El exilio respetado

La Unión Europea abre sus puertas a millones de personas que huyen de la invasión rusa en Ucrania

El exilio respetado
Tania, de 22 años, en el tren que va a Úzhgorod, cerca de las fronteras de Ucrania con Eslovaquia y Hungría. Santi Palacios

*Con la colaboración de Oleh Ohorodnyk, Iryna Feketa y Aleksandra Szarapanowska.

El tren atraviesa con mansedumbre los Cárpatos, espolvoreado por copos de nieve que caen sin urgencia pero con determinación, señal indiscutible de que aquí las nevadas son permanentes. En las literas y los pasillos del último vagón se agolpan decenas de personas que huyen de la invasión rusa. Aunque aún no han salido de Ucrania, ya se sienten a salvo mientras miran por las ventanillas el tendido eléctrico y las casas grises y verdes con tejados cubiertos de nieve. Es una mañana melancólica y premonitoria, de sueños entrelazados: el recuerdo reciente de la guerra, la ansiedad por el próximo destino.

—Desde que empezó la guerra hemos sufrido mucho estrés. Vivía en un piso en Kiev. Había combates y explosiones alrededor. Las ventanas temblaban.

Natalia Shalenko va sentada en la estrecha cabina de uno de los operarios del tren. Hay vasos de cartón para el té, garrafas, mantas. Su hijo, de siete años, va durmiendo en una litera en el mismo vagón.

—El metro estaba lleno de gente que se refugiaba allí, no había sitio ni para sentarse. Gente con niños llorando. Fui tres veces con mi hijo y me di cuenta de que no podíamos quedarnos allí, así que dormimos en nuestro piso pero pegados a la puerta, en el suelo.

Tiene alma de organizadora: busca sitio donde no lo hay para las personas que están más cansadas. Muchas vienen a hablar con ella; hay quien piensa que trabaja en el tren.

—No quería irme de mi casa, de mi país. No quería que mi hijo dejara la escuela. ¿Quién quiere huir de casa e irse a otro sitio? Se quedaron atrás mi madre y mi hermano, que quizá tenga que ir a la guerra, porque es joven. Así que no sé si los veré de nuevo.

Ella sola se encarga de su hijo, cuyo padre, dice, está en Uganda, aunque no da más detalles. Cuando decidió que no podía seguir en Kiev, Natalia buscó la mejor manera de huir. El marido de su vecina las llevó a la estación de tren. Tardaron cinco horas en cruzar la ciudad, un tramo que normalmente toma media hora.

—El tren salió a las 8 de la tarde, tres horas después de que llegáramos. Todo el mundo estaba de pie. Por la noche, si tres personas se bajaban en una estación, veinte querían entrar. Había mucha gente gritando. El hombre que trabaja en este vagón y que me ha ofrecido sentarme aquí dejaba la puerta abierta para los niños siempre, pero en otros vagones no abren la puerta, ya lo has visto al entrar. Han dejado a gente en la calle.

Natalia Shalenko salió de Kiev en este tren que la lleva a la frontera de Ucrania con Eslovaquia y Hungría. Santi Palacios

Las decenas de personas con las que hablé para escribir este reportaje coinciden: no esperaban la guerra, y menos una guerra como esta. Lo demuestran en el tren las maletas apresuradas y algunas bolsas sin cierre, que no están preparadas para un viaje así. La mayoría se dirige a los lugares donde tiene familiares o amigos, y eso a menudo significa Polonia, el país que está acogiendo a más de la mitad de las personas que salen de Ucrania. Este tren salió de Kiev y una de sus principales paradas fue Leópolis (Lviv), la principal ciudad del oeste de Ucrania y puerta de entrada a Polonia, que queda a unos 80 kilómetros. Quienes no se bajaron allí y continuaron en los vagones tenían la idea de llegar a Úzhgorod, más al sur, una ciudad pegada a Eslovaquia y también cercana a la frontera húngara. Las opciones se multiplican, pero también el desconcierto.

—Creo que quiero ir por Eslovaquia, está cerca… Pero no tengo ni idea. ¿Cómo vas a hacer planes? El día antes de salir de Kiev le pedí información a una conocida que trabaja en el servicio de ferrocarriles, pero me dijo que nadie sabía nada de horarios. Corre y después ya veremos. En Leópolis no conozco a nadie, pero en Úzhgorod tengo un contacto. De todas formas, no conozco la zona a la que vamos, cómo cruzarla… parece más fácil, porque la frontera está cerca.

Natalia y su hijo viajan con su vecina y sus dos hijos. Pero ella se siente sola. No tiene familiares ni amigos en países europeos. Solo algunos conocidos a los que va contactando. Uno de ellos está en la provincia española de Cuenca. Le envía mensajes de texto, pero la conversación no va a ningún sitio.

—Estuve de vacaciones hace nueve o diez años y aprendí un poco de español. Me gusta España. La lengua es bonita…

Lo dice como pensando que podría vivir allí. O en cualquier otro sitio en el que encontrara algún apoyo. Lo que le preocupa no es su bienestar, sino el de su hijo, al que luego vemos correteando por ahí con su gorro del Chelsea.

—Él no se quería ir. Me decía que quería ir a la escuela, que quería a sus profesores…. Lloraba. El primer día de guerra compré pasteles para quitarnos el estrés, y tuvimos que comer lo mismo durante tres días. Hasta que le dije que nos teníamos que ir.

El traqueteo del tren. Los niños jugando en el vagón. Las cortinas cerradas de la gente que intenta dormir. Por el pasillo asoma con una sudadera roja y la mirada somnolienta Oleksandra Markovska. Natalia le había dejado su litera para que echara una cabezada. Sandra —me pide que la llame así— es de Zaporiyia, donde se halla la planta nuclear tomada por Rusia. Natalia se levanta para ir al lavabo y Sandra se sienta para hablar conmigo en la cabina.

—Trabajaba en el departamento de recursos humanos de una empresa. Hago cuadros, danza contemporánea… Soy cristiana. Tenemos una Iglesia protestante con gente de Ucrania, África, Ecuador, Chile, España incluso. La Iglesia ha intentado sacar a toda su gente de Zaporiyia, muchos habían ido allí a estudiar. Vivía en un piso de alquiler y [cuando empezó la guerra] traté de llevarme todas las cosas a casa de mis padres, pero qué llevo, no hay nada que llevar, solo la vida, que es lo más precioso.

Partieron hacia la región de Leópolis, en el oeste. Allí se detuvieron. Ahora sus padres y ella van al mismo destino, Úzhgorod, pero en trenes separados.

—Intentaremos cruzar la frontera con Rumanía, pero mi padre tiene 50 años, así que no puede salir porque los hombres de entre 18 y 60 no pueden pasar… Tiene problemas de salud, esperamos que consiga pasar.

Planes que se detienen, planes que avanzan, planes que se transforman. Luego Sandra me pedirá mi cuenta de Instagram, nos seguiremos y veré cómo finalmente cruza por Eslovaquia, pero sin su padre, al que obligaron a quedarse.

Sandra ríe con muchas de las respuestas, aunque el trasfondo no invite a ello. Pregunta por mi trabajo, por Barcelona, por el tiempo que hace allí. Y apunta el que parece su destino final. Aunque nunca se sabe.

—Tengo una sobrina que vive en Estados Unidos y que nos quiere llevar a Ohio para estar todas juntas. Pero primero tenemos que cruzar la frontera, y luego ya veremos.

Vuelvo al pasillo del final, a la cola del largo tren, el único sitio que hemos encontrado para sentarnos. Habíamos comprado billetes en otro vagón con más espacio, pero no nos dejaron entrar porque iba lleno, y entramos en este por las bravas y con la ayuda de Natalia. Dentro hay calefacción, aquí hace algo de frío. Nos acompaña una joven que va con un perro que ni siquiera es suyo pero que se ha decidido a salvar. Todos miramos el paisaje.

El viaje: nuevas amistades, nuevas conversaciones, nuevas inquietudes.

