Ensayo

El horror que no cesa en Sudán

Con las mismas prácticas empleadas en el genocidio de Darfur hace 20 años, un grupo paramilitar toma el último bastión de esta región del oeste sudanés

El horror que no cesa en Sudán
Un hombre en el campo para personas desplazadas de Al-Hilu, al que llegaron 12.000 personas a causa del conflicto. Guy Peterson / Panos Pictures / ContactoPhoto

A vista de satélite, una masacre tiene el aspecto de bultos, sombras oscuras y manchas rojas. Una imagen más digerible que la de hombres tratando de huir y siendo perseguidos y ametrallados a sangre fría. O que la de los cuerpos desmadejados y ensangrentados, en el suelo o en sus camas, de los pacientes del Hospital Saudí, cuyos cadáveres se ven en los vídeos que las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) han difundido, autoincriminándose. O que la imagen de mujeres y niñas violadas… 

Quizá la del satélite es la distancia también a la que hay que mirar el horror en Sudán para que las emociones no nublen el juicio al analizar los “crímenes de guerra” y potencialmente de “lesa humanidad”, que Naciones Unidas advierte que se han cometido (y se siguen cometiendo) en Darfur, una región clave del oeste sudanés. Dos años y medio después de empezar la guerra civil en Sudán, las RSF han tomado El Fasher, la última capital de la región que quedaba en poder del Ejército sudanés, al mando de Abdel Fatah al Burhan, que sigue controlando la capital, Jartum, y buena parte del este sudanés. Son los dos bandos en una guerra en la que han muerto al menos 150.000 personas.

Esta imágen satelital tomada por Airbus DS muestra parte del barrio de Daraja Oula, de El Fasher, capital de Darfur del Norte. 17 de octubre de 2025. Airbus DS / AP

El Fasher ha caído como cayeron antes Geneina (donde, entre abril y junio de 2023, las RSF y milicias aliadas mataron a entre 10.000 y 15.000 personas) o Nyala: bajo fuego, saqueos y persecuciones selectivas. Las víctimas, en su mayoría de comunidades masalit, fur y zaghawa (no árabes), fueron atacadas por su origen étnico, según la ONU y organizaciones de derechos humanos que hablan ya de “patrones que evocan los del genocidio de 2003”. En grabaciones verificadas por grupos de derechos humanos, se ve a combatientes de las RSF disparando a prisioneros, rematando supervivientes, arrastrando cuerpos por las calles y grabándose a sí mismos humillando a los muertos, como relatan algunos de los que han escapado, a los que no se les permitió enterrarlos. 

Solo en el Hospital Saudí 460 pacientes y sus acompañantes fueron asesinados, según la Organización Mundial de la Salud. “Una atrocidad que desafía la comprensión”, según el máximo responsable del organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Desde que tomaron el control de la ciudad, las RSF han matado al menos a 1.500 personas, según la Red de Médicos Sudaneses. Otras organizaciones hablan ya de miles, en la que consideran una de las peores masacres de estos dos años y medio de guerra.

Una guerra en la que se ha derramado tanta sangre, que se puede ver desde el espacio.

Con la captura de El Fasher, las RSF de Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti, se hacen con algo más que un símbolo. Entre 2003 y 2005, Darfur fue escenario de uno de los primeros genocidios del siglo XXI. El conflicto comenzó como una lucha por el acceso a la tierra entre pastores africanos y nómadas árabes propietarios de ganado. El entonces presidente, Omar al Bashir, depuesto en 2019 tras más de 30 años en el poder, se apoyó en las milicias árabes Janjaweed para sofocar una rebelión de grupos no árabes que denunciaban la marginación de su región por parte de Jartum. Los Janjaweed arrasaron pueblos, violaron mujeres, envenenaron pozos y asesinaron a unas 300.000 personas. La Corte Penal Internacional (CPI) emitió órdenes de arresto contra Bashir y varios comandantes por genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. Pero la justicia nunca llegó. Tampoco acabó el conflicto.

En los años siguientes se firmaron acuerdos de paz que no acabaron con los enfrentamientos. En 2013 el régimen de Al Bashir reorganizó estas milicias en un cuerpo paramilitar formal: las Fuerzas de Acción Rápida (RSF). Esto otorgó a los Janjaweed un nuevo nombre, uniformes y reconocimiento legal, y dio a sus líderes cobertura política para mantener sus intereses económicos y preservar su estructura paramilitar y su impunidad. Muchos de los hombres que ahora comandan las brigadas de las RSF en Darfur se curtieron en aquellas campañas de limpieza étnica. Y las prácticas que han usado en El Fasher en los últimos días —humillación pública de las víctimas, arrasar vecindarios enteros y atacar objetivos guiados por razones étnicas— recuerdan a las usadas en la década de 2000.  

Dos décadas después, la historia se repite. Las RSF, herederas directas de aquellos escuadrones de la muerte, actúan ahora con mayor impunidad y mejor armamento. El Fasher es la prueba de que el conflicto de Darfur nunca terminó; solo cambió de uniforme, coinciden los analistas. La memoria del horror.

