Ñamérica

Lee un extracto del nuevo libro de Martín Caparrós: América Latina más allá de sus mitos, reflejos y lugares comunes

Ñamérica
Martín Caparrós

El continente violento

Ñamérica es la región más pacífica del mundo.

En todo el siglo XX sus países apenas se pelearon. Entre 1932 y 1935 Bolivia y Paraguay se enfrentaron en la guerra del Chaco, la única seria, con casi 100.000 muertos; Perú y Ecuador sostuvieron dos o tres escaramuzas por territorios fronterizos, una en 1941, otra en 1995; en América Central también hubo guerritas como la del fútbol, entre El Salvador y Honduras en 1969, que duró cuatro días; y la Argentina se lanzó a la invasión patética de unas islas disputadas con Gran Bretaña en el Atlántico Sur en el otoño de 1982. Ni Colombia ni Venezuela ni Chile ni Uruguay ni Cuba ni México se trenzaron en ninguna.
En ese lapso en Europa, foco de toda razón y civilización, solo entre la Primera y Segunda guerras mundiales, la revolución rusa, las purgas soviéticas y el Holocausto nazi murieron unos 85 millones de personas. En Asia las víctimas de las guerras civiles chinas, invasiones japonesas, masacres turcas, independencias indias, guerras indochinas y diversas hambrunas fueron casi 100 millones. En África, desde la descolonización, las guerras de Argelia, Rodesia, Biafra, Burundi, Etiopía, Sudán, Ruanda, Mozambique, Angola, Liberia, Sierra Leona, el Congo hicieron por lo menos 15 millones de muertos.
Mientras que en Ñamérica la revolución mexicana, la guerra del Chaco, las masacres centroamericanas, la violencia en Colombia, la guerrilla peruana y las dictaduras del Cono Sur mataron a unos dos millones de personas. Es demasiado; es tanto, tanto menos que el resto del mundo en ese tiempo.

Ñamérica es, en esos términos, la región más pacífica del mundo. O, si acaso, la menos mortífera. Y sin embargo nos suele parecer la más violenta. Lo curioso es que también lo es. No hay violencia entre estados: hay, en general, violencia de un estado hacia sus ciudadanos o, muchas veces, entre esos ciudadanos.
Los estados ñamericanos no pelean entre ellos: si acaso, de tanto en tanto, matan a sus ciudadanos. O no pueden o no quieren impedir que ellos se maten entre ellos.

Uno de los dos o tres cambios decisivos de Ñamérica en las últimas décadas es la privatización de la violencia: el paso de la violencia política a la violencia empresarial. Entre, digamos, 1950 y 1980, la mayor cuota de violencia tuvo que ver con la esfera de lo público. Fueron los tiempos de las guerrillas en muchos países: tiempos en que grupos políticos supusieron que la lucha armada, urbana o rural, era la única forma de establecer esas sociedades igualitarias que –en principio– buscábamos. Y fueron, después, los tiempos en que juntas militares aprovecharon esa idea para producir, a fuerza de asesinatos, los cambios políticos que necesitaban para consolidar las sociedades desiguales que –claramente– buscaban. En esos años Ñamérica se afirmó, en la mente de tantos, como un continente de violencias. Y, sin embargo, lo era mucho menos que lo que estaba por venir.

Desde las dictaduras asesinas a los narcos asesinos hay una continuidad. La constante es la violencia: que antes fuera violencia de estado y ahora violencia privada es un detalle que quizá podemos adjudicar al consenso de Washington. 

