Un otoño con aroma a primavera en Marruecos

El movimiento GENZ212 sacó a miles de jóvenes a las calles y puso en jaque al Gobierno. ¿Qué herencia dejará?

Un otoño con aroma a primavera en Marruecos
Un grupo de jóvenes en las protestas en Rabat contra la corrupción y para reclamar reformas en sanidad y educación. 3 de octubre de 2025. Mosa’ab Elshamy / AP

PRIMER ACTO: Detenciones

Rabat, sábado 27 de septiembre

Centenares de policías aguardan con cierto nerviosismo frente al Parlamento marroquí, en el corazón de Rabat. De golpe, los agentes rodean a un grupo de personas y las hacen retroceder. Empiezan las detenciones. Los uniformados, equipados con cascos y escudos, blindan los alrededores. A un centenar de metros, otro grupo se vuelve a reunir, los policías corren y detienen a los que pueden alcanzar. También se llevan a varios de ellos cuando están hablando con la prensa, frente a las cámaras.

“El sistema educativo y sanitario tiene que ser reformado, reclamamos nuestra libertad de expresión y el fin de la represión, no pedimos cosas imposibles”, dice uno de los participantes entre correría y correría. “No hemos bloqueado las calles ni destrozado nada, hemos venido a expresarnos de manera normal y pacífica”, dice indignado.

Las furgonetas van saliendo cargadas de detenidos. La tensión se mezcla con el ambiente distendido y familiar del sábado por la tarde en el centro de la capital marroquí: los niños juegan y las terrazas están llenas. Muchos siguen el ajetreo de lejos, pero sin dejar que el té o café se enfríe. Ese último sábado de septiembre, el movimiento autodenominado GENZ212 (generación Z más el prefijo telefónico de Marruecos) convocó movilizaciones en varias ciudades. En otros puntos, como Tánger, Marrakech o Casablanca, el guion fue el mismo: protestas que fueron frenadas con detenciones antes de que llegaran a ser manifestaciones de envergadura.

Centenares de jóvenes salieron para airear su frustración, denunciar la corrupción y la falta de inversiones en salud y educación. Fue el primer acto de la historia escrita por una generación de jóvenes que intentó encender su propia primavera, como sucedió en el mundo árabe en las movilizaciones de 2011 (en Marruecos, en forma de Movimiento 20 de Febrero) o en el Rif, en el norte, cinco años más tarde. Protestas que durante un mes lograron levantar la alfombra y poner en el centro del debate público sus reivindicaciones. Movilizaciones que no llegaron a ser masivas, aunque una gran parte de la sociedad compartía las críticas.

¿Qué quedarán de ellas?

Un manifestante que se dirige a a la prensa es interrumpido por agentes de policía, que se lo llevan sin que pueda terminar. Marc Ferrà.

Rabat, domingo 28 de septiembre

El bus de Youssef llega a Rabat a primera hora. Este chico de 22 años vuelve a la ciudad para seguir con sus estudios de cine tras visitar a su familia, que vive en un pequeño pueblo lejano. Ese día, sin saberlo, empieza a escribir en su cabeza el guion de una película que le gustaría rodar y del que él sería uno de los protagonistas. El título elegido: Sin cordones.

Youssef no se llama así, pero prefiere que no se use su nombre real. Conoció el grupo Generación Z a través de publicaciones en redes sociales. “Me gustaron los motivos por los que querían salir a la calle. Siempre he pensado que nuestra generación es buena, a pesar de lo que digan”. Era pequeño cuando estallaron las primaveras árabes, pero recuerda a su padre siguiendo las noticias en la tele. También cuenta que ha participado en manifestaciones por Palestina y otras movilizaciones, como las que reclamaban mejoras en su universidad.

A las cuatro de la tarde, junto a otros amigos, acude al segundo día de protestas en la plaza Bab Lhad, situada en una de las puertas de la medina antigua. Uno de los manifestantes se dirige a la prensa: “Todos nosotros tenemos los mismos objetivos: una vida digna y que respondan a las necesidades básicas”. De golpe, un policía empieza a hablar por megáfono para avisar de que la protesta no está autorizada. Rodean al chico y se lo llevan sin que haya podido terminar.

