La Cuba que no quiere ni a Trump ni al régimen

Retrato de una Cuba a oscuras que se resiste a convertirse en un campo de batalla geopolítica

La Cuba que no quiere ni a Trump ni al régimen
Solo las viviendas con placas solares o generadores disponen de luz durante los recurrentes apagones en Cuba. Alex Zapico

—Que venga quien sea ya, Trump o un extraterrestre.

Daniel es licenciado en Comunicación Audiovisual y trabaja conduciendo una de las miles de mototaxis eléctricas que mantienen la movilidad en La Habana desde que, el pasado diciembre, Donald Trump amenazó con sancionar a los países que exportasen petróleo a Cuba. Un cerco energético con el que el presidente estadounidense pretende derribar el régimen castrista que ha gobernado la isla desde la Revolución de 1959 y con el que no han podido acabar seis décadas de políticas de bloqueo. Un castigo colectivo que ha generado todo tipo de penurias y dolores, prohibido por el derecho internacional y condenado sistemáticamente por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

—En el extranjero os habéis enterado ahora de los apagones, pero llevamos más de tres años sufriéndolos. Y no de una hora ni de dos, sino de ocho y de diez. De hecho, una de las señas por las que se distingue a quienes tienen familiares en el extranjero es porque tienen placas solares. Es de lo que más necesitamos.

El treintañero taciturno anda con el humor encrespado por la sospecha de que esta periodista sea como muchos europeos que ha conocido. Esos que “justifican, romantizan y minusvaloran nuestra desgracia y nuestro derecho a libertades como las que vosotros disfrutáis”. Lo suelta así, antes de seguir exponiendo sus argumentos, con detalles y contexto, como marca la idiosincrasia cubana.

—Claro que el bloqueo existe y que nos impide mantener relaciones comerciales normalizadas con el resto de países. Pero eso es así, y nuestros gobernantes siguen sin aceptarlo porque les ha dado la excusa para perpetuarse en el poder pese a su ineficiencia. Ellos mandan a sus hijos a vivir y a estudiar en universidades privadas en España y en Estados Unidos mientras nosotros pasamos hambre.

Uno de los casos más conocidos y que genera más críticas es el de Manuel Anido Cuesta, hijastro del presidente Miguel Díaz-Canel, quien cursa un máster en la elitista IE University de Madrid. Pero es una práctica habitual entre la élite cubana, como he comprobado en mis viajes a la isla.

—Que se vayan ya, fracasaron, chao. Ni siquiera queremos que paguen por su corrupción, ni por la represión, ni por los presos políticos. Solo que se vayan. Pero como no lo van a hacer por voluntad propia, porque hacen mucha plata con nuestra miseria, pues que les obligue Trump.

Daniel no quiere que publiquemos su verdadero nombre porque en apenas dos meses viajará a España. Es uno de los 876.000 descendientes de españoles que han solicitado la ciudadanía española acogiéndose a la Ley de Memoria Democrática. Y uno de los 240.000 a los que les ha sido concedida. Se trata de uno de los cauces que alimentan el mayor éxodo que ha sufrido la isla en su historia. Según la Oficina de Estadística e Información del Gobierno cubano, entre 2021 y 2024 más de 1,2 millones de personas han abandonado la isla. Una investigación del economista y demógrafo Juan Carlos Albizu-Capos, del Centro Cristiano para la Reflexión y el Diálogo en Cuba, radicado en Cárdenas, asciende la pérdida poblacional hasta el 20%: unos 2,1 millones de personas. Uno de cada cinco cubanos. Cuba es ahora uno de los países más envejecidos del continente: más del 25% de la población tiene más de 60 años. De hecho, se habla de la generación pérdida: los que están entre los 25 y los 35 años. Cuesta ver a jóvenes en la calle. Del grupo de amigos de Daniel, se han marchado todos menos él y otro chico.

—Yo soy el penúltimo porque no quería jugarme la vida cruzando el Darién, ni irme como turista para luego estar mendigando por los papeles. Así que, ahora que estoy a las puertas de marcharme, no me voy a buscar problemas hablando con mi nombre real. Además, la realidad que venga ya no será la mía. Pero nos han robado el país, se lo han quedado ellos y nos han obligado a los pobres a irnos.

Alrededor, de nuevo, La Habana abatida que visité durante la pandemia. Avenidas vacías en las que los pocos vehículos que transitan son triciclos eléctricos. Los escasos viandantes, caminantes cansinos, silentes, despojados de la socarronería parlanchina característica de los cubanos. Montañas de basura humeantes en las esquinas de las calles menos transitadas. Por la noche, un manto negro cubriéndolo casi todo, apenas agujereado por el fulgor de las casas con placas solares, por los comercios con generadores y por los faros de los escasos coches que siguen transitando. Y la música. Siempre, desde algún rincón, un altavoz bañando de reguetón el vecindario. Un telón de fondo a veces sustituido por el rugir de las cacerolas, la vía que permite liberar la rabia y el agotamiento sin exponerse demasiado a la represión de un régimen que solo admite el halago y la sumisión.

En La Habana se sigue haciendo buena parte de la vida en la calle, donde la música está muy presente. Alex Zapico
En la casa de Emma Navarro, durante la reposición del discurso del presidente Díaz-Canel. Muchas personas no lo vieron en directo porque no había electricidad. Alex Zapico
La falta de combustible ha provocado que se posponga la recogida de basura en las calles de La Habana. Muchos vecinos la queman para evitar problemas de salubridad. Alex Zapico


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La tarde del jueves 12 de marzo, el Gobierno cubano distribuyó una nota de prensa en la que anunciaba que a las 7.30 de la mañana siguiente, el presidente Díaz-Canel ofrecería una rueda de prensa. También anunciaba la liberación de 50 presos gracias a la mediación del papa León XIV —omitían el adjetivo que lo convertía en noticia: que eran presos políticos— y reconocía lo que era vox populi: que está negociando con Washington —la Administración Trump llevaba días haciendo comentarios sobre las conversaciones mientras sus homólogos cubanos insistían en que era una mentira más del “imperialismo yanqui”—. Muchos de los cubanos no se enteraron de los anuncios porque aquella tarde tampoco tenían electricidad ni telefonía móvil, otra de las consecuencias de los apagones. Quienes recibieron la información parecían no esperar nada de la comparecencia. A quienes pregunté, me respondieron con indiferencia o eufemismos. “¿Qué crees que va a decir? Nada”, “Si hubiera alguna novedad la sabríamos por Trump, no va a dejar que otro dé la noticia”, me decían. Muchas familias cubanas ni siquiera tienen sintonizado el canal nacional. “Nunca lo pongo, ahí solo hay gente cocinando todo el día”, me dijo, con exasperación, una veinteañera estudiante de Medicina. La mayoría me respondió que esperaría a ver los análisis de sus periodistas de confianza, casi todos en el exilio, a través de sus redes sociales.

