La guerra contra la infancia palestina

En la Cisjordania ocupada, Israel humilla, detiene y borra el futuro de niños y niñas

La guerra contra la infancia palestina
Uno de los dibujos realizados por niños y niñas supervivientes de la violencia de la ocupación israelí recogidos en el libro editado por Aida Youth Center, Volunteers for Palestine y Humanity Calling, tres organizaciones que les prestan acompañamiento psicosocial en Cisjordania.

Tres semanas antes de ser asesinado, Adam pidió a un amigo que grabase con el móvil su despedida. “Algún día, Palestina será libre”, terminaba diciendo a cámara. Los malos presagios que lo agobiaban se cumplieron el 3 de enero de 2023 a las cinco de la mañana. 

La luna parecía llena, aunque faltaban tres días para que lo estuviese. El frío se metía en los huesos en el campo de refugiados de Dheisheh, cerca de Belén, en los territorios ocupados palestinos de Cisjordania. A sus quince años, Adam Ayyad le había dicho a su madre que dormiría en casa de su padre, del que estaba divorciada. En realidad, había quedado con sus amigos para enfrentarse a pecho descubierto con el Ejército más financiado del mundo en proporción a su población. Cuando los disparos empezaron a atronar en los muros de los edificios de ladrillos de hormigón —viviendas construidas unas sobre las otras para albergar a los hijos y nietos de los primeros palestinos expulsados por Israel en 1948—, los cuatro paramédicos del campo corrieron al lugar de la “invasión”, como llaman en Palestina a las irrupciones de las fuerzas de ocupación. No les permitieron llegar. Los soldados israelíes comenzaron a disparar contra ellos. 

Cuatro años antes, en 2019, habían perdido a uno de sus compañeros, Sajed Mizherl, en un ataque similar. La mitad del equipo de paramédicos del campo de refugiados dejó su trabajo entonces. Los cuatro que siguieron jugándose la vida para salvar las de otros tuvieron entonces que ver, agazapados tras un quicio, cómo los francotiradores se cebaban con los niños que se habían resguardado en un coche. Todos fueron heridos. Adam, sangrando, abrió la puerta y, al ver que la balacera no cesaba, se arrastró bajo el automóvil. Allí se desangró mientras llamaba desesperado a su madre. Hasta que se hizo el silencio. Entonces, permitieron acercarse a los sanitarios. Ya en el hospital, certificarían su muerte.

Apenas unas horas después daría inicio el rito que Adam había proyectado para sí mismo y al que tantas veces había asistido —como otros niños, en otros lugares, se crían yendo al fútbol los domingos o de senderismo los sábados—: su cuerpo siendo lavado, amortajado y velado en el salón de la casa familiar, el torrente de hombres y niños discurriendo por las callejuelas transformadas todas en un cortejo fúnebre, los allahu akbar convertidos en un rugir colectivo desembocando en el cementerio, los escapularios con los rostros de otros niños y muchachos muertos golpeando el pecho, tan cerca del corazón, de quienes se empujan para abrir la zanja a paladas.

Una escena que lleva repitiéndose, generación tras generación, desde la fundación del Estado de Israel en 1948. Con dos diferencias. Antes, los chicos morían jugando a combatir a las fuerzas ocupantes sintiendo que contribuían así a la liberación de su tierra; ahora, con el genocidio de Gaza en curso y la violencia descontrolada de los colonos y de los soldados israelíes, la única forma de dar sentido a sus vidas entre tanta desesperanza es siendo asesinados por los responsables de su cautiverio.

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—En los últimos años, los niños y niñas de Cisjordania han visto cómo han asesinado a más de 1.000 personas que eran padres, madres, amigos, vecinos. Además, son testigos de los ataques diarios de los colonos, los arrestos, los desplazamientos masivos, la destrucción de sus hogares. Y también ven y viven lo que está ocurriendo en Gaza como una amenaza existencial añadida. Se han dado cuenta de que si nadie lo ha parado en estos años, ¿por qué lo iban a hacer si ocurriese en Cisjordania?

Samah Jabr es una psiquiatra y psicoterapeuta palestina reconocida internacionalmente por su especialización en trauma colonial. En sus casi tres décadas de experiencia, ha combinado su trabajo terapéutico en el sistema público y privado de salud de los territorios ocupados con oenegés como Médicos Sin Fronteras, ha sido jefa de la Unidad de Servicios de Salud Mental del Ministerio de Salud de Palestina y docente en universidades como la George Washington de Estados Unidos.

—Los niños revelan cosas en la terapia de las que no pueden hablar. A mi clínica acuden niños y adolescentes con cambios drásticos en su comportamiento alimentario. Pareciera que sufren anorexia nerviosa pero no lo es, porque no tienen ningún problema con su imagen física. No comen porque les preocupa la hambruna instrumentalizada que se está aplicando en Gaza. También he conocido a adolescentes y niños con graves problemas somáticos por la detención de un hermano o un padre. Y aun así, se sienten culpables de hablar de su sufrimiento cuando en Gaza están padeciendo uno mucho más urgente y severo. Los niños y niñas palestinos viven con una amenaza existencial y una ansiedad anticipada por el futuro —explica la doctora Jabr, quien nunca escatima tiempo para atender a los periodistas, conocedora de la importancia que tiene el relato mediático occidental en las políticas de ocupación israelíes.Autora del libro Tras los frentes, su experiencia y conocimiento guiarán esta crónica, que nació en un viaje que hice a Cisjordania y Jerusalén en 2024. Fue entonces cuando conocí el fenómeno de los niños que, como Adam Ayyad, graban su mensaje postmortem para que se difunda en las redes sociales cuando sean asesinados por las tropas israelíes. Volví en 2025 para investigar en profundidad las consecuencias de todas estas violencias en la salud mental de la infancia palestina. Porque hay muchas formas de matar, pero inundarlo todo de una desesperanza que induzca a una suerte de suicidio a los niños y niñas quizá sea una de las más perversas.

