—Quizá pueda ayudarme a entender algo que me resulta muy desconcertante.
El juez Fouad Abdel-Moneim Riad se dirigió al testigo que declaraba ante el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY). A sus 71 años, el magistrado egipcio tenía una enorme experiencia legal internacional y una mente inquisitiva.
—Tenemos aquí al menos diez fotografías. Me pregunto en qué circunstancias fueron tomadas. Son imágenes de una ejecución, paso a paso. ¿Cómo es posible que alguien que tenga intención de matar a otra persona se lleve a un fotógrafo para que lo documente? —preguntó el magistrado al testigo.
Era el miércoles 22 de septiembre de 1999. El juicio contra el serbiobosnio Goran Jelisić en el TPIY llevaba un año en marcha en La Haya. Jelisić, que en aquel momento tenía 31 años, se había declarado culpable del asesinato de 13 personas en Bosnia y Herzegovina, entre otros cargos. Aquella mañana, el tribunal vio una serie de fotografías que parecían mostrar a Jelisić ejecutando a sangre fría a un hombre en Brčko, en el norte de Bosnia, en 1992. Las imágenes las había tomado un fotógrafo profesional y habían sido publicadas por la agencia internacional de noticias Reuters. Jelisić, con jersey verde de punto estampado y una expresión tímida, escuchaba atentamente lo que se decía en el juicio.
El fiscal británico Geoffrey Nice describió la primera fotografía: en ella el acusado, Jelisić, aparecía vestido con una camisa azul de manga corta. En la mano llevaba una pistola con silenciador. A su izquierda había un hombre con uniforme militar y un fusil automático. Delante de ambos se veía a otros dos hombres —uno con una chaqueta de cuero marrón, el otro con un jersey beis— caminando por un callejón sin salida; al fondo yacían varios cadáveres.
La siguiente foto mostraba a Jelisić apuntando con el arma a la espalda del hombre de la chaqueta marrón. En la siguiente, había subido la pistola a la altura de la cabeza de su víctima, que estaba con los hombros hundidos. La siguiente mostraba al hombre doblado por la cintura, con las manos alzadas hacia la cabeza, como si intentara protegerse.
Luego el hombre aparecía en el suelo, con una pierna levantada en el aire y Jelisić detrás con el arma en alto. Las otras imágenes recogían los momentos posteriores: el hombre boca abajo en el asfalto, claramente vivo —sus piernas y sus brazos en posiciones distintas—, con Jelisić aún apuntándole. A continuación, el hombre del jersey beis tendido de lado en el suelo y un gran charco de sangre alrededor de su cabeza; luego los dos hombres en el suelo, sangrando abundantemente.
Había otra imagen que mostraba varios cadáveres arrojados a una fosa, unos sobre otros, con las extremidades entrelazadas. Algunos rostros eran visibles. Eran al menos doce, todos hombres. Sobre la fosa, un camión aparentemente utilizado para transportar los cuerpos y una excavadora lista para cubrirlos de tierra.
Antes de que el testigo, el investigador del TPIY Paul Anthony Basham, pudiera responder a la pregunta del juez Riad, el fiscal Geoffrey Nice solicitó que el juicio pasara a celebrarse a puerta cerrada. Por eso, las transcripciones del proceso no recogen la respuesta del testigo sobre las circunstancias en las que se habían sacado aquellas fotografías. Las imágenes fueron presentadas como “prueba P67”. Fueron pruebas importantes durante el juicio, pero en ningún momento se cuestionaron las circunstancias en las que habían sido tomadas: aquello solo pareció llamar la atención del juez Riad.
Esta crónica es la respuesta a la pregunta del juez. Es la historia de cómo se obtuvieron esas fotografías, las únicas imágenes profesionales de la guerra de los Balcanes que documentan el momento exacto de una ejecución.
Igual que el juez Riad, durante mucho tiempo yo también me pregunté cómo era posible que el fotógrafo estuviera tan cerca de los autores y las víctimas de aquella ejecución. ¿Cómo pudo documentar un asesinato tan de cerca, y sacando tantas imágenes? ¿Acaso el asesino no vio la cámara? Si lo hizo, ¿por qué le permitió tomar las fotografías? ¿O por qué dejó que el fotógrafo se quedara con el carrete?