En cualquier caso, aunque hubiesen querido ver en directo la declaración presidencial, muchos no habrían podido porque no tenían luz. Y el titular más atractivo que se pudo extraer de los 90 minutos de discurso fue que, efectivamente, estaba conversando con Estados Unidos para “solucionar los problemas bilaterales”. A pesar de que el acto se había comunicado como una rueda de prensa, entre los asistentes solo se encontraba la plana mayor del régimen y un reducido grupo de directivos de los medios oficialistas. De hecho, contacté al Centro de Prensa Internacional para asistir y la respuesta fue que no les constaba que se hubiese convocado ningún acto para periodistas. Tres días después, el presidente Trump respondió a Díaz-Canel jactándose de su desprecio por el respeto a la soberanía de la isla y a cualquier norma internacional: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba. […] Creo que puedo hacer lo que quiera con ella”.

En gran medida, ya lo está haciendo. Nadie en la isla duda de que están viviendo los últimos coletazos de un régimen en decadencia desde que, en la década de 1990, se disolvió el bloque soviético, su gran benefactor. Sin embargo, tampoco nadie se atreve a aventurar cuándo ni cómo será el entierro. Tienen suficiente con “resolver”, el concepto creado por los cubanos para englobar las innumerables habilidades que, durante décadas, han tenido que desarrollar para garantizarse la supervivencia diaria y que la prohibición de importar petróleo dictada por Trump ha llevado a un nivel superior. Uno peor, incluso, que el llamado Periodo Especial, según la mayoría de las personas consultadas para este reportaje. Algunas de ellas recuerdan como entre 1991 y 1995 los gatos desaparecieron de las calles de La Habana. Pero, insisten, la crisis actual va más allá del estómago. 

—Está todo sobre precio, carisísisimo. Gracias a que nos ayudan del Norte.

—¿Tiene familia en los Estados Unidos?

—Sí. Si no, nos moriríamos de hambre, como hay muchas personas muriéndose por ahí.

 —Y el Periodo Especial, ¿fue mejor o peor?

—Yo no sé ni cómo compararlo, la verdad. Porque antes teníamos un poquito de dinero, pero no había las cosas. Ahora, aun teniendo dinero, a veces no consigues las cosas.

Emma Navarro tiene 84 años, vive con uno de sus nietos en una vivienda con las paredes mohosas y de un solo dormitorio en el barrio 10 de Octubre, a las afueras de La Habana. El muchacho trabaja a unos metros de allí, en un almacén desde el que sus dueños distribuyen por varios negocios propios lo que consiguen importar: cerveza española barata, carne molida descongelada, leche en polvo… También instalaron un horno de tamaño doméstico para vender porciones de pizza en el barrio, pero desde que la falta de electricidad se volvió diaria, lo usan llenando la parte inferior de carbón. 

Emma Navarro tiene 84 años y su nieto le ha conseguido una de las cocinas de carbón que se han vuelto populares en Cuba por la falta de combustible. Alex Zapico

No es una excepción. Cada vez más gente en La Habana tiene que cocinar con carbón o, incluso, con madera. Incluida Emma. “¿Qué le parece? Retrocedimos”, dice, mostrándonos la canastilla de latón que le compró su nieto y que se está convirtiendo en un instrumento habitual en las cocinas cubanas. Hoy ha habido suerte: en las dos horas de suministro eléctrico que ha llegado a esta zona de la capital, alejada de los barrios turísticos, Emma ha conseguido rellenar su depósito de agua y cocer varias raciones de arroz en la arrocera, un electrodoméstico icónico de la historia reciente cubana desde que, en 2005, Fidel Castro ordenó su reparto por millones de hogares como parte de un plan de ahorro energético. El problema es que ahora, sin luz, tampoco se pueden conservar los platos cocinados más que unas pocas horas fuera de la nevera. En Cuba, cada paso para conseguir terminar el día con dignidad es una yincana agotadora que el régimen ha vendido al mundo, desde sus inicios, como una demostración de la capacidad de resistencia frente al imperialismo estadounidense de su pueblo. Un pueblo que repite, con entonaciones, conjugaciones y volúmenes distintos, a cualquiera que quiera escucharlo, que ya no puede más.  

—Yo me divertí mucho en mi juventud. Hasta los 90, vivimos muy bien: íbamos a la playa de vacaciones y había mucha comida. Pero, después… ¿Que qué me gustaría? Yo quisiera que hubiera un cambio, para mejor, como quiere todo el mundo, ¿no? 

Emma se asegura de cerrar las frases con muletillas que las despojen de cualquier parecido a una crítica. Y pregunta varias veces: 

—¿Esto dónde va a salir?

Desde diciembre de 2025, cuando dejó de llegar petróleo a la isla —hasta entonces, en su mayoría procedía de Venezuela y de México—, La Habana ha sido secuestrada por dos temas de conversación que, en realidad, son solo uno. El inofensivo: “¿Anoche os vino la luz? ¿Cuántas horas?” “¿Pudiste llenar los depósitos?” “¿Cocinaste para hoy?” “¿Cuántas horas dicen en Telegram que nos llegará hoy?”. Y el que subyace a todo eso, el de la luz al final del túnel, el de las noches en vela poniendo lavadoras, el de los alargadores sacados a las aceras para cargar los móviles de los vecinos, el de las colas interminables en los cajeros: “¿Qué han dicho los de Florida en las noticias gringas?” “¿Qué dicen aquí los de Raúl?” “¿Cómo va lo de Irán, porque de eso va a depender todo?”. El primero se comenta a voces con los vecinos desde los balcones, se pregunta por teléfono a los familiares, se explica a los periodistas con procelosas descripciones. Para el segundo, se recurre al sotto voce, se tamizan las palabras hasta reducirlas el eufemismo —“el cambio”, “ellos”—, se chequea quién anda alrededor y se busca la privacidad, a ser posible, sin abrir las puertas del hogar: dejar pasar a extraños siempre puede conllevar preguntas incómodas por parte de los miembros de los comités de defensa de la revolución que vigilan cada barrio.