Cuartel militar israelí en el centro de la ciudad de Hebrón, donde Israel mantiene un asentamiento ilegal en el que viven algunos de los colonos más violentos. Ricard García Vilanova.

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—Por las noches, intentaba encerrar a Adam para que no saliera. Pero como estoy divorciada, me engañaba diciéndome que iba a dormir con su padre. Yo sabía que esto podía pasar. Las madres aquí vivimos temiendo que esto ocurra algún día. Los niños aquí crecen sabiendo que no tienen futuro. Y ahora, con lo de Gaza…

Wafa Ayad señala uno de los grafitis que recuerda a su hijo en el campo de personas refugiadas de Dheisheh, al que llegaron huyendo sus abuelos y en el que nacieron su madre, ella y su hijo único. Junto al rostro sonriente de Adam aparecen los de otros cinco niños que sumaron sus nombres a la larga, larguísima, lista de asesinados por las fuerzas de ocupación.

Wafa viste un blusón con un tigre en la espalda que parece avanzar tras ella, con pasos cautelosos, por los angostos callejones de este poblado en el que los chavales con amor por la pintura se vuelven grafiteros para honrar a sus muertos en los muros. Es rara la familia palestina que no tiene un mártir, como llaman a los asesinados por los ocupantes israelíes. No hay kilómetros suficientes de hormigón para retratarlos a todos, pese a vivir encerrados por el muro construido por Israel.

Wafa se detiene frente a una panadería para señalar la fotografía, colocada junto al mostrador, de un joven risueño que mira a cámara.

—Adam lo conocía desde pequeño. Cuando lo mataron, empezó a decir que quería ser como él.

La madre evidencia así la epidemia que ha contagiado la ocupación y que el genocidio de Gaza ha terminado de extender como una maldición siniestra: ante la asfixiante falta de futuro, cada vez más niños y adolescentes palestinos solo ven una salida para darle sentido a su vida: morir defendiendo su derecho a vivir.

Instantáneas del muro levantado por Israel en Cisjordania, violando el derecho internacional según la Corte Internacional de Justicia. Ricard García Vilanova.

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Desde los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, que acabaron con la vida de más de 1.200 personas, y de la campaña genocida lanzada inmediatamente después por Israel en la Franja de Gaza, los niños, niñas y adolescentes de Cisjordania han visto y sufrido cómo la ocupación se ha exacerbado y multiplicado hasta anegarlo todo. Cada vez se sienten más cercados, asfixiados y sitiados por cielo, mar y tierra.

Sadeel Mahmoud Abu Al-Kamel es una adolescente de 16 años y ya ha perdido su hogar, el que levantaron sus tatarabuelos tras perderlo todo creyendo que sería algo temporal. La política de tierra quemada del Gobierno de Netanyahu ha alcanzado, en el último año, a los campos de personas refugiadas de Jenin, Tulkarem y Nur Shams. Escudándose en que eran los bastiones de la resistencia armada palestina, el Ejecutivo israelí ha prometido que sobre los escombros de lo que fueron los hogares de más de 44.000 personas construirá carreteras de uso exclusivo israelí para comunicar los asentamientos ilegales. Ha bautizado este proyecto, que sigue en marcha, como Operación Muro de Hierro.

—Después de tres días negándonos a abandonar nuestras casas mientras nos bombardeaban, de noche, a las cuatro de la mañana, empezamos a salir en fila del campamento. Nos disparaban incluso en ese momento. Nos tiramos al suelo. La gente gritaba buscando a sus hijos. Desde entonces, vivimos fingiendo que seguimos bien, que estamos contentos, pero hay una tristeza en nuestros corazones… No conseguimos superarla.

Sadeel envejece cuando los recuerdos recientes le nublan el rostro; se aniña cuando se esfuerza por sacudirse la oscuridad. Como el resto de sus vecinos, pasó semanas vagando junto a sus padres y hermanos de casa de familiares a casa de conocidos hasta que consiguieron alquilar una habitación a las afueras de Jenin. Esta ciudad de 57.000 habitantes, situada en el norte de Cisjordania, se esfuerza por acoger a buena parte de los 17.000 que vivían en un campo de refugiados cuyos restos, inevitablemente, recuerdan a las imágenes que siguen llegando de Gaza. Los mismos surcos de tierra y hormigón retorcidos por los tanques-excavadoras donde antes hubo carreteras asfaltadas, las mismas cuencas secas donde antes hubo alcantarillado, los mismos drones quebrando los nervios de quienes intentan acercarse para convencer a los soldados israelíes de que les permitan recuperar alguna de sus pertenencias.

—Hace mucho que dejé de poder ver las imágenes de Gaza, los niños muertos bajo los escombros, los niños llorando junto a sus padres muertos. Psicológicamente, estamos destruidos. De hecho, me sorprende que los niños de aquí sigamos vivos después de haber visto determinadas cosas en edades en las que deberíamos estar jugando con muñecos. Pero claro, los que viven en Gaza, los que han perdido a familias enteras, ¿cómo van a olvidar? ¿Cómo van a seguir viviendo? —se pregunta Sadeel antes de quedarse en silencio.