Ahora las cifras son brutales. Alrededor de 100.000 personas son asesinadas todos los años en Ñamérica. En Venezuela la tasa de homicidios llega a 50 cada 100.000 habitantes; en Honduras son 41, 25 en México y Colombia, 5 en Argentina, 2 en Chile. Para entender estos números se puede recordar que la tasa en un país violento como Estados Unidos es de 5 por 100.000; en Bulgaria o Rumania es 1,6; en España no llega a uno.
Como casi siempre, esos números son una orientación que sirve y que no sirve. Dan una idea general, borronean los problemas particulares. En México y Colombia, por ejemplo, la tasa de homicidios es casi la misma. Y, sin embargo, los 35.000 asesinados del 2020 en México son un aumento radical frente a los 10.000 que había en el año 2000 –en un país que ya entonces era bastante violento. Mientras que los 11.000 asesinados ese año en Colombia son una reducción enorme frente a los 26.000 colombianos que se mataron en 2000. En Venezuela casi la mitad de los homicidios son episodios inscriptos como “resistencia a la autoridad”: ejecuciones extrajudiciales de las diversas policías. En el Triángulo Brutal de Centroamérica, mientras tanto, El Salvador pasó de 105 homicidios cada 100.000 personas en 2015 a menos de 40 en 2019: se supone que la razón principal fue un pacto entre las dos grandes bandas para disminuir el gasto en sangre humana. En cambio en Argentina, donde muchos tienen la impresión de vivir en el borde, los homicidios no pasan de cinco cada 100.000, igual que en Estados Unidos, la mitad que en Uruguay o Costa Rica, países tan serenos. Y así de seguido.
Decir que Ñamérica es, en conjunto, una región violenta es, una vez más, un abuso de la estadística. Su gran violencia está concentrada en esa franja que va de Colombia a México, pasando por Venezuela y América Central. En el resto, las medias de homicidios están en los alrededores de la media mundial, seis muertes por cada 100.000 personas cada año.

Pero es cierto que, al fin de cuentas, en Ñamérica se mata más que en ninguna otra región que no esté en guerra. Uno de cada cuatro homicidios que se cometen en el mundo son obra de ñamericanos –solo el cinco por ciento de la población mundial. En Ñamérica se asesina cinco veces más que en el resto del mundo.
En los últimos veinte años, ñamericanos asesinaron a unos dos millones de ñamericanos: dos millones de veces uno de ellos apretó el gatillo o blandió la cuchilla para borrar a otro. Dos millones de veces alguien supo que podía hacerlo –y lo hizo. Dos millones de muertos son más que todos los muertos por las guerras y violencias políticas en la región en todo el siglo XX.
Y la situación sigue empeorando: de las siete ciudades más violentas del mundo –del mundo– en 2020 seis estaban en México y la otra es Caracas. Las tres primeras fueron Tijuana, Ciudad Juárez, Uruapán, con tasas de homicidios por encima de los 100 muertos cada 100.000 personas. O sea: que cada uno de sus habitantes tiene una posibilidad en mil de que lo maten este año.

Y, para redondear los números, dos más. La mitad de los asesinados tiene entre 15 y 29 años: en Ñamérica la muerte violenta es cosa de jóvenes. Y las muertes violentas de muy jóvenes son cosa de Ñamérica: casi la mitad de las 100.000 personas entre 10 y 19 años asesinados cada año en el mundo vivieron aquí.
Una víctima de cada diez es mujer: con ser terrible, el feminicidio va muy por detrás del homicidio. Aunque lo hace particularmente odioso el hecho de que, en la mayoría de los casos, los asesinos son parientes o conocidos de las víctimas: son muertes íntimas.