Los que hablan abiertamente, con nombres y apellidos, es porque están dispuestos a asumir los riesgos. O porque ya lo han hecho. Como Alex Hall, una de las decenas de miles de personas que el 11 de julio de 2021 salieron a las calles de decenas de ciudades a protestar porque no aguantaban más. Un estallido social, como se le llamó, contra la escasez de alimentos, de medicinas, de productos de higiene, contra los apagones —ya entonces, habituales—, contra la represión política, contra las medidas adoptadas durante la pandemia de COVID-19 que empujaron a muchos de la pobreza a la miseria. Un “Ya no podemos más” colectivo con el que ahora muchos en Cuba acaban sus frases. El presidente Díaz-Canel, un político desconocido para la mayoría hasta que, en 2018, fue designado por Raúl Castro para sucederle, respondió al malestar con cargas policiales y la detención de miles de personas. Según las ONG Justicia 11 y Prisoners Defenders, entre 420 y 500 manifestantes siguen encarcelados cinco años más tarde.

Alexander Hall, historiador y activista de los derechos de las personas afrodescendientes, fue una de ellas. Tras ser detenido durante la protesta, pasó tres días en una prisión, sin acceso a un abogado, junto a otras cientos de personas, sin apenas comida, agua ni una ducha. Tampoco le informaron de si había cargos en su contra. Tras ser puesto en libertad, siguió publicando análisis en los que expone la falta de libertades, así como la discriminación y desigualdad que siguen sufriendo las personas negras en su país, lo que le ha costado varias detenciones, vigilancia en su domicilio y estar “regulado”. Así se llama en Cuba a la prohibición de viajar al extranjero. Hall lo descubrió cuando, a finales de 2025, fue a sacarse el pasaporte para cursar la beca que había conseguido para estudiar en Ecuador. También la inmensa mayoría de sus amigos ha abandonado el país. 

“Te acostumbras a la soledad. Yo me he volcado en ampliar mis conocimientos y estudiar  Antropología”, cuenta con resignación en una cafetería en Centro Habana donde todas las camareras son blancas y mestizas. “¿Ves? Solo el vigilante es un hombre negro. Los hoteles, los restaurantes, los negocios de cara al público no quieren contratar a afrodescendientes porque creen que dan mala imagen”.  

Alexander Hall es historiador especializado en la comunidad afrodescendiente. Fue detenido por participar en el Estallido social de 2021 y varias veces más por sus análisis críticos. El régimen cubano le ha prohibido salir del país para cursar una beca en Ecuador. Alex Zapico

Hasta mediados del siglo XX, en Cuba había segregación racial. Hall recuerda que incluso al dictador Fulgencio Batista le rechazaron su ingreso en una de las entonces populares sociedades por ser mestizo. La Revolución prometió acabar también con la desigualdad étnica, algo que nunca consiguió, como reconoció el propio Fidel Castro en Cien horas con Fidel, el libro del periodista Ignacio Ramonet que en Europa se publicó en una versión ampliada a la cubana. 

“Como no modificaron las condiciones de punto de partida, las diferencias persisten. Las personas blancas viajan cinco veces más al exterior, reciben tres veces más remesas y la población reclusa es mayoritariamente negra”, expone Hall, también con un tono de estar diciendo una obviedad, pero en este caso para evidenciar su crítica. El joven, dice, ya no teme a las posibles consecuencias de sus palabras: “Deseo que tengamos un proceso de transición gradual, no caótico, un escenario de mayor democracia y apertura económica, de mejor y mayor distribución de la riqueza, del establecimiento de nuevas bases republicanas, constitucionales y electorales que establezcan una cultura de democracia porque en Cuba no la tenemos, tampoco una cultura de organización política”. Para ello, opina, sería necesario que “las fuerzas políticas ya envejecidas cedieran sus cuotas de poder y entendieran que no es posible sostener un país así, condenando a su población a la miseria. Tienen que dejar a las personas participar en una democracia institucional”.

Cuba es una dictadura familiar, como la ha descrito el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, una en la que Fidel Castro dejó el poder a su hermano Raúl, que sigue ostentando desde la sombra el poder real, y que ha encargado las negociaciones con la Casa Blanca a su nieto Raúl G. Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo” —supuestamente nació con seis dedos en una mano—. Una dictadura en la que se estima que, al menos, el 40% de la riqueza del país está en manos de GAESA, un conglomerado empresarial que Fidel Castro fundó durante el Periodo Especial para que las Fuerzas Armadas Revolucionarias se autofinanciases. Tres décadas después, se ha convertido en una corporación opaca que controla la mayor parte del sector turístico —hoteles, agencias, transporte y proveedores—, gasolineras, supermercados y ETECSA, el único servidor de telefonía móvil en Cuba. Un entramado que, según investigaciones transnacionales, ha derivado parte de sus ganancias a paraísos fiscales. En una sesión parlamentaria de 2024, la Contraloría General de la República cubana, Gladys Bejerano, declaró que no puede fiscalizarla porque GAESA está bajo fuero militar.

De darse una apertura económica, como da por sentado el secretario de Estado Marco Rubio, responsable estadounidense de las negociaciones y quien un día sí y otro no considera imprescindible un cambio de régimen político en el corto plazo, Hall no descarta casi ningún escenario: “Puede haber un reacomodo de la oligarquía burocrático-militar del Partido Comunista que pueda derivar en un colapso parecido al que sucedió en los países de la Unión Soviética o puede que nos convirtamos en un Estado vasallo de los Estados Unidos, similar a lo ocurrido en Venezuela, totalmente alineada y subordinada a las directrices de Washington bajo la propia jefatura del chavismo”.

En 2021, tras el estallido social, viajé a Cuba y entrevisté a una quincena de jóvenes que había participado en las protestas. Todos ellos viven ahora en España y en Estados Unidos, incluido Ulises Padrón, filólogo, editor y activista por los derechos de las personas LGBTIQ+ y afrodescendientes. En aquellos días, ni Padrón ni los amigos que lo acompañaban durante el encuentro salían del desconcierto que les había provocado el comunicado que el movimiento estadounidense Black Lives Matter había difundido en apoyo al régimen cubano frente a los manifestantes. “Se centran en pedir el fin del embargo y del bloqueo, algo que tendría que hacerse ya, pero no en el derecho de las personas a protestar cuando estamos en una sociedad racializada en la que las personas negras y afrodescendientes sufren más, están más discriminadas y han sido más violentadas por la represión policial”, lamentaba entonces Padrón. Alexander Hall recuerda bien aquel texto. “A mí no me sorprendió. Ya nos habían contado los latinos cómo sufrían el racismo de los afroamericanos. Así que sencillamente se comportaron como lo que son: americanos negros, por lo que establecen esa jerarquía social y racial hacia nosotros, el Tercer Mundo”, sentencia.