El fotoperiodismo de guerra es un acto de no injerencia. ¿Fue el acto de fotografiar, en este caso, una forma de participación? ¿La proximidad de la cámara provocó de algún modo lo que sucedió? ¿Se hicieron la misma pregunta que el juez Riad los editores de Reuters que compraron y distribuyeron las fotos en todo el mundo? ¿Y los miembros del jurado de los premios World Press Photo que galardonaron al fotógrafo en 1993? ¿Existía alguna duda entre los medios holandeses que aclamaron al autor de la imagen como un héroe cuando huyó de Belgrado a Ámsterdam aquel mismo año? ¿Qué pensaba de todo esto el resto de fotógrafos que cubría el conflicto?
Para entender qué fue lo que se fotografió en realidad y, sobre todo, cómo se fotografió, necesitamos tomar distancia, hacer el camino inverso al habitual e ir de la imagen a la realidad.
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La guerra de los Balcanes se desarrolló frente a las cámaras, pero no por eso terminó antes. En Croacia se prolongó durante cuatro años y medio, en Bosnia y Herzegovina casi cuatro y en Kosovo más de un año. A la hora de juzgar los crímenes perpetrados, el TPIY examinó como pruebas más de 2.500 artículos, grabaciones y fotografías, según datos del Centro de Medios de Sarajevo.
De entre todas aquellas imágenes y grabaciones, las de la localidad de Brčko son las únicas fotografías profesionales que documentan una ejecución en el momento en que se produce. Imágenes así son raras en la historia de la fotografía. Una de las más icónicas del siglo XX es la de Saigón en 1968, en la que el jefe de la policía survietnamita Nguyen Ngoc Loan aparece disparando una bala en la cabeza de un guerrillero del Viet Cong, Nguyen Van Lem. La tomó el fotógrafo americano Eddie Adams para Associated Press y le valió los premios Pulitzer y World Press Photo. Adams pudo utilizar la cámara porque el propio verdugo se lo permitió, convencido de que aquel asesinato era justo. La imagen se hizo famosa precisamente porque muestra algo que es bastante habitual en los conflictos, pero que rara vez se documenta. Aquella foto contribuyó a desencadenar protestas contra la guerra de Vietnam, algo que el fotoperiodista no pretendía: Eddie Adams era un exmarine que apoyaba la intervención de las tropas de su país, y el guerrillero vietnamita ejecutado había matado a soldados estadounidenses.
Las circunstancias que rodearon a esa fotografía están bien documentadas, ya que se tomó ante numerosos testigos.
Las sacadas en Brčko, no.
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Las imágenes de la ejecución en Bosnia fueron tomadas el 6 o el 7 de mayo de 1992. La fecha exacta no quedó determinada durante el juicio. En Brčko, una localidad de 41.046 habitantes en el noreste de la actual Bosnia y Herzegovina, la mayoría de la población era bosnia, mientras que los serbios eran la minoría más numerosa. La guerra había empezado un mes atrás y había llegado a Brčko al amanecer del 30 de abril.
Goran Jelisić llegó a la ciudad aquel mismo día. Era un miliciano procedente de la ciudad de Bijeljina. Con 23 años tenía un hijo pequeño, estudios primarios y un trabajo como conductor de tractor en una explotación agrícola. Tres meses antes había salido de prisión tras cumplir una condena por falsificar cheques. Le gustaba el dinero: durante el juicio quedó probado que robaba todo lo que podía a las personas a las que detenía. Dinero, relojes, joyas. En Brčko le asignaron un uniforme azul de la Policía yugoslava, una pistola Scorpion con silenciador y una radio Motorola. Su nombre en clave era “Adolf”. Uno de los testigos protegidos que participaron en el juicio del TPIY recordó que el acusado llegó a decir: “Hitler fue el primer Adolf. Yo soy el segundo”.
La llegada de la guerra a Brčko supuso la entrada de una oleada de soldados, policías y paramilitares serbios en la ciudad y la detención de numerosos hombres bosnios y croatas de entre 16 y 60 años. Parte de ellos fueron trasladados a la comisaría del centro de Brčko. Allí, una veintena de personas fue encerrada en la llamada “habitación 13”. El hombre de la chaqueta marrón fue sacado de allí: por qué lo eligieron precisamente a él sigue sin estar claro. ¿Era la persona que estaba más cerca de la puerta? ¿Quizá llevaba un reloj caro? ¿Tenía a alguien en su contra?
Jelisić declaró que fue su primer asesinato, aunque no recordaba cuántas veces disparó contra él. “Quizá dos o tres balas”, dijo.
