“Hoy China es mucho más defensora del derecho internacional que EEUU”

Entrevista con el politólogo Amitav Acharya, que defiende que el mundo entra en una etapa con múltiples centros de poder y sin una hegemonía clara

“Hoy China es mucho más defensora del derecho internacional que EEUU”
El académico Amitav Acharya participó en las jornadas 'War and Peace in the 21st century' de CIDOB el 11 de abril de 2026 en Barcelona. Tomàs González Carbó

“Algunos lo llaman ‘orden liberal’, pero para mí lo de ‘liberal’ es una forma de suavizarlo, de hacerlo sonar mejor. Tiene buena prensa, pero en realidad era un orden hegemónico”. 

Para Amitav Acharya no hay matices: el orden internacional que surgió tras la Segunda Guerra Mundial no fue lo que parecía. “Yo lo llamo hegemonía estadounidense, porque es un orden hegemónico”. 

Profesor distinguido de Relaciones Internacionales en la American University (Washington D.C.) y titular de la Cátedra UNESCO de Retos Transnacionales y Gobernanza, Acharya es una de las voces más influyentes para entender el Sur Global. Su trabajo sobre seguridad en el Sudeste Asiático fue clave para la creación de la Comunidad Política y de Seguridad de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático). También escribe regularmente en medios como The New York Times y Financial Times, y ha formado parte del Centro de Asia de la Universidad de Harvard. 

“El mundo que viene ahora será posthegemónico: ya no habrá una única potencia que marque las reglas. Y esto se explica, básicamente, por una razón: hoy hay muchas potencias”, dice Acharya en una zona de descanso del Hotel Catalonia Ramblas, en pleno centro de Barcelona.

Acharya ha participado en una nueva edición de las jornadas War and Peace in the 21st Century, organizadas por el Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB) y que este año se han centrado en la redefinición de Europa en un mundo de crecientes tensiones geopolíticas. Tras su intervención, Acharya se sienta con 5W para analizar un escenario marcado por guerras abiertas, un orden internacional en crisis y nuevas potencias disputando el tablero global.

¿Estamos avanzando hacia un sistema internacional más descentralizado, en el que distintos actores asumen roles de mediación según el contexto, frente al modelo de una única potencia dominante o de bloques fijos?

Eso es lo que yo llamo un mundo “multiplex” [término acuñado por Acharya que describe un mundo más complejo, entrelazado y regionalizado que en épocas anteriores]. Hay muchos actores, no uno solo. Y, más que un único mediador dominante, lo que necesitamos es una coalición amplia. No hablo de multipolaridad porque es un concepto que se centra en el poder material —económico, militar—, es limitado y bastante anticuado. Está muy ligado a una visión europea previa a la Segunda Guerra Mundial y solo tiene en cuenta a las grandes potencias. ¿Qué pasa con las potencias medias? ¿Canadá, Australia o la propia Indonesia?

“Las ideas más relevantes sobre el orden internacional no vienen de las grandes potencias”

De hecho, muchas de las ideas más relevantes sobre el orden internacional no vienen de las grandes potencias: el mantenimiento de la paz lo impulsó Canadá, el concepto de seguridad humana lo desarrollaron desde Pakistán y [también lo hicieron] figuras como Amartya Sen [Premio Nobel de Economía] en la India. La “responsabilidad de proteger” es otro ejemplo que surge en gran medida en África y luego fue adoptada por la Unión Africana y por Occidente. Lo que estamos viendo es una responsabilidad más difusa: el orden internacional ya no puede gestionarse solo desde una o dos potencias, sino que requiere muchos más actores. También actores no estatales, oenegés, redes de cooperación. Todos pueden operar dentro de una misma casa común, como en un cine multiplex: muchas salas, muchas historias, pero un mismo techo. Y así es como debería funcionar. Ese es el mundo que está emergiendo. Es algo sobre lo que he trabajado bastante y que desarrollo en mi libro The Once and Future World Order: Why Global Civilization Will Survive the Decline of the West [2025], con perspectiva histórica.