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El aumento brutal de la violencia privada en Ñamérica empezó cuando dos o tres grupos de empresarios colombianos despiadados decidieron hacerse con el monopolio de la producción y exportación de un preparado que la Organización Mundial de la Salud llama benzoilmetilecgonina y el resto del mundo cocaína –o simplemente coca, blanca, perico, farlopa, frula, nieve, merca. A mediados de los años ’80 lo lograron, a fuerza de ser muy oportunos con su producto y muy generosos con la muerte.
Hasta entonces, las drogas más vendidas eran legales y, en general, llegaban desde los países ricos: medicamentos contra la ansiedad y la depresión y, sobre todo, alcohol y cigarrillos. Los cigarrillos fueron un aporte americano; nada personal, negocios –y muy deliberados. Hace ya más de medio siglo las grandes tabacaleras americanas supieron que sus usuarios locales podrían rebelarse y decidieron apostar por el tercermundo. En 1964, el director de Liggett & Myers –una de las compañías más importantes– explicaba su política: “El mercado del cigarrillo en los Estados Unidos está casi saturado. En el resto del mundo, en cambio, se consumen, término medio, cuatro veces menos cigarrillos que en América. Así que tenemos que expandirnos en ese mercado. Es un mercado ávido de productos norteamericanos: la prueba está en que todas nuestras marcas multiplican sus negocios en el exterior a un ritmo acelerado, a pesar de que sus precios son, por lo general, superiores a los de las marcas nacionales”. Tras el auge de la droga legal norteamericana, lo que empezó en los ’80 fue la era de las drogas ilegales –y esas sí fueron ñamericanas.
“Ladroga” –llamémosla ladroga– sigue el modelo ñamericano por excelencia: producto de la tierra, materia prima apenas modificada producida por trabajadores muy mal tratados para su exportación a los mercados más ricos. Lo mismo que se hizo durante siglos con el oro, la plata, el azúcar, el café, la carne, el cobre, el guano, el caucho, el trigo, ahora se hace también con la cocaína y la heroína, alguna marihuana. Y los poderes estatales que antaño le aseguraban a un pequeño sector de cada país el monopolio del recurso nacional se transformaron en poder privado, ejércitos de sicarios sin límites en el lugar de los ejércitos nacionales –a menudo tolerados o apoyados, faltaba más, por los poderes públicos.

Al principio, los nuevos empresarios gozaban de ventajas importantes: la planta de la coca es originaria de Ñamérica y aquí crece entusiasta; los estados de los países que la producen no podían –o querían– impedir sus grandes plantaciones y laboratorios no tan clandestinos; y, sobre todo, tenían muy cerca al gran mercado, los Estados Unidos.
El poder americano no tuvo en las últimas décadas expresión más fuerte. En ese lapso los Estados Unidos abandonaron buena parte de su presencia política en la región; su influencia más decisiva fue como receptor de esa producción que solo existe porque existe su mercado. Y, por ella, la región cambió tanto.

Es tonto pero simple pero cierto: sin el consumo drogón americano Ñamérica sería, ahora, otra cosa.

Es curioso cómo ciertos azares se transforman en destino. ¿Qué habría pasado si el espíritu bucólico místico planeador de los sesentas y setentas no hubiera dejado paso, en los países ricos, al individualismo desenfrenado y ambicioso de los ochentas y noventas? ¿Qué, si Ronald Wilson Reagan no hubiera ganado las elecciones de 1980? ¿Qué, si un empeñoso investigador de una gran farmacéutica suiza, por ejemplo, hubiera descubierto una droga sintética perfecta para darte la sensación de poder y agudeza que esa época pedía? ¿Qué, si un señor particularmente emprendedor no hubiera imaginado que se podía hacer en gran escala lo que otros hacían en pequeña y no hubiera lanzado sus productos tan naturales tan orgánicos al gran mercado norteamericano? Y así, una sucesión de qués pequeños: cantidad de azares que podrían tan bien no haber sucedido –sin los cuales el destino de la región habría sido distinto.
Quién sabe si mejor o peor, pero distinto. Ahora es difícil pensar en Ñamérica y no pensar en drogas ilegales, bandas violentas, jóvenes sicarios, esos dineros, ese miedo. No es fácil creer en las grandes determinaciones de la historia cuando todo se revela tan aleatorio, tan oportunista.

(Si aquel meteorito, hace decenas de millones de años, hubiera pasado por aquí al lado, mil o dos mil kilómetros –y los grandes reptiles, entonces, siguieran dominando.)