En otras ejecuciones después de aquella, Jelisić siguió el mismo patrón: disparaba su Scorpion con silenciador, de cerca y por la espalda. Quienes lo conocían decían que era un cobarde, incapaz de mirar a sus víctimas a los ojos. Solía disparar contra ellos en la nuca, algo que quedó confirmado durante el juicio. Con el tiempo, se aseguró de que en sus ejecuciones no quedara mucha sangre que limpiar: ordenaba a sus víctimas que inclinaran la cabeza sobre una alcantarilla para que la sangre se derramara allí.
Jelisić fue condenado por el asesinato de 13 personas. Pero se desconoce a cuántas llegó a matar realmente en Brčko durante las apenas tres semanas de mayo de 1992 que pasó en la ciudad. En el juicio no se llegó a establecer el número exacto: al haber confesado los crímenes por los que se le acusaba, la fiscalía no investigó si hubo más víctimas. Según uno de los testigos protegidos, que en las transcripciones aparece como “L”, Jelisić decía que necesitaba ejecutar a veinte o treinta personas antes de tomarse el café por la mañana. Otro testigo, “A”, dijo que recordaba con nitidez la voz de Jelisić porque la oía entre diez y quince veces al día ordenando: “¡Al suelo, y pon la cabeza encima de la alcantarilla!”.
En el juicio testificaron algunos detenidos que habían estado a sus órdenes. Relataron cómo le habían visto matar y describieron cómo les ordenaba apilar los cuerpos para que un camión frigorífico de la empresa Bimeks los trasladara a la fosa común que aparece en las fotografías. Algunos testigos declararon que varios cuerpos fueron trasladados a la fábrica de piensos Farma y procesados para obtener pienso para animales.
El testigo “N” dijo haber visto cerca de un centenar de cadáveres “amontonados como troncos”. Los cálculos de la fiscalía apuntaron a que Jelisić pudo haber matado a unas cien personas, quizá más.
La guerra en Bosnia fue larga y convirtió a muchas personas en asesinas. Personas que antes eran maestros, policías o agricultores pasaron a ser criminales de guerra. Pero pocos mataron de forma tan prolífica como Goran Jelisić. Por eso recibió la condena más larga que el TPIY había impuesto hasta entonces: 40 años de prisión.
Uno de los testigos en La Haya describió a Jelisić como alguien con un físico anodino: “Un joven de unos veinte años, pelo castaño, estatura y complexión medias, con bastante vitalidad”.
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En aquella época, Bojan Stojanović era un fotógrafo de 22 años. Originario de Belgrado, trabajaba para el diario Večernje novosti (Noticias de la tarde). Hacía todo tipo de fotografías: desde eventos deportivos hasta vida cotidiana. Stojanović y uno de sus colegas en Večernje novosti, su amigo Srđan Petrović, colaboraban además ocasionalmente con la agencia Reuters. A principios de mayo de 1992 se dirigían a Sarajevo para hacer una cobertura para esa agencia, pero antes pararon en Brčko: allí fotografiaron la ejecución y enviaron las imágenes a Belgrado.
El primero en recibir las fotos en la oficina de Reuters en Belgrado fue el fotógrafo Emil Vaš. “Cuando las vi, no me lo podía creer. No puedes creer que alguien tome fotos así. Ni siquiera sabíamos si [la ejecución] era real. No sabíamos qué hacer con ellas”, me dijo Vaš en una entrevista.
Petar Kujundžić, que entonces era el jefe de fotografía de Reuters en Belgrado, supo de la existencia de esas imágenes aquella misma noche. Lo primero que pensó al verlas fue que estaban manipuladas. Preguntó a ambos fotógrafos cómo las habían sacado. Le dijeron que pasaban por allí, que se encontraron casualmente con aquel grupo de personas cuando ocurrió todo.
“Yo desconfiaba, porque sabía que nadie en su sano juicio permitiría fotografiar algo así”, sostuvo Kujundžić, que recordaba haber visto muchas fotos del suceso, al menos dos carretes. Además de las de Stojanović, también vio el material de Srđan Petrović: las fotos eran muy parecidas.
Kujundžić hizo llegar las fotos a Donald Forbes, entonces jefe de la corresponsalía de Reuters para Yugoslavia. Forbes, en una respuesta por escrito para esta investigación —antes de su fallecimiento en 2025—, no profundizó en las circunstancias en las que fueron tomadas las fotografías. Explicó, en términos generales, que dieron las imágenes por buenas por la relación de confianza existente con el autor. Recordaba a Stojanović como un buen fotógrafo, aunque también como una persona impredecible.
