Periodismo y viajes

Extracto del último libro de Santiago Tejedor, un manual para "ir, mirar y contar"

Santiago Tejedor es periodista y viajero. Por eso, este es el libro que mejor lo define. Periodismo y viajes. Manual para ir, mirar y contar (Edicions UB, 2021) es una hermosa y documentada búsqueda de eso que el autor sospecha que no existe —periodismo de viajes—, pero que lo lanza hacia un territorio inescrutable —el del periodismo, el de los viajes— en el que conocemos la mirada de cronistas que han dedicado su vida a todo esto.

Tejedor es profesor en la Universitat Autònoma de Barcleona (UAB), máster en Comunicación y Educación y doctor en Periodismo y Ciencias de la Comunicación. Acaba de ganar junto a Cristina Pulido, Diana Sanjinés y Plàcid Garcia-Planas el Premio Montserrat Roig al periodismo y la comunicación social de Barcelona con un proyecto sobre diez historias de vida de adolescentes durante la pandemia.

En este libro brilla su empeño didáctico, su estilo —que usa en todos sus libros— de frases cortas que guía la narración. Este es uno de los capítulos de Periodismo y viajes.

El viaje al otro

“La vida no es solo viaje, sino viaje iniciático. Si no nos transformamos en otros a través de la vida, no habremos vivido.”

M. Á. Vázquez Medel

Durante mi estancia en Norogachi, en el estado mexicano de Chihuahua, para intentar conocer al pueblo rarámuri, caminé mucho. Cada día. Me acompañaba siempre Albino, un anciano que apareció el día después de mi llegada, al amanecer, preguntando: “¿Quién es el cabochi que quiere conocer la sierra?”. El cabochi (extranjero) era yo. Se ofreció a guiarme. Un día llegamos a casa de Mike. Eran un par de habitáculos oscurecidos por el humo de la lumbre. Conversamos durante unos 45 minutos. Hablamos de la cosecha. También, de los coyotes. Y le preguntamos por la carrera de pelota que andábamos buscando desde hacía días. Se interesó mucho por el extranjero. Me preguntó por mi profesión y por mi ciudad. Luego, sobre qué semillas cultivábamos. Y, antes de irnos, me dijo: “Y en España, allí de donde vienes…, ¿hay indígenas?”. No sé qué le contesté. Releyendo este pasaje recuerdo a Hinmanton Yalaktit (1840-1904), conocido como Jefe Joseph o el Napoléon Indio, del grupo wallowa de los nez percés:

“Para nosotros, las grandes llanuras abiertas, las hermosas colinas onduladas y los ríos serpenteantes y de curso enmarañado no eran salvajes. Solo para el hombre blanco era salvaje la naturaleza, y solo para él estaba la tierra infestada de animales salvajes y gentes bárbaras. Para nosotros era dócil. La tierra era generosa y estábamos rodeados de las bendiciones del Gran Misterio. Para nosotros no fue salvaje hasta que llegó el hombre velludo del Este y, con brutal frenesí, amontonó injusticias sobre nosotros y las familias que amábamos. Cuando los mismos animales del bosque empezaron a huir de su proximidad, entonces empezó para nosotros… el Salvaje Oeste”.

El viaje al otro está rodeado casi siempre de un continuo debate: hasta dónde llegar. En muchos viajes, hay un ayer y un hoy en plena y contundente colisión. Y un extraño extranjero intentando llegar al “otro”. Un “otro” que no debería ser “otro”. Entonces, aparecen esos muros, invisibles muchas veces, que se alzan para confundir. Un “yo” o un “nosotros”, frente a un “otro” o un “ellos”. La alteridad va más allá de la otredad. Es una voluntad. Un deseo de diálogo y de entendimiento. Nos invita a ese sano y difícil ejercicio de “descubrir el mundo y los intereses del alter, del otro”. El desafío consiste en buscar a ese “otro”, tan diferente y tan igual.

“Odio los viajes y los exploradores”. Así comienza Claude Lévi-Strauss su libro Tristes trópicos, convertido en un tratado de referencia dentro del mundo de la etnología —disciplina que compara los diferentes pueblos y culturas, de ayer y de hoy— y del mundo de los viajes. No es un libro de sino sobre viajes. El estudio de la relación entre lo particular (diversidad) y lo universal (igualdad) ha sido un hito constante de la antropología. De este modo, hemos podido comprender cómo son otras culturas y, también, cómo es la nuestra. La comprensión mutua, la comparación y la confianza son herramientas decisivas en este viaje entre lo propio y lo ajeno.