Su amigo Ulises Padrón también dijo algo que resuena estos días en los que partidarios del régimen de todo el mundo visitan la isla, se reúnen con la plana mayor del Gobierno y lo reducen todo a una gesta contra el imperialismo estadounidense.

“Hay una izquierda que sigue viendo Cuba como su zoológico, como un museo. Vienen, van al Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, que les prepara sus programitas para ir a cosechar una semana, un ratito a Tropicana, y así es muy lindo ver el socialismo. Pero hay otra Cuba, en la que los paradigmas de la Revolución ya se han acabado o están agotados. Claro que la educación y la sanidad son derechos a preservar, incluso si tenemos otros sistemas políticos. Pero tiene que haber oportunidades de trabajo, la gente está pasando hambre y de mi generación apenas quedamos unos pocos en el país”.

Desde el triunfo de la Revolución en 1959, para varias generaciones Cuba se ha convertido en un mito en el que proyectar sus filias y fobias geopolíticas. De hecho, se puede viajar a la isla y ver solo ver la realidad que se busca reafirmar: la miseria, decadencia y degradación de un sistema colapsado o la heroica resistencia de un pueblo capaz de plantar cara al Imperio. Un retrato tan ciego como cínico: ambos sostienen que su prioridad es el pueblo cubano, pero ninguno lo ve.

—Es como si tiraran del pueblo cubano en dos direcciones opuestas. Una que dice defender la Revolución y el socialismo, cuando ya no existen. Otra, hacia el capitalismo, pero sin decirlo abiertamente y, por tanto, sin poder jugar con sus reglas. Y así es como resulta imposible planificar una vida. Todo se convierte en supervivencia en un hoy muy caótico.

Un vendedor callejero vende fotografías de Fidel. Alex Zapico

Alcides García Carrazana ha pasado buena parte de su vida trabajando como periodista para el canal de televisión de la provincia de Granma. Ahora, ejerce como educador social, realizador audiovisual y está implicado en varios proyectos de soberanía alimentaria apoyados por oenegés internacionales. Un hombre de profundas convicciones de izquierdas, que ha trabajado en el extranjero en organizaciones supranacionales como ALBA Movimientos y que analiza con el detalle científico del zoólogo el animal mítico en el que muchos han convertido al sistema político cubano.

—En estos sesenta años a nosotros nos desmontaron políticamente. Nos quitaron la capacidad de autorganizarnos, de pensamiento, de proyección política. Y, al mismo tiempo, el discurso oficial lo centra todo en el bloqueo y en la injerencia de Estados Unidos, que es real. El bloqueo existe y jode muchísimo, obstaculiza un montón de procesos en todos los sectores. Pero eso es así, así que no te puedes quedar en eso, tienes que ver cómo dialogas para solventarlo.

Una parálisis que García Carrazana ejemplifica con una de las grandes frustraciones que le enervan trabajando con el campesinado: en Cuba sigue siendo más fácil montar una empresa privada, las llamadas Mipymes, que una cooperativa. Una contradicción para un gobierno supuestamente socialista pero que responde a su voraz afán de control. Una faceta que explica también una burocracia anquilosada que el cine cubano ha retratado magistralmente. Especialmente en La muerte de un burócrata (1966) y Guantanamera (1995) que muestran cómo, en ocasiones, ni la muerte libra del acoso de los hombres grises que piden siempre un nuevo documento. De hecho, incluso en la actual crisis hay quienes renuncian a su pensión tras meses errando de un mostrador a otro. 

No quedan calorías que malgastar en un país en el que todo requiere un esfuerzo desproporcionado, en el que rige una verticalidad que, a veces, recuerda a un sistema de castas: la élite octogenaria que hizo la Revolución y que alcanzó puestos de poder sigue controlando todo desde la cúspide. Abajo, las últimas, como en todos los sistemas políticos, están las niñas y adolescentes negras prostituidas por los extranjeros blancos, a menudo, más cerca de la vejez que de la mediana edad. Como los que pasan a nuestro lado mientras realizamos la entrevista. Un septuagenario convertido en langosta por el sol agarrando de la cintura a una adolescente que intenta aparentar más años con un vestido rojo de licra.

Erradicar la prostitución también fue uno de los objetivos de la Revolución cubana, que la veía como una expresión más de la dictadura vasalla de los Estados Unidos. Durante los años en los que la URSS mantuvo el flujo constante con la isla, se redujo a los puteros y pederastas locales.  En cuanto el bloqueo soviético se extinguió y Fidel Castro abrió la isla al turismo, el cuerpo de las mujeres volvió a ser territorio de la explotación sexual transnacional y una fuente de ingresos vital para la supervivencia de muchas familias.

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En una calle comercial de Centro Habana, un hombre rebusca entre la basura. Abre minuciosamente las bolsas y escudriña unos restos orgánicos inidentificables. Por ser una escena habitual no deja de ser hiriente, un puñetazo en la barriga que nos recuerda qué significa pisotear la dignidad. El amigo que nos acompaña me aclara que probablemente sea para venderlos para alimentar gallinas, cabras, perros. Más adelante otro hombre come algo acuclillado en una montaña de escombros. En julio de 2025, la entonces ministra de Trabajo, Marta Elena Feitó Cabrera, tuvo que dimitir después de decir que las cientos de personas sin hogar que sobreviven en las calles de la ciudad son “gente que se hace pasar por mendigo para ganar dinero fácil”, y que “en Cuba no hay mendigos”. Tal fue el escándalo, que el presidente Díaz-Canel tuvo que censurar sus palabras por estar “desconectadas de las realidades que vivimos”.

Es por la mañana, horario lectivo, y aunque las clases de la Universidad se han suspendido por la falta de combustible, los colegios e institutos de educación secundaria siguen funcionando. Sin embargo, hay numerosos niños vendiendo galletas, ayudando a sus padres en los puestos de verdura, deambulando en grupos. Algo impensable hace apenas una década, cuando la escolarización universal seguía siendo un mandato casi religioso, y cuando aún se castigaba a los progenitores por incumplirlo.

