisuales del país. Lleva toda su vida trabajando en el mundo del cine y es uno de sus críticos y académicos más respetados. Sus alumnos, me cuenta uno de ellos, le consideran un intelectual apasionado y entregado a la enseñanza. Hasta el final de la entrevista no cuenta que su tío iba en el mismo coche que Fidel Castro durante el ataque al cuartel Moncada, que su padre trabajó junto al Che en el Ministerio de Industria durante años, que sus tías actuaron de enlace en Sierra Maestra. Lo hace tras explicar que sigue considerándose revolucionario, es decir, que sigue creyendo en los valores en los que se sustentó la Revolución.
—Pero en el 64 mi tío Gustavo ya empezó a decir que esa no era la revolución por la que había luchado y que Fidel había traicionado a todo el mundo. Por ello, fue encarcelado como preso político muchos años. Aun así, en los 80, yo fui a estudiar en la Unión Soviética creyendo en el comunismo, en todo lo que podía traer de beneficio para el mundo y para Cuba. Y fue traumático porque conocí otra realidad.
Arcos nos recibe en su apartamento luminoso, a unas cuadras del malecón, con sugerentes óleos en las paredes y una guitarra decorando el salón. Comienza hablando de la “crisis espiritual” que atraviesa el país.
—En otros momentos también ha habido bloqueo y conflicto con Estados Unidos, pero teníamos un sistema de salud eficaz, una enseñanza pública de calidad y un proyecto que había logrado mejoras para la mayoría social. Pero todo eso se ha perdido y estamos en un sálvese quien pueda.
Un sálvese quien pueda que, como explica Arcos, depende, sobre todo, de los más de tres millones de cubanos que viven en el extranjero y que envían remesas en la medida de sus posibilidades. Según un informe de la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe de las Naciones Unidas de 2023, el 70% de los habitantes de Cuba recibe unas remesas que, en la mayoría de los casos, resultan cruciales para cubrir las necesidades más básicas, como comprar alimentos y medicinas —a precios disparados en el mercado ilegal—.
Arcos cree que hay que volver a 1959 para entender en lo que se ha convertido hoy el Estado cubano.
—En aquel año, Fidel no era marxista ni creía en el socialismo y hablaba contra la izquierda. Teníamos partidos políticos, una prensa de oposición. Mucha de la gente que hizo la revolución con Fidel y que murió para derrotar la dictadura de Batista lo hizo para que Cuba volviera a tener beneficios sociales, para que no hubiese diferencias de clases, pero también creían en una república con partidos políticos, derechos civiles, una prensa libre. Esos son los que lucharon en Sierra Maestra. Pero después la Revolución implementó una lectura de la historia manipulada según la cual todos ellos murieron por lo que vino después.
Y a partir de ahí, analiza, se creó una nueva clase social, la del revolucionario. “Fidel llegó a decir que ‘antes había que dejar de existir que dejar de ser revolucionario’. Bueno, pues a partir de eso, toda tu vida, tus beneficios laborales, tus ascensos, tus vacaciones, las iba a marcar si el sistema, tus compañeros o tus vecinos te consideraban lo suficientemente revolucionario o no”.
De hecho, Arcos sostiene, como muchos en la isla, que el mejor amigo que ha tenido la Revolución cubana ha sido el Gobierno de Estados Unidos y su bloqueo, del que, afirma, se han beneficiado muchos:
—Cuando murió Fidel, lo celebraron tanto en Miami que tuvieron que cerrar la calle 8, donde hay tantos cubanos. Perdóname, pero la mayor parte de los cubanos que han hecho allí su carrera, su prestigio y su dinero ha sido gracias a Fidel. Fue él el que les dio estatus en la comunidad de Miami. E igual que los de allí han vivido gracias a su oposición a la “terrible existencia del comunismo en Cuba”, los de aquí lo han hecho gracias a la existencia del “terrible imperialismo estadounidense”.
En este sentido, una de las heridas que sigue más abierta en Cuba es el boicoteo interno al proceso de normalización de relaciones que lanzó la presidencia de Barack Obama.
—Aún no había terminado de hablar Obama en el Teatro principal de La Habana y ya estaba la televisión cubana entrevistando a voceros oficialistas que decían que no había que creerle porque era el lobo con la piel de cordero, que el imperialismo quería venir a tomar Cuba. Y en Miami ya estaban diciendo que no podía pactar con la dictadura asesina. Ni unos ni otros lo iban a permitir.
El proceso se ralentizó y a su llegada a la presidencia en 2016, Donald Trump revirtió los avances.
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La carretera nacional de La Habana a Matanzas es de las mejor mantenidas del país. Se trata de un trayecto obligado para la mayoría de los turistas, que suelen alojarse en los hoteles playeros de Varadero y visitar La Habana uno o dos días. La actual crisis la ha vaciado hasta convertirla en una pista de despegue a ninguna parte. Solo nos cruzamos con una decena de bicicletas, una veintena de automóviles y varias decenas de triciclos eléctricos. A un lado de la vía, el Atlántico desmadejándose sobre una costa pedregosa. Durante decenas de kilómetros, vemos cómo un gasoducto herrumbroso, de un palmo de diámetro, aflora y se esconde. Al otro lado, un horizonte de lomas verdosas, salpicadas de arbustos y palmeras, entre las que, cada treinta o cuarenta kilómetros, se alza la llama agónica de una refinería casi artesanal de petróleo. Pequeños depósitos oxidados y tuberías a ras de tierra intentan extraer el grumoso, pesado y agrio crudo cubano con el que la isla mantiene las constantes agónicas de su sistema energético. Y entre ellas, un par de pequeñas centrales termoeléctricas, tan corroídas como todo el sistema eléctrico de la isla, al borde del colapso por la falta de mantenimiento desde hace años y, ahora también, de combustible. El estado de abandono evoca un aire apocalíptico que extiende su pátina hasta las calles de la ciudad más cercana.
Matanzas tiene unos 120.000 habitantes y está atravesada por dos ríos que dividen la ciudad. A un lado, su centro de arquitectura colonial. Al otro, el vecindario en el que vive, sobre todo, población afrodescendiente en infraviviendas. Y al otro extremo, el Reparto Armando Mestre, uno de los cientos de barrios que construyó la Revolución para paliar la falta de viviendas. Edificios de tres y cuatro plantas, construidos por los que serían sus futuros habitantes, siguiendo los dictados de la arquitectura soviética y que, medio siglo después, siguen siendo la última barrera entre la pobreza y la miseria para cientos de miles de familias. Cientos de hombres dejan escurrirse las horas sentados en los muretes que circundan las calles de tierra.
Allí vive Alina López, uno de los rostros más visibles y respetados de la oposición interna al régimen cubano. Historiadora, editora y miembro de la Academia de Historia de Cuba, López ha logrado visibilizar la represión del régimen con una acción aparentemente inocua como plantarse, en silencio, una hora, el día 18 de cada mes en el Parque de la Libertad, el principal, junto a la estatua de José Martí, omnipresente en cada población de la isla. La mujer a veces porta consigo una pancarta en blanco; otras, alguna consigna pidiendo la libertad de los presos políticos. Por ello ha sido detenida en numerosas ocasiones, agredida por policías en un par de ellas, acusada de golpear a una oficial de inteligencia —algo que ella rechaza y por lo que le piden cuatro años de prisión— y tiene prohibido salir del país. una regulación vigente hasta hoy. Se enteró cuando en 2023 fue a renovar el pasaporte para viajar a un congreso en Estados Unidos. El teniente coronel que la atendió le explicó que no le permitirían viajar porque sabían que iba a encontrarse con la CIA para encabezar un golpe de Estado a su vuelta. “Imagínate el guion de telenovela”, explica rodeada de fotos de sus hijas y de diplomas de sus logros académicos. “Meses después, el mismo teniente coronel me dijo que si cambiaba de actitud, es decir, si me callaba, me devolvería el pasaporte, lo que demuestra que todo lo de la CIA es falso”.
La lucha de Alina por los presos políticos y por una transición democrática se ha ido extendiendo por otras ciudades y pueblos. Hombres y mujeres que también cada día 18 se plantan en silencio y casi siempre en solitario y que también por ello han sido detenidos y están, algunos, a la espera de juicio.
Cuba es uno de los países con un mayor porcentaje de población reclusa del mundo, según estimaciones de diversas organizaciones de derechos humanos, explica Johanna Cilano, investigadora de Amnistía Internacional para Cuba. “Desde 2012, las autoridades cubanas no ofrecen cifras de personas presas o población carcelaria. En aquel momento ofrecieron una visita guiada a la prensa y reconocieron la existencia de alrededor de 57.000 personas presas y 200 instalaciones carcelarias. Estimaciones de organismos independientes sitúan la cifra de personas presas cerca de 90.000 en la actualidad”, añade. “Esta información es estimada debido a la falta de transparencia y la negativa al escrutinio del sistema carcelario por parte de organizaciones de derechos humanos nacionales e internacionales”. Una opacidad que incluye a los presos políticos que, según diversas estimaciones, oscilan entre 756 y 1.254.
—El Gobierno tiene dificultades para negociar su liberación porque una de las cosas que suele incluir como condición es su exilio obligatorio, y muchos de los presos han dicho que no se van a ir de Cuba. Han ido desarrollando una conciencia política que no tenían cuando fueron encarcelados hace cinco años y están determinados a luchar por el cambio político.
En los últimos tres años, en Cuba se ha encarcelado a personas por publicar en Facebook o por hacer pintadas críticas con el Estado. Ese es el caso de Martín Barroso, un doctor en Ciencias Económicas de la Universidad De Santiago Spíritus que ha sido condenado a diez años de cárcel por hacer pintadas críticas con el régimen como “¿Hasta cuándo nos están matando?”.
Como Alina, que tras leer los relatos de torturas de los encarcelados durante las protestas de 2021, decidió que tenía que ir más allá de publicar análisis críticos e implicarse en la acción directa.
—Vengo de una familia obrera de un barrio muy pobre de Matanzas. Soy de izquierda, creo que ningún proceso de cambio en Cuba puede hacerse dejando al margen a las grandes mayorías sociales, sin justicia social, sin una responsabilidad del Estado. Ningún sistema que se haya proclamado socialista sin democracia ha logrado resultados, simplemente son dictaduras con ropajes populistas más que populares. Y en Cuba ni el ropaje populista existe ya.
Alina es consciente del riesgo que asume con su exposición pública. Y si la asume es porque quiere pedirle algo al mundo:
—Que mire a Cuba más allá de Trump y del Estado cubano, que mire a su gente y al drama que viven, a los presos políticos, a las personas pobres y abandonadas. Que no sigan viendo a Cuba como un mito. Desmitifiquen Cuba y ayúdennos.
Nos invita a un café. Para edulcorarlo, saca de una bolsa azucarillos que una amiga europea le trajo en una visita. Cuba era una de las grandes productoras de azúcar hasta que Fidel Castro cerró las centrales azucareras siguiendo la lógica capitalista de que costaba más producirla que importarla. Ahora, hasta el sector del ron –una de las principales exportaciones del país– tiene que comprar azúcar extranjera. En la mesa de la cocina, vemos la famosa cartilla de racionamiento. Alina explica que en el último trimestre ha recibido solo un kilo de arroz y otro de frijoles. Las colas para recoger los víveres son tan largas que los vecindarios se organizan para pagar a un ‘colero’, alguien que espera varias horas para recogerlos a cambio de una pequeña cantidad de dinero o de la propia comida.
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De vuelta en La Habana nos reunimos con Jorge Fernández, uno de los activistas que se ha unido al movimiento de protesta iniciado por Alina López. O lo ha intentado. Desde hace más de un año, cada día 18, cuando se dirige a la plaza más cercana a su casa, policías lo detienen y lo encierran durante algunas horas en un calabozo.
—Ellos dan distintos tratos a la disidencia para crear diferencias entre nosotros y para quebrarnos. También judicialmente. A Alina le mantienen la acusación y a mí, en noviembre, me llamaron y me dijeron que la Fiscalía había decidido anular la causa tras dos años y medio esperando juicio —lo que es ilegal porque la ley establece que tienen un año para juzgarte—. Y fíjate que desde entonces he pasado más tiempo detenido que hasta entonces y me tratan peor. Con la salvedad de cuando me dieron la paliza.
Comenzamos la entrevista con Jorge Fernández en el jardín de nuestro hostal, pero la ley obliga a los dueños de alojamiento turístico a registrar cualquier visita, por lo que decidimos buscar un lugar que no les ponga en un compromiso. Fernández es escritor, editor, ilustrador de humor político y una de las voces críticas más hostigadas por el Estado. Los restaurantes y cafeterías de una Habana vacía tienen dos inconvenientes: todo se escucha, todo el mundo te ve. Así que terminamos en una plaza tan destruida que se ha convertido en el escondrijo y sanitario de varias personas sin hogar. Al final de la entrevista, un hombre vestido de paisano se dedica a rondarnos, por lo que terminamos antes de lo previsto.
A sus 63 años, Jorge Fernández ha trabajado como editor en las instituciones culturales más prestigiosas del país: el Centro de Estudios Marciano, donde era subdirector de la editorial José Martí, y en el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello. Fue el encargado de editar un libro importante para el establishment cubano, Mi primera vida, la larga entrevista que le hizo Ignacio Ramonet a Hugo Chávez. Ahora es un apestado por publicar humor político en dos de los medios más críticos, El Toque y Cuba por Cuba, que a menudo son bloqueados. En cualquier caso, la mayoría de sus lectores lo siguen por sus canales de Telegram, WhatsApp y el resto de redes sociales. Esta es la forma más habitual de informarse en la isla.
—El humor es un arma muy poderosa porque es muy difícil de responder. Tú metes una diatriba contra el Gobierno o las instituciones y suena muy serio, pero si lo haces con humor les molesta mucho porque no saben cómo desmontarlo. Esto viene del movimiento de jóvenes humoristas que surgió en las universidades hace más de 30 años, pero quedamos muy pocos porque la mayoría está en el exilio.
Jorge se disculpa por hablar acelerado. Dice que personas críticas como él, tienen tanto que decir y están tan silenciados, que cuando tienen la oportunidad de hablar sienten que no la pueden desaprovechar. El escritor explica que el día que más temió por su vida fue el 18 de julio de 2025, cuando varios agentes de policía le dieron una paliza y tras mantenerlo varias horas en el calabozo, se lo llevaron en un coche civil a recorrer durante varias horas las afueras de la ciudad. Pensó que lo iban a desaparecer.
—Claro que el miedo existe. Pero llega un momento en el que dices ¿qué puedo perder? La propia represión te va haciendo inmune. Te vuelven un don nadie, una persona que no existe, que no puede trabajar, que no puede vivir prácticamente. Entonces, por lo menos, voy a expresarme y que venga lo que venga.
Jorge, además, pertenece al colectivo más castigado por esta crisis: las personas mayores, que además conforman la mayoría de la población cubana.
—Es tremendo el nivel de pobreza en el que ha caído mucha gente que estuvo entregada a la revolución como yo. Y nos preguntamos: “¿Para qué carajo me entregué a la revolución si mira cómo estoy viviendo ahora?”
La pregunta se queda flotando mientras Jorge y su pareja se alejan, camino de reunirse con unos amigos. Para llegar a la entrevista tuvieron que caminar más de dos horas. No encontraron un taxi y no había conexión para llamarme y encontrarnos en otro lugar. Quieren aprovechar para ver a gente querida antes de retomar el camino de vuelta. No saben cuándo podrán volver al corazón de La Habana.
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A unas cuadras de allí, Celia María Toledo y Enrique Luis Rodríguez nos reciben en su casa, un apartamento en un inmueble art déco en Vedado, el barrio de los edificios gubernamentales, de muchas de las embajadas, de los restaurantes de madera natural y cocina fusión a precios europeos. Y también donde residen decenas de familias pobres que a diario tienen que caminar por delante de los escaparates de los supermercados de productos de importación –en los que mayoritariamente se paga en dólares––, o ver los coches de gama alta y cristales tintados adelantar a los renqueantes, tuneados y megafotografiados ladas.
Celia tiene 79 años y hace nueve meses que dejó de trabajar. Dice que ya no podía más. Cobra una pensión de 3.500 pesos —unos 7 euros—. Su marido desde hace más de medio siglo tiene ahora 84 años, combatió en Playa Girón, llegó a ser general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y tras una vida trabajando en el sector civil para el Estado cubano, tiene que seguir yendo todos los días a su puesto en el Ministerio de Cultura porque no podrían vivir con la pensión que cobraría en caso de jubilarse (4.000 pesos).
Siguen creyendo profundamente en una revolución que les ofreció categoría de ciudadanos cuando la dictadura de Batista solo les prometía miseria y sometimiento como súbditos. Se emocionan recordando los días en los que empezaron a construir una sociedad en la que todos serían iguales. Se deshacen en elogios hacia Fidel Castro; siguen sin encontrar ningún líder que haya estado a su altura. No ocultan su escaso entusiasmo por los gobernantes actuales, especialmente el presidente Díaz-Canel. Y sostienen que si Trump ordenase una invasión, ellos serían los primeros en ponerse al frente: él, tomando las armas; ella, que se define como una “gran emprendedora”, apoyando desde la retaguardia.
Mientras tanto, cada mañana, cuando él se va al trabajo, ella comienza su recorrido para conseguir lo que puede.
—Ay, Patri, Enrique es muy, muy, muy revolucionario. Y yo también. Pero cuántas dificultades pasamos. Por las mañanas, si no tenemos leche, hago una infusión con la mata. Y si hay pan, pues un poco de pan. ¿Pollo? No, no lo podemos comprar. Está a 4.000 pesos el paquete. Vivimos a picadillo y a tortas. Pero no estamos flacos. Eso sí, las medicinas sí nos faltan. Enrique no consigue el medicamento para la diabetes. Y el médico me dijo que yo necesito vitamina B1 y B2 para el chikungunya, pero no la puedo comprar. Y mira cómo tengo las piernas.
En el último año, una epidemia de chikungunya ha afectado a una parte importante de la población. Una enfermedad que se transmite por la picadura de mosquitos y que deja inflamadas y doloridas las articulaciones y las extremidades durante meses, especialmente entre quienes tienen patologías previas y las defensas bajas. En los últimos dos años, tres huracanes han atravesado la isla, dejando a más de un millón de personas sin hogar y desplazadas. La acumulación de basura sin recoger en las calles por la falta de combustible, la escasez de alimentos y medicinas y la falta de suministro de agua potable han debilitado a una población que lleva décadas sometida a un bloqueo estadounidense que afecta a cada parcela comercial, financiera y económica del país. La clase dirigente ha antepuesto su perpetuación en el poder al bienestar del pueblo al que dice representar.
A pocos kilómetros de la casa de Celia y Enrique se encuentra el Centro de Estudios Che Guevara. Allí, su directora e hija mayor del líder revolucionario, la médica Aleida Guevara, explica en qué se diferencia del dedicado a Fidel Castro: “Aquel es una casa completa como museo. Está muy bien hecho, pero este no es para turistas. Aquí tenemos el archivo de mi padre para que estudiosos de todo el mundo vengan a seguir investigándolo”.
Aleida es una mujer de trato alegre y cercano que recuerda a quienes la entrevistan que apenas conoció a su padre –quien murió cuando ella tenía solo tres años–. Apasionada de su profesión, solo aceptó dejarlo pasados los sesenta años, cuando su madre “se lo ordenó” para que la sustituye en la dirección del centro. “Fue lo peor que pude haber hecho porque yo me retiré, pero mi mamá no”, dice entre risaa–. Ahora está muy orgullosa de que una de sus hijas, también médica, haya sustituido la medicina por la agricultura para recuperar uno de los miles de terrenos baldíos que hay en la isla. Cuando le pregunto cómo describiría a su padre, un hombre cuya vida sigue inspirando a millones de personas de todo el mundo, responde:
—Un día mi papá descubrió que en nuestra casa estábamos consumiendo productos que no entraban por la libreta de racionamiento. Aquello fue bien feo. Él era ministro, pero no quería que hubiera ninguna diferencia con respecto al pueblo. La ética revolucionaria del Che todavía no la ha alcanzado mucha gente en este país. Él nunca le habría dicho a la gente que viviese de una manera mientras él vivía de otra. Eso es un pecado mortal para la revolución. Y hay muchos dirigentes en nuestro país, sobre todo en las capas intermedias, que tendrían que aprender mucho del Che.
“No es la única zona caliente del planeta, ni mucho menos, pero sí la que no falta en las secciones de Internacional. Una parte del mundo étnica, política y religiosamente dividida, donde potencias mundiales y regionales dirimen sus diferencias a través de terceros países y en la que florecen grupos que llegan a erigirse en amenaza global”.
Este es un fragmento del libro Oriente Medio, Oriente roto, que da nombre al podcast de este mes. Hace casi una década que el periodista y confundador de 5W Mikel Ayestaran escribió estas palabras, pero siguen igual de vigentes.
El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Desde entonces, la guerra ha dejado cerca de 2.000 muertos y más de 3 millones de personas desplazadas. La respuesta del régimen de los ayatolás ha expandido el conflicto a toda la región y sus consecuencias ya son globales.
El caos inicial hace difícil imaginarse qué caminos puede tomar el conflicto, pero la magnitud de los acontecimientos nos obliga a hacer un esfuerzo. Por eso, dedicamos el episodio de ‘Larga Distancia’ de este mes a recorrer la región, y lo hacemos con la ayuda de la corresponsal en Teherán Catalina Gómez Ángel; la corresponsal en Beirut Marta Maroto; el investigador de Cidob y experto en Oriente Medio Moussa Bourekba; el periodista Mikel Ayestaran, desde Beirut; el coordinador de MSF en Gaza, Aitor Zabalgogeazkoa, y el director de 5W, Agus Morales, que reflexionan sobre una guerra que puede tener consecuencias históricas.
Un podcast de Javier Sánchez.
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Y si todavía no lo has hecho, puedes ver y escuchar aquí los episodios anteriores de Larga Distancia.
*Esta es una era de resistencia. Esta columna habla de eso, de resistir, y a este tema hemos dedicado también nuestro nuevo volumen anual en papel: Resistencia. Si aún no lo eres, hazte socio/a: lo recibirás en casa y, además, ayudarás al periodismo independiente a resistir.
La maestra del pueblo, desafiante, cruje los nudillos. Por el techo de la escuela, amasijo de chapa y cañas, entran haces de luz. Un caballete desnudo sugiere que algún día su listón horizontal sostuvo una pizarra, quizá antes de la guerra, quizá antes de las lluvias. Toda la escuela, dividida en tres salas, está conquistada por arena fina, palos y suciedad.
La provincia de Cabo Delgado es un paisaje discontinuo de esqueletos de edificios, casas tiznadas, otras destruidas, hospitales carbonizados, escuelas vandalizadas. Dice la maestra, Amélia Agostinho Mateus, que ahora que las armas han callado en Mumu, un pueblo del norte de Mozambique, 158 niños y niñas han vuelto a las clases.