“Cuando llegamos, solo había policía y periodistas”, explica Youssef, que vio la escena de lejos. “Me arrestó un agente de paisano cuando estaba grabando con el móvil y me llevaron a la comisaría”. Durante la tarde hay decenas de detenciones, algunos se resisten y la policía los arrastra; otros andan escoltados tranquilamente hacia el furgón. Es el segundo día de protestas en una decena de ciudades y vuelve a ser una larga noche de espera frente a las comisarías. Algunos salen a las pocas horas. Otros, como Youssef, tardarán en volver a pisar la calle.

Más de 8 millones de personas tienen entre 15 y 29 años en Marruecos, según el último censo en 2023, lo que supone cerca de un cuarto de la población. Son la generación Z. Una de las más preparadas, con más estudios y con mayor cifra de universitarios. Muchos hablan tres y hasta cuatro idiomas. Son la parte de la sociedad más conectada. Interesados en la política pero, a la vez, hastiados de los partidos. Una brecha de desconfianza los separa de la política institucional.

Para Youssef, la palabra que mejor define el sentimiento de su generación es “injusticia”. Algo que se mezcla con la frustración y la falta de oportunidades que denuncian en la calle. La franja de edad con más paro es la que tiene entre 15 y 24 años, un 38%. Una cifra que en las zonas urbanas roza el 50%. Además, más del 25% de los jóvenes marroquíes de la misma edad son ninis: ni estudian ni trabajan, según datos oficiales. Más de 1,5 millones de jóvenes sumidos en la incertidumbre. Muchos lamentan que hay pocas salidas laborales para escapar de la precariedad.

Rabat, lunes 29 de septiembre

De madrugada, la policía traslada a Youssef a otra comisaria de la ciudad. “Nos obligaron a firmar un papel, más tarde nos metieron en el calabozo”. Recuerda especialmente el olor “asqueroso” que lo acompañó durante todo ese tiempo. También la comida. “Estábamos encarcelados con criminales de verdad”. No les dejaban hacer ninguna llamada. “Creo que han reaccionado así (las autoridades) porque no esperaban que los jóvenes saliéramos y habláramos; una vez lo hemos hecho, nos han tenido miedo. También han intentado que nosotros lo tuviéramos, pero no fue mi caso; me sentí incluso más fuerte al ver cómo nos trataban”.

“No estábamos en un hotel de cinco estrellas con bufé (ríe), pero no fue una mala experiencia para mí. Cuando estaba en el calabozo empecé a tener ideas para una película. Estaba viviendo en primera persona lo que antes solo me habían contado”. Tiene claro que se titularía Sin cordones. “Cuando nos metieron en el calabozo nos los quitaron de los zapatos, pero para mí significa mucho más. Tampoco tenemos libertad, ni derechos o educación”. 

Ya por la tarde, las protestas continúan en la calle. Un grupo de unas cuarenta personas aprovecha las callejuelas de la medina de Rabat para juntarse. Entre las consignas: “[Aziz] Ajanuch dimisión”, en alusión al primer ministro, que a la vez es empresario y se halla en la lista de las mayores fortunas del país, encabezada por el rey Mohamed VI. Llegó a lo alto del Ejecutivo en 2021, pero su imagen se ha ido deteriorando al tiempo que la inflación ha subido y el malestar se ha instalado en muchos hogares del país.

Preguntar en la calle sobre su gestión es prácticamente sinónimo de críticas. Reproches que también han lanzado varios medios del país, como la revista Tel Quel, que en una portada lo llegó a apodar El ausente, junto a un montaje en el que aparece con varios teléfonos sonando que llevan escritas palabras como “paro” o “inflación”. En la edición que sacaron tras las protestas, lo tacharon de “culpable” del malestar y publicaron su retrato despedazado en el suelo durante una manifestación. 

“Estoy aquí para denunciar que no tenemos derechos, tampoco de expresión, no podemos hablar. Necesitamos ser libres y tener más colegios y hospitales”, explica uno de los jóvenes, de poco más de veinte años, tras huir de la policía. Los agentes siguen impasibles a pocos metros, cerrando la calle principal de la medina. “Si quieres un ejemplo, puedo ir hacia ellos y grabas con la cámara lo que van a hacer”, dice el joven. Ante de irse a casa, cruza sus brazos en forma de X con los puños cerrados y pregunta: “¿Sabes lo que significa esto? Significa libertad, lo que queremos en Marruecos. Para tenerla necesitamos leyes y derechos”.