En medio de todos ellos avanza Amalia en busca de provisiones. Tiene 34 años y hace cuatro que decidió dejar de ejercer la medicina para dedicarse a la estética y a la micropigmentación. El salario medio de un médico en Cuba es de 15 dólares, por lo que muchos de ellos han migrado a países como España o se han pasado al sector privado en trabajos menos cualificados, pero mejor remunerados. Antes, pudo comprarse la mitad de su vivienda con lo que cobró durante un año en Venezuela. Como miles de trabajadores sanitarios cubanos, formó parte de las brigadas que han prestado servicios médicos en países como Venezuela, Bolivia, Brasil, Ecuador, Nicaragua, Haití y México, entre otros. Además del cerco energético, Trump amenazó a estos países con represalias si no rompían una colaboración que le reportaba importantes ingresos al Gobierno cubano y con la que, en el caso venezolano, pagaba parte del combustible que importaba. Varios de ellos ya han suspendido el acuerdo.

—He intentado irme de Cuba de casi todas las maneras posibles: por el bombo de Estados Unidos [un sorteo anual de permisos de residencia], por el parole humanitario [un programa de reunificación familiar eliminado por Trump]… Por la ruta del Darién no, porque me da miedo. Vivimos en una isla-cárcel. Comemos pero no nos alimentamos, porque con lo que conseguimos no podemos ni comprar carne de res, no conseguimos los nutrientes necesarios. Y la gente piensa que esto es bonito. Esto es insoportable.

Amalia desprende rabia contra el comunismo y sigue a youtubers e instagramers españoles e hispanoparlantes de derecha y de extrema derecha. No es un caso aislado. En la isla está creciendo el apoyo a la ultraderecha como reacción pendular a la opresión del régimen actual y, a veces, vinculada con el crecimiento de las iglesias evangelistas. De hecho, algunos de sus seguidores han replicado el eslogan del movimiento estadounidense MAGA en una versión local: Make Cuba Great Again. Los fundamentalistas religiosos hicieron una fuerte campaña contra la legalización del matrimonio igualitario en 2022 y ahora la hacen contra el aborto, incluso yendo a hospitales para convencer a las mujeres de que no interrumpan su embarazo.

No es el caso de Amalia, atea y que aspira poder votar algún día a un representante de la derecha radical que domina ya buena parte de América Latina. Entre los recados que se había propuesto hacer esta mañana está el de poner saldo de internet para su móvil. Los cubanos residentes en la isla tienen autorizada una primera recarga mensual de  360 pesos (unos 60 céntimos de euros) por 6 gigabytes —a mí me duraron un día y medio sin apenas ver vídeos—. Una vez que lo gastan, las sucesivas recargas tienen que hacerse en dólares y a precios astronómicos para la economía local. Una fórmula muy eficaz para el Estado de reducir el acceso a Internet —principal espacio para la crítica política— y de ingresar millones de dólares.

—Quieren aislarnos aún más. Si tenemos familiares en el extranjero, nos vemos forzados a rogarles que nos envíen algo de recarga. Si no, tenemos que comprarlo por la izquierda a precios desorbitados.

Hay todo un mercado paralelo en el que se venden los datos comprados por la diáspora a sus familiares para que comercien con ellos y los vendan hasta diez veces más caros. Y aun así, se trata de un servicio pésimo que el Gobierno, además, suele cortar durante las caceroladas para impedir que se difundan imágenes de las protestas. Teme que se puedan contagiar por todo el país, como ocurrió el 11 de julio de 2021 a pesar de que lo bloqueó durante días.

—Si no salimos a la calle a protestar es porque no queremos terminar muertos o encarcelados como quienes participaron en el Estallido de 2021.  “Ser culto es el único modo de ser libre”, dijo Martí. Aquí somos cultos, sabemos lo que ocurre, pero tenemos mucho miedo. 

José Martí, el líder de la independencia cubana, sigue siendo un héroe nacionalista unificador de todas las corrientes ideológicas que, cada vez más, se mueven bajo el silencio impuesto por la oficialidad.

Un grupo de adolescentes se baña en el Malecón. Alex Zapico
Un grupo de turistas, de los pocos que se ven en La Habana, realiza una visita al cementerio Cristóbal Colón de Vedado. Alex Zapico

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Gustavo Arcos es profesor en la Escuela de medios, cine, radio y televisión de la Universidad de las Artes de La Habana. El lugar donde se forman la mayoría de los periodistas y comunicadores audiovisuales del país. Lleva toda su vida trabajando en el mundo del cine y es uno de sus críticos y académicos más respetados. Sus alumnos, me cuenta uno de ellos, le consideran un intelectual apasionado y entregado a la enseñanza. Hasta el final de la entrevista no cuenta que su tío iba en el mismo coche que Fidel Castro durante el ataque al cuartel Moncada, que su padre trabajó junto al Che en el Ministerio de Industria durante años, que sus tías actuaron de enlace en Sierra Maestra. Lo hace tras explicar que sigue considerándose revolucionario, es decir, que sigue creyendo en los valores en los que se sustentó la Revolución.

 —Pero en el 64 mi tío Gustavo ya empezó a decir que esa no era la revolución por la que había luchado y que Fidel había traicionado a todo el mundo. Por ello, fue encarcelado como preso político muchos años. Aun así, en los 80, yo fui a estudiar en la Unión Soviética creyendo en el comunismo, en todo lo que podía traer de beneficio para el mundo y para Cuba. Y fue traumático porque conocí otra realidad.

Arcos nos recibe en su apartamento luminoso, a unas cuadras del malecón, con sugerentes óleos en las paredes y una guitarra decorando el salón. Comienza hablando de la “crisis espiritual” que atraviesa el país.

—En otros momentos también ha habido bloqueo y conflicto con Estados Unidos, pero teníamos un sistema de salud eficaz, una enseñanza pública de calidad y un proyecto que había logrado mejoras para la mayoría social. Pero todo eso se ha perdido y estamos en un sálvese quien pueda.

Un sálvese quien pueda que, como explica Arcos, depende, sobre todo, de los más de tres millones de cubanos que viven en el extranjero y que envían remesas en la medida de sus posibilidades. Según un informe de la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe de las Naciones Unidas de 2023, el 70% de los habitantes de Cuba recibe unas remesas que, en la mayoría de los casos, resultan cruciales para cubrir las necesidades más básicas, como comprar alimentos y medicinas —a precios disparados en el mercado ilegal—.

Arcos cree que hay que volver a 1959 para entender en lo que se ha convertido hoy el Estado cubano.