Los niños y adultos palestinos a menudo responden con preguntas retóricas porque, paradójicamente, es la fórmula más eficaz para arrojar lógica ante la sinrazón. Sadeel, además, puede poner palabras a sus pensamientos gracias al acompañamiento de las maestras y psicólogas que intentan atender, de manera altruista, a los miles de niños y adolescentes desplazados por la destrucción de los campos. Lo hacen en un colegio de Jenin que, ante la falta de espacio para escolarizarlos, tiene sus aulas abiertas por las tardes y en vacaciones para que reciban clases de apoyo.

En cualquier caso, Sadeel duda de que pueda retomar sus estudios. En 2008, un cuarto del PIB de Cisjordania y Jerusalén Este provenía de las donaciones y subvenciones internacionales. En 2022, era un 1,8 por ciento. Palestina había dejado de ser prioritaria para la cooperación internacional. Desde entonces, Israel también ha lanzado una ofensiva contra las oenegés que trabajan en los territorios ocupados, creando todo tipo de barreras administrativas para torpedear su trabajo y, en muchos casos, hasta les ha prohibido recibir fondos del extranjero.

—Cuando nos vimos forzados a abandonar el campo, las fuerzas especiales nos disparaban, los drones nos disparaban. Yo intentaba caminar lentamente. Me quería convertir en una mártir, que me mataran como a los luchadores que dan la vida por nosotros.

Sadeel viste gabardina y vaqueros de pitillo negros. Se ha criado entre los milicianos de la resistencia armada palestina, que ha sufrido cientos de bajas desde que Israel respondiese a los ataques de octubre de 2023 con continuas batidas de ejecuciones extrajudiciales y bombardeos con drones. En las paredes de ciudades como Jenin, Nablus o Hebrón los retratos de los asesinados recientemente se superponen a los caídos semanas atrás.

Sentada a su lado, su amiga Razan Ahmad Bani Ghura, de 14 años, no puede contenerse e interviene:

—El sonido de los drones es… Está siempre ahí. Todos los niños en el campamento tenían miedo de su sonido, nos poníamos nerviosos. Después nos acostumbramos porque era permanente.

Retiene la siguiente frase unos segundos. Continúa:

—Los niños palestinos no podemos saber si viviremos en el futuro o si moriremos por la ocupación. Así que soñamos con llegar a ser mayores.

Harían falta varios tratados de psicología y cientos de reportajes periodísticos para desarrollar todo lo que abarcan, entrañan, exponen estas dos frases, cuyo origen estuvo en la necesidad de Razan de explicar el impacto que ha tenido en sus vidas la irrupción de los drones, una de las armas más eficaces para la ocupación israelí. Además de bombardear y disparar sin poner en riesgo las vidas de los soldados, el Ejército israelí los emplea para vigilar, controlar y sembrar el terror entre sus víctimas. Se trata, pues, de un instrumento de tortura, como nos repiten todos los entrevistados y como he podido comprobar yo misma tanto en Jenin como en la ciudad vieja de Nablus: una herramienta de guerra psicológica que solo con su martilleo metálico transmite un sentimiento de amenaza inmediata que, a la larga, provoca un estado de alerta permanente, de ansiedad anticipatoria, de estrés y miedo crónicos que, su vez, agrava el trauma colectivo de los palestinos. Los drones israelíes vuelan a poca altura, entran en las viviendas por las ventanas e incluso emiten sonidos como llantos, sirenas de ambulancia o niños pidiendo auxilio. También los emplean como altavoces para transmitir amenazas y órdenes concretas.

Como contamos en 5W, antes de que fuesen derruidas, las callejuelas de los campos de Jenin y Tulkarem estaban cubiertas con mallas negras de plástico para dificultar el espionaje y los ataques de los drones israelíes. Rayos de sol entraban por los agujeros abiertos por los disparos y, a menudo, las tropas israelíes las quemaban durante sus invasiones, lo cual incluso provocó incendios en las viviendas aledañas.

—Hace un mes, un hombre volvió al campo para ver si su casa seguía en pie. Lo mataron delante de su esposa. ¿Qué quieren de nosotros? ¿Cómo se lo puedo explicar para que se entienda? —implora Sadeel; una pregunta que, sin pretender ser retórica, debería serlo tras décadas pidiéndoles a los palestinos, generación tras generación, que nos expliquen su sufrimiento.

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Maryam Omar Abu Shahadeh acude a la cita con su tía y su hermana y hermano pequeños. Los responsables del centro social de Biet Fureik, la aldea en la que viven cerca de Nablús, les han dejado dulces y juegos en la mesa para hacer más llevadera la entrevista. Resulta inaudita la capacidad de los niños y niñas palestinos de nombrar los derechos que les son vulnerados, identificar a sus responsables, pedir cuentas a los cómplices. Lo primero que nos dice Maryam es que ninguno de ellos ha podido volver a su casa en el monte, donde sus padres cultivaban olivos y ellos disfrutaban jugando más que en ningún otro lugar del mundo.

Maryam Omar Abu Shahadeh, que sufrió un ataque por parte de unos colonos, junto a sus hermanas. Ricard García Vilanova.

—Aquel día estábamos montando en bicicleta y vimos que algo se movía entre los árboles. Cuando nos dimos cuenta de que eran ellos, mis hermanos mayores salieron corriendo. Yo también quería huir, pero mi hermano pequeño aún no puede correr bien, así que me quedé para ayudarlo. Me cogieron y me ataron a un árbol. Mi hermano lloraba sentado a mi lado y ellos se reían de él.