El punto de encuentro de todos los manifestantes es la aplicación Discord, una plataforma usada habitualmente para los juegos online. El canal de GENZ212, al que cualquiera puede acceder, ha llegado a reunir a más de 200.000 personas. En ese ágora digital que han construido convocan debates en directo con turno de palabra abierto, hay fórums y se anuncian las convocatorias, que previamente se someten a votación. Una forma de organizarse que poco tiene que ver con el modus operandi habitual en Marruecos. Algo que también dejó descolocado al Ministerio del Interior.

Una de las cosas que menos gusta a los servicios de Inteligencia son las sorpresas y las situaciones que no pueden controlar de antemano. La generación Z suma varias de esas características: no se sabe quién está detrás del movimiento. En Discord todos utilizan pseudónimos, no hay caras visibles ni líderes, como sí ocurrió en movimientos de contestación pasados, como el Hirak del Rif. Este movimiento también ha sido capaz de convocar manifestaciones simultáneas con poco tiempo de margen, en varias ciudades, anunciando los lugares pocas horas antes. Uno de los métodos usados por la policía en las detenciones ha sido buscar si tenían la aplicación de Discord instalada en sus teléfonos, según cuentan varios detenidos. 

SEGUNDO ACTO: Disturbios

Rabat, martes 30 de septiembre

Tras dos noches en comisaria, Youssef es presentado ante el tribunal. Le acusan de participar en una manifestación no autorizada y de desobediencia a la policía. Queda en libertad condicional tras pagar cerca de 2.000 dirhams (190 euros) de fianza. Explica que dos de las personas con las que compartió calabozo han sido enviadas a prisión preventiva. Él está pendiente de juicio: “No creo que me condenen a cárcel, solo me van a hacer pagar una multa”, dice convencido.

Durante la noche, las protestas continúan, pero también se abre un nuevo acto, corto pero intenso. En varias ciudades del país, especialmente en el sur, las protestas derivan en disturbios, enfrentamientos con la policía, quema de coches y edificios públicos, además de saqueo de bancos, supermercados y otros comercios. Hay centenares de policías y manifestantes heridos, y muchos más detenidos.

En la ciudad oriental de Oujda, un joven es atropellado por una furgoneta policial y queda tendido en el suelo. El vídeo empieza a circular como la pólvora, hasta el punto de que las autoridades emiten un comunicado, el primero desde que empezaron las protestas. “Actualmente, se encuentra bajo seguimiento médico, con un estado de salud estable y sin que su vida corra peligro”, anunciaron para intentar cortar los rumores que apuntaban a su muerte. Más tarde, el joven fue trasladado a Rabat para su recuperación.

Salé, miércoles 1 de octubre

En Salé es casi medianoche y los bomberos están apagando las cenizas de lo que queda de un banco. A pocos metros hay varios vehículos policiales calcinados. El suelo está lleno de escombros debido a los enfrentamientos de horas antes. La calle también está repleta de papeles que cubren el suelo; su rastro lleva hasta otra oficina bancaria, que fue asaltada. Solo queda la policía y decenas de vecinos que pasean atónitos tras horas de disturbios, esta vez a escasos kilómetros de la capital, Rabat. Altercados que vuelven a encender la calle por segundo día y que se repiten en más de una decena de puntos del país.

Una persona pasa frente al edificio en llamas de un banco durante las protestas en Sale el 1 de octubre de 2025. Mosa’ab Elshamy / AP

Durante la noche, también empiezan a circular vídeos en los que se pueden ver varias personas en el suelo; uno de los que graba dice que la policía ha disparado contra ellos. Se trata de un pueblecito del sur, Laqliaa, cercano a Agadir. Horas más tarde, las autoridades confirman que hay tres muertos por disparos. La versión oficial es que un grupo de personas con armas blancas intentó tomar un cuartel de la Gendarmería en el que había armamento y munición, y que los agentes dispararon en legítima defensa. Una versión que ponen en duda muchos jóvenes y varias organizaciones de la sociedad civil, que reclaman una investigación. El padre de uno de los muertos viajó a Rabat unas semanas después para protestar por la “falta de transparencia” y reivindicar la “inocencia” de su hijo. “No participó en las protestas, cuando terminó de trabajar el transporte público lo dejó cerca de allí, solo pasaba de largo cuando recibió el disparo”. El padre pidió que se revisen todas as imágenes tomadas por las cámaras de videovigilancia.

