Fotografía

El humo del abandono

Incendios forestales en Galicia

Los incendios devoran más de 400.000 hectáreas en España. El fuego y el olvido arrasan la Galicia rural.

Los incendios son noticia de verano y se olvidan en invierno. Pero los que están devorando centenares de miles de hectáreas en España tienen una dimensión desconocida hasta ahora, tan difícil de calibrar como desoladora, porque todo apunta a que en el futuro se repetirán —con más fuerza incluso y conquistando otras épocas del año, si no se toman medidas.

Cuando el fotógrafo Brais Lorenzo (Ourense, 1986) empezó a documentar los incendios en su Galicia natal, hace ya catorce años, un incendio que arrasara 300 o 500 hectáreas era ya considerado “un gran incendio forestal”. Durante las últimas semanas, Lorenzo ha estado recorriendo la provincia de Ourense, una de las más afectadas de España, donde hubo activos varios megaincendios que quemaron más de 10.000 hectáreas cada uno. El mayor de ellos, originado en Larouco, supera las 30.000 hectáreas calcinadas. 

“No somos conscientes de lo que ha sucedido. Y se veía venir”, dice el fotógrafo, que tiene un proyecto de larga distancia bajo el título Tierra quemada.  

Se mezclan muchos elementos en estos incendios llamados de “sexta generación”. El abandono rural, tan visible en algunas partes de Galicia dedicadas antes a la ganadería y la agricultura. La endeble gestión forestal de ese territorio y la acumulación de maleza. El clima cada vez más extremo, con olas de calor que favorecen la rápida propagación del fuego. 

“Es frustrante, porque los incendios son simultáneos, los más importantes de la historia de Galicia, hay miles de hectáreas ardiendo, todo es caótico…”, dice. “Cuando parece que se ve el fin, volvemos a empezar”. 

De la mano de Lorenzo y sus fotografías, nos adentramos en las contradicciones de este fuego que parece que nunca se acabe, con un relato cercano y en primera persona de alguien que conoce bien esa tierra que hoy arde. 

Este incendio, como muchos otros, se originó en un municipio pero acabó propagándose a otros. La vista nocturna corresponde a una zona cercana a la villa de Ribadavia, en la comarca de O Ribeiro. La gente con la que he hablado en las zonas afectadas me dice que hay una normativa opresora para dedicarse a trabajos tradicionales, y eso hace que el medio rural se vacíe. No se puede hacer política desde un despacho o pisando moqueta, sino escuchando a la gente que vive en estas zonas. 

Un zorro (o raposo, como lo llamamos en Galicia) huye despavorido del fuego. Es en A Gudiña, un municipio cercano a Castilla y León. Estaba en otro incendio y recibí un aviso de este. El monte está muy seco y el fuego se propaga con gran rapidez, las escenas de llamas más activas se suelen dar poco después de originarse el incendio. En este caso llegué pronto, había unos soldados desplegados, y uno de ellos llamó la atención sobre el zorro. No suelo llevar teleobjetivo, pero aquel día sí y pude capturar esa foto de fauna, que siempre es difícil de conseguir, y además se refiere a una realidad de los incendios que no acostumbramos a explicar.

Este es uno de los primeros incendios que salí a documentar, a finales de julio, en el municipio de Cualedro, en la zona Da Raia, entre Ourense y Portugal. Se preveía un verano complicado, pero esto ha superado los peores pronósticos. En el conocido como triángulo del fuego, formado por Oímbra, Cualedro y Verín, el monte se regenera rápido y los incendios se siguen sucediendo. El valle de Monterrei es una zona propicia para los incendios, porque se dan condiciones específicas para ello. Pese a todas las explicaciones y análisis, siempre cuesta entender por qué unas zonas acostumbran a resultar más afectadas que otras. 

Un agente medioambiental usa un batefuegos para golpear el fuego. Los incendios se intentan apagar con todo lo disponible: mangueras, hidroaviones, pero también con ramas. Cuando llegué a esta aldea, Saa, situada en el municipio de Carballeda, todo ardía. Aquí además había un invernadero y los nervios se podían palpar. Una mujer con una crisis de ansiedad lloraba porque se le quemaban las colmenas. Un bombero forestal me increpó por hacer fotografías y no intentar apagar el fuego.

Otra visión nocturna. Esta imagen corresponde al incendio más grave de la historia de Galicia, que se inició en el municipio de Larouco, entró en León y en Lugo, y quemó algo de superficie en la sierra do Courel, que tiene una gran biodiversidad. La fotografía captura el momento en el que el fuego amenaza este tesoro natural. 

Mi padre vive en la aldea y municipio de Beade, colindante con el municipio de Carballeda de Avia. Tiene una empresa de vinagres artesanales. El fuego no llegó finalmente hasta allí, aunque sí muy cerca. En la tarde del día 16, varios focos amenazaban localidades de estos dos municipios de la comarca de O Ribeiro. La fotografía la tomé en la capital del municipio de Carballeda de Avia, que está a apenas 15 minutos en coche de la casa de mi padre.  Durante la cobertura me encontré obviamente con muchas escenas de tensión, pero también de normalidad. Aquí los vecinos jugaban a las cartas, pese a que las llamas estaban aún a una distancia prudente, pero relativamente cerca.

Ourense-Madrid. Esta es una zona de acceso a la autovía. Hubo muchos cortes, el servicio ferroviario también se interrumpió… Este coche de la Guardia Civil tuvo que retroceder ante el fuego. Las luces de marcha atrás se encienden. Todo muy simbólico.

En esta misma zona, yo había ido a comer a un restaurante que estaba en un gasolinera. De pronto tuvieron que evacuarlo. Estos incendios son tan imprevisibles que parece que estén lejos y en cinco minutos ya están pegados a ti. El personal del restaurante colaboró para apagar las llamas.

