Nos creímos a salvo durante la primera hora de la proyección. Conocíamos la historia del documental Peces sin un ala: las mujeres —madres, hijas, esposas— que buscan a los familiares desaparecidos durante su viaje migratorio. Las buscadoras que, ante el abandono de los Estados, rastrean sus pasos en busca de sus huellas, llaman a todas las puertas en busca de una respuesta, criban la tierra en busca de sus huesos. Seguimos su viaje, físico y psicológico, con una especie de alivio: el cuidado con el que sus directoras, Esperanza Jorge e Inmaculada Antolínez, tratan a las protagonistas nos protege también a los espectadores, reacios a ingerir una nueva dosis de horror, un documental más sobre el sufrimiento extremo, una nuevo capítulo de la guerra que el mundo libra contra la humanidad. Además, la fortaleza de las mujeres, la dignidad con la que ejercen su lucha, la belleza de las ilustraciones que guían el documental nos dan el oxígeno necesario para querer seguir acompañándolas. Hasta que un pequeño detalle lo vuelve todo insoportable: la portada de un periódico que anuncia que las buscadoras también son desaparecidas, la mirada hueca de la anciana que se reencuentra con su hija para morir poco después, la nieta de una desaparecida que canta junto a su madre:
Gritamos por cada desaparecida
Que retumbe fuerte: ¡Nos queremos vivas!
¡Que caiga con fuerza el feminicida!
Y es esta interpretación de Canción sin miedo, de Vivir Quintana, el himno al que muchas recurrimos en busca de fuerza cuando desfallecemos, la que termina por vencer nuestras resistencias a dejarnos sentir. Y lloramos. Es el canto de esa niña que no pudo conocer a su abuela, pero cuya vida está atravesada por la ausencia más presente, la de los desaparecidos, el que nos recuerda que no nos protegemos al levantar muros emocionales frente a los dolores del mundo, que lloramos igual, aunque casi siempre sea por dentro. A veces, sin siquiera saberlo. También quienes apagan la radio y la tele cuando empiezan las noticias y quienes evitarán hacer clic sobre el desalentador título de esta columna.
Estamos rotas de dolor. Sentimos que no podemos asimilar más brutalidad. Y, sin embargo, todas las personas que asistimos a la proyección de Peces sin un ala no habríamos querido estar en ningún otro sitio. Ni ahorrarnos esas lágrimas. Hay una plenitud que solo se alcanza cuando estamos en conexión con el otro, cuando su mensaje entraña tanta verdad que desearías que el mundo se abriese en flor para que calase en cada uno de nosotros, que invocarías un llanto colectivo que venciera los diques de la contención, que arrasase las fronteras físicas y emocionales, que limpiara de fosas comunes nuestras almas.
Como cuando algunos lloramos a nuestros muertos dejándonos empapar por Diluvio Universal, de Silvia Pérez Cruz:
No me quites el pañuelo
cuando me veas llorar,
porque grandes son mis penas
y llorando me consuelo.
Es necesario pararse y llorar por el dolor del mundo. La tragedia sería no hacerlo porque no nos importara. Seríamos entonces nosotros los que estaríamos muertos. Muchos tampoco lo saben, porque también es por dentro.
* La proyección del documental Peces sin un ala tuvo lugar en las Jornadas de Migraciones y Derechos Humanos de Motril 2026. Desde hace 22 años, el juez Luis Carlos Nieto reúne en esta población granadina a jueces y juezas, abogados y abogadas, fiscales, periodistas y activistas para compartir conocimientos y experiencias contra la infamia, pero, sobre todo, para recordarse que tanta frustración merece la pena, que las escasas victorias compensan a las incontables derrotas porque las primeras suponen avances civilizatorios y las segundas, meros obstáculos en el camino; que los lazos de fraternidad que crea la lucha por la dignidad conjugan el amor por el mundo y la amistad política que conceptualizó Hannah Arendt, que perseverar en el bando de los perdedores es la única forma de contribuir a que un día el triunfo de la razón sea también el de la justicia, que no hay que tener esperanza para seguir defendiendo la vida porque lo insoportable sería no hacer nada, que mientras nos reconozcamos cuando se encienden las luces de la sala por el brillo en la mirada no perderemos lo más importante: la fe en el ser humano.