Irán tras la guerra: un viaje al otro lado del espejo

Los ataques de Israel y Estados Unidos unieron a la sociedad iraní en defensa del país, pero no del régimen

Irán tras la guerra: un viaje al otro lado del espejo
En la fachada de lo que queda de su sede, la radiotelevisión pública de Irán ha colocado una pancarta con el rostro de Sahar Emami, la periodista que siguió dando las noticias pese a los ataques aéreos. Ricard Garcia Vilanova

—Este edificio se ha convertido en el símbolo de cómo el sionismo nos intentó destruir y de cómo no lo consiguió. Después de que lo bombardearan y de que matasen a nuestros compañeros, seguimos informando repartidos por todo el país. 

La periodista Sahar Emami gesticula y se expresa con gravedad, la misma con la que la observa y se dirige a ella el grupo de compañeros y curiosos que la rodean. De pie, a unos metros de donde solía presentar los informativos nacionales, Emami explica lo que ocurrió el 16 de junio, cuando Israel lanzó varios misiles contra la sede de la radiotelevisión pública iraní (IRIB, por sus siglas en inglés). Mientras se sucedían las explosiones, dos de sus compañeros morían en el acto y uno resultaba mortalmente herido, la presentadora continuó con la retransmisión, haciendo continuas referencias a la fortaleza de Irán y a la protección que les brindaba Alá. Emami no abandonó su puesto hasta que el humo entró en escena y trozos del plató empezaron a caer sobre ella. 

Desde entonces, la presentadora se ha convertido en una celebridad para los partidarios del régimen iraní. O, al menos, así actúan ante ella. Porque los dirigentes de la república islámica, inmersa en una crisis política y económica desde hace años, saben que no hay poder político, económico ni militar que sobreviva sin la capacidad de proyectarlos. Por eso, Irán es también una potencia en el arte de la escenificación, así como en evidenciar el doble rasero de Europa y Estados Unidos para ocultar e, incluso, justificar su autoritarismo y represión.

—Los medios occidentales nunca nos han apoyado, siempre siguen sus líneas editoriales. No tienen sentido, mienten a su gente. Los medios occidentales manipulan la información para justificar los ataques a nuestro país —responde Emami cuando le pregunto si recibió mensajes de solidaridad o de condena por parte de la prensa europea o estadounidense tras el bombardeo de su medio de comunicación, un crimen de guerra según el derecho internacional.

La sede de IRIB, un edificio acristalado de tres plantas con un patio interior, era un símbolo de la política comunicativa de la república islámica. Ahora, su esqueleto de hierros atiznados yace sobre un manto de toneladas de cristal que cruje bajo nuestros pasos. Una lona de diez metros de ancho y seis de alto muestra a Emami en el momento de la transmisión, con el dedo apuntando al cielo, el signo del islam que representa la unicidad de Dios.

La sede de la radiotelevisión pública iraní quedó destruida tras los ataques de Israel. Ricard Garcia Vilanova

En un lateral, una de las orquestas más respetadas de Teherán empieza a tocar los primeros acordes del himno de Irán. Pero la mayoría de la decena de camarógrafos que registran el evento dan la espalda a los músicos y enfocan a la quincena de extranjeros que asistimos al acto organizado en memoria de los tres periodistas fallecidos. Hemos sido invitados a visitar Irán por el Sobh Media Festival, un evento organizado por IRIB. En algunos casos, como el nuestro, fuimos seleccionados tras presentarnos a la convocatoria. Otros, como algunos comunicadores con cientos de miles de seguidores en sus canales de YouTube o Instagram, fueron contactados directamente por la organización. El objetivo: mostrar las consecuencias contra los civiles de la llamada guerra de los doce días.

