Aún hoy, siete años después, Stanislav Voitsekhovsky recuerda aquella mañana en la que conoció la nieve negra. Fue el jueves 11 de enero de 2018. El sol ya iluminaba la casa cuando Stanislav se despertó. Todavía somnoliento, regresó a la habitación donde dormían su esposa y su hija pequeña, Veka, de dos años. Toda la estancia olía a huevos podridos, era un fuerte hedor a sulfuro de hidrógeno. Su hija tenía sudor en la frente y los copos de nieve que caían al otro lado de la ventana eran de color negro. Ese día Stanislav comenzó su particular cruzada como activista, harto de limpiar las ventanas de su casa de hollín tóxico y cenizas magnéticas.
Contenido solo para socios/as
Otra forma de ver el mundo es posible. Si te haces ahora socio/a, tendrás acceso ilimitado a la web, y recibirás cada año nuestra revista en papel con más de 250 páginas y un libro de la colección Voces.
Suscríbete ahora