Pero, entre tanto azar, no es casual que todo esto sea un efecto secundario de la cocaína: una droga que no se toma, como otras, para cambiar de mundo, escaparse, modificar la percepción, entender cosas o entenderse; una droga que se toma para hacer mejor las cosas que ya hacés, entendiendo por mejor más rápido o más largo. Trabajar mejor, beber mejor, bailar mejor: una droga que no cuestiona nada de las sociedades contemporáneas sino que, al contrario, te ofrece la posibilidad de acomodarte más; un esfuerzo de hiperadaptación, de hacer lo que se espera que hagas. Una droga que funciona según el sistema tan capitalista del crédito y la deuda: te comprás y te gastás ahora una energía que no tenés –y después deberás pagar con tu fatiga, con tu quiebre.
Una droga que no pone en cuestión la idea de rendimiento, de productividad sino que, al contrario, te permite cumplirlas con creces.

(Una droga que, además, no sufre una condena social importante. Miles y miles de personas despreciarían a quien usara un tapado de piel, porque esos pobres animales. En cambio, meterse un pase de coca es casi cool, audaz, canchero, aunque su producción y distribución implique la violencia, la corrupción, la degradación, tantos miles de muertes.
“Vivimos tiempos maravillosos. Son tiempos en los que, por abrir el grifo, por comprar bolsas de plástico o por tener un coche de más de diez años eres culpable tú solo de la degradación del planeta Tierra entero. Es así según todas las noticias dadas en los últimos veinticuatro meses, y además te lo crees y ahora cierras más el grifo. Y con el heteropatriarcado pasa lo mismo: todos los hombres somos culpables de la violencia ejercida contra las mujeres por una minoría de varones, aunque tú en concreto no hayas pisado siquiera el pie ni por error a una señora en el Metro en toda tu vida. Pero nos sentimos corresponsables y corregimos nuestro comportamiento hasta alcanzar los alrededores de la más luminosa santidad. Sin embargo, le dices a cualquier cocainómano que consumir cocaína contribuye al asesinato de decenas de miles de personas por todo el mundo y te mira como si estuvieras loco”, escribió Alberto Olmos. “Si nadie consumiera cocaína, el mundo sería un lugar mejor, los malos acumularían menos poder y mucha gente aún tendría la cabeza pegada al cuerpo. No habría hombres y mujeres colgados de los puentes ni periodistas degollados por escribir una noticia o cantantes asesinados por hacer una canción. Consumir cocaína es dar un poder absoluto a gente muy peligrosa, lo mires como lo mires. Pero entiendo que sentirse culpable por consumir cocaína no es lo que más os apetece en este momento. Ya es mucho pedir.”)

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Siempre me sorprendió la desproporción de la causa y sus efectos. Es casi inexplicable que tan pocos influyan tanto sobre tantos. En los Estados Unidos, el mercado principal de las drogas ñamericanas, menos de dos millones de personas la usan con cierta regularidad. Y en todo el mundo, según la ONU, en 2018 hubo 19 millones de personas que se metieron por lo menos un pase. Diecinueve millones de personas es el 0,25 por ciento de la población mundial, una minucia estadística. Y, sin embargo, pocas cosas han tenido más influencia en nuestra realidad.
Y la sigue teniendo. Si ahora México reemplazó a Colombia como el gran país productor de droga –como el gran país violento– no es solo porque se especializaron en transportar la cocaína sudamericana a Estados Unidos; fue, también, porque algunos ricos y seudorricos americanos descubrieron que se podían morir y empezaron a preocuparse por su salud antes que nada y dejaron la carne y el tabaco y el mercedes y la cocaína –algunos. Entonces creció el mercado de los drogones clásicos, muchachos y muchachas perdidos que solo quieren estar lo más lejos posible de sí mismos –y empezaron a usar, entonces, en lugar de coca sudaca, heroína mexica. México ingresa unos 25.000 millones de dólares al año por exportaciones de droga a Estados Unidos. O sea: sin el dinero de Estados Unidos el negocio mexicano de las drogas no sería negocio. Es la última de las desgracias de estar tan lejos de dios.
Es sorprendente que la voluntad de unos cuantos hombres y mujeres de modificar su percepción de tanto en tanto cambie así la vida de millones y millones. El negocio de ladroga implica –como mucho– al uno por ciento, productores y vendedores y consumidores sumados, y sin embargo su influencia. Sabemos que ladroga es dura: su mayor poder está en cómo sacudió nuestros países, nuestras sociedades.