En la reserva india de Nacimiento, Andrés Anico, el hijo de Chakoka Anico, convertido tras la muerte de su padre en el nuevo líder, me dijo: “El tiempo ya cambió mucho”. De esta manera, me explicaba por qué empezaban a existir entre su gente granjas con venados. Como protesta del que persigue lo que no existe, le increpé que el venado siempre se había mantenido en libertad. “Así debería ser, pero el tiempo ya cambió mucho”, me repitió. Entonces le dije: “Construís cercas para los venados. Tienes novia mexicana. Y hasta usas Facebook”. Y entonces me respondió: “Tú también tienes Facebook. Por qué no puedo tenerlo yo”.

Dos amigos, el historiador José María Perceval y el etnógrafo Jordi Grau (con el apoyo bibliográfico de Esteban Krotz), me ayudaron a entender este encuentro a partir de una reflexión sobre las similitudes y las diferencias que nos rodean. De lo vivido, de lo leído y de lo conversado con ellos, es posible extraer algunas recomendaciones que podrían ayudar al viajero en este inevitable viaje al “otro”:

  • Hay diferencias. El viajero constata que hay diferencias que no son “muros”. Hablé con el reportero Luis Pancorbo. Tras una larga etapa como periodista, creó el programa “Otros pueblos”, que duró treinta y cinco años y produjo 139 capítulos. Luego le llegó una jubilación forzosa. Siguió viajando. Es el primer viajero español que pisó el Polo Sur (en 1969). Regresó a la Antártida en 2019. Su pasión por la antropología le acompañó en sus viajes. “Conviví con los papúes, con pueblos de Vanuatu, Fiyi, las islas Carolinas. Y filmé en Australia y en la Amazonia. Llegué a conocer a los pigmeos bambuti de Congo y a los tuaregs de Níger. Para empatizar con esas personas llevé desde el principio dos ideales: no hay pueblos superiores. Creo en el relativismo cultural, que para mí es lo mismo que el moral. Y luego, un consejo sencillo: mucho andar y conversar con o sin intérpretes. El género humano tiene variantes, pero también constantes y similitudes”.
  • Encuentro. El viaje es siempre un encuentro. Es un encuentro de dos. No es un momento. Es un proceso. El antropólogo y librero Pep Bernadas cree que una de las claves es viajar para “percibir sin intermediarios la maravillosa complejidad de nuestro mundo, asimilarla en la medida de lo posible, intentar transmitirla con el máximo respeto y rigor conceptual y, por supuesto, gozar a fondo de este cometido”. Bernadas es claro: cada cual viaja a su manera, por las razones más heterogéneas y en función de sus expectativas y de su estilo de vida. “En mi caso, por deformación profesional, procuro que la finalidad de cada viaje no me hurte la magia de dar cabida a los hallazgos y encuentros inesperados. Son irrepetibles, nunca pasa un segundo tren, no interrumpen nada, son una parte importante del viaje y, con frecuencia, la que más fielmente le confiere sentido”. La propuesta y apuesta de Bernadas es exactamente lo contrario de lo que propone la industria turística, otorgando al turista el papel de espectador y convirtiendo al resto del planeta en puro espectáculo, en un parque temático de placeres a la carta. Para Bernadas, si entendemos el viaje como un motor de cultura y de conocimiento, su esencia última es de otro orden y está muy por encima del mero consumo de servicios; se desprende del encuentro franco y abierto con el Otro (lo prefiere así, en mayúsculas), de un baño de humanidad que absorba el sentir, los valores, las preocupaciones y la manera de estar en el mundo de quienes nos acogen. “Nada halla un sentido pleno al margen de la sociedad, la cultura, la creatividad, la gente, las personas, los gestos, los olores, las costumbres, los perjuicios, las situaciones, los problemas, las esperanzas o los conflictos que le sirven de contexto”.
  • Diferencia. Algunas diferencias existen. Otras se construyen culturalmente. Diferencia. Me contó el antropólogo Jordi Grau que el viaje nos sitúa en un contexto distinto. Y allí, un elemento importante es la prevención de juicios. “Nuestro sistema de valores es nuestra referencia. No se trata de eliminar esta codificación porque no podemos. Es inevitable que los usemos. Pero hemos de ser conscientes de que son “un” sistema y no “el” sistema. Si somos conscientes de que existen diferencias, podremos entrenar la mirada. Donde hay diferencias hay semejanzas”.