El tren con destino a Úzhgorod, en el suroeste de Ucrania, atravesando la cordillera de los Cárpatos. Santi Palacios

Cargan con el trauma imborrable de haber sufrido la guerra de Putin. Huyen en su coche familiar durante días por carreteras secundarias, en trenes atestados desde los frentes de batalla, en autobuses que los trasladan a las fronteras. Atrás quedan sus casas, sus estudios, sus familiares. Pero saben que al final del camino no hay un muro, sino un abrazo. Que no van a tener problemas —al contrario que tantos millones de personas a las que llamamos refugiadas pese a que no tengan refugio, que huyeron de Afganistán o de Siria— para cruzar la frontera. Por eso muchas personas que entrevisto me dicen: “No somos refugiados”.

Es una negación justa, porque el campo semántico de la palabra “refugiado” en el siglo XXI no es el del asilo —convertido en un privilegio—, la acogida —sustituida por las devoluciones en caliente— o la solidaridad —derrotada por la xenofobia—. El “refugiado” que nombramos en los medios de comunicación no lo es en realidad, porque en la mayoría de los casos no tiene protección internacional. La característica esencial de esa figura deshumanizada del “refugiado” es que choca contra los muros, sufre la instrumentalización de la extrema derecha para agitar el odio y muere en las fronteras después de haber salvado la vida en las guerras. Por eso hay gente que huye de Ucrania que no se reconoce en esa categoría.

El abuso de otra palabra, “histórico”, también la ha vaciado de significado. Pero este éxodo sí invita a dar un paso atrás para pensar su lugar en la historia europea. La Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) dice que esta es “la crisis [otra palabra cansada de su nombre] de refugiados que ha crecido más rápido en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial”. Es un éxodo transfronterizo sin precedentes. Y no hablamos de una frontera. Este movimiento de población va mucho más allá de las vecinas Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía o Moldavia. En Afganistán o Siria huyeron millones que se quedaron dentro de las fronteras de sus país, y millones más que sabían que difícilmente saldrían de campos de refugiados en Pakistán o Turquía. A este éxodo se ha reaccionado con lógica: millones huyen de la guerra y por eso era una obligación abrir las fronteras. No se habla de avalanchas o invasiones, como sí se hizo con otros movimientos de población. En todo 2015, el año de la mal llamada crisis de los refugiados, un millón de personas llegó a Europa, en este caso de forma irregular y jugándose la vida. La mayoría eran de Siria y Afganistán —guerra, esta última, en la que los países de la OTAN tienen una responsabilidad máxima. La extrema derecha, que recogió los frutos electorales en los años sucesivos, hizo sonar la alarma social y la capitalizó. En el caso de Ucrania, dos millones de personas han salido del país en menos de dos semanas, pero no hay grandes campos de refugiados, porque los países vecinos han dado un espectáculo de solidaridad. Los familiares, amigos y conocidos que ya vivían en el extranjero han contribuido a ello. También la proximidad geográfica y cultural. Pero el factor decisivo para que todo el engranaje haya funcionado a la perfección es que la población ucraniana es considerada parte de la Europa blanca. Y huye de la guerra de Putin.

Cientos de personas cruzan las vías de la estación de Leópolis tras bajar de un tren procedente de Kiev. Santi Palacios

Medyka: frontera entre Polonia y Ucrania

Cielo plomizo. Todo está bañado de un blanco oscuro. El paisaje es desolador: los campos exhiben sus tripas al aire, a la espera de ser sembrados, con esa tierra blanda y surcada que anhela la lluvia y la luz. De la aduana para los vehículos en el lado polaco va saliendo gente caminando. Hay un supermercado, neumáticos tirados, taxis, autobuses, mucha prensa. En los rostros de la gente que sale de la Ucrania invadida por Rusia adivino más resignación que dolor. Alguna vez, también, euforia: vemos varias escenas de reunión familiar. Esta es una: él lleva una gorra al revés de Nueva York, ella le salta encima con una chaqueta, lloran, se dan besos y luego se besan de verdad, largamente, casi queriendo hacer el amor. Encima de ellos hay una señal de tráfico que marca una velocidad máxima de 5 kilómetros por hora. Y un letrero que dice: Tax Free.

Al lado del supermercado hay un aparcamiento reconvertido en zona de espera para los familiares. Enfundada en una chaqueta negra de plumas y un gorro de colores, Evgenia Iavdoshchuk espera impaciente a su hijo, aunque lo que le gustaría de verdad es recibir a los dos que tiene. El de 19 años está en Kiev y no puede salir de Ucrania, porque el Gobierno está movilizando a todos los varones y no permite que salgan del país si tienen entre 18 y 60 años. El de 17 años está en camino. Su marido se ha alistado en el Ejército.

—La cola de coches es más larga que la de a pie, así que el conductor acercó a mi hijo lo más que pudo y ahora tiene que caminar 30 kilómetros. Salió esta mañana a las 4.

Emociona ver a alguien que espera a su familiar en la frontera. Para la persona que deja la violencia atrás, debe de ser reconfortante. No es una escena demasiado común en las fronteras, pero aquí se ve constantemente, porque en Polonia ya vivían dos millones de ucranianos antes de la guerra. Evgenia es una de ellas: trabaja en una fábrica de las afueras de Varsovia desde hace ocho años.

—Estoy preocupada. Mi hijo cumple los 18 años en agosto, espero que no lo paren. Estoy en contacto con él. Lo tengo geolocalizado. Mira.

Me enseña el móvil y veo una ubicación aún lejana a la frontera. Son muchas las muestras de solidaridad durante estos días, tanto en Ucrania como en los países vecinos, pero Evgenia ha tenido que pagar 300 dólares a un hombre para que lleve a su hijo lo más cerca posible de la frontera.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a tu hijo? —le pregunto.

—Hace dos años, cuando fui de visita a Ucrania.

No lo presenciamos porque la espera se alarga, pero luego supimos que su hijo llegó y que se fueron juntos a Varsovia. 

Cerca de allí, otro cruce. Hay un puesto en el que se reparte ropa para la gente que va llegando. Un hombre le da un peluche a una niña. En una esquina hay cochecitos de bebé para quien los necesite. Puestos de perritos calientes. Si se sigue el camino que lleva a las aduanas, hay hogueras, botellas de agua, platos de comida, carteles, voluntarias con petos, gente que busca a sus familiares, de repente un chico en monopatín, una alambrada en la que la gente se apoya con las manos, como en las películas, para ver si sus seres queridos llegan de una vez. Y un poco más adelante ya está el puesto fronterizo.

Una pareja se abraza. Él posa la cabeza sobre su hombro como si fuera un niño. Durante varios días veremos cómo hombres fornidos y no tan fornidos entran en Ucrania. Es la imagen que define lo que será el éxodo y lo que será la guerra: mujeres y niños saliendo de Ucrania, aliviadas, de camino a los autobuses que las saquen de allí; hombres con mochilas militares, erguidos, decididos, yendo hacia la discreta cola que marca la entrada a Ucrania. 

Una pareja se despide en el paso fronterizo de Medyka, que conecta Polonia con Ucrania, momentos antes de que él acceda a territorio ucraniano. Santi Palacios

Camina decidido, casi eufórico. Lleva tres maletas: una de ruedas y dos al hombro. Un gorro azul oscuro. Paso rápido. Se detiene un segundo para hablar, pero en su cara se ve que no tiene tiempo que perder: no es que no quiera compartir lo que siente, sino que parece impaciente por llegar a su destino.

—Desde 2016 estoy en Polonia trabajando, y ahora vuelvo para ayudar al Ejército. Lo he decidido yo de forma voluntaria —dice con media sonrisa y cara casi divertida.

—¿Cómo te sientes? ¿No tienes miedo?

—Me siento bien. Estoy preparado para luchar.

Ya lo veo, ya.

—Voy a luchar por mi propio país, por mi propia tierra. Todos los ucranianos están luchando por su país, pero al enemigo, a los rusos, les dijeron que fueran a Ucrania, así que no tienen motivación, solo reciben órdenes. Perderán, y Ucrania ganará.

No todos vuelven para hacer la guerra. Al menos desde el frente de batalla. Aparecen tres ucranianas joviales con vestidos y maletas coloridas.