“Una vez se hizo con un Golf blanco robado de la fábrica de Volkswagen en Bosnia y le puso, por su cuenta y riesgo, un cartel de la ONU. Aquello causó problemas con Naciones Unidas, tanto a él como a la oficina de Reuters en Sarajevo”, contó. En un principio dijo que “sin duda” él mismo “habría estado implicado” en la decisión de usar las fotos, aunque más tarde escribió que la decisión de publicarlas fue del equipo editorial de Reuters en Londres y que era responsabilidad de ellos valorar si esa decisión era ética.
Por aquel entonces el editor gráfico de Reuters en Londres era Pat Benic, responsable de Europa, Oriente Medio y África. Le pregunté si habían dudado a la hora de publicar las fotos. “Recuerdo que, antes de su difusión, aquellas imágenes estuvieron retenidas hasta que pudimos verificarlo todo a través de Belgrado. Estuvieron paradas horas, hasta que la información fue verificada”, me dijo. No detalló cómo se verificó la información.
A partir del 9 de mayo, las fotografías se publicaron en todo el mundo. El crédito de autor decía únicamente: Bojan Srdjan/Reuters, o Srdjan Bojan/Reuters. Se distribuyeron con ligeras variaciones de este pie de foto: “Un policía serbio ejecuta a un francotirador musulmán de un disparo en la nuca después de ser capturado cerca de Brčko y acusado de disparar contra un convoy de refugiados serbios”.
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Bojan presentó una de las fotos de Brčko al concurso World Press Photo. En febrero de 1993 fue declarado ganador en la categoría de Spot News. Aquel mismo mes abandonó Serbia rumbo a los Países Bajos. Nunca regresó.
Allí pidió asilo político: aseguró que estaba siendo perseguido por las autoridades serbias y que su vida corría peligro. A juzgar por las noticias que aparecieron en los medios holandeses, fue acogido como un disidente. En la televisión pública incluso lo compararon con Salman Rushdie. Hizo varias entrevistas en las que explicaba cómo habían surgido las fotografías. Cada versión era ligeramente diferente a la anterior, pero en todas mantenía que había conseguido tomar las imágenes sin ser visto y que luego se marchó sin que nadie se diera cuenta.
También aseguró que, después de que las imágenes fueron publicadas, lanzaron una bomba contra el edificio donde vivía con sus padres en Belgrado. “El líder de una milicia serbia ha puesto precio a mi cabeza, 20.000 dólares. Porque para el país soy un traidor. En la televisión y los periódicos serbios ha aparecido una orden de búsqueda en mi contra”, declaró al diario De Stem. Relató que había sido arrestado en noviembre de 1992 y acusado de haber intentado asesinar a una mujer a la que, afirmó, ni siquiera conocía. En otra entrevista, dijo que fue arrestado por “presunto robo” y que, mientras estaba bajo custodia, fue interrogado sobre las fotografías y acusado de espionaje. Tras ser puesto en libertad dos meses después, descubrió, según dijo, que todo su equipo fotográfico, 4.000 negativos y varios documentos habían sido sustraídos de su apartamento. Contó que fue entonces cuando decidió huir. Como no tenía pasaporte, cruzó la frontera con Bulgaria de forma irregular, viajando sobre el techo de un tren. En varias entrevistas, el fotógrafo dijo que Reuters le ayudó a escapar.
En respuesta a las consultas realizadas, la Fiscalía Municipal de Belgrado negó que haya registros de 1992 o 1993 sobre ataques a Bojan Stojanović. Ninguna de las personas con quienes hablé —periodistas y fotógrafos de su entorno— sabía nada de un bombardeo contra su edificio. Forbes, el jefe de la oficina de Reuters en Belgrado, tampoco recuerda haber visto nada en televisión sobre una orden de búsqueda contra Stojanović.
Tanto Forbes como Pat Benic niegan que Reuters le ayudara a escapar. “Era una norma de la empresa que, si cualquier miembro del personal era buscado por las autoridades de cualquier país por cualquier motivo, debía permanecer en su lugar para prestar plena cooperación. Nunca recibí ningún requerimiento oficial en Serbia sobre ninguno de los fotógrafos ni sobre las fotografías”, me dijo Forbes en 2022.