La madrugada del 13 de junio de 2025, mientras sobre el papel los representantes de Washington y de Teherán preparaban la sexta ronda de negociaciones sobre su programa nuclear —que debía tener lugar un día después en Mascate (Omán)—, decenas de cazas israelíes acabaron con la posibilidad de un acuerdo y comenzaron la guerra más mortífera para Irán desde la que mantuvo con Irak en la década de 1980. El conflicto se cobró la vida de más de 1.060 personas, según datos oficiales del régimen iraní, de las cuales al menos la mitad eran civiles, como suscribe Hrana, una oenegé independiente con sede en Estados Unidos. La respuesta iraní mató a 28 israelíes, en su mayoría civiles, según el Gobierno de Tel Aviv. 

El 23 de junio Donald Trump anunció un alto el fuego después de que Estados Unidos bombardease instalaciones nucleares y militares. Pero esta tregua podría romperse en cualquier momento, según apunta la mayoría de las fuentes expertas en la región.

—Nosotros también seguimos los medios occidentales y en esos días veíamos cómo, mientras bombardeaban decenas de edificios civiles, muchos medios, a través de sus corresponsales en Tel Aviv, hablaban de las víctimas civiles israelíes y de nosotros solo decían que Israel estaba bombardeando instalaciones militares y nucleares. Es como si nuestras vidas valiesen menos —explica de manera confidencial uno de los periodistas encargados de acompañar a la heterodoxa comitiva de periodistas y comunicadores por los escenarios más afectados.

En el cementerio de Behest Zahra, en las afueras de Teherán, hay enterradas miles de víctimas de la guerra entre Irán e Irak de la década de 1980. Ahora hay centenares más enterradas tras el reciente ataque de Israel. Ricard Garcia Vilanova

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Entre los asistentes al concierto organizado por la radiotelevisión pública se encuentran las parejas y los hijos de los tres trabajadores muertos a consecuencia del ataque. Detrás de la orquesta, los organizadores han colgado lonas con sus rostros que ocupan varias alturas del edificio. En un tablón, hay retratos de los 38 niños y niñas muertos por las bombas israelíes, con rosas pegadas en el envés, dispuestos para que todo el mundo se lleve uno como recuerdo. Tras la función, en un anfiteatro de sillones de terciopelo rojo, familiares de las víctimas relatan sus historias mientras proyectan sus fotografías. 

El objetivo de esta escenografía es evidenciar lo que la mayoría de los medios occidentales no hicieron. En parte, por ese sesgo informativo que sigue primando la identificación de Occidente con Israel. Pero también, como explican de manera confidencial periodistas residentes en Irán, porque el régimen tardó en reconocer la dimensión del daño causado y porque sigue limitando el acceso de los corresponsales extranjeros a la información. Unos recelos hacia la prensa internacional que se han exacerbado tras la ofensiva militar, que dejó al descubierto el alto grado de infiltración del Mossad en el régimen. Tanto como para ser capaz de identificar las ubicaciones de los altos mandos y de infraestructuras estratégicas que fueron bombardeadas sistemáticamente. 

Desde el lado oficialista, como nos confesaron en varias conversaciones, atribuyen su desconfianza hacia los periodistas internacionales a que muchos espías utilizan esa coartada para obtener información en el terreno. De hecho, Irán concede muy pocos visados periodísticos y, cuando lo hace, suele cobrar más de mil euros diarios de tasas por informar desde su territorio, lo que limita el acceso a las grandes cabeceras que pueden asumir ese coste. Por todo ello, este tipo de tour organizado es una de las pocas vías factibles para acceder al país como periodista freelance.

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—Mis hijos se marcharon al norte del país, pero yo me quedé porque… mira a tu alrededor, ¿para qué iban a bombardear aquí? De repente, oímos los aviones, las bombas, cómo nuestra casa se desmoronaba. ¿Quién nos va a ayudar a reconstruirla? —pregunta Zareen, una mujer de unos sesenta años, al alcalde del barrio, que se esmera por recoger sus datos mientras las cámaras le enfocan; le promete que el Ayuntamiento se hará cargo de los gastos.