Maryam sabe que eran colonos porque hacía meses que habían colocado cerca de su casa un puesto de avanzadilla para construir un nuevo asentamiento ilegal. Además, explica, los reconoció por su aspecto —ropa clara, tirabuzones y los cordones por encima del pantalón que usan los judíos ultraortodoxos—. Su hermano y primos mayores corrieron en busca de su padre, mientras los medianos gritaban a los hombres armados que la soltasen. Huyeron antes de que llegase el progenitor.

—Yo no tenía miedo, pero temía por mi hermano, porque se ceban con los pequeños. Pero no me podía mover ni hablar. No era capaz de reaccionar. Cuando llegó mi padre, me desató, me limpió. Yo tenía las manos rojas. Cuando me llevó a casa, mi madre quiso llevarme al médico porque le daba miedo que me hubieran hecho algo —sigue explicando, con las manos metidas entre las piernas.

Maryam dice que durante un tiempo “pensaba en ello noche y día, no podía parar”, pero que ahora siente que “es algo que ocurrió y ya pasó”.  Y añade: “Cuando el Ejército entra en nuestra casa, nos esforzamos por pensar en positivo” porque lo importante, subraya, “es estar en un sitio seguro”. Pero eso es algo que en Palestina ya no existe.

Por ello, la doctora Jabr insiste en que el trauma colectivo que sufre el pueblo palestino debe tratarse, también, colectivamente.

—No podemos someter a cada palestino a terapia. Queremos que la gente se reúna y hable sobre el daño que les han infligido como grupo. Organizamos intervenciones en las que, por ejemplo, usamos la metáfora de volar para trascender el dolor. Los niños se reúnen, escriben mensajes en papeles en blanco, hacen con ellos cometas y las vuelan. Y cuando terminan, les preguntamos: ¿Qué mensaje querías transmitir con la cometa? ¿Cuál era el mensaje que esperabas recibir? ¿A quién querrías enviar esta cometa? ¿Con quién querrías conectar a través de ella? Y sin presionarlos ni dirigirlos, los niños empiezan a hablar sobre el dolor, el miedo, la pérdida, la separación y la añoranza de las personas que desaparecieron de sus vidas. En la cultura palestina tenemos muchas historias sobre cometas, sobre el profeta que sobrevoló Jerusalén, sobre la ascensión de Jesucristo. Usamos símbolos culturales palestinos para ayudarlos a nombrar.

Pero no basta con afrontar las consecuencias, recuerda la doctora Jabr, sino que hay que ir al origen. 

—Por eso, tenemos un enfoque crítico basado en los derechos humanos y en la justicia, elementos que no podemos ignorar en el campo de la salud mental.

Nora imagina todas las cosas que dan miedo
Soldados del ejército israelí llaman a la puerta
Holaaa… hay alguien en casa
Ahora puedes ir a ver a tu padre
Te he echado de menos, papá

*Dibujos realizados por niños y niñas supervivientes de la violencia de la ocupación israelí recogidos en el libro editado por Aida Youth Center, Volunteers for Palestine y Humanity Calling, tres organizaciones que les prestan acompañamiento psicosocial en Cisjordania.

Los padres de Ammar apenas recuerdan cómo era la vida antes de que tuvieran que destinar buena parte de su energía a salir de su soliloquio interno para levantarse de la cama, saludar a quienes les visitan para darles el pésame, preguntar por sus familiares, escucharlos con amabilidad, rechazar con educación probar bocado, llegar al día siguiente sin haber pegado ojo y volver a empezar. Dejaron de saberlo apenas dos semanas antes de nuestro encuentro, cuando un par de soldados asesinaron a su hijo de 12 años mientras paseaba por los alrededores de su aldea. La autopsia confirmó que le dispararon por la espalda, cuando huía corriendo, como contó el amigo que lo acompañaba, después de que salieran de los arbustos tras los que se escondían. Otra bala le atravesó la rodilla, una técnica habitual del Ejército israelí para dejar multitud de palestinos con una discapacidad, dependientes, empobrecidos y deprimidos.
 
Pocos minutos después del ataque, todo el pueblo sabía que Ammar se desangraba sin que sus captores permitiesen a los familiares ni a los paramédicos auxiliarlo. Como en el caso de Adam, esperaron a que ya fuese un cadáver. Su madre y su padre fueron testigos de ello.
 
—Nos decían que si nos acercábamos, dispararían contra nosotros. Son salvajes. La ocupación no distingue entre niño, adulto o anciano: matan sin distinguir a quién tienen delante. Son terroristas. ¿Qué vida es esta en la que no tienes seguridad ni para salir a la puerta de tu casa? Cuando salen nuestros hijos a la calle, los llamamos cincuenta veces para que vuelvan y no nos quedamos tranquilos hasta que ponen la cabeza en la almohada. [Los soldados] entran en las casas, las destrozan, nos roban. Ya no importa si “atentas contra su seguridad”, como ellos dicen, o no. Lo único importante es que somos palestinos. Y su única política es aplastarnos por completo.

