Durante años, buena parte del análisis sobre Irán ha oscilado entre dos lecturas simplificadas: la del régimen sólido que controla a su población y la del sistema al borde del colapso. Ambas dejan fuera una dimensión decisiva: la fractura generacional.

No se trata solo de grupos de edad distintos, sino de experiencias históricas, lenguajes políticos y formas opuestas de entender el poder, la religión, la justicia o la libertad. De esa ruptura no ha salido una transición reconocible, sino una forma de tensión estructural en la que el cambio social avanza sin traducirse todavía en una reorganización del poder. Ese desfase no es estable. A medida que se amplía la distancia entre una sociedad que cambia y un poder que no se reconfigura, aumenta la probabilidad de que esa tensión se exprese de forma más abierta y menos controlable.

Esa es la tensión fundamental que está generando condiciones que pueden desembocar en cambios políticos de mayor alcance, incluso en el corto o medio plazo. El ataque de Estados Unidos e Israel, que descabezó a la cúpula del régimen, puede acarrear la paradoja de fortalecerlo en lugar de debilitarlo. Pero más allá del corto plazo, hay dinámicas profundas que apuntan a un proceso de transformación más complejo de lo que sugieren las lecturas convencionales.

Entre la memoria de la revolución, el fracaso de las reformas, la transformación de quienes sostienen el sistema y la emergencia de una generación que ya no comparte el lenguaje del poder, parece improbable que Irán siga los patrones de una transición política clásica ni controlada.

Hay países que cambian a través de rupturas visibles: revoluciones, guerras, transiciones pactadas. A pesar de décadas de protestas, presión internacional y cambios sociales profundos, el sistema político iraní se mantiene, aunque cada vez con mayores costes y menor capacidad para contener las tensiones que lo atraviesan. Esa coexistencia entre cambio social y continuidad política no es una anomalía: es una de las claves para entender Irán.

Repasemos la experiencia de las últimas generaciones iraníes para comprender mejor el momento actual.

La generación de la revolución

Manifestación de los Fedayín Khalq en la Universidad de Teherán (Irán), en abril de 1979. A. Abbas / Magnum Photos / ContactoPhoto

Quienes protagonizaron la revolución de 1979 (nacidos entre la década de 1940 y 1960) construyeron el sistema actual. Su experiencia histórica estuvo marcada por la lucha contra la monarquía del sha, por el clima ideológico de la época y, poco después, por la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), que supuso un momento fundacional. 

Para ellos, el Estado no era una estructura administrativa. Era un proyecto moral, espiritual y político. Bajo la influencia combinada del islam político y de lenguajes antimperialistas, conceptos como libertad, justicia e independencia adquirieron significados muy distintos de los que tendrían después.

La libertad no significaba el derecho individual a decidir sobre la propia vida, sino la liberación frente a la dominación occidental. La justicia no se concebía como igualdad de derechos entre ciudadanos, sino como defensa del nuevo orden frente a sus enemigos. La independencia no era integración soberana en el mundo, sino confrontación ideológica con todo lo que oliera a modernidad occidental. 

El Estado, por tanto, era el vehículo para convertir en realidad ese ideal revolucionario e islámico. De ahí nace también la idea de la “exportación de la revolución”: la convicción de que el nuevo orden no debía limitarse a Irán, sino proyectarse hacia otros espacios. La formación de grupos armados aliados en distintos países de la región y la centralidad simbólica de consignas como “ni Oriente ni Occidente, República Islámica” o la idea de que “para liberar Jerusalén hay que pasar por Kerbala” formaban parte de esa visión expansiva.

Ese universo ideológico marcó la identidad de una generación que se sintió protagonista de una transformación histórica. Pero con el tiempo también empezó a chocar con realidades económicas, sociales y políticas que vaciaron de contenido parte de sus promesas. Ese imaginario no ha desaparecido y sigue condicionando decisiones políticas, percepciones de amenaza y respuestas del poder ante cualquier intento de cambio

Del origen revolucionario al poder institucional

Siguiendo la literatura académica, a la corriente más leal a los principios fundamentales de la República Islámica (usulgarayan) la llamaremos “principalista” en este ensayo. Su identidad se consolidó en el cruce entre revolución, guerra y aparato estatal. Para muchos de sus miembros, la fidelidad al sistema no era una adhesión táctica, sino una convicción integral. Su mundo político se articulaba en torno a la idea de que solo mediante la defensa constante de los principios revolucionarios podía mantenerse un orden islámico legítimo. En ese marco, religión, Estado y lucha política no eran esferas separadas. Formaban parte de un mismo proyecto.

Con el tiempo, esos sectores ocuparon posiciones clave en el sistema judicial, en la Guardia Revolucionaria, en el Basij, en los órganos de control político y en múltiples espacios administrativos y económicos. Su poder no es solo ideológico: es material. La cercanía a este ecosistema ha garantizado durante décadas acceso privilegiado a empleo público, oportunidades económicas, protección institucional, ascenso social y redes de influencia.

En un país atravesado por crisis económicas recurrentes, inflación, sanciones y desigualdades crecientes, esa conexión entre lealtad ideológica y privilegio material ha sido crucial. Por eso, la relación entre esta minoría organizada y las desigualdades estructurales no es secundaria: forma parte del funcionamiento mismo del sistema. La concentración de poder en manos de sectores vinculados al aparato ha profundizado la distancia con amplias capas sociales, especialmente con las generaciones más jóvenes. 

Esta generación no puede interpretarse solo como guardiana de la doctrina. Son también actores que han bloqueado cambios estructurales y han defendido un orden del que extraen legitimidad, poder y recursos. Son un bloque con capacidad real de veto, habituado a resistir desde dentro cualquier reconfiguración del poder que perciba como una amenaza a sus principios, a sus redes de influencia o a su posición dentro del Estado. Por su propia lógica de supervivencia, difícilmente aceptará salidas que impliquen una pérdida sustancial de control, incluso en escenarios de alta presión interna o externa.

La generación que fue más allá de la calle

En las últimas décadas ha emergido una nueva cohorte dentro de este universo: más joven, adaptada a otros lenguajes y consciente de que la lucha por la hegemonía ya no se libra solo en la calle o dentro de las instituciones.

Esta nueva generación sigue comprometida con los ideales fundamentales de la revolución, pero ha redefinido sus métodos. Se percibe a sí misma como guardiana del orden islámico frente a amenazas internas y externas, y actúa en consecuencia: reprime, vigila, desacredita y disputa cada espacio en el que el sistema percibe una pérdida de control. Sin embargo, su intervención ya no se limita a la calle. Ocupa el espacio digital, pelea el terreno mediático, impulsa campañas de desinformación, presiona a activistas y participa en la creación de expedientes judiciales o administrativos contra voces críticas. Ha aprendido a usar herramientas modernas para defender un proyecto que se define precisamente contra buena parte de los efectos sociales y culturales de esa modernidad. 

El conflicto ya no se juega solo entre manifestantes y fuerzas de seguridad, ni solo entre el Estado y la oposición en sentido clásico. Se juega también en la producción de relatos, en el control de la visibilidad pública, en la vigilancia digital y en la capacidad de nombrar lo que ocurre.

Los informes de organizaciones de derechos humanos y los mecanismos internacionales que han documentado la represión en Irán han dejado constancia de detenciones arbitrarias, violencia institucional, condenas severas, uso abusivo del aparato judicial y represión letal en distintos ciclos de protestas. No es un elemento marginal del análisis: forma parte de la verdad política del país y del modo en que estos sectores entienden la defensa del sistema. 

La generación de posguerra: reformar sin romper

Manifestaciones antiestadounidenses por el aniversario de la toma de la embajada de EEUU, en la que 52 personas fueron retenidas como rehenes durante 444 días. Teherán (Irán), noviembre de 2003. Thomas Dworzak / Magnum Photos / ContactoPhoto

La generación nacida durante las últimas dos décadas del siglo XX creció bajo las consecuencias de la revolución, pero sin haberla protagonizado. Su experiencia no fue la épica fundacional, sino la reconstrucción, la guerra heredada, el aislamiento y la promesa de normalización.

Esta generación, que vivió durante su infancia en el contexto de la guerra entre Irak e Irán, no se propuso derribar el sistema. Quiso reformarlo. Apostó por una transformación desde dentro, convencida de que era posible ampliar libertades, abrir el espacio público, mejorar la economía y modificar la relación con el exterior sin destruir por ello la estructura de la República Islámica.

Su momento emblemático fue la presidencia de Mohammad Jatami (1997-2005). En esos años se abrió, al menos temporalmente, un espacio para imaginar una evolución institucional. Pero esa apuesta chocó con un límite estructural: el aparato judicial, el sistema de seguridad y, en definitiva, el núcleo duro del poder no estaban sometidos a esa lógica reformista. El cierre de periódicos, la asfixia del espacio político y, sobre todo, la represión de las protestas estudiantiles de 1999 mostraron que el sistema podía tolerar cierto lenguaje reformista, pero no una redistribución efectiva del poder.

El fracaso de las reformas no fue solo político. Fue también una crisis de sentido. Para esa generación, la decepción no tuvo que ver únicamente con la imposibilidad práctica de cambiar el sistema, sino con el derrumbe de un marco de significado. La vía reformista había prometido que las reglas del juego podían usarse para transformar la realidad; lo que muchos descubrieron es que esas reglas podrían ser suspendidas en cualquier momento por quienes controlaban los verdaderos centros de poder. Esa experiencia no solo deslegitima la vía reformista como estrategia política, sino que erosiona de forma profunda la confianza en que el sistema pudiera transformarse desde dentro. 

Esa fractura explica por qué una parte de esta generación ha ido acercándose, con el tiempo, a las percepciones y demandas de sus hijos. La distancia de muchos miembros de esta generación respecto al proyecto original nace precisamente ahí. 

Pero el contraste se vuelve más nítido al detenerse en la generación que ha crecido en un país distinto al que imaginó la revolución y al que prometió la reforma: la generación digital.

La generación digital

Manifestantes marchan por un puente durante una protesta el 29 de diciembre de 2025 en Teherán (Irán). Fars News Agency/ AP

Las generaciones más jóvenes, que hoy se sitúan entre la adolescencia y los 30 años, crecieron en un mundo completamente distinto. No tienen memoria de la revolución ni de la guerra. Tampoco de las esperanzas reformistas como horizonte real. 

La generación digital iraní ha crecido en un ecosistema donde el Estado sigue presente, pero ya no es el centro de gravedad de la vida. Su relación con el miedo es distinta a la de sus padres: no es que no exista, sino que ha dejado de condicionar la conducta. Esta generación ha aprendido a convivir con la vigilancia, a esquivar filtros, a reconstruir identidades fragmentadas entre lo que se muestra y lo que se oculta. Su política no nace de grandes discursos, sino de gestos cotidianos: la ropa, el cuerpo, la música, la forma de caminar por la calle. En un país donde el Estado intentó durante décadas definir la moral pública, esta generación ha convertido la vida diaria en un espacio de disputa. No buscan épica; buscan un margen de autonomía. Y ese margen, por pequeño que sea, es profundamente político.