Detrás de él, un montículo de escombros ocupa el lugar en el que antes se alzaba un edificio residencial. A los laterales y en frente, decenas de apartamentos con algunas de sus estancias a la vista después de que la onda expansiva las dejase sin paredes. Sillones de estilo Luis XVI, grandes espejos y largas mesas de madera permanecen cubiertas del mismo polvo que se derrama por las calles de este barrio pudiente de Teherán.

Antes de que el edil haya podido dar su versión de los hechos —que en el lugar atacado solo había un gimnasio en la planta baja y viviendas en las superiores—, una de las comunicadoras estadounidenses invitadas por el régimen ya se está grabando con el móvil, compartiendo reflexiones con el rostro compungido mientras pisa los restos del bombardeo. A unos metros de ella, un veinteañero británico dedicado a hacer análisis con una perspectiva antiimperialista recoloca juntos el peluche y el libro de texto que ha rescatado de entre los escombros. Los mira con pesadumbre mientras el camarógrafo que viaja con él le graba primeros planos. El régimen los ha invitado porque quiere llegar a sus seguidores, jóvenes occidentales que se informan a través de sus canales y que desconfían de los medios tradicionales.

—Nosotros no sabemos quién vive alrededor de nosotros, si trabajan en el Gobierno o son científicos. Pero ¿eso es excusa para bombardear y provocar todo este horror? 

Fatemah es una de las vecinas cuya casa ha quedado gravemente dañada. Tiene unos cincuenta años, va vestida con camisola y pantalones blancos y apenas cubre una mínima parte de la cabeza con un velo transparente. Una aparente mezcla de rabia y precaución la empujan a hablar atropelladamente y a callarse, como un motor que gripa cuando intentan arrancarlo. A su lado, Shirin, una allegada, termina sus frases, tomando el relevo cuando a Fatemah le puede la prudencia:

—Si fuese legítimo asesinar a científicos nucleares, tendrían que haber asesinado a Oppenheimer. Aquí vivía gente trabajadora, no tenemos nada que ver con la guerra. ¿Por qué nos atacan?

Varios testigos y vecinos nos confirman que el bombardeo acabó con trece miembros de una misma familia, incluidos cinco niños.

Según la información publicada por las autoridades iraníes, más de 8.000 edificios residenciales resultaron dañados por los aviones de guerra y los drones, y 400 fueron totalmente destruidos. Uno de los ataques, que acabó con el general Mohammad Bagheri, el jefe del Estado Mayor, se llevó por delante la vida de 60 civiles. Veinte eran niñas y niños.

La llamada guerra de los doce días dejó cientos de edificios residenciales, como este, en ruinas. Ricard Garcia Vilanova

—¿Por qué el mundo acepta con normalidad que si los científicos son iraníes los puedan matar? Pero voy más allá: tampoco es legítimo matar a un comandante mientras duerme, junto a su esposa y sus hijos. No lo están matando combatiendo, o durante una operación militar. Estaba durmiendo, ¿qué honra tiene eso? —pregunta con rabia otra mujer que prefiere preservar su anonimato.

El derecho internacional humanitario prohíbe matar a militares cuando no están combatiendo, un argumento que expone también Esmail Baqaei Hamane, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, en la reunión informal que mantiene con la delegación extranjera.

—El derecho internacional humanitario también prohíbe atacar edificios civiles, cárceles, medios de comunicación. Y ni aun así Occidente cuenta los hechos como son. La mayoría de los países no alineados condenaron esta agresión porque no se trata solo de una amenaza a Irán, sino para toda la región. Y por eso, el apoyo explícito a Israel por parte del Reino Unido, Alemania y Francia es una invitación para que sea aún más agresivo —explica en un perfecto inglés este diplomático con décadas de experiencia en foros internacionales.