Fida Hamayel recuerda lo ocurrido sentada en una esquina del sofá; en la otra, escucha su marido; en el centro, el retrato a gran tamaño de su hijo. Todo a su alrededor está recién estrenado. Se habían mudado a la casa de sus sueños apenas unos días antes del asesinato de Hammad. Es un chalet de dos plantas construido con la piedra caliza blanca que ha enriquecido, durante siglos, a las familias de esta zona del centro de Cisjordania. Canteras dedicadas, sobre todo, a la exportación de la llamada meleke o piedra de Jerusalén a países del entorno, del Golfo e incluso a Europa y Estados Unidos. Pero también las emplean para construir las mansiones en las que viven sus dueños y las segundas residencias de quienes migraron a Estados Unidos y Latinoamérica, y de quienes se marcharon buscando paz y terminaron volviendo porque no querían dar por perdida su tierra.
 
Como el padre de Ameer Abdul-Aziz, quien tras más de una década trabajando y viviendo en Miami, decidió volver a su pueblo y seguir con el negocio familiar. Ahora, sentado en un sofá de cuero blanco, rodeado de muebles de estilo Luis XVI del mismo color que se reflejan en los suelos pulidos de mármol, le cuesta creer que su hijo haya estado a punto de acabar como su amigo Ammar. Y, además, que eso sucediera durante su entierro.
 
Aquel día, como la inmensa mayoría de los hombres y niños del pueblo, Ameer velaba a su amigo cuando los teléfonos de los asistentes empezaron a sonar. De los terminales salían gritos pidiendo ayuda. Un grupo de colonos encapuchados estaban incendiando coches y casas con familias enteras dentro. Todos salieron en su auxilio y cuando llegaron se les habían unido docenas de soldados israelíes que, en lugar de reprimir a los asaltantes, los protegieron disparando contra los palestinos que intentaban apagar las llamas y rescatar a las mujeres y niños. Dos hombres murieron en el momento y una quincena de adultos y menores resultaron heridos. Entre ellos, Ameer.
Con el brazo en cabestrillo, el adolescente se esfuerza por mantener la entereza describiendo con claridad el momento de los disparos, el fuego clavado en el brazo, los gritos, los bisturíes, la vuelta a casa. Y lo consigue hasta que recuerda a su amigo asesinado.
Palestina está llena de generaciones de hombres que, siendo niños, se vieron obligados a sustituir las bromas, la bicicleta, el balón, el escondite, por interpretar a adultos impermeables al dolor. Uno de ellos es su padre. Como en un futuro lo será su hijo. El adulto dice que sabe que en cualquier momento pueden estar todos como en Gaza, viviendo en tiendas de campaña, muriéndose de hambre, muertos bajo los escombros. Ante la pregunta de si ha pensado en volver a irse de Palestina, no duda ni un segundo:
—¿A dónde vamos a ir? ¿A Europa? ¿Como los sirios? ¿A pasar miseria? ¿A mendigar? ¿A ser explotados y sentir que en cualquier momento nos pueden deportar? No quiero esa vida para mis hijos. Esta es nuestra tierra, esto es todo lo que hemos conseguido y aquí nos vamos a quedar.

Muthamma Hamayel, de 13 años, convaleciente en su casa. Fue uno de los heridos de bala durante el entierro de su amigo Ammar por los soldados israelíes. Ricard García Vilanova.

Uno de los aspectos que más ha trabajado la doctora Jabr es el trauma histórico colonial que sufre el pueblo palestino y cómo se transmite a través de las generaciones.

—Los padres y madres traumatizados tienden a sobreproteger o a distanciarse de sus hijos. Aunque no hablen de lo que les sucedió, lo transmiten a través del tipo de apego, lo que modifica la expresión genética. El mismo niño cuyo abuelo fue expulsado de su aldea en 1948 y cuyo padre fue torturado ahora sufre acoso, opresión y humillación. Ha visto demolida la casa de su tío, asesinados compañeros de clase. Es decir, es muy difícil separar lo transgeneracional y la experiencia directa. El trauma colonial abarca todos los aspectos de la vida: el daño psicológico individual, social y político.

Como nos han confesado profesionales de varias organizaciones dedicadas a la salud mental de la infancia palestina, cuyos nombres omitimos por su temor a que una exposición pública acarree nuevas represalias por parte del Estado de Israel, resulta difícil darles razones para vivir cuando a ellos mismos les cuesta encontrarlas. Por eso, la doctora Jabr incide en que hay que partir de una base: “No hay que engañar a los niños, no les vamos a hablar de un futuro esperanzador”.

—La terapia tradicional presupone que las amenazas que han provocado el trauma han terminado, que ahora estamos a salvo y que hay un futuro esperanzador. Estas tres suposiciones no funcionan en Palestina. El trauma es repetitivo, nunca termina y trabajamos en condiciones donde no hay seguridad. A menudo, la terapia requiere mucha reestructuración cognitiva para corregir los sesgos. Pero la evaluación de la realidad de los niños en Palestina es muy precisa, saben lo que sucede y no hay nada que corregir. ¿Qué les decimos entonces? Que no están solos, los acompañamos. Se trata de centrarse en la capacidad de los niños para ayudarlos a encontrar un lenguaje con el que puedan expresar lo que les duele. Porque cuando empiezan a contar su historia, pasan de ser víctimas a testigos de su propia victimización. En este sentido, la pregunta incorrecta es qué te pasa. Lo terapéutico es preguntar cómo afrontas lo que te sucedió y cómo podemos ayudarte.