¿Y qué hacemos ahora?

El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, dijo recientemente que la era del predominio occidental ha terminado. Lo dijo en 2026. Yo lo dije en 2014. Al cuestionar ese mito —la idea de que la hegemonía estadounidense o el orden occidental siempre han sido beneficiosos—, yo ya defendía que hacía falta un nuevo marco. Además, ese orden ya se estaba erosionando, y lo hacía antes de Donald Trump. En todo caso, lo que hizo Trump fue empujarlo al límite.

“Antes de Trump, el ascenso de China y la India ya estaba cambiando el equilibrio de poder global”

Las señales de erosión del llamado orden liberal o rules-based order [es decir, un orden basado en las normas] ya estaban ahí desde el principio, porque el equilibrio de poder global ya estaba cambiando. El ascenso de China y de la India se produjo antes de que Trump llegara al poder. Y eso nos deja ante una realidad: ese único orden era, en parte, una ilusión. Es lo que el primer ministro canadiense, Mark Carney, ha llamado una especie de engaño, de ilusión colectiva. Y eso es exactamente lo que yo decía en 2014: que, en realidad, era una ilusión.Han tenido que pasar 12 años para que algunos líderes occidentales —los más lúcidos, como Stubb o Carney— lleguen a la misma conclusión que algunos llevábamos tiempo defendiendo, quizá como voces críticas o disidentes.

Dicho esto, la pregunta clave que me planteas es: ¿qué hacemos ahora? Desde luego, no se puede volver atrás. Pensar que esto es una fase pasajera, que todo se resolverá, que Donald Trump desaparecerá en un par de años y que volveremos a la normalidad, sería otra ilusión.

En este escenario, marcado por el aumento de las tensiones internacionales y la presión sobre Europa para elevar el gasto en defensa —una línea que España no ha seguido—, ¿qué lectura debe hacerse de la visita del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a China, donde instó a Pekín a asumir un papel más activo en la defensa del derecho internacional y el multilateralismo?

En primer lugar, me parece muy importante y alentador que el presidente del Gobierno de España alce la voz en defensa del derecho internacional y, al mismo tiempo, frente a lo que está haciendo Estados Unidos bajo la Administración de Trump. Está siendo valiente, claro y directo; probablemente, el líder más lúcido y articulado de Occidente en este momento. Además, Sánchez no solo habla: también actúa. Y eso implica, por ejemplo, rechazar las peticiones de Estados Unidos para utilizar el espacio aéreo español y las bases militares en apoyo de sus operaciones en el Golfo o en Irán. No solo está cuestionando la política unilateral y agresiva de Washington, sino que también está intentando tejer alianzas con distintos países. Y China es, por supuesto, uno de los más relevantes. Esta visita llega en un momento clave, con la guerra en el Golfo aún abierta, en medio de una frágil pausa. A diferencia de otros líderes europeos, que critican la deriva estadounidense —el rechazo al libre comercio, al multilateralismo y su política en el Golfo—, pero no pasan de ahí, Sánchez sí está tendiendo puentes con otras potencias, incluidas las emergentes. Es cierto que hay cierto acercamiento a la India —la Unión Europea ha firmado un acuerdo con ese país—, pero ningún otro líder occidental ha intentado aproximarse a China, debido a la desconfianza que persiste en Europa hacia Pekín, al que no se considera un socio ideal. Sin embargo, el enfoque español es más pragmático: no se trata de afinidades ideológicas, sino de intereses. Si Estados Unidos está contribuyendo a desestabilizar el orden internacional, necesitas el apoyo de todos. No puedes aceptar el de unos países y rechazar el de otros.