Sus referencias son globales. Incluso bajo censura y vigilancia, el acceso a internet, a redes sociales y a circuitos transnacionales de información ha alterado profundamente su relación con la realidad. Esta generación ya no construye su identidad en relación con el Estado o a instituciones religiosas, sino a través de conexiones más fragmentadas, más individuales y más globales.

Para esta generación, la libertad no es una abstracción ideológica, sino la posibilidad concreta de decidir cómo vestir, cómo vivir, qué creer, cómo hablar y cómo ocupar el espacio público. La religión ya no opera como marco legítimo de organización política. El Estado no es una misión histórica. Es, en muchos casos, un obstáculo.

Su relación con el tiempo también rompe con las generaciones anteriores. No creen en procesos largos ni en promesas aplazadas. Han visto fracasar la revolución, la guerra, la reforma y la normalización. Por eso su horizonte es inmediato: vivir ahora, no dentro de un proyecto histórico. Esta impaciencia no es superficialidad; es una respuesta a un sistema que ha usado el futuro como excusa para postergar derechos. En ese marco, las redes sociales no son solo herramientas de comunicación: son espacios donde se ensayan identidades, se construyen solidaridades y se produce una verdad alternativa a la del Estado. 

La generación digital no quiere tomar el poder ni reformarlo, sino desbordarlo. Y aunque todavía no ha encontrado una forma estable de traducir esa energía en organización política, ha logrado algo que ninguna generación anterior consiguió: romper el monopolio del Estado sobre el significado de la vida pública y modificar de forma visible prácticas sociales que durante décadas parecían inamovibles. Ese desplazamiento no es menor: implica que el Estado ya no controla completamente los marcos desde los que se interpreta la realidad, lo que abre un escenario en el que la desobediencia puede dejar de ser episódica para convertirse en estructural.

El movimiento Mujer, Vida, Libertad fue la expresión más clara de esa ruptura. Mostró hasta qué punto la generación digital podía articular la protesta, la solidaridad, la visibilidad internacional y formas descentralizadas de coordinación, pero también puso en evidencia los límites de esa fuerza: una notable capacidad de movilización que todavía no se ha traducido en una estructura política capaz de sostener el cambio.

El espacio público como campo de disputa

En los últimos años, el espacio público se ha convertido en uno de los principales escenarios de esta fractura.

En ciudades como Teherán, cada vez es más frecuente ver a mujeres sin el velo obligatorio, pese a miles de expedientes disciplinarios, sanciones y presiones institucionales en universidades y otros lugares. No es que el control haya desaparecido, sino que una parte de la sociedad ha conseguido modificar el equilibrio visible de la calle y ocupar este espacio público en sus propios términos.

Este cambio tiene una dimensión profunda. Las mujeres ya estaban en la universidad, en el trabajo y en el espacio urbano. Lo novedoso es la manera en que una parte creciente de ellas afirma el derecho a estar en la vía pública según sus propios códigos, y no según la norma impuesta por el Estado. Esa transformación, aunque incompleta y vulnerable, constituye una de las victorias sociales más visibles de los últimos años.

Al mismo tiempo, los “principalistas” han intentado apropiarse de ese espacio mediante concentraciones, consignas y actos de apoyo al Gobierno, especialmente en contextos de alta tensión política. No se trata solo de mostrar fuerza, sino de disputar simbólicamente la calle, de volver a ocupar un terreno que en distintos momentos había sido conquistado por formas más abiertas o más difusas de protesta.

No hay sustitución. Hay superposición y disputa. El mismo espacio urbano concentra proyectos opuestos de sociedad. La disputa por la calle anticipa una disputa mayor: quién tiene derecho a definir la normalidad social y política del país.

Fisuras actuales en viejas generaciones

La fractura no afecta solo a las generaciones jóvenes. En algunos casos ha alcanzado también a sectores de la generación que vivió la revolución y que, en su momento, apoyó la construcción de la República Islámica.

Parte de esa generación ha visto cómo sus hijos eran detenidos, golpeados, sometidos a procesos judiciales, condenados o ejecutados en el contexto de las protestas. Esa experiencia directa, sumada a la circulación masiva de imágenes, campañas y testimonios en redes sociales, ha abierto una fisura que no es solo política, sino emocional y moral. Han emergido también formas de duelo que rompen con los códigos tradicionales: funerales de jóvenes asesinados en el contexto represivo se convierten en actos de afirmación pública. No representan a toda una generación, pero sí señalan algo muy importante: la distancia creciente entre una parte de quienes ayudaron a fundar el sistema y los sectores que hoy lo defienden como si nada hubiera cambiado. Ahí, la ruptura deja de ser solo ideológica y se vuelve íntima: atraviesa la familia, el duelo y la memoria.

El resultado es una sociedad profundamente fragmentada. Por un lado, sectores minoritarios que siguen vinculados al proyecto ideológico original, o que continúan defendiendo su preservación por convicción, identidad o interés. Por otro, una gran mayoría de la  población, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, que ya no comulga con los ideales de la revolución y se sitúa completamente fuera de ese marco. Entre ambos bloques hay generaciones intermedias que han pasado del reformismo a una posición marcada por la decepción, el distanciamiento y la convergencia con las demandas de cambio.

Esa fragmentación implica algo más que desacuerdo: significa que cualquier intento de recomposición del sistema desde arriba, desde dentro o desde fuera, tendrá que enfrentarse a bloques que no están dispuestos a aceptar sin más una salida diseñada por otros. En ese contexto, el riesgo no es únicamente la continuidad del sistema, sino la forma en que ese conflicto puede intensificarse cuando ninguna de las partes reconozca como legítima una salida que no haya contribuido a definir.

Presión externa, sucesión y fractura interna

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán añade una complejidad extraordinaria a este escenario. El régimen no se ha esfumado. Podría incluso salir reforzado temporalmente. Lo que está claro es que sus fracturas internas no se resolverán. La sucesión de Alí Jamenei tampoco abrirá automáticamente una transición. Lo más posible es que asistamos a una serie de reacomodos defensivos, luchas internas y respuestas de los sectores que detentan el poder y que no han dado señales de aceptar dócilmente una reconfiguración del sistema, ya sea por presión interna o externa.

Más allá de la política, Irán se enfrenta a una crisis de significado. Las palabras que estructuraron el sistema —libertad, justicia, independencia, religión, autoridad— han dejado de tener un sentido compartido. La sociedad y el poder ya no nombran la realidad del mismo modo. Y cuando eso ocurre, el problema no es solo la falta de consenso político: es la erosión del marco mismo que hacía posible gobernar y obedecer bajo un mismo universo de sentido.

Irán no está atravesando una transición clásica ni controlada. Es un país en guerra con generaciones que no comparten ni los mismos referentes ni el mismo lenguaje para entender el mundo. 

El desafío del sistema no es solo mantenerse en pie. Es gobernar una sociedad que, cada vez más, ha dejado de reconocerse en sus categorías. Por eso la cuestión no es solo si el régimen puede resistir, sino qué tipo de conflicto se abre cuando ninguno de estos bloques está dispuesto a aceptar pasivamente una salida diseñada por otros.

Las resistencias adoptan muchas formas. Las hay silenciosas, casi invisibles. Pero incluso en sus gestos más sencillos mantienen viva la esperanza. Desde Colombia hasta Turquía. Desde quienes cruzan el Mediterráneo hasta la chispa nacida en Nueva Orleans que hoy nos hace movernos al ritmo del dem bow o el bounce. Y también en Texas, donde el cuerpo vuelve a ser territorio de disputa.

Conservar la dignidad en estos lugares es la lumbre que aviva la llama de la resistencia. En un mundo donde tienen más protagonismo las expresiones de resistencia visibles —movilizaciones, disturbios, enfrentamientos—, hablar de otras formas de resistir ayuda a ponerlas en valor.

Esas batallas silenciosas sostienen a la humanidad. En nuestro nuevo número en papel, Resistencia, nos hemos acercado a algunas de ellas.

Una paz esquiva

La paz resiste en el bar cooperativo La Casa de la Paz, en Colombia. Un lugar “muy mamerto” —como dicen allí para referirse a lo que es de izquierdas— donde jóvenes y mayores intentan reconstruir el tejido social de un país que, tras los acuerdos de paz, busca abrir espacios de convivencia donde antiguos guerrilleros de las FARC se reinventan y comparten mesa con nuevas generaciones de la izquierda colombiana.

Nos lo cuenta en una crónica de esta revista Igor G. Barbero, con fotografías de Alexa Rochi.

¿Cómo se convive después de la guerra? ¿Qué significa dejar las armas cuando las condiciones que las hicieron necesarias siguen ahí? ¿Qué lectura hacen hoy quienes un día empuñaron un fusil?

Creada en 2021, la Casa de la Paz ha sido fruto de la interrelación con distintas organizaciones y sectores sociales que no tienen una imagen negativa de quienes fueran guerrilleros de las FARC. O, si la tienen, “se han ido desmitificando”, dice Doris Suárez, quien empezara a luchar en las FARC durante la agitada década de los 80.

Tras el acuerdo de paz de 2016, los incumplimientos en el acceso a la tierra y a la participación política no han dejado de producirse, a lo que se suma, como principal obstáculo, la falta de seguridad, según Álex Monroy, excombatiente de las FARC y uno de los socios fundadores de la Casa de la Paz. Por eso iniciativas como esta son tan interesantes. Lee esta historia en nuestra nueva revista.

“Legitimar la tortura de alguien hará que legitimen la tuya”

Şebnem Korur Fincancı, médica turca y expresidenta del Colegio Médico de Turquía, posa en su casa de Kadıköy, Estambul. Bradle Secker

También hacen de la perseverancia una forma de resistencia quienes documentan la tortura durante toda una vida para defender los derechos humanos.

Sebnem Korur Financi, entrevistada por Andrés Mourenza, es una de las voces de este número 11. Forense y activista, además de fundadora y dirigente de la Fundación Derechos Humanos de Turquía, se pasa la vida atrapada en los tribunales, ya sea por sus propios juicios o para dar apoyo a compañeros y compañeras. No le teme a la cárcel ni a que la maten: solo tiene miedo “a llevar una vida sin dignidad”.

Financi se ha pasado toda la vida investigando, divulgando y actuando contra la tortura en Turquía y en todo el globo. “Si consideras legítima la tortura de alguien, sin duda habrá quienes consideren legítimo que a ti también te torturen”.

Se infiltra en cualquier recoveco para determinar si una muerte que se cierra alegando ausencia de signos de violencia es en realidad un caso de tortura. Muchas veces así lo es.

“Una solo se vuelve pesimista cuando se retira del activismo, cuando deja de luchar”, dice. “Pese a que una victoria total sea imposible, podemos ir acumulando pequeñas victorias”.