La ciudad en la que murieron estas tres personas está en el extremo de un gran mar de plástico que esconde plantaciones de tomates y otros cultivos que se exportan a Europa. En otros pueblecitos cercanos, los disturbios también fueron importantes. Es el Marruecos rural, el que se queja, muchas veces sin hacer ruido, de falta de infraestructuras y oportunidades para la gente joven. También el que sufre una mayor pobreza. Escuelas viejas y en mal estado, y hospitales sin recursos. Uno de los detonantes de las manifestaciones de la generación Z fue la muerte, el mes de septiembre, en un hospital de esa región de ocho embarazadas en solo una semana. Aquello provocó una oleada de indignación y protestas frente al centro hospitalario.

“Un Marruecos que avanza a dos velocidades” es una frase repetida infinidad de veces y a la que incluso Mohamed VI hizo referencia en su discurso a finales de julio, cuando dijo que no era posible que haya diferentes ritmos en el desarrollo y pidió más esfuerzos a los dirigentes políticos. 

Existen varias brechas en el país. La más importante se abre entre las grandes ciudades —especialmente el eje atlántico Tánger-Rabat-Casablanca, conectado con tren de alta velocidad y que reúne multitud de infraestructuras— y el Marruecos que circula por carreteras nacionales o secundarias y no cuenta con las mismas facilidades.

 “Tenemos estadios equipados con la última tecnología, algo que no encontramos en los hospitales”, criticaba frente a las cámaras uno de los jóvenes durante una de las protestas. La renovación y construcción de campos de fútbol con vistas a la Copa de África en diciembre o el Mundial en 2030 ha sido una de las dianas contra la que los jóvenes han lanzado sus dardos para denunciar la falta de inversiones en servicios básicos. Algo que a principios de septiembre, coincidiendo con el segundo año del terremoto de Al Hauz, en el Atlas marroquí, los afectados también criticaron. Un centenar de ellos viajaron hasta Rabat para manifestarse: “¿Dónde ha ido el dinero del terremoto? A los festivales de música y a los campos de fútbol”, gritaban frente al Parlamento. También denunciaban que hay familias que todavía no han recibido las ayudas y siguen viviendo en tiendas.

Casablanca, jueves 2 de octubre

Tras seis días de detenciones masivas para frenar las protestas y dos noches de importantes disturbios, unas 200 personas se concentran en una céntrica plaza de Casablanca. Se respira un ambiente diferente. La policía deja a los jóvenes manifestarse. Por la noche no se producen altercados y la tensión baja de decibelios.

Las autoridades también empiezan a reaccionar. Horas antes de las convocatorias, Ajanuch lee un comunicado durante el Consejo de Gobierno en el que tiende la mano a los manifestantes para discutir sobre sus demandas y lamenta la muerte de los tres jóvenes. La televisión pública marroquí también empieza a hablar de las protestas tras días de silencio y organiza programas temáticos para hablar de la situación de la juventud.

Casablanca es la gran ciudad de Marruecos, con cerca de cuatro millones de habitantes; es su capital económica. Una urbe en la que coexisten desde las fortunas y empresas más grandes del país, hasta los barrios más golpeados por la desigualdad. En su mayor crudeza, la pobreza se traduce en los niños que viven en la calle en condiciones imposibles y, en muchos casos, enganchados a la cola y a la mendicidad. También en jóvenes que deciden asomarse al norte con la intención de intentar llegar a Europa.

Como Jawad, de 22 años, oriundo de Casablanca. Su nombre real tampoco es Jawad, pero, como tantos otros, prefiere ocultar su identidad por motivos de seguridad. “Lo que me empuja a dejar el país es la falta de oportunidades y de trabajo. Tenía un carro y una balanza para vender fruta y verdura, pero las autoridades me lo quitaron. Me lo quitaron todo. Ahora estoy con mis padres, pobres, que alquilan un apartamento. Aquí no hay nada, los precios son muy altos. ¿Cómo te puedes formar o hacer algo? Me da vergüenza pedir dinero a mi familia, porque no tienen nada”. Jawad pronuncia estas palabras hace más de un año, pero su situación y la de miles de jóvenes como él tiene mucho que ver con este otoño reivindicativo. Cuando lo conocí estaba sentado en una roca en la playa de Castillejos, la ciudad marroquí vecina de Ceuta. Fue hasta allí para intentar saltar la valla.