Oro, armas y mercenarios rusos

La guerra que comenzó en abril de 2023, en su lectura más simple, es una lucha por el poder entre el Ejército regular, dirigido por Burhan, y las RSF de Hemedti, cuando el país trataba de transitar hacia una democracia y topó con los intereses opuestos de dos generales, amigos de conveniencia hasta ese momento. Pero la realidad tiene ramificaciones que llegan hasta el Golfo y Rusia y raíces más profundas, que la conectan con el genocidio cometido en Darfur a principios de la década de 2000. Los actores externos desempeñan un papel fundamental que explica por qué la caída de El Fasher y el control de Darfur son fundamentales en este conflicto, no solo como victoria militar.

Controlar esta zona es esencial desde el punto de vista estratégico y económico. Consolida el control del grupo sobre las minas de oro y las redes comerciales informales que se han convertido en fuentes de financiación de la guerra. Darfur proporciona a las RSF una puerta de entrada estratégica a las fronteras con Chad y Libia, asegurando así el mantenimiento de rutas de contrabando para esos recursos, y especialmente del oro, pero también para recibir armas y combustible. Quien controle Darfur domina el tráfico ilegal y puede mantener el comercio con sus aliados extranjeros.

En los últimos diez años las RSF han construido una red financiera gracias al oro que extraen, trafican y venden en mercados del Golfo. Las exportaciones de oro ya se habían convertido en el sustento económico de Sudán tras la separación e independencia en 2011 de Sudán del Sur, donde se hallan los recursos petrolíferos. Antes de empezar la guerra, el oro aportaba al Gobierno 2.080 millones de euros anuales y representaba más del 60 por ciento de todas sus exportaciones. Ya entonces el Ejército y las RSF competían por los recursos. La lucha por el control de los yacimientos de oro fue uno de los detonantes del conflicto.

Ese mercado negro paga mercenarios y armas, y sirve para comprar apoyos. El metal precioso extraído de esa tierra quemada y ensangrentada de El Fasher que se ve desde el espacio viaja hasta Dubai, donde se refina y revende legalmente. Analistas e investigaciones de distintos medios en los últimos años han vinculado a intermediarios en Emiratos Árabes Unidos (EAU) con el comercio de oro sudanés, aunque Abu Dhabi niega financiar a las milicias. Sin embargo, el control de los canales comerciales y la necesidad de oro en el Golfo convierten a Emiratos en actor clave, aunque no el único. Perder el control de Darfur supondría para las RSF la pérdida no solo de su motor económico y de financiación, sino también de su capacidad de negociación en un eventual proceso de paz.

Un trabajador de la mina de oro de Wad Bushara, en el estado sudanés de Gadarif. Mohamed Nureldin Abdallah / Reuters / ContactoPhoto

Tras la caída de El Fasher, los motores diplomáticos se han acelerado en El Cairo, donde en los últimos días se han producido conversaciones para intentar lograr una tregua de tres meses. Las RSF han intentado desligarse de las acusaciones de crímenes arrestando a Abu Lulu, también conocido como brigadier general Al Fateh Abdullah Idrisuna, al que se vincula (en parte gracias a las imágenes que él mismo ha compartido en redes sociales asegurando haber matado al menos a 2.000 personas y haber perdido la cuenta) a ejecuciones de civiles en masa, entre otros crímenes.

“El problema no es solo el enfrentamiento entre el Ejército y las RSF, sino la creciente injerencia externa que sabotea las posibilidades de alcanzar un alto el fuego y una solución política”, señaló durante una visita a Malasia el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, que instó a las potencias extranjeras a no interferir.

Informes de inteligencia occidentales señalan vínculos entre contratistas rusos y redes de abastecimiento de armas en Sudán, aunque Moscú niega tener tropas operativas en el país. Rusia negocia desde hace años una base naval en el mar Rojo y mantiene vínculos con empresas mineras en Sudán. El Kremlin habría facilitado suministros y asesoramiento tanto al Ejército como a las RSF, según convenga a sus intereses, a través de redes asociadas a antiguos contratistas militares.

Mientras, el Ejército resiste en el este, con el apoyo de Egipto, que busca la estabilidad y contrarrestar la amenaza que, según Burhan, supondrían los Hermanos Musulmanes si pierde el control del país. Otros, como Arabia Saudí o China, buscan la riqueza agrícola que garantice su seguridad alimentaria y, si bien el último se muestra más neutral, el primero ha respaldado a Burhan.

Ikram Abdelhameed junto a su familia en el campo para personas desplazadas de Tawila, en Darfur del Norte. 27 de octubre de 2025. Mohammed Jamal / Reuters / ContactoPhoto

Sobre el terreno, la geopolítica se ensaña con las vidas de los sudaneses. Más de 10 millones de desplazados internos en dos años y medio de guerra, según la Agencia de la ONU para los Refugiados, la mitad de ellos de Darfur, donde durante meses las organizaciones humanitarias advirtieron de que el asedio podría desencadenar una catástrofe. Hoy, las carreteras que conducen a los campamentos están bloqueadas; los convoyes de ayuda son saqueados o distribuidos según las divisiones tribales; los hospitales están en ruinas, y se acaba de declarar la hambruna.

El Fasher simboliza el fracaso colectivo, donde convergen las raíces del genocidio, la codicia por el oro, la impunidad internacional y el derrumbe del sueño democrático que nació en 2019. 

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