Uno de los periodistas asistentes, un libanés que lleva años documentando los crímenes cometidos por Israel en Siria, Líbano, Irán y Palestina, le pregunta y repregunta sobre por qué Irán sigue dispuesto a negociar con Estados Unidos cuando ha participado en la agresión; a colaborar con el Organismo Internacional de Energía Atómica cuando, según había denunciado su propio Gobierno, este compartió información confidencial con los atacantes; o, incluso, a seguir participando en la ONU cuando no había sido capaz de frenar el ataque.

—Sabemos que no podemos confiar en Estados Unidos, pero que aun así vamos a seguir trabajando por la vía diplomática para solucionar esta situación por todos los medios pacíficos posibles. Si haciéndolo nos atacan, imagínate qué no harían si no estuviésemos dispuestos a negociar —responde el representante político, algo molesto por la insistencia del periodista.

Pero, sin lugar a dudas, la pregunta que más se hacen los expertos en la región y que más repite el sector ultraconservador del Gobierno iraní es si este ataque no ha dejado claro que la única forma de evitar nuevos bombardeos es teniendo la bomba atómica. “Como Corea del Norte”, repiten como un mantra los partidarios de esta hipótesis. Hamane expone la posición oficial de su Gobierno:

—Estados Unidos hizo algo sin precedentes: atacó una central nuclear en funcionamiento. Pudo haber provocado daños irreparables. Y claro que si tuviéramos armas nucleares nadie atacaría Irán. Pero no la tenemos por buenas razones, porque somos un país serio. Nos han sancionado, han asesinado a nuestra gente y ahora han atacado nuestras instalaciones. Si no la desarrollamos es porque no queremos favorecer que otros países también lo hagan. 

El portavoz confirma también que Irán retomará su programa de enriquecimiento de uranio que, insiste, solo tiene fines energéticos y médicos. El Organismo Internacional de Energía Atómica no ha podido contrastar en sus inspecciones que Irán esté intentando producir armas nucleares con el uranio enriquecido, aunque ha denunciado falta de transparencia por parte de sus instituciones y ha identificado material nuclear en áreas no declaradas.

—Los europeos se están desacreditando a sí mismos con su apoyo a Israel durante el genocidio de Gaza —concluye el portavoz, tras más de dos horas de un encuentro en el que algunos de los presentes expusimos que si su Ejecutivo realmente quiere contribuir a que la prensa occidental traslade una imagen más rigurosa, independiente y compleja de Irán, la mejor forma de hacerlo es facilitar la concesión de permisos de prensa y las coberturas libres, sin acompañantes del régimen. Hamane pide a su equipo, alguno de cuyos miembros se muestran molestos por estas intervenciones, que lo apunten para valorarlo.

Las familias de las víctimas de la guerra han llenado las calles de Teherán de pancartas con sus rostros. Ricard Garcia Vilanova

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—¡Cuenta la verdad! Han matado a gente normal, a gente inocente, a trabajadores. No a gente vinculada a la guerra. ¡Cuenta la verdad! Han quemado a los iraníes. Ella era mi hija, la mataron trabajando, tenía solo 28 años. Su hijo tiene diez años. Era inocente. Todo su cuerpo estaba quemado.

Shirin Esmaili se ha levantado como un rayo cuando me ha visto andar entre los túmulos en los que cientos de personas velan a sus familiares. Un mes después de que cesaran las explosiones, en Irán siguen enterrando los restos de quienes más ha costado identificar por el estado en el que quedaron sus cuerpos. Su hija era una de las 17 trabajadoras que murieron en el ataque contra la prisión de Evin, donde en total perdieron la vida 71 personas, según las cifras oficiales. Entre ellas, un niño de cinco años que se encontraba visitando a su padre preso, también muerto. Esta cárcel, situada en una de las faldas de los montes que rodean Teherán, era uno de los símbolos de la represión de la teocracia. Allí eran encarcelados muchos de los políticos, activistas y periodistas críticos con el régimen iraní, el mismo al que Israel y Estados Unidos esperaban derrocar, alentando mediante las bombas una insurreción popular. Pero por ahora prevalece un estado de shock, de humillación y de duelo por sus víctimas, como los que asolan a la mujer que grita de desesperación en la tumba contigua.

