El umbral simbólico de entrada al siglo XXI fueron los atentados terroristas del 11-S. Estados Unidos respondió con la llamada Operación Libertad Duradera, que supuso la invasión de Afganistán, con el objetivo de desalojar al régimen talibán del poder y descabezar la organización terrorista a la que daba cobijo, Al Qaeda, responsable del peor atentado de la historia en suelo estadounidense. Aquella operación, que se presentó como una “guerra justa”, logró un apoyo internacional casi unánime. Incluso un Putin recién llegado al poder se mostró comprensivo con George W. Bush: durante la década de 2000 se especuló incluso con que Rusia terminara entrando de una forma u otra en la OTAN.
La súbita invasión de Afganistán llegó con un plan detrás: establecer un Gobierno formalmente democrático con el respaldo de Occidente. “Democracia” era, de hecho, la palabra que siempre estaba en boca de Bush, no sin una dosis de hipocresía que se convertiría ya en intolerable con la invasión de Irak de 2003, que desde el principio quedó claro que tenía motivaciones económicas y geopolíticas.
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