La frágil tregua de Líbano

Tras la prórroga del alto el fuego, Líbano intenta reconstruirse bajo la amenaza de Israel, que sigue ocupando un país arruinado

La frágil tregua de Líbano
Un edificio destruido por bombardeos israelíes en el mercado de Nabatiyeh (sur de Líbano). 23 de diciembre de 2024. Laura Boushnak / New York Times / ContactoPhoto

Da igual que Alí Al Azzi intente sacudirse el polvo de su casa en ruinas. Los restos blanquecinos de los trozos de hormigón le cubren la ropa, la barba y trepan hasta las pestañas. “Yo tenía una vida y era feliz”, dice en la entrada de la vivienda que tardó tres décadas en construir, a su gusto, y terminó tan solo un mes antes del comienzo de la guerra que había de destruirla. En la planta baja, entre sillas hechas añicos y los cristales rotos de las ventanas, un retrato de la famosa cantante libanesa Fairuz descansa intacto en la pared. “Si el sur sigue en pie es por su gente”, cantaba Fairuz en uno de los himnos por las mil y una guerras que ha batallado esta frontera.

Con la fachada destruida, desde el agujero de su salón Al Azzi señala dónde cayeron los cuatro misiles israelíes. Se siente afortunado. De su pequeña tienda de alimentación y de las casas de su hermano y sus padres no quedan más que montones de basura, un par de paredes de un baño y un cartel escrito a mano para tratar de evitar saqueos de lo poco útil que ha quedado en pie. “No sé por dónde empezar, y no sé cómo voy a acabar”, continúa mientras camina frenético de habitación en habitación señalando los destrozos. Con sus hijas terminando los estudios en Francia y una vivienda que esperaba que diese cobijo a generaciones, Al Azzi quería dedicar sus ahorros a viajar en verano con su mujer.

Con más de 4.000 muertos por la guerra en Líbano, cuando se pregunta por algún tipo de asistencia, todo el mundo se encoge de hombros. Se ríen cuando alguien habla del Estado. Nadie espera recibir ninguna ayuda, ni siquiera para sacar los escombros. Este país de apenas 5 millones de habitantes a las puertas del Mediterráneo lleva años acumulando crisis sociales y económicas. Aunque acaba de renovar a su presidente y primer ministro tras dos años en funciones, su mapa político es una miríada de intereses propios y ajenos articulados en confesiones religiosas, de manera que cada cual mira por los suyos. Por eso, de momento, los únicos que están repartiendo dinero para la reconstrucción son quienes arrastraron al país a ella: la milicia chií Hezbolá.

Su bastión se encuentra en la mayor parte de la región sur, de donde proceden muchos de los combatientes y donde gozan de mayor apoyo social. En Nabatiyeh, considerada capital del sur y una de las líneas de frente más golpeadas por el conflicto, las banderas amarillas del grupo flanquean la entrada a la ciudad. Incluso ahora, cuando la milicia atraviesa sus horas más bajas tras el asesinato de gran parte de su cúpula, incluido su todopoderoso líder, Hasán Nasralá, y tras firmar un acuerdo de alto al fuego con Israel claudicando a sus objetivos iniciales de apoyar al pueblo palestino, imágenes de los líderes de la milicia devuelven una sonrisa desde el interior de los comercios o en carteles que, como guirnaldas, atraviesan la carretera.

Alí Al Azzi en la entrada de su vivienda en ruinas. En esta planta baja solía recibir invitados y realizar actividades con su grupo de "scouts" en Nabatiyeh. Marta Maroto
Seguidores de Hezbolá arrojan arroz a un “jeep” del Ejército libanés a su paso por la localidad de Bint Jbeil el 26 de enero de 2015. Marwan Naamani / dpa Picture Alliance / Contacto Photo

La guerra en Líbano comenzó un día después que en Gaza. Tras más de un año de conflicto, dos meses de brutal escalada llevaron la muerte a todos los rincones del país, y Hezbolá aceptó en noviembre de 2024 el cese de las hostilidades. Las carreteras se llenaron entonces del sonido de los cláxones de quienes volvían a casa, sacando los dedos en forma de la V de victoria por las ventanas, eufóricos por haber sobrevivido. La invasión por tierra que Israel había comenzado en octubre, después de meses de ataques sistemáticos y una estrategia de tierra quemada en las zonas fronterizas, hizo que, cuando se firmó la tregua, las tropas israelíes ya ocuparan cerca de una treintena de pueblos libaneses.

Terminados ya los 60 días del acuerdo de tregua inicial, Israel debería haberse retirado de Líbano. Sin embargo, llegado el 26 de enero, la fecha en la que expiraba, no lo había hecho, y acusó a Líbano de haber incumplido su compromiso de desmontar las posiciones desde donde Hezbolá lanzaba cohetes hacia el norte de su territorio, que deberían haber sido tomadas y reemplazadas por efectivos del Ejército libanés. Durante estos dos meses de relativo descanso para la población, ambas partes han cruzado acusaciones de haber violado el alto el fuego.

