Tu vista trata de ajustarse a la oscuridad. Adonde volteas, penumbra, sombras sobre sombras, la silueta de algún cactus, una roca, un arbusto a ras de suelo. Un cielo sin luna. Sientes el frío rotundo entrando por la planta de los pies descalzos sobre la arena helada. ¿Para dónde queda el norte? De pronto, el ruido de un motor y una luz cegadora: “¡Patrulla fronteriza, no se mueva! ¡Le he dicho que no se mueva!”. Oyes gritos, voces, unos pasos acelerados. Un disparo.
Ocurrida en la zona fronteriza entre México y Estados Unidos, esta es una escena real vivida por un grupo de migrantes que, guiados por un “coyote”, buscaban llegar al país del norte. Tras varios días de recorrido, agotados y en un deteriorado estado físico, los integrantes del grupo se vieron sorprendidos en seco, en medio de la noche, por vehículos y agentes de la Patrulla Fronteriza que apuntaban sus armas hacia ellos; una escena que forma parte de la realidad que me tocó cubrir como reportera de migración en ese país durante casi dos décadas.
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