Amitav Acharya con su libro 'The Once and Future World Order' durante la entrevista con 5W en el Hotel Catalonia Ramblas de Barcelona.
Tomàs González Carbó

Gran parte del debate actual sobre el orden internacional gira en torno al ascenso de China: a sus capacidades y sus intenciones. Y puede entenderse esa alarma, ya que históricamente ha habido potencias emergentes que han revertido el orden mundial hegemónico. ¿Cómo interpreta esta preocupación y cuáles son, a su juicio, los principales desafíos del orden internacional en la actualidad?

Es una preocupación global. Y exige una coalición que apueste por el multilateralismo y el Estado de derecho. China, por supuesto, tiene sus propias limitaciones y hay inquietudes legítimas sobre su papel. Pero, al mismo tiempo, hoy China es mucho más defensora del derecho internacional y del multilateralismo que Estados Unidos. Así que, si quieres preservar el multilateralismo y defender el Estado de derecho, necesitas contar con China. No puedes prescindir de ella. Necesitas a la India, necesitas a África, necesitas a Australia y necesitas a Canadá.

¿Qué papel desempeña cada uno de ellos?

Creo que son muy importantes y, además, hay distintos tipos de actores. Por un lado, están las grandes potencias, como China. La India quizá no es tan grande, pero sigue siendo muy influyente en el Sur Global. Luego están las potencias medias: Canadá, Australia o Indonesia, que van a ganar mucho peso. También hay países como Sudáfrica, Brasil o México. Al final, lo que necesitas es una coalición más amplia, que no esté formada solo por grandes potencias o potencias medias. Y ahí entran países como Pakistán, que en determinados contextos y para funciones concretas pueden desempeñar un papel relevante.

Hablando de Pakistán y de su papel reciente como mediador en la guerra del Golfo, y tal y como apunta nuestro director Agus Morales en su análisis “¿Por qué Pakistán es un buen mediador entre Irán y EEUU?”, a menudo se presenta tanto a este país como a la India como actores estabilizadores. ¿Responde realmente su política a una lógica de neutralidad o a algo más amplio, condicionado por su posición en el orden global? 

Yo no hablaría de “neutralidad” en el caso de la India o Pakistán. La India sigue más bien una lógica de “multialineamiento”: intenta llevarse bien con todos los que pueden apoyarla, dentro de un marco de cooperación e interdependencia. Para mí es un buen ejemplo. Tiene buenas relaciones con Estados Unidos, con la Unión Europea —con la cual ha firmado uno de sus mayores acuerdos comerciales—, con Rusia, y además está mejorando sus vínculos con China.

“El líder de Pakistán le cae bien a Trump. Y eso le abrió una vía directa para ejercer de mediador”

Pakistán es distinto. Es un actor más limitado y más oportunista. Aprovechó una coyuntura en la que podía ser aceptable tanto para Irán como para Estados Unidos. No porque tenga relaciones especialmente estrechas con ninguno de los dos, sino porque, en parte, su líder de facto [el jefe del Ejército, Asim Munir] le cae bien a Donald Trump. Y eso le abrió una vía directa para ejercer de mediador. Además, Pakistán no es aliado de Irán. Pero está cerca, es un país islámico y al menos consiguió que ambas potencias mantuvieran conversaciones directas. Ahora bien, no estar alineado con Irán tiene límites, y explica en parte por qué esa mediación no terminó de funcionar. Aun así, fue un movimiento oportuno. No quiero quitarle mérito: logró ofrecer un canal para que Estados Unidos e Irán hablaran directamente en un momento clave. Su papel ha sido muy simbólico, pero también muy importante. Pero no creo que ese sea el futuro. El futuro pasa por algo más amplio: por coaliciones. No un mediador puntual, sino una coalición de países que respalde este tipo de procesos. Y ahí pueden entrar muchos actores: China, por supuesto, pero también países europeos.

Todo lo que dice contrasta bastante con cómo suele describirse el orden posterior a 1945: a menudo presentado como un sistema compartido y estable, cuando en realidad parece haber sido mucho más disputado. ¿Cómo lo definiría?