Reguetón y twerk

No todas las resistencias se libran en los tribunales. Algunas han pasado —y pasan— por el cuerpo. Bailar también ha sido, en muchos contextos de opresión, una forma de resistir. De ahí parte el ensayo Desculonización, de June Fernández.

“La estrella del pop Miley Cyrus descubrió el twerk en la misma medida que Cristóbal Colón descubrió América”, escribe Fernández. 

No se puede entender el twerk sin hablar de Congo Square, la emblemática plaza de Nueva Orleans donde los muscogee se reunían para bailar y cantar antes de la colonización. Los domingos, las personas negras, caribeñas e indígenas convertían Congo Square en un lugar de creación, celebración y de fusión de todas estas culturas. Allí se crearon formas nuevas y únicas de divertirse y resistir: desde el jazz hasta el twerk. En este ensayo, Fernández nos invita a pensar si, más allá de los estereotipos, perrear o menear el culo también puede ser una forma de desobedecer y desculonizar el sistema.

Ilustración para el ensayo 'Desculonización'. Cinta Fosch

Repartidoras de pastillas anticonceptivas en Texas


El cuerpo no solo es un espacio de expresión o resistencia simbólica. También es objeto de control.

Tras la “ley del latido” de 2021, en Texas las mujeres han sido prácticamente privadas de opciones para abortar. Lo que debería ser un derecho garantizado se convierte en logística clandestina. Lo cuenta la fotógrafa Mahé Elipe en su crónica visual Solidaridad reproductiva.

En 2024, 28.000 texanas tuvieron que cruzar la frontera mexicana para obtener ellas mismas las píldoras. 

Ante esta situación, las redes de solidaridad se activan. Desde pegar en postes códigos QR sobre cómo lograr píldoras abortivas hasta organizar eventos educativos para combatir la falta de información. Gestos discretos que simbolizan la creatividad y la resistencia cotidiana frente a las agresiones sistemáticas contra los derechos reproductivos de miles de mujeres.

Botellas en el mar

Hay gestos aparentemente pequeños que devuelven dignidad a quienes han perdido a un ser querido. Es lo que explora Séverine Sajous en su crónica visual Botellas en el mar.

¿Qué se puede hacer cuando las llamadas se detienen? ¿Cuando el móvil deja de sonar al otro lado del mar? Tras esta espera llega otra: ¿Dónde están? ¿Llegaron? ¿Fueron detenidos? ¿Murieron en el Mediterráneo?

Sajous rastrea ese vacío a través de una imagen tan universal como antigua: botellas con mensajes lanzadas al mar, de destino incierto, para enviar a sus seres queridos la despedida que las políticas migratorias de la Unión Europea les arrebataron.

Souad Ben Sassi es madre de Badreddine Msalmi, desaparecido el 14 de marzo de 2011. Desde hace más de doce años recorre Túnez y el extranjero con el retrato de Bader en una búsqueda obstinada. Ha creado una botella simbólica con un poema en su interior: Carta a mi hijo que atraviesa el mar. Severine Sajous

Hay tantas formas de injusticia y dolor como de resistencia. Por eso en esta revista hemos decidido centrarnos en esas historias que cuentan cómo se articula la reacción a la violación de los derechos humanos. Si quieres leerlas, puedes hacerte con un ejemplar aquí o puedes suscribirte aquí para recibirla en casa, además de acceder a todos nuestros contenidos exclusivos para socios y socias.

Salud y periodismo.

Es un mordedor infantil en forma de aguacate. Verde claro, de silicona, con el hueso marrón en el centro como si fuera un botón. Se lo regalaron a mi hija cuando nació y lo dejó olvidado en un cajón. No le interesaba lo más mínimo. Sin embargo, el otro día lo rescató y desde entonces el juguete ha resucitado convertido ahora en el más popular. Lo utiliza, desde su estelar reaparición, como si fuera un teléfono. Se lo pone en la oreja e, imitándonos a nosotros, inicia desternillantes conversaciones en las que junta todas las palabras que conoce: hola qué tal vale avión dormir no vale adiós. Se lo lleva a todos lados y así, por la mañana, sentada en su cochecito mientras enfilamos la calle hacia la guardería, la observo pegada a él mientras se hace la ocupada.

El otro día, mientras estábamos detenidas en un semáforo, trató de alcanzarle el aguacate a un hombre al que yo no había visto. Lo saludó agitando las dos manos y enseñándole el aguacate. Parecía decirle: mira mi teléfono. Entonces me di cuenta, por la familiaridad con que lo miraba, de que no era la primera vez que ella lo veía. En realidad, el hombre está ahí todos los días que la llevo a la guardería, solo que yo ya no lo veo. Duerme ahí, sobre unos cartones que recoge un poco más tarde y que no sé dónde guarda. El hombre sonrió a mi hija. Buenos días, le dijo. Lo enmarcaba el rótulo de una cafetería: L’Audrey. Lo saludé, pero nos fuimos rápido porque era tarde. 

Hace ya veinte años, durante un intercambio universitario en Buenos Aires, cursé varias materias de las que hoy apenas recuerdo nada. Sin embargo, permanece en mi memoria el contenido de unos artículos de una socióloga argentina —Irene Vasilachis— que hablaban de la invisibilidad de la pobreza y de las personas que viven en la calle. Me pareció, en aquel entonces, que invisibilidad era una palabra exagerada. Me dije que eso no me ocurría a mí. Con los años, sin embargo, dejé atrás Buenos Aires y también a Irene Vasilachis. Y con ellas, la incomodidad que me produjo ese término que juzgué inadecuado.

Nadie nos enseña a ver. Los ojos, me temo, son órganos para hacer preguntas. Lo dijo Paul Valéry y David Levi Strauss lo repetía a menudo. Pero en nuestras ciudades sabemos exactamente dónde mirar y dónde no. Aprendemos a acelerar el paso en determinados lugares, a desviar la mirada en otros, a fingir que consultamos el móvil. A decirnos, como yo, que tenemos prisa. No son instrucciones explícitas, pero las memorizamos igual.

Me pregunto cuántos años le quedan a mi hija para seguir viendo y en qué momento se dará cuenta de que el señor amable al que quiere enseñar su teléfono en realidad no existe. No sé cuándo su mirada se volverá plana y acomodada para que, en la esquina de la cafetería L’Audrey, deje de aparecer un interlocutor. Imagino que ese día tampoco quedará ya nada de su teléfono de aguacate. Entonces recordaré aquellos artículos que leí hace veinte años y entenderé, por fin, que la palabra era invisibilidad. Me preguntaré entonces —me lo pregunto ahora— cómo devolver a la vida aquello que dejamos en los márgenes sin saber cómo mirarlo.

“No es la única zona caliente del planeta, ni mucho menos, pero sí la que no falta en las secciones de Internacional. Una parte del mundo étnica, política y religiosamente dividida, donde potencias mundiales y regionales dirimen sus diferencias a través de terceros países y en la que florecen grupos que llegan a erigirse en amenaza global”.

Este es un fragmento del libro Oriente Medio, Oriente roto, que da nombre al podcast de este mes. Hace casi una década que el periodista y confundador de 5W Mikel Ayestaran escribió estas palabras, pero siguen igual de vigentes. 

El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Desde entonces, la guerra ha dejado cerca de 2.000 muertos y más de 3 millones de personas desplazadas. La respuesta del régimen de los ayatolás ha expandido el conflicto a toda la región y sus consecuencias ya son globales. 

El caos inicial hace difícil imaginarse qué caminos puede tomar el conflicto, pero la magnitud de los acontecimientos nos obliga a hacer un esfuerzo. Por eso, dedicamos el episodio de ‘Larga Distancia’ de este mes a recorrer la región, y lo hacemos con la ayuda de la corresponsal en Teherán Catalina Gómez Ángel; la corresponsal en Beirut Marta Maroto; el investigador de Cidob y experto en Oriente Medio Moussa Bourekba; el periodista Mikel Ayestaran, desde Beirut; el coordinador de MSF en Gaza, Aitor Zabalgogeazkoa, y el director de 5W, Agus Morales, que reflexionan sobre una guerra que puede tener consecuencias históricas.

Un podcast de Javier Sánchez.

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Y si todavía no lo has hecho, puedes ver y escuchar aquí los episodios anteriores de Larga Distancia.

Un sábado más, nos subimos a nuestro rickshaw para repasar las noticias más relevantes de la actualidad internacional. Nuestro recorrido arranca con el ataque de Israel contra el mayor yacimiento de gas del mundo en el sur de Irán, que ha disparado los precios del combustible. También nos fijamos en el otro gran frente de esta guerra, Líbano, donde una de cada cinco personas ya ha sido desplazada. Y prestamos atención a la crisis en Cuba, donde millones de personas sufren cortes de electricidad mientras Trump amenaza con una eventual operación militar. La imagen de la semana pone el foco en el tiroteo de soldados israelíes contra una familia palestina en la Cisjordania ocupada. Y también hacemos paradas Afganistán, Chile, Senegal y Venezuela.

*Esta historia forma parte del proyecto ‘La caída de Puerto Príncipe’, de Dromómanos y Global Initiative

Bajo una carpa de lona con las iniciales de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) nació hace unos días Sofie. Llueve suave pero constante y el agua se ha colado en su tienda. Ríos diminutos se arrastran por debajo, como culebras, y mojan la mochila con ropa, las dos bolsas de arroz que la madre de Sofie atesora como oro y un bulto de mantas y plástico que hacen de suelo. Sofie se prende a la teta de su madre pero de ahí apenas sale suficiente para mantenerla viva. Ella dice que tiene poca leche porque apenas ha conseguido arroz, que se ha vuelto casi el único sinónimo de comida. Sofie llora. Su hermana, de cuatro años, la mira con envidia. Para ella no hay teta, ni arroz, ni casi nada, solo esas serpientes líquidas y escurridizas que se cuelan por debajo de su choza.

Sofie nació en el lugar equivocado en el momento equivocado en un lugar donde casi nunca es un buen momento para nacer: en marzo de 2025 en Puerto Príncipe, la capital de Haití. El país más pobre de América atraviesa la crisis más aguda del siglo, coinciden especialistas y los vecinos que entrevisté, incluso peor que la del terremoto de 2010 que tiró el país por el suelo; o la que provocó la llegada del huracán Matthew en octubre de 2016. Desde el asesinato en 2021 del entonces presidente, Jovenel Moïse, que rompió el frágil equilibrio tanto del campo político como del mundo de las pandillas y bandas armadas de Puerto Príncipe, la ciudad de Sofie vive en una especie de guerra civil de varios flancos.  

Durante algo más de dos años los bandidos lucharon entre sí hasta que en febrero de 2024 decidieron aliarse en una sola confederación de más de 100 grupos armados, la más grande jamás vista en América: Viv Ansanm (Vivir Juntos en creole). Desde entonces cerca del 90% de la capital haitiana ha caído bajo el control de sus machetes, sus tiros y su fuego, y más de 1,4 millones de haitianos (1 de cada 10 habitantes del país), según la ONU, han tenido que huir de sus casas producto de esta guerra y sus derivados inseparables, como la hambruna y las epidemias. 