No me lo creo.
Que sí, me dice. Tendido en el suelo, explica, el alumnado se divide en dos grupos por aula (sic). Un profesor se dirige de forma alternativa a los de primero y tercero de primaria; otro da segundo y cuarto; y ella, que además de maestra es directora del centro, quinto y sexto.
Mi medio tocaya —su segundo nombre viene de su padre; el mío de mi abuelo, le contesto, y así vamos entrando más a fondo en una conversación sobre familias, Mocímboa da Praia, Barcelona, bombas, escuelas, viajes— es profesora desde 2009, pero en los últimos años ha cambiado de centro varias veces: Mocímboa, Mitope, Awasi, Chiure… La última vez se tuvo que ir de este pueblo, de Mumu, porque fue conquistado por Al Shabab, una amalgama de grupos yihadistas. Cuando las tropas mozambiqueñas recuperaron el territorio, el Gobierno le pidió —como hace con todos los funcionarios— que volviera a la escuela. No todos lo hacen, pero ella estaba deseándolo: al contrario que otras personas con las que hablo en esta cobertura en Mozambique, muestra en todo momento su apoyo inquebrantable al Gobierno.
Pero sobre todo es fiel a la gente de Mumu, que la necesita.
Dice mi medio tocaya que la guerra es difícil de olvidar. Que algunos de los alumnos y alumnas de la escuela vieron cómo los yihadistas de Al Shabab degollaron a un comerciante del pueblo, que eso los marcó, y que por eso ella siempre intenta organizar actividades al aire libre, para que piensen en otra cosa, para que se olviden. Me doy cuenta entonces de que la ausencia de la pizarra en la escuela no es tan importante, porque Amélia Agostinho no es la maestra, sino la psicóloga de Mumu. La que, crujiendo los nudillos, ayuda al pueblo a resistir.
Es una de las guerras más mediáticas de los últimos años. Pero ha cambiado en muy poco tiempo, sin que el mundo se dé cuenta.
Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, todos los focos alumbraron Kiev. La resistencia del Ejército ucraniano redujo las expectativas de Rusia —que inicialmente parecía soñar con tomar la capital en pocas semanas— y trasladó el conflicto al este. Cuatro años más tarde, la guerra ha entrado en una fase de desgaste y ha pasado de las trincheras a los drones.
Rusia controla el 20% del territorio, pero por el camino más de 1,2 millones de sus soldados han perdido la vida, según estimaciones. Por su parte, Ucrania —que cuenta con un despliegue de efectivos mucho menor— ha registrado la mitad de muertes. Más allá de las trincheras, la población civil sufre los efectos de una guerra que se disputa metro a metro. Más de 12,7 millones de personas en Ucrania necesitan asistencia humanitaria. Cerca de 4 millones han huido a otras zonas del país, y otros 5 millones han buscado refugio fuera de sus fronteras, principalmente en Europa.
El fin de la guerra sigue siendo un objetivo lejano para un país que lucha por sobrevivir, un invierno más, a la guerra energética de Putin. Los ataques sistemáticos contra infraestructuras críticas han dejado a miles de ciudadanos sin electricidad, calefacción ni agua caliente. A pesar de todo, “la gente sigue dispuesta a pelear hasta el final”, dice el fotoperiodista José Colón (Sevilla, 1975), que durante los últimos cuatro años ha recorrido el Donbás y otras partes del país fotografiando las consecuencias de la guerra.
Colón es un fotoperiodista que siempre ha tirado de creatividad para representar temas sociales, como los adolescentes de origen diverso que llegan a España o la situación del personal sanitario y de los pacientes del coronavirus durante la pandemia. Hasta el inicio de la invasión rusa de Ucrania vivía en Barcelona, donde hacía fotos pero trabajaba sobre todo como peluquero, un reflejo de la precariedad del sector comunicativo.
“La peluquería es mi oficio, pero mi pasión siempre ha sido el reporterismo. Un día decidí que debía saltar al vacío y probar. Busqué a alguien que me pagara el viaje y desde entonces estoy aquí”. Colón hizo coberturas, algunas de las cuales se publicaron en 5W, y se ha convertido en un fotógrafo imprescindible para entender la guerra de Ucrania. Su mirada está atravesada por las noticias de última hora (el conocido breaking news) que debe cubrir para ganarse la vida, pero siempre busca otros enfoques para explicar la guerra de formas menos convencionales.
No está siendo fácil para Colón contar lo que pasa en Ucrania. En febrero, dos bombas guiadas por láser impactaron a escasos metros de su casa en Kramatorsk —donde vivía desde 2024—, una de las pocas ciudades del Donbás que aún sigue bajo control ucraniano en la región de Donetsk. Ahora vive de forma itinerante entre esta zona y Dnipro, en el centro-este del país. Cuando hablamos con él se encuentra en Zaporiyia, algo más resguardada de los ataques rusos, aunque asegura que la ciudad es “una autopista de drones”. Su intención es seguir fotografiando la guerra hasta que no llegue una paz que permanece encallada en mesas de negociaciones infructuosas.
Siempre al pie del cañón, Colón ha recorrido el país de forma incansable, así que es un guía excelente para entender la guerra. Esta selección de imágenes, comentadas en primera persona por el fotoperiodista, ofrecen un repaso a una herida que sigue sangrando cuatro años después, desde las trincheras hasta la retaguardia.
Iryna Tsybukh, también conocida por su nombre de guerra, “Cheka”, murió en combate cerca del frente en la región de Járkiv el 29 de mayo de 2024, poco antes de cumplir 26 años. Al inicio de la invasión, Tsybukh se alistó como voluntaria en los Hospitallers, una organización paramédica que se dedica a estabilizar a los heridos en el frente y trasladarlos a hospitales situados en zonas seguras, normalmente en Dnipro. Tsybukh, que hasta la guerra trabajaba como periodista, transmitía sus intervenciones a través de las redes sociales, donde era muy popular. Cuatro días después de su muerte se celebró una ceremonia con todos los honores en la catedral de San Miguel, en Kiev. El evento se convirtió en poco menos que un funeral de Estado. Soldados, compañeros, familiares y cientos de civiles acudieron al entierro para darle el último pésame.
La aproximación a este tipo de imágenes siempre es dura. Recuerdo el silencio sepulcral, las miradas de los compañeros, el dolor de los familiares, las pinturas ortodoxas que gobiernan el espacio, la simbología de la bandera en el ataúd. Son momentos de máximo respeto. En otros casos menos mediáticos, los familiares piden que no haya cámaras cubriendo el entierro, pero en líneas generales, la sociedad ucraniana está abierta a la prensa. En muchas ocasiones lo ven como algo necesario, quieren que el mundo conozca su tragedia. Como fotoperiodista lo agradezco porque sientes que lo que estás haciendo sirve para algo.
Un soldado de la Brigada Bohun camina a pocos kilómetros del frente en Nevske, una pequeña aldea ahora llamada Balka Zhuravka, justo en la frontera entre Lugansk y Donetsk. Esta imagen la tomé el 11 de marzo de 2023. Era mi cumpleaños. Iba con el sargento Serhii Vengersky, más conocido por su nombre de guerra, “Zakhar”, a bordo de un blindado. Vengersky estaba al mando del batallón 508 de las fuerzas especiales. Durante el asalto ruso a la aldea de Ivanivka, en la región de Jersón, se las ingenió para evacuar a un grupo de heridos bajo fuego enemigo por un terreno plagado de minas y consiguió trasladarlos a una zona segura. Después de aquello le concedieron la medalla al valor y al cabo de un tiempo se retiró.
Aquel día recorrimos 40 kilómetros por las fronteras de Donetsk, Lugansk y Járkiv. Actualmente esta zona está ocupada por el Ejército ruso, pero en aquel momento era un área de combate activa. Acababa de llover, la primavera aún no había hecho acto de presencia, la nieve había desaparecido y la humedad había convertido toda esa tierra rica y fértil en un barrizal. A través del cristal del blindado vi a este soldado caminar cansado hacia su casa. Iba sin chaleco ni casco, con el lodo casi hasta las rodillas, y tras él había un escenario marcado por la destrucción. El trayecto terminó en un campo situado a 500 metros de donde estaban las tropas rusas. Vengersky quería enseñarme una bandera ucraniana que habían colocado para delimitar la frontera.
El 16 de marzo de 2025, tres soldados llegaron a uno de los llamados puntos de estabilización cerca del frente de batalla en Pokrovsk (Donetsk). Los puntos de estabilización suelen ser casas situadas en zonas ocultas y son el primer lugar al que se dirigen los heridos para recibir primeros auxilios. En el momento en que tomé esta fotografía, Pokrovsk estaba siendo sitiada por las fuerzas rusas, pero aún no había caído bajo su control total, como sí lo está hoy.
Las manos y brazos que aparecen en la imagen pertenecen a médicos de la 3ª Brigada Espartana de Asignación Operativa Petro Bolbochan. Son los que deciden entre la vida y la muerte. Todo transcurre en 10 minutos, a veces en menos tiempo incluso, dependiendo del tipo de herida. En este caso, a pesar de que las heridas no eran muy graves, los soldados llegaron desgañitándose de dolor. Un dron impactó de lleno contra su posición y los fragmentos del artefacto se incrustaron en la piel de los soldados. Esperaron más de dos días allí, con las heridas prácticamente abiertas, hasta que recibieron la aprobación para su evacuación.
Los drones han cambiado la guerra y la manera de ejercer el periodismo. Los bajos costes de producción en comparación con otras armas y la reducción de los riesgos humanos han supuesto una revolución estructural en la manera en que se desarrollan los conflictos. En los últimos años, el cielo del Donbás se ha convertido en una autopista de drones. El zumbido de sus rotores ha reemplazado al silbido de las balas o el estallido de las bombas. Como consecuencia, en Ucrania han desaparecido las fotos que asociamos tradicionalmente a la guerra. No hay acción. El campo de batalla se ha vaciado de soldados y ha sido reemplazado por un par de personas que los operan a distancia. Como fotoperiodista, no merece la pena el riesgo de cubrir el frente.
Miembros de la organización Eastern SOS evacúan a una anciana de su casa en la ciudad de Kostiantynivka, a 15 kilómetros de Kramatorsk, durante una operación humanitaria en mayo de 2025. La acompañan dos vecinas que han decidido permanecer en la ciudad a pesar de los continuos combates. En los territorios ocupados y las zonas en disputa, las personas mayores son quienes más sufren las consecuencias de la guerra. En 2025, cerca de la mitad de los civiles muertos en estas zonas eran personas de más de 60 años. Algunas apoyan abiertamente la invasión y deciden quedarse en sus hogares, pero muchas otras no pueden huir por razones personales, económicas o debido a problemas de salud que les impiden ser evacuadas. Otras prefieren morir en el lugar donde siempre han vivido.
Las que son evacuadas, como esta señora, son llevadas a centros situados en ciudades de la retaguardia, donde se les toma la documentación y esperan un par de días hasta que su caso es procesado. Dependiendo de su situación personal, finalmente son trasladados con familiares a otras zonas del país o se les ingresa en un centro para personas mayores.
Los drones Shahed, de fabricación iraní, se han convertido en un arma esencial del Ejército ruso. Moscú los produce en cadena y los utiliza en sus ataques contra la población civil. Esta fotografía la tomé en noviembre de 2025 en Kramatorsk. Dos trabajadores de la morgue recuperan el cuerpo de un hombre tras el impacto de varios drones en una zona residencial. Era de madrugada, las casas ardían, y oí que los bomberos trataban de localizar el cadáver entre los escombros. Junto a él estaba la familia, que me dio permiso para fotografiarlo. Momentos después, los auxiliares subieron el cuerpo a una camilla, lo metieron en la parte de atrás de una furgoneta y se fueron.
En el campo de batalla nadie habla. En julio de 2024 fotografié a este grupo de soldados de infantería dentro de una furgoneta. Se dirigían a una zona de descanso después de más de un mes de combates en Donetsk. Recuerdo un silencio absoluto, miradas perdidas y el humo de los cigarrillos para calmar la ansiedad. Solo el ruido de la artillería y el zumbido de los drones que sobrevolaban el convoy rompían el silencio.
El ánimo de los soldados cambia drásticamente cuando dejan el frente unos días para descansar. Entonces sonríen y hablan de sus padres, de sus parejas, de sus hijos, de sus amigos, del futuro, de las experiencias que han vivido, de la muerte. Tienen miedo, no saben lo que les va a ocurrir ni cuánto tiempo más durará la guerra. Pero todos hablan. Algunos empezaron a luchar en 2022, otros lo llevan haciendo desde 2014, cuando empezó la guerra del Donbás. Demasiado tiempo. Demasiadas víctimas.
Desde el inicio de la invasión, Rusia ha bombardeado sistemáticamente presas, plantas eléctricas, generadores y centrales nucleares para empujar a miles de personas al gélido invierno ucraniano, que en ocasiones llega a registrar temperaturas de -20º. Frío que penetra, frío que paraliza, frío que mata. Esta imagen la tomé precisamente en invierno. Dos hombres caminan entre los escombros de una nave destruida por un ataque con misiles en Kramatorsk.
Un médico militar atiende a un soldado herido en la espalda por la metralla de una mina en el frente de Járkiv, en agosto de 2024. La mayoría de heridas que tratan los médicos en puntos de estabilización como este son producidas por disparos o metralla, aunque cada vez hay más casos por ataques de drones, casi todos de drones tipo FPV (First Person View) o kamikazes.
Gallina, de 38 años, huyó de los combates en Donetsk en agosto de 2022 con sus cinco hijos durante 8 kilómetros bajo fuego cruzado. Cuando les tomé la foto vivían en una habitación individual con tres literas gracias al programa de acogida de la ONG ucraniana Hostina Khata en Odesa (sur). Al inicio de la ofensiva rusa, centenares de miles de personas huyeron de Ucrania. La mayoría lo hicieron a países vecinos como Polonia, donde los recibieron con los brazos abiertos. El conflicto puso de manifiesto la hipocresía de la solidaridad europea, que vale para unos pero no para otros.
Con la anunciada contraofensiva de 2024 muchos pensaron en regresar a Ucrania, aunque saben que es prácticamente imposible volver a sus hogares. Más de un millón de personas han vuelto del extranjero, pero gran parte de las casas están bajo dominio ruso y no confían en que las negociaciones de paz entre Ucrania, Rusia y Estados Unidos vayan a devolverles el terreno perdido. Aun así, mantienen la esperanza y sueñan con la idea de recuperar su vida de antes de la guerra. “Lo hemos perdido todo, incluso el cementerio donde descansaban los restos de mis padres ha desaparecido. Sabemos lo que nos espera cuando regresemos, pero solo pensamos en volver a nuestro pueblo y empezar de nuevo. En cuanto nuestro ejército libere la zona, volveremos”, dice Gallina.
El 2 de diciembre de 2025, un misil de corto alcance Iskander impactó de noche contra un edificio residencial en la ciudad de Kramatorsk. Acompañé a los bomberos en sus labores de rescate cuando de repente se iluminó el cielo. El Ejército ruso volvió a atacar con cuatro drones Shahed. Cayeron justo en el edificio de al lado. Durante unos momentos nos quedamos en shock. Salimos corriendo lejos del bloque y nos miramos por unos segundos sin saber qué decir.
Cuando entramos en el edificio, nos encontramos a esta mujer. Los bomberos la hallaron estirada en el sofá de su casa. Estaba muerta. Probablemente dormía cuando el techo se derrumbó sobre ella. Al cabo de un rato vinieron su hija y su nieta a confirmar la identidad de su madre y abuela, respectivamente. La nieta era una de las camareras de la cafetería que suelo frecuentar en Kramatorsk. Me reconoció. Pasará mucho tiempo hasta que olvide su mirada.
Combatir contra los drones no es sencillo. Son ágiles, maniobrables, pueden volar solos en operaciones de alta precisión o formar enjambres y derribar objetivos mayores. El Ejército ucraniano se defiende de ellos mediante redes donde quedan atrapados —aunque no son muy efectivas—, o mediante defensas antiaéreas, como se observa en esta fotografía tomada en abril de 2025. En ella, soldados de la unidad de defensa aérea de la 115ª Brigada de Ucrania disparan con una ametralladora pesada montada en una camioneta en la zona de Lyman (este del país). Ahora, Ucrania comienza a utilizar drones con Inteligencia Artificial.
Los drones son imprevisibles, actúan tanto de día como de noche. A veces lo hacen con tanta rapidez que es imposible percatarse de su presencia hasta que impactan. En noviembre de 2025 estaba cubriendo el ataque de un dron Shahed en Kramatorsk, donde hasta hace poco vivía. Estaba con un grupo de bomberos cuando recibimos el aviso de la llegada de más drones. Corrimos a resguardarnos en la bodega del civil que aparece en la fotografía, donde guardaba conservas y otros víveres.
En enero de 2025 tuve la oportunidad de acceder a una prisión ucraniana de la provincia de Sumy, al norte de Járkiv. Allí tuve la oportunidad de conocer a este grupo de prisioneros de guerra rusos. Hablé con ellos. Al igual que el resto de soldados, habían matado a muchas personas en el campo de batalla. Hasta el momento, Rusia y Ucrania han intercambiado a miles de soldados. A la espera de un nuevo cambio que les permita ser libres, estos soldados rusos decían que los ucranianos los trataban bien, incluso llegaron a asegurar que los trataban mejor que a los propios presos ucranianos. Por supuesto, no querían hablar mal de sus captores.
Esta es una de las imágenes más repetidas durante estos cuatro años de guerra. Bomberos y un equipo de rescate buscan víctimas entre los escombros de un edificio residencial de varios pisos destruido por un ataque de las tropas rusas con un misil S-300 en el centro de Zaporiyia, en octubre de 2022. La invasión rusa no hace distinción entre civiles y objetivos militares. Todo es susceptible de ser atacado: bases militares, edificios residenciales o infraestructuras energéticas. Seguramente, hasta que no se firme una paz duradera, esta fotografía se repetirá una y otra vez.
Cuatro años de guerra hacen mella. La pérdida de territorio, las muertes, los bombardeos constantes… Ucrania ha cambiado. Lejos queda la bravura con la que la sociedad ucraniana respondió durante los primeros compases de la guerra. El fulgor nacionalista sigue presente, pero no se expresa con la misma intensidad. Tomé esta fotografía el 15 de marzo de 2024 durante un entrenamiento militar cerca del frente en la provincia de Donetsk.
La estatua del escritor soviético Máximo Gorki en Chasiv Yar, en el sur de Kramatorsk, partida por la mitad en marzo de 2023. La guerra impregna todos los aspectos de la vida, también el arte y la cultura. Esta fotografía se aleja del tipo de imágenes que suelo hacer, pero representa bien las heridas que el conflicto sigue abriendo en el este de Ucrania.
Durante el último año he emprendido un proyecto fotográfico que intenta representar la guerra desde un marco más conceptual, que se aleje de las imágenes de última hora. Hago fotografías con una cámara estenopeica, el primer prototipo de cámara moderna. No tiene lentes y en mi caso solo tengo cuatro chasis, lo que permite ocho disparos. Es un proceso mucho más lento, pausado y manual, que a diferencia de la fotografía digital me obliga a pensar cada captura.
Dos prisioneros de guerra, a su llegada a Ucrania, son recibidos por familiares de otros presos que sostienen carteles con las fotos y nombres de sus seres queridos cautivos. La imagen tuvo lugar en el marco de los acuerdos de Estambul del 2 de junio de 2025 y formó parte de un nuevo intercambio equitativo de prisioneros entre Rusia y Ucrania. La operación incluyó el regreso de soldados rusos y ucranianos, muchos de los cuales habían permanecido cautivos desde 2022. A diferencia de los presos que aparecen en la fotografía, que mantienen un buen aspecto, la mayoría de prisioneros ucranianos que son liberados vuelven con claros síntomas de desnutrición y aseguran haber sido víctimas de abusosy torturas, tanto físicas como mentales.
Cuando las fuerzas ucranianas liberaron la ciudad de Izium durante la contraofensiva de Járkiv en septiembre de 2022, se descubrió en los bosques de alrededor esta fosa común, una de las mayores que se han encontrado. La fotografía es del 15 de febrero de 2023. Según las autoridades ucranianas, había al menos 447 cuerpos, la mayoría de militares. Una familia que vivía cerca de ese bosque a la que entrevisté hablaba de ruidos extraños. Aún recuerdo el olor. Aquel espacio quedó marcado para siempre por la muerte.
A medianoche, la nieve lo absorbe todo. Absorbe el ruido, los pasos, hasta las distancias: las casas destruidas, las calles vacías, el río y sus orillas se convierten en un solo espacio, una llanura sin contornos. Vera Ivanovna dice que su memoria se ha detenido ahí, en ese punto exacto, y que a partir de ahora el tiempo no transcurre en un pasado y un futuro ordenados. Solo está la oscuridad, los diez grados bajo cero y la sensación de que cada gesto puede tener consecuencias imprevisibles.
Hace tres días que Vera Ivanovna está sola en su casa de Kupiansk, en el este de Ucrania. El agua y la electricidad llegan de forma interrumpida. La estructura cruje cuando se produce un ataque tan cercano como para hacer temblar los muros. Su hija y sus nietos se han marchado; su casa fue destruida por misiles. Pero Vera permanece en la suya. En la guerra, las personas mayores suelen confiar hasta el último momento en que las cosas se calmarán y sus casas se salvarán de los ataques. Tampoco pueden hacer otra cosa. Quienes se quedan hasta el final lo hacen, casi siempre, por una mezcla de hábitos y testarudez. Llega un momento en que cada día se parece al anterior. “¿Ir adónde? Siempre he vivido aquí”, dicen todos. “Si tengo que morir, al menos que sea en mi casa”.
Cuando Vera comprende que ya no queda otra opción, intenta contactar con los grupos de voluntarios que desde el inicio de la guerra, en febrero de 2022, se acercan a los pueblos más cercanos al frente para evacuar a quienes quedan allí. Pero cuando los llama, le responden que ya no es posible ir hasta donde está ella: es demasiado peligroso. Casi todas las evacuaciones, a estas alturas, las hacen los soldados. Vera llama entonces a un número de emergencia; le responden las tropas más cercanas, que le dicen que espere a la noche, que recibirá instrucciones. Ni una palabra más.
La primera noche, Vera Ivanovna espera en vano. La segunda, lo oye por primera vez: es un ruido que se produce a intervalos regulares, cada media hora. No es un bombardeo, tampoco silencio. Es el zumbido de los drones, un zumbido que se cuela en las habitaciones y recuerda que el propio aire puede contener una amenaza. Sale de casa. El primer movimiento es automático, un reflejo: la mano al bolsillo para coger la linterna. El segundo, también automático, es detenerse.
—Apaga la linterna —dice una voz que llega desde arriba—. La luz te pone en peligro.