Líbano elevó una queja al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en la que señalaba más de 800 incumplimientos del Ejército israelí apenas en el primer mes, entre demoliciones de viviendas, ataques de artillería y bombardeos en pueblos fronterizos. En muchos casos, lo que resistió a la guerra fue después arrasado por las tropas israelíes en estos dos meses de aparente cese de las hostilidades. A falta de instrucciones oficiales, la madrugada del domingo, último día de la frágil tregua, centenares de familias pusieron rumbo al sur, muchos portando banderas de Hezbolá. No se bajaron de los coches hasta que los tanques israelíes les apuntaron con sus cañones, impidiéndoles en muchos casos entrar a sus pueblos en ruinas.

Hay un dicho en árabe que utiliza la gente del sur de Líbano para hablar del futuro: “Cada hora tiene su ángel”. En cualquier momento puede pasar cualquier cosa. Más allá de los acuerdos firmados, los primeros días de la semana fueron de tensión en una frontera que poco sabe de paz. 

—¡Vuelve a tu país, vuelve con tu familia! —gritaba una mujer anciana en un chador negro a un tanque israelí en Maroun Al Ras, una aldea fronteriza, arrasada al paso de la invasión y las excavadoras israelíes.

En la parte oriental del límite entre ambos territorios—con una posición geográfica elevada y estratégica que permite contemplar gran parte del norte de Israel—, el Ejército israelí ha tratado de repeler los intentos de la población de regresar a sus casas devastadas. Al menos 22 personas han sido asesinadas y más de 120 heridas por disparos y ataques aéreos, además de producirse arrestos y detenciones. En otros casos, sin embargo, los tanques han retrocedido, y el lunes ya se habían retirado casi por completo de la parte occidental de la frontera.

De nuevo bajo el auspicio estadounidense, esta primera fase temporal del alto al fuego se ha extendido otros veinte días, hasta el 18 de febrero, con el objetivo de evitar que vuelva la guerra. Los vecinos que pudieron retornar celebraron su regreso sirviendo té y fumando shisha en corrillos de sillas de plástico, rodeados de toneladas de escombros que en otro tiempo habían sido las panaderías, colegios y edificios en los que crecieron sus familias. Pero tan solo un día después de haberse negociado la prórroga del alto el fuego, dos bombas israelíes a las afueras de Nabatiyeh hirieron a 24 personas. En un comunicado, el Ejército israelí alegó que el objetivo de los ataques habían sido vehículos que transportaban armas de Hezbolá.
 

La reconstrucción de un país arruinado

Como un lamento, la llamada a la oración del mediodía en Nabatiyeh se pierde entre el sonido de las sierras eléctricas y el trajín de la reconstrucción en el zoco antiguo de la ciudad. Erguido en 1910 por los otomanos cuando aún no se habían trazado las fronteras de Líbano, el mercado ha sido testigo de todas las guerras y ocupaciones en este trozo de tierra en disputa. También Kamel Yaber, quien a sus 85 años sigue trabajando en la única de sus tres tiendas que ha quedado en pie. “Todo está para tirar”, dice sentado entre un desorden de zapatillas infantiles llenas del polvo que entra de la calle. En el local apenas cabe nadie más. “Si esos cobardes no tuvieran aviación, no nos habríamos marchado”, dice en alusión a las fuerzas israelíes.

La mayoría de los que acceden a ser entrevistados hablan en favor de la llamada resistencia, la moqawama en árabe, aunque en privado hay quienes reconocen que el sentimiento de pérdida y pesimismo se ha instalado hasta en la mirada de los más resilientes. En Nabatiyeh es imposible escapar del recuerdo de la guerra. El zumbido del dron de vigilancia israelí que sobrevuela constantemente —otra violación del alto al fuego— se cuela de fondo en todas las conversaciones. Con más de 6.000 edificios afectados solo en esta ciudad, hay casas que han saltado por los aires casi en cada calle.

“La ciudad ahora está al máximo de su capacidad, acogemos desplazados de la propia Nabatiyeh y de las zonas fronterizas, familias que lo han perdido todo”, dice el alcalde, Jodor Kodeih. Con el pie en alto y muletas, Kodeih se disculpa por no levantarse a saludar. Resultó herido en un ataque a mediados de octubre que asesinó al anterior alcalde y cinco trabajadores más del Ayuntamiento cuando preparaban provisiones para las familias que se habían quedado en los momentos más duros de la guerra.