Su pregunta parte de una idea clave: que el orden internacional posterior a 1945 no fue tan pacífico como se ha querido presentar. Y eso es precisamente lo que quiero subrayar. Hasta hace pocos años, muchos analistas y líderes occidentales consideraban que ese orden había sido exitoso, que había generado paz, estabilidad y prosperidad. Y en parte lo hizo. Pero también hay mucho mito ahí. Por ejemplo, no fue ni tan pacífico ni tan próspero para los países del Sur Global. Países como China o la India quedaron inicialmente fuera. Muchos países del Sur Global se sintieron marginados. Fue un orden que funcionó bien para Occidente: para Europa y para Estados Unidos. Europa, de hecho, vivió prácticamente sin conflictos hasta la guerra de Ucrania. Ahora estamos viendo cómo cada vez más países —también en Occidente— empiezan a reconocer que ese orden tenía límites. En cualquier caso, es un modelo que se está erosionando, que se está agotando. Y por eso necesitamos repensarlo: mirar atrás, pero sobre todo pensar en algo nuevo.

Tras 1945, convivían realidades muy distintas, como el bloque soviético o los procesos de descolonización en Asia y África. ¿Podemos entenderlas como órdenes alternativos? ¿Cómo encajan dentro de ese supuesto orden global homogéneo?

En primer lugar, si hablamos de la Unión Soviética, no era comparable a Estados Unidos en términos de poder económico. Quizá sí en el plano militar, pero no en el económico. Tampoco tenía una red de alianzas similar: la OTAN estaba mucho más cohesionada y tenía un mayor alcance. Además de estar respaldada por Estados Unidos, pero también por Reino Unido y Francia, ambas potencias nucleares. La Unión Soviética era más limitada en ese sentido. En cuanto al resto del mundo, si miramos los últimos 5.000 años de historia, vemos que rara vez ha existido una única potencia hegemónica global. Se podría mencionar a España como potencia global durante un breve periodo, luego al Reino Unido y más tarde a Estados Unidos. Pero, en un periodo tan largo, esos momentos han sido la excepción.

En realidad, el mundo siempre ha funcionado más como un sistema “multiplex”, con distintos centros de poder según las regiones: China en Asia Oriental, la India en el sur y sudeste asiático, Egipto, el Imperio otomano… y en América, los incas, que construyeron redes de infraestructuras incluso más extensas que la Ruta de la Seda. La civilización maya también desarrolló sistemas de gobierno y diplomacia comparables, en algunos aspectos, a las ciudades-estado griegas.  Podríamos incluir también el Imperio mongol o la antigua Persia, ya que fueron órdenes importantes en su tiempo. Mi tesis es que el mundo siempre ha sido multiplex; lo que ocurre es que solo ahora empezamos a reconocerlo. Nuestra forma de entender el orden internacional ha estado muy marcada por narrativas occidentales que presentan el ascenso de Occidente como el único verdadero orden mundial.

Hablando de estos órdenes, los nuevos actores hegemónicos siguen confiando en instituciones como Naciones Unidas para gestionar conflictos y sostener el derecho internacional. ¿Hasta qué punto cree que el sistema de la ONU ha fallado en conflictos recientes como Gaza, Ucrania o Irán?

Es una muy buena pregunta, y es una realidad a la que tenemos que enfrentarnos. Es triste, es incómodo, pero ha pasado. La ONU siempre ha tenido limitaciones, pero creo que su mayor debilidad se ha hecho especialmente evidente en Gaza y, quizá, también en el actual conflicto con Irán. La ONU llevaba tiempo debilitándose, aunque hasta hace poco seguía desempeñando un papel importante, sobre todo en la mediación de conflictos. Sin embargo, en los últimos años —desde el inicio de la guerra en Gaza y la de Rusia y Ucrania— ha sido claramente ineficaz. Y conviene recordar que esto es algo relativamente reciente. Durante años, especialmente tras el final de la Guerra Fría, la ONU tuvo un papel muy relevante. Además, no hay que olvidar que es una estructura mucho más amplia que el Consejo de Seguridad. Incluye agencias humanitarias, organismos económicos como el FMI o el Banco Mundial, el Alto Comisionado para los Refugiados o el Programa de Desarrollo.