En los últimos tiempos, la idea de futuro les genera incomodidad, desconcierto o rechazo a muchos niños y niñas palestinos. Es más: a veces, como entrevistadora he sentido que ejercía violencia al preguntarles cómo les gustaría que fuesen sus vidas si nada les impidiese soñar con un horizonte deseable. Dejé de hacerlo después de que me diese cuenta de que los más pequeños se esfuerzan y hablan de estudios, de profesiones, incluso de las familias que les gustaría formar. Los preadolescentes y adolescentes, que conocen ya más facetas de la violencia, suelen chistear —ese gesto tan árabe que se podría traducir por un ¿qué me estás contando?—; otros responden con la socorrida fórmula de la pregunta retórica; otros, lo perciben como una mosca molesta a la que solo cabe apartar de un manotazo sin mayor explicación; y otros se lo toman como una ingenuidad propia de quienes venimos de lugares donde esa pregunta tiene algún sentido, donde los niños y niñas aún pueden jugar a construir castillos en el aire.

Esa última fue la reacción de Mohamed, un chico de 15 años cuya identidad verdadera prefiere preservar. Un jefe de las fuerzas especiales le repite, a menudo, a él y a sus padres las ganas que tiene de volver a encarcelarlo. Sería su cuarta vez. Mohamed tiene asumido que lo conseguirá más pronto que tarde.

—Una vez que entras en prisión ya sabes que nunca volverás a ser libre realmente. Se inventan todo tipo de excusas para detenerte una y otra vez. Como me ocurre a mí —dice, antes de preguntar con escepticismo si hacer la entrevista ayudará de alguna manera a los otros presos.

—Un día, los de la Cruz Roja vinieron a la cárcel. Nos dijeron que si hablábamos con ellos iban a mejorar las condiciones, que nos iban a traer cosas. Juro por Dios que no había pasado ni una hora desde que se habían ido cuando los soldados ya estaban golpeándonos sin parar. 

Mohamed lo cuenta a borbotones, antes de que pueda responderle. Era otra pregunta retórica. Y aun así, a sabiendas de que compartir lo vivido no servirá para nada, lo cuenta, como lo cuenta la mayoría de los palestinos y palestinas, visita tras visita de periodistas, porque hay una necesidad humana de poner palabras a lo que no las tiene, a lo que nunca debería haber ocurrido, a lo que jamás debería quedar impune, a lo que nadie debería permitir que vuelva a ocurrir.

—Pegan a los presos continuamente y por todo. Una vez, uno que estaba enfermo se desmayó. Vinieron seis médicos. Lo rodearon y empezaron a darle patadas en la cara. Era compañero de celda. Se despertó por la paliza y le dijeron: “Listo, ya te hemos curado”. Juro por Dios que allí no hay medicinas, solo palos y escudos para pegarnos.

Hablamos con el chaval en el sótano de un local público. Queremos evitar que el Ejército israelí, o que alguno de sus informantes, sepan que lo hemos entrevistado. Tiene parte de la mano mutilada. Dice que la perdió por un balazo cuando tiraba piedras a las torretas del muro que divide Cisjordania de Jerusalén Este y del resto de la Palestina ocupada.

Antes del 7 de octubre de 2023, Israel encarcelaba una media de entre 500 y 700 niños al año. La mayoría, bajo la llamada detención administrativa, un eufemismo sin validez legal internacional que se traduce en la privación de libertad de manera arbitraria, sin garantías ni juicio. Una práctica ilegal denunciada durante décadas por organizaciones de derechos humanos palestinas, israelíes e internacionales. Antes y ahora, a los niños se les desnuda para registrarlos, no cuentan con traductores que les expliquen qué va a ser de ellos, sus abogados pueden tardar semanas o meses en ser designados, son encerrados con adultos, sin apenas comida ni posibilidades de mantener la higiene. Desde el comienzo del genocidio en Gaza, las detenciones de menores se han multiplicado, el hacinamiento se ha sistematizado, el aislamiento se ha normalizado, y el hambre, las violaciones y la falta de salubridad se emplean como tortura, tal y como ha documentado la oenegé israelí Physicians for Human Rights. Al menos un menor ha muerto en prisión desde 2023.

—Antes [del 7 de octubre] éramos seis como máximo en las celdas. Ahora somos once, dormimos en el suelo, pisándonos al caminar. No nos dan ropa para cambiarnos, así que nos duchamos y nos la tenemos que volver a poner. La suciedad atrae a los insectos. Sufrimos una especie de sarna —explica con ansiedad Mohamed.

Antes de comenzar la entrevista, coincidimos en el local con un treintañero que acaba de ser puesto en libertad. Tenemos una amiga común que nos acompaña. Le cuesta reconocerlo. Ha perdido más de 20 kilos. Como es habitual entre los palestinos, aligeran el peso de la desgracia bromeando. Él insiste en que ella ha tenido suerte de no habérselo encontrado el día que llegó con una barba de meses. A menudo, los carceleros no permiten afeitarse a los presos como otra forma de control, para agravar la degradación de su imagen y provocar un mayor impacto en sus familiares cuando son liberados.

—La comida está tan asquerosa que aunque te mueras de hambre, prefieres no comerla. Al mediodía, nos daban un vasito de café con arroz crudo y un trozo de pollo medio congelado y sangriento.

Mohamed relata cómo lo único comestible era el queso y la mermelada que les reparten por las mañanas. Los compañeros de celda los mezclaban con agua para que cundiera para todos con el pan duro y mohoso que les daban.

Durante el presidio, ni los adultos ni los menores tienen derecho a recibir visitas de sus familiares en prisión. A sus abogados, designados por Israel, a menudo solo los ven si se celebra el juicio, algo que a veces tarda meses o años y que muy a menudo nunca tiene lugar. Por ello, muchos palestinos interpretaron los ataques del 7 de octubre como una oportunidad para volver a ver a sus seres queridos, también secuestrados, en caso de producirse un eventual intercambio de presos. Pensaron incluso que por fin podrían recuperar los cadáveres de los familiares que Israel retiene durante años y décadas —incluso enterrados en fosas comunes— para usarlos en sus negociaciones a cambio de rehenes israelíes.