Sobre su cabeza hay un dron que no alcanza a ver, pero que se anuncia con un parpadeo rojo. En la nieve, frente a ella, hay un objeto que, por un momento, confunde con esos perros que arrastran restos de comida y de animales por las calles vacías. Luego comprende que eso que tiene delante ha venido a buscarla. Es un dron terrestre: un robot, una caja sobre unas ruedas de oruga. La voz que llega desde arriba le pide que se identifique con nombre y apellido, que vaya a buscar sus cosas, se suba al dron terrestre y siga las órdenes. Vera escucha, responde, mira al suelo y sigue las órdenes. Luego se sube a esa caja con ruedas, y viaja durante una hora y media en la oscuridad del frente norte hasta la localidad de Hrushivka, donde —una vez a salvo— puede dar las gracias al hombre y al robot.
Kupiansk es una ciudad en el noreste de Ucrania situada a unos 40 kilómetros de la frontera rusa, lo suficientemente cerca como para que allí la guerra forme parte de lo cotidiano, y lo suficientemente estratégica como para ser codiciada por su valor logístico. Antes de la invasión rusa a gran escala era una ciudad de provincias con algo menos de 30.000 habitantes. Su importancia no radica en su tamaño sino en su función: alberga un nudo ferroviario y de carreteras que salen en dirección a Izum y al Donbás, es decir, hacia los ejes del frente. Por eso, quien controle Kupiansk controla la posibilidad de enviar tropas, municiones y combustible a la línea de combate. Durante los primeros días después de la invasión, Kupiansk fue ocupada por las fuerzas rusas y en pocas horas pasó de enclave civil a retaguardia de convoyes y depósitos militares. Sus habitantes sufrieron la ocupación en forma de puestos de control, preguntas, interrogatorios, desapariciones. En otoño de 2022, durante la gran contraofensiva ucraniana, Kupiansk volvió a quedar en manos de las fuerzas de Kiev, pero desde entonces está expuesto a bombardeos, a una presión constante, a la sensación de estar siempre a punto de convertirse en un corredor para Rusia.
Cuando Vera dice que la Kupiansk de la que huyó es una ciudad “cerrada” no se refiere a ninguna prohibición, sino a la forma que ha adoptado la guerra. Dominar el cielo ya no significa solo controlar los misiles, sino tener la presencia permanente de ojos pequeños e incansables: drones que vigilan, que miden, que esperan. Y que transforman las ciudades en un espacio donde todo es visible. Aquí, moverse significa delatarse. Cada paso genera una huella, cada vehículo dibuja una línea que se puede leer desde arriba. El propio concepto de calle cambia: algunas permanecen transitables durante pocas horas, otras se convierten en zonas prohibidas por los drones; hay corredores que se abren y se cierran. Los movimientos más básicos —salir a buscar agua, atravesar un cruce, esperar un paso— se convierten en gestos que te dejan al descubierto, porque el cielo está habitado. Y cuando el cielo está habitado, la tierra deja de pertenecer a quien la pisa.
Esto hace de Kupiansk un laboratorio cruel: la ciudad obliga a llevar a la práctica lo que en otros lugares es todavía teoría. Si cada movimiento es una invitación a atacar, entonces salvar a alguien ya no es solo “ir a buscarlo”: es esperar el momento adecuado, encontrar la grieta de vigilancia, reducir la presencia humana. Por eso aquí se prueban robots terrestres y vehículos sin tripulación: no como herramienta de futuro, sino como única forma de presente posible. Las máquinas hacen lo que las personas ya no pueden hacer sin sufrir daños. En invierno esta lógica es más evidente, porque el propio terreno se convierte en un obstáculo. El barro se endurece como cemento, la nieve desdibuja cada contorno y al mismo tiempo los delata. El frío cambia los sonidos: el zumbido de los drones parece más cercano, el aire está tan quieto que cada ruido revela la dirección de la que viene. Las calles, de por sí peligrosas, se vuelven también frágiles: un bache helado, un puente roto, una placa que cede. Sin embargo, hay que seguir transportando bienes —agua, baterías, alimentos — y personas. Vera fue rescatada porque, en esa llanura helada, una máquina fue capaz de hacer algo que las personas no podían hacer sin poner vidas en riesgo. La travesía nocturna de Vera sobre una caja guiada a distancia representa la evolución de este conflicto bélico: una guerra que no se limita a matar, sino que redibuja las posibilidades.
Cuando este 24 de febrero se cumpla el cuarto aniversario de la invasión rusa a gran escala, muchos seguirán nombrando el frente de batalla como si fuera una línea de tinta, una frontera que separa la guerra de la vida. Pero en Ucrania esa línea se ha desmenuzado. Ya no es solamente una posición geográfica: es un campo de visibilidad. Hay lugares en los que la guerra sigue siendo reconocible —barro, hielo, trincheras, cuerpos bajo tierra— y otros en los que la guerra se decide de otra manera, en una pantalla, antes de golpear con precisión. En medio, la vida civil se adapta a reglas nuevas: moverse significa exponerse, y permanecer quieto significa aprender a desaparecer. En Pokrovsk, el año pasado, esta transformación tenía ya una forma precisa.
La cita es a última hora de la tarde en Dobropilia, en una base de la 68ª brigada de cazadores Oleksa Dovbuš. Julii, cuyo nombre de guerra es César, llega con dos compañeros —Vasil y Pavlo— y carga una camioneta con un Vampire: un dron —un hexacóptero— pensado para volar diez kilómetros desde el punto de despegue, transportar hasta veinte kilos de municiones y operar de noche gracias a ópticas térmicas.
Julii tenía 25 años cuando la guerra lo alcanzó. En abril de 2022 trabajaba como peón en Dnipro, se acababa de casar y esperaba un hijo. No llegó a alistarse como voluntario; no fue por falta de patriotismo, sino porque su vida —en aquel momento— todavía tenía un orden. Un día, en la obra, llegaron los reconocimientos médicos: a las nueve de la mañana la convocatoria, y a las cinco de la tarde el anuncio, en casa, de que tenía que prepararse para recibir entrenamiento militar. Después de varios meses en el frente norte, fue seleccionado para un curso sobre drones y enviado al Reino Unido durante ocho semanas. Lo cuenta como si aquello hubiera sido una estancia tardía en la universidad para alguien que, en su día, no había podido estudiar. De vuelta, se convirtió en responsable de la unidad de drones en Pokrovsk, uno de los puntos más duros del frente oriental.
Pavlo, el más anciano del grupo, aprieta un rosario y reza mientras conduce desde la base a la ciudad en medio de la oscuridad y a una velocidad constante. Es su manera de ocupar la espera, mientras afuera la calle pierde su naturaleza y se convierte en un lugar expuesto a los drones enemigos. A la entrada de Pokrovsk se extienden en el asfalto un puente destruido, esqueletos de coches calcinados, restos de drones y otros artefactos. La brigada ha establecido su base en un bloque de edificios prácticamente deshabitados. Los soldados descargan la camioneta en el sótano frío y húmedo: dos sofás, un escritorio, un aparato que expulsa aire caliente de manera intermitente. Julii conecta los cables de tres pantallas mientras Pavlo y Vasil ponen en el suelo un dron, baterías y municiones.
Pokrovsk es ya una ciudad vaciada. Después de la caída de Bakhmut y Avdiivka, la ofensiva rusa empujó hacia allí a un número imponente de fuerzas desde el lado oriental y meridional. El gobernador ordenó una evacuación “inevitable”: de los 60.000 habitantes de antes de la guerra, quedaron menos de 7.000. Los rusos quieren Pokrovsk porque es un nudo vial y ferroviario crucial, una de las últimas grandes ciudades de la región de Donetsk —junto a Sloviansk y Kramatorsk— no controladas por Moscú: útil para los ucranianos para reabastecer a sus tropas avanzadas bajo asedio, útil para los rusos para intentar completar la conquista de una región que, según Putin, ya está anexionada.
En ese sótano, la guerra se reducía a una nueva pregunta. De “¿la calle es transitable?” se pasó a “¿la calle está siendo observada?”. Los primeros vuelos del Vampire sirvieron para llevar alimentos a las primeras líneas del frente: pan, carne enlatada, agua. Hasta pocos meses antes se hacía por tierra, pero se volvió demasiado peligroso: había demasiados ojos, demasiados drones kamikaze listos para autodestruirse con tal de causar víctimas. Las operaciones logísticas ya eran objetivos de ataque.
A finales de 2023, con el Ejército en inferioridad numérica y con escasez de armas y municiones, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, anunció un objetivo en apariencia desproporcionado pero coherente con la nueva forma del conflicto: proporcionar al frente un millón de drones en pocos meses. Desde entonces, una ola de dispositivos de un solo uso y de inhibidores —sistemas para interrumpir los vuelos y cegar las señales— ha saturado el cielo y transformado la guerra.
Julii verifica en la pantalla el estado de las calles —otro vehículo debe alcanzar esta unidad con un segundo dron— cuando llegan las fuerzas rusas. Uno de sus drones golpea el costado de la camioneta. Pavlo y Vasil toman las armas y salen a pie a la oscuridad. Recorren medio kilómetro para dar la orden de evacuar a los soldados y llevarse el equipo. Alrededor, silbidos y disparos de artillería. Son las nuevas reglas de la guerra, que comienzan a convertirse en sistema: para salvar algo, antes hay que comprobar si uno puede permitirse ser visto mientras lo salva.
Vasil tiene 23 años y ha elegido como nombre de guerra “Estudiante”, porque ni siquiera él pudo estudiar todo lo que hubiera querido. Antes de la guerra trabajaba como alicatador; ahora sabe leer en las pantallas coordenadas del frente y orientar un dron. Enseña videos en su teléfono: es otra guerra, la de las imágenes. Los drones pueden grabar hasta el último suspiro de un soldado si el operador es lo suficientemente hábil como para guiarlos al interior de una trinchera. La imagen se convierte en prueba, archivo, trofeo, trauma. Y así, sin avisar, la guerra desplaza su secuencia: primero se mira, luego se toma una decisión, y solo después se dispara. Este sótano de Pokrovsk no es solo una base. Es un lenguaje nuevo, y su gramática pasa por entender que la guerra de los drones no es un episodio técnico dentro de una guerra más grande, sino la estructura que comienza a sostener todo lo demás. El cielo lleno de ojos ya no es una línea del frente: es el frente mismo.
En Pokrovsk, el año pasado, la guerra de los drones todavía tenía la forma de un sótano, tres pantallas, un hexacóptero cargado como una mula, una camioneta blindada. Parecía todavía un capítulo de la guerra, un departamento al lado de otros departamentos. Ahora ese capítulo se ha tragado el libro. En Shajtiorskoie, hoy, la transformación está en el paisaje, en la manera de leer el tiempo, en el léxico que se usa para describir una jornada de guerra.
A principios de 2026 el cielo sobre Shajtiorskoie es bajo, uniforme, sin luz. Aquí el pronóstico meteorológico no sirve para saber si lloverá; sirve para saber si se podrá volar, si el viento se convertirá en aliado o enemigo, si ensuciará las imágenes y afectará a la estabilidad de los pequeños aparatos. La tecnología ha hecho que la guerra dependa de aspectos primitivos: visibilidad, lluvia, temperatura, ráfagas. La meteorología es ahora estrategia, y el cielo, infraestructura. La base de la 59ª brigada en esa zona está escondida detrás de una colina desnuda y un edificio destruido. Dentro se oye el ruido de generadores y monitores. Hay mesas cubiertas de cables, visores, baterías, pantallas. Los operadores hablan poco y se mueven con una calma técnica, que no habla de la ausencia de miedo, sino de un miedo nuevo, casi como parte de un proceso. Delante de ellos se suceden imágenes en directo: campos congelados, casas destripadas, líneas de árboles quemados. En una pantalla, un punto negro se mueve entre los troncos; si es identificado como objetivo, dejará de moverse pocos segundos después. No tiene nada de cinematográfico: no existe el crescendo, no hay una escena principal. Lo que hay son turnos de trabajo, muerte a bajo coste en una guerra que se parece a una rutina administrativa. Vista desde las pantallas, la guerra ya no es la excepción en la que se mata, sino la continuidad con la que se observa. Cada despegue es una tarea y cada impacto, una estadística. La distancia —entre quien mira y quien es golpeado— es la clave del nuevo poder: se puede observar todo, decidir todo y permanecer intacto. La matanza se convierte en un procedimiento “limpio”, y la violencia en un gesto neutro, casi burocrático. Es el lenguaje de esta guerra de drones: un lenguaje sin carne, hecho de coordenadas y píxeles, en el que el cuerpo desaparece y queda la mirada.
Maksym Bogachuk, cuyo nombre de batalla es Cóndor, guía la unidad de drones de la brigada. Tiene poco más de 30 años y habla con mesura. Su jornada está hecha de pantallas, frecuencias, baterías, mapas y de algo despiadado y simple: impedir que los rusos lleguen lo suficientemente cerca como para obligar a la infantería ucraniana a descubrirse. Su guerra es una guerra de imágenes: ver primero, permanecer escondidos, atacar sin exponerse. Y en este conflicto, quien sostiene la mirada sostiene también el tiempo. Cuando comienza a explicar cómo se ha llegado hasta aquí, Maksym usa los porcentajes de una hoja de Excel. En 2022, dice, los drones eran pocos: dos o tres en toda la brigada, útiles para confirmar un movimiento, para mostrar un tramo del frente.
—Si en 2022-2023 el 80% del trabajo lo hacía la infantería, ahora el 80% lo hacen los drones.
No es tan importante la cifra como lo que describe: una guerra que ya no es solamente trincheras y minas, sino todo un ecosistema de frecuencias y perturbaciones, bloqueadores y antenas, señuelos y redes, jaulas metálicas soldadas en los vehículos blindados, siluetas imitadas con cartón y goma. Un terreno que ya no es solo tierra, sino que es también espectro electromagnético. Quien controla el espectro decide quién puede moverse y quién no.
Afuera, a pocos kilómetros, el frente se mueve empujado por pequeños grupos de asalto rusos que intentan infiltrarse y penetrar en las retaguardias, bloquear la logística, obligar a los ucranianos a descubrirse. Cóndor desgrana números, mes por mes: en noviembre 150, en diciembre más de 300. Son los soldados rusos que los drones de su unidad han matado. Dicho así parece un número abstracto, hasta que no se mira con atención la sala: cada número es un video, cada video un impacto, cada impacto un cuerpo que deja de moverse. La guerra, aquí, se convierte en archivo.
El desgaste de cuatro años de guerra ha hecho que cada avance sea demasiado costoso y cada medio demasiado visible. Los drones permiten algo que la guerra, cuando se atasca, reclama por encima de todo: recuperar el movimiento. Cuando el conflicto se reduce a impedir que el otro se mueva, la capacidad de ver es un acto de dominio. FPV significa visión en primera persona. Es un término técnico que describe con precisión el cambio más radical de la guerra. Esa “primera persona” ya no es alguien que se expone, sino una cámara. La muerte se transmite en un feed de video tembloroso, a menudo en blanco y negro, que se interrumpe durante un segundo antes del impacto. En esa interrupción hay una revolución moral: el adversario ya no es una silueta en la neblina, una sombra entre las ruinas. Es una figura que corre, tropieza, se detiene, se esconde. Y quien guía el dron lo ve, lo encuadra, lo sigue; a veces lo pierde por un instante y lo encuentra. La cámara del dron se vuelve una forma radical de testimonio y de poder: mirar hasta que el otro ya no está vivo.
Esta mirada no es humana —en el sentido que le damos cuando hablamos de guerra: vulnerable, atravesada por el miedo y por la posibilidad de equivocarse—. Es una mirada abstracta, dividida en múltiples puntos de observación que nunca coinciden con un rostro. No conoce el cansancio, no se distrae, no se conmueve. Mira sin encontrar, graba sin comprender. El adversario ya no es alguien a quien hacer frente, sino alguien que aparece en la imagen: se clasifica, se valida, se le mete en una secuencia de decisiones en la que no hay lugar para la duda. El odio —que requiere una relación, y la relación requiere un rostro— se vuelve superfluo. Lo único que queda es el procedimiento.
En el Donbás se muere a menudo sin ser visto por otro rostro humano y se mata sin ver de verdad, porque ver de verdad implica proximidad, cuerpo, riesgo.
Esta guerra se parece cada vez menos a un conflicto entre voluntades y cada vez más a una gestión técnica de la vida y de la muerte. Y cuando el cielo se convierte en un inventario, la pregunta ya no es dónde está el adversario, sino si en este instante alguien te está mirando.
Es un cambio que va más allá del frente: cambia también la percepción del propio conflicto. A principios de 2022, el relato de la guerra en Ucrania era terrestre: columnas, ciudades sitiadas, refugios, rostros en las estaciones. Se hablaba de polvo, muros, manos. Hoy, cada vez más imágenes llegan encerradas en una pantalla —una persecución, un punto que se convierte en objetivo y luego en impacto—. La misma mirada que mata es la que documenta. Y la paradoja es que parece que ver más permite saber más, pero cada vez se sabe menos de la parte humana de aquello que se ve: la distancia aumenta mientras la visión se vuelve más íntima. Por eso el sótano de Pokrovsk —con paquetes de pan transportados por aire y calles transformadas en trampas— parece hoy un anticipo de lo que está por venir.
Además de la forma de matar y de conquistar, la guerra de los drones cambia los tiempos: los necesarios para llegar hasta un cuerpo herido, trasladarlo y devolverlo a sus seres queridos. El cuidado y el luto también son reescritos por la mirada de los drones. Un cielo lleno de ojos hace que sea peligroso acercarse a un herido o recuperar un muerto, alarga la distancia entre el momento del impacto y el momento de la restitución. Si hay drones de vigilancia, la evacuación de los heridos ya no depende solamente del valor o de la rapidez. Los protocolos “normales” de una emergencia se rompen: lo que antes requería horas puede alargarse mucho más; y ese tiempo extra entra en el cuerpo como una amputación causada no por la explosión, sino por la duración de la espera.
Los cuerpos quedan aún más expuestos después del impacto. La persona herida no es solamente golpeada: queda retenida. El muerto no es solamente un cadáver: es inalcanzable. El gesto más antiguo —ir a buscar a alguien— se convierte en algo que se puede cobrar otras vidas. Es un coste que los ejércitos no pueden permitirse. No es algo teórico: hay una regla que se repite, en cada sector militar, con la misma frase: ”No se arriesgan cuatro vidas por un herido”.
Roman habla de esa regla desde el punto en que la guerra deja de ser paisaje y se convierte en cronómetro. Primero fue la explosión de una mina, luego un torniquete hemostático, varias bofetadas para permanecer despierto. Luego siete horas, quizás ocho, antes de terminar en una camioneta. Y después, otra vez: un dron que intercepta el vehículo de rescate, una carrera que se interrumpe, la sensación de cruzar dos veces el mismo umbral.
La parte más cruel no es la explosión —que decide todo en un instante—, sino la espera de después: el tiempo que se almacena dentro del cuerpo como otra herida más. La ciudad de Dnipro recibe lo que el frente deja: cuerpos heridos que deben ser reconstruidos. La guerra entra en el hospital como una rutina quirúrgica: injertos, revisiones, prótesis, fisioterapia, dolor fantasma, reeducación del gesto más pequeño —levantarse, sentarse, atravesar una habitación—. La mutilación en esta guerra rara vez es “limpia”. La palabra amputación hace pensar en un corte neto. Los drones disparan balas con fragmentación; la mina arranca los miembros; la artillería disgrega. Pero la guerra de los drones añade un segundo nivel, más sutil: retrasa el socorro, hace más difícil estabilizar con rapidez a la persona herida, obliga a los médicos a elegir con márgenes más estrechos. Una extremidad que quizá se hubiera salvado es hoy imposible de salvar porque el tiempo ha sido secuestrado por el cielo.
Artem recuerda el golpe como se recuerdan las cosas que pasan demasiado rápido como para ser comprendidas: un dron kamikaze, la pérdida inmediata de una parte del cuerpo, la sensación de no existir y luego la disciplina de resistir. Desde ese punto el cuerpo se convierte en proyecto: cicatrices, equilibrio, prótesis que no son objeto sino un aprendizaje cotidiano. Y luego está lo que no se ve: el miedo a la mirada de los otros, el rechazo a dejar mirar ese cuerpo sin piernas, una vulnerabilidad muy humana. Si la guerra de los drones es la guerra de la mirada, en los pasillos de Dnipro la mirada cambia de signo: deja de ser arma y vuelve a ser lo que puede herir de otro modo: ser vistos mientras se aprende de nuevo a estar de pie. La ciudad ha aprendido a sostener esta transición porque no tiene alternativas. Junto a los departamentos de cirugía y reanimación, los centros de rehabilitación crecen como cualquier infraestructura necesaria: fisioterapia, apoyo psicológico, alojamientos para los familiares, laboratorios para las prótesis. Fuera de los hospitales, también el Estado ha debido ampliar el perímetro de la supervivencia: asistencia, dispositivos y programas de rehabilitación para decenas de miles de personas.
Las minas y las esquirlas continuarán produciendo cuerpos amputados también cuando el ruido de los drones, un día, se reduzca.
La guerra de los drones acorta el tiempo entre avistamiento e impacto. Luego alarga todo lo demás —evacuación, estabilización, reconstrucción, identificación, sepultura—. Golpea rápido y se va despacio. Es en los cuerpos, más que en los mapas, donde esta lentitud se convierte en la medida verdadera de los cuatro años de guerra: no por lo que ha sucedido, sino por lo que sigue pasando después de la explosión.
Agentes enmascarados que arrastran a personas mayores fuera de sus casas; menores separados a la fuerza de sus padres; redadas en medio de agresiones y abusos, detenciones sin un criterio claro. Las operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el polémico ICE, están bajo los focos en Estados Unidos. El asesinato de Renee Nicole Good el pasado 7 de enero a manos de un agente de este cuerpo ha desatado una oleada de protestas, con epicentro en Mineápolis, contra las violentas redadas para detener y deportar a personas migrantes.
El ICE se ha convertido en símbolo del miedo con el que vive gran parte de la población migrante. Creado como parte de la Ley de Seguridad Nacional tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los agentes de este cuerpo tienen la potestad de detener a personas sospechosas de estar en Estados Unidos sin documentación legal. Sus violentas operaciones materializan en las calles la cruzada de Donald Trump contra la inmigración y su promesa de llevar a cabo deportaciones masivas.
Las redes sociales difunden estos días numerosas fotografías y vídeos que recogen la violenta actitud de agentes del ICE en sus operaciones en espacios públicos. Pero hay un lugar en el que las detenciones se llevan a cabo de forma tan silenciosa como sistemática. El edificio 26 Federal Plaza, en el distrito neoyorquino de Manhattan, alberga los tribunales de inmigración de la ciudad. Allí, los arrestos se practican cada día en escaleras, pasillos, ascensores… Jóvenes o mayores, personas solas o acompañadas, familias enteras vestidas con sus mejores ropas, sosteniendo carpetas con documentos con los que aspiran a obtener asilo o resolver su situación legal: todos se arriesgan a ser detenidos bajo criterios que son un misterio.