En abril de 1993, los medios holandeses informaron de que dos serbios habían secuestrado al fotógrafo Bojan Stojanović en Ámsterdam y habían intentado matarlo. “Amenazado con un arma, fue obligado a subir a un coche. Los secuestradores llevaron al periodista hasta Mauritskade. Allí intentaron estrangularlo con un trozo de alambre de acero. El joven Stojanović, de 23 años, golpeó a los hombres con su cámara. Logró escapar de sus asesinos tirándose al canal”, publicó el NRC Handelsblad.
El mismo año, la cadena pública holandesa VPRO produjo y emitió un documental de media hora sobre el fotógrafo titulado De prijs (El precio). En él se ve a Stojanović comiendo ruidosamente una ensalada mientras muestra sus fotos de la guerra en Bosnia: soldados heridos, cuerpos de civiles. Sobre la premiada fotografía de Brčko, dice: “Este tipo es musulmán. No sé por qué murió. Yo solo estaba allí, y todo ocurrió en un momento”. Repite que los asesinos no se habían fijado en él, a pesar de que solo estaba a tres metros de la espalda de Jelisić.
El documental sigue a Bojan hasta la exposición del World Press Photo, donde observa la fotografía premiada, acompañada de un pie de foto basado en el original con el que fue publicada. Dirigiéndose a un hombre que parece formar parte de la organización de la exposición, dice: “En realidad, este hombre no era un francotirador [tal y como se dice en el pie]. Era un simple civil”. El hombre asiente y dice: “Sí”. No parece sorprenderle saber que la imagen expuesta perpetúa una mentira sobre el hombre asesinado.
Hablé con el codirector del documental, Thomas Doebele. Dijo que el equipo de rodaje había dado por sentada la credibilidad del fotógrafo, respaldada por el hecho de que había ganado el prestigioso World Press Photo. Doebele no recordaba quién era el hombre al que Stojanović explica que la víctima no es un francotirador. Tampoco lo recordaba nadie de la Fundación World Press Photo.
Durante años, en la página web del World Press Photo la imagen figuró con el siguiente pie: “Despiadado asesinato en las calles a principios de verano. Acusado de disparar contra un convoy de refugiados serbios, un francotirador musulmán es capturado por un policía serbio uniformado y recibe un disparo en la nuca”. Mandé las imágenes del documental a WPP y cambiaron “francotirador” por “civil” en el pie de foto de su web —treinta años de la emisión del documental en la televisión pública holandesa—.
Al menos ahora, junto a la fotografía y su anterior pie de foto en su web, aparece esta nota: “Este pie de foto identificaba anteriormente a la víctima como un francotirador. Se nos ha proporcionado un vídeo en el que el fotógrafo dice que eso no es correcto. Por lo tanto, el pie de foto fue editado el 21 de julio de 2022”.
Al verificar las declaraciones de Stojanović en los medios holandeses comprobé que, efectivamente, estuvo en prisión preventiva en Belgrado a finales de 1992. Su colega Srđan Petrović también fue detenido. Pero no fue por acusaciones falsas ni por un caso inventado, sino porque ambos, junto con otros dos hombres, habían sido condenados por robar a una anciana en Belgrado. De los cuatro acusados, Stojanović fue el que recibió la condena más larga: un año y cuatro meses.
El fotógrafo Kamenko Pajić me contó que había estado presente cuando Bojan confesó a Forbes, el fallecido jefe de Reuters en Belgrado, que había robado a “una abuela” y que no quería ir a la cárcel.
No fue a la cárcel. Huyó a los Países Bajos y nunca regresó.
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Stephen Mayes era el presidente del jurado del World Press Photo de 1993 cuando Stojanović fue premiado. Recuerda la fotografía, pero no la discusión entre los miembros del jurado al respecto. Aquel año, un total de 1.969 fotógrafos de 84 países compitieron por los premios con 19.428 imágenes, según la información facilitada por la Fundación World Press Photo. En la categoría de Spot News, en la que fue premiado Bojan Stojanović, tenían cabida desde bodas de famosos hasta elecciones. Mayes explicó que en la primera ronda de deliberaciones los nueve miembros del jurado dedicaban apenas un segundo a cada foto. Era “pum pum pum, sí o no”. No había información sobre las fotografías ni sobre sus autores. En la siguiente ronda se detenían unos pocos segundos por cada imagen, y solo en la última ronda, que incluía unas pocas decenas de fotos, el jurado recibía algún dato. Es un sistema habitual en este tipo de premios, a los que se presentan miles de imágenes.