Cómo las cambió: “El mito cuenta –como cuentan los mitos, con detalles diversos, contradicciones, coincidencias– que, hace ocho o diez años, una lancha cargada de cocaína se dio vuelta en el mar, cerca de aquí. Y que unos pescadores del Islote la avistaron, avisaron a todos los demás y salieron a buscarla. El mito cuenta que la recuperaron, que su legítimo dueño les pagó un rescate más que millonario, que los isloteros repartieron la plata entre todos: que algunos se la bebieron con tozudez y buena entraña, que otros aprovecharon para hacerse sus casas. El mito cuenta –como cuentan los mitos– que esa lancha fue fundamental en el destino del Islote: que fue entonces cuando el pueblo dejó de ser casillas de madera y palma, que fue entonces cuando se construyó la mayoría de las casas de material –algunas de dos pisos–, que fue entonces cuando se compraron muchas lanchas. Que fue un gran momento común, y que fue emotivo cómo todos compartieron el dinero que les trajo el mar. Y que, después, todos juraron olvidarlo”, escribí hace unos años, cuando visité el Islote, esa media hectárea de casitas amontonadas en medio del Caribe colombiano. Era un ejemplo: casi simpático, casi ingenuo, una muestra de lo que pasó con un país.

Fue un cambio radical: conocemos sus resultados económicos y sociales; quizá no hemos sabido medir, todavía, su influencia en la cultura ñamericana, en nuestra idea de nosotros mismos. En la idea, sobre todo, que el mundo se hace de nosotros.

Hace cincuenta años Ñamérica se veía desde lejos como una tierra de salvajería difícil pero casi feliz, selvas, ríos, montes, mares, naturaleza desbordante atravesada por lo sobrenatural, generales y patrones opresores ya cayendo, campesinos oprimidos pero rebeldes, Guevara y García Márquez, formas de la esperanza.
Ahora, en cambio, en los medios globales, en series y diarios y películas, la imagen más habitual del continente es un hijo de puta que trafica con drogas y asesina por placer o por negocio.
Ladroga no fue solo el motor esencial de la privatización de la violencia. Fue, sobre todo, el debut de un actor nuevo: El Narco. El Narco es, a la vez, un sustantivo colectivo –el conjunto de las personas y estructuras y relaciones ligadas a la producción y venta de ciertas drogas– y un sustantivo individual –el macho despiadado que consigue, gracias a su violencia, un poder y un dinero inverosímiles–: un personaje que se quedó con la imaginación global contemporánea. Si hay un ñamericano conocido en el mundo es el señor Pablo Emilio Escobar Gaviria (a) Pabloescobar, El Narco por antonomasia. Y, últimamente, su competidor más directo, el señor Joaquín Archivaldo Guzmán Loera (a) El Chapo.
No hay muchos más famosos –o, por lo menos, si no patean pelotas. Están, por supuesto, Messi, Neymar, Maradona, Shakira, Bad Bunny, Guevara todavía; ya los veremos. Pero es probable que no haya ninguno, en estos días, tan mirado como Pablo Escobar: series, libros, películas, la imagen de un berraco.

(Colombia, siempre Colombia, la gran productora de mitos ñamericanos: si hace medio siglo le dio formas al continente lujurioso desdichado mágico después se la dio al continente narco despiadado y, ahora, al continente reguetón caliente. Argentina produce personajes, México realidades, Colombia conceptos: gran usina de clichés, de realidades paralelas y de muletas para verlas, caldito de Ñamérica.)