—Nos quedamos atrapadas en Varsovia, teníamos que haber vuelto antes a Ucrania, estábamos en un viaje de negocios, los voluntarios nos han ayudado a ir a Cracovia [Polonia] y ahora vamos a Leópolis y Ternópil. Volvemos con nuestras familias, tenemos hijos pequeños y estaremos con ellos y nos presentaremos como voluntarias para ayudar con la logística de la guerra —y antes de que les pueda preguntar los nombres, mientras la intérprete acaba de traducir sus palabras, marchan hacia la frontera, nos vamos, ¡adiós!

Cae el sol blanco, se esfuma la luz mínima que resistía, hay más hogueras y sopas, un autobús rojo con luces parpadeantes azules que se lleva a los recién llegados tierra adentro. Hay más gente y más frío, hay carteles y más carteles de voluntarios, no hay desazón, solo una sensación general de alivio y cansancio.

Úzhgorod: frontera entre Ucrania y Eslovaquia

Casco antiguo de la ciudad de Úzhgorod, en Transcarpatia. Santi Palacios

Formó parte del Imperio austrohúngaro, formó parte de Checoslovaquia. Úzhgorod, cruce de culturas, ciudad de fronteras, es la capital de la región ucraniana de Transcarpatia, escondida tras los Cárpatos y que no ha sido por el momento bombardeada. Dividida por el río Uzh, esta elegante ciudad plagada de edificios religiosos se halla pegada a la frontera actual con Eslovaquia. Una frontera normalmente tranquila que durante las últimas semanas se ha transformado.

Hay una larga fila de coches y otra de una muchedumbre con maletas, chaquetas oscuras y gorros que ante el atasco en la frontera se va haciendo cada vez mayor. Nadie grita ni se queja, no hay prisa. Todo está ordenado. Hay unas carpas blancas y violetas para asistir a los que pasan por aquí. Carteles que dicen: si necesitas alojamiento en Eslovaquia, si necesitas un viaje a Bratislava, llama a este número, solo mujeres y niños. Cubos de basura. Niños jugando en un descampado aledaño tirándose piedras y pegándose con palos. 

—Decidimos venir al oeste de Ucrania el segundo día de guerra porque teníamos mucho miedo y en Úzhgorod la situación es más tranquila que en Yitomir.

Yana, de 18 años, está en segundo año de Arquitectura y es de Yitomir, cerca de Kiev. Tímida, gafas grandes, alta. Salió junto a su madre y sus tías en coche hacia Rivne y después hasta Úzhgorod. Un largo viaje de centenares de kilómetros.

—¿Por qué por aquí y no por Polonia, que os quedaba más cerca?

—Porque Eslovaquia está pegada a Úzhgorod y parece más seguro. Nuestra familia tiene algunos amigos allí, así que si algo va mal los llamaremos.

—¿Y sabéis adónde queréis ir?

—No sabemos qué hacer —dice Yana, y en su respuesta resuena la voz de millones que no esperaban esta guerra—. Quizá iremos a otro país. Lo decidiremos cuando lleguemos.

Son familias partidas. Que han perdido sus vidas, que se han quedado sin sus propiedades, que en algunos casos han visto cómo su barrio quedaba destruido. La desorientación las persigue, pero también se les abre un abanico de posibilidades, algo insólito para personas que huyen de la guerra en otras latitudes. 

Mapa: Boira Studio

Viktoria, de 28 años, ojos negros que perforan, lleva una perrita tiritando dentro de su chaqueta. Ha huido junto a su madre, su hermana y su sobrina de uno de los peores frentes de esta guerra: Járkov. Su novio y su padre se quedaron allí.

—Nuestra ciudad está siendo bombardeada, la gente está siendo asesinada por las tropas rusas. Cuando estábamos en la estación esperando el tren oíamos el sonido de explosiones, disparos, aviones sobrevolando. Bombardeaban la ciudad de forma constante. En casa de mi hermana ya no hay ventanas. Teníamos miedo. Cuando había explosiones, la gente entraba en pánico y se escondía bajo tierra.

La fila avanza y ayudamos al grupo a cargar con las maletas. Una de las bolsas está abierta: cualquier movimiento en falso podría hacer que cayera lo que hay en su interior. Es obvio que no les dio tiempo a prepararse.

—No hemos comido, no hemos dormido… Nos metimos en el tren de Járkov y nos tomó 33 horas llegar aquí. El tren estaba lleno, la gente se sentaba en las maletas, íbamos como en una lata de sardinas.

—¿Vais a Eslovaquia?

—Queremos ir a República Checa.

—¿Tenéis amigos allí?

—Sí.

Chop: frontera entre Ucrania y Hungría

Gasolinera azul. Un quitamiedos que divide la carretera. A un lado, autobuses rojos, azules y blancos. Al otro, coches que hacen la cola para salir de Ucrania y entrar en Hungría. No hay más de 50, pero el proceso es lento. Hay un puesto de la Cruz Roja en el arcén, al lado de una cafetería con el techo azul, coronada por un cielo apagado. Se respira una profunda tristeza. Hay poco movimiento, al margen de las voluntarias con la chaqueta roja que revolotean por el lugar.

Caminamos entre los autobuses varados en la frontera. La gente baja y sube maletas, se mueve, huye del frío, espera. Vira lleva una chaqueta negra y me habla en italiano, porque vive y trabaja en Perugia, pero ha tenido que volver a Ucrania.

—Mi hija estaba en Ucrania cuando comenzó la guerra. En Ivano-Frankivsk [suroeste del país]. Tuve mucho miedo porque bombardearon los aeropuertos y los puntos estratégicos. Y también empezó a haber gente que saqueaba las casas. He ido a recogerla porque tiene cuatro sobrinos y sola no podía salir.

En el grupo van su madre, su hija y los cuatro sobrinos, de 3 meses, 3, 5 y 9 años. Aquí no hay duda sobre el destino: van subidas en un autobús que las llevará directamente desde aquí hasta Italia.

Vira rompe a llorar.

—Ayudadnos, ayudadnos a acabar con esta guerra. Estoy muy triste… Antes todo era bello, ahora todo es triste, todo el mundo llora, también los niños tienen miedo. Ayudadnos. Los que vamos a pie tenemos miedo, los aviones nos tiran bombas a la cabeza, y no tienen piedad, no la tienen, créeme, con nadie. Nunca hemos sido libres… Hace treinta años que tenemos esta libertad, nuestra gente ha comenzado a hacer alguna cosa, pero ahora tengo miedo de que ellos vengan y lo hagan todo, de que no se pueda hablar, de que no se pueda decidir nada.

Paso fronterizo de Chop, que conecta Ucrania con Hungría. Santi Palacios

UE: fronteras abiertas, doble rasero

“No somos refugiados”, me dice Galina. “Tenemos pasaporte”. Desde 2017, los ucranianos pueden viajar sin visado por la UE durante 90 días, y por lo tanto no necesitarían en este contexto solicitar el asilo en el primer país al que llegan. Este fue uno de los principales problemas durante la mal llamada crisis de los refugiados de 2015, cuando Grecia e Italia asumieron la mayoría de las llegadas y se generaron agravios porque los solicitantes de asilo debían, según el reglamento de Dublín, pedirlo en el país de llegada. La famosa propuesta de las “cuotas” para repartir a las personas refugiadas por el continente, como bien se sabe, fue un estrepitoso fracaso. 

Pero la UE ha ido más allá en esta crisis y ha activado por primera vez una norma disponible desde 2001 que da protección automática a todas las personas de Ucrania que huyan de la guerra. Debido a la presión de Hungría y Polonia, las personas de otros orígenes que vivían en Ucrania en el momento de la intervención rusa quedan excluidas. Una excepción racista que mancha una decisión, esta vez sí, histórica. Porque, de la forma más insospechada, Europa está ante una oportunidad. Lleva años lastrada por su imagen de proyecto negativo: la incapacidad para tener una voz en el mundo, el brexit, el rechazo a las personas refugiadas de Siria, Afganistán o Irak, las violaciones de los derechos humanos en sus fronteras, las muertes en el Mediterráneo. Ahora, paradoja mediante, vemos cómo algunos de los países más duros con la inmigración, como Polonia, Hungría o República Checa, abren sus puertas a uno de los mayores éxodos de las últimas décadas. Eso sí: han hecho valer su peso para excluir a los no ucranianos de la protección automática. Y ya se han registrado, por ejemplo, ataques en Polonia contra ciudadanos indios huidos de Ucrania.