“En Gaza, la ONU apenas ha hecho nada más que proporcionar ayuda humanitaria”

Es decir, no todo el sistema está fallando. En algunos ámbitos, el multilateralismo sigue funcionando. Pero en cuestiones de paz, seguridad y mediación, la realidad es muy preocupante. En Gaza, la ONU apenas ha hecho nada más que proporcionar ayuda humanitaria; en Ucrania no ha habido mediación real; y en el caso de Irán, tampoco. En gran medida, esto se debe a que Estados Unidos no quiere que la ONU tenga un papel relevante. Sumado a que el actual secretario general está a punto de dejar el cargo y no ha logrado ejercer un liderazgo claro en este contexto. Ahora bien, eso no significa que debamos abandonar la ONU. Necesitamos un sistema multilateral, y la ONU es una parte fundamental de él, aunque no la única. También hacen falta otras formas de cooperación, a nivel regional e interregional. Y ese es el gran desafío ahora: cómo reconstruir ese entramado. Por ejemplo, la Unión Europea sigue siendo un actor clave para sus Estados miembros, a pesar de sus problemas.

¿Cuáles son los actores que deberían tomar más relevancia dentro de un sistema multilateral más amplio?  

Puede ser un buen momento para que la Unión Europea se revitalice construyendo nuevas coaliciones. Esa es una vía clara. También está África, representada a través de la Unión Africana, cuyo problema no es tanto la falta de voluntad como la falta de recursos. Aun así, en los últimos 25 años ha llevado a cabo más de una docena de operaciones de paz —algunas exitosas, otras menos—.

Y más allá de África, dado su trabajo sobre regionalismo y el sudeste asiático, ¿pueden organizaciones como ASEAN desempeñar un papel similar en la estabilidad y la cooperación?

La ASEAN tiene menos recursos que la Unión Europea, pero no menos peso demográfico: supera los 500 millones de habitantes y su PIB conjunto ronda los tres billones, comparable al de India. Es, por tanto, un actor relevante. Y, pese a sus limitaciones, ha conseguido mantener la paz en su región. También está Mercosur, que es socio comercial de la Unión Europea. En definitiva, hay organizaciones regionales en distintas partes del mundo que, con todas sus limitaciones, desempeñan un papel importante en materia de paz, seguridad y cooperación económica.

Aunque estas organizaciones regionales pueden desempeñar un papel relevante, lo cierto es que persiste una aplicación selectiva de las normas internacionales por parte de los propios miembros de la ONU. Se hace evidente en casos como la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos o en las acusaciones de crímenes de guerra contra Israel y la orden de detención dictada por la Corte Penal Internacional contra Benjamín Netanyahu. ¿Puede este doble rasero terminar provocando un colapso del sistema de la ONU y también socavar el papel de los actores regionales?

En primer lugar, las organizaciones regionales no actúan de forma aislada: están conectadas entre sí. La Unión Europea, por ejemplo, mantiene vínculos con la India o con Mercosur. Esa cooperación interregional es clave. Pero esto no sustituye al multilateralismo. Ningún enfoque funciona por sí solo: lo que necesitas es una combinación de cooperación global, regional e interregional. Dicho esto, los casos que menciona —la captura de Maduro o los ataques israelíes en Oriente Próximo— evidencian límites claros. Reflejan fallos del sistema global de paz y seguridad. Ahora bien, no necesariamente marcan una tendencia permanente. Lo que estamos viendo es algo bastante específico, muy ligado a una forma de actuar que no habíamos visto en mucho tiempo, con un componente de agresividad geopolítica que recuerda a prácticas más antiguas, casi imperiales. Y aun así, hay límites. Estados Unidos no ha logrado imponer su voluntad en todos los casos: no ha podido replicar lo que hizo en Venezuela en Canadá o Groenlandia ni resolver conflictos como Ucrania o Corea del Norte. Su capacidad de dominio global no es absoluta. 