Su vida es conocida, tan contada: el fulano que muy joven inventó un negocio, lo controló durante años, se dio todos los gustos, armó un ejército, se lanzó a la política, dio casas y cosas a los pobres, trajo dinero a carros, empleó a miles, mató a miles, vivió a balazo limpio, murió a balazo limpio. La violencia estallaba a su alrededor: en esos años uno de cada cien muchachos de su ciudad, Medellín, moría a los tiros. Pero a su entierro llegó una multitud. Hay quienes dicen que sigue vivo, que sigue dando vueltas; otros dicen que no pero compran o venden sus retratos, los cuelgan en sus casas. Hace poco la alcaldía de Medellín dinamitó su casa, el edificio Mónaco, porque se había vuelto un lugar de peregrinación o de turismo, que a veces es lo mismo.
El Narco –el Narco por excelencia, el Gran Narco– se había constituido en un héroe social, el ideal del hombre con un par de huevos que gracias a esos huevos había llegado donde tantos querrían. El mito de Robin Hood se mezcló con el Zorro y Batman y el Guasón y la Madre Teresa; en un mundo tan plagado de límites “fue un tipo que hizo lo que quiso”.

El Narco es un modelo de ascenso social y logro de poder para quienes siempre vieron tan limitadas sus posibilidades de ascenso y de poder. Un modelo individual: para ascender no sirve tratar de subir el plano que todos ocupamos; para ascender hay que usar como escalera las cabezas de tus semejantes. Pero, aún así, no te olvidas de tus semejantes.
La idea capitalista de la ley de la selva –que el triunfo individual es posible y deseable y que lo va a conseguir el más mejor– tenía el problema de sus límites: estaba fuera del alcance de millones. La figura de El Narco lo democratizó: cualquiera podía –venían a decirte– si tenía los cojones y la crueldad y la astucia necesarias. Si un chico de un barrio pobre de Cali o San Pedro Sula o Culiacán quería salir de su destino triste lo que debía buscar era ser rico y temido y deseado y la forma de lograrlo era meterse en alguno de los negocios ligados al comercio de ciertas drogas. Y, nada más empezar, ya tenías una moto y buena ropa y una chica apetecible: lo importante.
Siempre había habido delincuencia, por supuesto, pero era otra cosa. Los delincuentes clásicos vivían escondidos, modestos; los Narcos se transformaron en figuras públicas, temidas, reverenciadas, envidiadas, que proponían una forma de vida, una cultura. Podían usar y usaban los mejores lujos –casas, coches, aviones, fincas, mujeres, hipopótamos–; consolidaban con su estilo el sistema de consumo. Vivían por el consumo, vivían para el consumo: todo era materia de consumo. Todo podía comprarlo quien podía: una mujer, un político, un avión, una muerte, un escaño. Lo decisivo era ganar mucha plata. Tener mucha plata. Usar mucha plata. El objeto de todos sus esfuerzos era la plata, negro sobre blanca.

(Toda actividad comercial produce sus by-products. Si una empresa usa muchas vacas para hacer leche aprovecha lo que le queda para fabricar crema, manteca, chocolatadas o cueros o cuernos. Si una empresa usa mucha gente armada empieza a descubrir las numerosas utilidades que esos señores pueden ofrecer –y las usa con denuedo y entusiasmo–: secuestros, extorsiones, redes de trata, control de circuitos, servicios varios a terceros.
Y hubo incluso soldados que pensaron que los productores y exportadores de sustancias no precisaban mantener sus propios cuerpos armados, y formaron otros para ofrecerles sus servicios. La tercerización de la violencia terminó, casi siempre, en una expansión brutal de esa violencia: en algún momento, esos terceros decidían que el negocio era demasiado bueno como para dejárselo a los primeros, y peleaban por sacárselo: masacres, más masacres.)

Sus vidas funcionan como funciona cualquiera que se tome unas rayas de coca: conseguís aquí y ahora una intensidad que después se paga de algún modo. Concentrás aquí y ahora, despilfarrás aquí y ahora eso que deberías haber gastado en un futuro largo. Solo que, en general, elegís esto porque creés que no podés elegir: no tenés chance de vivir ningún futuro, te lo cerraron, entonces apurás el presente aunque te cueste la cárcel o la muerte –ya que, de todas formas. Meterse en el narco tiene sentido cuando no hay más alternativas, cuando es mejor vivir poco pero sabroso que ir deshaciéndose, languidecer sin esperanzas.