La bienvenida que han dado los países del Este y el resto de Europa a las mujeres y los niños de Ucrania ha sido real y calurosa. Ahora viene el lento proceso de acogida, durante el cual el hecho de que sea una población blanca y cercana desde el punto de vista cultural no garantiza el éxito, porque esto es Europa. Al decidir la invasión, Putin no podía ignorar sus consecuencias: entre ellas, el éxodo de millones de personas. Quizá calculó, una vez más, que podría hacer daño a Europa. Ahora la UE se halla ante la oportunidad de hacerse más fuerte no a través de la eliminación de aranceles, la moneda única o el sueño de una política exterior común, sino a través de aquello que despreció durante tanto tiempo: la acogida. 

Personas procedentes de Ucrania cruzan Hungría en un tren rumbo a Budapest. Santi Palacios

“Quiero irme de tu país. Déjame ir en paz”

—Tomamos la decisión rápida de salir, y en la frontera nos trataron jodidamente mal —dice Mahmud Hissam, estudiante egipcio, batiéndose en retirada—. ¿Que quién? Todo el mundo. La policía, los ucranianos… Hemos estado dos días esperando en la frontera, sin comida, hemos sufrido mucho. ¿Qué pasaba con la cola para salir de Ucrania? Que esperábamos y esperábamos, pero prefieren a los ucranianos. Tenemos el derecho de huir, pero nos dicen que tenemos que esperar. De acuerdo, esperamos y esperamos… Míranos, estamos en una situación de mierda, y ahora tenemos que volver a Leópolis. Es jodido. Estábamos tan cerca de Polonia… Y nos tratan como a animales. Son racistas con los indios y los africanos. Quiero irme de tu país, ¿cuál es tu problema? Déjame ir en paz.

El cabreo de Mahmud y sus compañeros es monumental. Me los encuentro en el oeste de Ucrania, a unos kilómetros de la frontera con Polonia, en una acera donde un cura polaco ha instalado un puesto de infusiones y bocadillos para la gente que pasa por ahí y necesita ayuda. Mahmud estudia en Leópolis, a más de 70 kilómetros de aquí. Los alumnos se desplazaron desde la gran ciudad a la frontera para intentar salir, pero tras pasar dos días a la intemperie, desistieron y ahora vuelven derrotados a Leópolis.

La frontera está en teoría abierta para todo el mundo, pero personas de origen africano que vivían en Ucrania han denunciado que no les han dejado pasar. Eran miles las personas —de Marruecos, de Pakistán, de la India, de Egipto…— que cruzaban la frontera con Polonia, sobre todo durante los primeros días. La mayoría eran estudiantes. La discriminación que menciona Mahmud se refiere a una escena que se veía en esta y el resto de fronteras: había una cola rápida para mujeres y niños de Ucrania, y otra fila más larga en la que se amontonaban jóvenes varones de diferentes orígenes.

Jóvenes de diferentes nacionalidades que residían en Ucrania esperan para tomar un autobús después de entrar en territorio polaco a través del paso fronterizo de Medyka. Santi Palacios

No todos se lo toman de la misma manera. A las puertas de la estación de trenes de Leópolis, un par de días más tarde, veo a un pakistaní con un letrero de la embajada esperando a estudiantes de su país para evacuarlos. Me acerco y hablo con uno de los alumnos que ya ha llegado, Sherry Ashif, que estudiaba en la Universidad Nacional de Járkov.

—Eran las cinco de la mañana, nos teníamos que levantar para rezar, y de repente oímos explosiones, boom, así que nos dimos cuenta de que la guerra había empezado. No nos fuimos hasta que la situación ya era muy seria. Todo el mundo intentaba huir lo antes posible. Yo salí ayer por la mañana. Hicimos 18 horas de viaje y llegamos a Leópolis hace cuatro horas. Estoy contento por todos los esfuerzos que ha hecho la embajada para evacuarnos a todos.

—¿Habéis sufrido racismo? —le pregunto.

—Están dejando a las mujeres y los niños cruzar antes. Los hombres tienen que quedarse atrás, es el protocolo. Pero si empiezas a empujar a la gente, van a reaccionar contra ti. Te dejan pasar, pero tienes que dejar pasar primero a los niños, a las mujeres y a los ancianos. Si olvidamos esto en un momento de necesidad, no somos mejores que la gente que empezó esta guerra.

¿Cómo ha sido la reacción popular con los no ucranianos? En la estación de trenes de Przemyśl, cerca de la frontera polaca con Ucrania, no era raro ver a personas de África y del Sur de Asia que buscaban alojamiento y que no parecían tener el mismo apoyo que las familias ucranianas. Pero dentro de Ucrania, en la misma Leópolis, hay ejemplos de estudiantes extranjeros que recibieron ayuda.

Magsud Hasanov, de 22 años, y Sanan Zeynalov, de 18, son de Azerbaiyán. Magsud luce una sudadera verde, una bandolera, gafas de pasta, el tatuaje de un lobo en el dorso de la mano. Sanan lleva una sudadera negra, pendiente, barba lampiña. Estudian Fabricación de Automóviles en el Instituto Politécnico de Járkov. O estudiaban. Los conozco en la sede desangelada de un instituto local de arquitectura y construcción que ahora ha suspendido sus operaciones. Por eso su director, Ivan Mamedkhanov, ha ofrecido el espacio a las autoridades para que se aloje aquí quien quiera antes de continuar con su viaje y salir de Ucrania.

—En el primer ataque nos refugiamos en el sótano del instituto —dice Magsud—. Eran las 4:50 de la mañana, estaba durmiendo cuando todo empezó. Mi ventana da a la frontera rusa. Hubo explosiones. Al principio no estaba muy asustado. Pero después del segundo o tercer día nos dimos cuenta de que esto no iba a parar. El quinto día se acabaron todos los bienes de consumo. Algunos países evacuaron a sus ciudadanos, por ejemplo Marruecos, pero otros no lo consiguieron, no tuvieron tiempo para darse cuenta de lo que pasaba.

—Era difícil conseguir un taxi que nos llevara a la estación —completa Sanan—. Cuando lo conseguimos, estuvimos doce horas viajando.

—Había mucha gente en el tren, no había espacio. Íbamos sentados en el suelo, en los pasillos.

—¿Habéis tenido problemas por no ser ucranianos? —les pregunto.

—No, no —responden al unísono: no conocían a Ivan, pero un amigo los puso en contacto y este les echó una mano con el alojamiento y ahora la logística para salir del país.

—¿Y vuestros compañeros de la universidad?

—Fueron los primeros en pirarse —dice Magsud, y todo el mundo en la sala se parte de risa.

Filas interminables de vehículos en dirección a la frontera con Polonia. Santi Palacios

Es más fácil ignorar los problemas, incluso la discriminación, cuando la guerra ya queda lejos. Se quiere pasar página. En Przemyśl (Polonia), hablo frente a una tienda de móviles con un grupo de cameruneses que niega haber sufrido racismo, que dice no haber tenido ningún problema para salir. También charlo con estudiantes marroquíes de Medicina que acaban de huir de Dnipró, en el tercio oriental de Ucrania. Uno de ellos, Fahd, dice que la policía no los ha tratado bien. Otro, Bagr, matiza sus comentarios.

—Nos quedaban dos meses para nuestro examen final y graduarnos. Pero entonces empezó la guerra y… —dice Bagr.

—El problema es que nuestra universidad no nos dijo nada —dice Fahd—. “Todo está bien, ¡no os preocupéis!”, nos decían. “Pero si os vais a casa, os echamos”.

—En nuestra situación, si nos íbamos sin permiso antes de la guerra, aunque la situación fuera cada vez más tensa, nos habrían expulsado de la carrera —completa Bagr.

—¿En la frontera tuvisteis problemas para salir? —les pregunto.

—¡Muchos problemas! —dice Fahd.

—Se nos estaban helando los pies, estaba nevando, estuvimos nueve horas esperando.

—¿Os echaba atrás la policía? —insisto.

