El buen odio

No perteneces a un lugar —como por ejemplo Cuba— hasta que no comienzas a injuriarlo y maldecirlo

El buen odio

Texto: Carlos Manuel Álvarez Fotografía: Nuria López Torres Perdí a mi novia una tarde en el Museo del Louvre. Ella no tenía teléfono y le dije que no se separara de mí. No duramos juntos cinco minutos, una legión de asiáticos se interpuso entre nosotros y quedamos extraviados como dos cuerpos que se hunden, se pierden de vista y se alejan en medio de un oleaje multitudinario de selfis, trasiego y agitación. No nos encontramos hasta más de cuatro horas después, ya en la boca del metro, exhaustos, sin ganas de pelear. Yo recordaba haberle dicho que no se separara, ella creía no haberse separado ni distraído. Detesté ese momento. Estaba solo en París, en un museo que, aunque luego recorrí con atención y estremecimiento, no me interesaba visitar para nada, a miles de kilómetros de casa, sin…

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