“Toda la gente que ves aquí es pobre. Nadie tiene medios. Si arriesgamos así nuestra vida es que no tenemos nada”, se justificaba el joven. En aquella ocasión, la policía le impidió llegar a España. 

Un año más tarde, en las protestas, también se respira esa frustración, aunque entre los jóvenes que están en la calle queda algo de esperanza. Han decidido que manifestarse es una forma de cambiar las cosas en su país. 

Un grupo de manifestantes lanza proclamas en Rabat una semana después del inicio de las manifestaciones. Marc Ferrà

Rabat, viernes 10 de octubre

Mohamed VI pronuncia un discurso en el hemiciclo marroquí para inaugurar el curso parlamentario. Su figura nunca ha estado en duda durante las protestas, pero sí el Gobierno. Los jóvenes han estado interpelando al rey estos últimos días en la calle: le piden que intervenga para que haga dimitir a todo el Gobierno y se lleven a cabo reformas profundas basadas en la transparencia, la lucha contra la corrupción y mejoras en educación y sanidad, entre otras demandas. Durante su discurso, el rey hace múltiples referencias a temas sociales, aunque sin alusiones directas a las peticiones de los jóvenes o a las protestas.

La generación Z no ha convocado hoy manifestaciones por “respeto”. Frente al Parlamento se concentran centenares de personas antes de que aparezca Mohamed VI. Están preparados para aplaudir, cantar y recibirlo al grito de “viva el rey”. Muchos de ellos llegan a pie, otros han sido transportados a la capital desde otras ciudades y pueblos. En una de las calles cercanas, decenas de buses esperan para devolverlos a casa. 

Ese día muchos recuerdan otro discurso del monarca que tuvo lugar el 9 de marzo de 2011. Fue la respuesta del Estado a varias semanas de protestas masivas del Movimiento 20 de Febrero, que salió a rebufo de sus vecinos árabes, para pedir más libertad y democracia, además del fin de la corrupción. En aquella ocasión, Mohamed VI anunció una reforma constitucional para conducir al país a una monarquía parlamentaria. Esto sirvió para relajar la presión de las movilizaciones y cerrar el capítulo marroquí de las Primaveras Árabes.

“Durante el 20 de Febrero las demandas eran sobre todo políticas, se reclamaba la separación de poderes y la independencia judicial, algo que también reclama la generación Z; aunque sus peticiones también se parecen a las del Hirak del Rif en 2016 o las protestas en otras regiones que pedían más inversiones y servicios básicos”, relata Aya (nombre ficticio para preservar su seguridad), de cerca de cuarenta años, que salió a la calle en 2011 con la esperanza de cambios. La generación Z estaba todavía en primaria cuando estallaron las primaveras árabes en el país, pero muchos de ellos confiesan que esperaban que sus protestas lograran algo parecido o “incluso más profundo”, explica Youssef.

Durante las últimas décadas, las manifestaciones han ido floreciendo en Marruecos por diferentes causas, pero con una mochila y un nexo en común. Son movilizaciones que se cocinan a fuego lento a base de indignación, cansancio, detenciones y otros ingredientes. “La generación Z ha recogido la acumulación de la frustración, derrotas y humillaciones de las protestas pasadas. Catorce años más tarde tengo la sensación de que la nueva Constitución no ha respondido a lo que pedíamos en la calle. Todavía hay activistas del Rif que siguen en la cárcel por haber pedido que su región no sea marginalizada”, relata Aya con frustración. 

TERCER ACTO: Condenas

Agadir, 17 de octubre

Los juzgados marroquíes empiezan a dictar las primeras sentencias para los detenidos en los disturbios o protestas. Dos personas son condenadas a 15 años de cárcel. El mismo tribunal de la ciudad de Agadir condena a otro grupo de nueve personas a 10 años de prisión. Los acusan de una larga lista de delitos que incluye “incendio intencionado, atentado contra la autoridad o actos de vandalismo”. Desde este momento, los juicios se celebran sin pausa y el reguero de condenas, muchas a cárcel, sigue brotando.