La ocupación del centro de Hebrón mediante un asentamiento ilegal forzó la expulsión de sus habitantes palestinos y el cierre de buena parte de sus comercios hasta el día de hoy. Ricard García Vilanova

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—Uno de los trabajos que tenemos que hacer con los niños que han sido encarcelados es ayudarlos a que reconstruyan su confianza en la comunidad. Durante los interrogatorios, les dicen que les han denunciado sus amigos, sus primos, sus compañeros de clase —explica la doctora Jabr—. Pierden la confianza en la autoridad de sus padres, madres y de los otros adultos que no pudieron evitar su detención, como los maestros que vieron cómo se los llevaron de las escuelas. Les ayudamos a reintegrarse en la escuela porque si estuvieron mucho tiempo en prisión, tienen que repetir curso, y porque esa experiencia traumática interrumpe su capacidad de atención y concentración. También es habitual la “parentalización”: niños que tienen que asumir las responsabilidades de los adultos, ya sea porque han sido encarcelados, porque han sufrido amputaciones, porque no pueden ser funcionales por su sufrimiento o porque fueron asesinados.

Niños y niñas intentando consolar a sus padres y madres durante los entierros, transmitir tranquilidad durante los puestos de control, conteniendo el llanto durante los allanamientos de las casas… Escenas de inversión de roles que se han convertido a lo largo de las décadas en símbolos de Palestina.

Pero Ibrahim es demasiado pequeño aún para eso.

Cuando el perro se abalanzó sobre él y clavó la dentadura en su muslo, él aún dormía. Eran las seis y media de la mañana del 4 de febrero de 2024. Su madre se había levantado alertada por el ruido en las escaleras y sus hijas la siguieron pensando que ya era la hora de ir al colegio. Las fuerzas especiales, que cada dos por tres habían invadido el campo de personas refugiadas de Balata, en la ciudad de Nablús, abrieron la puerta de la vivienda, ordenaron entrar al perro y la cerraron. La madre tiraba del perro con toda su fuerza, pero no soltaba a su presa. Órdenes en hebreo salían del altavoz que este llevaba atado al collar. El niño seguía sin emitir ni un solo sonido. Finalmente, los soldados entraron y se llevaron al perro, al niño y a la madre.

Ibrahim fue atacado por un perro del Ejército israelí durante un allanamiento de su casa. Dos años después, sigue esperando un permiso del Gobierno israelí para poder recibir tratamiento médico en Jordania. Ricard García Vilanova.

—Alguien cogió a Ibrahim y cuando me lo devolvieron en una manta térmica pensaba que estaba muerto. No hablaba, estaba ido. [Los soldados] me gritaron que tenía que irme corriendo a la ambulancia, pero cuando empecé a correr hacia ella con mi otro hijo también al lado, comenzaron a dispararnos y tuvimos que volver al portal. Los mismos soldados que nos habían dicho que nos fuéramos nos gritaban que qué hacíamos de vuelta. Finalmente, nos dejaron llegar a la ambulancia. 

Amani Hashash sostiene a su niño sobre las rodillas, lo envuelve entre sus brazos. Ibrahim responde a las preguntas con sonrisas y es su madre la que responde por él. Pesa y mide menos de lo que debería para su edad. Su madre dice que desde el ataque apenas come y que dejó de crecer.

—Cuando llegamos al hospital no querían dejarme ver sus heridas. Les ordené que me las enseñaran, que en mi vida ya lo había visto todo. Pero cuando las vi no podía dejar de gritar. 

Sobre el pecho de Amani pende un medallón con el rostro de uno de sus hijos, muerto a manos de soldados israelíes. Tiene otro en prisión. Lo entregó ella misma a las fuerzas de ocupación.

—Le dije que no quería enterrar a otro hijo. Y que, si me quería, me iba a acompañar al puesto de control donde había quedado con el jefe del Ejército de la zona. Cuando llegamos y nos despedimos, sentí alivio porque pensé que al menos seguiría vivo.

Amani es un bloque de dolor tan prieto y aleado que podría sostener el peso del mundo. Quizá ya lo sostiene. Posiblemente el mundo se sostenga sobre las Amani del mundo.

Mientras, Ibrahim la escucha como si no lo hiciera.

—Ibrahim ya no quiere salir a la calle. Antes [del ataque] lo enviaba a hacer compras solo, jugaba con sus amigos. Ahora no puede separarse de mí. Oye cualquier ruido o un ladrido y se pone a temblar.

Como a Ibrahim, también le da miedo salir a la calle a Sidra, de ocho años, quien sintió el calor del puntero del láser del fusil en su cabeza justo antes de que un soldado israelí le disparase cuando jugaba con su prima en la puerta de su casa en la aldea de Anza, cerca de Jenin; y a Mohamed, un niño con discapacidad cognitiva al que los soldados esposaron con bridas y mantuvieron tirado en el suelo mientras lo vejaban y amenazaban cuando se dirigía al hospital de Jenin para visitar a su madre; o Ahmad, un niño de seis años de Gaza que acudió a Ramala junto a sus padres, días antes de que comenzase el genocidio de Gaza, para recibir un tratamiento para la distrofia muscular congénita de Ullrich que sufre y al que Israel no le permite volver junto a sus hermanos ni a estos trasladarse a Cisjordania. Niños, niñas y adolescentes a los que el Estado de Israel ha secuestrado con su amenaza constante de muerte; criaturas a los que el Gobierno y la mayoría de los medios de comunicación israelíes se empeñan en llamar ‘menores’ para arrebatarles cualquier rasgo de humanidad, para que nadie pueda sentir por ellos ningún tipo de empatía, para que quienes hacen posible tanta infamia olviden que están librando una guerra contra niños y niñas.