¿Cree que la legitimidad del sistema internacional dependía antes más de las normas y acuerdos, y que hoy el poder está empezando a imponerse sobre la legalidad?

No, en realidad nunca fue así. Siempre ha habido poder detrás de las reglas. Estados Unidos ha seguido las normas hasta cierto punto, pero cuando entraban en conflicto con sus intereses, dejaba de hacerlo. Un ejemplo claro es el Derecho del Mar [conjunto de normas internacionales que regulan el uso, soberanía y recursos de los océanos, consolidado principalmente por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) de 1982]. Estados Unidos no lo ratificó, pero aplica parte de sus normas de manera informal. Con la Corte Penal Internacional ocurre algo parecido: se ha negado a someterse a sus reglas, mientras que la mayoría del mundo sí lo ha hecho.

“Las reglas siguen importando. Aunque no puedas frenar a una gran potencia, puedes señalar que ha violado las normas”

Entonces, ¿qué son las reglas? En teoría, sirven para construir un sistema multilateral más justo, con estándares comunes. Pero muchas de esas reglas no eran realmente equitativas: estaban diseñadas en beneficio de los países occidentales, y eso ahora se está cuestionando. Probablemente haya que replantear algunas de ellas. Pero la idea de un orden basado en reglas sigue siendo válida. La cuestión es de quién son esas reglas y cómo hacerlas más justas.

Hablando de coaliciones, pese a sus vínculos estratégicos con Irán, tanto China como Rusia han evitado hasta ahora implicarse militarmente de forma directa en las tensiones actuales en Oriente Medio. ¿Por qué cree que mantienen esa distancia y hasta qué punto les beneficia o les perjudica?

Aún no tenemos toda la información, pero una forma de verlo es que China y Rusia están optando por no intervenir. Ven a Estados Unidos como alguien que se está marcando un gol en propia puerta, desgastándose a sí mismo. Y eso les beneficia. En el caso de Rusia, porque Estados Unidos desvía su atención de Ucrania. Y en el de China, porque los recursos, la capacidad militar y el foco estadounidense se concentran en Oriente Medio y no en Asia Oriental. Es una lógica de “esperar y ver”: dejar que Estados Unidos haga el trabajo.

“China no va a quedarse de brazos cruzados indefinidamente: la mitad de su suministro de petróleo pasa por el Golfo”

Ahora bien, eso no excluye otra lectura. También pueden estar ayudando indirectamente. Rusia podría estar proporcionando inteligencia a Irán, y China está comprando petróleo iraní, lo que le da ingresos e incluso acceso a tecnología. Si Trump llega a bloquear el estrecho de Ormuz, eso podría cambiar. En cualquier caso, China no va a quedarse de brazos cruzados indefinidamente: la mitad de su suministro de petróleo pasa por el Golfo a través de ese estrecho.

En ese contexto, ¿cree que el enfoque tradicional de “poder blando” de la Unión Europea está cambiando? ¿Y cómo encaja en este posible cambio su relación con la OTAN?

Sí, está cambiando. Lo decía hace unos días en una conferencia sobre guerra y paz en la que estaba Josep Borrell [antiguo alto representante de la UE y actual presidente del CIDOB]. La Unión Europea está intentando jugar a dos bandas. Europa, en cierto modo, quiere tenerlo todo. Cuando quiere proyectar una imagen positiva, actúa desde la UE, con normas, cooperación y ayuda. Cuando actúa en clave más dura o intervencionista, lo hace a través de la OTAN. Y esto no es nuevo: desde el final de la Guerra Fría, muchas operaciones de la OTAN se han desarrollado fuera de Europa. La OTAN sigue siendo un instrumento central del poder militar occidental. Es el patrón que estamos viendo. Y no diría que es necesariamente negativo. Pero sí creo que Europa debería lograr más autonomía, tanto a nivel estatal como colectivo.

