Se habla mucho de internet como un lugar imaginario y de la IA como un espacio ilusorio, pero hace ya mucho que la propia realidad es un paisaje de ficción. Y no nos engañemos: su gran motor no ha sido la literatura o el cine, sino la pantalla de televisión. Aún en este siglo XXI, la tele sigue siendo un formidable narcótico que hipnotiza cada día a millones de personas.
Putin y Trump, dos de las personas con más influencia en el mundo, tienen en común una salvaje visión ilusoria acerca de ellos mismos alimentada por la televisión. Es sabido que el presidente de Estados Unidos es un obseso de la pequeña pantalla. En el pasado tuvo apariciones estelares en anuncios de Pizza Hut, Pepsi, Oreo y McDonalds e hizo cameos en series como El Príncipe de Bel Air o Sexo en Nueva York. Apareció en Saturday Night Live y fue presentador durante catorce temporadas de The Apprentice, un reality show en el que un grupo de empresarios competía por dirigir una de las empresas de Trump. Desde hace un tiempo ostenta el puesto político más importante del planeta y sale a todas horas en las televisiones de todo el mundo, de Yakarta a Barcelona, de Rosario a San Francisco, de Abu Dabi a Kampala, Ankara o un pueblo perdido de Nueva Zelanda.
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