En medio del aumento de las redadas y detenciones, la fotoperiodista neoyorquina Madison Swart decidió documentar lo que ocurría en el interior de ese rascacielos de 41 plantas. “Muchos de mis vecinos y de las personas que viven en Nueva York son inmigrantes. Quería documentar lo que ocurría. Antes los agentes del ICE, de algún modo, intentaban evitar a la prensa y pasar desapercibidos. En el edificio del Federal Plaza tenemos la oportunidad de fotografiarlos —puesto que es un edificio público con ciertas salas destinadas a los tribunales—, así que sentí la responsabilidad de hacerlo”, explica Swart, que siguió lo que ocurría en este rincón de Manhattan entre mayo y octubre del año pasado.
Esta selección de imágenes, comentadas por la propia fotoperiodista, condensan aquello de lo que fue testigo durante ese tiempo: la desesperación, miedo e impotencia de las personas detenidas y sus familiares, la rabia y frustración de quienes luchan por cambiar esta situación, la actitud de los agentes con los arrestados y la prensa, y las protestas de la sociedad civil contra una ola de detenciones que parece no tener fin.
Esta fotografía muestra a dos agentes federales con el rostro cubierto mientras esperan fuera de una de las salas de audiencias. Hay dos equipos de agentes que rotan cada mes. Suelen venir desde diferentes estados. Para documentar lo que ocurre, los fotoperiodistas solemos buscar en los pasillos los lugares en los que se encuentran los agentes. Cuando están fuera de una sala esperamos junto a ellos, a veces durante horas, a que las personas salgan. Muchas veces las detenciones se producen entonces: los agentes tienen una lista de nombres que son sus ‘objetivos’. Si una persona está en esa lista, será detenida pase lo que pase dentro de la sala.
Tomé esta foto mientras varios agentes federales arrestaban a un grupo de representantes demócratas electos que había organizado una protesta en el décimo piso del Federal Plaza. Allí se encuentran las celdas donde el ICE encierra a las personas migrantes detenidas. Pero no dejan acceder a ningún representante político electo para valorar el estado de estas celdas [ha habido numerosas quejas sobre su insalubridad]. Por eso, un numeroso grupo de funcionarios decidió hacer una sentada de protesta y luego intentó entrar, y fueron arrestados. Mientras tanto, fuera del edificio otro grupo de manifestantes bloqueaba el lugar para intentar impedir la entrada de agentes.
En esta imagen vemos una protesta en Los Ángeles, California, contra las políticas migratorias de Trump. Los agentes habían disparado gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes, pero estos luego se volvían a reagrupar. Fue en junio de 2025, después de que se intensificaran las redadas del ICE en los Ángeles; ello provocó protestas masivas. Había muchos agentes antidisturbios, disparaban con gas pimienta. Detuvieron a muchas personas y hubo numerosos heridos. La gente recibía el impacto de balas de goma, había personas sangrando… Yo llevaba los distintivos de prensa y me identifiqué como periodista ante los agentes, pero también me dispararon.
Las cosas se han calmado un poco en Los Ángeles. Ahora, tras el asesinato de Nicole Good, el epicentro de la movilizaciones es Mineápolis. En Los Ángeles las protestas no son tan intensas como en verano, pero se siguen organizando.
Este es el vestíbulo del 26 Federal Plaza. Detrás de mí estaba el personal de seguridad que inspecciona a quienes entran en el edificio. A la izquierda está el registro del ICE: allí es donde las personas migrantes deben ir para saber en qué piso y sala se celebrará su audiencia. Por las mañanas se ven filas larguísimas de gente esperando para saber en qué sala deben comparecer. Son conscientes de que este lugar se ha convertido en una emboscada, pero pese a todo acuden: si no lo hacen serán perseguidos, los buscarán, irán a sus casas y los encontrarán. Incluso los abogados de inmigración saben que es un escenario en el que solo pueden perder, y ni siquiera pueden aconsejar a sus clientes qué hacer. No pueden decirles “no te presentes”, porque eso les dificultaría obtener la ciudadanía más adelante. Es un sistema construido contra las personas migrantes que intentan obtener la ciudadanía.
Este fue un momento hermoso y desgarrador. Esta familia acababa de salir del ascensor. Se detuvieron, se cogieron de las manos y rezaron juntos antes de entrar a la sala donde se celebraba la audiencia de su caso. No me acerqué demasiado porque no quise interferir. En esa ocasión, la familia salió sin ser detenida. Pero en estos pasillos se ven muchas separaciones familiares. Son desgarradoras.
La imagen de este agente me pareció interesante porque se puede leer la palabra “Nemesis” en sus gafas de sol; a la vez, en el cristal salen periodistas reflejados. Hay una tensión palpable entre la prensa y los agentes a diario.
El hombre de la imagen de la derecha hacía fila junto a un grupo de personas a la espera de que abriera la sala para su audiencia. En un momento de tranquilidad abrazó a su hijo. La emoción se dibujaba en su rostro. Muchas personas migrantes se quedan petrificadas de miedo al entrar en este edificio. Ahora mismo, en Estados Unidos hay mucha gente realmente asustada.
Aquí vemos a un grupo de manifestantes bloqueando la entrada del edificio en una protesta contra el ICE. Esta acción se produjo de forma simultánea a la detención de los representantes electos que muestra una de las fotos anteriores: se organizó una sentada ante la rampa que permite a los agentes del ICE y otros empleados acceder. Los participantes fueron arrestados.
Desde que Trump comenzó su campaña contra las personas migrantes, cada vez más gente se ha unido a las protestas contra el ICE. Empezaron en los Ángeles y otras ciudades se unieron en solidaridad. Por supuesto, el foco ahora mismo, tras el asesinato de Renee Nicole Good, es Mineápolis.
Saqué esta foto mientras detenían a una mujer frente a esta familia. La mujer había estado en la misma audiencia que ellos; estuvieron sentados juntos durante horas. Cuando estaban a punto de irse, agentes del ICE entraron para llevar a cabo el arresto mientras todo el mundo miraba, también estas niñas. Aquí vienen muchísimas familias con niños y niñas.
Un agente de la Oficina de Protección Fronteriza (CBP) espera fuera de una sala de audiencias. En este lugar CBP, ICE y el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) trabajan juntos, todos bajo el mismo paraguas. A veces es difícil diferenciarlos, porque todos realizan las mismas acciones de control migratorio.
En esta imagen vemos a Franyelis y sus hijos Emmanuel, de 3 años, y Yoneifer, de 8. Los agentes del ICE acababan de detener a su padre, Yonquenide, tras la audiencia de su caso. Con ellos está el padre Fabián Arias, que acude al edificio varias veces a la semana para ofrecer asistencia a las personas migrantes que lo necesiten.
Los periodistas presentimos que iban a separar a alguna familia durante esa audiencia porque había agentes del ICE esperando en el pasillo. Hubo un momento en que el padre salió de la sala con su hijo pequeño en brazos, dormido. Uno de los agentes del ICE se acercó a él y le dijo que lo iban a detener. Le pidió que dejara al pequeño con su esposa porque a él se lo iban a llevar. En los ojos del padre se vio conmoción y miedo. Intentaba averiguar qué hacer con su hijo de 3 años, dormido en sus brazos. Por un momento se quedó en shock. Al final volvió a entrar con el pequeño en la sala donde estaban su mujer, embarazada de varios meses, y su hijo mayor. No lo veíamos, pero se le oía llorar.
Unos diez minutos después los agentes entraron y le dijeron que tenía que irse con ellos. Se lo llevaron rápidamente por el pasillo, y justo detrás salieron su esposa y sus hijos. Ella agarraba al pequeño Emmanuel de la mano, al lado iba su hermano mayor, Yoneifer, vestido con su mejor trajecito. Se podía ver la devastación en su cara. El padre desapareció por la escalera. Se lo llevaron al décimo piso.
Cuatro días después de la detención de Yonquenide, su esposa Franyelis se reunió en la iglesia de Saint Peter con un abogado que ofrece asistencia gratuita a las personas migrantes. Quería saber qué hacer. Les acompañaba el padre Fabián, que hace un trabajo increíble; gracias a su labor con abogados y organizaciones, ha logrado la liberación de algunas personas detenidas. Se suele presentar un par de veces a la semana en el Federal Plaza y brinda apoyo tanto en los pasillos como fuera de ellos.
A Yonquenide lo llevaron a un centro de detención en Luisiana. Estuvo allí retenido durante meses. Te llevan a centros de detención lejos de tu familia y de tus abogados, y les impiden contactarte. Dicen que en estos centros las condiciones son realmente terribles. Te presionan todos los días para que firmes el documento de deportación. Finalmente Yonquenide lo firmó. Fue deportado a Venezuela [país con el que Estados Unidos mantiene un acuerdo de deportación, a pesar de las tensiones bilaterales], aunque él es colombiano.
Esta foto la tomé unos meses después del arresto de Yonquenide. Me reencontré con Franyelis en la iglesia del padre Fabián y luego la acompañé a hacerse una ecografía —ahora está en las últimas semanas de embarazo—. Pasé el día con ella y con los niños. Yonquenide era quien traía dinero a casa, y ahora es Franyelis la que debe encargarse de conseguir el sustento. Va de un refugio a otro. En la foto de la derecha se ve al pequeño Emmanuel mirando por la ventanilla de un autobús en Brooklyn.
Cada semana, un grupo de religiosos liderados por el padre Fabián se congrega ante el edificio del Federal Plaza. A los agentes del ICE no les gustan los manifestantes, pero en este caso no hay apenas interacción porque se reúnen fuera del rascacielos y simplemente dicen algunas palabras y rezan.
En esta fotografía vemos cómo Brad Lander, controller de Nueva York —el encargado de examinar las cuentas y gastos oficiales—, y Marcela Mitaynes, legisladora de la Asamblea del estado, son arrestados por agentes del ICE en la planta 10 del Federal Plaza, tras protestar para exigir acceso a las celdas donde se lleva a las personas migrantes detenidas. Fue la misma operación de la imagen que vemos más arriba. El arresto de estos políticos tuvo mucha repercusión.
Aquí un agente del ICE con el rostro cubierto trataba de impedir que fotografiara la escena del fondo: los agentes habían ordenado a un joven apoyar las manos contra la pared para cachearlo —pese a que para acceder al edificio ya hay que someterse a un registro exhaustivo—. En un momento, el agente incluso levantó las manos para tapar el objetivo de mi cámara. La tensión en el pasillo era palpable: los arrestos se llevan a cabo de forma rápida, en silencio, sin aviso.
La imagen de la derecha está tomada en octubre, es la última detención que documenté en el Federal Plaza. Fue particularmente inquietante: el juez había terminado de hacer varias audiencias online y decretó un receso. Las personas que estaban en la sala aprovecharon para ir al baño o a por agua antes de volver a la sala. Este hombre no tuvo ni siquiera oportunidad de participar en su audiencia: lo detuvieron durante esa pausa.
Tomé esta foto el pasado julio. Este hombre acababa de salir de su audiencia cuando varios agentes lo rodearon antes de que pudiera reaccionar. Publiqué la imagen en mis redes sociales y se volvió viral. Uno de sus hermanos la vio y me contactó, porque hacía días que no sabía nada de su hermano. También me contactaron varios de sus amigos, se enteraron de que lo habían detenido por la imagen. Luego supieron que lo habían trasladado al Centro Correccional de Richwood, en Luisiana.
Aquí vemos cómo un hombre rompe a llorar al entrar en el ascensor del Federal Plaza: el ICE acababa de detener a su mujer al término de su audiencia. Ambos salieron de la sala juntos. Cada uno llevaba bajo el brazo una carpeta con sus papeles. Los agentes se acercaron y los separaron en silencio: creo que ambos estaban en shock, no entendían bien lo que estaba pasando. Entonces los agentes se llevaron a la mujer por el pasillo diciendo que la iban a detener. Ella se dio la vuelta para mirar a su esposo. Dos agentes, con calma, le explicaron a él que la estaban deteniendo y se lo llevaron por otro lado.
Cuando se producen este tipo de detenciones, muchas de las personas entran en shock. Es evidente que no esperan que ocurra algo así. A menudo, cuando separan a una pareja, el que no es arrestado pide a los agentes que también se lo lleven, que lo arresten: simplemente, quieren estar juntos.
El Gobierno responde a las protestas contra las redadas con amplios despliegues de las fuerzas de seguridad. En las manifestaciones de Los Ángeles del pasado junio intervinieron incluso marines y otras unidades tácticas. En esta imagen están armados con fusiles y equipamiento antidisturbios en la entrada de un edificio federal, donde se habían congregado manifestantes con banderas y carteles contra la política migratoria de Trump.
Es muy difícil predecir cómo va a evolucionar la situación. Ahora el epicentro de las protestas está en Mineápolis, pero creo que la situación no va a cambiar. Trump ha prometido que seguirá llevando a cabo deportaciones masivas. El ICE quiere incorporar más agentes demasiado rápido, y muchos de ellos no reciben la formación adecuada. Pero la sociedad está respondiendo: hay grupos de voluntarios y personas comprometidas que vigilan y alertan sobre las actuaciones de los agentes.
El giro que dieron los acontecimientos luego de que en la madrugada del 3 de enero se anunciará la extracción de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores fue de 180 grados. Donald Trump le dio la bendición a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, convertida ya en presidenta de facto de Venezuela, para encabezar un periodo de transición cuyo objetivo no parece ser retomar la democracia sino consolidar una variación del madurismo sin Maduro.
Rodríguez declaró la noche del domingo 4 de enero estar dispuesta a trabajar con Estados Unidos: “Consideramos prioritario avanzar hacia un relacionamiento internacional equilibrado y respetuoso entre Estados Unidos y Venezuela, y entre Venezuela y los países de la región, basado en la igualdad soberana y la no injerencia”, dice un texto publicado en su cuenta de Instagram.
Ni los voceros de Estados Unidos ni los de Venezuela han usado la palabra democracia. Eso tiene un sentido. Según el Corolario Trump de la Doctrina Monroe —que propugna la hegemonía estadounidense en todo el continente americano—, la política exterior de Washington está orientada a garantizar sus propios intereses, no los valores de ese país. Por su parte, el modelo político y económico que siempre ha interesado al madurismo es el de China, principal destino de las ventas petroleras de Venezuela.
“En este momento Venezuela vive un proceso de gran incertidumbre. Una presidencia de facto de Delcy Rodríguez podría implicar un cambio de liderazgo a nivel ejecutivo sin el desmantelamiento de las estructuras de poder del madurismo. En pocas palabras, estaríamos ante un cambio de presidencia y no ante un cambio de régimen. De igual manera, es aún poco claro cuáles serían las relaciones entre un posible Gobierno de facto a cargo de Delcy Rodríguez y el Gobierno de Estados Unidos, y en qué situación quedarían los actores democráticos venezolanos. De Maduro, Rodríguez hereda su ilegitimidad”, afirma Carolina Jiménez, presidenta de la Oficina de Latinoamérica en Washington, WOLA.
A horas de haber ejecutado la acción militar contra el país —en donde fueron empleadas 150 aeronaves para disparar contra instalaciones estratégicas—, de la captura de Maduro y de su traslado hacia territorio de Estados Unidos, Trump reveló que la transición sería encabezada por Rodríguez, vicepresidenta del dictador desde 2017 y ministra de Petróleo desde 2024, y que ese cambio estaría bajo control de Estados Unidos.
Por un momento, mientras Trump respondía preguntas en la rueda de prensa que ofreció en su mansión de Mar-a-Lago el 3 de enero, recordé el célebre error de la edición Miss Universo 2015, cuando Steve Harvey anunció a Miss Colombia como la ganadora, en vez de la candidata de Filipinas.
Pero no, no era así. Trump repitió que se refería a Rodríguez y no a María Corina Machado, aunque por la descripción que hizo de las ganas de ella de trabajar con Estados Unidos parecía referirse a la Premio Nobel de la Paz, quien ha liderado la lucha por la democracia en Venezuela.
La afirmación del mandatario estadounidense confirmó la hipótesis de la continuidad del régimen, aunque con los cambios que también había ofrecido Maduro a Trump para el manejo de los intereses de la industria petrolera estadounidense. El domingo 4 de enero, el secretario de Estado, Marco Rubio, ratificaba que con Rodríguez se puede trabajar.
La propuesta de que Rodriguez asumiera la transición había sido presentada por mediadores cataríes en abril y septiembre pasados, según reveló el diario Miami Herald, el pasado 15 de octubre. Rodríguez fue ascendiendo poco a poco en el régimen desde la llegada a la presidencia de Maduro. Su ideología no se desvía del chavismo, pero Rodríguez sí que se ha dado a conocer por buscar inversiones extranjeras y la estabilización económica del país. En España protagonizó en 2020 el llamado “Delcygate” a raíz de su fugaz paso por Madrid pese a las sanciones de la Unión Europea contra ella por violación de derechos humanos.
El 3 de enero, Rodríguez se convirtió en presidenta interina de Venezuela por decisión del Tribunal Supremo de Justicia, el mismo órgano que determinó que Maduro ejerciera su tercer mandato luego del fraude electoral del 28 de julio de 2024. Con esta designación, se convirtió en la primera mujer presidenta de Venezuela.
La situación, sin embargo, no parece esclarecerse aún. Delcy y su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, tienen fama de negociadores, pero en el entorno venezolano no pasan por moderados. Al contrario, ambos tienen una sólida formación intelectual e ideológicamente son de izquierda radical. Una de las palabras preferidas de Delcy era el “hegemón” para referirse a Estados Unidos. Pero sí es cierto que, frente a las violaciones más graves de derechos humanos, los Rodríguez han intentado mediar, posiblemente marcados por su historia personal. En 1979, su padre, un guerrillero marxista fundador de La Liga Socialista, fue torturado hasta morir, luego de ser capturado por la policía y señalado por el secuestro de un ejecutivo de la empresa estadounidense Owens-Illinois. Sin embargo, nunca se han distanciado públicamente de la política represiva que dirigió Maduro con su ministro de Interior, Diosdado Cabello.
Construir un escenario para una transición hacia la democracia nunca ha sido un objetivo del régimen venezolano. Cuando ya era evidente la inviabilidad del Gobierno de Maduro, sus esfuerzos se orientaron a generar una negociación bilateral con los Estados Unidos. Eso dio como resultado, en julio de 2025, el intercambio de prisioneros estadounidenses por 232 migrantes venezolanos que habían sido enviados a El Salvador desde Estados Unidos.
La decisión de Trump de mantener la dictadura sin su líder, Maduro, busca garantizar la estabilidad, porque hay una estructura burocrática y sobre todo una arquitectura autocrática que ha sido levantada con el desmontaje de la democracia. Todo sostenido por las armas de la República. El mandatario estadounidense ha dicho que quiere acceso a los recursos petroleros de Venezuela. (Irónicamente, de eso acusaba la dictadura a Maria Corina Machado). En una entrevista concedida a la cadena de televisión NBC, Trump ha descartado además que haya elecciones en Venezuela a corto plazo y ha insistido en que Estados Unidos tutelará el país con una frase contundente: “Yo estoy al mando en Venezuela”.
¿Cómo se incentiva, en este escenario, la construcción de un modelo para transitar hacia una democracia?
Hay desconcierto en los factores políticos de la oposición, entre ellos Maria Corina Machado y el presidente electo Edmundo González Urrutia. Ella se halla en paradero desconocido en este momento, luego de viajar a Oslo ante la concesión del Premio Nobel de la Paz, y él está en el exilio, en España.
Sin embargo, González Urrutia emitió un mensaje que puede dar luces sobre una línea, aún endeble, de actuación: la normalización del país solo será posible cuando se libere a todos los venezolanos privados de libertad por razones políticas. Además, insistió en el respeto a los resultados de las elecciones del 28 de julio de 2024.
Aunque Machado y González Urrutia son considerados los líderes de la oposición democrática, no tienen aún el control institucional ni elementos armados que puedan presionar para su incorporación en la construcción de un modelo de transición democrática. Sin embargo, su ascendencia puede incidir en la propuesta de una ley de Amnistía. En el país hay más de 800 presos políticos, según reportes de organizaciones de derechos humanos.
“Hay que recordar que no hay transición democrática sin justicia. En un país sumido en una profunda crisis de derechos humanos como Venezuela, urge la construcción de un sistema de justicia transicional en el que las víctimas sean puestas en el centro y puedan acceder a la justicia, verdad y reparación que les ha sido negada todos estos años”, aporta Carolina Jimenez.
Delcy Rodriguez y la cúpula madurista nunca han dado muestras de ceder el poder, pero sí de sobrevivir para mantenerlo. Pensar que una dirigente tan ferviente como Rodríguez sea tutelada por el mismo país que ha criticado siempre con más dureza suena a ciencia ficción. Por si acaso, Trump ya la ha amenazado con correr un destino peor que el de Maduro si no cumple su parte del trato.
No deja de ser una situación extraña, pero en los últimos años se están dando procesos políticos en todo el mundo marcados por contradicciones. El poder en Siria, otro país que se situaba en el campo antimperialista durante el régimen de Bashar al Asad, cambió de manos tras su abrupta caída en diciembre de 2024. Son casos muy diferentes —en Siria hubo una guerra civil de más de 13 años y la oposición armada llegó a Damasco por las armas—, pero el nuevo presidente sirio es Ahmed al Shara, antiguo líder de la rama de Al Qaeda en Siria, que cambió el kaláshnikov por la corbata y que en este último año ha ido ganando, pese a su historial, cada vez más legitimidad y reconocimiento en las capitales occidentales. Toda una paradoja. Trump elogió a Al Shara y dijo de él que era “un tipo duro y atractivo”. No hay a la vista un proceso democrático genuino, pero en las relaciones diplomáticas de Siria, como en las del resto de países, se impone el realismo político.
Es difícil en este momento suponer cuál es el camino de Venezuela, donde, como hemos dicho, las cosas siempre pueden estar peor. En este momento hay un hilo del cual se puede jalar para diseñar una ruta hacia la democracia. Pero es un hilo muy fino.
A vista de satélite, una masacre tiene el aspecto de bultos, sombras oscuras y manchas rojas. Una imagen más digerible que la de hombres tratando de huir y siendo perseguidos y ametrallados a sangre fría. O que la de los cuerpos desmadejados y ensangrentados, en el suelo o en sus camas, de los pacientes del Hospital Saudí, cuyos cadáveres se ven en los vídeos que las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) han difundido, autoincriminándose. O que la imagen de mujeres y niñas violadas…
Quizá la del satélite es la distancia también a la que hay que mirar el horror en Sudán para que las emociones no nublen el juicio al analizar los “crímenes de guerra” y potencialmente de “lesa humanidad”, que Naciones Unidas advierte que se han cometido (y se siguen cometiendo) en Darfur, una región clave del oeste sudanés. Dos años y medio después de empezar la guerra civil en Sudán, las RSF han tomado El Fasher, la última capital de la región que quedaba en poder del Ejército sudanés, al mando de Abdel Fatah al Burhan, que sigue controlando la capital, Jartum, y buena parte del este sudanés. Son los dos bandos en una guerra en la que han muerto al menos 150.000 personas.