La madre de Sofie fue una de ellas. Hace cuatro meses huyó por la noche mientras Solino, su barrio, ardía en llamas y caía bajo el poder de Viv Ansanm. Por eso Sofie nació bajo esta carpa, en esta ciudad paupérrima, la primera capital de la región bajo el control de los bandidos, una noche de tormenta.   

La burocracia de plomo y la partida de dominó 

Un convoy de blindados avanza, como una manada de elefantes achacosos, por el centro de Puerto Príncipe hasta las barricadas que han instalado los bandidos en las afueras del barrio de Bel Air, uno de los bastiones de Viv Ansanm. Las balas comienzan a caer desde los puntos altos de las calles. Desordenadas y caóticas, aterrizan por todos lados: algunas impactan los blindados, el resto cae en el parque, en el asfalto y los edificios abandonados. 

Los blindados responden. 

Estos bodoques de acero grueso van tripulados por policías haitianos y keniatas, que llegaron en junio de 2024 como parte de la misión internacional de apoyo a Haití apoyada por la ONU. En los siguientes meses se sumaron países como El Salvador, Jamaica, Guatemala o Belice. Como era de prever, dado el desarrollo militar de estos países, su llegada a Haití no ha frenado el avance de Viv Ansanm.

Efectivos de las Fuerzas Armadas patrullando el distrito de Kenskof en Puerto Príncipe el 29 de enero de 2025. Clarens Siffroy
Una multitud de personas desplazadas por la violencia durante una protesta contra las bandas armadas cerca de oficinas del Ejecutivo en Puerto Príncipe el 2 de abril de 2025. Clarens Siffroy

Los bandidos tiran desde lejos, y los blindados responden con ráfagas abúlicas. La gente huye del parque. En sus caras hay más cansancio y hastío que miedo. Ivander, mi guía en Puerto Príncipe, y yo, que hemos seguido al convoy en su moto a unos diez metros de distancia, nos metemos en una especie de callejón y entramos en los despojos del extinto Teatro Nacional Rex. 

Dentro de aquellas ruinas encontramos otro mundo, un ecosistema, un barrio entero que ha florecido en este espacio casi secreto del centro desolado de la ciudad. De entre los muros derrumbados y los pedazos de escaleras salen personas. Todas son muy delgadas y su piel parece impresa en sepia. Nos miran con recelo.

Entramos en esa especie de tugurio, subimos por lo que quedó de las graderías y llegamos a los palcos, lugares reservados para la élite extranjera y la oligarquía haitiana en el pasado. El techo ya no existe y de los palcos apenas sobreviven los fundamentos de cemento. El terremoto de 2010 tiró por los suelos esta construcción hermosísima erigida por el presidente Sténio Vincent en 1935. Unos niños juegan a las canicas y se quedan de una pieza al verme. “Blan, blan” (blanco, blanco), dicen en creole, asustados, como quien dice “lobo, lobo”.  

Como el techo desapareció, desde esta altura se puede ver más allá del parque de Fort National, el otrora centro burocrático de Puerto Príncipe, hacia el inmenso territorio perdido que parece hablarnos a través de los tiros y las columnas de humo. Desde ahí vemos el destino del convoy de blindados. Se estacionó en la entrada de Bel Air y disparó mientras desde las subidas que rodean el centro cayeron tiros. Unos niños se nos juntan, están más interesados en verme a mí y llamarme compulsivamente “blan, blan” que en la escena de guerra. Esa, según dicen, la ven a diario.

Unos 30 minutos después de la incursión, el convoy regresa sin haber recuperado un centímetro del territorio perdido, y los bandidos no han logrado tumbar un solo policía ni dañar un solo neumático de los blindados. Nada. Tiros estériles. Una burocracia de plomo.  

Los blindados regresan lento, con la pereza de un trabajador mal pagado. Los hombres de Viv Ansanm disparan ahora al aire, en ráfagas, haciendo gala de su poder y de sus recursos. Si cada bala costase cuatro dólares, un aproximado de su precio en el mercado ilegal internacional, se están gastando en acribillar al cielo, y en todo este trámite violento y sin sentido, dinero suficiente para comprar arroz y frijoles y alimentar por un día a todos los niños de los campos de refugiados de la ciudad. 

En el Teatro Rex los niños aparecen y desaparecen por entre los escombros de los palcos, como pequeños fantasmas que tutelan nuestro recorrido. Si vamos a pisar una grada rota chillan y mueven un dedillo diciendo que no, y se ríen con nuestros tropiezos y nuestro andar torpe por aquel mundo escondido.  

El Teatro Rex, en el centro de Puerto Príncipe, se ha convertido en un refugio para personas desplazadas por la violencia. Haití, 12 de febrero de 2026. Clarens Siffroy
Varios niños juegan en el interior del Teatro Rex, convertido en refugio para personas que han huido de la violencia de las bandas. Puerto Príncipe, 17 de julio de 2025. Clarens Siffroy

En la parte de abajo, en medio de las ruinas de lo que fue la taquilla, se juega una partida de dominó, el juego más popular de todo el Caribe después del béisbol. Son dos contra dos. Parece un juego importante, porque hay público. Les hago una broma a los jugadores sobre la suerte que tengo de llegar a tiempo para ver tan importante evento, pero solo consigo una mirada muy agresiva de parte de los cuatro. Dos de ellos están amarrados con una soga azul por el cuello. Es una forma de humillación. Los amarran como ganado porque han perdido la partida anterior. Acá no hay dinero, y apostar el poquísimo arroz disponible en este refugio podría terminar muy mal. Apuestan lo único que les queda: el honor. 

La partida de dominó en el Teatro Rex se vuelve cada vez más seria. Los amarrados azotan las fichas contra la mesa. Han perdido de nuevo. Seguirán atados como vacas una partida más. Comienza a ser evidente que mi presencia ahí molesta. Esto es una cosa seria, no es un espectáculo para blancos entrometidos.

Seguimos nuestro camino hacia el interior del teatro y sale a nuestro encuentro Jonny, el líder de este refugio, un hombre de 40 años que vivió en Estados Unidos y habla un perfecto inglés. Nos explica que luego del retiro de fondos ordenado por Trump para la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés), ya nadie les lleva agua, ni comida ni medicamentos. Que ha habido más muertos. Dice que deben sacar de los drenajes agua para beber y colectar el agua de lluvia con los despojos que dejó la cooperación estadounidense antes de irse: una gran carpa plástica con el logo de USAID. 

Los tiros arrecian de nuevo, y se oyen cada vez más cerca. El mismo Jonny nos dice que es mejor que nos vayamos. Son cerca de las cuatro de la tarde y la fortaleza, ese 10% de Puerto Príncipe que todavía no está bajo el control de Viv Ansanm, comienza a formar su coraza. Los hombres de las brigadas del caudillo Samuel Joasin, grupos armados de civiles, organizados para repeler la ofensiva bandida, montan barricadas por todos lados y los vecinos prenden fuego a neumáticos frente a las casas y en los cruces de caminos. Si no nos damos prisa no podremos entrar. Estos refugiados pasarán otra noche amarga, en las ruinas del antiguo Teatro Rex, en los dominios de los bandidos.  

Un miembro de la Policía haitiana apunta con su arma a través de la ventanilla de un vehículo blindado durante una patrulla en Puerto Príncipe el 16 de enero de 2026. Clarens Siffroy
Varias personas lloran después de que un campamento de personas desplazadas fuera incendiado en el centro de Puerto Príncipe. 21 de diciembre de 2025. Clarens Siffroy

La casita al fondo del barranco

Un grupo de unas 14 personas va llegando a pie a un parque de la fortaleza. Desafiando cualquier principio de la física, las mujeres corren con grandes bultos sobre su cabeza mientras arrastran a niños de la mano y cargan bebés. Anoche, 10 de marzo de 2025, Viv Ansanm atacó los cerros que rodean Puerto Príncipe y decenas de familias huyeron. En el parque hay carros cargados con lo que las personas agarraron mientras corrían: ollas, ropa, una radio, un tambo de gas, incluso hay uno que lleva una carriola de bebé llena de cosas de casa y herramientas. Todos llevan plásticos para protegerse de la lluvia y del sol que pronto saldrá fuerte a evaporar el rocío que a esta hora aún cubre todo. 

Ivander y yo tratamos de hablar con el grupo que acaba de llegar a pie, pero no paran de caminar. Caminamos junto a ellos durante un par de horas mientras los tiros y ese crepitar histérico de las cosas cuando conocen el fuego va quedando atrás. Lo que arde son los carros que los vecinos de los barrios queman una y otra noche hasta volverlos esqueletos metálicos para impedir el paso de los vehículos de Viv Ansanm; las piras de llantas viejas, que se han vuelto un símbolo de resistencia desde 2023; los hogares. 

“Rápido, metámonos a Debussy antes que haya más barricadas”, dice la que parece ser la lideresa del grupo de caminantes. 

La lideresa me cuenta que una amiga les habló de una casa abandonada en el barrio Debussy, al fondo de un barranco. Así que ahora no duda, a diferencia de otros grupos, este al menos camina con un rumbo. La mujer comienza a meterse por callejones y a bajar gradas. El grupo la sigue con devoción, buscan hacer de esa casa abandonada su nuevo campamento, hasta que los tiros los alcancen. Son, de facto, nómadas urbanos.  

Comenzamos a bajar una cuesta muy empinada, a veces por gradas artesanales hechas con piedras, a veces resbalando por el barro. La lideresa tiene un cuerpo concentrado: pequeño y musculoso. Habla poco, pero cuando lo hace da órdenes como la jefa tribal en que se ha convertido. Bajamos durante unos 40 minutos hasta llegar casi al fondo de un barranco al que le han ido creciendo casitas por todos lados. La gente nos mira con desconfianza y un grupo de hombres jóvenes saca sus machetes al vernos, pero la lideresa les dice unas palabras, luego se dirige al grupo y todos bajan la mirada. Hago lo mismo y así, en posición de sumisión, continuamos bajando por estos empinados callejones. 

Llegamos a una casa vacía y pequeña hecha de cemento y ladrillos. La lideresa da la orden y los adolescentes fuerzan la puerta. Les hace entrar a todos y como nómadas que son comienzan a formar su campamento en la sala de aquella casa. Ella, ya más calmada y con los enormes bultos por fin en el suelo, me cuenta su travesía. 

Me dice que huyen de Carrefour Feuilles, uno de los barrios que rodean la ciudad. Viv Ansanm llegó la mañana del día anterior disparando y lanzando cócteles molotov a las casas. La brigada de ahí, conformada por vecinos y algún que otro policía retirado o fuera de servicio, peleó durante todo un día con su noche, pero como ya se va haciendo una constante en las historias de esta gente, perdió. 

