Llevaba unos minutos publicado mi post en LinkedIn cuando apareció el comentario. No me llevó tiempo reconocerlo: era lo de siempre, formulado de formas distintas según quien lo escribe, pero idéntico en su lógica. Yo acababa de escribir, al hilo de los cánticos racistas que se oyeron en el partido amistoso entre España y Egipto, que España es racista. Y alguien, con la mejor intención del mundo, había sentido la necesidad de aclarar que no todas las personas blancas lo son.
#NotAllWhites. #NoTodasLasPersonasBlancas.
Me quedé pensando en ese gesto, porque la necesidad compulsiva de desmarcarse individualmente ante una denuncia estructural me dice algo más interesante que lo que dice en superficie. Me dice dónde está el verdadero problema: no en la mala fe de quien lo escribe, sino en la definición de racismo con la que la mayoría de las personas en este país siguen operando.
Me llamo Desirée Bela-Lobedde. Soy escritora, conferenciante y divulgadora antirracista. Llevo más de una década acompañando a personas y organizaciones en procesos de deconstrucción del racismo. Escribo desde un lugar de enunciación que no es neutro ni pretende serlo: soy una mujer afrodescendiente que vive en España, que recibe el impacto directo del racismo y que, al mismo tiempo, ha desarrollado herramientas para analizarlo. Esas dos cosas no se contradicen. Se alimentan.
Vuelvo al comentario.
La definición de racismo que aprendemos lo reduce a actitudes individuales explícitas: el hincha que canta en el estadio, el vecino que llama a la policía, la persona que niega un trabajo por el origen o el fenotipo. Lo aprendemos como una cuestión moral, no política. Con esa definición, el #NoTodos tiene lógica impecable: señalar una estructura racista equivale a acusar individualmente a quienes forman parte de ella.
El problema es que esa definición es insuficiente. El racismo no solo funciona a través de las intenciones de las personas, sino a través de estructuras que operan con independencia de esas intenciones: leyes, instituciones, sistemas educativos, narrativas culturales, prácticas sedimentadas durante siglos. El sistema no pide permiso. No necesita intenciones maliciosas para reproducirse.
Cuando digo que España es racista no estoy hablando de la suma de actitudes individuales. Estoy describiendo una estructura que nos incluye a todas, aunque de formas y con responsabilidades muy distintas según quién seas. Yo misma he sido educada en ese sistema. La diferencia es que yo lo recibo en el cuerpo de maneras que no permiten olvidarlo o ignorarlo.
Aceptar que el machismo es estructural tiene un coste diferente para cada persona según su género. Con el racismo ocurre lo mismo: para las personas blancas en España, aceptarlo implica reconocer un privilegio que no se pidió pero que opera. El #NoTodos no desmantela nada. Solo revela una incomodidad que todavía no sabe qué hacer consigo misma.
De eso voy a escribir aquí. De las definiciones que se quedan cortas y de lo que ocurre cuando las ampliamos. De lo que significa analizar el racismo desde dentro, con el cuerpo y con las ideas. De las preguntas que no tienen respuesta sencilla y de las que sí la tienen pero requieren más valentía que inteligencia para hacerse.
No prometo comodidad. Prometo rigor, claridad y la honestidad de quien lleva mucho tiempo mirando esto de cerca.