Gustavo Arcos, docente y crítico cinematográfico, en su casa en La Habana. Alex Zapico

—En aquel año, Fidel no era marxista ni creía en el socialismo y hablaba contra la izquierda. Teníamos partidos políticos, una prensa de oposición. Mucha de la gente que hizo la revolución con Fidel y que murió para derrotar la dictadura de Batista lo hizo para que Cuba volviera a tener beneficios sociales, para que no hubiese diferencias de clases, pero también creían en una república con partidos políticos, derechos civiles, una prensa libre. Esos son los que lucharon en Sierra Maestra. Pero después la Revolución implementó una lectura de la historia manipulada según la cual todos ellos murieron por lo que vino después.

Y a partir de ahí, analiza, se creó una nueva clase social, la del revolucionario. “Fidel llegó a decir que ‘antes había que dejar de existir que dejar de ser revolucionario’. Bueno, pues a partir de eso, toda tu vida, tus beneficios laborales, tus ascensos, tus vacaciones, las iba a marcar si el sistema, tus compañeros o tus vecinos te consideraban lo suficientemente revolucionario o no”.

De hecho, Arcos sostiene, como muchos en la isla, que el mejor amigo que ha tenido la Revolución cubana ha sido el Gobierno de Estados Unidos y su bloqueo, del que, afirma, se han beneficiado muchos:

—Cuando murió Fidel, lo celebraron tanto en Miami que tuvieron que cerrar la calle 8, donde hay tantos cubanos. Perdóname, pero la mayor parte de los cubanos que han hecho allí su carrera, su prestigio y su dinero ha sido gracias a Fidel. Fue él el que les dio estatus en la comunidad de Miami. E igual que los de allí han vivido gracias a su oposición a la “terrible existencia del comunismo en Cuba”, los de aquí lo han hecho gracias a la existencia del “terrible imperialismo estadounidense”.

En este sentido, una de las heridas que sigue más abierta en Cuba es el boicoteo interno al proceso de normalización de relaciones que lanzó la presidencia de Barack Obama.

—Aún no había terminado de hablar Obama en el Teatro principal de La Habana y ya estaba la televisión cubana entrevistando a voceros oficialistas que decían que no había que creerle porque era el lobo con la piel de cordero, que el imperialismo quería venir a tomar Cuba. Y en Miami ya estaban diciendo que no podía pactar con la dictadura asesina. Ni unos ni otros lo iban a permitir.

El proceso se ralentizó y a su llegada a la presidencia en 2016, Donald Trump revirtió los avances.

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La carretera nacional de La Habana a Matanzas es de las mejor mantenidas del país. Se trata de un trayecto obligado para la mayoría de los turistas, que suelen alojarse en los hoteles playeros de Varadero y visitar La Habana uno o dos días. La actual crisis la ha vaciado hasta convertirla en una pista de despegue a ninguna parte. Solo nos cruzamos con una decena de bicicletas, una veintena de automóviles y varias decenas de triciclos eléctricos. A un lado de la vía, el Atlántico desmadejándose sobre una costa pedregosa. Durante decenas de kilómetros, vemos cómo un gasoducto herrumbroso, de un palmo de diámetro, aflora y se esconde. Al otro lado, un horizonte de lomas verdosas, salpicadas de arbustos y palmeras, entre las que, cada treinta o cuarenta kilómetros, se alza la llama agónica de una refinería casi artesanal de petróleo. Pequeños depósitos oxidados y tuberías a ras de tierra intentan extraer el grumoso, pesado y agrio crudo cubano con el que la isla mantiene las constantes agónicas de su sistema energético. Y entre ellas, un par de pequeñas centrales termoeléctricas, tan corroídas como todo el sistema eléctrico de la isla, al borde del colapso por la falta de mantenimiento desde hace años y, ahora también, de combustible. El estado de abandono evoca un aire apocalíptico que extiende su pátina hasta las calles de la ciudad más cercana.

Carretera vacía que une La Habana y Matanzas, una de las vías más cuidadas del país por ser la que usan los turistas que se hospedan en Vedado para visitar la capital. Alex Zapico

Matanzas tiene unos 120.000 habitantes y está atravesada por dos ríos que dividen la ciudad. A un lado, su centro de arquitectura colonial. Al otro, el vecindario en el que vive, sobre todo, población afrodescendiente en infraviviendas. Y al otro extremo, el Reparto Armando Mestre, uno de los cientos de barrios que construyó la Revolución para paliar la falta de viviendas. Edificios de tres y cuatro plantas, construidos por los que serían sus futuros habitantes, siguiendo los dictados de la arquitectura soviética y que, medio siglo después, siguen siendo la última barrera entre la pobreza y la miseria para cientos de miles de familias. Cientos de hombres dejan escurrirse las horas sentados en los muretes que circundan las calles de tierra. 

Allí vive Alina López, uno de los rostros más visibles y respetados de la oposición interna al régimen cubano. Historiadora, editora y miembro de la Academia de Historia de Cuba, López ha logrado visibilizar la represión del régimen con una acción aparentemente inocua como plantarse, en silencio, una hora, el día 18 de cada mes en el Parque de la Libertad, el principal, junto a la estatua de José Martí, omnipresente en cada población de la isla. La mujer a veces porta consigo una pancarta en blanco; otras, alguna consigna pidiendo la libertad de los presos políticos. Por ello ha sido detenida en numerosas ocasiones, agredida por policías en un par de ellas, acusada de golpear a una oficial de inteligencia —algo que ella rechaza y por lo que le piden cuatro años de prisión— y tiene prohibido salir del país. una regulación vigente hasta hoy. Se enteró cuando en 2023 fue a renovar el pasaporte para viajar a un congreso en Estados Unidos. El teniente coronel que la atendió le explicó que no le permitirían viajar porque sabían que iba a encontrarse con la CIA para encabezar un golpe de Estado a su vuelta. “Imagínate el guion de telenovela”, explica rodeada de fotos de sus hijas y de diplomas de sus logros académicos. “Meses después, el mismo teniente coronel me dijo que si cambiaba de actitud, es decir, si me callaba, me devolvería el pasaporte, lo que demuestra que todo lo de la CIA es falso”.

La lucha de Alina por los presos políticos y por una transición democrática se ha ido extendiendo por otras ciudades y pueblos. Hombres y mujeres que también cada día 18 se plantan en silencio y casi siempre en solitario y que también por ello han sido detenidos y están, algunos, a la espera de juicio.