Unas 2.480 personas relacionadas con las protestas están siendo procesadas por la Fiscalía; 959 están en libertad condicional y 1.473 en detención preventiva, según datos consultados por la agencia Efe. La Asociación Marroquí por los Derechos Humanos ha explicado que unas 240 personas ya han sido condenadas, una treintena de ellas a penas de entre 10 y 15 años de cárcel. Entre los procesados hay 330 menores de edad.

“Gran parte de las personas detenidas no han hecho nada, solo pasaban por delante la manifestación o estaban mirando. También hay menores que están en la cárcel y que han tenido que dejar los estudios”, relata Hakim Sikouk, presidente de sección de Rabat de esta organización, la más importante en Marruecos de defensa de los derechos humanos. También explica que muchos de los arrestos se basaron en el aspecto físico o la manera de vestir, sin que necesariamente participaran en las marchas, algo que también han criticado los abogados que defienden a los jóvenes.

“Las detenciones durante las protestas de la generación Z han sido las más numerosas en la historia contemporánea del país. Hubo más de 4.000 arrestados, según hemos podido contabilizar. Solo porque las autoridades querían atemorizar a los jóvenes para que no salgan más. No querían repetir el escenario del 20 de Febrero, cuando dejaron a la gente manifestarse y su estrategia se basaba en esperar a que el movimiento se apagara solo y en provocar divisiones dentro de los manifestantes o entre los partidos. El problema es que no hay nada de eso en la generación Z: no hay formaciones políticas ni organizaciones. Las autoridades se preguntaron: ‘¿Cómo lo vamos a hacer?’. Y se dijeron: ‘Vale, vamos a golpear fuerte y ya veremos’. El resultado es el que tenemos actualmente, más de 2.000 personas en la cárcel”, relata el activista.

Rabat, sábado 18 de octubre

“No te voy a esconder que hoy tenía miedo de venir”. Younes, de 34 años, se halla frente al Parlamento, en una nueva jornada de protestas. Tampoco usamos su nombre real para esta crónica: el miedo hace que muchos hablen desde el anonimato. “A pesar de ello, es un deber nacional estar aquí y levantar la voz. He salido muchas veces a protestar, lo hago por amor a mi país. Tenemos que construir el Marruecos de mañana”. Cuenta que uno de sus amigos ha sido condenado a cinco años de prisión. “Es escandaloso encarcelar a un joven que solo pide más inversiones y una mejor educación y sanidad”, lamenta.

Hay medio centenar de personas, como mucho. Tras casi un mes, las protestas han ido perdiendo fuerza. El miedo a las detenciones y las condenas se ha instalado en todo el mundo. También hay cansancio y frustración. 

Este 18 de octubre hay menos policías de lo habitual y no van uniformados como antidisturbios. Muchos matan el tiempo dentro de sus furgonetas. Entre los manifestantes hay decenas de ellos vestidos de paisanos, tomando algunas imágenes o vídeos, pendientes de quién habla con la prensa. El grupo de jóvenes continúa con sus consignas, a las que han añadido una nueva: “Libertad para todos los detenidos”. Uno de los manifestantes lleva una bandera negra con el logo pirata de One Piece. Otros levantan cartulinas con consignas. Tras la puesta de sol, empieza a refrescar en Rabat.

Es una de las últimas protestas antes de que la generación Z anuncie, por Discord, una pausa para reorganizar el movimiento y preparar nuevas movilizaciones; también para concentrarse en reclamar la liberación de las personas encarceladas. En su canal continúan hablando, convocando asambleas y debatiendo, pero nadie sabe qué pasará después de este otoño que quiso ser primavera. 

Youssef cree que las protestas volverán en algún momento, pero “en silencio”, sin la atención de los medios.

“No vamos a desaparecer, todavía tengo esperanza. Quizá menos de la que tenía antes de salir a la calle y que me detuvieran, pero no tengo miedo a volver a hacerlo”.

Hazte socio/a y consigue los números anteriores a mitad de precio.

Otra forma de ver el mundo es posible. Si te haces ahora socio/a, tendrás acceso ilimitado a la web, y recibirás cada año nuestra revista en papel con más de 250 páginas y un libro de la colección Voces.

Suscríbete ahora
Ir al principio