  • Aprende a comparar. Somos iguales en las diferencias. Bien lo dijo Krotz: “Se trata de reconocer a los seres completamente diferentes como iguales […]. A pesar de las diferencias patentes a primera vista y a pesar de muchas otras, que emergen solo con la observación detenida y que pueden referirse a cualquier esfera de la vida, siempre se trata de reconocer a los seres completamente diferentes como iguales”. El antropólogo Jordi Grau lo tiene claro: “Generalmente, en un viaje el raro eres tú, soy yo, somos nosotros. Debemos fijarnos en cómo miran, cómo saludan, cómo interactúan”. En contextos ajenos o diferentes solemos sobredimensionar la diferencia. En un viaje siempre estamos comparando y muchas veces olvidamos que existen referentes comparativos. Ante la expresión “esto es raro”, la pregunta “¿comparado con qué…?”. Tomamos como referencia solo nuestro punto de partida. Es el gran error. Grau me da dos consejos: 1) ser consciente de que viajamos con nuestros bagajes y con nuestros filtros; y 2) saber que estamos interpretando. (Fácil de decir, difícil de hacer). Y añade: “Eres un aprendiz cuando estás de viaje. Estás tratando con iguales. No tienes un estatus superior”.
  • Diferencia no es inferioridad. Ser diferentes no tiene nada que ver con ser inferiores o superiores. Lo hablé mucho con mis alumnos. No se trata solo de buscar lo diferente. Al llegar a cada nuevo lugar, el viajero buscará similitudes y coincidencias. (Y no solo diferencias).
  • La curiosidad. El viajero debe ser capaz de convertir la extrañeza en curiosidad. Otra vez Krotz: “El viaje como forma, como marco del encuentro entre culturas, implica también siempre la posibilidad del acostumbramiento a lo que primero resulta completamente desacostumbrado y de la aceptación de lo hasta entonces desconocido; incluso puede darse el caso de estar finalmente extrañado ante lo que alguna vez había sido familiar”. Acostumbrarse a lo ajeno. Aceptar lo desconocido. Entender lo diferente. Extrañarse de lo que hacíamos, decíamos, pensábamos; de lo que vivía o ha vivido cada día tan cerca, con nosotros.
  • El viajero necesita tiempo. Esto es más fácil decirlo que hacerlo. Lo sabemos. Al menos, debemos tenerlo muy presente. Lo explica bien Jordi Grau: “El tiempo es fundamental para aproximarnos a otros contextos, conocerlos, compartirlos, tratar de entenderlos y explicarlos”. Lo repito y lo reitero a sabiendas del panorama laboral del periodismo. Fácil de decir; difícil de hacer. Y como es tan complicado, que ese tiempo, si ha de ser corto, sea, al menos, de calidad.
  • Hay límites. El viajero, el viaje y el relato de este respetarán siempre unos límites.
  • Disfruta de ser ignorante. El viajero nunca viaja pensando que sabe. Lee, se documenta, consulta fuentes y, si puede, aprende la lengua (algunas expresiones) del lugar. La periodista Rosa María Calaf señala que hay que viajar con mente abierta y respeto. “Con la convicción de que no sabes o sabes poco y de que se aprende de lo distinto, nunca de lo que es igual. Erradicando estereotipos y prejuicios, que se cuelan cuando menos lo piensas. Solo conociendo se puede comprender y contar. La adaptabilidad a momentos, ambientes, prácticas sociales… es para mí una exigencia ineludible. Al igual que el periodismo internacional, el periodismo de viajes, con lo que relata, perpetúa el imaginario colectivo de sus receptores, de sus destinatarios sobre el mundo y sus pobladores. Dados los recortes y la trivialización de las noticias de nuestro planeta, el periodismo de viajes está jugando un creciente papel en la representación del ‘otro’”.
  • El contexto. El artículo Shakespeare en la selva (en inglés, Shakespeare in the Bush), escrito por Laura Bohannan y publicado por la revista Natural History en 1966, es un texto muy comentado en el campo de la antropología. La autora explica a los ancianos de la etnia tiv, un grupo etnolingüístico africano cuya población se concentra mayoritariamente en Nigeria, la trama de la obra Hamlet, de Shakespeare. La investigadora parte de la hipótesis de que, ante una misma narración, la interpretación será la misma en cualquier lugar, pueblo o grupo humano. ¿Por qué? Porque la condición humana es similar. No fue así. Los ancianos tiv no aceptan algunos postulados shakespearianos sobre el linaje, la brujería o el parentesco. Por tanto, la hipótesis cae. Una misma obra literaria —incluso, de esas que llamamos “universales”; por cierto, decir “universal” ¿no sería etnocéntrico?— puede ser decodificada, entendida o interpretada (como queramos llamarle) de maneras muy diferentes en contextos distintos. El abanico de lecturas es amplio. El contexto es decisivo.
  • Volver. El viajero intentará regresar a “ese” lugar. (Y lo hará para comparar, buscar y seguir aprendiendo).

Viajamos “al extranjero”. Nos lo recuerdan los aeropuertos (los de aquí y los de allí): nacionales/extranjeros. Recuerdo uno de esos mensajes que circulan por las redes, que me gustó y que usé en mis clases: “Tu dios es judío; tu música, negra; tu coche, japonés; la pizza que comes, italiana; el gas que llega a tu cocina, argelino; el café que bebes, brasileño; la democracia tiene raíces griegas; planeas tus vacaciones en Marruecos; los números con los que calculas son árabes; las letras que escribes son latinas… ¿Y te atreves a decir que tu vecino es extranjero?”.

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