Fotografía

La guerra que el mundo no quiere ver

Sudán sufre la mayor crisis humanitaria del planeta. Quienes vuelven a la capital, Jartum, intentan reconstruir su vida entre el saqueo y las ruinas.

El 15 de abril de 2023, Jartum amaneció convertida en un frente de guerra. La lucha por el poder entre las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF) y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) transformó la capital sudanesa en una ciudad tomada por los combates, los saqueos y los francotiradores. Edificios civiles y administrativos fueron ocupados y, tras meses de bombardeos e incendios, acabaron reducidos a ruinas. Ninguna de las tres ciudades que forman el área metropolitana de la capital sudanesa —Jartum, Omdurmán y Jartum Norte— escapó a la destrucción.

Aunque Sudán arrastra décadas de golpes de Estado, guerras civiles y violencia en regiones como Darfur, nunca antes el conflicto había alcanzado con tanta fuerza el corazón del país. Jartum, uno de los grandes centros económicos y culturales de África Oriental —con restaurantes, teatros, hoteles y barrios llenos de vida—, vio cómo sus calles se vaciaban y millones de personas huían de sus casas ante los enfrentamientos entre el Ejército y los paramilitares de las RSF —herederas de las milicias Janjaweed, una fuerza impulsada por la dictadura de Omar al Bashir (1989-2019) y considerada responsable del genocidio de Darfur en 2003—. En medio de una guerra total, las RSF capturaron infraestructuras clave e instituciones gubernamentales de Jartum. Hasta marzo del año pasado, cuando las Fuerzas Armadas lograron retomar la ciudad y 1,36 millones de los 3,77 millones de personas que habían huido comenzaron a regresar.

Pese a ser uno de los grandes conflictos de nuestra era, Sudán no ocupa portadas de las grandes cabeceras. Y cuando lo hace, persiste el silencio de una voz: la de su gente. Con más de 150.000 muertos, es una guerra que ha causado la huida de 4,4 millones de personas a países vecinos. Pero la crisis interna es la más silenciada: más de 9 millones de personas —la cifra más alta del mundo— se han desplazado a causa de la violencia dentro del país.

En esas historias se ha fijado el fotoperiodista Diego Menjíbar: Mustafa, Manasik, Suhaip, Halid, Menal o Ilham. Relatos de personas que tuvieron que abandonar sus hogares, que han visto cómo ciudades enteras han quedado reducidas a ruinas, que han vivido en sus carnes la crisis del hambre. Menjíbar ha documentado su retorno a Jartum y las cicatrices que la violencia ha dejado sobre ellas.

Sus historias, comentadas por el propio periodista, ponen nombre y rostro a una guerra que transcurre lejos del foco internacional. Muchos de los testimonios fueron recogidos bajo supervisión militar, en un país en el que el control sobre la información que entra y sale es extremo.

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