A veces lo olvidamos, pero la Historia, con H mayúscula, es también presente, vibrante actualidad. Aquí andamos, cabizbajos, en profunda depresión geopolítica, pero a veces surge un destello que, como un instante de luz, casi nos convence de que el asilvestrado y sangrante camino hacia la libertad de todos sigue, infaliblemente, su curso.
Hubo tiempos —siglos atrás— en que había personas propietarias de otras. Eran seres humanos que poseían tierras, animales y también documentos administrativos, de pulcro cauce legal, con los que se adjudicaban el uso y abuso de cuerpos y almas de otros seres humanos, erigiéndose en dueños de sus vidas: de sus sueños, su energía, su salud, su fuerza y también su desesperación. Esa era la condición para que pudiera funcionar la esclavitud. Y lejos de ser algo que ya pasó, colea vivamente en este aciago siglo XXI.
El pasado 25 de marzo, la Asamblea General de la ONU aprobó una declaración que condena la trata de esclavos como el crimen de lesa humanidad más grave de la historia —con el voto en contra de Estados Unidos, Israel y Argentina, para recordar en luces de neón de color plúmbeo, necroso—.
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