—La policía fue muy mala con nosotros.

—Íbamos en grupo, pero el problema era la falta de orden, los guardas estaban al principio y no había nadie detrás, y todo el mundo nos empujaba, la gente se colaba…

—¿La policía os trató mal por no ser blancos?

—Sinceramente, no nos dieron ningún trato preferente, pero sí correcto. No diría que fue muy malo. Estándar.

Dicen que ahora se irán a Marruecos.

—Buena suerte.

—Gracias. No nos gusta la guerra —dice Fahd.

—¡Llevábamos siete años aquí! Era nuestra segunda casa. Espero que todo se calme y que podamos volver y acabar nuestra carrera —dice Bagr, con ese deseo tan inocente y universal de que la violencia cese lo antes posible. 

A Ike lo conocí en el andén mientras esperábamos el tren que atravesaba los Cárpatos hasta llegar a Úzhgorod. Es de Nigeria. Está casado con una ucraniana y vive en Kiev desde hace ocho años. O vivía. Su mujer se quedó allí, pero él dijo basta. No quiere saber nada de esta guerra. Insiste en que no ha tenido “ningún problema de racismo” durante la huida. No sabe si se va a quedar en un país vecino o más lejos.

Tres días después me envía un mensaje: está en Austria.

Miles de personas acuden a la estación central de Leópolis, en el oeste de Ucrania, para intentar abandonar el país en tren. Santi Palacios

Solidaridad eficiente

Una “crisis de refugiados” se usa casi como sinónimo de una “crisis humanitaria”. Se entiende que una no puede existir sin la otra. Acnur y las grandes oenegés se despliegan en campamentos con problemas para conseguir agua y alimentos. En África, en Oriente Medio, en Asia. Se intenta sostener a millones que lo han perdido todo. Aquí no pasa nada de eso: no hay grandes campos de refugiados, tampoco necesidades humanitarias extremas, y prueba de ello es la discreta presencia de Acnur o de las organizaciones humanitarias internacionales. Donde no han llegado las autoridades ha llegado la gente: las pequeñas entidades y los colectivos de voluntarias —uso el femenino porque la mayoría son mujeres— se han volcado en suministrar agua, comida, alojamiento e incluso transporte privado; las autoridades de Ucrania y de los países vecinos han ofrecido pasajes gratuitos en tren o autobús. Dentro de Ucrania, cerca de los frentes de batalla, hay y habrá crisis humanitaria: falta de suministros, miles atrapados, destrucción de las infraestructuras. Pero no sería preciso hablar de una crisis humanitaria en las fronteras. Lo que ha pasado desde el día que Putin ordenó la invasión de Ucrania es la demostración palpable de que la bienvenida a millones que huyen de la guerra depende de la voluntad política y popular. Más allá, por supuesto, del complejo proceso de acogida a medio y largo plazo, que tendrá como escenario no los países vecinos sino toda Europa, y en menor medida Rusia —que hasta ahora ha recibido a más de 100.000 personas, según Acnur—, la gran ausente en los debates sobre asilo, un tema que ha instrumentalizado siempre con cinismo para debilitar a Occidente.

A 8 de marzo, 2,15 millones de personas habían huido de Ucrania, según Acnur. Polonia acoge a 1,3 millones, seguida de lejos por Hungría (más de 200.000), Eslovaquia y Rusia. Mapa: Boira Studio

Nunca me había encontrado con tanta solidaridad a las puertas de una guerra.

En la frontera entre Ucrania y Hungría, Gizella Nagy, voluntaria de Cruz Roja, nos recibe ante una tienda de campaña y nos invita a pasar para que no pasemos frío. Hay camas, mantas de colores, una silla, cajas.

—Hace unos días llegaban a diario 40 autobuses llenos de gente para cruzar la frontera, ayer había 18 y hoy son 10, así que la cosa va bajando. La Cruz Roja ofrece apoyo psicológico. Es nuestro objetivo principal. Damos apoyo médico también, vemos si hay alguna persona con alguna enfermedad o que se siente mal. Les ayudamos a coger un tren o lo que haga falta para cruzar. También ofrecemos té y comida. Pero lo más importante es el apoyo psicológico. La gente está muy estresada, llora, incluso tiene enfermedades físicas provocadas por su estado mental. Vienen aquí y las abrazamos para darles calor humano.

Le digo que en varias fronteras he visto que las necesidades parecen cubiertas. Que todo eso ha sido posible gracias a una inmensa solidaridad.

—La región de Transcarpatia es multicultural y la gente aquí siempre ha sido solidaria. Yo y otras compañeras estamos en Cruz Roja, pero conozco a mucha gente que es voluntaria [de forma independiente]. Se organizan autobuses, se cocinan crepes para la gente que sale, se procura que no falte agua… Yo me levanto por la mañana temprano para preparar 30 litros de té caliente. Trabajo cada día 12 horas, y otras voluntarias también. Da igual si las llamo por la mañana o por la noche, siempre hacen lo que les pido.

Un poco de pocos es poco. Un poco de muchos es mucho. Personas igual de voluntariosas, no afiliadas a ninguna organización, cubren las necesidades de las recién llegadas en las fronteras con Hungría y Polonia. La ya mencionada proximidad cultural se adivina como esencial en esta energía solidaria —en la frontera entre Bielorrusia y Polonia no hubo el mismo derroche con personas de otros orígenes a finales del año pasado, cuando fueron usadas por el régimen de Lukashenko para chantajear a una UE presa de sus políticas migratorias—. Pero hay otro factor que dota de uniformidad y sentido a esta reacción compasiva: la claridad y el consenso sobre quién es el culpable. Vladimir Putin. Esta clave es, por motivos obvios, aún más visible en el oeste de Ucrania, donde todo el mundo se ha volcado en ayudar a los centenares de miles de personas que huyen de Kiev y sus aledaños, Járkov…

De nuevo en Transcarpatia, en la ciudad de Úzhgorod, visitamos un gimnasio reconvertido en refugio. El propietario ha desconectado las cintas de correr y ha apartado las máquinas de musculación para alojar a familias. Se llama Viper Gym, con sus grandes ventanales, sus mancuernas, sus pelotas de pilates y su bar con productos saludables que ya no se sirven. Al fondo hay una decena de colchones inflables. En la sala de boxeo, entre los sacos, hay camas de madera con pinta de ser bien duras. Nos sentamos con Alisa en un banquillo para hacer abdominales. Lleva un piercing en la nariz, zuecos de deporte, sudadera con capucha y chándal gris. 

—Soy de Kiev. Desafortunadamente mi exmarido sigue allí con mi hijo, no quería dármelo, tiene seis años. Se quedan allí porque él dice que adónde vamos a ir con su hijo. Me dice que si la situación empeora lo podremos traer. Mi novio y yo nos quedamos aquí de momento porque está prohibido que él cruce la frontera. Estamos pensando en alquilar un piso aquí o lo que sea… La gente nos ha ayudado en todo el camino con agua, comida, dándonos techo de forma gratuita, con lugares para asearnos y dormir… La gente es muy generosa.

También en el oeste del país, pero más al norte, en la gran ciudad de Leópolis, subimos con Oleksandra Smilianska las escaleras en penumbra del edificio donde vive. Ahora mismo está acogiendo a dos chicas en su piso, pero lo que nos quiere mostrar es el apartamento de al lado, que está en plena reforma. Gira la llave y vemos bombillas desnudas colgando, una mesa con manchas de café en el comedor, vasos de cartón, una tubería descubierta, taburetes de plástico, una caldera con ladrillo debajo, paredes crudas, la ausencia de un radiador arrancado, enchufes, una regleta marrón y cables en el suelo; en la sala de al lado hay una alfombra, colchonetas dobladas y maletas.

Recién llegados de Járkov, Slava Savvin y Viktoria Shumkova se instalan en el piso en el que han conseguido alojamiento temporal. Santi Palacios

—Empecé a acoger a personas en mi propio piso, en el suelo o donde fuera, pensé en cómo podía ayudar a más gente y di con la idea de hacer todo esto —dice Oleksandra, 27 años, pelirroja, seria, decidida, voluntariosa, todo carácter—. Sabía que mi vecina estaba reformando el piso pero que no estaba listo aún, y que había mucho espacio. La llamé. No había ni siquiera acabado de explicarle lo que quería cuando me dijo: vale, la llave está en tal sitio, ve y cógela. Lo entendió sin que tuviera que explicárselo.