Algunos autores críticos, como Miguel Mellino, sostienen que aquello que a menudo se presenta como proyectos opuestos dentro de Europa —por un lado, la integración de mercado y, por otro, enfoques más nacionalistas centrados en la soberanía y el control de fronteras— son en realidad dos caras de una misma estructura, con raíces en el colonialismo y la exclusión.  En ese sentido, apuntan que las políticas migratorias actuales, a veces descritas como el “ICE europeo”, no suponen una ruptura, sino una continuidad de esas lógicas. ¿Comparte esa idea o cree que se trata de un giro más reciente?

Hay parte de verdad en eso, pero no es del todo así. Lo que Europa hace dentro de sus propias fronteras no está ligado al colonialismo: es una relación nueva, basada en reglas y en cierto grado de igualdad entre Estados. Pero en su relación con el exterior —con el Sur Global— sí persisten elementos que remiten a ese pasado colonial. Es algo que explico en mi libro. El doble rasero europeo se remonta al ascenso de Occidente, tras la Paz de Westfalia en el siglo XVII. Dentro de Europa se establecieron principios como la soberanía y la no injerencia. Fuera, en cambio, predominaban el colonialismo y el imperialismo. De hecho, esa estabilidad interna permitió a Europa volcarse en la expansión colonial. Ese es el doble rasero: uno dentro de Europa y otro fuera. Hoy ya no vivimos en un mundo colonial, pero ese legado sigue presente en actitudes y políticas, por ejemplo en la ayuda exterior o en la gestión de los refugiados. Persiste una idea —aunque no siempre se diga explícitamente— de superioridad: de que Europa es más moral, más avanzada, más “civilizada” que el Sur Global, al que se percibe como caótico o atrasado. Un ejemplo claro es el trato diferente a los refugiados ucranianos frente a los africanos. Ese legado colonial sigue ahí, aunque debilitado, y es algo que debería superarse.

En su libro sostiene que la civilización global sobrevivirá al declive de Occidente. Así que, tal y como le plantea al lector, ¿sería realmente tan negativo el fin de la hegemonía estadounidense y occidental?

Hay dos ideas clave. La primera es que la civilización global no depende de Occidente. Occidente no inventó ni la civilización ni el orden internacional. Muchas ideas fundamentales —la soberanía estatal, la diplomacia, la interdependencia económica o los valores humanitarios— ya existían en distintas partes del mundo antes de su hegemonía. El orden mundial no es un monopolio: es una construcción compartida. Y eso significa que no desaparecerá con el declive de Occidente.

La segunda es que, en términos relativos, ese declive podría ser incluso positivo. Probablemente fui de los primeros académicos o analistas en sostener, ya en 2014, que el orden internacional liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial no había sido especialmente benigno para los países del Sur Global. Lo planteé mucho antes de la irrupción de Trump y de que algunos líderes occidentales empezaran a reconocerlo. En cierto modo, este orden fue una especie de continuidad del colonialismo en un formato distinto. Por eso considero que un cambio en el equilibrio de poder podría generar un terreno más equitativo. Eso no implica un mundo perfecto ni sin conflictos. El orden anterior tampoco lo era. Pero sí abre la posibilidad de un sistema más inclusivo y más justo, en el que también cuenten las ideas y las instituciones de sociedades no occidentales. Es una oportunidad para nuevas formas de cooperación y multilateralismo. No ocurrirá automáticamente, pero obliga a los líderes occidentales a abandonar la nostalgia y aceptar una convivencia más igualitaria con otras civilizaciones. En ese sentido, el declive de Occidente no tiene por qué ser negativo a largo plazo. 

Hazte socio/a y consigue los números anteriores a mitad de precio.

Otra forma de ver el mundo es posible. Si te haces ahora socio/a, tendrás acceso ilimitado a la web, y recibirás cada año nuestra revista en papel con más de 250 páginas y un libro de la colección Voces.

Suscríbete ahora
Ir al principio