Alrededor, familias enteras velan a sus familiares, sentadas en sillas plegables junto a los enterramientos. Niños y niñas juegan bajo las sombras de los árboles que flanquean la avenida central que separa esta zona del cementerio —dedicada exclusivamente a las víctimas de esta última guerra— de la que se construyó para dar sepultura a 31.000 de las más de 200.000 que, según registros oficiales, causó el conflicto que mantuvo con Irak entre 1980 y 1988. Y ese es el paralelismo que el Gobierno ha instaurado en todos sus ámbitos de influencia: el sionismo representa en la actualidad, para Irán y para todo Oriente Medio, la amenaza que antes supuso el Baaz, el partido de Sadam Husein.

Así lo subraya el guía encargado de mostrarnos el Museo de la Defensa Sagrada, que recrea con detalle el conflicto con Irak desde sus orígenes hasta la invasión ilegal en 2003, con una réplica fidedigna de la detención de Husein a manos de un soldado estadounidense. El centro cuenta con impresionantes recreaciones de escenas bélicas basadas en fotografías tomadas durante el conflicto. Aulas y viviendas arrasadas por el fuego de las bombas, calles de comercios destruidas por los morteros, búnkeres con las temperaturas extremas en las que tuvieron que sobrevivir los soldados durante semanas, hologramas de decenas de víctimas en los pasillos por los que avanzamos los visitantes, una cápsula en la que, a la vez que vemos una explosión en un barrio cualquiera, sentimos temblar el suelo y el aturdimiento provocado por el sonido de las detonaciones, los gritos, los llantos. En medio de todo ello, el guía describe a los líderes del Baaz como representantes del Mal en la Tierra y los asimila, continuamente, con los de Israel y Estados Unidos.

Un discurso similar al que recibimos en el Museo de la Fuerza Aeroespacial del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, destinado a exhibir los logros de la industria armamentística iraní, en especial de los misiles y drones. “Ese misil es de tecnología rusa, y ese de Corea del Norte. El último modelo que hemos desarrollado tiene 16.000 kilómetros de alcance”, expone con satisfacción el general Ali Balali, quien lleva años dedicado a guiar estas peculiares visitas turísticas. “El primer dron que creamos volaba solo 20 minutos y estaba destinado a tomar fotos de reconocimiento. Ahora alcanza los 300 kilómetros de distancia”, añade, flanqueado por varios hombres vestidos de negro que vigilan que la comitiva no se desperdigue por las instalaciones.

Entre las reproducciones de los prototipos de drones iraníes más conocidos, como los Shahid 136 que tantas miles de bajas han provocado en Ucrania, el general se enorgullece de la capacidad que ha tenido su país para convertirse en un referente del sector bélico pese a las sanciones aplicadas por Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá, el Reino Unido y Australia durante la última década. Medidas aprobadas para debilitar al régimen teocrático, presuntamente, por sus políticas represivas, por su apoyo a Hezbolá, Hamás y a los hutíes de Yemen, y por su envío de drones a Rusia, entre otras cuestiones. Y, sin embargo, como ocurre a menudo con la política de sanciones, es la población con menos recursos la que está sufriendo sus peores consecuencias, como la subida de la inflación, la devaluación de la moneda, el encarecimiento de productos básicos o la escasez de medicamentos.

—Nosotros somos gente de paz. No hemos iniciado ninguna guerra en el último siglo. Igual que no atacamos Irak en los años 80, no hemos atacado Israel ni Estados Unidos hasta que lo han hecho ellos. No quieren que seamos un país autónomo, que decidamos nuestras propias políticas, ni que tengamos armas con la misma capacidad o mayor de las que ellos producen para amenazarnos —sostiene el general Balali.