La lideresa me cuenta también que Carrefour Feuilles no era su barrio, y que de hecho había llegado hasta ahí desde otro lugar que tampoco era el suyo. El grupo, o más bien lo que queda de él, comenzó a correr hace dos años, cuando esa gran confederación de bandas aún no existía y cada grupo destruía y asolaba por su cuenta. La casa abandonada al fondo del barranco es su cuarto refugio. Frente a ella, a unos dos kilómetros de distancia, brillan todavía las llamas de aquel barrio.  

—¿Ve ese humo? —me dice la lideresa mientras señala con el dedo en dirección a un cerro lejano—. Ahí, en alguna de esas casas, se está quemando mi mamá.  

Vista de Puerto Príncipe en una fotografía aérea del 3 de junio de 2025. Clarens Siffroy
Lovely Jean Baptiste, de 16 años, recibió un disparo en la boca por parte de bandas armadas mientras estaba en su casa. Posa para un retrato en la Escuela Argentina Bellegarde, convertida en un refugio para personas desplazadas en Puerto Príncipe. 17 de julio de 2025. Clarens Siffroy
Varias mujeres lloran frente a un ataúd durante el funeral de ocho personas asesinadas en un ataque de dron en Puerto Príncipe en septiembre de 2025. Los drones, cuyo objetivo era el supuesto líder de una banda, mataron a once civiles. Clarens Siffroy

Sofie no tiene cupo en la escuela

Viv Ansanm entró al barrio de Marie, quemó casas y disparó contra un mar de espaldas que corrían. Marie habla de esos bandidos, sus tiros y su fuego como quien cuenta sobre un terremoto, un incendio, un huracán. Como una fuerza terrible de la naturaleza. 

Ella vivía con sus suegros en La Plaine du Cul-de-Sac, pero desde aquella noche de principios de 2024 no sabe nada de ellos. Cree que los quemaron vivos dentro de la casa, como a decenas de personas que no pudieron o no quisieron huir. De su marido tampoco tiene noticias. Cree que lo asesinaron mientras huía. 

Aquella noche Marie solo tuvo tiempo para ejercer el primer mandamiento de los desplazados, agarrar a los niños, un mandamiento que en Puerto Príncipe ha cobrado una urgencia especial. Durante estas semanas ha circulado de forma masiva un video donde unos bandidos arrebatan de los brazos de una mujer a un niño de meses y lo lanzan vivo a una hoguera de neumáticos mientras otro grupo la viola. Esa mujer logró llegar a la fortaleza y deambuló como una zombie por las calles hasta que murió, según dicen, de tristeza. El vídeo se ha vuelto un recordatorio de Viv Ansanm de que los años, sean pocos o muchos, no salvarán a nadie.

Marie huyó con sus cinco hijos rumbo al barrio Solino, el primer bastión de las brigadas de defensa civil que se armaron para enfrentarse a las bandas. Ahí vivió durante casi diez meses al amparo del líder de esa resistencia, Jeff Petit-Dieu, un policía de las fuerzas especiales que juró defender a plomo y fuego su barrio. Pero Jeff Petit-Dieu y su poderosa brigada fueron derrotados una noche de noviembre de 2024 por Viv Ansanm. Él fue asesinado, su cadáver vapuleado y sus seguidores y su familia apenas lograron recuperar su cuerpo días después. El barrio Solino se perdió por completo, Marie y miles huyeron entonces hacia la zona de Canapé Vert y Pétion-Ville, esa especie de fortaleza. Así fue como llegó a esta escuela secundaria en la que ahora hablamos y en la que hace más de un año no estudia nadie. 

Marie vive en el segundo piso, en un espacio de unos tres metros de largo por dos de ancho. Es una especie de terraza que ella ha cubierto con plásticos y que antes era parte del salón de maestros. Ahí vive con sus cinco hijos y con una niña de unos 12 años que corrió junto a ella aquella noche y que no se le ha separado porque perdió a su familia. Marie fue de las primeras en llegar, por eso tiene un lugar tan grande. En esta escuela viven tan hacinados que es casi imposible mover el cuerpo sin chocar con alguien. Marie tiene una olla y una cocina de un quemador. Marie tiene a todos sus hijos. Marie tiene suerte. 

En la planta baja me reciben Damian y Jaquie, él de 29, ella de 52. Son los líderes de este campo. Me cuentan que hace rato los horarios de comida dejaron de tener sentido. Se cocina cuando se consigue algo, y la solidaridad apenas sirve para alimentar, a veces, a los niños. Les pregunto si creen que la ciudad está cayendo, y dicen que sí, casi al unísono. Dicen que nunca habían visto una confederación del tipo Viv Ansanm, y que jamás la ciudad había estado en un asedio como este. En las últimas semanas los ataques han arreciado y las ofensivas a los barrios son diarias. A esta escuela siguen llegando por las madrugadas decenas de familias, personas heridas, niños sin padres y padres sin sus niños. 

Los dos líderes hablan entre ellos y coinciden en que deben mostrarme algo. Me llevan a una especie de cueva, debajo de las gradas: ahí cocina un poco de arroz una mujer debajo de una choza que ha hecho con mantas. Ella se trajo un pedazo de la guerra hasta acá, lo lleva dentro. Los dos líderes le piden que abra la boca. Ella obedece y me muestra la bala que atravesó su mejilla y se aloja en su lengua. Quien haya disparado lo hizo a corta distancia y con un arma larga. Ella no puede hablar para confirmar mi teoría, su lengua se ha hinchado mucho. 

Damian y Jaquie no pueden meter a una sola persona más dentro de los muros de la escuela, el hacinamiento es exasperante, deben dormir casi unos sobre otros y creen que si insisten en meter más gente podría haber una revuelta que acabaría en tragedia. 

—Ni una persona más —me dicen. Tuvieron que tomar esa decisión. Y ni una persona más significa justo eso. 

Como muestra de su firmeza me llevan a la calle, a un costado de la escuela, a una carpa plástica con el logo de la OIM. Es donde conozco a Sofie. Su madre la parió aquí mismo, en una noche de tormenta, hace pocos días. Sofie despierta cuando abrimos su carpa y nos mira sin llorar, con sus ojos gatunos, con esos ojos de bebé que lo ven todo gris y borroso. Quizá sea mejor así. El mundo no le ha dado una buena bienvenida. La madre está débil y delgada, habla suave y se mueve despacio. Su otra niña no hace más que clavarle a su hermana la mirada cada vez que come. Mueve ella también la boca, como si mamara a distancia. 

***

En una oficina dentro de ese 10% que no está bajo el dominio de Viv Ansanm, entrevisto a una sobreviviente de la gran masacre de Wharf Jeremie, donde el señor de la guerra local, un tipo que se hace llamar Rey Micanor y cuyas fuerzas forman parte de la gran confederación, perdió la cabeza y asesinó al menos a 207 personas después de que su hijo menor muriera. Según él, su propia comunidad había matado a su niño con vudú. Esta mujer perdió a sus padres ese día. Micanor se ensañó con los mayores en su locura de sangre. Ella se convirtió en refugiada y ahora vive en un edificio abandonado que está en otro barrio fuera del dominio de Viv Ansanm. Le pregunto lo mismo que he preguntado a todos los desplazados al final de las entrevistas durante el último mes: 

—¿Qué vas a hacer cuando Viv Ansanm llegue a tu lugar?

(Cuando le hice esa pregunta a Jonny, el líder del Teatro Rex, sonrió con complacencia y me respondió en inglés: “Die, Juan, die…”).

Frente a la casa del barranco, la lideresa de los nómadas me mira con pánico, como si al preguntarle eso tuviera alguna información del avance de los bandidos. Cuando se convence de que es una pregunta sin segundas intenciones, me dice: 

—Agarrar a los niños y movernos rápido. 

Damian y Jaquie contestan casi al unísono frente a la carpa de Sofie:

 —Correr, correr, correr…. 

Les pregunto para dónde, es evidente que la fortaleza está rodeada.

Me responden que hacia el Hotel Karibe, que se ha convertido en la actual sede de la ONU y otras organizaciones internacionales, y es considerado el último bastión de lo poquísimo que aún queda de la aristocracia de la ciudad. Tres semanas más tarde veré cómo desde ese mismo hotel decenas de personas de las organizaciones internacionales huyen en un helicóptero.  

El mismo jefe de seguridad del hotel, un hombre calvo y de ascendencia árabe, me responderá con una estrategia que no dista mucho de la que me dicen los refugiados. 

—Hay un hombre muy rico con su pequeño ejército tiene una gran casa detrás del hotel. Quizás ellos puedan distraerlos y darnos 45 minutos para correr y quizás podamos escapar en el helicóptero.  

En medio de la conversación me escribe en un pedazo de papel la lista de los barrios que han caído en manos de los bandidos. Solo entre diciembre de 2024 y abril de 2025 fueron nueve barrios y 30 asentamientos dentro de la localidad de Delmas. Desde ese momento la lista no ha parado de crecer. 

—¿Qué vas a hacer cuando Viv Ansanm llegue a tu lugar? —le pregunto ahora a la víctima del Rey Micanor. Como a todos, no se lo pregunto como una posibilidad, sino como una certeza, como algo inevitable que tarde o temprano llegará, como la lluvia, el calor o la muerte. 

Ella me mira a los ojos y una hilera de gotitas le mojan la cara. Aún no llora,  llorará después de responderme, ahora solo es eso, una lluvia tenue de gotas cristalinas que bajan de sus ojos: 

—Nosotros ya estamos muertos. Somos muertos vivientes.  

Montañas de escombros en una calle del barrio de Solino, en Puerto Príncipe, el 17 de febrero de 2026. El barrio fue atacado por las bandas a finales de 2024. Clarens Siffroy

No contábamos con vivir una realidad en la que el odio campara a sus anchas. Pero es la realidad que nos ha tocado: la de un mundo cada día más hostil. Un mundo en el que el odio es de todo menos silencioso: ocupa espacios, revienta convivencias y copa titulares. Un odio que es consciente, pero que no es algo nuevo ni un sentimiento exclusivo de nuestro tiempo. 

El odio limita la posibilidad de pertenecer a ciertos grupos, niega el derecho a existir. El odio les dice a las mujeres que su único lugar en el mundo es la clandestinidad. El odio les dice a grupos minoritarios que existan en silencio y sin alzar la voz. Les dice que siempre serán personas de segunda, ciudadanos de segunda… El odio señala a todo aquello que no sea heteronormativo; mira a los ojos y dice que ciertas existencias no son naturales.  

El odio tiene mucho protagonismo. Pero hoy queremos quedarnos con la otra cara de la moneda: la de la resistencia. Con la esperanza, la resiliencia, la lucha, la solidaridad, los cuidados y las comunidades que se enfrentan día sí y día también al odio. 

Sin banalizar las fuentes del odio, optamos por poner el foco en otro lugar. En nuestro nuevo número en papel, Resistencia, aparecen testimonios de personas y colectivos que resisten porque, a menudo, es su única opción. Protagonistas que defienden con uñas y dientes su existencia y su derecho a vivir. 