Otro que da marcha atrás. Un vecino retira el tractor de las inmediaciones de un invernadero. La gente se defiende con lo que haya: ramas, batefuegos. Algunas de estas zonas son vinícolas, y he llegado a ver cómo cargan de agua las sulfatadoras que normalmente usan para las vides con el objetivo de apagar el fuego. Los tractores con depósito, si están disponibles, también son usados para cargar agua y ayudar en la lucha contra el fuego. 

Pena Trevinca, desde la localidad de Casaio. Es el punto de mayor altitud del territorio gallego, con más de 2.000 metros. La imagen tiene la épica de la lucha contra el fuego en el pico de Galicia. Es una zona bastante maltratada paisajísticamente. Hay muchas minas de pizarra a cielo abierto que lo destrozan todo. El acceso es difícil y las autoridades han silenciado este incendio. La gente de la zona, que tenía albergues o negocios de montaña, pedía más atención, pero este incendio quedó en segundo plano.

Un soldado de la Unidad Militar de Emergencias y un vecino intentan apagar un incendio. Esta fotografía simboliza la unión de ambos elementos en la lucha contra el fuego. La imagen está tomada en la aldea de A Espasa, situada en el municipio de Chandrexa de Queixa, que es conocida como la Siberia gallega, debido a la baja densidad de población. Yo ya conocía esta zona, porque había documentado allí la despoblación rural. Cuando supe que había un incendio, me preocupé bastante por la gente que conocía, pero al final se logró controlar cerca del cementerio de la aldea. 

Una de las armas contra los incendios: la xesta (retama). Hemos visto durante las últimas semanas a personas mayores —y no tan mayores— en zonas aisladas a las que no han llegado los servicios de extinción, luchando como pueden contra el fuego. Ese sentimiento de comunidad y de unión se ha plasmado en la ayuda entre vecinos para salvar viviendas. Aquí lograron que no ardiese ninguna casa.

Aldea de San Vicente de Leira. Era como si una bomba hubiese caído y arrasado con todo. Llegué dos días después de que se declarara el incendio y me encontré con esta vivienda ardiendo. Había visto todas las casas sin tejados, con la estructura calcinada, pero esta estaba en llamas. Alerté a los vecinos, al principio me miraron como diciendo qué más da, todo se ha quemado, pero cerca había otra casa con madera y paja, así que al final echaron unos calderos de agua. No acabaron con el fuego en ese momento. Pasé unos días después y ya estaba apagado. 

Un bombero en el pueblo de Saa. Fue la primera foto que saqué nada más llegar. Estaba sufriendo un golpe de calor y le pregunté si necesitaba agua o alguna otra cosa. Lo que necesitaba era parar. El hombre ya no podía más. Durante estos días he visto a los trabajadores del servicio de extinción exhaustos, sin comer o comiendo a deshoras. Es muy duro para ellos. Vi cómo evacuaban en ambulancia a alguno de ellos.

Las fotografías que vemos más a menudo son del fuego, que siempre es espectacular, de la lucha que llevan a cabo los vecinos, los bomberos. Pero una de las cosas que más me ha llamado la atención son los pirocúmulos de los incendios forestales. Es una acumulación de humo que se produce a causa de los incendios y que se parece a las nubes. Son extremadamente peligrosos porque pueden desencadenar fuertes tormentas, lluvia o incluso vientos huracanados. Cuando hay varios simultáneos la situación se complica aún más, ya que pueden interactuar entre sí.

A Caridade es una aldea en el municipio de Monterrei. Es la primera a la que llegué. El centro estaba arrasado por el fuego. Había animales muertos y viviendas calcinadas. Es el momento del ocaso, entre el día y la noche, lo que aquí llamamos entre lusco e fusco. Las tonalidades azules, el fuego y el pirocúmulo de fondo es una de las imágenes que se me van a quedar grabadas en la mente para siempre. Está todo muy reciente, parece que ha acabado, pero el incendio sigue presente, porque el pirocúmulo, el hongo, el monstruo… sigue allí. 

Otra vez la aldea de San Vicente de Leira. Ha sido una de las más fotografiadas, porque todo quedó arrasado. Esta mujer vivió allí hasta la adolescencia y después se fue, pero en el momento del incendio había vuelto a la zona. Me impactó oírla hablar sobre su infancia, la plaza del pueblo y todos esos trabajos comunitarios que desaparecieron porque ahora hay menos gente en la aldea y también aparecieron avances tecnológicos. El modo de vida que existía, en buena parte, desapareció.

La gente de esta tierra, que es de viñedos y de extracción minera, tiene una gran reivindicación histórica. San Vicente es una aldea prácticamente incomunicada. Los vecinos llevan 30 años reclamando mejoras en las vías de acceso. La única carretera que la conectaba con el exterior estaba destrozada debido a la actividad extractiva de una pizarrera. La comunidad pedía que la arreglaran, pero construyeron otro acceso, que no es el ideal. La solución definitiva aún no ha llegado. La destrucción del incendio agrava la situación de abandono y olvido en una aldea en la que los vecinos se vieron solos de nuevo, esta vez peleando contra el fuego sin ningún tipo de ayuda.

Vista aérea de San Vicente, uno de los lugares más afectados. Para aplacar estas emergencias es necesario mejorar la situación de la población rural, que la gente se relacione con el medio, que tenga animales. Ahora los árboles llegan casi hasta las casas, está todo el territorio sin trabajo, sin labrar. Se necesitan cortafuegos y zonas perimetradas. Incendios siempre hubo, pero no había este peligro para las aldeas. Hay que cambiar el modelo y fomentar políticas que ayuden a anclar población en zonas rurales. Porque esto es un problema que irá a más. Y no puede convertirse en irreversible.

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