Así, sin las dudas, se conforma un modelo de vida.
La vida Narco es una opción para muchos que quieren tener una: un presente, al menos, si futuro no queda.
La vida Narco es un modo de decir aquí estoy yo, yo puedo.

Decir yo pertenezco, yo formo parte de un grupo de elegidos: los que hacemos lo que muchos querrían, lo que pocos se atreven.

Por mis santos cojones.

Y Ñamérica es, ahora,
la región más violenta.

                                      *          *          *

Era domingo al mediodía y estábamos llegando al cementerio. Hacía sol: un sol casi perfecto. El taxi iba tranquilo, la avenida vacía del domingo, y paró en un semáforo. Yo miraba la calle, porque algo hay que mirar, cuando lo ví: dos coches adelante, a la derecha, un chico como de nueve o diez forcejeaba por la ventanilla con el chofer de un taxi. Parecía que el chico trataba de robarle.
–Carajo otra vez esos jueputas.
Dijo mi chofer, y yo seguía mirando. Los otros llegaron desde ninguna parte y eran dos: al principio eran dos. Los dos tenían pantalón corto, una remera así nomás, menos de treinta años y se tiraron sobre el chico ladrón como dos perros. El chico corrió un par de metros, hacia nosotros, con una cara rara: la boca muy abierta. Lo agarraron, empezaron a pegarle. El chico sólo trataba de cubrirse, y llegó otro atacante. Le pegaban trompadas y patadas; lo tiraron al suelo. El chico estaba en el suelo, tratando de cubrirse con los brazos demasiadas partes. En el suelo, acurrucado, justo delante de mi taxi, lo pateaban: ahora eran cuatro y se turnaban para patearlo con esmero y tesón, orden, el odio. No sé cuánto tiempo lo patearon: hay veces en que el tiempo se mueve diferente. Sé que lo patearon, lo patearon: llevando el pie hacia atrás, tomando impulso lo patearon, en las costillas, el culo, la espalda, el pecho, las bolas, la cabeza lo patearon. Yo sé que lo patearon, que yo me quedé quieto: lo patearon. El chico tampoco se movía, tirado en el asfalto. Lo pateaban: debe haber algo en ese ejercicio de patear al caído, de disfrutar que lo que suele ser caro sale gratis, que se puede romper y no pagar, pegar y no pagar: que se puede romper, hundir patadas en un cuerpo verdadero, escuchar esos ruidos. Debe haber algo que no termino de saber –pero las caras de los cuatro.
–Le están dando duro, pues. Pobre güevón.
Dijo mi chofer. La cara del chico tenía sangre: sólo un hilo. Los defensores del orden lo miraron un momento, se dieron media vuelta para irse y uno, el que llegó tercero, volvió, se afirmó sobre su pierna izquierda, tomó impulso y le voleó la cara. La cara del chico se movió, el ruido fue más fuerte. Después los cuatro se volvieron a manejar sus taxis y el mío arrancó, pero tuvo que desviarse medio metro para esquivar al chico. El chico quedó tirado en el asfalto. No se movía: los coches, para pasar, tenían que hacer una maniobra. El chofer de mi taxi dijo que qué pesar pero que fue buscado.
–¿Cómo?
–Sí, lo del pelao, fue buscado. Estos pelaos no tienen padres, viven en la calle, se la pasan soplando boxer. Le iba a robar al compañero, usté vio que le iba a robar la menuda.
Después el chofer me dijo que por eso no hay que tener armas: que si uno tiene un arma, en un asunto así la saca y dispara y se busca un problema:
–El arma lo envalentona a uno, hombre.
Dijo el chofer, cincuentón muy amable, y que eso ahí adelante era la puerta principal del cementerio de San Pedro.