Resistencia como única opción 

“La resistencia para nosotras [las mujeres afganas] es la única opción que tenemos. No es algo que hayamos elegido”, dijo la activista afgana Zuhal Sherzad en el acto de presentación de la revista en Barcelona. Sherzad es protagonista de la crónica La revolución silenciosa, de Txell Feixas, a través de la cual viajamos a un Afganistán en el que nacer mujer es verse relegada a la clandestinidad. 

Son mujeres que resisten para seguir formándose y formar a otras. Mujeres que resisten incluso cuando no pueden tomar ninguna decisión sobre sus cuerpos. Mujeres que resisten mientras sortean prohibiciones. Mujeres que resisten por sus hijas. Mujeres que resisten mientras ven sus derechos desaparecer. 

Resistir en Afganistán son sótanos, patios, edificios vacíos o habitaciones de casas particulares que se han convertido en centros educativos clandestinos. Sherzad, de 22 años, llegó a gestionar desde Kabul 15 de estas instalaciones distribuidas en cinco provincias del país para cerca de un millar de chicas. Había diseñado con otras compañeras un protocolo para despistar a los talibanes: las alumnas llegaban a los espacios habilitados en grupos pequeños, nunca de golpe para no alertar, y camuflaban las clases bajo la apariencia de talleres permitidos, como los de costura o religión.

Resistencia como vacuna contra el odio y la opresión

“He aprendido que la resistencia es una reacción forzosa, obligada, de quienes lograron sobrevivir al genocidio y salir adelante a pesar de las gravísimas secuelas; y después es una actitud que se transmite a las siguientes generaciones: una especie de vacuna contra el odio y la opresión que no sé durante cuántos años es efectiva”, nos dice Ander Izagirre cuando le preguntamos sobre los aprendizajes en relación con la resistencia tras escribir Tres ciclistas atraviesan el genocidio de Ruanda. 

El campeón que se escondió tres meses en los bosques, el niño que sobrevivió a la masacre de su familia y llegó a olímpico, y su discípula que disputa mundiales son las voces que resisten en esta crónica. Una crónica atravesada por la pasión: la pasión del periodista y de los ciclistas por un mismo deporte. Un texto que es un ejercicio de memoria e historia. La historia de un genocidio, de un país y de un deporte contada por tres voces y a lo largo de varias décadas.

Historias en las que, según el autor, el odio solo aparece en el “contexto histórico del reportaje, pero no en los discursos actuales de los protagonistas de manera explícita, aunque todo el rato funciona como contrapunto invisible”. 

Resistencia como forma de reclamar un lugar en la sociedad

Laia Ros y Myrto Vogiatzi

Labios de color rojo fuego, ojos pintados, purpurina, brillos, cuero, vestidos, tacones, peinados y pelucas son algunas de las formas que tiene el colectivo queer keniano de explorar su identidad. Una serie de fotografías nos sitúa en pasarelas, centros comunitarios y bares donde el colectivo LGTBIQ+ de este país resiste y celebra su existencia. 

Un país en el que ser parte del colectivo no es ilegal, pero en el que sigue vigente una ley colonial que prohíbe las relaciones homosexuales. Esta crónica visual de Laia Ros y Myrto Vogiatzi documenta cómo estas comunidades utilizan la performance como forma de resistencia. 

Al odio no hay que temerlo. Hay que mirarlo a los ojos. Es importante hablar de él —por ello le dedicamos un número ya hace seis años—. Pero qué importante es también conocer las historias de quienes, tanto si lo deciden como si no les queda otra, resisten. 

Estos son solo algunos fragmentos de resistencia que llenan las páginas de nuestra nueva revista en papel. Si te ha gustado y quieres leer más, puedes hacerte con un ejemplar aquí o puedes suscribirte aquí para recibirla en casa, además de acceder a todos nuestros contenidos exclusivos para socios y socias.

Así nos ayudarás a resistir. 

Odio aparece en este texto 17 veces, resistencia 24. Porque ojalá la resistencia siempre prevalezca. 

La maestra del pueblo, desafiante, cruje los nudillos. Por el techo de la escuela, amasijo de chapa y cañas, entran haces de luz. Un caballete desnudo sugiere que algún día su listón horizontal sostuvo una pizarra, quizá antes de la guerra, quizá antes de las lluvias. Toda la escuela, dividida en tres salas, está conquistada por arena fina, palos y suciedad. 

La provincia de Cabo Delgado es un paisaje discontinuo de esqueletos de edificios, casas tiznadas, otras destruidas, hospitales carbonizados, escuelas vandalizadas. Dice la maestra, Amélia Agostinho Mateus, que ahora que las armas han callado en Mumu, un pueblo del norte de Mozambique, 158 niños y niñas han vuelto a las clases. 

No me lo creo. 

Que sí, me dice. Tendido en el suelo, explica, el alumnado se divide en dos grupos por aula (sic). Un profesor se dirige de forma alternativa a los de primero y tercero de primaria; otro da segundo y cuarto; y ella, que además de maestra es directora del centro, quinto y sexto. 

Mi medio tocaya —su segundo nombre viene de su padre; el mío de mi abuelo, le contesto, y así vamos entrando más a fondo en una conversación sobre familias, Mocímboa da Praia, Barcelona, bombas, escuelas, viajes— es profesora desde 2009, pero en los últimos años ha cambiado de centro varias veces: Mocímboa, Mitope, Awasi, Chiure… La última vez se tuvo que ir de este pueblo, de Mumu, porque fue conquistado por Al Shabab, una amalgama de grupos yihadistas. Cuando las tropas mozambiqueñas recuperaron el territorio, el Gobierno le pidió —como hace con todos los funcionarios— que volviera a la escuela. No todos lo hacen, pero ella estaba deseándolo: al contrario que otras personas con las que hablo en esta cobertura en Mozambique, muestra en todo momento su apoyo inquebrantable al Gobierno. 

Pero sobre todo es fiel a la gente de Mumu, que la necesita.

Dice mi medio tocaya que la guerra es difícil de olvidar. Que algunos de los alumnos y alumnas de la escuela vieron cómo los yihadistas de Al Shabab degollaron a un comerciante del pueblo, que eso los marcó, y que por eso ella siempre intenta organizar actividades al aire libre, para que piensen en otra cosa, para que se olviden. Me doy cuenta entonces de que la ausencia de la pizarra en la escuela no es tan importante, porque Amélia Agostinho no es la maestra, sino la psicóloga de Mumu. La que, crujiendo los nudillos, ayuda al pueblo a resistir.

Un sábado más, nos subimos a nuestro rickshaw para repasar las noticias más relevantes de la actualidad internacional. Esta semana seguimos con el foco en Irán. Analizamos la batalla por el control del estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial; nos fijamos en el Líbano y los combates entre la milicia Hezbolá e Israel, que ya han dejado más de 600 muertos y 800.000 desplazados; y recogemos las reacciones de la comunidad internacional a un conflicto que puede tener consecuencias históricas. La imagen de la semana se fija en los bombardeos contra la capital iraní. Y también hacemos paradas en Cuba y la crisis energética que atraviesa, en los efectos de la violencia sobre la población civil en Sudán y Sudán del Sur, y en España, que ha restaurado el acceso a la sanidad para las personas inmigrantes en situación irregular.

La guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, que hasta ahora ha dejado más de 1.800 muertos, ha incendiado Oriente Medio. Con toda la región en alerta, la onda expansiva llegó hasta Líbano, donde se ha reactivado un conflicto que no se había cerrado del todo. Una guerra paralela en la que también participa Israel y que amenaza con hundir a un pequeño país exhausto de violencia, caos y corrupción: Líbano. 

Desde hace diez días, Líbano amanece confundido, extraviado entre las grietas de un pasado de devastación que creyó haber dejado atrás. Y que vuelve a estar aquí de la mano de Benjamin Netanyahu y, de rebote, de Donald Trump. Después de que fuera asesinado el líder supremo iraní, Alí Jamenei, la primera reacción de Hezbolá, la milicia chií en la órbita de Irán con base en Líbano, fue un tímido comunicado en solidaridad con el régimen de los ayatolás, su principal valedor en la región. Líbano suspiró de alivio: días antes Israel ya había advertido de que cualquier paso en falso de la milicia sería respondido con dureza y atacaría infraestructuras civiles, incluido el aeropuerto. 

Pero pasada la medianoche del 2 de marzo, el tercer día de bombardeos sobre Teherán, el portavoz del Ejército israelí denunció cohetes provenientes de Líbano, y señaló a Hezbolá. Esas palabras fueron suficientes para que muchas familias de Dahie y del sur de Líbano comenzaran la huida. Esa entrada en la guerra, tardía y poco contundente —menos de una decena de proyectiles que en algunos casos cayeron en campos baldíos del norte de Israel—, causó incredulidad incluso entre los seguidores del movimiento: perfiles en redes sociales vinculados a Hezbolá se apresuraron a publicar que podría haber sido un error de intercepción de la Cúpula de Hierro israelí, o que podría haber sido obra de otra milicia.

Un par de horas después, casi a la vez que Hezbolá confirmaba su autoría, varias explosiones despertaban a todo Beirut. Ahora sí, se había abierto un nuevo frente en un conflicto que envuelve a toda la región. La guerra dentro de la guerra. Comenzó entonces el ritual que sigue a las bombas: luces encendidas sobre camas deshechas, gritos de tensión al teléfono y el pánico a que nadie conteste al otro lado de la línea. Fue otra noche sin sueño en un país acostumbrado a navegar ciclos de violencia bajo la careta de la resiliencia. 

Los ataques continuaron. Hasta que el día 10 de marzo el conflicto adquirió una nueva dimensión. En la operación de mayor envergadura desde que se desataron las hostilidades, Hezbolá lanzó cohetes contra varios puntos de Israel, que respondió con ataques aéreos que sacudieron con fuerza el sur de Beirut.

El peor escenario imaginable para Líbano.

Una herida que se vuelve a abrir

Parece que la violencia ha regresado a Líbano, pero lo cierto es que nunca llegó a marcharse del todo. El alto al fuego que en noviembre de 2024 puso fin a más de un año de enfrentamientos entre Hezbolá e Israel nunca llegó a respetarse. Los ataques israelíes se convirtieron en rutina, especialmente en el sur del país: el pasado noviembre, la fuerza de observación de Naciones Unidas desplegada en Líbano llegó a contabilizar hasta 10.000 violaciones de la tregua. Tras el asesinato de su histórico líder, Hasán Nasralá, Hezbolá quedó gravemente herida y el aura de invencibilidad que durante décadas la había aupado como la milicia más poderosa del mundo se resquebrajó ante la aplastante superioridad del Ejército israelí. En un intento de sostener una moral en declive, durante los meses de frágil tregua fue habitual que el sucesor de Nasralá, el menos carismático Naím Qassem, amenazara con represalias. Pero el tiempo pasaba, murieron más de 120 civiles, y Hezbolá seguía sin responder a los ataques israelíes: solo acabaría cumpliendo sus advertencias tras el asesinato de Alí Jamenei, el líder supremo del chiísmo. 