Por aquí pasa mucha gente joven, porque ella estudió en Kiev y muchos contactos le llegan por ahí. Pero también hay mujeres con niños. Lo que haga falta, aunque Oleksandra aclara que este no es un sitio cómodo y algunas familias prefieren no quedarse aquí.

—Ofrezco techo, pero cuando la gente viene aquí y se familiariza con el sitio y se adapta, le pido que se ofrezca como voluntaria. Les doy información y ellos se autoorganizan. La red de voluntarios crece enormemente en todo el país. No conozco a casi nadie personalmente. 

Dice que se siente “furiosa” a causa de la invasión rusa. Se nota en su mirada.

—Cuatro horas después del inicio de la guerra, pensaba en irme. Recuerdo el momento de forma vívida: estaba preparando las maletas para meterlas en el coche, pero me di cuenta de que no podía, de que me tenía que quedar aquí para ayudar. Ahí fue cuando pensé en el piso, en qué podía hacer. Entiendo que la gente en el frente de batalla está haciendo un trabajo importante, pero si no hacemos algo aquí, no habrá nada que defender… Uno de mis amigos fue enviado al Ejército y varias de nosotras estamos mandando suministros a él y a sus compañeros.

Preguntamos a Slava y Viktoria, una joven pareja que se aloja en el piso en obras, cómo contactaron con Oleksandra.

 —Puse una story en Instagram diciendo que buscaba alojamiento y su hermano le dio mi contacto —dice Slava.

Los que se quedan y los que vuelven

No hay una clara separación entre lo civil y lo militar en Ucrania, y mucho menos ahora, en medio de una guerra. Las personas que se ofrecen como voluntarias para luchar no necesariamente acaban en el frente de batalla: pueden formar parte de las milicias que protegen su ciudad con barricadas, pueden asumir otras tareas de logística para apoyar el esfuerzo bélico. Y al contrario: el trabajo voluntario para asistir a las personas desplazadas por la violencia no se acaba ahí, sino que puede abarcar desde cocinar para soldados hasta fabricar cócteles molotov. En el oeste de Ucrania todo el mundo va a una: pueden adivinarse las divergencias ideológicas, pero el apoyo al Gobierno de Zelenski es inquebrantable. La resistencia no se divide en sus vertientes social, política y militar; la resistencia es una, y el enemigo es Putin. No hay dudas. Todo eso les da fuerza, pero también conlleva una militarización de la sociedad que por el momento no se está sometiendo a examen crítico, y cuyas consecuencias son imprevisibles a largo plazo.

Voluntarias tejen redes de camuflaje para el Ejército ucraniano en el centro de Úzhgorod, en Transcarpatia, Ucrania. Santi Palacios

La prohibición de que los varones de entre 18 y 60 años salgan del país es un buen ejemplo de algo que se acata pero que no gusta. Hemos conocido a hombres que querían salir. A hijas y esposas que pensaban en meterlos en un maletero para cruzar la frontera. A mayores de 60 años —exentos de la norma— que decían entenderla, pero sugerían que quizá debería ser algo más flexible. Las escenas más duras en las fronteras nacían invariablemente de esta imposición. Mujeres y niños con los ojos enrojecidos, porque sus maridos, sus padres o sus hermanos se quedaban literalmente atrás. El control en las fronteras es férreo. Vimos a hijos que intentaban explicar a la guardia fronteriza que tenían que pasar con su padre o madre por motivos médicos, y que eran de inmediato expulsados. Nadie se enfada. La procesión va por dentro. Lo asumen como el precio a pagar en esta guerra. O si piensan otra cosa, se lo guardan para sus adentros.

Estamos en la estación de trenes de Przemyśl, en Polonia, cerca de la frontera con Ucrania. En su ancha cafetería hay familias, niños y niñas gritando, murmullos, cansancio o energía, según adónde se dirijan la mirada y el oído. Hablamos con una familia sentada en una mesa alargada. Galina Sakalska, de Irpín, en las afueras de Kiev, uno de los puntos más castigados por la guerra, está con sus dos hijos. Lleva zapatillas rojas, pantalones grises, un jersey de cuello alto, un gorro azul oscuro: dice que lo lleva incluso bajo techo porque han viajado durante muchos días y no quiere mostrar el pelo sucio. Pendientes finos, que cuelgan de sus lóbulos como lágrimas. La niña, que lleva una sudadera amarilla, juega con una piruleta. El niño no suelta el móvil: su melena cae sobre la pantalla. 

—Teníamos las maletas preparadas —dice Galina—. Esperábamos que no vinieran, pero sabíamos que venían… Por la mañana mis suegros nos llamaron a las 6:30 y nos dijeron: esto es una guerra, así que coged las maletas y huid. Nos llevamos a nuestros niños, nuestro gato, nuestro equipaje… Salimos en nuestro coche, había atascos, pero mi marido tomó atajos por calles pequeñas, por el bosque… Había pánico y era difícil conseguir gasolina. Tuvimos suerte de haber llenado el depósito antes. Fuimos a Chernivtsí [suroeste] y alquilamos una casa en las montañas. Hablé con mi marido y le dije que quería sacar a nuestros hijos de Ucrania, porque sería más seguro. Fuimos a la frontera con Polonia y fue terrible, porque había una cola con muchos coches. Estuvimos esperando durante seis horas y entonces decidimos dejar el coche, coger el equipaje e ir a pie a la frontera. Treinta kilómetros. Con estos niños. Íbamos caminando hacia la frontera pero era muy pesado, y dijimos: vamos a mirar lo que llevamos, ¿de verdad necesitas esto? No. Y lo tirábamos. Mi marido es cineasta y le gusta filmar, y por eso llevábamos una cámara y no la pudimos tirar, pero sí la ropa. Fue muy duro porque caminamos durante cuatro o cinco horas, pero bonito porque cerca de la frontera la gente nos daba té, nos daba bocadillos, si quieres puedes dormir aquí… Mi marido quería venir con nosotros, pero no le dejaron. Es duro. No dejan que los hombres salgan de Ucrania. Yo tengo mi propia opinión: necesitamos por supuesto luchar, pero hay gente que puede luchar y otra que no, que puede hacer otras cosas, como ayudar…

Galina sigue explicando la huida, la caminata, la odisea, esa historia universal que se repite en tantos puntos del planeta afectados por el conflicto. Y entonces dice: “La suerte es que tenemos pasaportes. Por eso podemos ser simplemente personas, no refugiados”. 

Familias descansan en la estación de tren de Przemyśl, Polonia, a 14 kilómetros de la frontera con Ucrania, donde se ha establecido un punto de registro y asistencia para quienes huyen de la guerra. Santi Palacios

En la misma cafetería veo a una pareja sentada en otra mesa, pero cuando hablo con ellos descubro que no lo son. Elena Galuk y Viktor Kuzmenko trabajan en una empresa que comercializa cuero. Él lleva zapatos y viste prendas oscuras; ella lleva los labios pintados, un delicado pañuelo blanco al cuello y una chaqueta marrón a cuadros. Son de Mikolaiv, donde también hay combates. Estaban de viaje de negocios en Italia cuando la guerra estalló. Y ahora vuelven a Ucrania para reunirse con sus familias. No tienen intención de marcharse una vez lleguen allí. 

—Nos quedaremos. La mayoría de la gente se queda porque quiere luchar. Esta guerra es una locura y nuestra gente está convencida de que la guerra acabará y Ucrania ganará. Hay más voluntarios que quieren alistarse de los que el Ejército puede absorber —dice Elena.

—La situación es diferente a la de 2014 —interviene Viktor, en alusión a la intervención rusa en Crimea y el este de Ucrania después del Euromaidán—. No todo el mundo quería ir al Ejército. Ahora es todo lo contrario, muchos hombres quieren ir. No hay suficientes armas para tantos hombres. Ahora somos como cemento. Apoyo a nuestro presidente, nadie esperaba esto de él, que venía de ser un cómico. Es el mayor líder desde la independencia de este país. 