El Fasher ha caído como cayeron antes Geneina (donde, entre abril y junio de 2023, las RSF y milicias aliadas mataron a entre 10.000 y 15.000 personas) o Nyala: bajo fuego, saqueos y persecuciones selectivas. Las víctimas, en su mayoría de comunidades masalit, fur y zaghawa (no árabes), fueron atacadas por su origen étnico, según la ONU y organizaciones de derechos humanos que hablan ya de “patrones que evocan los del genocidio de 2003”. En grabaciones verificadas por grupos de derechos humanos, se ve a combatientes de las RSF disparando a prisioneros, rematando supervivientes, arrastrando cuerpos por las calles y grabándose a sí mismos humillando a los muertos, como relatan algunos de los que han escapado, a los que no se les permitió enterrarlos.
Solo en el Hospital Saudí 460 pacientes y sus acompañantes fueron asesinados, según la Organización Mundial de la Salud. “Una atrocidad que desafía la comprensión”, según el máximo responsable del organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Desde que tomaron el control de la ciudad, las RSF han matado al menos a 1.500 personas, según la Red de Médicos Sudaneses. Otras organizaciones hablan ya de miles, en la que consideran una de las peores masacres de estos dos años y medio de guerra.
Una guerra en la que se ha derramado tanta sangre, que se puede ver desde el espacio.
Con la captura de El Fasher, las RSF de Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti, se hacen con algo más que un símbolo. Entre 2003 y 2005, Darfur fue escenario de uno de los primeros genocidios del siglo XXI. El conflicto comenzó como una lucha por el acceso a la tierra entre pastores africanos y nómadas árabes propietarios de ganado. El entonces presidente, Omar al Bashir, depuesto en 2019 tras más de 30 años en el poder, se apoyó en las milicias árabes Janjaweed para sofocar una rebelión de grupos no árabes que denunciaban la marginación de su región por parte de Jartum. Los Janjaweed arrasaron pueblos, violaron mujeres, envenenaron pozos y asesinaron a unas 300.000 personas. La Corte Penal Internacional (CPI) emitió órdenes de arresto contra Bashir y varios comandantes por genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. Pero la justicia nunca llegó. Tampoco acabó el conflicto.
En los años siguientes se firmaron acuerdos de paz que no acabaron con los enfrentamientos. En 2013 el régimen de Al Bashir reorganizó estas milicias en un cuerpo paramilitar formal: las Fuerzas de Acción Rápida (RSF). Esto otorgó a los Janjaweed un nuevo nombre, uniformes y reconocimiento legal, y dio a sus líderes cobertura política para mantener sus intereses económicos y preservar su estructura paramilitar y su impunidad. Muchos de los hombres que ahora comandan las brigadas de las RSF en Darfur se curtieron en aquellas campañas de limpieza étnica. Y las prácticas que han usado en El Fasher en los últimos días —humillación pública de las víctimas, arrasar vecindarios enteros y atacar objetivos guiados por razones étnicas— recuerdan a las usadas en la década de 2000.
Dos décadas después, la historia se repite. Las RSF, herederas directas de aquellos escuadrones de la muerte, actúan ahora con mayor impunidad y mejor armamento. El Fasher es la prueba de que el conflicto de Darfur nunca terminó; solo cambió de uniforme, coinciden los analistas. La memoria del horror.
La guerra que comenzó en abril de 2023, en su lectura más simple, es una lucha por el poder entre el Ejército regular, dirigido por Burhan, y las RSF de Hemedti, cuando el país trataba de transitar hacia una democracia y topó con los intereses opuestos de dos generales, amigos de conveniencia hasta ese momento. Pero la realidad tiene ramificaciones que llegan hasta el Golfo y Rusia y raíces más profundas, que la conectan con el genocidio cometido en Darfur a principios de la década de 2000. Los actores externos desempeñan un papel fundamental que explica por qué la caída de El Fasher y el control de Darfur son fundamentales en este conflicto, no solo como victoria militar.
Controlar esta zona es esencial desde el punto de vista estratégico y económico. Consolida el control del grupo sobre las minas de oro y las redes comerciales informales que se han convertido en fuentes de financiación de la guerra. Darfur proporciona a las RSF una puerta de entrada estratégica a las fronteras con Chad y Libia, asegurando así el mantenimiento de rutas de contrabando para esos recursos, y especialmente del oro, pero también para recibir armas y combustible. Quien controle Darfur domina el tráfico ilegal y puede mantener el comercio con sus aliados extranjeros.
En los últimos diez años las RSF han construido una red financiera gracias al oro que extraen, trafican y venden en mercados del Golfo. Las exportaciones de oro ya se habían convertido en el sustento económico de Sudán tras la separación e independencia en 2011 de Sudán del Sur, donde se hallan los recursos petrolíferos. Antes de empezar la guerra, el oro aportaba al Gobierno 2.080 millones de euros anuales y representaba más del 60 por ciento de todas sus exportaciones. Ya entonces el Ejército y las RSF competían por los recursos. La lucha por el control de los yacimientos de oro fue uno de los detonantes del conflicto.
Ese mercado negro paga mercenarios y armas, y sirve para comprar apoyos. El metal precioso extraído de esa tierra quemada y ensangrentada de El Fasher que se ve desde el espacio viaja hasta Dubai, donde se refina y revende legalmente. Analistas e investigaciones de distintos medios en los últimos años han vinculado a intermediarios en Emiratos Árabes Unidos (EAU) con el comercio de oro sudanés, aunque Abu Dhabi niega financiar a las milicias. Sin embargo, el control de los canales comerciales y la necesidad de oro en el Golfo convierten a Emiratos en actor clave, aunque no el único. Perder el control de Darfur supondría para las RSF la pérdida no solo de su motor económico y de financiación, sino también de su capacidad de negociación en un eventual proceso de paz.
Tras la caída de El Fasher, los motores diplomáticos se han acelerado en El Cairo, donde en los últimos días se han producido conversaciones para intentar lograr una tregua de tres meses. Las RSF han intentado desligarse de las acusaciones de crímenes arrestando a Abu Lulu, también conocido como brigadier general Al Fateh Abdullah Idrisuna, al que se vincula (en parte gracias a las imágenes que él mismo ha compartido en redes sociales asegurando haber matado al menos a 2.000 personas y haber perdido la cuenta) a ejecuciones de civiles en masa, entre otros crímenes.
“El problema no es solo el enfrentamiento entre el Ejército y las RSF, sino la creciente injerencia externa que sabotea las posibilidades de alcanzar un alto el fuego y una solución política”, señaló durante una visita a Malasia el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, que instó a las potencias extranjeras a no interferir.
Informes de inteligencia occidentales señalan vínculos entre contratistas rusos y redes de abastecimiento de armas en Sudán, aunque Moscú niega tener tropas operativas en el país. Rusia negocia desde hace años una base naval en el mar Rojo y mantiene vínculos con empresas mineras en Sudán. El Kremlin habría facilitado suministros y asesoramiento tanto al Ejército como a las RSF, según convenga a sus intereses, a través de redes asociadas a antiguos contratistas militares.
Mientras, el Ejército resiste en el este, con el apoyo de Egipto, que busca la estabilidad y contrarrestar la amenaza que, según Burhan, supondrían los Hermanos Musulmanes si pierde el control del país. Otros, como Arabia Saudí o China, buscan la riqueza agrícola que garantice su seguridad alimentaria y, si bien el último se muestra más neutral, el primero ha respaldado a Burhan.
Sobre el terreno, la geopolítica se ensaña con las vidas de los sudaneses. Más de 10 millones de desplazados internos en dos años y medio de guerra, según la Agencia de la ONU para los Refugiados, la mitad de ellos de Darfur, donde durante meses las organizaciones humanitarias advirtieron de que el asedio podría desencadenar una catástrofe. Hoy, las carreteras que conducen a los campamentos están bloqueadas; los convoyes de ayuda son saqueados o distribuidos según las divisiones tribales; los hospitales están en ruinas, y se acaba de declarar la hambruna.
El Fasher simboliza el fracaso colectivo, donde convergen las raíces del genocidio, la codicia por el oro, la impunidad internacional y el derrumbe del sueño democrático que nació en 2019.
Campos de personas desplazadas como palimpsestos, como pergaminos de tierra donde leer una guerra que dicen que ya se ha acabado, como heridas que el tiempo nuevo debe curar.
En las afueras de Raqqa, ciudad siria que durante la guerra llegó a ser la capital de facto de Estado Islámico, esos campos acogen, todavía hoy, a gente que ha huido de diferentes partes del país. En cada sector las comunidades vienen de un lugar diferente: Deir ez Zor, también conquistado en su momento por Estado Islámico; la más lejana Alepo, uno de los símbolos de la guerra y del enfrentamiento atroz entre el régimen de Bashar al Asad y los grupos opositores armados; Hama y Homs, lugares donde el levantamiento contra la dictadura se vivió al principio con ilusión y luego fueron arrasados por el régimen.
En este campamento cercano a Raqqa, que acoge a unas mil familias, viven Faraj al Abdulá, de 61 años, y su hijo Talal, de 37. Como casi todo el mundo aquí, son de la provincia de Alepo. Los niños corretean alrededor mientras ellos hablan sobre el pasado y el futuro. A sus espaldas, las tiendas de campaña contienen la ironía de tantas otras en el mundo: por definición, están pensadas para acoger a alguien de forma momentánea, pero con el tiempo se van llenando de señales de residencia a largo plazo.
—Pensamos que este era un sitio seguro. Vinimos a una zona segura —dice Faraj mientras se enciende un cigarrillo—. No nos han dado otra solución que no sea este campo. No pensamos volver, porque no tenemos ni casa en Alepo.
—Además, ahora somos muchos más —dice Talal, su hijo—. Antes éramos 11 y ahora somos más de 50.
Llegaron en agosto de 2017 después de que Estado Islámico los expulsara de Safira, una ciudad de la provincia de Alepo cercana a la capital. En ocho años no han parado de nacer hijos, hijas, nietos y nietas que se han ido instalando en nuevas tiendas.
—Estas dos tiendas son de mis hijos. Una de ellas es de Talal —dice Faraj mirando a su hijo, que confirma la información con un gesto.
Ninguna necesidad parece acuciante en el campo, porque la mayoría se han cronificado y la gente se ha acostumbrado. Entre las tiendas blancas y azules se esconden algunas motocicletas. Una letrina cubierta por una tela delgada. Placas solares. Ropa tendida que da algo de vida a la llanura. Neumáticos. Un andador de bebé destrozado. Basura. Fogatas. Un tractor en medio del campo.
—¿Os ha llegado ayuda humanitaria desde que cayó el régimen de Asad? —les pregunto.
—La, la, la, la, la.
No, no, no, no, no. Repiten ambos en árabe.
—Nada, que va. Ya no hay ayuda de Estados Unidos —completa el hijo.
—Desde que llegó Trump ya no hay ayuda —dice el padre desganado, y se enciende otro cigarrillo—. Queremos que el mundo nos ayude. No solo a este campo. A todo el país. Al pueblo sirio. Hay mucha pobreza. Queremos una solución. Queremos construir nuestra propia casa.
La guerra duele tanto que, cuando se acaba, quienes la han sufrido solo se atreven a quejarse con la boca pequeña. Parece que tengan miedo a que se rompa la paz si piden algo de ayuda. Se aferran a lo más urgente: que no caigan más bombas. Gobiernos y grupos armados de todo el mundo lo saben, y usan la seguridad para mantenerse en el poder, como pasó con la vuelta de los talibanes en Afganistán: el deseo de que la violencia se acabe es tan grande que otras cosas se obvian. Lo mismo pasa aquí.
—Mira los pies de los niños —dice el hijo, Talal; la mayoría están descalzos, los pocos con zapatos los tienen destrozados—. Yo tengo cinco hijas y dos hijos.
—Esperamos que la economía mejore ahora —dice su padre—. Y sobre todo que haya estabilidad en el país.
No quieren seguir aquí, pero la perspectiva de volver tampoco les apasiona. Porque temen ir a peor. Un hombre que se nos acerca da el contexto de por qué es así. Se llama Mohamed Tarif al Jassem y es el líder del campo. Con su turbante blanco de cuadros rojos, propio de los linajes de alto pedigrí, habla lento y derrocha ponderación.
—En estos campos hay problemas de nutrición. No hay servicios médicos, hay pocos depósitos de agua. Los niños no van a la escuela. Las organizaciones humanitarias no vienen mucho por aquí. La situación en Alepo aún es inestable. Las casas están destruidas. Aún hay miedo.
Tras la caída del régimen de Asad, era inevitable que el foco mediático iluminara la capital siria, Damasco. La imagen que se proyectó desde allí y desde las zonas con predominio suní era de victoria y libertad: la bandera rebelde —que pronto se haría oficial— ondeando, las masas en las calles y las mezquitas, el júbilo popular. El nuevo hombre fuerte de Siria, Ahmed al Shara —antiguo líder de la rama de Al Qaeda en Siria—, prometió una nueva Siria donde todas las comunidades fueran respetadas, pero desde el principio las minorías, con matices según su situación histórica y política, vieron con recelos la instauración de un nuevo régimen que presumían iba a discriminarlos.
El foco de la acción humanitaria también se trasladó a Damasco y a zonas antes controladas por la dictadura. El motivo es sencillo: el régimen de Asad restringía al máximo la entrada de ayuda. Así que muchas organizaciones que durante años habían intentado negociar sin éxito trabajar en las zonas gubernamentales se apresuraron ahora a desplegarse allí.
El tercio nororiental de Siria, que limita con Irak y Turquía, quedó al margen de esta atención e incluso de esta discusión pública, porque tiene otra realidad política y otra historia.
“Las necesidades están ahí porque el número de desplazados internos sigue siendo alto. Los servicios básicos aún no están en marcha en esta zona, e incluso los edificios aún deben ser reconstruidos”, dice Fatima Dreai, responsable de las operaciones de Médicos del Mundo en Hasaka y Raqqa, en el noreste de Siria.
En la llamada Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES), conocida popularmente como Rojava, el cambio de régimen se tomó con algo más de circunspección. Son zonas controladas por las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), unas milicias de mayoría kurda que han seguido teniendo choques con grupos de la antigua oposición armada alineados con Turquía, el gran valedor de Shara y del nuevo régimen sirio.
El mapa de la guerra que estalló en 2011 y se apagó —al menos sobre el papel— en 2024 es complejo. También lo es el mapa de grupos armados y alianzas. Durante los años de expansión de Estado Islámico, las milicias kurdas —apoyadas por Estados Unidos— fueron instrumentales en su combate y posterior derrota. Mosul (en la vecina Irak), Raqqa o Deir ez Zor pasaron de ser toponimia yihadista a ser territorio “liberado”, en jerga del bando vencedor. Tras la expulsión de Estado Islámico, la AANES se extendió no solo a ciudades de mayoría kurda, sino también a muchas árabes. La reconstrucción empezó débilmente y miles de personas desplazadas llegaron desde otros puntos del país.
Hasta finales de 2024, Asad controlaba las zonas gubernamentales, la oposición armada mandaba en otras —con capital de facto en Idlib— y las milicias kurdas, en discordia, administraban las suyas en una especie de Estado sin Estado. La entrada de la oposición armada en Damasco causó incertidumbre en el tercio nororiental de Siria. Incluso después del fin teórico de la guerra, hubo combates que desplazaron a miles de personas, la mayoría kurdas, desde la provincia de Alepo a la AANES.
Para ellas, la guerra no había acabado.
La guerra no ha acabado para toda la gente que se agolpa en esta escuela de Raqqa. Un clásico de las guerras, de los desplazamientos forzosos: las escuelas se convierten en refugios. En el generoso cemento del patio descansan unos depósitos granates de agua, hay tableros de baloncesto desvencijados, algunos coches aparcados y una pila de pupitres y sillas: han vaciado las aulas para dejar espacio a las personas que buscan refugio. Aquí hay 31 familias que comparten una historia común: proceden de Afrín, un enclave kurdo en la provincia de Alepo, se vieron desplazadas en 2018 a la vecina Shahba, y de ahí las expulsaron de nuevo hace unos meses, tras la caída del régimen.
La guerra siria, las guerras del mundo: el desplazamiento tras el desplazamiento.
En las ventanas del edificio, de tres plantas, se asoman con gesto nostálgico niños, niñas, mujeres y hombres pensando en Afrín. La fachada ocre da un tono más deprimente a la escena.
La líder de esta comunidad desplazada tiene solo 20 años y se llama Nevin Haj Hussein. Llegó a este refugio —como todos los demás— tras huir de los combates que se desataron en la provincia de Alepo justo después de la caída del régimen.
—Estamos sufriendo. El trato que se nos da no es digno. Estamos cansadas y esperamos volver pronto a casa. Recibimos algo de ayuda, pero no la suficiente. Falta ayuda humanitaria —denuncia Nevin, sentada en un pupitre diminuto entre paredes con estampados de flores y mariposas.
Para demostrarlo, Nevin se levanta y nos muestra el resto de la escuela. La vehemencia de la gente que se nos acerca contrasta con la calma que hemos visto en el campo de personas desplazadas en las afueras de Raqqa que llegaron hace ya unos años.
—Queremos volver a Afrín. A nuestra casa, a nuestra tierra —dice ante el aula de octavo Maryam Hannan Jafer, de 44 años, que luce un pañuelo negro con flores—. Nos fuimos sin coger nada, solo llevábamos esta ropa, nos dijeron que en 30 minutos nos teníamos que ir.
Es verdad: hay 31 familias en esta escuela, pero se ven muy pocas maletas. Se fueron con lo puesto.
—Si hicieras un referéndum aquí, todo el mundo votaría por volver a Afrín. Sin excepción —dice Maryam.
Deseosa de compartir más detalles, se suma a la conversación Amina Mohamed Banplus —de 60 años, con blusa de lunares, dicharachera, con los dientes incisivos arrancados—, que amplía la afirmación de su compañera.
—Es nuestra tierra. Es importante nuestra historia, nuestra cultura. Somos kurdas, kurdas, kurdas. El pueblo kurdo debe lograr la libertad.
—Me gustaría que el presidente [Shara] sepa que debe comportarse con justicia —sigue Maryam—. Debe saber que somos kurdas y tenemos derechos.
—Queremos que la gente en Occidente nos dé apoyo para conseguir la libertad y recuperar nuestros derechos. Nos han expulsado y nos han tratado mal, queremos nuestra libertad —dice Amina—. Queremos oler el polvo de nuestra tierra.
La conversación retumba en el pasillo, poblado de cajas de cartón con basura. Las paredes están pintadas de rosa y azul pastel de la mitad hacia abajo. En una de ellas se ve el dibujo de un niño jugando a fútbol.
—¿Qué hicimos? —se pregunta Amina—. El mundo no nos mira. ¿Cuáles son nuestros pecados?
También es verdad: en este nuevo giro de la historia, la comunidad kurda, bisagra en Oriente Medio y tantas veces aliada de Occidente, ve cómo apoyos tradicionales como el de Estados Unidos se tambalean.
—Agradecemos la ayuda de todos los países europeos —interviene Nihad Aleko, de 56 años, junto a Nevin el otro coordinador del refugio, como quien pide ayuda dando las gracias por anticipado—. Viví en Europa durante quince años y volví a Siria en 2011.
Ese fue justo el año en que empezaron las protestas contra el régimen que desembocaron en una guerra civil. Con su bigote kurdo —casi un cliché—, su rosario en mano y unas sandalias preciosas, Nihad no tarda en derramar lágrimas.
—Lloro porque cuando dejamos atrás Shahba vi muertos y asesinatos. Mi yerno está desaparecido, vi cómo lo capturaban, no tenemos noticias de él. Aquí estoy con mi hija y más familiares, somos nueve.
Dice Nihad que él también quiere volver a Afrín. Pero se le ve absorto en la situación política actual, en concreto en el acuerdo entre el Gobierno central y las autoridades del noreste sirio.
—Esperamos coexistir en Siria. Todos. Árabes y kurdos. Esperamos que las cosas que pasaron queden atrás y abramos una nueva página para vivir juntos como buenos vecinos.
Un niño grita en el pasillo. El eco conquista las plantas de la escuela, solo amortiguado por algunas alfombras y maletas. Una niña con chupete amarillo se acerca a las escaleras. Llora, como Nihad, pero nadie le hace caso.
“La educación es mi derecho”, dice una pintada en las paredes de la escuela.
Lo que Nihad tiene en la cabeza preocupa también a toda la población en el noreste sirio. En marzo llegó una de las noticias más importantes de la posguerra: las autoridades en la AANES firmaron un acuerdo con el Gobierno de Shara para ir devolviendo poco a poco la soberanía de su territorio. El acuerdo incluía la reintegración de las fuerzas kurdas en el Ejército central y el retorno de las personas desplazadas, con otros asuntos clave en el aire como las reservas petrolíferas.
Pese a las suspicacias iniciales, la AANES mostró así su voluntad de participar en la nueva Siria, quizá consciente de que el nuevo régimen había llegado para quedarse. El Gobierno de Shara, que durante los últimos meses ha ido ganando reconocimiento occidental, ponía así una piedra fundamental en la construcción de una estructura política que nunca se presentó como federal pero que sí quería intentar (re)unir todas las sensibilidades. El acuerdo sigue vivo, aunque no ha avanzado a la velocidad esperada: hay incertidumbre sobre su aplicación práctica y se han producido algunos combates.
El problema es que el nuevo régimen tiene otras grietas en su edificio más allá del noreste sirio. En marzo hubo centenares de muertos en las provincias occidentales de Latakia y Tartús, feudos tradicionales de la minoría alauí, la del exdictador Asad. El papel de fuerzas suníes radicales —los sectores más afines al Gobierno aseguran que la violencia es más bien achacable a estos grupos descontrolados, y no al Ejército sirio— también fue nefasto en los ataques contra la minoría drusa, una crisis que ha acabado siendo la más importante en esta nueva etapa política. Esta comunidad, que también tiene presencia en otros países de Oriente Medio, cuenta con sus propias facciones armadas. Israel ha atacado varios puntos de Siria —incluso las inmediaciones del Palacio Presidencial— para supuestamente defender a la minoría drusa, aunque a nadie se le escapa que Tel Aviv siempre ha querido desestabilizar al régimen sirio, antes y después de Asad, para que se mantenga débil.
Lo que a nivel sirio se interpreta como un nuevo capítulo de la historia para construir una todavía frágil identidad nacional, en AANES se vive como un nuevo escenario adverso ante el cual hay que reposicionarse. Todo ello coincide con un movimiento histórico en su órbita cercana: el grupo armado del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) ha negociado con Turquía un proceso de desarme. Este proceso reverbera en el Kurdistán iraquí y sirio, donde hay unas dinámicas diferentes pero una cultura social y política paralela.