En 2015 el World Press Photo introdujo un código ético que, entre otras cosas, establecía que los fotógrafos debían explicar de forma transparente las circunstancias en las que se habían tomado las imágenes y asegurar que los pies de foto eran precisos.
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En mitad de mi investigación, recibí un extracto confidencial del interrogatorio realizado a Goran Jelisić en 1998 por dos investigadores del TPIY. El acta explicaba que el 6 o el 7 de mayo de 1992, Goran Jelisić fue convocado al despacho donde se encontraban el alcalde de Brčko, Đorđe Ristanić; el jefe de Policía, Dragan Veselić; y otro miliciano, Enver, al que todos conocían como “Shock”.
Este es un fragmento del acta que obtuve: “Veselić le dijo [a Jelisić] que iba a tener su ‘bautismo de fuego’, y después Đorđe Ristanić explicó que en Brčko se habían hecho muchas cosas que había que corregir. Luego les dijo a él y a Enver que dos periodistas (los fotógrafos Srđan y Bojan) les estaban esperando fuera para fotografiar cómo los dos iban a matar a dos musulmanes; y que esas fotografías se usarían como material de propaganda ‘para mostrar cómo los musulmanes matan a los serbios’”.
Parece complicado entender cómo estas fotografías por sí solas podían ser usadas como propaganda proserbia, pero hay una segunda parte de esas instrucciones, relacionadas con el ya mencionado pie de foto, que ayudan a entender el plan: “Después irían frente a la comisaría, donde se había colocado un ataúd vacío para llorar por los supuestos serbios muertos [supuestamente asesinados por los “francotiradores” recién ejecutados], algo que los periodistas también fotografiarían. Jelisić declaró además que Enver sacó a dos bosnios desconocidos de la habitación número 13, a quienes después condujeron hasta el centro artesanal, y que él disparó contra uno de ellos con una Scorpion, y Enver contra el otro con un fusil automático, lo cual los periodistas fotografiaron. Después regresaron a la entrada de la comisaría, al ataúd vacío, y se unieron a una chica llamada Violeta, que lloraba por los supuestos serbios muertos”.
¿Se puede confiar en la palabra de un asesino en masa? El entonces investigador jefe de la Fiscalía del TPIY, John Ralston, me dijo en una entrevista que no había razón para que Jelisić mintiera. Había suficientes testigos y pruebas contra él incluso sin esas fotografías: 25 testigos declararon en su contra en La Haya.
Nunca se publicaron fotografías de Violeta llorando ante el ataúd.
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El hombre asesinado que vestía chaqueta de cuero marrón quedó registrado como “víctima no identificada” en el juicio de La Haya. Su nombre era Husein Kršo. Cuando fue asesinado tenía 34 años y cinco meses. Era camarero en Brčko. No pertenecía a ningún partido, a ninguna organización, a ningún ejército. Estaba casado. Su hijo mayor tenía entonces nueve años. Un mes después de su muerte, su segundo hijo cumplió seis. Siete meses después de su muerte, su esposa Džana dio a luz a su tercer hijo. La chaqueta de cuero marrón con la que murió se la había traído su hermano de Suiza, me contó su hijo mediano, Mustafa Kršo, cuando nos encontramos en Brčko. Dijo que su madre aún no era capaz de hablar de aquello, así que vino él en su lugar.
Su esposa y sus hijos lo vieron por última vez unos días antes de que lo mataran, cuando, a principios de mayo de 1992, toda la familia intentó abandonar la ciudad. El Ejército Popular Yugoslavo separó a los hombres de las mujeres y los niños: los hombres no podían irse. Mustafá recuerda haberse despedido de su padre cerca del cuartel militar. Todos lloraban. Su padre dio algo de dinero a su madre y dijo: “No te preocupes por nada”.
No supieron qué le había pasado a Husein hasta 1993, cuando su hijo mayor, Nedžad, de diez años, vio la fotografía de Bojan Stojanović por televisión. “¡Mamá, ahí está papá!”, gritó. El aspecto de papá, la chaqueta de papá, la camisa de papá, los mocasines de papá. No había duda, dice Mustafá.
Su padre era amigo del hombre del jersey beis que fue asesinado junto a él y que aparece con él en las fotografías. Se llamaba Hajrudin Muzurović y tenía 39 años. Tenía previsto contraer matrimonio en mayo de 1992, el mes en que fue asesinado. Era un civil normal y corriente, como Husein. El hombre con uniforme de camuflaje que lo mató fue Enver Stravički, el miliciano serbio conocido como ‘Shock’ —ya fallecido—.