Cuba es uno de los países con un mayor porcentaje de población reclusa del mundo, según estimaciones de diversas organizaciones de derechos humanos, explica Johanna Cilano, investigadora de Amnistía Internacional para Cuba. “Desde 2012, las autoridades cubanas no ofrecen cifras de personas presas o población carcelaria. En aquel momento ofrecieron una visita guiada a la prensa y reconocieron la existencia de alrededor de 57.000 personas presas y 200 instalaciones carcelarias. Estimaciones de organismos independientes sitúan la cifra de personas presas cerca de 90.000 en la actualidad”, añade. “Esta información es estimada debido a la falta de transparencia y la negativa al escrutinio del sistema carcelario por parte de organizaciones de derechos humanos nacionales e internacionales”. Una opacidad que incluye a los presos políticos que, según diversas estimaciones, oscilan entre 756 y 1.254.

—El Gobierno tiene dificultades para negociar su liberación porque una de las cosas que suele incluir como condición es su exilio obligatorio, y muchos de los presos han dicho que no se van a ir de Cuba. Han ido desarrollando una conciencia política que no tenían cuando fueron encarcelados hace cinco años y están determinados a luchar por el cambio político.

En los últimos tres años, en Cuba se ha encarcelado a personas por publicar en Facebook o por hacer pintadas críticas con el Estado. Ese es el caso de Martín Barroso, un doctor en Ciencias Económicas de la Universidad De Santiago Spíritus que ha sido condenado a diez años de cárcel por hacer pintadas críticas con el régimen como “¿Hasta cuándo nos están matando?”.

Como Alina, que tras leer los relatos de torturas de los encarcelados durante las protestas de 2021, decidió que tenía que ir más allá de publicar análisis críticos e implicarse en la acción directa.

—Vengo de una familia obrera de un barrio muy pobre de Matanzas. Soy de izquierda, creo que ningún proceso de cambio en Cuba puede hacerse dejando al margen a las grandes mayorías sociales, sin justicia social, sin una responsabilidad del Estado. Ningún sistema que se haya proclamado socialista sin democracia ha logrado resultados, simplemente son dictaduras con ropajes populistas más que populares. Y en Cuba ni el ropaje populista existe ya.

Alina es consciente del riesgo que asume con su exposición pública. Y si la asume es porque quiere pedirle algo al mundo: 

—Que mire a Cuba más allá de Trump y del Estado cubano, que mire a su gente y al drama que viven, a los presos políticos, a las personas pobres y abandonadas. Que no sigan viendo a Cuba como un mito. Desmitifiquen Cuba y ayúdennos.

Nos invita a un café. Para edulcorarlo, saca de una bolsa azucarillos que una amiga europea le trajo en una visita. Cuba era una de las grandes productoras de azúcar hasta que Fidel Castro cerró las centrales azucareras siguiendo la lógica capitalista de que costaba más producirla que importarla. Ahora, hasta el sector del ron –una de las principales exportaciones del país– tiene que comprar azúcar extranjera. En la mesa de la cocina, vemos la famosa cartilla de racionamiento. Alina explica que en el último trimestre ha recibido solo un kilo de arroz y otro de frijoles. Las colas para recoger los víveres son tan largas que los vecindarios se organizan para pagar a un ‘colero’, alguien que espera varias horas para recogerlos a cambio de una pequeña cantidad de dinero o de la propia comida.

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De vuelta en La Habana nos reunimos con Jorge Fernández, uno de los activistas que se ha unido al movimiento de protesta iniciado por Alina López. O lo ha intentado. Desde hace más de un año, cada día 18, cuando se dirige a la plaza más cercana a su casa, policías lo detienen y lo encierran durante algunas horas en un calabozo.

—Ellos dan distintos tratos a la disidencia para crear diferencias entre nosotros y para quebrarnos. También judicialmente. A Alina le mantienen la acusación y a mí, en noviembre, me llamaron y me dijeron que la Fiscalía había decidido anular la causa tras dos años y medio esperando juicio —lo que es ilegal porque la ley establece que tienen un año para juzgarte—. Y fíjate que desde entonces he pasado más tiempo detenido que hasta entonces y me tratan peor. Con la salvedad de cuando me dieron la paliza.

Comenzamos la entrevista con Jorge Fernández en el jardín de nuestro hostal, pero la ley obliga a los dueños de alojamiento turístico a registrar cualquier visita, por lo que decidimos buscar un lugar que no les ponga en un compromiso. Fernández es escritor, editor, ilustrador de humor político y una de las voces críticas más hostigadas por el Estado. Los restaurantes y cafeterías de una Habana vacía tienen dos inconvenientes: todo se escucha, todo el mundo te ve. Así que terminamos en una plaza tan destruida que se ha convertido en el escondrijo y sanitario de varias personas sin hogar. Al final de la entrevista, un hombre vestido de paisano se dedica a rondarnos, por lo que terminamos antes de lo previsto.

Jorge Fernández en la plaza donde fue entrevistado. Alex Zapico

A sus 63 años, Jorge Fernández ha trabajado como editor en las instituciones culturales más prestigiosas del país: el Centro de Estudios Marciano, donde era subdirector de la editorial José Martí, y en el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello. Fue el encargado de editar un libro importante para el establishment cubano, Mi primera vida, la larga entrevista que le hizo Ignacio Ramonet a Hugo Chávez. Ahora es un apestado por publicar humor político en dos de los medios más críticos, El Toque y Cuba por Cuba, que a menudo son bloqueados. En cualquier caso, la mayoría de sus lectores lo siguen por sus canales de Telegram, WhatsApp y el resto de redes sociales. Esta es la forma más habitual de informarse en la isla.

—El humor es un arma muy poderosa porque es muy difícil de responder. Tú metes una diatriba contra el Gobierno o las instituciones y suena muy serio, pero si lo haces con humor les molesta mucho porque no saben cómo desmontarlo. Esto viene del movimiento de jóvenes humoristas que surgió en las universidades hace más de 30 años, pero quedamos muy pocos porque la mayoría está en el exilio.

Jorge se disculpa por hablar acelerado. Dice que personas críticas como él, tienen tanto que decir y están tan silenciados, que cuando tienen la oportunidad de hablar sienten que no la pueden desaprovechar. El escritor explica que el día que más temió por su vida fue el 18 de julio de 2025, cuando varios agentes de policía le dieron una paliza y tras mantenerlo varias horas en el calabozo, se lo llevaron en un coche civil a recorrer durante varias horas las afueras de la ciudad. Pensó que lo iban a desaparecer. 

—Claro que el miedo existe. Pero llega un momento en el que dices ¿qué puedo perder? La propia represión te va haciendo inmune. Te vuelven un don nadie, una persona que no existe, que no puede trabajar, que no puede vivir prácticamente. Entonces, por lo menos, voy a expresarme y que venga lo que venga.