La comunidad kurda sigue siendo una de las más importantes del mundo sin Estado: unos 40 millones de personas divididas entre Turquía, Irán, Irak y Siria. Su aspiración independentista se ha ido apagando con los últimos eventos geopolíticos, pero su identidad sigue más viva que nunca. Bisagra histórica de los intereses occidentales en la región, sus estructuras políticas igualitarias e incluso su apuesta por proyectos de inspiración socialista siguen marcando la diferencia respecto a sus vecinos.
En la AANES, la gente ha sufrido mucho durante la guerra siria, se ve desamparada, y ahora no sabe adónde va el país. Eso se puede palpar en el día a día. Y también la voluntad de, pese a todo, salir adelante.
Como tantas otras veces en el pasado.
En todo este proceso político y social entra en juego algo fundamental: la salud mental, uno de esos componentes de la acción humanitaria que gana cada día más peso. Antes no se entendía su importancia, pero en lugares como el noreste de Siria se revela como esencial. La gente lucha contra la sensación de abandono.
—Tengo que cuidarme a mí misma, porque si estoy irritada, enfadada, se lo contagio a mi familia. Primero tengo que estar en paz conmigo misma.
Samia Mohamed es paciente de un centro médico de la provincia de Hasaka, en la AANES, apoyado por Médicos del Mundo.
—También he aprendido que debo compartir mis experiencias. Porque mi hijo pequeño puede sentirlo todo. Lo percibe todo.
Es difícil hacer eso en la vida cotidiana. Pero mucho más después de trece años de guerra. Samia, de 38 años, ha llegado a esas conclusiones después de las consultas con una psicóloga siria del centro. Las intenta aplicar cada día. Sentada en la consulta, con su trenza larga y su camisa morada cerrada, flecos en el cuello, brazos cruzados, Samia hace gestos con los dedos, como diciendo que le da vueltas a la cabeza.
—Todos nos hemos visto afectados por la guerra. Yo me he visto obligada a desplazarme dos veces. En 2016 un familiar murió. Me afectó mucho. Mi marido dijo entonces que todos perderíamos a alguien en la guerra. Que la vida sigue. La vida siguió. Encontré un trabajo, y eso me dio estabilidad. Sin trabajo no hay estabilidad.
En el centro al que acude Samia en la provincia de Hasaka hay huellas de las manos pintadas en una pared, una televisión con mensajes sanitarios, una consulta de salud mental, un cirujano infantil, un paritorio, un póster del Día de la Mujer, el 8 de marzo, con el lazo rosa contra el cáncer de mama y recomendaciones para evitarlo.
Samia irradia luz. Como otra de las beneficiarias, Afra Def el Barhom, de 43 años, con su pañuelo blanco y su bolso. Tiene muestras de cariño continuas hacia su psicóloga, Amal Issa Sheikho, que está sentada a su lado en la consulta.
—Llevo viviendo aquí dos años en una casa alquilada. Cuando vengo a ver a la psicóloga, mi salud mejora. Me cambia el humor.
Afra encontró el centro por sí misma. Dice que normalmente el coste de esos servicios médicos serían muy altos, pero que aquí son gratuitos y por eso puede acceder a ellos.
—Cuando Afra vino, vi que tenía mucha presión —dice a su lado la psicóloga—. Se ocupa de sus hermanos. Se impuso cuidar de los hijos de sus hermanos también. Pero ella tiene una discapacidad [una malformación de nacimiento en el brazo] y yo le dije que quizá no tendría que hacer eso. Llegó aquí en 2019, después del ataque de grupos armados.
Afra, la paciente, es de Ras al Ain, de donde fueron expulsadas miles de personas.
—Todos somos desplazados en la familia. También cuido a mis padres. Están enfermos y vienen a este centro. Cuando llegué me sentía triste, pero luego vi que la vida iba mejorando, y me convencí de que el futuro será mejor. El apoyo psicológico me ayudó en todo.
Se nota que Afra y otras pacientes quieren de verdad a la psicóloga. Porque hace bien su trabajo. A sus 32 años, Amal Issa Sheikho tiene claro el contexto cultural, social y emocional de su entorno, y también las herramientas a su alcance para mejorar las vidas de esas personas, muchas de las cuales han tenido que cambiar de hogar debido a la violencia.
—Al principio la gente no confiaba en este servicio [psicológico], porque tiende a quitar importancia a la salud mental. Pero poco a poco los resultados llegaron y ahora la gente viene sin que se lo digamos —dice Amal en su consulta después de que salga Afra—. Tenemos varios tipos de pacientes. Los desplazados internos que vienen porque han perdido sus casas, por depresión, por angustia, algunos viven en lugares inhabitables… También hay jóvenes de aquí que tienen incertidumbre sobre su futuro y se sienten bajo presión. Y también gente que sufre la pobreza. Intentamos ayudarlas a todas.
Las palabras de Afra y de otras personas que han pasado por su consulta no mienten: Amal intenta curar las heridas psicológicas, pero no trabaja desde el paternalismo o el victimismo.
—Hacemos sesiones individuales, grupales, derivamos a pacientes, ofrecemos recursos… les damos esperanza, ideas positivas, fortalecemos aspectos que les dan más poder. Toda persona nace con fortalezas dentro de sí; intentamos activar esas fortalezas.
La psicóloga no pone el acento en el impacto directo de la guerra en las mentes, sino en cómo el contexto general de incertidumbre, política y económica, afecta a la mayoría de la población. El estrés es uno de los aspectos más discutidos en su consulta.
—La gente no sabe cuál será su futuro. No sabe si va a tener que enfrentarse a otro desplazamiento. Hay gente que no cobra su salario desde que cayó el régimen.
Toda esa casuística se refleja en lo que explican otros pacientes de Amal. Como el que entra después de Afra en la consulta: Zein al Abideen, de 29 años, que estudia cuarto de Arquitectura. Sus palabras son un ejemplo de ese quiebre del futuro del cual habla Amal, y que tanto afecta a la gente joven.
—Me sentía débil, sufría depresión, pero no lo sabía. No acabé antes la carrera precisamente por esos problemas de salud mental. Con Amal fuimos poco a poco profundizando en mi situación. Al principio no creía que me pudiera ayudar, pero lo hizo. Estaba perdido. Me ha enseñado técnicas de respiración. Me ha recomendado incluso libros.
El libro que le recomendó es The Fantastic Victories of Modern Psychology, de Pierre Daco.
—Amal me conoce bien —dice Zein.
La caída del régimen sirio trajo consigo especulaciones sobre qué pasaría con las millones de personas refugiadas que huyeron del país durante la guerra civil. Aunque la incertidumbre sigue dominando el contexto político sirio, desde entonces algo más de 850.000 personas refugiadas y 1,6 millones de desplazadas dentro del mismo país han vuelto a casa.
Los movimientos internos responden a complejas dinámicas nacionales y regionales. En el noreste de Siria se acumulan heridas del pasado y del presente. Hasta diciembre de 2024 ya había más de 300.000 personas desplazadas en la región, fruto de combates en diferentes partes del país y sobre todo de la expansión y posterior expulsión de Estado Islámico en la zona. Pero la violencia en la provincia de Alepo causó el desplazamiento de hasta 26.000 personas en centros provisionales como la escuela de Raqqa.
—Necesitamos más ayuda de fuera, más apoyo, especialmente para las afecciones cardíacas y la diabetes —dice Jumana Ahmed Abid, que trabaja en un comité de salud de las autoridades kurdo-sirias de la región—. Necesitamos más recursos para tratamientos. Faltan medicinas, necesitamos más ayuda de las organizaciones.
Con su pañuelo blanco y su vestido verde turquesa, Jumana Ahmed Abid, de 56 años, habla desde uno de los centros sanitarios en Hasaka, en la AANES.
—Hemos dado información a las mujeres sobre la lactancia, sobre medicamentos y sobre violencia de género.
Insiste en la función esencial que desempeñan las mujeres, no ya como pacientes o beneficiarias sino como parte activa de esa sociedad civil que lucha para construir la paz.
—Las mujeres defienden sus derechos. Yo trabajo para que mis hijos puedan comer. Soy la muestra de ello.
Jumana Ahmed Abid lamenta que algunas organizaciones hayan dejado de actuar o disminuido su actividad en la región.
—La guerra ha creado muchas enfermedades en el país. Espero que la ayuda llegue a toda Siria, pero también aquí, sobre todo para las personas desplazadas.
Es la lucha contra el olvido: de ella y de miles de personas.
El dolor que supuran estos miles de personas se cura en hospitales, en comunidades, en familias. Pero también en la radio. En concreto, en este estudio de radio en Raqqa.
Una periodista y una psicóloga. Una luz azul.
—¿Cuáles son las conductas que ayudan a favorecer la salud mental? —pregunta la periodista.
—La comunicación abierta —responde Nour Darwish, psicóloga que colabora con Médicos del Mundo—. Tienes que descansar y la familia debe entender este comportamiento. No debes ser juzgada, porque eso tiene un gran impacto sobre los sentimientos.
El logo de la radio, Al Rashid FM, al fondo del estudio, está iluminado por unos focos. La luz va cambiando de color. Del rojo al azul, del azul al violeta, del violeta al verde.
—Las familias tienen muchas crisis… —dice la periodista—. ¿Cómo reducir su impacto en la salud mental de las personas?
—En la familia tiene que haber paz, tiene que estar unida para rebajar los niveles de ansiedad —responde Nour con seguridad—. No hay que juzgar los sentimientos de nadie. Eso es muy importante. No hay que obsesionarse con los pequeños detalles.
—Pero si las relaciones familiares no son buenas —contraataca la periodista leyendo el guion—, ¿qué consecuencias tiene eso sobre sus miembros?
Nour responde sin mirar los papeles que yacen sobre la mesa del estudio, donde también descansa su bolso. Están grabando un programa que se emitirá unos días más tarde. Y que se difundirá por redes sociales.
El tema de esta semana es la familia. A sus 29 años, Nour participa con asiduidad en este programa de Al Rashid FM que sirve para lanzar mensajes a la comunidad relacionados con la salud, en un sentido amplio, y con la salud mental en particular. Uno de esos programas se llama “Mi salud”, y el otro “La tarde”. Nour participa sobre todo en el consultorio de “La tarde”, donde se discuten a menudo temas relacionados con los derechos de las mujeres.
Después de la grabación, en el mismo estudio, Nour cuenta su motivación para hacer este programa de radio y cómo compagina esta colaboración con su trabajo como psicóloga.
—Hablamos de mujeres, de violencia de género, de discriminación. Las oyentes ya distinguen mi voz. La reconocen.
Con la periodista acuerdan el tema de la semana, elaboran un guión con al menos 15 preguntas abiertas. Las consecuencias a largo plazo de la guerra están presentes.
—La guerra ha generado mucho dolor, mucho miedo —dice Nour—. La gente percibe todo lo relativo a la salud mental como si fuera un estigma. No quiere explicar sus miedos. Pasa también con la violencia de género.
El abanico se amplía. Una docena de psicólogos y psicólogas participan en programas de esta emisora de Raqqa con temas como las vacunas, la lactancia materna o la leishmaniasis. Se decide de qué hablar según la actualidad, las necesidades de la gente o lo que se observa en los centros médicos de la zona.
—Comentamos temas que afectan a la comunidad —dice Nour—. Pero como psicóloga, muchas de mis pacientes son mujeres. Así que casi siempre elijo temas que interpelan más a las mujeres. O que sufren las mujeres. Intentamos darles apoyo.
¿Pero quién escucha estos programas? ¿A quién llegan estos mensajes?
A personas como Hala Hamo, graduada en Economía de 27 años, que descubrió el consultorio de Nour y desde entonces se quedó enganchada.
—Antes sufría ansiedad, no sabía cómo gestionarla. Empecé a escuchar a Nour y me enseñó cosas muy importantes. Todos los temas que toca son importantes, como el estrés, la ansiedad, los problemas de las mujeres.
A Hala le gusta que en el programa no solo se teorice, sino que se expliquen casos reales. Nour intenta transmitir mensajes claros a la audiencia. Y lo consigue. Conecta con la gente.
—Los temas que Nour propone son muy importantes para mis amigas y para mí. Toca nuestros problemas reales como comunidad.
Y lo hace, entre otros motivos, porque recibe sus propuestas. Hala y sus amigas han entrado en contacto con Nour para sugerirle temas. Para decirle qué cosas les preocupan y así ella pueda discutirlas en antena.
—Es como una terapia psicológica —dice Hala.
Esta podría ser la historia de cualquier radio en cualquier lugar remoto del mundo. Pero tiene un matiz importante. Estamos en un país que ha sufrido más de trece años de guerra civil. Y que tiene una frágil posguerra por delante.
—Aún tenía mucha angustia por la muerte de mi padre y de mi hermano. El programa me ayudó mucho.
Murieron en un ataque del régimen de Asad en 2013. No acabó de asimilar algo que es imposible de asimilar. La guerra siguió. Pero encontró un pequeño consuelo en las ondas.
—Encontré este programa y me hizo sentir mejor —dice Hala.
Esta crónica nace de una colaboración con Médicos del Mundo.
Han escrito y hablado sobre los conflictos y sus consecuencias. Defienden con pasión el periodismo y los derechos humanos. Jon Lee Anderson y Patricia Simón protagonizan el número 10 de la colección Voces 5W: Guerra, paz y periodismo.
En este diálogo de larga distancia, Simón y Anderson reflexionan sobre los rostros del poder, la ola reaccionaria que sacude al mundo y las propuestas para construir sociedades más democráticas.
El libro, con ilustraciones de Cinta Fosch, está incluido en nuestra suscripción anual en papel y muy pronto empezará a llegar a los buzones de los socios y socias de 5W. Si no lo eres, suscríbete aquí. También puedes comprarlo por separado en nuestra tienda online o en librerías.
“Ir a una guerra no implica solo una historia, una experiencia o una cobertura. Implica que adquieres una responsabilidad moral”, dice Anderson en la conversación, que da la vuelta al mundo y se sitúa en lugares como Afganistán y Colombia.
“Tenemos que reivindicar el idealismo como una postura ética”, dice Simón, empeñada en denunciar las violaciones de los derechos humanos pero, también, en iluminar las iniciativas de paz y diálogo.
Este libro nace de una colaboración con La Coordinadora de Organizaciones para el Desarrollo, con la que compartimos, desde nuestros respectivos ámbitos, la defensa de la vida y de valores como la solidaridad y la paz. La obra forma parte de la colección Voces 5W, que conecta múltiples perspectivas a través de la escritura, la fotografía, el pensamiento, la geografía y el periodismo.
Y se trata de una conversación especial, también, porque es la que coincide con nuestro décimo aniversario. Diez años de guerra, paz y periodismo que solo podían coronarse con un libro que llevara ese título casi tolstoiano.
Por eso hemos elegido a dos periodistas que admiramos.
¿Qué decir de Jon Lee Anderson (California, 1957)? El adjetivo “mítico”, tan manoseado, debe ser reservado para las personas que lo merecen, que no son tantas. Anderson es exactamente eso: un mito de la profesión. Tras cincuenta años dedicados a recorrer el mundo y dejarlo por escrito, en esta conversación vuelca sus reflexiones sobre este mundo en permanente ebullición. Autor de libros como Che Guevara, una vida revolucionaria o La caída de Bagdad, Anderson es inspiración y referente para todo el equipo de 5W.
También lo es Patricia Simón (Estepona, 1983), que lleva más de veinte años cubriendo migraciones, movimientos sociales, conflictos y crisis humanitarias en más de una treintena de países. Columnista regular de 5W, Simón es autora de libros como Miedo: Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio y Narrar el abismo. Especializada en derechos humanos y enfoque feminista, Simón ha destacado desde el inicio de su carrera por un incansable esfuerzo por contar los temas que definen nuestra era huyendo del catastrofismo y con un profundo humanismo.
El formato de diálogo de Voces 5W ya se ha consolidado. En el primer número, Guerras de ayer y de hoy (2016), Ramón Lobo y Mikel Ayestaran charlaban sobre reporterismo y la evolución de los conflictos. El segundo, Contarlo para no olvidar (2017), recogió una conversación entre Maruja Torres y Mónica G. Prieto sobre el mundo árabe, feminismo y periodismo. En el tercero, África adentro (2018), Xavier Aldekoa y Alfonso Armada reflexionaban sobre las maneras de narrar el continente. En el cuarto, Europa soy yo (2019), Anna Bosch y Pablo R. Suanzes charlaban sobre el papel de la Unión Europea. En el quinto, El viejo periodismo (2020), Martín Caparrós y Agus Morales dialogaban sobre el reporteo, la escritura y la literatura. En el sexto, El compromiso de la fotografía (2021), Anna Surinyach y Juan Carlos Tomasi compartían su experiencia en crisis nutricionales, desastres naturales y conflictos: una obra que puede leerse en paralelo a la que presentamos hoy. En el séptimo, En el fondo la forma (2022), Leila Guerriero y Ander Izagirre discuten sobre el oficio de escribir. Dedicamos el octavo a las migraciones y los derechos humanos de la mano de Ebbaba Hameida y Nicolás Castellano, autores de Historias contadas al oído. En el número 9, volvimos a poner el foco en la fotografía con Leer las imágenes, de Santi Palacios y Laia Abril.
Y este número 10, que no te puedes perder.
“Y el hombre no se halla completo, ni se revela a sí mismo,
ni ve lo invisible, sino en su íntima relación con la naturaleza”. (José Martí)
Toda la hondura del tiempo, en el canto de un mirlo.
El paradigma del ser humano de hoy es el de un hombre alejado del mundo que se piensa dueño y conocedor de él.
Corrompen, destruyen la vida, y a lo que queda lo llaman “realidad”. Y luego proclaman el realismo. “¡Hay que ser realista!”.
(el topógrafo)
“…y él no veía los ángeles yendo y viniendo, sino que se dedicaba a buscar el viejo hoyo de un poste en medio del paraíso”. (H.D.Thoreau)
Para escuchar el canto del pájaro, antes hay que oírlo.
El ser humano vive ajeno a sí mismo, no funda ni abre espacio en su andar. No deviene porque no está; apenas pasa, sin saberlo.
Repetirlo hasta asumirlo plenamente: “El realismo es una corrupción de la realidad”. (Wallace Stevens)
Todo en la naturaleza vive en sí, como tú mismo, nada es objeto de visión. Ella vive en un adentro que el ser humano hace tiempo dejó de percibir. En ese adentro calla y canta el pájaro, habla y calla el árbol.
El árbol es el hermano natural del hombre.
La naturaleza nos mira, nos toca, nos habla, en su vigilia atenta al ser. De noche, en el sueño, escucha nuestro rumor callado.
“Los árboles nos hablan una lengua que entendemos”. (José Martí)
Bajo tus pies desnudos, constelaciones de hierba.
La corteza del árbol siente y señala en sí cada roce, cambio de aire y luz, sonido, canto, agua; también la mirada del ser que comprende.
En lo invisible de la naturaleza, ver es también ser visto.
“Nosotros no tenemos nunca, ni siquiera un solo día, el espacio puro ante nosotros, al que las flores se abren infinitamente”. (R.M. Rilke)
El bosque solo ve —percibe con toda intensidad— lo invisible del ser humano que en él se adentra.
Nuestro espacio, el lugar de cada ser, oculta en lo más hondo de sí la esencia del tiempo.
“El camino más claro hacía el universo pasa por un bosque virgen”. (John Muir)
El asombro que nos produce la contemplación del universo en la noche no debería ser mayor que el que sentimos ante un árbol en el fulgor de su presencia.
Deja que todo te envuelva —porque todo te envuelve.
El árbol está, no espera, en su ahora late el tiempo entero; en su nada, la esperanza.
Al atardecer, la naturaleza percibe las voces amigas.
Matices de la luz en el tronco de un árbol.
“Bienvenidos a nuestro mundo,
al mundo real,
el mundo de los fuertes
que se comen a los débiles.
Bienvenidos al mundo
en que la persona piensa solo en sí misma
y se olvida de los que sufren en silencio.
El mundo oculto. Sí.
Este es nuestro mundo.
Yo! Salam aleikum, brother,
vayamos en un viaje al otro mundo,
al mundo de la pobreza,
donde hay personas a las que vemos
como si no existieran.
Vayamos adonde los humanos
viven la crueldad de la vida.
Mientras tú duermes en una cama blanda
con una almohada suave bajo la cabeza,
hay una persona que pasa frío en la calle.
Su cama, un cartón; y su almohada,
una mochila con sus pocas pertenencias.
El pobre espera que salga el sol
pa que se vaya el dolor”.
(…)
Este es el arranque del rap Mientras tú, de Beny 5, que en realidad se llama Moha Benyamna. Moha vivió en un centro para menores en Cataluña hasta que cumplió la mayoría de edad. A través del programa Acull (“Acoge”), de la asociación Punt de Referència, conoció a Lali Escolà, que lo acogió en su casa durante nueve meses. Ahora Moha tiene 25 años y vive en Barcelona, aunque trabaja en la vecina Granollers.
El primer día que lo entrevisté, antes de irse a toda velocidad con el patinete eléctrico que usa para trabajar como repartidor, reprodujo en su móvil, con una sonrisa, este rap reivindicativo. Así que, como respuesta, no voy a escribir un reportaje sobre él, sino que voy a recoger el guante y le voy a dedicar otro poema narrativo, pero en la forma tradicional del romance.
Que empiece el combate:
Te pregunto por tu casa,
si descansaba entre pinos;
no es la mejor manera
de empezar a hablar contigo.
Tu madre vendió la casa
para pagarte el camino.
Adolescente, te fuiste
de Marruecos, clandestino,
obligado, ilusionado,
como tantos otros chicos.
Fue en dos mil diecinueve,
un enero no tan frío.
Con un cristal te cortaste
la mano, quedaste herido,
y recorriste la ruta
con un vendaje bien fino.
Desierto y hacia el norte,
—el desafío marino—
España, el sur de Europa;
no sabías tu destino.
Llegaste a Barcelona
y te sentías perdido
en un centro de menores
donde buscaste abrigo.
Siempre hablabas con mamá
y tus primeros amigos.
Hacías vídeos con bromas
desde el humor sin sentido;
nacía una estrella
de la risa sin testigos:
YouTube, cámara oculta,
placer para el algoritmo.
Te quedaste en la calle,
corrieron en tu auxilio
Lali y una asociación;
calor, piso compartido
te ofrecieron enseguida.
Empezaba tu destino.
Aprovechaste el momento,
no te quedaste dormido.
Lali tiene siete hermanos
y vivió con cuatro hijos,
pero ahora vivirá
con Moha y otros chicos;
Lali es muy solidaria,
a muchos tiene acogidos.
Este es el primer lugar
decente, no compartido,
me dices: que es difícil
vivir con cuarenta tíos.
Macarrones (mmm) con queso,
—te sientes un renacido—
también crema de verduras,
del Barça algún partido,
Lali y sus clases de yoga,
Moha, perfecto inquilino.
Ya quieres a la yaya, que
juega al dominó con tino.