—Lo que estamos sufriendo los palestinos es mucha maldad y la mejor terapia para eso no son las intervenciones psicoterapéuticas más sofisticadas. La mejor terapia para la maldad es la bondad humana. Sabemos que los gobiernos extranjeros no nos consideran humanos. Por eso no nos aplican la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sabemos que el derecho internacional es una mentira. Pero si los palestinos no nos hemos radicalizado, si no nos hemos vuelto agresivos hacia el mundo, es porque vemos la diferencia entre los gobiernos y los movimientos populares. La solidaridad es terapéutica. Y el movimiento de solidaridad global con Palestina mantiene nuestra conexión con la humanidad.  

***

Una columna de jeeps irrumpe en la cima del monte. Descienden soldados, hombres, mujeres, niños. Se dispersan como hormigas, inspeccionan el terreno, señalan hacia donde nos encontramos, se reúnen en torno a una bandera israelí, la más grande de la decena que ondean a lo largo del horizonte. Abajo, un grupo de niños y niñas juega a la sombra del único árbol que hay en varios cientos de metros alrededor. A su lado, sus padres, madres tíos, tías, primas. Son lo que quedan de la comunidad beduina Wadi al Qilt, al este de Jerusalén, en la Cisjordania ocupada. Estaba compuesta por 25 familias. Ahora apenas quedan tres o cuatro tras los continuos ataques de los colonos y del Ejército israelí. Según la oenegé especializada en el pueblo beduino Al-Baydar Center for Human Rights, desde octubre de 2023 las tropas israelíes y los colonos han expulsado de sus tierras a 72 de las 150 comunidades existentes. Las mismas que habían levantado en medio del desierto del Sinaí después de que las milicias sionistas les obligasen a huir de sus tierras en 1948. Allí tuvieron que reconstruir su forma de vida, tradicionalmente dedicada al pastoreo, al comercio y a la agricultura de subsistencia. Son la población más pobre entre los palestinos y la más asediada por los colonos.

—La última vez [que me atacaron], vinieron hacia mí, en la montaña, con palos, con M16 al hombro y con perros. Empezaron a golpearme mientras me gritaban: “¡Vete de aquí!”. Uno me miraba y se reía. Juro que me miraba y se reía. Nos gritaron que no saliéramos de la casa. Ya no salimos para nada.

Omar tiene quince años y no quiere ser fotografiado ni dar su nombre por miedo a nuevas represalias. Insiste en que son tantos los ataques, las vejaciones, las amenazas, que no sabe por dónde empezar, cómo organizar su discurso. Pero lo hace. De manera precisa y reveladora.

—No nos dejan en paz, vienen a diario a causarnos problemas. Una vez golpearon a mi primo, es algo normal para ellos. Otra, nos robaron los coches que teníamos. Otra, más de 200 ovejas. Vienen niños pequeños a nuestra comunidad a insultarnos. Si les decimos algo, vuelven con el Ejército. Tiran trozos de pan envenenado. ¿Y si lo coge un niño pequeño y se lo come?

A unas decenas de metros de la caseta metálica en la que vive, permanecen los restos de lo que fue su comunidad, sus casas, los establos. Todo ha vuelto a ser derruido por una excavadora. Durante los últimos quince años, el Gobierno israelí ha ordenado su demolición tantas veces como ellos la han reconstruido. Pero ya no tienen dinero ni energía para volver a hacerlo.

—Ayer mismo vino un jefe del Ejército a decirnos que tenemos prohibido volver, que si lo hacemos volvería por la noche con los colonos para quemarnos. Cuando huimos, las oenegés nos dicen que volvamos, la Autoridad Palestina nos dice que no podemos vivir allí, que tenemos que resistir aquí. Pero nosotros resistimos y vienen estos colonos y nos desplazan. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos vamos a vivir al espacio?

Alrededor hay colinas del desierto blanco y nadie que los proteja de los cada vez más recurrentes asaltos armados.

—No sabemos qué hacer. Son tantas las preocupaciones que hay cosas que se olvidan. Ellos vienen sin ningún motivo, nos atacan y nos dejan tirados en cualquier lado. ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho?

Cuando Omar dice “ellos” se refiere tanto a los colonos como a los soldados israelíes. A menudo actúan conjuntamente, cada vez cuesta más distinguirlos por su apariencia y por su modo de actuar y, además, cada vez hay más soldados colonos sembrando el caos en los territorios ocupados palestinos.

—¿Vida futura? No hay de eso para nosotros. Este es nuestro futuro. No lo hay.
Omar mira alrededor, responde incómodo, pero sin preguntas retóricas. Fue la última vez que pregunté a un niño o niña palestino por el futuro. Mientras el sol se ponía, la columna de jeeps de los colonos emprendía su camino de vuelta.

Este reportaje ha sido realizado en colaboración con la ONGD Mundubat y ha sido cofinanciado por la Unión Europea y por la ACCD‑Generalitat de Catalunya a través del programa Connect for Global Change de Lafede.cat. Sus contenidos son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente las opiniones de la Unión Europea.

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