—¿Y si te piden que te alistes? —le pregunto.

—Estoy preparado. Por supuesto que estoy preparado —responde Viktor—. La nación es como una familia. Soy ucraniano y soy parte de esta familia. No puedo permitir que se olvide la memoria de la gente que muere por mi familia. Quizá no vaya corriendo por ahí con un rifle, pero haré lo que pueda para ayudar a mi país.

El fervor militar no se limita a los hombres. En la misma estación, en el pasillo que conecta la cafetería con el vestíbulo, hay una mujer de mirada limpia y cansada, con un abrigo marrón que no se quita, la mascarilla en la barbilla, el móvil en la mano, una mochila y una bolsa en el suelo sobre la cual apoya un plato de sopa. Lleva un vestido negro con bordes blancos. Nos sentamos a sus pies para hablar con ella. Se llama Svetlana Volkodov y tiene 53 años. 

—Todo el país está ardiendo, no solo las fronteras. Odio a los rusos, no van a parar, van a venir a Polonia, van a atacar todo el mundo —dice Svetlana, y llora—. Por parte de mi abuelo soy rusa, mi nombre de familia es Volkodov, también el de mi hija, pero odio a los rusos por todo lo que hacen, quieren destruir el mundo.

A su lado está sentada su hija. Está embarazada de cinco meses. Lleva una chaqueta mostaza, falda y medias, una bufanda azul y unos ojos más azules, los labios húmedos: guarda silencio, no sé si está aturdida o cansada, pero lo que compruebo enseguida, a tenor de las palabras de su madre, es que no tiene miedo. 

—Mi marido es profesor en un instituto y, por supuesto, se alistó en el Ejército. Todo el mundo lo hace —dice Svetlana—. Salí de Ucrania con mi hija para protegerla porque está embarazada, pero yo ahora volveré. Mi hija no quería irse, quería quedarse y luchar. Le recordé que estaba embarazada y que no podía usar armas así. En 2014 tenía 14 años y se me vistió de camuflaje, se pintó con los colores de la bandera y dijo que se iba al frente a luchar, pero le dije que no, ¡que tenía 14 años! Y ahora me dice: “Tienes suerte de que no sea un chico; si no, me habría ido a luchar”.

Su hija está al lado y lo oye todo con cara de frustración.

Un grupo de hombres se hace una foto en el paso de Medyka, que une Polonia y Ucrania, antes de entrar en territorio ucraniano para combatir al Ejército ruso. Santi Palacios

Militares en la reserva formando a civiles  

Es la antigua filmoteca de Leópolis. Lviv Film Center, se lee a la entrada. Carteles de películas, una sala de proyección nada más entrar. Bajamos a las tripas del centro, hay gimnasios, hay una sala con dianas a la que nos conduce Pavlo Gladysh, jefe de un grupo local de las llamadas fuerzas de defensa territoriales de Ucrania. Son grupos de militares en la reserva que dependen formalmente de las autoridades ucranianas, pero que actúan con autonomía bajo el paraguas de la “resistencia nacional” y se están organizando para formar militarmente a civiles. 

Pavlo, de 41 años, calvo, delgado, fuerte, lleva una sudadera de boxeo. 

—Trabajamos con el mando militar centralizado. Cooperamos con otros grupos de defensa territorial y con grupos militares. Ahora mismo estamos preparando a los civiles para la guerra y un posible ataque con armas. Yo participé en la guerra del este. 

En Leópolis empezaron con grupos de unas 200 personas, pero vieron que no era eficaz y los han reducido a 30. Le pregunto si aceptan a todo el mundo o si hay algunos criterios. 

—Preferimos a hombres, pero no rechazamos a mujeres si están dispuestas a proteger su país.

—¿Y qué porcentaje de mujeres hay?

—Hay muchas que quieren venir, pero no aceptamos más del 10%, porque pensamos que los hombres tienen que estar en primera línea.

—Si la guerra llega aquí, ¿qué papel desempeñaría toda esta gente que recibe formación para manejar armas?

—Se parecerá más bien a una guerra partisana, porque esta gente, aunque no tenga el uniforme militar, puede actuar y hacer su trabajo. En pequeños grupos pueden ser efectivos.

No usa lenguaje insidioso para hablar de Rusia. Tampoco hace una loa al Ejército. Le digo que, por lo que he visto, la moral de la gente que quiere unirse a la lucha está muy alta.

—La moral está alta, efectivamente, pero como tenemos experiencia militar la estamos intentando rebajar para que la gente se controle, porque hay muchas emociones que son como un fuego interior y esto puede causar pánico y acciones incontroladas que nos gustaría evitar —dice—. Es muy importante preparar a la gente que está aquí para lo que pueda pasar. No pueden operar solos, deben operar bajo el Ejército o las unidades territoriales, porque si no se coordinan quizá empeoren la situación.

Subimos a la sala de proyección, donde se está llevando a cabo el curso. Es el primer día para estas 30 personas que van subiendo al escenario y se encuentran con tres mesas llenas de kaláshnikovs. Los monitores les enseñan cómo funcionan. Un hombre con chaqueta naranja y pelo largo con cara de no haber matado ni una mosca maneja con torpeza el fusil. Un joven con una sudadera con capucha parece tener algo más de pericia. Otro con sudadera granate no se entera. Los hombres que se quedan en las butacas se mesan la barba, trastean el móvil, cruzan los brazos. Solo hay una mujer. 

Acaban este primer ejercicio y uno de los monitores da un largo discurso. Va todo de negro, con chaleco militar y casco, barba pelirroja. Mueve un kaláshnikov de un lado a otro, apunta, luego saca una granada y enseña cómo tirarla. Los alumnos ríen alguna broma, de forma contenida. Nadie se relaja. Todo el mundo pregunta. Son alumnos aplicados y nerviosos que admiran a su profesor. Están entrando en un nuevo mundo: el mundo de la guerra. En sus rostros veo dibujada la determinación. Y la fascinación por las armas.

Varios civiles reciben instrucción en el uso de armas de fuego en la antigua filmoteca de Leópolis. Santi Palacios

Entre el público está Alex Krasivskiy, de 30 años, que habla inglés con acento estadounidense, porque su padre vive allí. Me recuerda a Iker Casillas. Lleva un jersey azul y unos pantalones marrones. Nos sentamos en las butacas rojas de la sala, como si discutiéramos el último estreno cinematográfico. 

—Soy gerente de ventas en una empresa tecnológica. Trabajamos si es posible, pero ahora también intentamos ayudar al Ejército, al pueblo. Ahora mismo estoy acogiendo a dos personas que han llegado de Kiev. Yo quería unirme a las fuerzas de defensa territorial de la ciudad —que imparten precisamente esta formación—, pero no tengo formación ni experiencia militar, y me dijeron que la necesitaba. Vi el anuncio de que buscaban gente para estos cursos y me apunté. Preparan a la gente para el caso de que la situación empeore o de que el Gobierno regional empiece a repartir armas. Estoy emocionado, muy contento de estar aquí. 

Miro alrededor y no soy capaz de encasillar al grupo en un estereotipo sociológico, más allá de que son hombres.

—Aquí hay civiles de diferentes capas de la sociedad, pero estamos todos unidos bajo una idea: queremos defender nuestro país.

Antes de irme le pregunto si alguna vez ha cogido un arma. Me dice que alguna que otra arma sí, pero que un fusil nunca.

Durante el curso hay entre el público un niño junto al que parece ser su padre. 

Alex Krasivskiy se prueba casco y chaleco antibalas en la antigua filmoteca de Leópolis. Santi Palacios

La política

—Desde el principio de la guerra entendemos que este es un sitio muy importante, un nodo para la gente que huye de toda Ucrania. 

Maxim Kozytski es el gobernador de la región (óblast) de Leópolis. Nos recibe en la sede del Gobierno regional. Estamos en su amplio despacho, sin demasiada decoración. Sentados en la mesa de reuniones, me mira directamente a los ojos y abre las manos. No hace aspavientos. Calcula. 