Tras los ataques de Israel y Estados Unidos, bienes básicos como el pan han subido de precio un 80% y la moneda local se ha devaluado. La mayoría de los comercios reabrieron rápidamente tras el alto el fuego para amortiguar el impacto. Ricard Garcia Vilanova

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Desde que Trump declarase unilateralmente el alto el fuego el 23 de junio, numerosas explosiones se han sucedido en diversas regiones de Irán. Miembros del Gobierno de Netanyahu se han jactado de que los agentes del Mossad siguen operando. De las palabras de algunos miembros del Ejecutivo iraní se desliza que también se las atribuyen a Israel. A su vez, diversos medios internacionales han publicado que Estados Unidos aceptó la petición que Netanyahu le hizo nada más comenzar la tregua de que le suministrase misiles de defensa y munición avanzada. Asimismo, Irán habría comprado a China misiles tierra-aire y encargado sistemas de defensa aérea y cazas J-10C. Ambos países parecen estar rearmándose para una posible reanudación del conflicto.

A la vez, el portavoz de la policía iraní Saeed Mon ha declarado que durante la llamada guerra de los doce días fueron detenidas unas 21.000 personas por “violaciones de seguridad”. De estas, puntualizó, 260 fueron acusadas de espionaje y 172 de grabaciones ilegales. Organizaciones como Amnistía Internacional, Derechos Humanos Irán y el Centro para los Derechos Humanos en Irán han denunciado el aumento de la represión, de las detenciones arbitrarias y masivas, así como de las ejecuciones.

Mientras, el régimen iraní apuesta su supervivencia al nacionalismo. Tras los ataques de la alianza israelí-estadounidense, numerosos iraníes exiliados expresaron que su deseo de una transición democrática no significa que apoyen una agresión militar de estas características. Una opinión que, parece, también es mayoritaria dentro del país según todas las fuentes consultadas: esta guerra ha unido a la sociedad iraní en la defensa de su país, no del régimen. Un sentimiento que los dirigentes están intentando canalizar a través de un giro del discurso político en el que, como bien ha explicado Catalina Gómez, corresponsal en Irán, están trasladando el peso de la revolución islámica al patriotismo.

Pero si hay una poderosa razón para la esperanza, es la que constatamos en las calles de Teherán. Tres años después de que Mahsa Amini, de 22 años, muriese tras ser apalizada y detenida por la llamada policía de la moral por llevar mal colocado el velo, una parte significativa de las mujeres —en su mayoría jóvenes, pero también de mediana edad— camina con la cabeza descubierta. Y no solo. Muchas adolescentes y veinteañeras llevan el pelo teñido de colores chillones, y visten camisetas o camisas de manga corta que dejan al descubierto las caderas. Algo absolutamente impensable hasta ahora. Y aunque sigue siendo obligatorio cubrirse el cabello en los espacios públicos, la mayoría desoye a los vigilantes cuando se lo ordenan. Son tantas que el régimen ha dejado de reprimirlas. Especialmente ahora, cuando sus dirigentes intentan restablecer la idea del ayatolá Jomeiní, líder de la revolución islámica que derrocó al Sha, de que frente al “gran Satán” —como se refieren sus seguidores a Estados Unidos e Israel—, la unión del pueblo representa la mejor defensa de Irán. Incluidas estas mujeres que, semanas después de que dejasen de caer las bombas, caminan alegres con sus melenas al viento por los centros comerciales, las librerías y los parques. Y aunque con ellas no pudimos hablar —para no comprometerlas ni exponerlas a posibles represalias—, son las que mejor representan ese otro lado del espejo, que no aparece en los medios oficialistas del régimen ni en las imágenes estereotipadas que tenemos en Occidente de su país, pero que alumbran la posibilidad de un futuro próximo en el que las dos narrativas sobre Irán dejen de estar enfrentadas.

Mujeres conversando en una mezquita junto a fotografías de los líderes de la República Islámica de Irán y de los generales asesinados por los ataques de Israel y Estados Unidos. Ricard Garcia Vilanova

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