El umbral simbólico de entrada al siglo XXI fueron los atentados terroristas del 11-S. Estados Unidos respondió con la llamada Operación Libertad Duradera, que supuso la invasión de Afganistán, con el objetivo de desalojar al régimen talibán del poder y descabezar la organización terrorista a la que daba cobijo, Al Qaeda, responsable del peor atentado de la historia en suelo estadounidense. Aquella operación, que se presentó como una “guerra justa”, logró un apoyo internacional casi unánime. Incluso un Putin recién llegado al poder se mostró comprensivo con George W. Bush: durante la década de 2000 se especuló incluso con que Rusia terminara entrando de una forma u otra en la OTAN.
La súbita invasión de Afganistán llegó con un plan detrás: establecer un Gobierno formalmente democrático con el respaldo de Occidente. “Democracia” era, de hecho, la palabra que siempre estaba en boca de Bush, no sin una dosis de hipocresía que se convertiría ya en intolerable con la invasión de Irak de 2003, que desde el principio quedó claro que tenía motivaciones económicas y geopolíticas.
Aquellas dos grandes guerras en los albores del siglo XXI, bajo el marbete de la “guerra contra el terrorismo” de Bush, cambiaron el mundo. Más de dos décadas después, ¿cuál es el resultado? Con su ideología retrógrada intacta, los talibanes volvieron en 2021 al poder en Afganistán y las últimas tropas estadounidenses salieron con el rabo entre las piernas, en una humillación histórica. La guerra de Irak vio germinar la semilla de Estado Islámico, que se extendió a Siria, un país hoy dirigido por el exlíder de la rama de Al Qaeda en el país, Ahmad al Shara. El hombre fuerte de Siria ha cambiado el kaláshnikov por la corbata y las capitales occidentales parecen complacidas, mientras el régimen talibán, que como se temía ha impuesto un apartheid de género en Afganistán, está en guerra con Pakistán y sufre un aislamiento internacional que lo debilita pero no lo aparta del poder.
No está previsto que el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán —un régimen podrido por dentro y que ha reprimido con brutalidad a su población civil, en especial a las mujeres— incluya botas sobre el terreno, sobre todo porque esta es una de las líneas rojas de los sectores más aislacionistas del movimiento Make America Great Again (MAGA). No es el mismo tipo de operación militar. En ningún momento Trump ha prometido la democracia, una palabra ausente en la reveladora estrategia de seguridad nacional de la Casa Blanca, publicada en diciembre del año pasado. No hay un ánimo, aunque sea de cara a la galería, de construir un régimen nuevo, sino apenas de animar a la población a alzarse y montarse el cambio político ella misma, como confiriéndole una falsa libertad popular.
Pero una operación de esta magnitud, aunque no se alargue en el tiempo como Irak o Afganistán, sí tiene el poder para sacudir los cimientos de la historia. Ahora nos centramos en cosas grandes que quizá con el tiempo parecerán algo más pequeñas: si el régimen iraní puede sobrevivir con otra máscara, las consecuencias regionales, el papel de unas potencias del Golfo Pérsico que necesitan que la economía mundial esté bien lubricada. Pero a veces el caos, como la manifestación tardía de los traumas psicológicos, no se desata de forma inmediata. Necesita un tiempo terrible para proyectar todas sus esquirlas.
La operación contra Irán, bautizada como Furia Épica, tiene un indisimulado espíritu destructivo. El plan es que no hay plan, más allá de la eliminación de enemigos sin miedo a las consecuencias. Hay precedentes que animaron a Trump: Venezuela o la guerra de los 12 días, contra el mismo Irán, no desataron un cataclismo global.
El problema es que tendemos a pensar que el caos corre como la pólvora, cuando más bien actúa como un virus que se instala en el sistema y lo va conquistando poco a poco.
Mientras el mal se incuba, transitamos por una era de caos duradero.