—Desde el principio —la entrevista es del 3 de marzo—, 250.000 personas han atravesado la región de Leópolis hacia la Unión Europea. A la vez, 30.000 personas que pueden servir en las Fuerzas Armadas han vuelto. En los últimos seis días, 12.000 personas han sido aceptadas por el Ejército. 

—¿Y cómo se están preparando para resistir al avance ruso si sus tropas llegan aquí?

—El 1 de enero se instauraron las defensas territoriales a través de una ley. Ahora hay siete divisiones en la región. Su misión es protegerla. Hay otras divisiones militares que tienen otras misiones, por ejemplo manejo de sistemas antiaéreos, artillería y otras unidades. 

Maxim Kozytski es el gobernador de la región (óblast) de Leópolis. Santi Palacios

—¿Intentará el Ejército ruso atacar aquí?

—Ahora la cuestión principal es si Bielorrusia —en la frontera norte— ataca. Rusia está concentrada en Járkov y Kiev sobre todo, y en el Donbás. Sus fuerzas principales están allí. Esta región fue atacada por aire el primer día de la guerra, y también hubo intentos de atacar bases militares. 

—¿Y habrá un ataque desde el lado bielorruso?

—Nuestra misión es estar preparados para repeler posibles ataques, no importa de qué lado vengan. 

—¿Cómo está la moral del pueblo y de las autoridades? En la calle se respira confianza en la victoria, pero no sé si hay la misma sensación en el Gobierno, en los escalafones militares…

—No soy un militar profesional, tengo una división que trabaja bajo mi guía, ellos son militares profesionales y su misión es hacer el trabajo militar. Sobre la nación, creemos en la victoria y esperamos ganar. Si no creemos en la victoria, en que la luz se imponga a la oscuridad, en que el bien se imponga al mal, si no creemos en la civilización, ¿en qué vamos a creer? Estamos del lado de la luz y la bondad. 

—¿La diferencia principal es que Ucrania lucha por Ucrania y que las tropas rusas no saben por qué luchan?

—Todo el mundo aquí tiene la voluntad de tomar las armas y protegerse. Las fuerzas de Rusia prevalecen militarmente, y no se puede hacer nada. Las combatiremos. Lucharemos por nuestra tierra. Por la libertad, por los valores, por la dignidad.

Al bajar las escaleras de la sede del Gobierno, veo unas fotografías de menores. Son hijos de soldados caídos. 

Varias familias buscan protección en un refugio antibombas después de que suenen las sirenas antiaéreas en el centro de Leópolis, Ucrania. Santi Palacios

Mi madre está en Rusia y no me cree

En muchas entrevistas, dentro y fuera de Ucrania, Rusia aparece como el enemigo, pero también como algo que duele más: el lugar donde vive un familiar. La herida aparece sin convocarla. Muchas personas comparten su experiencia sin que se les pregunte, porque una discusión familiar sobre geopolítica se puede reprimir en tiempos de paz, pero no cuando las bombas te caen encima.

En una cafetería de la estación de trenes de Leópolis, reconvertida en centro de tránsito para personas desplazadas por la violencia, Sergey Serdyuk y su familia intentan encontrar la manera de salir de Ucrania de una vez por todas. Él no debería tener problemas para hacerlo, porque tiene 63 años. Lleva una chaqueta entre bermellón y naranja, un jersey azul marino, vaqueros. Su mujer está sentada junto a su hija, y a su lado corretea un perro con anorak rojo y capuchita.

—Llegamos esta mañana de Járkov. Tenemos amigos en Hungría. Quizá vayamos por ahí —dice Sergey. 

—Pero en Polonia la lengua es más fácil de entender —interviene su mujer. 

No saben lo que harán. 

—Járkov estuvo bajo ataque durante cuatro días seguidos, con bombardeos cada día. Pasamos dos noches en el metro y otras dos en el refugio de una escuela. Escapamos en medio de los bombardeos. Nuestra casa no fue destruida, pero luego supimos que la de nuestro vecino sí. 

Ella enseña la fotografía de una estación de metro llena de gente. Me muestran más vídeos de violencia en Járkov, como intentando decirme que es verdad, que la guerra está aquí. Por supuesto que os creo, les digo. Pero poco a poco voy entendiendo la profundidad de su desesperación. 

—Mi madre vive en Moscú —Sergey saca el teléfono—. Tiene un móvil sin internet, pero me comunico con ella a través de una amiga que tiene allí. Llamé a mi madre cuando la guerra empezó, no me lo cogió, pero su amiga sí. Después mi madre me llamó de vuelta, le dije que la guerra había empezado, que las bombas caían, y ella se puso histérica y me pidió que no dijera mentiras. No se lo creía. Discutimos. Luego le fui enviando vídeos a la amiga de mi madre. 

—¿Y hasta el día de hoy no lo acepta, aunque estéis huyendo? —le pregunto.

—“Vete al infierno con tu Putin”. Este es el último mensaje que le he enviado —dice Sergey, dolido, mientras muestra la conversación con la amiga de su madre—. La mujer me dijo que si odio a los rusos que no le escriba más, que contacte con mi madre directamente. Eso es todo. No hemos vuelto a hablar. 

Galina, la mujer en la estación polaca de Przemyśl cuyo marido cineasta se quedó atrás, en Ucrania, también tiene contactos en Rusia: una hermana y varios amigos.

—Algunos me dicen que cómo me pueden ayudar, que quieren salir a la calle a protestar. Pero otros me dicen que todo está bien, que Putin viene a ayudarnos —se ríe—. “No creemos que esos bombardeos sean verdad”, me dicen. ¿Cómo se puede decir eso?

Último tren

Grupos procedentes de Ucrania llegan a la estación de tren de Budapest. Santi Palacios

—Tengo el alma bloqueada. Mis sentimientos hacia Rusia están bloqueados. Mucho dolor. Conozco a mucha gente que tiene familiares en Rusia y que están enfadados. Tengo una amiga con una hermana en Rusia y que lleva tres años sin hablarse con ella.

—Me he encontrado con casos parecidos —le digo para que siga hablando.

—Te dicen que no hay guerra, que no ha pasado nada, que es por la culpa de Zelenski, de la política… Yo también tengo una hermana en Rusia. Mi madre le dice que no nos recuerde que le gusta Putin. No lo digas, por favor, porque es doloroso. ¡Somos tu familia! Naciste en Ucrania. 

Es Natalia, la mujer que viajaba sola con su hijo en el tren bajo la nieve al principio de esta crónica. Seguimos su periplo durante varios días. El tren llegó a Úzhgorod y ella se fue a un pueblo a unos kilómetros de allí, donde le ofrecieron dos camas en una residencia para personas mayores. Fuimos a visitarla.

—Ahora es momento de respirar, de pensar y de tomárselo con calma. 

Natalia no sabe adónde ir. Tiene unos amigos en República Checa que dicen que, si quiere, la recogen en la frontera y la llevan a Praga. Habla también con su conocido en España. Siente ansiedad, desesperación, pero sabe que ahora mismo su vida dará un giro inesperado, que puede acabar en cualquier país de Europa. Sufre la confusión típica de ese momento en que ya ha pasado lo peor y pensar de verdad en el futuro, que ya está aquí, te desborda. Al día siguiente nos subiremos al mismo tren que ella para salir de Ucrania y llegar a la ciudad húngara de Záhony, luego iremos juntos en otro tren para llegar hasta Budapest, y luego se irá, a través de un grupo de ucranianos con el que ha contactado, a Suiza. Que no será, seguramente, su destino final.

Caminamos, todavía en Ucrania, por una calle polvorienta, mal empedrada, situada entre dos iglesias. Un burro sucio tira de una carreta desde donde un grupo de hombres nos mira. Los perros ladran, el sol intenta luchar contra el frío, todo es ocre y melancólico. Hoy se acaba la Máslenitsa o Semana de la Mantequilla, una festividad eslava que celebra el final del invierno, pero Natalia se ha encontrado la iglesia cerrada. Para ella es un día especial. 

—Hoy es el Domingo de Perdón —dice—. Mi hermana me ha escrito y me ha pedido perdón. 

Natalia y su hijo en el pequeño pueblo de Transcarpatia en el que descansaron durante dos noches. Santi Palacios

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