Jorge, además, pertenece al colectivo más castigado por esta crisis: las personas mayores, que además conforman la mayoría de la población cubana. 

—Es tremendo el nivel de pobreza en el que ha caído mucha gente que estuvo entregada a la revolución como yo. Y nos preguntamos: “¿Para qué carajo me entregué a la revolución si mira cómo estoy viviendo ahora?”

La pregunta se queda flotando mientras Jorge y su pareja se alejan, camino de reunirse con unos amigos. Para llegar a la entrevista tuvieron que caminar más de dos horas. No encontraron un taxi y no había conexión para llamarme y encontrarnos en otro lugar. Quieren aprovechar para ver a gente querida antes de retomar el camino de vuelta. No saben cuándo podrán volver al corazón de La Habana. 

***

A unas cuadras de allí, Celia María Toledo y Enrique Luis Rodríguez nos reciben en su casa, un apartamento en un inmueble art déco en Vedado, el barrio de los edificios gubernamentales, de muchas de las embajadas, de los restaurantes de madera natural y cocina fusión a precios europeos. Y también donde residen decenas de familias pobres que a diario tienen que caminar por delante de los escaparates de los supermercados de productos de importación –en los que mayoritariamente se paga en dólares––, o ver los coches de gama alta y cristales tintados adelantar a los renqueantes, tuneados y megafotografiados ladas.

Celia tiene 79 años y hace nueve meses que dejó de trabajar. Dice que ya no podía más. Cobra una pensión de 3.500 pesos —unos 7 euros—. Su marido desde hace más de medio siglo tiene ahora 84 años, combatió en Playa Girón, llegó a ser general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y tras una vida trabajando en el sector civil para el Estado cubano, tiene que seguir yendo todos los días a su puesto en el Ministerio de Cultura porque no podrían vivir con la pensión que cobraría en caso de jubilarse (4.000 pesos).

Celia María Toledo y Enrique Luis Rodríguez siguen apoyando la Revolución pese a que ella no ha podido dejar de trabajar hasta los 79 años y él sigue haciéndolo a sus 84. Alex Zapico
Enrique Luis Rodríguez muestra fotografías de su participación en la Revolución. Alex Zapico

Siguen creyendo profundamente en una revolución que les ofreció categoría de ciudadanos cuando la dictadura de Batista solo les prometía miseria y sometimiento como súbditos. Se emocionan recordando los días en los que empezaron a construir una sociedad en la que todos serían iguales. Se deshacen en elogios hacia Fidel Castro; siguen sin encontrar ningún líder que haya estado a su altura. No ocultan su escaso entusiasmo por los gobernantes actuales, especialmente el presidente Díaz-Canel. Y sostienen que si Trump ordenase una invasión, ellos serían los primeros en ponerse al frente: él, tomando las armas; ella, que se define como una “gran emprendedora”, apoyando desde la retaguardia.

Mientras tanto, cada mañana, cuando él se va al trabajo, ella comienza su recorrido para conseguir lo que puede.

—Ay, Patri, Enrique es muy, muy, muy revolucionario. Y yo también. Pero cuántas dificultades pasamos. Por las mañanas, si no tenemos leche, hago una infusión con la mata. Y si hay pan, pues un poco de pan. ¿Pollo? No, no lo podemos comprar. Está a 4.000 pesos el paquete. Vivimos a picadillo y a tortas. Pero no estamos flacos. Eso sí, las medicinas sí nos faltan. Enrique no consigue el medicamento para la diabetes. Y el médico me dijo que yo necesito vitamina B1 y B2 para el chikungunya, pero no la puedo comprar. Y mira cómo tengo las piernas.

En el último año, una epidemia de chikungunya ha afectado a una parte importante de la población. Una enfermedad que se transmite por la picadura de mosquitos y que deja inflamadas y doloridas las articulaciones y las extremidades durante meses, especialmente entre quienes tienen patologías previas y las defensas bajas. En los últimos dos años, tres huracanes han atravesado la isla, dejando a más de un millón de personas sin hogar y desplazadas. La acumulación de basura sin recoger en las calles por la falta de combustible, la escasez de alimentos y medicinas y la falta de suministro de agua potable han debilitado a una población que lleva décadas sometida a un bloqueo estadounidense que afecta a cada parcela comercial, financiera y económica del país. La clase dirigente ha antepuesto su perpetuación en el poder al bienestar del pueblo al que dice representar.

A pocos kilómetros de la casa de Celia y Enrique se encuentra el Centro de Estudios Che Guevara. Allí, su directora e hija mayor del líder revolucionario, la médica Aleida Guevara, explica en qué se diferencia del dedicado a Fidel Castro: “Aquel es una casa completa como museo. Está muy bien hecho, pero este no es para turistas. Aquí tenemos el archivo de mi padre para que estudiosos de todo el mundo vengan a seguir investigándolo”. 

Aleida es una mujer de trato alegre y cercano que recuerda a quienes la entrevistan que apenas conoció a su padre –quien murió cuando ella tenía solo tres años–. Apasionada de su profesión, solo aceptó dejarlo pasados los sesenta años, cuando su madre “se lo ordenó” para que la sustituye en la dirección del centro. “Fue lo peor que pude haber hecho porque yo me retiré, pero mi mamá no”, dice entre risaa–. Ahora está muy orgullosa de que una de sus hijas, también médica, haya sustituido la medicina por la agricultura para recuperar uno de los miles de terrenos baldíos que hay en la isla. Cuando le pregunto cómo describiría a su padre, un hombre cuya vida sigue inspirando a millones de personas de todo el mundo, responde:

—Un día mi papá descubrió que en nuestra casa estábamos consumiendo productos que no entraban por la libreta de racionamiento. Aquello fue bien feo. Él era ministro, pero no quería que hubiera ninguna diferencia con respecto al pueblo. La ética revolucionaria del Che todavía no la ha alcanzado mucha gente en este país. Él nunca le habría dicho a la gente que viviese de una manera mientras él vivía de otra. Eso es un pecado mortal para la revolución. Y hay muchos dirigentes en nuestro país, sobre todo en las capas intermedias, que tendrían que aprender mucho del Che.

La falta de combustible y de mantenimiento del sistema eléctrico ha sumido a Cuba en continuos apagones, incluidas La Habana Vieja y Centro Habana, dos de los barrios más turísticos de la ciudad. Alex Zapico

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