Unas 100.000 viviendas han resultado parcial o totalmente destruidas en todo el país, según un informe reciente del Banco Mundial, que cifra las pérdidas económicas en 8.500 millones de dólares. La destrucción se hace insoportable en las zonas de mayoría chií donde Hezbolá es más fuerte: además del sur, la zona este del país que hace frontera con Siria y la periferia sur de Beirut, conocida como Dahie. Estas son también las áreas que han sufrido más muertes y desplazamientos, más de un millón de personas, según el Gobierno libanés, en quiebra e incapaz de aliviar la crisis humanitaria que asola el país.

La corrupta élite política provocó en 2019 un corralito financiero del que la lira, devaluada en un 98% con respecto al dólar desde esa época, todavía no se ha recuperado. Líbano malvive de préstamos y donaciones internacionales, y la guerra ha dado la puntilla a una sociedad superada por las circunstancias. La disfuncionalidad del Estado es alimentada y aprovechada por Hezbolá, que desde su formación en la década de 1980 ha tejido una suerte de Estado paralelo a través del cual ofrece sanidad, educación, trabajos e infraestructura en las zonas bajo su control, gracias en parte a la financiación iraní. Durante la guerra, la milicia ha entregado ayudas de unos 200 dólares a familias afectadas, y en algunas localidades ya ha empezado a repartir miles de dólares para la reconstrucción de viviendas y tiendas.

Una frontera acostumbrada a la guerra eterna

El muro que separa la frontera entre Israel y Líbano cerca de la localidad de Odaisseh, en el sur de Líbano, contemplado desde el norte de Israel el 23 de enero de 2025. Ariel Schalit / AP

“Estamos acostumbrados a esto. Esto es Líbano. La bancarrota y la inflación nos han obligado a que solo pensemos en nosotros mismos”, dice Abed Al Raouf, de 34 años, mientras inspecciona con su padre los destrozos en su taller de fotografía, el primero en todo Nabatiyeh. Entre sacos de arena y cemento y las paredes desconchadas por los impactos, el armario donde guardan negativos de imágenes tomadas hace décadas fue lo único que no destrozaron las explosiones. Restos de la munición entraron en algunos cajones, y el calor ha sellado las placas con los sobres donde guardaban los carretes. “Ya lo hizo mi padre en 1982, y si mañana vuelve la guerra, volveremos a ponerlo todo en pie”, repite como para sí mismo Al Raouf.

La Línea Azul, el límite de facto entre Líbano e Israel, es una frontera acostumbrada al conflicto y la inestabilidad. La primera gran guerra con Israel fue la Operación Paz para Galilea, en 1982, que con intermitencias estableció una ocupación que duró hasta 2000, en una victoria atribuida a Hezbolá. Ese fue el año en que Fairuz entonó la “Resistencia Nacional Libanesa”, canción en reconocimiento a los pueblos del sur que se habían levantado contra la dominación. Pero antes del Partido de Dios —como se traduce literalmente el nombre de Hezbolá—, y de que la moqawama se impregnase de retórica islámica, el sur de Líbano sirvió como base de operaciones de las facciones palestinas exiliadas en la Nakba y después expulsadas de Jordania. Junto a la Organización para la Liberación de Palestina lucharon grupos libaneses seculares de izquierdas, de los que formó parte Al Azzi, quien hoy reconstruye su casa destrozada en Nabatiyeh.

—Cuando hay una ocupación, o la amenaza constante del abuso, los pueblos tienen el derecho de resistir —dice Al Azzi en su cocina sin ventanas, preguntado por Hezbolá—. ¿Estoy de acuerdo con sus métodos de resistencia? Eso ya es otra cosa. 

Desde la azotea de su vivienda, de la que tardó semanas en limpiar los restos de las explosiones, señala en las colinas no tan lejanas los puestos que los israelíes ocuparon durante casi dos décadas, disparando a cualquiera que se acercase. Nabatiyeh era frontera y contaba con pasadizos por los que, con permisos especiales, los libaneses podían cruzar a visitar a sus familiares en los pueblos ocupados.

Por ese recuerdo tan cercano, además de la última guerra de 2006, muchos en Nabatiyeh  siguen mirando de reojo a las colinas, con más odio que miedo, mientras limpian de escombros sus casas, o cargan sacos de cemento para tapar los agujeros de las explosiones.

—Habría que hacer las cosas de manera muy distinta para que algún día llegue la paz a esta región —dice.

Una bandera israelí cerca de edificios destruidos en el sur de Líbano, vistos desde el norte de Israel el 25 de noviembre de 2024. Leo Correa / AP

Hazte socio/a y consigue los números anteriores a mitad de precio.

Otra forma de ver el mundo es posible. Si te haces ahora socio/a, tendrás acceso ilimitado a la web, y recibirás cada año nuestra revista en papel con más de 250 páginas y un libro de la colección Voces.

Suscríbete ahora
Ir al principio