Mustafá no sabe nada sobre la muerte de su padre más allá de lo que contaron los medios. Pero se pregunta si lo mataron porque el fotógrafo estaba allí para sacar la foto. A algunos detenidos los soltaban, a otros muchos los llevaban al campo de concentración, donde un gran número fueron torturados antes de morir. Mustafá prefiere pensar que su padre no fue torturado, que lo mataron rápido.
”Si el fotógrafo pagó por [fotografiar] el asesinato, para mí es igual que Jelisić”, dice Mustafa.
El rumor de que Bojan Stojanović y Srđan Petrović pagaron a Jelisić por el asesinato lleva mucho tiempo circulando en los círculos fotográficos de Belgrado. Tiene su origen en Srđan Ilić, fotógrafo que trabajó para Associated Press durante la guerra. Lo llamé en 2019; no quiso hablar. Lo llamé de nuevo en 2022; dijo que había decidido no hablar más de la guerra. Pero en el libro Guerra de imágenes: la fotografía de guerra contemporánea, escrito por Sandra Vitaljić en 2013, aparece la siguiente cita de Srđan Ilić: “Bojan apareció en el restaurante del Club de Escritores de Belgrado con un montón de copias impresas de aquel suceso y habló en la mesa de cómo pagaron a ese tal Adolf 500 marcos para que matara a unos cuantos musulmanes”.
Todos los fotógrafos con quienes hablé conocían esa historia, pero ninguno oyó directamente a Bojan Stojanović o a su colega Srđan Petrović decir que hubieran pagado a Jelisić por el asesinato. Solo Srđan Ilić.
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Bojan Stojanović dice sentirse profundamente molesto por la acusación de que él y su compañero Srđan pagaron por las fotografías.
Lo localicé meses después de que me dijeran que ya no estaba vivo. Durante la última década ha vivido en España, adonde se mudó desde Países Bajos. Cuando lo contacté, me dijo que antes de nada quería que nos conociéramos en persona para ver si yo “usaba el cerebro”. Me preguntó si estaba casada, si tenía hijos, si tenía algún amante. Cuando mencioné a Srđan Ilić, se enfadó. Dijo que Ilić se había inventado la historia del pago por envidia. “Es una estupidez tan ingenua que no puedo creer que la gente se la tragara”, dijo.
La versión que me dio sobre cómo fotografió la ejecución es diferente a la que dio a los medios holandeses en 1993. Me dijo que Jelisić sabía que lo estaban fotografiando. Que, de hecho, habló brevemente con él después del asesinato. Y que su compañero Srđan Petrović y él sabían que habría muertes. Le dije que Jelisić había declarado a los investigadores de La Haya que la ejecución se había perpetrado por propaganda, que el objetivo era mostrar a los serbios como víctimas de los musulmanes bosnios. Se rio y dijo que eso era “información nueva” para él. Dijo que él y Srđan Petrović creían que las fotografías cambiarían el mundo para mejor, que quizás incluso detendrían la guerra.
¿Por qué permitió Jelisić que lo fotografiaran mientras mataba?
—Porque estaba orgulloso de defender la ideología serbia. Lo hizo un serbio que estaba loco— respondió Stojanović.
—¿Por qué no lo permitió nadie más en toda la guerra? —pregunté.
—¿Y yo qué sé? Probablemente eran más listos que Jelisić.
—¿De todos los criminales de guerra, Jelisić es el más tonto?
—Tú lo has dicho.
El compañero de Stojanović, Srđan Petrović, también huyó a los Países Bajos. También a él le concedieron asilo político y vivió allí durante mucho tiempo. Pero acabó regresando a Serbia. Allí se reconvirtió en piloto de aviones privados. No ha abandonado la fotografía, y ahora cubre carreras de Fórmula 1. Hablé con él por teléfono: me contó que en 1993, el día antes de salir hacia Bosnia, él y Stojanović oyeron que algo estaba pasando en Brčko y decidieron ir. En el centro de la ciudad vieron a dos hombres que se llevaban a otros dos a algún lado. Le preguntó al que iba de uniforme policial —luego descubriría que era Jelisić— a dónde los trasladaban. “Dijo: ‘Los llevamos a una boda’, y sonrió”, recuerda Petrović. Dice que luego Jelisić añadió: “Este es mi ciento ochenta y algo; cuando llegue a doscientos, me voy a casa”. Estaban a dos metros de él, dice Petrović. El objetivo gran angular lo confirma. Cuando empezaron los disparos, Srđan y Bojan tomaron las fotos. Dice que estaban en estado de shock.