“Estudia”, te dice Lali,
aunque eso no va contigo.
Té con menta. Macarrones.
Te ves series de corrido:
Berlín, La casa de papel,
Daddy Yankee al oído
—y Morad y Karol G—.
Se acabó el tiempo, amigo.
Te vas de casa de Lali:
adiós, tiempo compartido.
Aún no tienes papeles
y trabajas clandestino.
Ganas algo de dinero;
a la familia se ha ido.
Todo el mundo conoce
a Mohamed y su temido
patinete de reparto.
La cuenta te han vendido,
te quitan treinta por ciento
mejor que ser campesino
o estar en la construcción,
aunque parezca mezquino.
Te para la policía,
cantas tu rap repentino.
No robas pero te roban:
eres víctima del timo.
Moha, eres un currela,
vuelas si cae un pedido
de la mañana a la noche.
Sigues. Le sacas partido.
Con tu novia en Barcelona,
vida y piso compartido.
Tras muchos años lo logras,
ya tienes el NIE genuino,
echas de menos a Lali,
Lali acoge a otros chicos.
En Marruecos tu abuela
muere, estás confundido.
Con el patinete a cuestas
a Granollers te has ido,
adolescente youtuber,
pillín, que no engreído:
ya nadie te llama mena,
tu futuro es atrevido.
Siempre hablas con mamá,
hablas con raro sigilo,
tienes una nueva casa
pero no están tus amigos.
No te acuerdas de la ruta
del dolor o sus motivos,
solo recuerdas el miedo:
porque fuiste un prohibido.
Desde hace dos décadas, la asociación Punt de Referència pone en contacto a familias o personas que tienen espacio en casa, como Lali, con jóvenes que necesitan acogida, como Moha. El ámbito de actuación es Barcelona y su zona metropolitana. El proyecto Acull propone un pacto inicial de convivencia de nueve meses entre ambas partes. Un tiempo que permite al joven centrarse en sus estudios, tener un espacio donde desarrollar su autonomía y, sobre todo, trazar un nuevo horizonte.
“El proyecto nació para acompañar a jóvenes que salían del sistema de protección de menores, porque no tenían una red de apoyo que los acompañara en este momento de emancipación”, dice Bàrbara Bort, responsable del proyecto Acull.
La idea es sencilla, pero su aplicación está llena de detalles complejos que solo alguien que conoce por dentro el proceso, como Bàrbara, puede describir. Los emparejamientos los hace Punt de Referència: se tienen en cuenta las preferencias de los jóvenes, pero las partes implicadas en ningún caso pueden escoger un perfil (edad, género, orígen…). Las asignaciones las hace Punt de Referència teniendo en cuenta los intereses y necesidades de todo el mundo. Se hace una formación a las familias o personas que acogen: deben acompañar al joven en el tránsito a la emancipación, a través de un vínculo afectivo, pero sin ir más allá, aunque a veces sea difícil. La familia recibe una dotación de 300 euros mensuales para cubrir los gastos de manutención, pero no debe haber transacciones económicas entre ambas partes, porque eso podría generar una relación de dependencia, que pondría en riesgo el vínculo entre joven y familia de acogida. Esta iniciativa tapa alguno de los agujeros generados por el sistema.
Pero no todo son buenas noticias.
“Hemos notado, sobre todo a raíz de la pandemia, que ha habido un bajón en la demanda de familias para acoger, algo que no hemos notado tanto en otros programas de voluntariado”, dice Bort. “Es verdad que este programa requiere más compromiso, pero atribuimos ese bajón a la incertidumbre social, económica y política, y a la discusión pública sobre personas migrantes”.
En concreto, la imagen de estos jóvenes que proyectan algunos medios de comunicación, dice Bort, en particular los que usan de forma mayoritaria el deshumanizador acrónimo de “menas”, está llena de “demagogia” y ha tenido un impacto negativo en este proyecto.
Cada vez es más difícil encontrar a Lalis.
O a Joanas.
***
A sus 76 años, acoger a un adolescente en su casa significa para Joana Vives Salvadó abrir la mente. “A medida que nos vamos haciendo grandes, solemos cerrarnos”, reconoce. Aunque parece una aseveración genérica, enseguida la matiza con su habitual prudencia: “Lo digo por mí, ¿eh?”. La agenda de Joana es intensa, y ahora tendrá que ver si baja un poco el ritmo o si lo intenta mantener.
—Mi marido murió en 2009 —dice sentada en la mesa de su comedor, en el barrio del Eixample de Barcelona—. Al poco tiempo mi hijo se fue de Erasmus a París. Al cabo de dos meses ya fui a verlo.
Su hijo volvió a Barcelona y se independizó en 2014.
—Estoy segura de que tardó más por el reparo a dejarme sola. Lo sé. Hasta que al final le dije: tienes que hacer tu vida. Y cuando se fue… entonces sí que fue como un segundo duelo. A ver, evidentemente el golpe emocional es incomparable, lo digo más en el sentido de sentirse acompañada… porque fue el momento en que ya no había nadie más en casa. Fue otro duelo. No sé si se lo he dicho alguna vez. No sé si lo puedes publicar.
Si están leyendo esto es porque Joana ha aceptado que se publique. Dice que su hijo la visita con asiduidad. Que se siente incluso “egoísta” por pensar eso. No se lamenta; solo expresa, con una lógica aplastante, la realidad de un momento que debía llegar tarde o temprano.
—Tienes la sensación de que realmente estás sola cuando cierras la puerta, porque no hay nadie más.
Nadie gira ya la llave de la puerta sin que lo espere. Hasta finales de marzo de 2024. El momento en que Musa entra en su vida.
***
Musa Jadama ya conoce uno de los aspectos esenciales de la vida cotidiana en su nuevo país. No importa lo temprano que se levante: cada mañana corre el riesgo de llegar tarde a su destino por culpa de los trenes de cercanías de Renfe. Está haciendo un curso de soldadura en Vilafranca del Penedès, a las afueras de Barcelona, que espera que le sirva para entrar en el mercado laboral. Pero su vida pronto va a cambiar. Y ese cambio, obviamente, no pasa por una mejora en la puntualidad de la Renfe.
Pasa por Joana.
Está concentrado, casi obsesionado con el presente: atrás quedan su Gambia natal, el viaje por tierra y mar hasta las islas Canarias, el traslado a la península, el paso frustrante por varios centros para menores; ahora se está mudando, porque va a ser acogido en un piso de Barcelona por una mujer a la cual aún no conoce —y eso es lo único que importa.
A sus 19 años, después de meses oyendo mena mena mena no acompañado los titulares de prensa Vox gritando avalancha delincuentes por qué no se van a su país, vivir en casa de Joana se presenta como una forma de empezar a sentirse adulto y acompañado.
***
“Benvingut a casa, Musa!”
Joana recibió a Musa en su piso con este mensaje escrito en una cartulina. Se abrió entonces el periodo de tanteo. Cómo respiras. De qué pie cojeas. Cuáles son tus manías.
—Yo me levanto temprano —le dijo Musa a Joana poco después de empezar a convivir con ella.
—¡Yo no!
Un mes después del inicio de la aventura, Musa seguía levantándose temprano, pero ya no se pegaba madrugones, porque dejó de ir a Vilafranca del Penedès para acudir a un curso de electricista en la misma Barcelona. Ya iba conociendo mejor la ciudad, por la cual podía moverse, además, sin necesidad de usar la Renfe.
—Yo te enseñaré catalán… —le dijo Joana.
—Y yo te enseñaré mandinga.
Una de las primeras cosas que Musa entendió rápido es que para Joana es muy importante el catalán. Su supervivencia como lengua, su importancia cultural —y también que él la hable. Empezaron —Joana es filóloga— con clases más o menos formales, pero pronto las pasaron, como dice Musa, “al día a día”. Joana le habló en catalán desde el primer día, y Musa le respondió al principio en castellano y luego siempre que pudo en catalán. Así no solo adquiría Musa herramientas para desenvolverse mejor en su día a día, sino que se creaba una conexión.
—Me ha dado tranquilidad conocerlo, ponerle cara… —dice Joana, que se fijó desde el principio en la sonrisa franca de Musa, aunque en eso no es nada original, porque todo el mundo se fija en su sonrisa franca—. Valoro mucho que casi sin conocernos, sin forzarlo, empezara a contarme ya cómo había llegado, en patera…
***
Durante casi dos décadas he cubierto como periodista movimientos de población. He pecado, como tantos otros, de subrayar demasiado el dolor en la guerra, el trauma en la huida y la acción trepidante en las rutas. Pero he constatado en todos estos años que, demasiado a menudo, el presente es el principal motivo de sufrimiento de la gente que se mueve.
(Las personas refugiadas de Afganistán varadas en la isla griega de Lesbos durante años están más angustiadas por su estatus legal —el asilo que no llega— que por el dolor que experimentaron cruzando Asia Central y Turquía).
Lo mismo le pasa a Musa. Cuenta de forma abierta cómo salió de Gambia sin que su madre lo supiera, cómo se subió a un cayuco, cómo llegó a las islas Canarias y después a Cataluña. Pero esta vez no nos vamos a detener aquí, sino en lo que castiga su tranquilidad cada día: su situación irregular, la burocracia. El laberinto —ahora sí hay que usar el cliché— kafkiano que empezó con la acogida en un centro para menores, más de un año antes de entrar en casa de Joana.
—En el centro muy mal —dice Musa, que se expresa con alegría y claridad cuando habla de otras cosas, pero que frunce el ceño y se aturulla cuando recuerda aquella fase—. No puedo decir que todos los trabajadores [del centro] son malos, pero algunos son muy malos.
Musa asegura que algunos chicos del centro no lo trataron bien, y tampoco uno de los educadores, al que tacha de racista. Aunque la convivencia en estos centros es mejor de lo que su proyección pública sugiere, arrastran problemas graves: la tendencia a habilitar macrocentros en lugar de espacios más reducidos donde atender mejor a los jóvenes, los debates tóxicos alrededor de los centros, un personal con condiciones laborales desiguales —la mayoría de centros está en manos de entidades subcontratadas por las administraciones públicas, tan diversas como los mismos adolescentes—… Se pone el acento, precisamente, sobre el origen diverso de los jóvenes, pero hay algo más decisivo que comparten y que explica las dificultades para gestionar este momento: son adolescentes angustiados, porque saben que en cualquier momento pueden ser expulsados del sistema.
—Cuando no estaba estudiando, estaba en la cama. No quería tener problemas. Me decían: vamos a jugar a fútbol. Y decía que no.
Un día, de regreso de su curso de fontanería, llovía a cántaros y Musa llamó al centro para que vinieran a recogerlo en coche (tienen vehículos preparados para momentos de emergencia). Dice que no lo recogieron y después tuvo un enfrentamiento con aquel educador.
—Pues que sepas que desde el centro me hablaron muy bien de ti —lo interrumpe Bàrbara Bort, de Punt de Referència, que ha estado acompañando a Musa en todo este proceso.
Estamos en el comedor de la casa de Joana, unas semanas después del inicio de la acogida. Mientras charlamos de otras cosas, Musa está relajado, se le ve feliz en su nuevo espacio cotidiano, pero se lo llevan los demonios cuando recuerda aquella época.
—Hablaste con otra educadora que me trataba muy bien —responde Musa.
Bàrbara asiente.
—Un día, mientras dormía en el centro, me dijeron que tenía una cita con la Fiscalía [de menores] —retoma el relato Musa—. Les dije que por qué no me habían avisado antes. “No voy”.
Se había puesto en marcha un procedimiento de determinación de la edad, algo temido por jóvenes como Musa. Estas pruebas, en concreto las que miden el grado de maduración ósea o dental, han sido tachadas de imprecisas por organizaciones de derechos humanos. Pero hay algo más duro en el caso de Musa: él tenía pasaporte, y en él decía que le faltaba medio año para cumplir la mayoría de edad. No era demasiado, pero sí suficiente como para empezar a planear su futuro. Si se demostraba su mayoría de edad, pasaría automáticamente a estar en situación irregular. Algo que incluso ha llevado a algunos chicos a suicidarse.
—Dije que quería un abogado. Me dieron el número de una mujer y me dijeron que era mi abogada [de oficio].
Punt de Referència dio apoyo a Musa en este proceso. La abogada de oficio al principio no parecía estar informada de que llevaría el caso de Musa, pero acabaron aclarando que sí. Fue justo una semana antes de la cita judicial: sin el apoyo de Bàrbara, Musa lo habría tenido más difícil. Se dieron cuenta entonces de que el nombre que constaba en el expediente era el mismo, el de Musa, pero no el apellido. ¿Pero es él?, preguntaron antes del día. Sí, es él, les respondieron.
El día D, cuando Musa y Bàrbara estaban en la estación de Sants preparados para ir a la Ciutat de la Justícia, recibieron una llamada del centro: no vayáis, se han equivocado de nombre. Bàrbara llamó a un abogado de confianza, experto en extranjería, y quedaron en que irían igualmente y que él les echaría una mano. Una vez allí, se vieron con este abogado y con el de oficio —del mismo bufete de la abogada, que finalmente le había pasado el caso—, y se dieron cuenta de que no había un error: había dos personas.
—El otro nombre existía, pero nadie sabía dónde estaba el joven —dice Bàrbara—. ¡Y era un chaval ciego de un ojo! Lo habían expulsado de un centro y nadie lo acompañaba. No se presentó a juicio.
Ambos eran de Gambia y se llamaban Musa, pero el parecido era imposible, sobre todo a causa de ese ojo. Ello no evitó la confusión, una dolorosa muestra de racismo institucional.
—Cuando vas a mirar dónde está el origen del error… es que físicamente no tienen ninguna semejanza, es evidente que no son la misma persona. Daba la sensación de que miraban el expediente tres minutos antes de entrar.
Musa y su abogado se pusieron manos a la obra para denunciar la situación. Pero se decretó su mayoría de edad, y tuvo que salir del centro. Entonces entraron en juego el programa de Punt de Referència y la familia de acogida, Joana, que lanzaron un flotador salvavidas a Musa en el momento que más lo necesitaba.
Después podrá caminar solo.
***
Ha pasado medio año desde que Musa llegó a la casa de Joana. O visto al revés: le quedan tres meses para marcharse. El programa es de nueve meses, aunque es prorrogable. El tiempo pasa volando, dice el cliché.
—¿Estará ya? —pregunta Joana.
—Sí.
Hablan en la cocina. Musa prepara su plato estrella, el mafe, un guiso versátil que hoy tendrá arroz y cordero. Joana le pregunta y le repregunta: quiere que Musa le conteste directamente en catalán. No aspira a convertirse en su tutora, o en una figura matriarcal, o en alguien que guíe su rumbo. Ni lo pretende ni se espera eso de ella, porque supondría una mala interpretación del proceso de acogida —por parte de ambos. Pero sí le gustaría sembrar una semilla.
La lengua.
—Agaf…
—Vuelve a intentarlo —le pide Joana.
—No puedo.
—Sí que puedes, esfuérzate.
—Me esfuerzo pero no puedo.
—Agafo… (Cojo…).
—Agafo —repite Musa.
—Es que, si no, dices “no puedo” y te quedas tan ancho. Sí que puedes.
—Mica en mica… (poco a poco).
—S’omple la pica! —sonríe Joana cuando oye el inicio del refrán que llama a la paciencia para llenar el pilón poco a poco—. Esa sí que la aprendiste… Nadie nace enseñado.
—Me cuesta mucho.
—Pero si te frenas y dices “no puedo”… ¿Verdad que has podido decir esto? Tú ya entiendes el catalán. Poco a poco irás entendiendo más palabras… Lo que interesa es que la gente te entienda. Y que tú los entiendas.
—Yo entiendo, pero hablar bien me cuesta mucho.
—Esta es mi batalla, chato, ya sabes que me haría mucha ilusión que acabaras entendiéndolo y hablándolo, porque será la única manera de que cuando muera te acuerdes de mí. ¡Joana, que es una pesadilla y que no me deja vivir!
—Nunca diré eso, ya lo sabes… pero son muchas lenguas.
—¿Tú sabes que cuantas más lenguas se saben, más fácil es aprender otra?
—Bueno…
—Tu cerebro se va abriendo, aún es joven; el mío ya no, se va cerrando.
—Sí, es verdad.
—Vaya sermones, chato.
***
Después de nueve meses de mafe y macarrones, de hacer la limpieza los fines de semana, de alguna excursión, de insomnio y descanso, de clases de catalán que no son clases de catalán, de TikTok y ver la serie Resurrección en el móvil (Musa), de enterarse de quién es Murad (Joana), Musa se ha ido.
Joana ha recuperado el juego de llaves del invitado. Está satisfecha: todo ha ido sobre ruedas. Pero también está cansada.
—La convivencia ha sido intensa. Pero no debido a un choque de culturas, sino porque él es adolescente y yo podría ser su abuela —dice Joana en la mesa de su comedor, escenario de tantas y tantas conversaciones con Musa.
—Es una experiencia que hay que tener —dice Joana sobre la acogida—. Pero tienes que estar bien informada antes de hacerla. Te preparan, pero a mí me ha costado más de lo que creía.
Dice Joana que su caso no es el mismo que el de parejas o familias con algún miembro adolescente en el que la persona acogida se pueda reflejar.
—Me costó al principio porque llevaba muchos años viviendo sola —dice Joana—. Me ha costado, también, no ser demasiado protectora…
No siempre sucede, pero Joana sigue en contacto con Musa. Se van contando cómo avanza todo. Ahora Musa vuela hacia una nueva vida. Y Joana se prepara para retomar su intensa agenda —clases de catalán como voluntaria, compromisos familiares, encuentros con amigas, presentaciones de libros—, aunque con otra perspectiva.
—No es por ponerme medallas, pero creo que al final lo he conseguido.
Musa se ha ido a Mataró, a unos treinta kilómetros de Barcelona. Allí convive con otros chicos en un piso de acogida, la solución temporal que ha encontrado.
—He aprendido mucho, he disfrutado mucho, Joana me ha enseñado mucho —dice Musa en el sofá del piso de Mataró, pulcro y casi carente de decoración—. Estoy buscando un equipo de fútbol para jugar aquí.
Es el mes de febrero, pero Musa ya va en camiseta de manga corta. Su habitual risa franca tiene otro matiz: una alegría despreocupada.
—Estaba muy preocupado por los papeles. Ahora ya no.
Ha conseguido regularizar su situación, y ya está buscando curro.
Al día siguiente va a una entrevista de trabajo con una empresa de mudanzas. Lo contratan.
Pero hay cosas que no cambian: tendrá que levantarse temprano, porque trabaja en Barcelona y eso significa, desgraciadamente, que deberá viajar en la Renfe.
Los fríos acrónimos para designar comunidades. Menas: menores extranjeros no acompañados. Menores: un término legal, despojado de la ternura de la adolescencia. No acompañados: la negación para definir. Acrónimos deshumanizadores que se calientan, que se convierten en un arma arrojadiza: en el caso de España, para que la extrema derecha agite el racismo y la islamofobia, hasta que la palabra, el acrónimo, ya ni siquiera se refiera a lo que en un principio se refería, porque todo el mundo sabe que esto va mucho más allá de los “menores”.
Según el Ministerio del Interior, a finales de 2024 había 17.452 jóvenes de 16 a 23 años tutelados o extutelados. Más de 10.000 son de Marruecos, como Moha; más de 2.000 son de Gambia, como Musa. Otras nacionalidades importantes: Argelia, Senegal, Mali, Guinea, Pakistán. Una realidad diversa que va más allá del estereotipo racista que se ha fabricado, que responde a chaval marroquí que se dedica a robar (los datos oficiales desmienten que exista una relación directa entre el aumento de niños y adolescentes migrantes y el índice de delincuencia).
Adolescentes víctimas del racismo y de la demagogia política.
Una de las vergüenzas de nuestro tiempo es que el poder instrumentalice a personas en una situación vulnerable para sacar rédito político. O para tapar sus vergüenzas. Pasó en 2015 con la mal llamada crisis de los refugiados, cuando un millón de personas, la mayoría de Siria y Afganistán, llegaron a Europa de forma irregular. Se puso en marcha entonces el llamado sistema de cuotas, en virtud del cual los Estados miembros de la UE debían acoger de forma obligatoria a un número concreto de personas refugiadas, y enseguida empezaron las disputas para acoger a unos miles más o menos. Se usaron esas cifras como arma política contra los vecinos e incluso como una forma de reivindicar los intereses propios. La crisis de la que se hablaba en los medios en 2015 no era la de las personas que atravesaban Europa, sino de la propia Europa, incapaz de gestionar la situación.
Algo parecido sucedió este año en España, aunque a una escala más ridícula. El hacinamiento de casi 6.000 jóvenes llegados a las islas Canarias —de los cuales, por cierto, tan solo unos 800 estaban regularizados— hizo que el Gobierno activara un mecanismo para repartirlos en diferentes comunidades autónomas. Si en el caso de la UE se recurrió a las cuotas —como si las personas refugiadas fueran un producto lácteo—, en España se tuvo que diseñar una fórmula a partir de criterios como la población, renta per cápita, tasa de paro, el esfuerzo previo… Casi un algoritmo para repartir a unos miles de adolescentes. Las comunidades gobernadas por el Partido Popular se negaron a aceptar su distribución. Junts pactó con el Gobierno un reparto que se reduciría a 20 o 30 jóvenes en Cataluña. Peones de una partida de ajedrez en la que el mensaje para la población general, para satisfacción de la ultraderecha, era claro: son un problema, no los queremos.
Y entonces no se vuelve a hablar de ellos y ellas y hasta la próxima trifulca política.
¿Pero qué pensarán ellos y ellas?
¿Qué pasará por sus cabezas?
Kayla no se llama Kayla: escoge este seudónimo escrito así, con i griega. Tiene 20 años y es de Guinea. Llegó a la provincia de Lleida con su familia.
Este es el torbellino que hay en su cabeza:
“Yo llegué aquí a España cuando tenía… ¿Sabes que no tengo 20 años? En mi NIE dice que tengo 20 años, pero tengo 18. Eso me jodió la vida, porque a la hora de estudiar estaba sentada con gente mayor, pero ellos no sabían que eran mayores que yo. En mi país estaba como en primero de la ESO, y aquí me mandaron directamente a cuarto. Bueno, llegué aquí en noviembre de 2019. Y en 2021 mi padre me obligó a casarme con mi primo lejano. Me quedé dos meses con él. No quería casarme, pero mi padre me dijo que si no quería casarme solo tenía dos opciones. O te mato o te devuelvo a Guinea. Pero yo no quería volver a Guinea en ese momento. Porque mi padre me habría castigado. No me habría dado dinero ni nada. Yo nací en la capital. No sé cómo está la vida de los pueblos. No quiero vivir en el pueblo. Yo no quería irme. Y no quería morirme tampoco. Así que tuve que casarme. Llamé al chico para explicárselo. Por favor, explícale a mi padre que no quiero casarme. Que soy joven, tengo 15 años. Que quiero seguir estudiando. Yo quiero casarme cuando me dé la gana. No sé qué le contó ese chico a mi padre. Mi padre vino a matarme. Me estranguló. Durante un mes dormí muy inquieta. Y acepté casarme con mi primo lejano ese. Me quedé como dos o tres meses con él. No pude quejarme. Porque si me quejaba, iría a hablar con mi padre. Y mi padre me iba a matar. Literalmente, me iba a pegar. No podía más. Hasta que un día salí de casa, como si fuera al instituto, con la mochila, y ya no volví. Mi profesora de catalán, Carme, me ayudó a salir del matrimonio forzado. Me ayudaron los servicios sociales. Me ayudaron muchísimo. Estuve dos meses en Girona. Después, de Girona a Barcelona, en 2022. Y… ya, ahora estoy viviendo bien.