Cuando en octubre de 2024 el cielo de Beirut se tiñó del humo de las bombas, a Warde, refugiada siria de 70 años, solo le ampararon las calles del centro de la capital libanesa, consideradas más seguras. Comenzaba entonces una brutal ofensiva israelí que desplazó a un millón de personas en un país de apenas cinco y que mató a más de 4.000. El epicentro de las explosiones se situó entonces en el sur de Beirut, la zona bajo control de Hezbolá conocida como Dahie —que significa “suburbio” en árabe—, donde la milicia goza de gran apoyo social entre una población de mayoría chií. Warde, que nació en las montañas desérticas que rodean Damasco y que solo habla asirio, huyó y pasó entonces 27 noches al raso junto a su familia en la conocida Plaza de los Mártires.

Warde tiene 70 años, nació en las montañas desérticas que rodean Damasco y solo habla asirio. En septiembre de 2024 se refugió en la céntrica Plaza de los Mártires de Beirut durante la guerra. Marta Maroto
Hoy, Warde se ha visto obligada a regresar a la misma plaza para resguardarse de los bombardeos israelíes. Marta Maroto

Un año y medio después, una violencia similar la empujó a la misma esquina donde encontró abrigo. Exactamente el mismo lugar. El mismo miedo. Lo único que ha cambiado es su mirada, que parece más cansada. 

No solo Warde regresó a la Plaza de los Mártires. Salua, de 20 años, volvió a la misma escuela en Ras Beirut que la acogió durante el conflicto anterior, tras pasar de nuevo horas en el tráfico que generó la huida de la población. Abu Mohammed y sus vecinos también plantaron sus tiendas de campaña en la misma acera que la última vez, a pocos metros de la única playa pública de la ciudad, donde también se guarecen los desplazados. Conversando con su mujer en un taburete de tela, Abu Mohammed ofrece algo de comer y agua a quien le visita. La excepcionalidad de la guerra permite la interrupción del Ramadán. Abu Mohammed vio cómo su edificio era destrozado por un misil israelí previa orden de evacuación: “Quieren matarnos de todas maneras, les vale cualquier excusa. Si vamos a morir, al menos queremos hacerlo con la cabeza bien alta”, dice.

Los misiles en Líbano se han concentrado sobre tres zonas en los últimos días. Dahie, el ya citado sur de la capital; la región montañosa de la Beká, que es también ruta de tráfico de armas, milicianos y drogas, cercana a la frontera con Siria, un límite poroso cuando todavía reinaba el régimen de Bashar al Asad en el país vecino; y el sur, una franja de 30 kilómetros desde la frontera con Israel hasta el estratégico río Litani. De aquí proviene la mayoría de las 800.000 personas desplazadas, según datos oficiales, que están siendo acogidas en escuelas habilitadas por el Gobierno o en el principal estadio deportivo de Beirut. La cifra podría ser muy superior, incluso llegar al millón de personas, pues muchas son acogidas en viviendas de familiares o han alquilado desde hace meses viviendas compartidas en zonas más seguras, anticipándose al recrudecimiento del conflicto.

En Líbano no hay alarmas antiaéreas ni búnkeres: lo más cercano a un aviso son las órdenes de evacuación que el portavoz del Ejército israelí en árabe publica en su cuenta de la red social X. La población vive pendiente de estas notificaciones que van acompañadas de mapas marcados en rojo con los puntos amenazados y que suelen tener errores. El segundo día de guerra, el Ejército israelí exigió la evacuación inmediata de 100 localidades del tercio sureño donde viven cerca de 250.000 personas. El cuarto, de todo Dahie, hogar de casi medio millón. Nunca antes se habían visto órdenes de desplazamiento forzoso tan masivas. Con esta última advertencia la capital se llenó de caos, ruido de cláxones, tráfico de coches cargados de colchones, mantas y niños. Una y otra vez se oía el estruendo de los habituales tiros al aire con los que los milicianos de Hezbolá avisan a los vecinos de los inminentes bombardeos. Y muchas familias echaron a andar en un éxodo que inundó las carreteras, cargando mochilas, hornos de gas o bolsas con algo de comida. 

Pasaron varias horas hasta que la ciudad se reajustó y recuperó cierta calma. Desde la Plaza de los Mártires hasta la playa, en todo el paseo marítimo se prendieron hogueras, se levantaron tiendas de campaña y refugios improvisados con mantas, y se compartieron platos de comida. Ya entrada la noche, comenzaron las explosiones, que alumbraban con sadismo a miles de familias que observaban desde la calle, con la impotencia de no poder hacer nada más que rezar para que esa última bomba no hubiera alcanzado su casa. 

El preludio de una ocupación

Cuna de grupos palestinos y resistencia armada desde la década de 1970, el verde escarpado y agreste del sur de Líbano ha sido durante décadas escenario de invasiones, ocupaciones y guerras. El conflicto armado es tan recurrente en los confines del país que casi se anticipa como una estación del año más. Los enfrentamientos de 2024 dejaron pueblos fronterizos arrasados, como Kfar Kila o El Oddeise, donde cualquier intento de retorno o reconstrucción es castigado y en torno a los que, tras la firma del acuerdo, Israel fue ampliando las cinco posiciones militares que mantenía en territorio libanés.

Ahora el Ejército israelí trata de seguir extendiendo lo que llama zonas de contención o perímetro de seguridad, una franja de tierra quemada que separe Israel y Líbano, bajo el pretexto de proteger sus poblaciones del norte de los cohetes de la milicia chií. Por eso, con el sur vaciado a golpe de amenazas, de bombardeos aéreos constantes y del repliegue del Ejército libanés para evitar confrontaciones, las tropas terrestres israelíes invaden cada día una superficie mayor de territorio libanés. Con una estrategia similar en Gaza o Siria, estas supuestas zonas de seguridad están permitiendo la expansión de las fronteras israelíes y allanan el camino a una ocupación.  

Kfar Kila, pueblo libanés fronterizo con Israel. Los primeros tres meses de alto al fuego tras la última guerra estuvo bajo ocupación del Ejército israelí, cuyas operaciones durante ese periodo terminaron por reducirlo a escombros. Marta Maroto

En Jiam, a diez kilómetros de la frontera, ya se están produciendo combates directos. Es precisamente en el cuerpo a cuerpo donde la milicia, nacida de la guerrilla, más cómoda se siente. Tras varios días de escaramuzas, el Ejército israelí, conocido por su opacidad a la hora de informar sobre víctimas, ha reconocido la muerte de dos de sus soldados. Jiam es además un pueblo emblemático para los movimientos de resistencia libaneses porque albergó la cárcel de presos políticos —el equivalente a una Sednaya libanesa— durante las casi dos décadas de ocupación en la década de 1980. Esta guerra vuelve a ser muy desigual: diez días de conflicto han provocado al menos 634 muertos y cerca de 1.400 heridos. Entre las víctimas mortales hay más de 90 niños y niñas y al menos 42 mujeres. Una veintena de paramédicos han sido asesinados en ataques a ambulancias y centros de defensa civil. Más crímenes de guerra.

Hezbolá, en la encrucijada

La pregunta imposible de responder es cuál es la estrategia de Hezbolá, que ha decidido abrir un frente de apoyo a Irán a costa de la destrucción de Líbano, el país donde tiene su base. ¿Qué capacidad tiene para sostener un nuevo conflicto a largo plazo? El Gobierno libanés llevó a cabo en los últimos meses un plan de desarme de la milicia que, según indicó, ya habría completado en enero su primera fase. De momento Hezbolá está siendo capaz de intensificar sus ataques, muchas veces coordinados con Irán, para tratar de sortear la Cúpula de Hierro, el sofisticado sistema antimisiles de Israel. Los primeros días la milicia lanzó operaciones contra posiciones militares en el norte de Israel, pero ha ido incrementando su alcance —el lunes informó de que había alcanzado las afueras de Tel Aviv— y hasta ha llegado a emitir órdenes en hebreo de evacuación sobre tres localidades israelíes. 

Además de la invasión por el sur, el fin de semana del 7 y 8 de marzo hubo hasta dos intentos de incursión israelí en el este, en el valle de la Beká. En el pueblo de Nabi Shit, Hussein narra escenas que parecen sacadas de una película. Hussein es el nombre falso elegido por un chico de 20 años, estudiante universitario de Economía, que prefiere no dar su identidad real por su afiliación a Hezbolá. La noche del viernes 6 de marzo, las órdenes de evacuación recayeron sobre ese pueblo y muchas familias se marcharon. Hussein acababa de despedirse de su amigo, combatiente activo de la milicia, cuyo asesinato dejó un charco de sangre todavía visible a la salida del cementerio del Nabi Shit, donde comenzaron los combates. Los israelíes entraron por las montañas sirias sobre las que también ejercen control, y se camuflaron vistiendo uniformes del Ejército libanés y utilizando vehículos similares a los que emplea la Autoridad de Salud Islámica, afiliada a Hezbolá, que asiste en emergencias. 

Hussein (nombre ficticio) en una de las viviendas destruidas por las bombas tras la incursión terrestre israelí y los ataques en Nabi Shit, valle de la Beká. Marta Maroto
Imagen de los destrozos en Nabi Shit, en el este del Líbano. Soldados israelíes hicieron una incursión haciéndose pasar por fuerzas libanesas. Cuando los residentes descubrieron el engaño, comenzaron enfrentamientos directos con los milicianos de Hezbolá. Marta Maroto

El Ejército israelí justificó su tapadera —ilegal desde el punto de vista del derecho internacional— como una incursión para recuperar los restos del piloto israelí Ron Arad, capturado durante las guerra de 1986. La operación no tuvo éxito, aunque en el cementerio una tumba sí llegó a ser exhumada. En cuanto se descubrió la trampa, Hussein cuenta que hasta la población civil que permanecía en sus casas se sumó a los combates. A las escenas de caos le siguió una ronda de fuertes bombardeos con la que los israelíes trataron de cubrirse en retirada. Un total 41 personas murieron aquel día, en el ataque más letal de lo que va de guerra. De su dureza dan testimonio el cráter de varios metros de profundidad que queda en el centro del pueblo, la destrucción de fachadas que han dejado habitaciones expuestas o el coche calcinado que la explosión propulsó hasta un segundo piso. 

Hussein considera que aquella incursión era una prueba, un intento de testar las aguas para comprobar si, además de en el sur, pueden también abrirse corredores que permitan a las fuerzas israelíes acceder a zonas interiores de Líbano a través de la Beká. Netanyahu buscaba al mismo tiempo un triunfo fácil de vender a su población: traer de vuelta los muertos es una de las promesas del Estado israelí. “Aquí es donde la muerte nos encontró y nosotros salimos victoriosos”, rezan, en las paredes que quedan en pie, grafitis firmados por “los Leones de Nabi Shit”. Este tipo de combates son los que alimentan el mito de la autoproclamada moqawama, palabra en árabe que significa “resistencia”. 