“¿Sabes cómo van los periodistas a la guerra? Se sientan a diez kilómetros de los combates, se emborrachan y se inventan historias. Nosotros siempre empujábamos para ir donde estaba la acción. Éramos jóvenes, valientes, locos y ambiciosos. Tuvimos la oportunidad de trabajar para una empresa grande, por fin bien pagados, lo que soñábamos”, me dijo.
Mientras estaba bajo custodia del TPIY, Jelisić se hizo amigo del detenido bosnio Esad Landžo, posteriormente condenado por crímenes de guerra contra serbios. Cuando nos encontramos hace dos años en Bosnia y Herzegovina, Esad Landžo me contó que en cierta ocasión Jelisić se enfadó mucho porque no recibía ciertos documentos de la policía de Brčko que podrían haberle ayudado en su caso. Empezó a despotricar y a maldecir, y dijo entre otras cosas que “un periodista le pagó por documentar ese asesinato”, según su versión. Landžo dice que lo recuerda “al cien por cien”, pero que no tiene más detalles.
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En 2003, Jelisić fue trasladado de La Haya a Italia para cumplir su condena. Pasé diez meses intentando obtener permiso para visitarlo. Recibí negativas tanto de la prisión como del Ministerio de Justicia italiano. Luego fue trasladado a Bélgica, donde tenía teléfono en su celda: durante el mes de abril de 2023, me llamó con frecuencia. Se mostraba amable, abierto a preguntas y esperanzado de que le concedieran la libertad condicional en el plazo de un año, aunque su solicitud ya había sido denegada dos veces. Sostenía que la fotografía del asesinato en Brčko había sido organizada como propaganda. Fue el 6 de mayo, recuerda. Jelisić estaba en el despacho del jefe de policía Dragan Veselić, quien, junto al alcalde de Brčko, Ristanić, organizó aquellos asesinatos con objetivo propagandístico.
El jefe de policía Veselić fue asesinado posteriormente. Ristanić, el entonces alcalde, se niega a hablar con periodistas.
Jelisić sostiene que también había una chica allí, contratada para llorar por las supuestas víctimas serbias: Violeta. Tenía 16 años en aquel momento. Originaria de la cercana localidad de Bijeljina, había llegado a Brčko en 1992 para estar con su novio, un soldado.
El nombre de Violeta también salió durante el juicio de Jelisić en La Haya. “Solo recuerdo que llevaba una cámara y estaba de pie a su lado”, dijo un testigo protegido. “Entonces dijo: ‘Goran, ¿es el 53 o el 54?’”, relató. Añadió que la joven acompañó la pregunta con un gesto de la mano imitando el disparo de una pistola.
El novio de Violeta fue asesinado ese mismo año, en 1992. Su madre, entonces, fue a Brčko para llevarse a la joven a casa.
En junio de 2023 me reuní con la madre de Violeta en el porche de la casa donde vive, en el pueblo de Međaši, cerca de la localidad bosnia de Bijeljina. Slobodanka Zarić, conocida como Seka, tiene hoy 70 años. Me recibió sin avisarla con antelación porque llegué acompañada de un conocido suyo, el abogado Duško Tomić, vecino de su mismo pueblo y quien lleva décadas ocupándose de crímenes de guerra. Le leí la declaración de Jelisić, en la que explicaba que la ejecución había sido un acto de propaganda. Me dijo que ella no había estado en mayo de 1992 en Brčko y que nunca había visto a Jelisić en persona. Le mostré las fotografías del asesinato. Negó con la cabeza, diciendo que las veía por primera vez. Tanto Duško Tomić como yo la creímos. Aquella noche volví a Zagreb.
A la mañana siguiente, ella misma se presentó en casa de Duško Tomić y le dijo que en realidad sí había estado en Brčko en aquel momento, y que todo había sucedido tal como yo lo había descrito. Su hija, Violeta, había sido contratada para llorar por las supuestas víctimas serbias.
Violeta nunca respondió a mis llamadas telefónicas.
Con información adicional de Ruben Brugnera y Natalija Jovanović
Esta investigación ha sido financiada por Journalismfund