No hablo con mi familia como en un año y medio. No. Ellos no saben si estoy viva o muerta, no saben nada. Me fui y ese día le dije a mi marido que para mí no es mi marido. Aquí tengo las llaves. Son como un trofeo, porque son del sitio de donde quería salir.
Cuando llegué a Barcelona empecé a estudiar y a trabajar. A vivir bien. A vivir como me da la gana. Antes tenía también el hiyab. Mi padre me pegaba por quitármelo. Yo no quería llevarlo. Ni rezar cinco veces al día. No me sentía reflejada en el islam. Porque para mí las mujeres no tienen ningún derecho. Son como cabras que siguen a los hombres, que son los pastores.
Vivía en un centro para jóvenes, en Barcelona, aquí en el centro. Yo quería salir porque no me sentía bien ahí, no comía bien. Pesaba 43 kilos, algo así. La comida era… yo creo que estaba caducada. En plan, yo creo que es una comida que regalan desde tiendas o comercios. Ahora peso 56 kilos. En un año. Y me robaban la ropa. Había algunas personas que, por ejemplo, a la hora de dormir, estaban gritando, poniendo música, no respetaban la convivencia. Me dijeron que me ayudarían a salir de ahí. Yo dije que si no me largaría. Hasta que entré en un piso [de acogida, a través de Punt de Referència].
Desde mi punto de vista, la acogida es como algo temporal. Sí, estarás en una familia, sí, te apoyarán, sí, pero no serán tu familia, no son tu familia, en plan, siempre habrá algo que falta, ¿sabes? Que no encaja tampoco.
[Después de la acogida] me he mudado al barrio de la Florida [en las afueras de Barcelona], me ha ayudado la persona con la que estaba viviendo. Me ha ayudado mucho, estoy agradecida. Ha ido muy bien la mudanza, aunque no teníamos ascensor, había tres plantas. Hemos hecho mucha ida y vuelta, madre mía, me he quedado con los pies que me duelen hasta ahora. No me imagino cómo estará él. Ahora estoy viviendo con un guineano y un marroquí. Pero antes me timaron. Encontré una habitación, pagué la fianza y el tío me sacaba cada semana una ¿cómo se llama? una excusa. En plan, su primera excusa era que está fuera de Barcelona, no me puede dar las llaves. Yo le dije, no te preocupes, cuando vuelvas me darás las llaves.Y la segunda semana me dijo, estoy en el hospital, no sé qué, me van a operar. Yo le dije, no te preocupes, recupérate. Y la segunda semana, ¿tú sabes cuándo vas a salir? En plan que yo necesito salir ya, yo necesito que me des el dinero o la llave. Es que no sé cuándo voy a salir. Mándame la ubicación de tu hospital, como sea, yo me voy a buscar la llave hasta allí. O mándame mi dinero, que no tengo dinero suficiente en mi cuenta. Cuando me fui a denunciarlo, la policía me dijo que el chico es muy limpio, que no ha hecho nada en su vida. Un día estaba tan cabreada que le dije: eres un hijo de puta, encontrás tu karma. Pero hasta ahora no tengo nada de mi dinero y por eso me quedé una semana más en la casa [de acogida]. Punt de Referència me ayudó a encontrar la nueva habitación, el sitio donde al final me he mudado.
Ahora estoy trabajando [en la zona metropolitana de Barcelona] como monitora escolar. Y me encantan los niños, a decir la verdad. Bueno, antes no me gustaban los pequeños. De pequeña siempre me veía como diseñadora de moda. Siempre estaba obsesionada con la ropa. La ropa de mi hermana, sus tacones. Dibujaba, pero me di cuenta de que no lo hacía bien. Tampoco me gusta coser. He intentado trabajar como costurera, pero no me ha gustado. No me ha gustado. Así que mis sueños se fueron, chau. Una vez trabajé como canguro y descubrí que me gustan los niños. Entonces decidí intentarlo, ver si se me daba bien. He estado dos meses y son unos amores. Quiero estudiar el grado superior de Educación Infantil. Porque… bueno, estoy formándome. Con los de infantil me entiendo bien. Pero los de primaria me toman el pelo. No me hacen caso. La semana pasada estaba con los de quinto de primaria. Había una niña que siempre está conmigo a la que un niño le dijo que no me tocara, porque soy negra. En la escuela hay solo mestizos, son negros a decir la verdad, pero soy la más negra para ellas, no tengo mi sitio para mí. La pequeña viene a decirme eso y yo: eso sí que es grande, tengo que hablar con la coordinadora. Me dijo que yo estaba enseñando insultos en francés, que yo le hablaba mal a los pequeños… Le dije que era un malentendido. Había un chico que tenía autismo, sus compañeros lo trataban fatal. Y les dije que no se trata a un amigo como a un tonto. Es una persona como vosotros. Eso no se hace. Y fueron diciendo que yo lo había tratado como un tonto. También vinieron a decirme fu. Yo les dije que fu significa tonto en francés. Entonces me dijeron [del centro] que no dijera eso. Que intentara controlar mis palabras, porque los niños siempre lo toman en sentido literal. Y yo bueno, vale, me disculpé. No volverá a pasar. Pero cuando le comenté [a la coordinadora] en plan sobre el racismo, me mandó callar. Me dijo no vayas por ahí, ¿eh? No vayas por ahí. Me ha dicho que no vaya por ahí porque nosotros los negros siempre nos estamos quejando. Si nos estamos quejando es por algo. Bueno, ¿tú me puedes regañar pero yo no puedo decir cómo me siento? Y me… ¿sabes con lo que me sale? Me sale con una comparación entre la homofobia y el racismo. ¿Tú crees que vosotros siempre sois los que estáis sufriendo? Yo también he sufrido por ser lesbiana, que no nos dejaban jugar a fútbol, me sale diciendo que no me queje, porque ella también ha sufrido rechazos sociales. Pero ¿qué me estás diciendo? Y bueno yo le dije si tú me estás saliendo con este comentario, los niños no me sorprenden, de verdad, y sabes qué, quédate tu bata y vete, y yo también le dije, mejor, no quiero estar en una escuela llena de racistas pesadas, y me fui llorando. He hablado con mi tutor de la formación, me están buscando otra escuela porque yo no quiero volver allí.
Yo, literalmente, siento decir esto, pero cada vez me dan más ganas de volver a mi país. Cada vez me dan más ganas. No estoy diciendo que en mi país todo esté guau, de color de rosa, pero al menos nadie me mirará como una rara. Al menos te sientes parte de una comunidad.
Te critican por ser negra y por ser blanca también. Mi madre siempre me dice que los blancos me han lavado el cerebro, vuelve a casa, vuelve. Me siento como la gente mestiza, me critican porque dicen que eres menos negra, o que eres menos blanca. Yo no soy blanca, no me identifico como blanca, pero por maneras de pensar, los negros siempre me identifican como blanca, me dicen que soy así, en plan, que el hecho de llegar a Europa me ha quitado todo. Hay chicos negros que al saber que me gustan también las chicas me han dicho qué asco, estás pensando como una blanca. Siempre me han gustado las chicas, desde los diez años. Cuando llegué a Europa me di cuenta, guau, de que es lo normal, no era una loca, no era rara, es lo normal, mis sentimientos eran válidos, no tenía que ocultarlos. También siento que vivir en Europa me da un poco de privilegio. En mi país, si estás depresivo, te llaman tonto o loco, te dicen que algo no va bien en tu cabeza, al menos aquí me puedo sentir depresiva, con ansiedad, sin que nadie me juzgue, y que se me acompañe a lidiar con eso, a trabajar en eso, y puedo salir con quien me da la gana, no me pueden decir que me da asco, bueno, aquí también hay homofobia, pero no se puede comparar con mi país. Me siento agradecida de vivir también en Europa, porque esto me da un poco de privilegio y derecho, y antes estaba quejándome de que quiero irme a mi país, porque estoy sufriendo racismo, pero comparar el racismo que puedo aguantar aquí, o ir a mi país, que me miran como tonta, loca… si me voy a mi país tendré que fingir que no soy esa persona, soy una persona heterosexual, normal, y ya.
Siempre tengo los pensamientos de suicidio, pero nunca lo hago. Antes sí que me hacía daño, pero no para morirme, sino daño para calmar la cabeza, pero ahora no lo hago porque mi piel es tan bonita, no merece eso. Y bueno, nunca me atrevo a matarme, porque tengo miedo, normal. Quiero irme este año a Guinea para renovar rapidísimo mi pasaporte, para que no me pase lo que me ha pasado.
Estoy muy feliz porque ahora mismo estoy muy bien, literalmente, mentalmente y físicamente. No me estoy agobiando porque el año pasado estaba siempre, siempre buscando un trabajo. Tenía los ánimos muy bajos porque necesitaba un trabajo, necesitaba pasta. No tenía pasta, no tenía trabajo.
Cuando estoy angustiada me voy a la playa, siempre me voy a la playa de la Barceloneta, porque me encanta el viento que viene hacia mí, el sonido del agua, me calma, es como… me encanta, me gusta. También me gusta hacer meditación, y el yoga, pero lo que me cuesta son los estiramientos. Siempre los hago en mi cama, así, con la música india. Me encanta la India, me encanta Bollywood. En un futuro me veo viviendo allí. Crecí en Guinea viendo películas de Bollywood. Películas traducidas al francés”.
Personajes:
Fernando
Beatriz
Ashi
Acto único:
Fernando, de 77 años, y su mujer Beatriz, de 75, en el salón de su piso en Barcelona. Comida con Ashi, el joven de pocas palabras que estuvo acogido aquí durante nueve meses. Es una comida de reencuentro: Ashi se emancipó y ahora trabaja en una peluquería.
Fernando y Beatriz se enamoraron hace medio siglo en la India y aún guardan un libro antiguo de recetas indias en la cocina. Ashi es de la India, de la provincia de Punjab: una bonita casualidad. Toca menú indio, claro: garbanzos y pollo al curry. Cocina Fernando. Se conocen los tres, pero no se conocen. Hay nostalgia del tiempo vivido. Hay silencios en la mesa. Hay misterios en la mesa.
Beatriz: El tema de comer indio, al menos para mí es un problema la rinitis, no sé si le pasa a todo el mundo…
Fernando: A mí siempre me faltan vitaminas. He puesto muy poco picante.
Ashi: Bueno, sí…
Beatriz: No hemos puesto pan. Porque contrarresta el picante, eh. Pero Ashi el otro día nos dijo que comía menos picante que cuando llegó…
Ashi: Ahora tampoco como mucho picante… Antes cuando estaba aquí en casa sí que comía picante.
Beatriz: [Hace un gesto con la mano] Cogías guindillas y te las partías así.
Fernando: Hacíamos la pasta con ajo y peperoncino.
Beatriz: ¿Qué has hecho con la peluquería hoy?
Ashi: He cortado el pelo.
Beatriz: ¿Pero has cerrado ahora para venir a comer?
[Ashi asiente sin decir nada].
Beatriz: El jefe de la peluquería es indio.
Ashi: Sí, es indio.
Beatriz: Pues es raro, ¿no? Porque normalmente son pakistaníes.
[Silencio].
Beatriz: Tú cuándo ibas al peluquero, cuando vivías aquí, que venías con looks diferentes… ¿eran pakistaníes o indios?
Ashi: Eran pakistaníes.
Beatriz: Por el Raval, ¿no?
Ashi: Sí, por el Raval.
Fernando: En Barcelona hay diez pakistaníes por cada indio, ¿no? Como mínimo.
Beatriz: ¿Queréis más garbanzos? ¿Ashi?
Ashi: No, ya está bien.
Beatriz: Luego hay pollo.
[Silencio].
Fernando: Hacíamos dos horas de clase de lengua. Le costaba bastante ¡Era un gandul!
Beatriz: Habéis puesto pollo al curry, pues yo encuentro que con el curry… y mira que allí no son de alcohol pero… apetece el vino.
Ashi: [Sin ánimo de corregir, animado por aportar algo a la conversación] Ahí toman yogur, Bea, yogur.
Beatriz: Es verdad, que tú tomabas yogur. Para compensar el picante.
Fernando: Pollo, ¿eh? Con el arroz, hombre.
Beatriz: Bueno, nos ponemos arroz, ¿no? Para comer el pollo. ¿Queréis o no?
Fernando: Todo el mundo quiere.
[Mastican].
Beatriz: Hoy estás comiendo más, ¿eh? El último día comiste poquito.
Fernando: ¿Está bueno? Le he puesto poca sal.
Beatriz: Para mí está perfecto.
[Silencio. Recuerdan los primeros días de convivencia].
Ashi: El primer día aquí, cuando entré con Bàrbara, no sabía nada de nada. Es que cuando estaba en el centro no hablaba muy bien español.
Fernando: No hablabas nada.
Ashi: En el centro hacíamos clases. En aquella época no hablaba con las personas de fuera.
Fernando: ¿Eran marroquíes?
Ashi: La mayoría, y cuando vine aquí con Bárbara yo no hablaba nada.
Fernando: Ni palabra.
[Ashi y Fernando ríen].
Ashi: Y después de ahí bien.
Beatriz: ¿Cómo nos viste? ¿Qué impresión te causamos? Porque esto nunca lo hemos hablado.
Fernando: Yo era un poco viejo, ¿no?
[Repiqueteo de cubiertos].
Ashi: Es que yo echaba de menos a mi familia. Necesitaba salir del centro. Había muchos chicos, había dos plantas, primera y segunda. En cada planta yo creo que había 20 chicos. Cuando entraba en el centro tampoco… Si alguien entra de Marruecos tiene sus paisanos y todo eso. Yo hablaba inglés y ahí tampoco… ellos no hablaban. Fue un poco duro. Punt de Referència contactó con el centro, y el centro quería que participara en el proyecto.
Beatriz: ¿Qué expectativas tenías? ¿Te habías hecho una idea de cómo seríamos?
Ashi: No, yo imaginaba qué cosas hacía con mi familia…
Fernando: [Juguetón] Esperabas una familia parecida a la tuya, ¿no? Pues no, mira…
Beatriz: [Ríe] Somos de la edad de tus abuelos.
Ashi: [No quiere responder a eso] Me acuerdo de las clases sobre todo.
[Todos ríen porque antes Fernando le dijo que era vago].
Ashi: Las clases, la cocina, los viajes…
Beatriz: El último día que nos vimos recordabas el viaje que hicimos al delta del Ebro.
Ashi: Sí, a mí me gustó mucho. Es como zona de agricultura, como en nuestra tierra, el Punjab, todo plano, mucho arroz…
Beatriz: Allí vas rodeado de campos.
Ashi: Aprendí a nadar también.
Beatriz: Al principio el mar te daba un poco de miedo.
[Ashi murmura, reniega: sí que le da miedo el mar, aunque ya lo había visto en Bombay, ciudad india costera]
Fernando: Y fuimos a la nieve.
Ashi: [Esta vez con entusiasmo] Nieve, nieve, sí.
Fernando: Bajando con el trineo…
[Ashi ríe].
Beatriz: Te tengo que encontrar el vídeo.
Ashi: Yo creo que seguramente lo tengo. Claro, para nosotros la nieve es algo…
Beatriz: Bueno, tampoco en Cataluña es que tengamos mucha, fue un año que había nieve en el Pallars…
[Ashi busca fotos en el móvil, se encuentra con otras]
Ashi: Esta es de cuando fuimos a Francia. Esta es de cuando fuimos al delta del Ebro.
Beatriz: A ver.
Fernando: Mira, mira, el vídeo de cuando ya nadaba bien.
[Pausa, los platos siguen en la mesa, parece que han acabado de comer].
Beatriz: ¿Te gustaba lo que estudiabas cuando estabas aquí? ¿Qué expectativas tenías?
Ashi: Hacía informática, luego un módulo de chapa y pintura. Pero con el tema del NIE tenía que dejar de estudiar. Porque para renovar el NIE necesitaba contrato de trabajo. Tengo el NIE de dos años. Este año creo que puedo pedir de cinco años.
[Suena el móvil de Fernando. Lo coge y se aleja].
Ashi: De momento trabajo. Ahora es difícil estudiar y…
Beatriz: Ahora te estás sacando el carnet de conducir.
Ashi: Esta mañana he hecho clase. Y mañana también voy. Es difícil.
Beatriz: La teórica te la sacaste. La teórica es la más difícil. Bueno, de cuando nos examinamos nosotros a ahora ha cambiado mucho. Ahora te preguntan muchas más cosas, es más complicado.
Ashi: [Sin ánimo de contradecir aunque lo haga] Es más difícil la parte práctica, aquí hay muchas rotondas, líneas continuas, discontinuas…
Beatriz: Y en la India…
Ashi: En la India… [se ríe, no dice nada más, como si no supiera por dónde empezar].
Beatriz: ¿Queréis un poco más de curry o no?
Fernando: [Vuelve con el móvil en la oreja, se despide] Perfecto, que vaya bien, buen fin de semana. [Cuelga]
Beatriz: No cambiamos platos para el postre, lo siento.
[Hablan de cuando Ashi se fue de casa].
Ashi: Al principio me fui a un piso compartido, éramos tres chicos. Con Moha… [Moha el youtuber, Moha el rapero, Moha el repartidor].
Fernando: No durante mucho tiempo…
Ashi: Moha tenía una novia y… ahora no tengo ni idea de lo que hace. Ahora vivo con una familia y tengo contrato fijo.
Beatriz: ¿Vives con una pareja india?
Ashi: Sí.
Fernando: ¿Y estás contento con el trabajo?
Ashi: [Convencido] Sí.
Fernando: Además ahora conoces gente.
Beatriz: Al principio no salías, los domingos te quedabas todo el día en casa.
Ashi: Durmiendo…
[Todos ríen].
Fernando: Dormías como una marmota.
Ashi: Venía de la escuela, comía y dormía. A veces hasta la noche, hasta la hora de cenar.
Beatriz: Te levantabas muy pronto, también hay que decirlo.
Fernando: Durante las semanas se levantaba pronto. Aprovechaba el domingo para pegarse diez horas… o doce.
[Hablan de fútbol, del Barça, de las capitales del mundo que Fernando enseñaba a Ashi… hasta que vuelven al principio. Al momento en que Ashi llegó a España].
Ashi: Fue muy duro. Hay una historia de eso.
Beatriz: [Llega de la cocina al salón] No sé si os gustan los nísperos, los yogures…
Fernando: Estábamos aquí con una historia de Ashi.
Ashi: Es una historia larga… La explicaré otro día… No conocía a nadie. Fue duro. Mi padre tenía amigos que me trajeron… Tenía 17 años…
[Lo dejaron solo en Barcelona].
Fernando: No tenías ni un mapa, ni un plano ni nada.
Ashi: Mis paisanos me llevaron a la Policía.
Fernando: Te dejaron en el Raval, ¿no?
Ashi: [Silencio, luego habla] Pregunté en una tienda y me llevaron a la comisaría en Plaza España. Y de ahí al centro. Tenía tutor. El centro estaba bien, pero no me podía comunicar…
[Ashi no quiere hablar más del tema].
Beatriz: Te quiero hacer una pregunta. Si no quieres, no contestes. A ver. Ahora, con el tiempo que ha pasado, ¿en qué piensas que te sirvió estar aquí para la vida que estás haciendo ahora? ¿Me has entendido?
Ashi: [No lo ha entendido] Sí, un poco, sí.
Beatriz: Si tu estancia aquí con nosotros…
Fernando: …el tiempo que estuviste aquí…
Beatriz: … te ha servido para afrontar la nueva situación, para trabajar, relacionarte con la gente…
Ashi: [Con aplomo ahora que lo entiende bien] Sí, sí, sí. Es lo que decía antes, que en el centro ni hablaba con nadie, solo con el tutor. Y además, el idioma. Aquí aprendí muchas cosas.
[Silencio].
Fernando: Nos reíamos mucho con First Dates.
Ashi: [Ríe, se mea de risa, Fernando tiene razón] Sí, sí.
Beatriz: Lo mirabais vosotros, porque yo paso.
Fernando: Oye, yo también paso. Pero nos reíamos. Es todo tan preparado… Pero mucha tele tampoco veíamos. Él con sus maquinitas. Con sus móviles. Porque tenías más de uno. Tenías dos, ¿no?
Ashi: [Sin ánimo de contradecir aunque lo haga] Solo usaba un móvil. Otro número sí, puede ser.
[Es el móvil que usaba para hablar con su madre, y hablan de su madre, de si estaba preocupada por él…]
Ashi: Al principio un poco sí. Pero cuando le enviaba fotos y hacíamos videollamadas, desde ahí ya…
Fernando: Ya vieron que no éramos el demonio.
Beatriz: Porque además, por lo que tú has contado, quizá tus padres tenían una expectativa distinta de cuando tú llegaras aquí, pensaban que tendrías otra situación. Quizá se encontraron con esa situación que les preocupó, los dejó preocupados.
Fernando: Por lo que sabemos… Es una zona oscura que nunca ha llegado a explicar bien, y es su derecho total. Los padres tenían la expectativa de que él llegara aquí e iba a tener trabajo. Os habían prometido que teníais las cosas muy fáciles. Fáciles, sí. O sea, que para la familia pues fue un palo.
Beatriz: Cuando llegaste al centro y después tuviste que hablar con tus padres, o alguien tuvo que hablar con tus padres, tú pediste que les explicaran lo que te había pasado. Al principio no lo explicaste tú a tus padres…
Ashi: No, no, yo no… Por eso digo que…
Beatriz: Para no preocuparles o para no…
[Silencio].
Las vidas de Moha, Musa, Kayla y Ashi se pueden contar de tantas maneras. Desde el rap o la poesía; desde el periodismo narrativo, con un reportaje que describa su día a día; desde el ensayo o la crítica contra el sistema —incluso contra ellos mismos—; desde dentro de sus cabezas a través la escritura automática; desde el teatro, con una dosis de humor, absurdo o nostalgia.
Hay que preguntarse, entonces, por qué alguien ha decidido que esas vidas adolescentes deben contarse desde el odio.
El proyecto Jóvenes y mayores bien acompañados, del cual forma parte esta crónica, recibió una ayuda económica a través del Premio Montserrat Roig a la promoción en la investigación en el ámbito de los derechos sociales y la acción social.