A medida que pasan los días, la sensación de déjà vu en Líbano se difumina a medida que se integra en el día a día. La amenaza es muy real: el ministro israelí de Finanzas, el radical Bezalel Smotrich, advirtió de que el sur de Beirut pronto podría convertirse en Jan Younis —en referencia al campo de refugiados palestinos en la devastada Gaza—. Las catástrofes se han solapado de tal manera en la región durante las últimas décadas que a veces se olvida que la estrategia genocida que aplica Israel en la Franja de Gaza nació de un experimento en los suburbios de la capital libanesa. La llamada doctrina Dahie, formulada en la guerra de 2006 en Líbano, consistía en bombardear de manera indiscriminada, sin distinguir entre objetivos civiles o militares, y desdibujar los principios básicos de la guerra. 

Sin solución diplomática a la vista, los llamamientos para una desescalada por parte del Gobierno libanés no encuentran respuesta al otro lado. Tanta es la urgencia, que los máximos mandatarios de Líbano se plantean establecer negociaciones directas con Israel, país que su Estado no reconoce. 

Los días pasan contando bombardeos. Las cifras de muertos aumentan en un país extenuado por la violencia y que tiene miedo, otra vez, de desaparecer entre el polvo de los escombros. 

El mundo es un lugar cada vez más angosto y asfixiante. También para la prensa. Estar allí donde suceden las cosas se ha convertido en una tarea imposible en muchos lugares del planeta. Se nos ha vendido que la realidad se ha trasladado a las redes sociales, pero la imagen que estas devuelven es la de un mundo plano, dominado por el odio y la división. Aceptarlo es sucumbir a una visión simplista de nuestro tiempo. El periodismo debe rebelarse ante el derrotismo que permea, desde arriba, a amplias capas de la población. Para ello se requiere una dosis implacable de resistencia.

Por primera vez en la historia, las condiciones para ejercer el periodismo son malas en la mitad de los países del mundo, según el último informe sobre la libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras. Es el diagnóstico de un mundo cada vez más hermético, y Gaza es el mejor ejemplo de ello. Desde los ataques del 7 de octubre de 2023, Israel ha vetado sistemáticamente la entrada a la prensa internacional, al mismo tiempo que ha terminado con el 25% de los periodistas en la Franja. Pero no solo ocurre en Gaza: la tendencia es global y va en aumento. El año pasado, 129 periodistas y trabajadores de medios de comunicación fueron asesinados. Se trata de la cifra más alta jamás registrada, que hasta el momento lo ostentaba 2024, con 124 periodistas muertos.

El otro gran enemigo de la libertad de prensa es la economía. Cientos de medios se han visto obligados a cerrar en los últimos años debido a la crisis financiera que atraviesa al sector desde hace décadas. En otras ocasiones, los recortes masivos responden a presiones políticas. El despido de un tercio de la plantilla del mítico periódico estadounidense The Washington Post, propiedad del multimillonario Jeff Bezos, en febrero de este año, es un símbolo de esta crisis anunciada.

Pero ante el silencio que algunos pretenden imponer, ante el auge de los autoritarismos y los constantes ataques contra la libertad de expresión, el periodismo resiste. Lo hace a duras penas, porque no tiene otro remedio. Pero lo hace. Por eso, en nuestro nuevo número en papelResistencia— aparecen testimonios de reporteros y reporteras que llevan la resistencia por bandera. El periodismo que encarnan está hecho de una mezcla de compromiso, valentía y espíritu combativo.

Anna Surinyach

Como el de Youmna El Sayed, quien menos de un mes después de los ataques de Hamás en octubre de 2023, recibió una llamada de un oficial del Ejército israelí que la avisaba de un ataque inminente contra el edificio en el que vivía junto a su marido y sus cuatro hijos. El bloque quedó reducido a escombros, pero consiguieron sobrevivir. A principios de diciembre, después de cambiar varias veces de ubicación, huyó con su familia a El Cairo. Desde entonces, Youmna vive como refugiada en la capital egipcia, donde no puede ejercer como periodista. Le sigue acechando el sentimiento de culpa por haber dejado atrás la Franja, pero dice que es más útil fuera que dentro. Ahora viaja por todo el mundo denunciando las atrocidades de Israel, critica la complicidad de Occidente y carga contra la parcialidad de los medios internacionales.

“Al mundo no le importa lo que les pase a los palestinos. No le preocupa cuántos bebés o niños, o mujeres, o ancianos, o periodistas, o profesores, mueran. El 7 de octubre todo el mundo quedó consternado por los atentados de Hamás. Se difundieron historias de bebés decapitados y mujeres embarazadas que fueron violadas y a las que después les rajaron el vientre para extraerles a los bebés. Nadie aportó pruebas. Luego se ha demostrado mediante informes e investigaciones que era mentira. Pero al mundo occidental no le importa. No están dispuestos a mirarnos con la misma empatía”, dice en la entrevista con ella que publicamos en este número 11.

La prensa libre

Youmna El Sayed ha conseguido sobrevivir al infierno de Gaza, pero la Franja está llena de periodistas que no lo lograron. Al menos 250 han sido asesinados por el Ejército israelí desde los ataques del 7 de octubre de 2023, lo que lo convierte en el conflicto más mortífero para la prensa desde que hay registros. “El equivalente en España habría supuesto cerca de 4.000 periodistas borrados del mapa”, escribe la periodista Ebbaba Hameida, en el ensayo La prensa libre, incluido en este ejemplar. 

“Los periodistas palestinos, aun temiendo por su vida, han intentado relatar la situación límite a la que han sometido a su pueblo. Todo eso al tiempo que ejercían de padres o madres, hijos o hijas, hermanos o hermanas. El Ejército ha ido a por sus oficinas y más tarde a por las chozas donde trabajan alegando que ‘albergaban instalaciones de Hamás’. Ha destruido sus equipos para borrar las investigaciones que estaban haciendo y, en más de una ocasión, les ha dejado incomunicados con el resto del mundo. Pese a todo, la prensa en Gaza ha resistido y ha seguido buscando resquicios para romper el bloqueo informativo”, dice.

Periodismo fiel a sus principios

Anna Surinyach

En el mundo hay otras Gazas. Desiertos informativos que no reciben tanta atención, pero igual de brutales. En este número publicamos la entrevista que le hizo Eileen Truax, columnista habitual de 5W, al periodista salvadoreño Carlos Dada, director y cofundador de El Faro, el primer periódico de América Latina nacido en formato digital y uno de los medios independientes de referencia en Centroamérica. Desde sus inicios, el diario se dedicó a explicar en profundidad temas del pasado reciente, como las masacres de El Mozote, y a dar contexto y seguimiento a asuntos aún vigentes, como la violencia provocada por las pandillas y su manejo por parte del Gobierno de Nayib Bukele. Este último asunto pasó factura. Entre 2020 y 2021, al menos 22 periodistas de El Faro fueron espiados con el programa Pegasus al tiempo que Bukele iniciaba un proceso de linchamiento mediático acusándolos de “apología del crimen” y delitos fiscales. La persecución no se ha detenido. En los últimos años, prácticamente toda la redacción de El Faro ha tenido que huir al exilio.

“Todo exilio es una tragedia personal. Aquí enfrentamos una paradoja: en el momento en que el periodista o la periodista está atravesando esta situación tan complicada es cuando el periódico más necesita de su periodista. El acoso, la persecución, drones vigilándote constantemente en las ventanas. Todo esto se evita de una manera muy sencilla: renunciando a esta profesión. Ahora, si decidís quedarte, tenés que hacer periodismo.

Y en este exilio masivo, no hemos dejado de sacar el periódico, no hemos dejado de sacar nuestra revista mensual. La gente sabe que el silencio no es una opción”, dice.

Estos son solo algunos fragmentos de resistencia que llenan las páginas de nuestra nueva revista en papel. Si te ha gustado y quieres leer más, puedes hacerte con un ejemplar aquí o puedes suscribirte aquí para recibirla en casa, además de acceder a todos nuestros contenidos exclusivos para socios y socias.

Así nos ayudarás a resistir. 

*Esta es una era de resistencia. Esta columna habla de eso, de resistir, y a este tema hemos dedicado también nuestro nuevo volumen anual en papel: Resistencia. Si aún no lo eres, hazte socio/a: lo recibirás en casa y, además, ayudarás al periodismo independiente a resistir.

La maestra del pueblo, desafiante, cruje los nudillos. Por el techo de la escuela, amasijo de chapa y cañas, entran haces de luz. Un caballete desnudo sugiere que algún día su listón horizontal sostuvo una pizarra, quizá antes de la guerra, quizá antes de las lluvias. Toda la escuela, dividida en tres salas, está conquistada por arena fina, palos y suciedad. 

La provincia de Cabo Delgado es un paisaje discontinuo de esqueletos de edificios, casas tiznadas, otras destruidas, hospitales carbonizados, escuelas vandalizadas. Dice la maestra, Amélia Agostinho Mateus, que ahora que las armas han callado en Mumu, un pueblo del norte de Mozambique, 158 niños y niñas han vuelto a las clases. 

No me lo creo. 

Que sí, me dice. Tendido en el suelo, explica, el alumnado se divide en dos grupos por aula (sic). Un profesor se dirige de forma alternativa a los de primero y tercero de primaria; otro da segundo y cuarto; y ella, que además de maestra es directora del centro, quinto y sexto. 

Mi medio tocaya —su segundo nombre viene de su padre; el mío de mi abuelo, le contesto, y así vamos entrando más a fondo en una conversación sobre familias, Mocímboa da Praia, Barcelona, bombas, escuelas, viajes— es profesora desde 2009, pero en los últimos años ha cambiado de centro varias veces: Mocímboa, Mitope, Awasi, Chiure… La última vez se tuvo que ir de este pueblo, de Mumu, porque fue conquistado por Al Shabab, una amalgama de grupos yihadistas. Cuando las tropas mozambiqueñas recuperaron el territorio, el Gobierno le pidió —como hace con todos los funcionarios— que volviera a la escuela. No todos lo hacen, pero ella estaba deseándolo: al contrario que otras personas con las que hablo en esta cobertura en Mozambique, muestra en todo momento su apoyo inquebrantable al Gobierno. 

Pero sobre todo es fiel a la gente de Mumu, que la necesita.

Dice mi medio tocaya que la guerra es difícil de olvidar. Que algunos de los alumnos y alumnas de la escuela vieron cómo los yihadistas de Al Shabab degollaron a un comerciante del pueblo, que eso los marcó, y que por eso ella siempre intenta organizar actividades al aire libre, para que piensen en otra cosa, para que se olviden. Me doy cuenta entonces de que la ausencia de la pizarra en la escuela no es tan importante, porque Amélia Agostinho no es la maestra, sino la psicóloga de Mumu. La que, crujiendo los nudillos, ayuda al pueblo a resistir.

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