Alguien me había convencido de que Medellín es una ciudad vecina de la muerte –y que para ver Medellín tenía que ver su cementerio: San Pedro es el más tradicional, monumento, patrimonio, herencia, orgullo y esas cosas que les dicen a los edificios que se mueren. Lo fundaron treinta ricos hace siglo y medio o sea que es, también, histórico. Aunque un cementerio sólo puede ser histórico: todo, en un cementerio, es solo historia.

La idea de que la muerte iguala es muy antigua. Si es así también iguala a una ciudad como Medellín, con sus mitos de mafiosos y traquetos, con tantas otras con mitos diferentes. Cuando me hablaron de San Pedro yo esperaba un cementerio con neones y cumbia a todo dar; este no era. O, si era, no lo muestra de entrada. En la entrada una monja vende ron. Vasito chico, sí, y con el vuelto me dice que Dios me bendiga. En el cementerio de San Pedro hay cipreses pero también palmas y palos de mango y jacarandas: una síntesis de la síntesis, Europa y este trópico. El cementerio de San Pedro está, como todo el resto, dividido por clases. A la entrada hay un barrio tradicional con sus mansiones: los mausoleos marmóreos, estentóreos, egregios, rimbobantes. Alrededor, apartamentos finos: una gran columnata circular llena de bóvedas. Más allá, en la periferia, varios pisos de bóvedas amontonadas en propiedad horizontal: el suburbio. La ciudad de los muertos funciona como las ciudades: crecen hacia arriba cuando ya no pueden seguir creciendo hacia los lados. Y así nos amontonan. A veces me impresiona pensar que mientras yo me ducho hay un señor un metro y medio por debajo que defeca pensando en estrategias para quitarle el puesto al jefe y una pareja, dos metros por encima, que se pelea como cada mañana –para poder coger después. Otras me impresiona pensar que cuatro metros más abajo hay alguien que piensa que cuatro metros más arriba hay alguien que piensa que él, cuatro metros más abajo, piensa que hay alguien que. Me impresiona quizás incluso más que saber que cuando me muera voy a tener muertos arriba, abajo, a todos los costados.

–Recordemos ante todo que estamos celebrando la victoria de Jesús Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.
Un cura viejo de casulla verde dice la misa del domingo en la capilla del cementerio: habla en medio de los que ya le ganaron a la muerte, los que han dejado de temerla: los muertitos. A los demás nos pone un poco nerviosos todavía:
–La gente le tiene es miedo a la muerte. Para mí personalmente la muerte no es muerte, es el comienzo de una nueva vida, que nadie sabe bien adónde vamos, pero es una nueva vida. Estos para mí no están muertos, están vivos, empezando una nueva vida. Entonces la gente tiene que venir aquí al cementerio para verle otra cara a la muerte, que no le tengan ese pánico que le tienen.
Me dice Miriam, que lleva ocho años barriendo el cementerio y veinte o treinta visitándolo:
–A mí siempre me ha gustado el cementerio, he vivido toda la vida por acá, este era mi refugio cuando estaba joven: si me pasaba algo, si estaba triste, si tenía que estudiar. Me atraía el silencio, la paz… Y ahora para trabajar me siento bien. Yo nunca le he temido a la muerte. No sé si porque no la he visto a las puertas mías, pero no le temo… Vamos a ver qué digo cuando me toque verla cara a cara.
Dice y se ríe: con un poco de nervio. Frente a una bóveda, un hijo adolescente abraza a su madre con estrechez de amante y le murmura palabras al oído. La madre llora. Otro hijo le acaricia la cabeza mal teñida. Los dos hijos están llenos de gel. El tercero está en un ataúd ahí adelante.
–Huber nunca tuvo suerte.
Dice su madre, como quien dice yo sabía.

Y hay un olor muy fuerte, que debe ser a muerto.

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    Un libro de Martín Caparrós

    (Ed. Literatura Random House)

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